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Full text of "Revista de España"

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ITALIA-ESPAÑA 




EX-LIBRIS 
M. A. BUCHANAN 




PRESENTED TO 

THE LIBRARY 

BY 

PROFESSOR MILTON A. BUCHANAN 

OF THE 

DEPARTMENT OF ITALIAN AND SPANISH 

1906-1946 




REVISTA DE ESPAÑA. 



.^ # 



/ * 



I REVISTA 

DE ESPAÑA 



CUARTO AÑO. 



TOMO XTX. 



MADRID. 

REDACCIÓN Y AüMDilSTRACION, I fflPRENTA DE JOSK NOGüKRA, 
Piíseo del Prado, 22, | Bordadores, 7. 

1871. 



^. u 



ÍO 



DE LONDRES Á MADRID 



PASANDO POR 



LÜXEMBÜRGO, SAARBRÜCKEN, METZ, WEISSEMBURGO 

ESTRASBURGO Y LYON (1). 



V. 

ÜE WEISSEMBURGO A ESTRASBUIIGU. 

A las tres de la tarde salí de Weissemburgo, para Estrasburgo. 

Iban en el mismo coche conmigo tres alemanes, uno de los 
cuales era del Norte, Llevaba al brazo la cruz de Ginebra, y como 
supe luego, era hombre científico, doctor de no sé qué facultad. 
Era un tipo acabado del alemán estudioso. Tenia la expresión 
dulce y pacífica, pero fea; cuerpo robusto, aunque desgarbado 
vestía traje severo de color gris, de corte raro y puesto con mucho 
desaliño. Nos contó que al estallar la guerra se hallaba estable- 
cido en París con su mujer y su biblioteca, á las cuales parecía 
tener un cariño entrañable, especialmente á la última. 

— Estando, pues, en París, — continuó diciendo el doctor ale- 
mán, — llamó una mañana á la puerta de mi casa un comisario de 
policía. Confieso que esta visita inesperada me causó alguna sor- 
presa. Pregunté al comisario de policía en qué podía ser útil á las 
autoridades fi-ancesas. Sin darme respuesta alguna verbal, me en- 
tregó un documento firmado por el gobierno municipal y que con- 
tenia una orden de expulsión. Pasé la vista rápidamente por el di- 
choso documento. No había equivocación alguna: el Gobierno me 
mandaba salir inmediatamente de Paris con mi mujer. 



(1) Véase el núm. 70 ele esta Revista. 



(i DE LONDRES Á MADRID. 

— Pero señor comisario, — le empecé á decir, — mire Vd. que soy 
hombre pacífico; hace años que me hallo establecido en esta ca- 
pital, todos los vecinos de este barrio me conocen, y saben que 
sólo vivo entregado á ejercicios científicos del todo ajenos á la 
política. 

— A mí qué me cuenta Vd., — me contestó el comisario. — Tengo 
esta orden y la he de cumplir; con que, véngase Vd. conmigo. 

— ¿Y mi mujer? — volví á preguntar á aquel hombre sin en- 
trañas. 

— Se irá con Vd. 

— ¿Y mi biblioteca? 

— El Gobierno se encargará de ella. 

Hasta entonces el sabio alemán no habia comprendido toda la 
gravedad de su posición. Su expulsión de Paris y hasta el peligro, 
que corría su vida y la de su mujer, eran cosas harto desagrada- 
bles; pero al oír que el Gobierno republicano |de París iba á encar- 
garse del cuidado de su biblioteca, quedó como petrificado, mi- 
rando al comisario con la boca abierta. 

— !Nada, nada, — volvió á decir este, — no lo piense V. más, 
sino véngase Vd. conmigo á la prefectura, y esa señora hará el fa- 
vor de acompañarnos. 

— Tuve que resignarme á tan cruel mandato, — prosiguió el 
doctor, — é iba á prepararme para la próxima marcha. 

— ¿Adonde vá Vd.? — me gritó el comisario. 

— A vestirme, — le contesté, — y arreglar un par de baúles, 

— No puede ser: tengo la orden terminante de llevarme á Vd. y 
á su mujer tales como les encuentro. 

— Pero, señor comisario, — le dije, — mire Vd, que estoy en bata 
y mi mujer está casi en camisa. 

— Pues en esos trajes han de salir Vds. de Paris. 

— Y en esos trajes salimos de Paris mi mujer y yo, — continuó 
diciendo el pacífico doctor. — Esta levita que Vds. ven, señores, no 
es mia; me la ha prestado un amigo que én tal aprieto me socor - 
rió con algunas frioleras indispensables. 

A pesar de haber recibido tan bárbaro tratamiento á manos de 
las autoridades francesas, este sabio alemán no habia perdido su 
calma, su gravedad y cordura. Miraba á los franceses, no como á 
encarnizados enemigos de su patria, sino como á ilusos que iban 
buscando su propia ruina. No pude menos de admirar el carácter 



DE LONDRES A MADRID. / 

particular, pero desapasionado y benévolo de aquel filósofo ver- 
dadero. 

La confusión creada por la entrada y salida de tantos trenes mi- 
litares, oblig'ó al en que iba yo, á hacer una parada de media hora 
á UT^ kilómetro de la estación de Estrasburg-o. Entramos, por fin. 
Bajé del tren, y me fui derecho á una fonda. Me lavé, comí, y 
salí luego á la calle. 

Eran las nueve de la noche, y las calles estaban casi desiertas. 
Además se veia muy mal. Durante el sitio, la fábrica de gas fué 
destruida por los mismos franceses, según me dijeron, y aún no 
la hablan vuelto á edificar. Por lo tanto, no habia otro alumbrado 
que el que daban unos pequeños quinqués de aceite mineral, colo- 
cados en los faroles que en tiempos más prósperos hablan sido 
de gas. 

Di la vuelta á dos ó tres calles, pero no pudiendo ver nada, y 
corriendo grave riesgo de caerme de bruces en algún charco, tal 
era la oscuridad que allí habia, me volví á mi fonda, resuelto á 
no salir sino á la clara luz del sol. 

A la mañana siguiente almorcé, y me salí á la calle á ver dos 
cosas: la célebre catedral antigua y las modernas ruinas hechas por 
las balas y bombas prusianas. 

Estrasburgo, la antigua Argentoratum de los Romanos, siendo 
capital de la baja Alsacia, fué ocupada en 1681, en tiempo de paz, 
por Luis XIV, y fué cedida á Francia definitivamente en 1697 por 
el tratado de Ryswick. Antes de la guerra tenia Estrasburgo una 
población de 85.000 almas. Su aspecto es enteramente el de una 
antigua ciudad alemana, con sus casas de fachada angosta, tejado 
altísimo, pequeñas ventanas y pesados miradores cubiertos de 
adornos grotescos. 

Al salir de la fonda me fui directamente á la catedral. A medida 
que iba pasando por las calles, iba viendo á derecha é izquierda, ya 
las desnudas paredes de algún palacio modern(), ya los denegridos 
restos de alguna casa más humilde, de construcción antigua. 

El primer edificio de alguna importancia que vi en este estado 
lastimoso fué la Biblioteca, antiguo edificio gótico, del cual sólo 
quedan los seculares cimientos y las robustas paredes maestras. 

Contenia esta biblioteca 56.000 volúmenes y gran número do 
manuscritos, entre los cuales figuraban en primer término los re- 
lativos á la invención de la imprenta; además muchas lápidas y 



8 DE LONDRES Á MADRID. 

sarcófagos antiguos, y la espada del heroico Kleber, hijo de aque- 
lla población, juntamente con el puñal con que fué asesinado en el 
Cairo. Excusado es decir que la inmensa mayoría de estos volú- 
menes, manuscritos y curiosidades históricas han sido presa de las 
llamas. Sólo se han podido salvar los que habían sido colocados en 
los sótanos ó alejados del edificio antes del bombardeo. 

Aunque situada á cortísima distancia de la biblioteca, poco ó 
nada ha sufrido la hermosa Catedral: noté tan sólo uno ó dos ba- 
lazos en el ángulo izquierdo de la fachada y parte del tejado hun- 
dido; desperfectos todos facilísimos de restaurar. 

Es célebre esta Catedral no sólo por su imponente aspecto, sino 
por ofrecer un ejemplo, casi único, del desenvolvimiento sucesivo 
de la arquitectura gótica desde su origen hasta su más alto grado 
de perfección y aún hasta su decadencia. Fundada en el año 117G, 
siguió siendo objeto de renovaciones, ensanches y embelleci- 
mientos hasta el año 1439, y aún hoy no está del todo conclui- 
da, pues le falta una de dos altísimas agujas en que remata la 
magnífica fachada, que es también la parte del edificio de estilo 
más bello y más esmerada ejecución. Esta maravilla, de arte gó- 
tica, fué empezada en 1277 por el arquitecto alemán Erwin do 
Steinbach, y terminada, después de su muerte, por su hijo, que 
faUeció en 1339. 

En una de las capillas adyacentes se halla el célebre reloj as- 
tronómico, cuyo ingenioso mecanismo representa el movimiento 
de nuestro sistema planetario. 

Muchas son las casas que han sido destruidas del todo ó en parte 
en las inmediaciones de la plaza de la Catedral. Unida á esta por 
medio de una calle no muy larga, se halla la plaza antigua, en 
cuyo centro está colocada la estatua de Guttemberg", obra moderna 
del escultor David. 

También han respetado las balas prusianas á la efigie del célebre 
alemán, de gloriosa memoria, inventor de la imprenta. 

Juan Guttemberg nació en Maguncia, en Alemania, en el año 
1400. En 1423 pasó á Estrasburgo, donde formó una sociedad para 
el establecimiento de una imprenta. En 1443 volvió á Maguncia 
y concluyó con Juan Fausto, rico platero de aquella ciudad, un 
convenio, por el cual este se obligó- á adelantar el dinero necesa- 
rio para establecer una oficina tipográfica, donde se imprimió la 
famosa biblia llamada de las Cuarenta y dos líneas . Los documen- 



DE LONDRES A MADRID. O 

tos manuscritos relativos á dicho convenio concluido entre el in- 
ventor de la imprenta y el platero Fausto, se hallaban conservados 
en la biblioteca de Estrasburgo, y es de suponer que perecieron en 
el incendio de aquel edificio. Guttemberg murió en 1468. 

De la plaza de Guttemberg me fui á la de Broglie. De paso entré 
en una tienda, en cuyo escaparate habia expuestas varias vistas 
fotográficas de la ciudad tomadas después del sitió. Mientras me 
entretenía en examinar dichas fotografías, acertó á pasar por la 
tienda un hombre del pueblo custodiado por un soldado prusiano. 

— ¿Qué crimen habrá cometido aquel infeliz? — pregunté á la 
muchacha que me estaba enseñando las fotografías, 

— Vaya Vd. á averiguarlo, — me contestó. — Esagente, — dijo, re- 
firiéndose á los prusianos, — no se para en barras: á la más leve 
muestra de insubordinación llevan á nuestros padres, hermanos ó 
maridos á la cárcel, y allí los encierran ó los fusilan. No me ex- 
trañarla que hicieran lo último con el mozo que acaba de pasar. 

Debemos suponer que en esta afirmación de la vendedora de fo- 
tografías habría alguna exageración, pues descubrí luego que, 
como la inmensa mayoría de sus compatriotas, era francesa furi- 
bunda y enemiga acérrima de todo lo que olia á prusiano. 

Compré una media docena de las fotografías que me parecieron 
mejores, y me encaminé hacia la plaza del Teatro. 

De este hermoso edificio moderno no quedan más que las paro- 
des maestras. 

En frente del teatro habia formados varios destacamentos de la 
landwehr. Esperaban órdenes, sin duda, para la marcha. Eran 
todos ellos mozos rubios, no muy altos, pero robustos en extremo. 
El jefe de la expedición iba montado en un caballo alazán de muy 
buena estampa. 

A dos pasos de donde estaba descansando esta tropa, vi coloca- 
dos en el suelo, enfrente del edificio destinado á fundición de ca- 
ñones, una hilera de cincuenta piezas de artillería, todas de bron — 
ce. Más de cuatro, y aún más de veinte, tenían señales de haber 
sido desmontadas por las balas enemigas. 

En el paseo situado á espaldas del teatro Vi la estatua de bronce 
del Marqués de. Lezay-Marnesia, distinguido prefecto de aquel 
departamento, cuya efigie estaba acribillada á balazos. 

De la plaza ,del Teatro me fui al Fauhourg des Piérres. De 
este barrio^ no queda una sola casa intacta. La mayor parte de 



10 DE LONDRES Á MADRID. 

ellas están reducidas á escombros. Parecía que por allí habia pa- 
sado el ángel del exterminio. 

' Después de recorrer las calles y plazas de Estrasburgo, compren- 
dí tjue no podia me'nos de ser profundísimo el odio con que mira- 
ban sus habitantes á los que tales estragos hablan hecho en aquella 
antig-ua, pero próspera ciudad, y aún en toda aquella comarca. 

VI. 

DE ESTRASBURGO Á LYON. 

Eran las dos de la tarde próximamente cuando salí 'de Estras- 
burgo, con dirección á Basilea, pues para penetrar en Francia, ó 
por mejor decir, en aquella parte de Francia que aún no ¡estaba 
ocupada por los ejércitos prusianos, tuve que hacer un ancho rodeo, 
atravesando la Suiza desde Basilea á Ginebra. 

En el cortísimo trecho que separa á Estrasburgo de las orillas 
del Rhin, pude descubrir varios lugarcillos y cortijos que estaban 
completamente arruinados y desiertos, obra, sin duda, de los 
franceses mismos, que se vieron obligados á destruir esas aldeas 
y los cortijos adyacentes para evitar que las fuerzas sitiadoras se 
hiciesen fuertes en ellos. 

En menos de veinte minutos nos hallamos en la ribera del an- 
churoso Rhin, el rey de los ríos germánicos. 

Un majestuoso puente de hierro une en este punto ,á la orilla 
alemana con la opuesta orilla que fué ñancesa, y que se halla 
hoy en poder de los ejércitos germanos. El 'padre Rhin, como sue- 
len llamarle los patriotas alemanes, no sustenta j^a en sus fértiles 
riberas á las águilas francesas, y es hoy, no sólo por el nombre y 
la tradición, sino de hecho, rio alemán. 

Atravesando, pues, el susodicho, puente, que al estallar la guer- 
ra fué cortado en la orilla alemana para interceptar en aquel pun- 
to la entrada de los ejércitos franceses en el territorio badenes, 
llegamos á la pequeña ciudad de Kehl, que antiguamente no ser- 
via más que de fortificación y defensa al puente de Estrasburgo. 
Durante el sitio de esta última ciudad, el General Uhrich quiso 
vengarse de los sitiadores bombardeando á Kehl, que salió de la re- 
friega casi tan mal parada como la misma fortaleza de Estrasburgo. 
En la estación de Kehl hay registro de equipajes para los viaje- 
ros que llegan de Estrasburgo. Pero antes de entrar en el local 



DE LONDRES Á MADRID. 11 

destinado á tal objeto, tuve que pasar, con los demás viajeros del 
tren, por un pasadizo laberíntico de madera, en el cual la atmós- 
fera estaba impreg'nada de cierto gas desinfectante de olor poco 
agradable; precaución que toma la ciudad para evitar que se pro- 
paguen en esa orilla del rio las enfermedades epide'micas que tantos 
estragos ha hecho en Estrasburgo y sus alrededores. 

Después de haber sufrido esta especie de fumigación, entramos 
en la aduana. 

— ¿Lleva Vd. en su maleta género alguno de contrabando? — me 
preguntó un dependiente de los que por allí andaban. — Le con- 
testé que no llevaba conmigo sino ropa usada y libros viejos . 

— Pase Vd., pues, — me dijo con mucha cortesía, fiándose de mi 
buena fé. 

Cito este hecho insignificante para demostrar con cuan poca mo- 
lestia se puede viajar por Alemania en todos tiempos, aún en los 
belicosos que atravesamos. 

Breve fué la parada que en Kehl hizo el tren. Con un silbido 
agudo se puso nuevamente en marcha, atravesando rápidamente 
los campos bien cultivados, aunque poco pintorescos, del gran Du- 
cado de Badén. 

A medida que iba avanzando, iban siendo cada vez menos mar- 
cadas las huellas de la guerra, aunque no desaparecieron del todo 
hasta que traspasamos la frontera Suiza. 

El gran Ducado de Badén ha contribuido al levantamiento de 
esa formidable hueste que acaudilla el anciano Rey de Prusia. en- 
viando á Francia un contingente que se distingue, si no por el nú- 
mero, por el arrojo y esfuerzo de los regimientos que lo componen. 

En uua estación, de cuyo nombre no me acuerdo, tomaron asien- 
to en el coche en que iba yo, tres solda^dos badeneses. Venían de 
los alrededores de París é iban á sus casas con licencia para pasar 
la Navidad en el seno de sus familias. Eran los tres de una misma 
edad próximamente; jóvenes de edad de 20 á 22 años al parecer; 
robustos y fornidos, aunque de estatura no muy elevada. Pertene- 
cían los tres á un mismo cuerpo; llevaban levita ceñida, casacon, 
pantalón y gorra con visera, todo del mismo color verde oscuro. 
No tenían arma alguna. 

El comportamiento de estos tres hombres, mientras estuvieron 
en el coche conmigo, fué ejemplar. A pesar de la gian atención 
que presté .á la conversación que entre sí tuvieron, no oí de sus 



12 DE LONDRES A MaUIUD. 

labios ni una palabra mal sonante, ni una expresión grosern si- 
quiera. Viajaban en seg-unda cióse, como unos señores (en Ale- 
mania la segunda clase es tan buena ó mejor que la primera en 
cualquiera otra nación), y su conducta no desdecía del lugar en 
que se hallaban. La única libertad que se tomaban de vez en 
cuando, era la de entonar en coro algún himno guerrero, ó una 
canción popular. ¿Quién hubiera dicho que aquellos tres mucha- 
chos, tan bien criados y al parecer tan dóciles y pacíficos, perte- 
necían al número de aquellos valientes que en la acción del dia 2 
de Diciembre hablan rechazado los desesperados ataques del ejer- 
cito mandado por Ducrot en las orillas del Mame? 

Perdí de vista á mis compañeros de viaje poco antes de llegar 
á la estación de Basilea, en donde me detuve aquella noche. 

A la mañana siguiente, proseguí mi viaje, pasando por Berna 
y Ginebra, atravesando por lo tanto toda la parte septentrional 
de la Suiza. ¡Qué cuadro tan diverso presentaba aquella pinto- 
resca tierra, del que en Alsacia y Loi ena acababan de comtemplar 
mis ojos! Allí todo era desolación, discordia y desconsuelo; aquí 
todo era paz, orden, prosperidad y bienestar. Al atravesar aque- 
lla pacífica, cuanto pintoresca comarca, no pude me'nos de com - 
parar á la Europa á un vasto desierto, y á la república helvética 
á un oasis de paz y ventura colocado en su seno por la mano de la 
Providencia para alivio y descanso del fatigado peregrino. 

Hice aquel corto pero deleitoso viaje de Basilea á Ginebra en 
un domingo. Desde la madrugada se había presentado el. cielo 
azul, despejado de nubes. La nieve se había derretido en las llanu- 
ras y los hondos valles, y sólo ostentaba su blancura en las ele- 
vadas cimas y laderas de los gigantescos Alpes. En las estaciones 
más pequeñas acudían á contemplar en muda admkacion la porten- 
tosa máquina y el tren con su carga de seres vivientes gran número 
de aldeanos y aldeanas engalanados con sus vistosos trajes nacio- 
nales. ¡Qué contento, qué reposo, qué bienestar respiraban aque- 
llas risueñas aldeas, aquellos pacíficos lugarcillos situados en la 
falda de alguna montaña erguida ó en el seno de hondísimo valle! 

Al desembocar el tren por uno de esos pasajes abiertos por la 
mano del hombre en la dura roca, como gigantesco reptil que 
sale rugiendo de su tenebrosa madriguera, se presentó de repente 
y como por ensalmo á nuestra vista la tranquila superficie del lago 
encantador de Ginebra, rodeado por donde quiera de elevadísimas 



DE LONDRES Á MADRID. 15 

sierras cubiertas de sempiternas nieves. Al contemplar esa subli- 
me obra d^ la naturaleza, comprendí desde luego cuánto motivo 
tenian los suizos para amar con frenesí aquella pintoresca tierra, 
cuya historia parece un idilio, comparada con las trájicas jorna- 
das del sangriento drama del mundo. La libertad de que disfrutan 
los pueblos de los Estados-Unidos y de la Gran-Bretaña, va acom- 
pañada siempre de cierta perturbación y discordia aparente; en 
Suiza hay, con libertad absoluta, completa tranquilidad, y en 
donde quiera paz y concordia. No parece sino que la libertad, can- 
sada de sostener mil combates y luchas sin cuento contra la igno- 
rancia, el error, el vicio y las malas pasiones todas del hombre, y 
buscando un asilo en donde amparar-se, haya escogido aquel pin- 
toresco rincón de la tierra, patria de Winkelried, Calvino y Kous- 
seau. En Suiza, la libertad ninguna conquista más tiene que hacer, 
y por tanto reposa en tranquila y segura paz. 

Después de conducirnos por espacio de dos horas ribera del her- 
moso lago, cuya tranquila superficie, apenas rizada por la leve 
brisa, reflejaba en toda su pureza el celeste color del limpio cielo, 
se deslizó lentamente el tren en la estación de Ginebra. 

Sentí una tentación grande de quedarme por espacio do algunos 
dias en aquella culta y hospitalaria ciudad, en cuyo recinto, por 
entonces, habian acudido á buscar amparo y seguro asilo en su des- 
gracia varios Soberanos y Príncipes desterrados, y gran número de 
personajes políticos adictos á la dinastía recientemente derrocada 
en la vecina Francia. Pero tuve que dejar el cumplimiento de este 
deseo para otra ocasión, pues por mucho que me interesara el re- 
correr la ciudad de Ginebra y sus alrededores, más me importaba 
el detenerme todo el tiempo que pudiese en el mediodía de Francia. 

Pocos minutos faltaban para la salida del tren expreso que se 
dirigía á Lyon. Tomé, pues, mi billete, facturé mi equipaje, y salí 
corriendo hacia el andén. Aún no había acabado de colocar mi 
manta y maleta de mano en la redecilla del coche, cuando silbó la 
máquina y se pusieron en movimiento los pocos coches de primera 
clase que componían aquel' tren. 

Iban conmigo en el mismo coche cinco viajeros más, que en todo 
el tiempo en que estuve en su compañía no despegaron los la- 
bios. Viéndoles tan cabizbajos y apesadumbrados, los tuve desde 
luego por franceses, á quienes las desventuras de su patria tenian 
de tal suerte abatidos. Seguí su ejemplo y no les hablé tampoco. 



14 DE LONDRES Á MADRID. 

Pero más que á la tristeza que no podían meaos de sentir al pen- 
sar en los reveses que diariamente sufrían sus hemianos en el cam- 
po de batalla, atribuí su disposición recelosa y taciturna á la des- 
confianza que parecen inspirarse mutuamente las clases más aco- 
modadas hoy en Francia. Reina allí un desbarajuste tan grande; 
son tantos y tan diversos los pareceres, las aspiraciones, los deseos 
y sentimientos del público, que cada cual cree, y no sin funda- 
mento, hallar en su vecino, sí no un enemigo, á lo menos un ad- 
versario acérrima. En circunstancias tan lastimosas, el partido 
más prudente para un francés es sin duda el de callarse, por no 
•ofender ó por no ser ofendido; pero para el extranjero que viaja 
con deseos de indagar hacia qué lado se inclina la opinión pi^blica 
en Francia, es poco provechoso, á más de ser en extremo aburrido 
el tropezar con compañeros de viaje tan silenciosos y tan llenos de 
recelo. Formé, pues, allí mismo la resolución de no volver á via- 
jar en tren expreso mientras estuviese en Francia, á pesar de las • 
molestias que consigo acarrea el viajar en tren correo. 

En la frontera hizo el tren una parada bastante larga para tren 
expreso. Antes de entrar en la sala de espera tuvimos que entre- 
gar nuestros pasaportes, que, antes de volver á nuestras manos, 
fueron detenidamente examinados por algunos empleados de poli- 
cía. El mió estaba en orden; lo recogí, y me entré en la fonda á 
cenar, tomando la precaución de alejar de mi persona un rollo de 
periódicos políticos y satíricos, entre otros el Kladderadatsch de 
Berlín, que el dia anterior había comprado en Alemania. 

Mis compañeros de viaje seguían tan mudos en la fonda como 
antes de entrar en ella, y los pocos que se conocían hablaban entro 
sí en voz baja. Al poco rato volvimos todos á subir en el tren, que 
en breves horas nos condujo á la industrial y populosa ciudad que 
bañan á porfía el Ródano y el Saona. 

VIL 

DE LYON Á BAYONA, 

Lyon, la rica y populosa ciudad que ocupa el primer puesto 
entre los grandes centros industriales de Francia, estaba conver- 
tida, como Lille y otras muchas ciudades de primer orden, en un 
vasto arsenal, donde el ruido de las armas había venido á sofocar 
el rumor monótono de los telares. 



DE L(>NDRES k MADRID. 15 

Lyon ha sido en todos tiempos una ciudad principal de Francia 
En los antiquísimos en que el dominio de la orgullosa Koma no. 
conocia límites en la tierra, era con el nombre de Lugáunum, la 
residencia de los gobernadores de la Galia. En el siglo V fué capi- 
tal del reino de los Borgoñones. En el siglo VI pasó al poder de 
los reyes francos que, con sus numerosas conquistas acrecentaron 
el prestigio y la prosperidad de la antigua ciudad. En el siglo VII 
cayó Lyon bajo el dominio de los príncipes de la Iglesia, los alta- 
neros y belicosos obispos, cuyo poder iba siendo cada \ez más for- 
midable. En el siglo VIII Lyon vio sus calles y los campos que 
rodeaban sus muros regados sin cesar con la sangre de los secua- 
ces adversos de los señores feudales y la aristocracia clerical. En 
el siglo XII , bajo el reinado de Luis el Gordo , disfrutaba 
Lyon de las ventajas del régimen municipal, y no fué incorporado 
definitivamente á la monarquía francesa hasta el reinado de Fe- 
lipe el Hermoso, en el siglo XIII. Fué en Lyon donde el papa Ino- 
cencio IV revistió con la púrpura á los cardenales, por vez pri- 
mera, en el concilio ecuménico celebrado en aquella ciudad en 1245 
con objeto de renovar las cruzadas. En 1793, Lyon quiso sacudir 
el yugo de los terroristas de la revolución; pero esta muestra de 
independencia le costó el ser sitiada y bombardeada por el ejército 
republicano, que le hizo pagar caro su atrevimiento. 

Como ciudad industrial, Lyon debe su prosperidad principal- 
mente á algunos tejedores italianos y mercaderes genoveses, que 
en los reinados de Luis XI y de Francisco í, introdujeron en ella 
la industria de las sederías, y con la invención de las letras de cam- 
bio facilitaron el tráfico que con los demás pueblos traia. Lyon 
cuenta entro sus hijos á gran número de personajes célebres en 
armas, letras y ciencias: á Germánico y Marco Aurelio; á Sidonio 
Apolinar, obispo; á Jacquart, el inventor de los telares; á Delorme, 
el arquitecto del 'palacio de las Tullerías, y al valeroso Mariscal 
Suchet. Los edificios y monumentos que hermosean la ciudad son 
dignos de su ilustre historia, y una hermosa catedral gótica ates- 
tigua la devoción de sus antiguos moradores. Lyon está situada 
en la fértil llanura que bañan con sus aguas el impetuoso Ródano 
y el Saona de mansa corriente. Estos rios dividen á la ciudad en 
cuatro grandes arrabales. 

Conforme con mi propósito de no volver á viajar en tren expreso 
mientras estuviese en Francia, salí de Lyon muy de mañana en el 



10 DE LONDRES Á MADRID. 

tren correo del Mediodía. Antes de^ subir al coche tuve lugar de 
presenciar una escena harto interesante: la salida de un batallón 
de Guardias movilizados, que se dirigía á Bonne, á hacer frente á 
los prusianos. 

Al llegar á la estación, los hallé formados en compañías, des- 
cansando en la plaza frontera de la estación, aunque muchos de 
ellos hablan salido de las filas con objeto de hablar con sus parien- 
tes y amigos. Noté que estaban bien vestidos y uniformados, y 
armados todos ellos de fusiles chassepot Eran mozos robustos la 
mayor parte, de buen semblante y apostura marcial, que á tener 
tanto brío en el corazón como fuerza en los brazos, hubieran po- 
dido dar no poco que sentir á las madres y esposas prusianas. El 
uniforme que vestían era en extremo sencillo, parecido al de la 
infantería francesa, pero de color más igual y menos charro, y en 
vez de chacó llevaban un hépis azul con galón de paño rojo. La 
parte más conspicua de su equipo era la mochila, que á más de 
ser de suyo pesada, estaba sobrecargada de varios objetos inútiles ó 
superfinos, y de la pesadísima tela de cáñamo para formar la tienda 
de campaña. Comparé este batallón francés con los de la Land- 
ivehr prusiana, que había visto en idénticas circunstancias, es de- 
cir, preparándose para salir al campo, en Estrasburgo; y en ver- 
dad que los franceses, por lo general, menos robustos que los 
alemanes, me hubieran parecido mucho más ágiles, á no haber- 
les estorbado en todos sus movimientos aquella pesadísima carga 
que á la espalda llevaban . Las mochilas de los alemanes son pe- 
queñas y ligeras, muy parecidas á la de nuestra infantería; ade- 
más no llevan estos tienda de campaña ni cosa que lo valga; cuan- 
do no consiguen alojarse en poblado, se amparan en chozas y 
cabanas de madera que ellos mismos saben construir con presteza 
y facilidad, y á todo turbio correr, pasan la noche á la intemperie, 
lo cual para gente robusta y bien vestida, avezada á las fatigas 
de la vida militar, no es gran desventura. 

Estando en la sala de espera, oí dar á un corneta la señal de 
subir al tren, y era de ver el tumulto y barullo que se armó en - 
tonces en aquella estación. Como jauría de podencos que repenti- 
namente suelta un montero, penetró en ella por diez ó doce en- 
tradas distintas aquel millar de hombres armados, atrepellándose 
unos á otros; este voceaba, aquel silbaba, mientras que otros mu- 
chos entonaban algún canto guerrero ó popular. Para formar una 



DE LONDRES Á MADRID. 17 

leve, idea del bullicio que allí reinaba, figúrese el lector oir la 
Marsellesa cantada á la vez por más de quinientas voces en dis- 
tintos tonos y compases, y hasta con palabras distintas; unos 
empezando á cantar una estrofa Mourir pour la patrie, por ejem- 
plo, al tiempo mismo en que otros se hallaban á la mitad de 
otra, gritando L'étendart sanglant est levé, 6 entonaban con toda 
la fuerza de sus pulmones _ el estribillo Marchons, marcJions; y 
todo esto en una estación de ferro- carril; cuyo techo cilindrico de 
metal, vibrando de un extremo á otro, repella con extraño rumor 
las ondas acústicas que formaba aquella infernal algarabía. 

En menos- de cinco minutos habia desaparecido el batallón en- 
tero; sólo se veia algún que otro l'éjñs que asomaba por las ven- 
tanillas de los coches; sin embargo, no habia cesado el ruido: un 
estruendo ronco, una mezcla confusa de voces humanas y estre'- 
pito de armas salia de la parte interior del tren, de la panza de 
aquella gigantesca serpiente. Semejante á ese extraño rumor, 
pensé yo, sería el que en la risueña playa de Ilion hicieron' los 
lorigados Aqueos al ocultarse en las entrañas del caballo consa- 
grado á Minerva, con cuya invención ingeniosa lograron penetrar 
los astutos Griegos en la heroica ciudad de Piíamo, 

Fué de los últimos en subir al tren un guardia que hasta enton- 
ces habia estado acompañado de una joven bastante linda, que iba 
vestida de' rigoroso luto. Eran hermanos sin duda. Por el traje 
elegante que vestía y por cierto aire de sencidez y modestia que 
cautivaba, la joven mostraba ser hija de gente acomodada de la 
clase media; sin embargo, al echarse al hombro su hermano la 
[esada mochila, se apresuró á asistirle, sosteniendo su chassepot 
con sus manos pequeñas, que por su pureza de forma y su blan- 
cura parecían estar acostumbradas tan sólo á estrechar los .delica- 
dos tallos de las flores ó á ajustar los dobleces de alguna labor mu- 
jeril. Con cuánta elocuencia referia aquel cuadro, digno del pincel 
del más delicado de los pintores, la larga historia de desventuras 
por que pasa hoy la mísera Francia, un tiempo tan orgullosa. 

Cogiendo su chassepot el guardia movilizado, abrazó tierna- 
mente á la que yo juzgué por hermana suya, y fué asentarse con 
sus compañeros en un coche de tercei a. A los pocos minutos sahó 
de la estación el convoy. Vi alejarse á la joven con los ojos arra- 
sados en lágrimas; iría diciendo entre sí tal vez: 

— Ya no le volveré á ver jamás. 

TOMO XIX. - ' 2 



IJ^ DE L'JMmES A MADHil). 

Aunque tuviera las entrañas do bronce, me las hubiera enter- 
necido aquella despedida, que quizá iba á convertirse muy pronto 
en un último adiós; pero la próxima salida del tren que me habia 
de conducir hacia el Mediodía de Francia me obligo á volver mi 
atención á cosas más vulgares. 

Un cuarto de hora después estaba atravesando el puente de 
hierro construido sobre el anchuroso Ródano. 

Tenia por compañeros de viaje á dos zuavos, uno de ellos he- 
rido en una pierna, un artillero y un paisano que, como supe lue- 
go, habia pertenecido al ejército de Mac-Mahon, y logrado esca- 
parse después déla batalla de Sedan, de cuya acción conservaba 
como recuerdo varias hevidas, una de ellas en el rostro. Los sol- 
dados se dirigían unos á Argelia, otros á Antibes, donde iban á 
ser incorporados á los regimientos de reserva. El paisano viajaba 
por cuenta propia. 

No me sucedió con estos lo que con los viajeros del tren expre'- 
so, pues todos ellos hablaban por los codos, y manifestaban con 
mucha franqueza sus presentes miserias y esperanzas futuras. 
Tampoco se quedaban cortos en censurar al Gobierno imperial di- 
funto y al Gobierno republicano que entonces dirigía los destinos 
de su desventurada patria. Ninguno de ellos se mostraba partida- 
rio del actual estado de cosas; estaban hartos de tantos desastve>s 
políticos, militaves y de todos géneros, y convencidos de que era 
una locura seguir luchando sin ejército contra los prusianos. La 
honra nacional, de que tanto ha hablado Gambetta en despachos 
y circulares y protestas y exhortaciones, era poco menos que un 
mito para estos hombres. El héroe de Sedan, que parecía tener un 
respeto grande á la artillería prusiana, optaba por que se firmase 
la paz 4 toiit 'prix, y apoyaba su pretensión con el siguiente razo- 
namiento: 

— Hace dos meses mi padre era dueño de un cortijo y tenia 
veinte caballerías para labrar sus tierras; hoy no tiene ni cortijo» 
ni caballos, ni tieiTas que labrra',*todo se lo han quitado los pru- 
sianos. — ¡Ah! — añadía apretando los dientes, — les tengo un odio á 
muerte! Pero precisamente porque ya nada tenemos, tengamos 
al menos paz y tranquili, ad, que de este modo tan sólo podremos 
recuperar en parte lo perdido. 

Al oir tales palabras no pude menos do hacerme la siguiente 
reflexión: si de esta suerte habla un hombre que ha sido soldado, 



DE LONDRES Á MADRID. 19 

que por consiguiente ha visto algo de mundo, y lia oido hablar 
no poco de defensa, honor y gloria nacional, ¿cómo hablarán los 
aldeanos y labradores que jamás han salido de sus aldeas y corti- 
jos, y cuyo criterio es tan limitado como el círculo en que ellos 
se mueven y viven? 

Estas y otras observaciones, que más adelante tuve lugar de 
hacer, me fueron convenciendo de que no carecen de razón los 
que afirman que el campesino francés olvida todos sus deberes pa- 
triótic:s precisamente cuando mas debiera acordarse de ellos, á 
saber, cuando está en peligro su hacienda, ó lo que es lo mismo, 
cuando está invadido por ext' anjeras legiones el suelo en que 
nació. En todo el tiempo en que estuve viajando por el Mediodía 
de Francia, no tropecé con una sola persona que no se mostrase 
adversario de la política belicosa seguida por el Sr. Gambetta, 
quien, á mi humilde entender, ha cometido la mayor de las faltas 
al valerse de su natural energía y entusiasta actividad, para 
arrastrar á la nación, cuyos destinos le era dado regir en tan apu- 
rado trance, á una lucha desesperada que ella misma no se sentía 
capaz de sostener. 

Sea esto como fuere, lo cierto «s que los discursos auti-belico- 
sos del fugado de Sedan, fueron escuchados con -aplauso por 
cuantos en el coche iban,' y que eran hombres todos eljos que ha 
bian olido la pólvora en más de una batalla, menos yo que no la 
he olido más que en alguna que otra cacería ó revista de tropas ■ 
Uno -de los dos zuavos, por más señas el que no estaba herido, 
era, en cuanto á figura y semblante, el tipo modelo del soldado 
francés: no muy alto, ágil, membrudo y ancho de espaldas, do 
tez morena, pelo castaño, pesadas y fruncidas cejas, ojos vivos y 
traviesos, bigote y perilla poblados y cerdosos; llevaba con mucho 
g*arbo el airoso uniforme, medio moruno, de los zuavos; pero lo 
que más le carecterizaba era cierto aire de dejadez y sans fagon 
que daba á comprender cuan capaz era de hacer por cualquiera 
friolera una barbaridad enorme. Hablaba poco, y de sus breves 
discursos se deducía que estaba descontento de todo el mundo, 
incluso de sí mismo. Aquel zuavo parecía estar convencido de que 
en la primera, ocasión en que le tocara salir á pelear con los pru- 
sianos, algún oficial de estos que se distinguen por su destreza en 
perder las batallas, le iba á entregar al enemigo muerto, herido ó 
prisionero. Y esta creencia se ha hecho general hoy en el ejér— 



20 DE LONDRES Á MADRID. 

cito francés. Con tan poca fé en sus jefes y oficiales, no es extraño 
que tan pocas victorias iiaya conseguido; lo que parece increíble 
es que, con la completa desorganización que hay hoy en Francia, 
no sólo ■ en el ejército, sino en todas partes, y la falta de fé en la 
causa nacional, se hayan dejado conducir los soldados siquiera á 
la pelea. . 

En la importante via férrea del Mediodía, que recorrí hasta Tar— 
rascón, noté que el útil y provechoso tráfico de mercancías y pa- 
cíficos viajeros, habia sido reemplazado por el de las municiones 
de guerra y soldados de todas armas, y muy contadas eran las 
estaciones en que no tropezamos con uno ó mas trenes cargados 
de balas, bombas, pólvora, caballos ó soldados. Habia además 
en todas ellas una huvette ó sea cantina para los soldados heridos, 
en donde la Societé de secours pour les blessés se encargaba 
de darles de balde pan y queso ó algún otro pobre manjar. En 
algunas estaciones, no todas, no faltaban mujeres que iban de co- 
che en coche con una especie de cepillo ó alcancía, pidiendo di- 
nero para los heridos; pero la liberalidad y filantropía de los via- 
jeros no siempre correspondía á la justicia de la demanda ni á la 
insistencia con que esas buenas señoras la hacían. Sin embargo, no 
salieron con -la hucha vacía del coche en que iba yo: el fugado de 
Sedan, así como sus demás compañeros, echaron en ella algunos 
céntimos, y cuando se hubieron ido las piadosas almas á quienes 
los habían entregado, dijo: 

— Mucho me temo que de esas limosnas tanto provecho sacarán 
los heridos como 30.^ 

Perversa por cierto habría de ser la gente que con tal industria 
privara á los. infelices heridos de los óbolos que en tan calamitosos 
tiempos tuvieran voluntad de darles las almas caritativas; pero en 
este mundo sublunar hay en todos tiempos gente para todo, y pue- 
de ser que los recelos de aquel francés no fueran infundados. 

Comparé estas estaciones francesas con las alemanas y aún con 
las francesas que estaban' ocupadas por el ejército alemán. En es- 
tas, en medio del bullicio y movimiento guerrero, todo era orden 
y abundancia; nadie pedia para los heridos, porque los heridos, 
y aún los que no lo estaban, tenían de sobra cuanto podían apete- 
cer, ya sea para satisfacer el apetito, ya para aliviar sus males. 
En aquellas todo era desorden, desaliento y pobreza; había que pe- 
dir para los heridos, y aún así siempre estaban mal provistos hasta 



DE LONDRES Á MADRID. 21 

de las cosas más sencillas y más indispensables. De unas á otras 
iba lo que va de ser vencedor á ser vencido. Después de una pro- 
longada serie de gloriosas victorias, los trabajos mas enojosos pa- 
recen blandos y son ejecutados con buena voluntad y alegría. Des- 
pués de una serie lamentable de desaciertos y no interrumpidas 
equivocaciones, cuan duros parecen, y con cuánto abatimiento y 
¿risteza son ejecutados aquellos mismos trabajos. No juzguemos 
pues, con demasiado rigor á los franceses, que harto castigo tienen 
con tantos males. 

En Tarrascon es donde se junta con la via de Lyon á Marsella 
la que conduce á Cette, en cuya ciudad pensaba yo pasar la noche. 
En la susodicha estación tuve por lo tanto que mudar de coche. Al 
mismo tiempo mudé de compañeros de viaje. Por algún espacio 
me halle en compañía de una señora anciana que nada decia, y de 
dos niñas que charlaban mucho y se reían como si Bismark y von 
Moltke no existieran, y Francia se hallara reposando sobre un lecho 
de rosas. De esta manera llegamos á Nimes. En esta antigua ciu- 
dad, célebre, entrfí otras cosas, por las bien conservadas ruinas de 
un anfiteatro romano, habia habido feria, y era precisamente la 
hora en que los habitantes de los pueblos y lugares circunvecinos 
que á ella hablan ido, se volvían á sus casas. Escusado es decir 
que se llenó el tren de bote en bote. A mí, por dicha, me tocó ir 
prensado en un [coche con siete ú ocho mujeres, ancianas la mayor 
parte. En la comarca que atravesaba el tren, habla el pueblo un 
dialecto parecido al lemosin, que yo no entendía, pero cuyas vo- 
ces han dejado una impresión duradera en mi oído; tal era la furia 
con que dieron en hablarlo aquellas ocho mujeres, que más que 
mujeres parecían urracas. Entrarían hablando de las compras <{ue 
acababan de hacer en la feria, pero me consta que no tardaron en 
sacar á conversación la guerra, el Gobierno y las desventuras de 
su patria, pues viendo que por más que ellas hablaban, seguía yo 
callando, se volvió hacia mí la mas anciana, y me dijo en francés: 

— Por lo visto, caballero, Vd. no entiende nuestro dialecto. 

La contesté que en efecto así era. 

— Pues estábamos hablando de la guerra, — me volvió á decir. — 
¿Ha visto Vd. cosa más terrible? Pronto tendremos aquí á los pru- 
sianos. ¿Y qué hacen esos hombres que no saben defender su ha- 
cienda, ni á sus mujeres, ni á sus hijos; que huyen siempre ó se 
entregan á discreción? ¡Qué vergüenza! — -Esto lo dijo la señora lie- 



22 DE LONDRES Á MADRID. 

na de fuego y entusiasmo; luego añadió con mas calma, y hasta 
con tono de lástima: 

— Esta señora que Vd. ve, — dijo señalando á una lenemerita an- 
ciana que tenia al lado, — esta tiene á sus tres hijos en la guerra. 
¡Quién sabe lo que habrá sido ya de los pobrecitos! ¡Ah! éest af- 
frevix, 'dest affreiix. 

De esta suerte hablaba aquella mujer, yo, censurando la tor» 
peza y flojedad, ya lamentando el aciago destino de los infortu- 
nados hijos de Francia; pero al pensar en las desventuras de su pa- 
tria, salió por otro registro, y dijo con tono resignado y piadoso: 
■ — No nos debemos ni nos podemos quejar de estos males, de es- 
tas afrentas, de estos dias de luto y desolación con que se, sirve 
Dios abatir el orgullo de Francia: no son más que el justo castigo 
de tanta perversidad, tanto ateísmo como hay en esta tierra. ¿Pen- 
saban acaso esos hombres que podian burlarse de Dios impunemen- 
te? ¿Que impunemente podian afrentar y perseguir á la Iglesia y 
al Padre Santo? No son los prusianos los que quieren arruinar á 
Francia; es el hon Dieu que la humilla y la castiga para que vuel- 
va en sí y se enmiende y abjure esas ideas heréticas y perversas. 

Este piadoso razonamiento con que .anatematizaba la infeliz an- 
ciana los errores de su siglo, y que probablemente habria oido de 
labios del cura de su aldea el dia anterior, alcanzó universal aplau- 
so entre aquellas devotas mujeres, lo cual hizo que me acordara, si 
acaso lo hubiese olvidado, que me hallaba en el Mediodia de Fran- 
cia, en donde más que en otra parte han echado raíces la supersti- 
ción, el fanatismo y la gazmoñería. Cada cual se da cuenta á su ma- 
nera del por qué de estos y otros acontecimientos inexplicables que 
han presenciado con asombro los pueblos contemporáneos; y he aquí 
cuan sencillamente aclara esta buena señora el misterio de la der- 
rota de Francia en el año de 1870. La filosofía que sigue será 
anticuada y rastrera, pero á lo menos tiene la fgran ventaja de 
ahorrarla el quebrantarse la cabeza tratando de dar solución á en- 
marañadas cuestiones '^sociales y políticas; estas se las da ya re- 
sueltas, definidas y aclaradas el cura de su aldea, 

Al poco rato se bajaron del tren estas buenas mujeres, priván- 
dome de su devota compañía. Vinieron á sustituirlas en una esta - 
cion próxima á la en que se habían separado de mí, un cura y tres 
soldados de caballería, gallardos mozos, que se dirigian á Tolosa á 
requerir caballos para su regimiento. 



DE LONDRES Á MAÜRID, 23 

Apenas babia entrado en el coche el cura, cuando se reclinó có- 
modamente en un rincón y durmió ó trató de dormir. A la hora de 
haber permanecido allí inmóvil, no pudiendo dormir más, ó apre- 
tándole el apetito demasiado, sacó de una cesta que llevaba muy 
cerca de su persona y muy repleta de municiones de boca, una 
tortilla, pan, salchichón y queso, que comió con tal gana, que me 
la dio á mí, y supong-o que el mismo ó mayor efecto haria en los 
soldados, sólo de verle comer. Pero se guardó muy bien de ofre- 
cernos parte de su cena; que esos señores no suelen g-astar tales 
bromas. Sacó luego una botella de vino tinto, que supongo que 
seria añejo, aunque no lo caté, y echó un trago tal, que, á echar 
otro tan hondo, se queda vacía la botella. La guardó con los res - 
tos. de su cena en la cesta, y. se dispuso á tomar parte en la con- 
versación que entre sí traían los tres soldados de caballería, y que 
no tardó en hacerse general. 

Uno de ellos era alsaciano, y en el mal francés, pero con cierta 
socarronería, estaba renegando de la guerra, de los generales 
que no la sabían conducir, y del Gobierno republicano que no 
quería firmar la paz; los otros dos se reían á carcajada tendida 
de la s graciosas ocurrencias del alsaciano, y el cura, viendo de 
qué pié cojeaban, les echó una larga arenga, en que tuvo buen 
cuidado de no censurar al Gobierno cjue estaba en el poder enton- 
ces, desatándose en cambio en injurias y denuestos contra el Go- 
bierno caído, y acabando por ponerle al desventurado Napoleón III 
como chupa de dómine: el calificativo menos duro que le dio, á él 
y á todos sus Ministros y satélites, fué el de ateos. Al oii^ aquel 
torrente de improperios lanzados contra el Emperador caído, no 
pude menos de decir entre mí: hé aquí el premio que recibe Na- 
poleón en pago del apoyo que nunea ha negado á la corte de 
Roma. Los soldados, para cuyo aprovechamiento pronunciaba el 
cura su fogoso discurso, y que sin duda habían aprendido á res- 
petar á aquel hombrq á quien el cura acababa de pintar como el 
mayor de los malvados, no- le contestaron; pero tengo para mí 
que sólo la sotana que llevaba, le pudo librar de alguna ligera 
manifestación de su enojo. Viendo el cura que tocando esta tecla 
no había de ser escuchado por mucho tiempo con paciencia por su 
auditorio, comenzó á ensalzar al General Trochú, el cual, según 
el cura, no «ra ateo, y que por lo tanto, iba á salvar á Francia y 
á arrojar de su seno á los prus^ianos. También por respeto á la so- 



24 DE LONDRES Á MADRID. 

tana creo que esta vez dejaron los soldados de reírse del que la 
llevaba; pero se miraron mutuamente, como diciendo: — Parece 
mentira que en tan poco tiempo pueda decir tantos desatinos un 
hombre que sea clérigo. — Volvió á callarse este, y volvió á usar 
de la palabra el alsaciano, que por cierto abusaba muclio menos de 
este precioso don. 

No tardamos en llegar á Cette, en donde pasé la noche, sin que 
me aconteciese cosa que digna de contar sea. 

A la mañana siguiente, muy de madrugada, me puse nueva- 
mente en camino. Me iba alejando ya considerablemente de las 
principales vias que conducen, ya sea á Lyon, ya á Burdeos y 
Tours, y por lo tanto, las estaciones que atravesaba al tren iban 
siendo cada vez menos animadas, y sobre todo menos pobladas de 
hombres vestidos de uniforme. Por un buen rato me hallé com- 
pletamente solo en el coche, y casi el único ¡compañero de viaje 
que tuve aquel dia fué un gendarme, hombre de orden y que, á 
juzgar por su conversación, parecía ser imperialista por convic- 
ción y por instinto. No habia cambiado muchas palabras con el, 
cuando me aseguró que los hombres que estaban hoy en el poder 
en Erancia eran unos bandidos, y que si no firmaban la paz, era 
porque sabian que en firmándola tendrían quf! dejar el puesto á 
otros. 

— Cette canaille, — añadió, — no hace más que robar á la nación 
á mansalva. 

En una de las estaciones por que atravesé en compañía del gen- 
darniG, este me hizo observar un grupo como de unos veinticin- 
co hombres vestidos muy fantásticamente y armados hasta los 
dientes. 

— Son los franco-tiradores de los Pirineos, — me dijo; — se vuel- 
ven á sus casas ilesos, sin haber visto siquiera á un prusiano, y sin 
haber disparado un tiro. — ¡Qué vergüenza! — exclamó en tono de 
profundo desprecia 

El gendarme ciertamente no hubiera hecho otro tanto, pues te- 
nia el pecho cubierto de honrosas medallas, ganadas en África, Cri- 
mea é Italia. 

Llegué aquella tarde á Pau , pasé allí la noche , y al dia 
siguiente salí para Bayona, en cuya estación me apeé al medio 
dia. 



DE LONDRES A MADRID. 



DE BAYONA A MADRID. 



Las tres de l.i tarde era la hora fijada para la salida del tren 
que me había de conducir a España; tuve, pues, tiempo de sobra 
para recorrer las calles de Bayona, que nada notable encierran . 
Sin embargo, en ellas fué donde vi las últimas huellas de la guerra, 
en forma de varios cuerpos de guardias movilizados que estaban 
apercibidos ya para abandonar sus casas y familias con objeto de 
defender la patria común en las riberas del Loira, 

La ciudad, que, á mi parecer, nunca faé de las más alegres^ 
estaba triste por demás; lo cual me liizo desear ardientemente que 
llegase cuanto antes el tren de Burdeos, que era el que habia de 
enlazar con el expreso de Irun á Madrid. Pero como suele aconte- 
cer, por lo común, que cuanto más se desea una cosa, más se hace 
de esperar, llegó el tren con algunos minutos de retraso, minutos 
que á mi me parecieron horas. Llegó, por fin, y no tardó en salir 
hacia la frontera española. 

Hacia año y medio que estaba ausente de España, y tenia, por 
lo tanto, no pocos deseos de pisar nuevamente su fértil y pintores- 
co suelo, de tomar en la Puerta del Sol el refulgente de Madrid, 
siempre grato en los helados meses de invierno, y sobre todo tenia 
deseos de volver á ver tantqs amigos como en España habia dejado, 
y de los cuales hacia tiempo que ni aún noticias tenia. 

Todas estas circunstancias juntas hubieron de inñuir en mi áni- 
mo para que me pareciesen menos enojosas de lo que realmente lo 
eran las mil molestias que sufrí en ese dichoso camino del Norte, 
en el cual jamás llegan ni salen los trenes, ni aún por casualidad, 
á las horas marcadas en el horario, y donde, teniendo el viajero 
siempre que 'esperar, está obligado á hacerlo en unos salones, los 
que, más que habitaciones hechas para aposentar á seres humanos, 
parecen neveras, y donde hay escasa lumbre ó ninguna, mala luz 
y peores muebles. 

Me detuve algunos días en Vitoria y Burgos con amigos cuya hos- 
pitalidad me hizo olvidar, por cierto, las fatigas del viaje; y después 
de haber corrido grave riesgo de descarrilar, no lejos del Escorial, 
llegué á Madrid á tiempo de presenciar dos acontecimientos nota- 
bles: el entierro del General Prim y la entrada del rey Amadeo. 

Jaime Clark, 



EL PRINCIPIO FEDERATIVO. 



La gran imporlancia que en nuestra patria tienen actualmenle las cuestio- 
nes relativas á la organización de los poderes públicos^ importancia excesi- 
va, sin duda, porque supone fundamental lo que es accesorio, coloca en pri- 
mer término y como esencial lo formal á ello subordinado, nos han movido 
á escribir estas observaciones á propósito del libro de Proudhon, de igual 
titulo que nuestro epígrafe (1). Todo un partido político, el más avanzado, 
el c|ue parece hallarse en la vanguardia de las fuerzas y aspiraciones socia- 
les, trabaja, en efecto, con ardor y entusiasmo innegables, aunque no con 
plena conciencia de sus deseos, por el triunfo y aplicación práctica de los 
principios sustentados en esa obra, que, por la influencia entre sus correli- 
gionarios y las condiciones de carácter .de quien la ha vertido á nuestra 
lengua (entre otras más graves causas'), está siendo como el dogma, inteli- 
gible para unos, misterioso para los más de los republicanos federales es- 
pañoles. Y nótese que al hablar así y por más que rechacemos las ideas de 
Proudhon, estamos completamente tranquilos en cuanto al escaso ó ningún 
resultado práctico de predicación semejante, por lo que se refiere á sus 
errores políticos respecto á la organización, ó mejor dicho, \lescomposicion 
y aniquilamiento de los poderes centrales, blanco principal de sus ataques 
y censuras. Porque, desgraciadamente para todos los liberales, aun los no 
partidarios del federalismo, la P»epública federal en España en las actuales 
circunstancias y sobre todo si se proclamara mediante un golpe de fuerza, 
seria tan centralizadora y unitaria á pesar de su nombre, que no tendríamos 
que deplorar los males de la disgregación sistemática preconizada por Prou- 



(1) Tenemos á la vista la tratlucclon española del Sr. Pí y Margall. Madrid, 18C8 
.Librería de Alfonso Duran. 



EL PRINCIPIO FEDERATIVO. 27 

(Ilion, sino los funestos resultados de la centralización absorbente y apoplé- 
tica del [poder, contra la cual casi en vano y de tiempo atrás por muchos 
se combate, 

I. 



Para juzgar con conocimiento de causa el sistema federativo que Proudhon 
desenvuelve, necesarias son algunas consideraciones preliminares que, á la 
vez que sean como la exposición sucinta de nuestras ideas sobre lo perti- 
nente al objeto, sirvan de base á nuestro ulterior análisis del libro men- 
cionado. 

Entendemos, desde luego, cuando se dice poder público, en el sentido de 
poder político, que se habla del poder á servicio del Estado para la realiza- 
ción del fin de este, cualquiera que sea, y sin entrar en las cuestiones que 
sobre tal punto se suscitan. Licito nos será, sin t»mbargo, suponer que, 
entre los que afirman el Estado, no hay discrepancia en cuanto á que esta 
institucion^^social deba realizar el derecho ó la justicia, en la esfera más ó 
menos amplia que los partidarios de las diversas teorías y escuelas le asig- 
nan, según los conceptos que forman de la justicia y el derecho. Y como 
sobre esto último y sobre las atribuciones que á más del cumplimiento de 
dicho fin, competan al Estado, son principal, sino cxfclusivamenle, las cues- 
tiones entre los científicos y los políticos que no le niegan, no es aventurado 
seguramente partir de nuestra anterior proposición como de base y premisa 
para otras ulteriores. 

•Ahora bien; el Estado, el derecho y el poder necesario para cumplir el 
fin de aquel y realizar este, ¿son cosas que atañen solo á determinados hom- 
bres, ó se refieren al hombre en general, y por consiguiente á todos los 
hofnbres? ¿Su existencia depende exclusivamente de la voluntad y del arbi- 
trio humano, ó por el contrario, es supuesto necesario para la vida del 
hombre y de la humanidad? Preguntas todas á las cuales fácilmente se con- 
testa. Se entiende, en efecto, que el derecho, el Estado y el poder son cosas 
al hombre referentes, y que sin la existencia de cualquiera de ellas, seria 
inconcebible la vida humana, como'cs inconcebible fuera de sociedad. Im- 
porta poco, para el objeto de este artículo; la teoría de Rousseau, ni la de 
los anarquistas, que repulan como ideal de gobierno el no gobierno; porque 
la primera tiene ya tan escasos partidarios en cuanto á la existencia del 
estado natural como anterior y superior al social, que ni la admite el mismo 
Proudhon, sobre quien tan poderosamente han influido, en su teoría del 
- pacto federativo, las doctrinas de aquel escritor insigne; y la segunda se 
refiere á posibilidades y contingencias futuras, utópicas á nuestro juicio, no 
al estfido pasado ni presente de las sociedades. " 

No se concibe al hombre sino asociado, siquiera sea sólo en la primitiva y 



28 EL PRINCIPIO 

inas exigua sociedad, la familia, o en la msis amplia 1íle la tribu, y sin que el 
padre, patriarca, ó jefe ejerzan el poder necesario, por lo menos, para dar á 
cada uno lo suyo y mantener la justicia y el derecho; constituyéndose así 
un verdadero Estado familiar ó patriarcal, apropiado á las necesidades y cul- 
tlira de los miembros que lo formen. Si tal poder no llega á constituirse de 
una manera algo permanente y estable, y no arraiga en la familia, por 
ejemplo, esta muere por suicidio, y no llega á formarse la tribu, ó de la 
tribu no sale otra ulterior y más vasta asociación. 

Si, pues, el poder del Estado es tan necesario al hombre é inherente á su 
vida como la sociedad y el derecho, aparece claramente que no puede ser 
creación libre ni arbitraria de la voluntad del hombre, á quien se impone 
como necesidad ineludible y como condición indispensable de existencia. Im- 
porta sobremanera insistir en este punto, de trascendentales resultados para 
nuestro propósito, porque los errores de Proudhon en el libro referido, 
provienen de uno capital sobre la proposición afirmada. Confúndese con 
frecuencia, por las escuelas y partidos liberales, sobre todo. Ja manera 
voluntaria, cada vez más libre y reflexiva, como se constituyen y originan 
los poderes políticos en los diferentes países regidos por instituciones más 
ó menos democráticas, con la necesidad é inmanencia del poder mismo. 
Puede y debe fundarse el poder efectivo de todo Estado, asi como la orga- 
nización política, en la voluntad explícita y racional de los ciudadanos; pero 
si así no sucede, como la sociedad humana tiene el instinto de su propia 
conservación, y esta exige necesariamente la manifestación y realización del 
poder inmanente, el poder político aparecerá de stíguro, bajo una ú otra 
forma y con mayor ó .menor beneplácito y aquiescencia de los asociados; 
cuyo asentimiento á su consolidación será tanto más sincero, cuanto más el 
poder constituido esté en armonía con las necesidades y tendencias de los 
que, por indolencia y punible abandono, han dejado que la fuerza de las 
cosas haga lo que era deber suyo realizar libre y racionalmente. 

En una sociedad bien organizada, el poder del Estado del>e fundarse, 
determinarse, hacerse efectivo por la voluntad nacional de los ciudada- 
nos, y de hecho sucede así algunas veces, y siempre y en todos los pueblos 
cuentar con el asentimiento ó la aquiescencia general, [mientras el poder 
y el gobierno pacíficamente imperan, ó tienen, por lo menos, condiciones 
de estabilidad y permanencia; mas la voluntad y el libre arbitrio, expresos 
ó tácitos, délos asociados, no crean el poder, ni originan su esencia, ni 
determinan su necesidad, sino que le ^an'esta ó la otra forma, tal ó cual 
organización, atemperan á sus necesidades aquella de las manifestaciones 
del poder que, por reputarla justa ó conveniente, hacen efectiva. 

Y si es necesario el poder político para la existencia de' la socitnlad 
humana, con mayor razón todavía, y con prijoridad lógica y aun cronológi- 
ca, lo son el derecho y el Estado á que dicho poder se refiere. Del poder 



FEDERATIVO, 29 

necesitan el derecho y el Estado, para realizar su esencia el pi-imero, para 
cumplir su fin el segundo; pero ambos son supuestos necesarios con res- 
pecto á aquel, quelps afirma y asegura; y el orden jurídico, como expresión 
de la justicia en las relaciones humanas, existe tan á priori y tanto mejor, 
cuanto menos haya de apUcar el poder que le garantiza y que, por la 
constante posibilidad de su infracción, necesita y reclama imperiosa y con- 
tinuamente. 

f] Obsérvese que hasta aqui hemos hablado del derecho, del Estado y del 
poder de una manera general y abstracta, y refiriéndonos al hombre y a la 
sociedad, sin distinguir de individuos ni de .pueblos, provincias ó naciones; 
en lo cual importa fijarse, porque si nuestras anteriores consideraciones 
son ciertas, es asimismo evidente que el derecho,, el Estado y el poder son 
cosas é instituciones primeramente humanas, y por tanto relativas á todo 
hombrey á la humanidad toda, no meramente particulares y locales, y tie- 
nen los caracteres de unidad y^universalidad respecto al género humano. 
En efecto: el derecho en la familia, que en estados primitivos se hace ó 
procura hacerse efectivo, mediante la autoridad y el poder paternos, no pue- 
de reahzarsc así desde el momento en que cualquiera de los miembros de la 
misma no obedece al jefe, y busca para contrarestar su poder el de otra fa- 
milia ó tribu que le ayude en aquella perturbación jurídica, ó tal vez le de- 
fienda contra un abuso de poder ó cualquiera otra injusticia. A su vez la 
tribu, el pueblo, la nación son impotentes con sus* respectivos poderes po- 
líticos interiores para asegurar el cumplimiento del derecho, si otra' tribu, 
otro pueblo, otra nación oponen poder á poder y perturban esta obra inter- 
na con ó sin derecho. 

Y véase aquí también que aparece siempre el derecho como dominante, 
y mostrando la justicia, lo mismo en las relaciones de los pueblos que en 

- las de los individuos, y como por consiguiente, aparece la exigencia racional 
de un Estado y un poder superiores que lo realicen, y que á la humanidad 
toda se refieran; mostrándose bien á las claras que si dichos Estado y poder 
totales no están organizados en consonancia con sus fines, muy anormal é 
imperfectamente podrán estos ser cumplidos, dada la necesidad de su mejor 
ó peor realización, y por consiguiente de la existencia de aquellos entre los 
pueblos que, coexistiendo, forman la humanidad de un período histórico de- 
terminado. Porque nosotros afirmamos que el derecho, y por tanto el Esta- 
y el poder existen y han existido siempre como totales, es decir, compren- 
diendo á todos los pueblos contemporáneos. Aun en los momentos en que 
un pueblo, guiado por un conquistador, lleva á cabo una empresa de ex- 
terminio y aniquilamiento contra otro pueblo, de seguro puede decirse que, 
ó trata de reparar y castigar una injusticia de que se cree víctima, invo- 
cando, por consiguiente, á su favor el derecho y representando el Estado y 
el poder humanos, ó piensa dilatar los límites de su imperio y de su Estado 



30 EL PRINCIPIO 

á espensas de otros que repula deben unirse al suyo, para integrar bajo su 
preponderancia uno de más poder, y en algunos easos uno que tenga el todo 
y único poder político de la humanidad en la tierra. 

¿A qué se refieren, por otra parte, los contratos y convenios interna- 
cionales en nuestros tiempos, sino al derecho uno y total que regula las 
relaciones de los pueblos? ¿Sobre qué descansan las alianzas y los pactos de 
la misma clase? Sus fundamentos son los supuestos siguientes: que el de- 
recho existe para toda la humanidad; que toda ella le conoce (más ó menos 
completamente) y debe respetarle, en lo que le conozca, y que las infrac- 
ciones y atentados contra él, por más que, desgraciadamente todavía, no 
puedan ser evitados ó reparados con igual facilidad que dentro de un Esta- 
do nacional, no dejan sin eficacia al derecho mismo y al Estado jurídico uni- 
versal que supone, toda vez que no en vano se invocan el poder y las fuerzas 
totales contraías patentes injusticias, como lo prueba bien claramente el que 
no hay nación alguna, por agresiva é insolente que sea en su conducta, que 
no procure demostrar que el derecho y la justicia se hallan .de su parte al 
declarar la guerra, medio único hasta ahora de hacer efectivo el derecho to- 
tal humano entre las naciones, y alcanzar también en cada caso el poder ne- 
cesario para conseguirlo. 

De lo precedente se deduce que la organización justa del Estado y poder 
humanos, por medios justos á su vez, y para hacer efectivo de una mane- 
ra tranquila y ordenada el derecho total de la humanidad, es una necesidad 
del progresó jurídico, al par que un noble presentimiento y una aspiración 
generosa de todos los espíritus pensadores y creyentes. 

Aliora bien, ¿implica esta afirmación que la efectiva y natural organiza- 
ción del Estado total humano, y por consiguiente, de su poder político, sea 
la destrucción y aniquilamiento de los demás poderes, de igual. clase, de los 
pueblos, las provincias y las naciones? Seguramente que no. Así como la 
íbrmacion de la tribu no destruyó, sino que afirmó más el poder paternal, 
y la provincia aseguró más la existencia del pueblo, y la nación la de la 
provincia; el poder político uno y total de la humanidad dará una garantía 
superior y eficaz á los diferentes poderes políticos á él subordinados, cuya 
existencia pende hoy de los azares de la guerra. Y téngase en cuenta que 
los ejemplos aducidos de los municipios y provincias, en atención á su es- 
tado actual, no son enteramente aplicables á cómo entendemos la organiza- 
ción del Estado y poder supremos, porque precisamente la excesiva subor- 
dinación y dependencia de aquellos á los poderes nacionales, es causa de 
graves perturbaciones é' instabilidad políticas en los Estados actuales, 
que, en general, no han acertado todavía con una justa organización inte- 
rior de su poder político. 

La unidad de este en la humanidad no se opone, pues, á su organiza- 
ción interior. Por el contrario, sin aquella es imposible concebir esta, in- 



FEDERATIVO. 51 

djspensable por lo que se refierQ al derecho, al Estado y al poder que, 
como relativos al hombre y á la sociedad, tienen forzosamente que parti- 
cipar del carácter orgánico de ambos. í7no es el árbol ^ uno el animal y 
sonséres orgánicos, cuyas diversas partes, si tienen existencia propia, es 
en cuanto la fundan en la unidad y en el todo á que pertenecen, en cuanto 
viven su vida en la vida total. Órganos distintos, y con diferentes partes in- 
teriores, á su vez, los constituyen; pero la unidad del ser, de tal manera 
domina y compone aquella variedad y deja profunda huella en todas sus 
partes, que no es maravilla cierlamcnLe que sabios naturalistas hayan for- 
mado el megaterio, el mastodonte ii otro animal ante-diluviano, por el estu- 
dio tan sólo de uno de sus dientes. 

Este carácter orgánico del Estado, como del poder, ha sido inexacta- 
mente apreciado en el libro de Proudhon, quien, pretendiendo darle una 
gran importancia, ha venido por el contrario á dejarle sin su base y funda- 
mento, que es la unidad del Estado y del poder politico, fuera de la cual ni 
la variedad, ni el organismo son siquiera concebibles. Cuando se habla, 
en efecto, de organización de poderes, de Confederación de Estados, nece- 
sariamente se afirma un todo que rija y domine el organismo, una unidad 
política, verdadero Estado superior, en el cual la Confederación se verifi- 
que y constituya. Cuando dos naciones diferentes, en suma, pactan trata- 
dos de alianza, de comercio o de cuakiuicr otra clase, ambas presuponen 
•como obligatorio, siquiera moralmente para ellas, el derecho internacional, 
y afirman un Estado jurídico, por tanto, que preceptúa respeto escrupuloso 
á los convenios internacionales debida y justamente contraidos, y su más 
exacto cumplimiento. 

lí. 

Sabido es con cuánto acierto se ha dicho que el estilo es el hondjre; 
mas si hubiéramos de juzgar el libro de Proudhon por lo que del hombre 
revelan sus páginas, el juicio sería con exceso desfavorable é inmerecido. 
No puede decii'se, en verdad, que tanto como censurables son la inmodes- 
tia y arroganl|! presunción que en aquellas se observa (1), sean erróneas y 



(1) Ar concluir el libro se Iccu los dos párrafos siguieutcs, de los cuales el segundo 
es el final de la obra: 

V it¿Tiene ni siqíiiera idea de la libertad esa democracia que se llama liberal y anate- 
matiza el federalismo y el socialismo, como hicieron .en 1793 sus padres? Pero el pe- 
ríodo de jn-ucba debe tener un término. Empezamos á razonar ya sobre el pacto fede- 
ral; no creo que sea esperar mucho de la estupidez de la iJTeseute generación, jpensar 
que al primer cataclismo que la barra, ha devolver á reinar en el mundo la justicia, n 

iiDesafío á quien quiera que sea, á que haga una profesión de fé más limpia, de 
mayor alcance, ni de más templanza; voy mas allá; desafío á todo amigo de la liber- 
tad y del derecho á que la rechace, m 



52 EL PRINCIPIO 

absurdas sus doctrinas: liay en cslas ciorla clarithid y cierto encadenamien- 
to al mismo tiempo que proposiciones importantes, y sobre todo observa- 
ciones históricas, acerca de la vicios.a organización de los poderes públicos, 
de gran valor y mucha estima. Pero procedamos metódicamente al análisis 
del Principio federativo. 

De la radical antitesis que Proudhon señala entre la autoridad y la li- 
bertad, principios en oposición tan diametral y contradictoria que nos da 
la seguridad de que es imposible un tercer término, de que no existe; 
ideas opuestas la una á la otra y condenadas á vivir en lucha hasta tal 
punto, que entre ellas, del mismo modo que entre el si y el no, entre el. ser 
y el no ser no admite nada la lógica; de dicha supuesta antítesis parten las 
proposiciones en cjue el autor funda su teoría política. Pero esta irreconci- 
liable existencia entre ambos términos ó polos opuestos del orden político, 
como también los llama, no lo es tanto, sin embargo, que haya de con- 
cluir con la muerte y aniquilamiento de alguno de ellos. Por el contrario, 
á pesar de su oposición, de su contradicción, de su antinomia y de su 
constante lucha, la autoridad y la libertad están condenadas á aborrecerse 
mutua pero perpetuamente, porque, ya cjue no en otra cosa, están unidas 
en el palenque común de sus eternos combates; los cuales, si atentamente 
se considera, parecen más bien batallas simuladas y fingidas, que sostienen 
con astucia y sobrada previsión las partes contendientes, puesto que ha- 
llándose condenadas á vivir en lucha ó á morir juntas, á no ir la una sin 
la otra, á no poderse suprimir esta sin aquella, natural y justo es que, 
por propio instinto de conservación, no traten la autoridad y la libertad de 
darse punto de reposo, ni mucho menos el ósculn de |taz, que para ellas 
seria la muerte por suicidio. 

Pero ¿de dónde ni por qué puede afirmarse que la unión de dos térmi- 
nos opuestos esté precisamente en su oposición ,• en su lucha? Aún admi- 
tiendo que la autoridad y la Mbertad fueran ideas ó cosas antitéticas é ir- 
i'eductibles, ¿cómo era posible sostener que su unión , su conexidad había 
do hallarse en lo que precisamente las caracteriza como opuestas y contra- 
rias? Dos polos de un mismo eje son opuestos entre sí; pero la uniori , la 
conexidad de ambos se da y se busca en lo que tienen de común , es decir, 
en ser polos y por tanto puntos, y además polos y puntos de una misma lí- 
nea, que es el eje que los enlaza y determina. 

La autoridad y la libertad no pueden siquiera llamarse, como Proudhon 
pretende, los dos polos de la política, porque ni son principios radicalmente 
opuestos , ni antitéticos , ni inconciliables , y claramente se ve que se con- 
ciiian y armonizan perfectamente en la moral y en el derecho , y caben , por 
consiguiente, en la sociedad humana , sin que su existencia sea una perpe- 
tua y encarnizada lucha. Sabiendo la moral que el hombre es libre , con la 
autoridad de sus preceptos le impone las reglas que debe libremente obser- 



PEDEÍlATlVO. * 53 

var para realizar lo bueno. Queriendo el derecho para el hombre el libre 
cumplimiento de sus finos, le asegura las condiciones necesarias con tal ob- 
jeto, mediante el poder y la autoridad que constituye, para impedir los ata- 
ques contra la libertad humana en sus movimientos hacia fines racionales, 
aunque de la misma libertad humana provengan. Y nótese aquí como la li- 
bertad y la autoridad fácilmente se enlazan y armonizan: en la moral, la 
autoridad y el precepto obran y existen porque suponen libertad en el agen- 
te áque se refieren; en el derecho, la autoridad se da por la libertad del 
hombre, en su beneficio y para su existencia. 

La tesis de Proudhon de la unión é indisolubihdad de ambos principios 
en lo que tienen de opuestos, implica contradicción en los términos; por 
lo cual en vano busca, y pretende con arrogancia en su obra, haber hallado 
un régimen político que satisfaga las aspiraciones generales y labre el bien- 
estar de los pueblos, toda vez que parte de una base que le incapacita para 
poner paz ó dar tregua siquiera, á la lucha entre los dos polos del gobierno 
condenados á priori á estar en perpetua guerra ; guerra activa y necesaria 
para evitar su muerte ó enervamiento. 

Consecuencia lógica de semejanle antinomia , es la clasificación que hace 
de las especies y formas de gobierno, según que provengan del principio de 
li])ertad ó del de autoridad; clasificación, sin embargo, que no puede menos 
de referirse á la concepción á priori de los mismos, supuesto que en la 
práctica la coexistencia en pugna de los dos elementos antitéticos, funda- 
mento de la división, es fatalmente necesaria. Adviértase, no obstante, que 
la inflexibilidad lógica de Proudhon no es tan absoluta, que no le permita 
intitular un capítulo de su libro : Transacción entre los dos principios: ori- 
gen de las contradicciones en la política ; que no tolere hablar de contra- 
peso y equilibrio (lo cual implica paz y armonía entre los términos opuestos 
y contradictorios, autoridad y libertad), y de la futura constitución del gé- 
nero humano concebida por el cerebro dfi la humanidad, del que se ha de 
desprender la fórmula definitiva de una constilucion regular; que no deje 
lugar á afirmaciones como estas : Subordinación de la autoridad á la li- 
bertad y vice-versa, para explicar todos los gobiernos de hecho, en las cua- 
les se olvida el antagonismo absoluto de los dos principios para sustituirlos 
por una dominación del uno sobre el otro; y en fin, la lógica de Proudhon 
no es tan cruelmente inflexible, que le impida desear que los partidarios 
sáe ambos sistemas de gobiernos antitéticos, en vez de excomulgarse, 
cumplan el deber de ser los unos para con los otros tolerantes. 

Por lo demás , las notables observaciones históricas de los primeros ca- 
pítulos del libro en que nos ocupamos , no muestran, como el autor pre- 
tende, que la antinomia y la antítesis sean la explicación del desenvolvimien- 
to político de los pueblos, sino que á pesar de las luchas sangrientas y de 
los antagonismos entre los hombres y los partidos, los principios y las ideas 

TOMO XIX. 3 



54 EL PRINCIPIO 

se imponen- de tal manera por la fuerza de la lógica y las necesidades de la 
vida, que los sectarios de cada sistema de gobierno han tenido que realizar, 
muchas veces con exceso, lo mismo que consideraban como el supremo error 
ó la mayor injusticia de sus adversarios, á quienes, tal vez , más combatían 
por la posesión del poder, que con fines enteramente nobles y desinteresa- 
dos. Otras veces también , la injusticia de los medios, en las luchas de los 
partidos i)olíticos, ha viciado en la práctica y desde su origen, la aplicación 
de ideas y principios verdaderamente salvadores y progresivos. Las demo- 
cracias cuando, turbulentas y autocráticas, han deseado su pronto acceso al 
poder por toda clase de medios, aún los mas reprobados por ellas mismas, 
¿debian ni tenian derecho á esperar otra cosa que el entronizamiento del 
dictador que halagando sus pasiones, pero conculcando sus ideas con su 
propio beneplácito, les proporcionara un triunfo tan sorprendente é injusto 
como nominal é ilusorio? ¿Es esto acaso consecuencia de ninguna contra- 
dicción ó antítesis, inexplicable de suyo, ó es, por el contrario, el más ló- 
gico resultado y el más adecuado y providencial castigo á causa de los me- 
dios y procedimientos injustos para la consecución de fines, que, cuanto 
mejores sean, más se han de alejar de la mano avara y codiciosa que trate 
de profanarlos para conseguirlos? 

No es maravilla, por tanto, que los partidos ]¡olíticos hayan realizado en 
la historia lo contrario muchas veces de lo que á sus propósitos é ideas pa- 
recía corresponder, y causas enteramente naturales explican esta aparente 
contradicción, que á Proudhon gusta sobremanera poner de relieve y consi- 
derar como prueba y fundamento ala vez de sus teorías; causas, cuyo 
conocimiento y estudio interesa por demás á la humanidad , á fin de evitar 
la reproducción de iguales ó parecidos errores, y de dar al pueblo y ú las 
democracias capacidad bastante para fundar gobiernos justos, librando á las 
masas populares de las acusaciones de ignorancia é inepcia que tan dura y 
despiadadamente les dirige (1), y no en verdad con completa justicia. 



(1) Léanse, en prueba do ello, las siguientes : 

"Casi siempre las foi-mas del gobierno libre han sido tratadas de aristocráticas por 
las masas, que han preferido el absolutismo monárquico." 

II Ahora bien; el pueblo es siempre un obstáculo para la libertad, bien porque des- 
confie de las formas democráticas, bien porque le sean indiferentes." 

iiPredispuesto (alude al pueblo) á la sospecha y á la calumnia, pero incapaz de to- 
da discusión metódica, no oree en definitiva sino en la voluntad humana , no espera 
sino del hombre, no tiene confianza sino en sus criaturas, in jmncipibus, infiliishomi- 
num. No espera nada délos principios, i\nicos que pueden salvarle; no tiene la religión 
de Jas ideas." 

iiEntregada á sí misma ó conducida por sus tribunos, la multitud no fundó jamás 



FEDERATIVO. 55 

Sorprende ciertamente, dadas las premisas en que Proudlion se apoya, y 
á pesar de las inconsecuencias lógicas en que incurre respecto á la antagó- 
nica oposición de los principios de autoridad y libertad; sorprende, decimos, 
que pretenda resolver el problema político y hallarle una solución en esta 
esfera, donde imperan como absolutos y en perpetua guerra de exterminio, 
q] 5Í y el no, el ser y el no ser; donde está desterrada la lógica y «sucede 
«justamente lo contrario de lo que la razón indica respecto de toda teoría, 
»que debe desenvolverse conforme á su principio, y de toda existencia que 
» debe realizarse según su ley;» donde «entra fatalmente la arbitrariedad, 
»la corrupción llega á ser pronto el alma del poder, y la sociedad marcha 
«arrastrada sin tregua ni descanso por la pendiente sin fin de las reVolucio- 
»nes;» donde en los « ocho mil años de recuerdos históricos, el mal éxito 
»ha venido constantemente á recompensar el celo de los reformadores y á 
«burlar las esperanzas de los pueblos;» en cuya esfera, por último, no hay 
más que agitadores y charlatanes, «desorden sistemático, confusión organi- 
»zada, apostasía permanente, traición universal.» Y á pesar de todo, Prou- 
dhon promete exponer su solución para que la «sociedad pueda llegará 
»algo regular, equitativo y estable;» y hace tal promesa en nombre de la ló- 
gica, «por más que en negocios semejantes, raciocinar sea correr el riesgo 
»de engañarse á si mismo y perder con su razón su tiempo y su trabajo.» 
Veamos, pues, cuál es la solución tan aparatosa y extrañamente presentada. 

III. 

La solución hallada en el libro que nos ocupa, estriba en la idea de /éde* 
ración, ^y ésta á su vez en la del contrato político, sinalagmático [hihioTa]) 
y conmutativo.' Y ad\iértase que el atrevido innovador, para quien los Es- 
tados antiguos y modernos y los políticos de todos tiempos apenas han 
realizado nada importante y provechoso, encuentra, sin embargo, los fun- 
damentos de su solución salvadttra en los artículos del Código civil francés 
que definen los contratos. 

La aplicación de estas definiciones al orden político, para él tan fecunda, 
es por demás extraña é insostenible. Pretender que el Estado se forma pura 
y sencillamente mediante un contrato bilateral, es verdaderamente encer- 



nada. Tiene la cabeza trastornada: no llega á formar nunca tradiciones, no está dotada 
de espíritu lógico, no llega á idea alguna que adquiera fuerza de ley, no comprende de 
la política sino la intriga, del gobierno sino las prodigalidades y la fuerza , de la jus- 
ticia sino la vindicta piiblica, de la libertad sino el derecho de erigirse ídolos que al 
otro dia demuele . El advenimiento de la democracia abre una era de retroceso que 
conduciría la nación y el Estado á la muerte, si estos no se salvasen de la fatalidad 
que les amenaza por una revolución en sentido inverso, que conviene ahora que aprs' 
ciemos. II 



56 ÉL PRINCIPIO 

rarsc en un círculo vicioso. Todo contrato supone preexistente el derecho 
V la noción del Estado á él consiguiente. Dos ó más individuos contratan, 
jiorque cuentan con la garantía del Estado á que ambos obedecen , del de- 
recho escrito ó "natural que necesariamente les ampara; dos pueblos con- 
tratan, porque suponen también la preexistencia de un derecho internacio- 
nal ó de gentes, que les proteja y asegure el cumplimiento de lo esüpiiladp, 
y porque, como dijimos al principio , por imperfecto y atrasado que sea el 
período histórico á que nos refiramos , siempre la noción del derecho pone 
de parte de la realización justa de lo convenido, al Estado y poder jurídicos 
de todos los pueblos, ó por lo menos, en ellos se confía, sí es necesaria la 
guerra para hacer que el contrato se cumpla; pero imphca contradicion en 
los términos decir que pueden contratar dos ó mas hombres para formar el 
Estado, antes de que el Estado exista, cuando el contrato, repetimos, pre- 
supone necesariamente el derecho y el Estado, como supuestos b;ij(» los 
cuales únicamente es posible su existencia. 

Pero, ¿cóm'o se habla de un contrato político entre el ciudadano y el Es- 
tado, cuya existencia se presupone, al mismo tiempo que sólo se considera 
justo y legítimo al formado medíante el convenio? Sí el ciudadano encuen- 
tra ya formado el Estado, según la teoría proudhoniana, no puede contra- ' 
tar con él, sino deshacerlo para después construirlo de nuevo por medio del 
contrato sinalagmático y conmutativo. Y por otra parte, ¿es posible un con- 
trato político entre el individuo y el Estado? Para que dos contrayentes, 
puedan contratar sinalagmáticamente, necesario es que haya en andjos 
Igualdad de carácter personal, y sobre ellos posibilidad, cuando menos, de 
una superior personahdad ó institución que dé á cada uno lo suyo, en caso 
de violación de lo pactado. Así es. que, cuando el Estado contrata con los 
ciudadanos no lo hace bajo el punto de vista político, en. cuya esfera el Es- 
tado como institución social para el cumplimiento del derecho, es soberano, 
sino como persona que necesita para sus fines económicos ó de otra índole, 
cosas o servicios, del mismo modo que otra 'persona jurídica cualquiera, 
así individual como colectiva; y en tal caso se considera inferior al mismo 
Estado, en cuanto encargado de reclamar la jusl-icia y el derecho, y se so- 
mete al fallo de sus propíos Tribunales, sí el otro contrayente cree necesario 
apelar á ellos. Pero considerar justo, y por tanto posible, que el Estado es- 
tipule con unos ú otros ciudadanos los derechos y libertades que haya de 
asegurarles, es completamente erróneo y contrario á la naturaleza de la ins- 
titución. 

Por esto, sin duda, pasa Proudhon rápidamente sobre este punto, y nada 
dice sobre la formación del primer Estado, núcleo de los que después han 
de ser Estados confederados ó federales. Debe, pues, notarse, que acerca de 
cuestión tan capital, la falta de clara exposición es completamente insubsa- 
nable, toda vez que la federación, resultado del contrato político, la refiere 



FEDERATIVO. 57 

Proudhon principalmente á pactos ó alianzas entre jefes de familia, muni- 
cipios, pueblos ó Estados, en todas cuyas personalidades ya se da un Es- 
tado juiidico familiar, municipal ó de otra especie. 

El contrato además, no es elemento superior á la autoridad y á la li- 
bertad, convertido en el elemento dominante del Estado por voluntad de en- 
trambas, que teniéndolas á raya la una por la otra, las pone, de acuer- 
do (1), no; porque al contrario, y como repetidamente se ha dicho, el 
contrato presupone y se funda en ellas; en la libertad, como propiedad de 
los contrayentes, y en la autoridad, como garantía de la libertad y del con- 
trato mismo. 

Mas aparte de este círculo vicioso, y aún suponiendo hipoLéticameute 
posible la celebración del contrato político para la creación del Estado, ob- 
sérvese bien lá naturaleza del contrato de federación, que Proudhon define 
a^\: Un contrato sinalagmático y conmutativo para uno ó muchos objetos 
determinados, cuy a condición esenciales que los contratantes se reserven 
siempre una parte de soberanía y acción mayor déla que ceden. 

Es licito, según la deíinicion, todo objeto determinado, que pueda serlo 
de contrato, para la formación del pacto federativo. Por manera, que así los 
íines moralescomo los inmorales, los justos ó los injustos pueden estipular- 
se: ni cabía otia cosa tampoco, si se atiende á que tratándose de fundar el 
derecho y el Estado en el libre albedrío humano, cuando éste, por el con- 
trario, tiene por norma lo justo, lo bueno; y basándose, por otra parte, la 
teoría del contrato y la federación en la noción de ley como estatuto arbi- 
tral de la voluntad humaivx, no podía menos de erigirse el arbitrio del 
hombreen fuenle y origen, no ya del poder efectivo necesario al Estado y 
para la realización de sus fines, sino del Estado y del derecho mismos. De 
donde resulta lógicamente que ni aquellas sociedades proscritas por todas 
las legislaciones de los pueblos, [)orque lo están antes por la razón y la jus- 
ticia, como las de malhechores, por ejemplo, pueden dejar de considerarse 
lícitas, ni impedírselas que formen un Estado, núcleo de una confedera- 
ción, con tal que su fin ilícito sea, como el matar y robar, un objeto deter- 
minado y la razón del pacto déla asociación, en la cual los contratantes se 
hayan reservado además una parte de soberanía y acción mayor de la que 
cedan . 

Esto, por lo que hace al objeto del contrato; que también son grantles 
los errores y confusiones á que conduce el examen del contrato federativo 
con respecto á los contrayentes y á la duración del mismo; puntos dignos de 
la mayor alencion, toda vez que,' tanto Proudhon, como el traductor de 
su libro al castellíino, tienen itiucho interés en mostrar la gran diferencia que 
hay entre- e\ contrato federativo y e] contrato social de Rousseau, y siendo asi 



(1) Aquí el autor cae una vez más en inconsecuencia con sus propias doctrinas. 



58 EL PRINCIPIO 

que el autor de aquel censura á éste por haber imaginado «una ficción de le- 
«gista^ una hipótesis para explicar la formación del Estado y délas relaciones 
»cntre el gobierno y sus individuos;» contra lo cual Proudhon se jacta do 
«que en el sistema federativo el contrato social es más que una ficción, es un 
«pacto real y efectivo, que ha sido verdaderamente propuesto, discutido, 
«votado, aprobado, y es susceptible de manifestaciones regulares á volun- 
«tad délos contrayentes.» Pero, ¿cómo? Los individuos que pactan, el in- 
dividuo que pacta con el Estado, los Estados que celebran el contrato fede- 
rativo, ¿por cuánto tiempo están obligados, si no ponen esta condición en- 
tre las del contrato? O si la ponen, ¿no podrá ser modificada, por lo menos, 
^n lo que se refiera á otras personas, á las nuevas generaciones que en él no 
hayan intervenido? Y adviértase que Proudhon reputa acertado el «que en 
«una democracia no se sea en realidad ciudadano por ser hijo de ciudadano, 
«sino que sea de todo punto necesario en derecho, independientemente de la 
«cualidad de ingenuo, haber elegido el sistema vigente,» de donde se deduce: 
1.°, que el niño no tiene derecho alguno, ni vive dentro del Estado mientras 
no manifieste su voluntad, sin que se diga por quién ni por qué medios po- 
drá determinarse cuándo ha de oirse esta manifestación, ni la capacidad del 
hombre para el contrato federativo, supuesto que el Estado, órgano del de- 
recho, y á quien todo esto incumbe, no existe para el que no ha prestado to- 
davía su consentimiento; y 2.°, que el pacto federativo ha de estar en con- 
tinua renovación, si se quiere que los nuevos seres que vienen á la vida pue- 
dan ir sucesivamente formando parte del Estado, con lo cual dicho se está 
que es imposible que el objeto del contrato pueda mantenerse determinadcr 
y el mismo, un solo instante. Apuntar estas consecuencias es demostrar lo 
erróneo de la doctrina y las peticiones de^ principio que sus premisas en- 
vuelven. 

Por otra parte, como ni en la definición del contrato federaüvo antes 
anuncionada, ni en las explicaciones que la desenvuelven, se habla del 
objeto del contrato más que para exigir que sea determinado y que siempre 
los contrayentes se reserven más derechos, más libertad, más autoridad, 
más propiedad de los que ceden, resulta que la cuestión del fin y de las 
atribuciones del Estado en esta teoria, es una cuestión de pura cantidad 
entre los derechos que han de ser reservados al individuo, al municipio, á 
la provincia y al Estado, sin que para nada se tenga otro principio en cuen- 
ta. De aquí proviene lo vacio de toda esta doctrina, en la cual va- 
namente se pretende señalar algo sustantivo como de competiMicia propia 
y exclusiva del Estado, toda vez que este» es un mero resultado del arbitrio 
humano, individual ó colectivo. Propósito tan vano y estéril, decimos, como 
que el autor, que se considera reformador universal, y que tiene grandes 
pretensiones de originalidad, apela para dar alguna fijeza y concretar sus 
ideas sobre este punto, á extraclai* por nota, los principios políticos de la 



FEDERATIVO. 39 

Constitución suiza, y á discurrir sobre las cuestiones suscitadas con motivo 
de ellü y de la Constitución de los Estados-Unidos. Graves le parecen, en 
eleclo, las á que da lugar el derecho público federativo. Pero ni la dificul- 
tad le arredra para resolverlas, ni le embaraza tampoco la inconsecuencia 
con sus mismos principios. Asi es, que si bien repugna la esclavitud, como 
contraria al principio federativo, reconoce que JVashington, Madison y 
los demás fundadores de la Union no fueron de esle dictamen y admilic ■ 
ron al pacto federal á los Estados con esclavos.^ Del mismo modo, si bien 
cree de derecho que una minoría separatista de Estados confederados 
pueda combatir la indisolubilidad del pacto que sostenga la mayoría, siem- 
pre que se trate de una cuestión de soberanía cantonal que no haya entra- 
do en el pacto de la Conícderacion, con lo cual se pone de parte de los Es- 
tados del Sur, en la cuestión americana (pendiente cuando el libro se escri- 
bía), y da la razón á los cantones suizos del Sunderbund; sin embargo, co- 
mo «puede suceder por consideraciones de commodo et incommodo que las 
«pretensiones de la minoría sean incompatibles con las necesidades de la 
Dmayoria, y que además la excisión comprometa la libertad de los Estados, 
«en tal caso la cuestión se resuelve por el derecho de la guerra, lo que 
» quiere decir que la parte más considerable de la Confederación, aquella 
«cuya ruina llevaría más perjuicios, ha de prevalecer sobre la mas débil.» 
¡Donosa teoría, según la cual se viene á santificar el derecho de la fuerza, 
como representación de los intereses de la mayoría, por el mismo (pie mal- 
dice á todas las democracias, cuyo sistema tilda de a bsolutisino de las 
masas, y después de haber construido con tan exquisito cuidado el armazón 
del contrato federativo, mediante el cual el ciudadano se reserva más dere- 
chos de los que cede al municipio, esle más de los (pie cede al Estado pro- 
vincial, y así sucesivamente, para tolerar en definitiva que no sean respeta- 
dos, á pesar de las precauciones, y sólo según voluntad de la mayoría, (pie 
rasga el;jac/o sinalagmático-^ conmutativo por puro interés y conveniencia! 
¿Cuáles son los principios que con tales afirmaciones prevalecen de la teoría 
proudhoniana? ¿j\o pudiera aplicarse á esta el calificativo de exc(''ptica que 
Proudhoii lanza, tal vez con justicia, pero duramente, contra los partidos 
doctrinarios? (1) 

A pesar de lo inútil y contradictorio de las tentativas de dicho autor, 
para dar al Estado y al decebo otra finalidad que la que nacer pueda del 



(1) "El mal éxito, dice, que alternada y repetidamente tienen la democi-acia im- 
perial y el constitucionalismo de la clase media, da por resultado la creación de un 
tercer i)artido que, enarbolando la bandera del excepticismo, no jurando sostener ja- 
más ningún principio, y siendo esencial y sistemáticamente inmoral, tiende á reinar, 
como suele decirse, por el sistema de tira y afloja, es decir, arruinando toda autoridad 
y toda libertad; en una i^alabra, corrompiendo. Esto es lo que se ha llamado sistema 
doctrinario, n 



40 EL PRINCIPIO 

contrato federativo, debemos señalar lo más importante que establece sobre 
punto tan esencial. En una sociedad libre, dice, el papel del Estado ó del 
Goljierno es principalmente el de legislar, crear, inaugurar, instalar, lo me- 
nos posible el de ejecutar. Supone al Estado el supremo director del movi- 
miento, el que pone la mano en la obra algunas veces, pero sólo para dar 
ejemplo é impulsarla. Si es verdadera ó falsa esta idea, no nos proponemos 
averiguarlo: baste decir que ninguna conexión tiene con las anteriores afir- 
maciones de Proudhon, -de las cuales no puede reputarse consecuencia, 
porque más bien las contradice y niega. Y todavía, dentro de tal con- 
cepción del Estado, no teme en incurrir en nuevas contradicciones é in- 
consecuencias. Porque si bien pide libertad para la fabricación de la mone- 
da, para los servicios que se han dejado abusivamente en manos de los Go- 
biernos, como caminos, canales, correos, telégrafos, etc., toda vez que des- 
pués de dado el primer impulso por el Estado, lo demás ya no es de la 
competencia de este; y si bien es partidario en el miámo sentido de la liber- 
tad de enseñanza, hasta el punto de querer que la Escuela esté tan separada 
del Estado como la misma Iglesia;* y si bien, por último, no reputa de ver- 
dadera necesidad que los Tribunales dependan de la Autoridad central, y 
dice que instituir un Tribunal federal supremo seria en principio derogar 
eZjoftcto; nada de esto, sin embargo, le impide aceptar el principio de la 
Constitución suiza de 1848, de que la Confederación tenga el derecho de 
establecer una Universidad suiza, idea combatida como atentatoria á la sobe- 
ranía de los Cantones, ni el de que, según la misma Constitución, para cier- 
tos casos, se establezcan una Justicia federal v Tribunales federales. 

IV. 

Lo fecundo de la teoría del contrato y la federación, consiste, por un 
lado, en que aquel resuelve el problema político, haciendo que el régimen 
liberal ó consensual prevalezca sobre el autor ilativo, aunque sea con menos- 
cabo de la sangrienta y constante batalla en que necesariamente han do vi- 
vir la autoridad y la libertad; y por otra parte, en que la federación mantie- 
ne y fomenta la división de poderes contra la reunión o indivis'on de los 
mismos, que considera de los más funestos r^idtados y característica de 
las monarquías. 

Respecto á esto último conviene observar que la unidad del poder no 
obsta á la división y separacion'de los poderes dentro de su unidad misma; 
antes por el contrario, aquella supone esta, sin la cual la división de poderes 
no seria distinción de partes ó funciones de una misma cosa, sino cosas ente- 
ramente distintas. La confusión de la unidad y h-union natural de poderes 
en el poder mismo, que puede y debe ser orgánica é interiormente objeto 
de división y separación de sus diíerentes partes y funciones, con la unidad 



• FEDERATIVO. 41 

indivisa, é inorgánica de las funciones del poder político y de los diferen- 
tes poderes que dentro de la unidad del mismo existen y se dan, es lo 
que ha conducido á Proudhon á errores y consecuencias lamentables. 
Por esto deplora las tendencias á la formación de grandes Estados que se 
han cebado en los federales con tanta intensidad como en las monarquías 
feudales ó unitarias, y dice que en el sistema feudativo, al revés de lo que 
pasa en los demás gobiernos, la idea de una Confederación universal es 

CONTRADICTORIA. 

Mas á pesar de hallarse el secreto déla bondad de esta doctrina en la 
separación de los poderes, en la división y subdivisión de los Estados, 
separación y división permanentes que deben repugnar toda reunión, Prou- 
dhon no vacila en afirmar que el sistema federativo no hubiese podido 
realizarse en los primeros tiempos, porque la civilización es progresiva 
yá aquellos no correspondí aesta nueva fórmula, y lo que es más todavía, 
qHC el sistema unitario, que tan fuertemente combate repetidas veces, -co- 
mo causa exclusiva de todos los males políticos y sociales, ha servido para 
lo qne no podía hacer el federativo que defiende, á saber, para «domar 
«y fijar ante todo las errantes, indisciplinadas y groseras muchedumbres; 
«distribuir en grupos las ciudades aisladas y hostiles; ir formando poco á 
«poco, por vía de autoridad, un derecho común y establecer en forma de 
• decretos imperiales las leyes del linaje humano. La federación, añade, no 
«podía llenar esa necesidad de educará los pueblos.» Y si átodo esto 
se agrega que aún en los Estados federales, primeramente nacidos de la 
nueva idea*, los suizos y americanos, «es un hecho histórico inconcuso que 
»la Revolución francesa ha puesto la mano en todas las constituciones fede- 
» rales, las ha enmendado, les ha comunicado su propio aliento, les ha dado 
«todo lo mejor que tienen, les ha puesto, en una palabra, en estado de des- 
«envolverse, sin haber hasta ahora recibido de ellas absolutamente nada, » 
se comprenderá fácilmente que por tan escasos y malos frutos no puede to- 
davía, al menos, juzgarse la bondad del árbol, ni mucho menos renegar en 
absoluto y por completo del sistema unitario, que ha dado vida, aliento y 
enseñanza al sistema encargado de corregirle y hacer progresar rápidamen- 
te á los pueblos y á toda la humanidad. 

Si lo poco de verdadero Uberalismo que penetró en los Estados-Unidos al 
emanciparse, resultado que atribuye Proudhon principalmente á la inter- 
vención de Francia en la guerra de aquellas Colonias con su metrópoli, fué 
obra de la Revolución francesa; si la libertad en América ha sido hasta aho- 
ra más bien un efecto del individualismo anglosajón, lanzado en aquellas 
inmensas soledades, que el de sus instituciones y costumbres; y si la Revo- 
lución francesa tan unitaria y centralizadora, lia sido también la que ha ar- 
rancado á Suiza del poder de sus viejas preocupaciones de aristocracia y 
clase inedia; y ha refundido su Confederación, ¿dónde encontrar las exce- 



42 EL PRINCIPIO 

lencias político-sociales de esos pueblos, sin que aparezca la huella del sis- 
tema unitario, toda vez que las Constituciones son los únicos modcios que 
el libro que nos ocupa presenta, no ya como manifestación de lo hasta hoy 
realizado en el sentido de sus ideas, sino como el fundamento y la explica- 
ción práctica de las mismas? 

Después de esto, sin embargo, Proudhon escribe un capitulo entero para 
lanzar acusaciones tan fuertes como injustas contra el pueblo, las masas y 
los hombres de Estado que se enamoran de la unidad del poder, que hablan 
del Pueblo, la Nación, el Soberano, el Legislador, etc., y para manifestar 
la eficacia de la gai'aníia federal. Bien es cierto que á renglón seguido (en 
el capitulo siguiente, el XI) confiesa la impotencia é ineficacia de todas las 
garantías anteriormente señaladas y busca en la sanciojí económica el ver- 
dadero remedio; porque si la economía de (as sociedades debiese permane- 
cer en el statu quo antiguo, valdria más para los pueblos la unidad impe- 
rial que la federación. De lamentar es, por tanto, que la importancia dada 
por él á la teoría del contrato como base de su sistema federativo, no fií hu- 
biera subordinado á la que tienen en el mismo sistema sus opiniones econó- 
micas y la determinación del organismo social en esta esfera, toda vez qué es- 
to es lo fundamental de sus ideas y soluciones políticas, de las cuales renie- 
ga y á las cuales renuncia, si no se basan en las económicas, en la federación 
económico-industrial. Y hé aquí cómo la fuerza de las cosas llev^ á Prou- 
diion á tener que llenar de alguna manera (siquiera sea ilógica y contradic- 
toria con sus propios principios) el vacio de la teoría del contrato político en 
(|ue no se determina el objeto, y en el cual se habla de derechos, de poder, 
de libertad, de autoridad, sin decir cuál sea el contenido de estos derechos, 
cuál el fin del poder ni de la libertad, ni cuáles tampoco los fines y atribu- 
ciones de la autoridad. La federación económica ha de proponerse formar 
un conjunto, en oposición al feudalismo económico que hoy domina y cu- 
yos males se señalan, para «acercarse cada día más á la igualdad por medio 
»de la organización de los servicios públicos hechos al más bajo precio posi- 
»blc, por otras manos que las del Estado, por medio de la reciprocidad del 
«crédito y de los seguros, por medio de la garantía de la instrucción y del 
«trabajo, por medio de una combinación industrial que permita á cada tra- 
»bajador pasar de simple peón á industrial y artista, de jornalero á maestro.» 

Por manera que en este punto ya tenemos algo fijo á que atenernos, y 
la federación económica, que no se forme con tales tendencias y para tales 
fines, no cabrá en la teoría federativa de Proudhon, y el federahsmo pohlíco 
• que dé lugar á federaciones agrícola-industriales distintas de las enunciadas, 
(') que no las haga nacer, será peor que el imperialismo. Pero si del contra- 
to sinalagmático y conmutativo no resultan asegurados dichos fines, ni 
marcadas dichas tendencias, y el contrata se ha celebrado en la forma por 
Proudhon designada, ¿qué habrá de hacerse? ¿Renegar del contrato é impo- 



FEDERATIVO. 43 

ner por medio del Estado estos fines económicos, dejándose llevar á la uni- 
dad imperial, ó prescindir de estos y permitir á la •federación que siga su 
ley, es decir, el estatuto arbitral de la voluntad humana? A tales preguntas 
no se encuentra, en el libro que examinamos, manera de ccfntestarlas: el 
dilema contradictorio que envuelven es insoluble; por lo cual no podemos 
•menos de afirmar lo erróneo de esta teoría, como no sea de esencia suya, 
á juicio del autor, y la garantía de su verdad, la misma contradicción 
(jue contiene y en que se funda. 

V. 

Hasta aqui lo que principalmente nos proponíamos exponer en contra de 
as doctrinas de Proudlion, quien si bien establece coino una de las piedras 
angulares de su teoría, la separación y disgregación de los poderes y los 
Estados, y repugna esas confederaciones universales concebidas por la 
■ democracia, lanzando asimismo terribles y destemplados anatemas contra 
los filósofos, los pueblos y las masas que hacia la unidad política aspiran; 
no por esto deja de presentir y reconocer, aunque implícita y contradicto- 
riamente con sus anteriores premisas, por una parte, que el gobierno más 
libre y moral es aquel en que los poderes están mejor divididos, etc., en lo 
cual se afirma la unidad del gobierno sobre la división interior de sus po- 
deres; y por otra, que la idea de unidad orgánica es tan aplicable á la polí- 
tica y á la economía como á la ciencia zoológica. 

Ahora bien; si recordamos las indicaciones hechas al principio de este 
trabajo, no será difícil aplicar á la práctica y á los hechos históricos pasados 
y presentes las consecuencias do lo que reputamos verdadero. 

La tendencia hacia la unidad política (no á la confusión é indivisión), 
es decir, hacia la formación de grandes Estados, ya unitarios en su orga- 
nización interior, ya federales ó confederados, es tan grande como univer- 
sal, y se nota, por tanto, lo mismo en Europa que en América. Y adviértase 
(pie, si bien en las naciones constituidas de una manera centralizadora y 
absorbente, se experimenta la necesidad de una interior descentralización 
así administrativa como política, en las Confederaciones ó Estados confe- 
derados, hay, por el contrario, aspiraciones constantes hacia una unión más 
intima, hacia una constitución (pie de los Estados confederados haga un 
Estado federal primero (1), y despees de formado este, se apetecen todavía 
cohesión y unidad mayores. Que tal aserto es completamente exacto, 
pruébanlo, poruña parte, Francia, España, Italia; y por otra, Suiza, los 



(1) Salada es la distinción que los ijublicistas liacen entre una Confederación de 
¿¡atados y un Edado faderal , 



Ai ■ EL PRINCIPIO 

Estados-Unidos y Alemania. ¿Quiere decir esto que los primeros Estados 
tiendan á romper su unidad y los segundos á perder su interior organiza- 
ción y descentralización políticas? No seguramente. 

Lo que unos y otros pueblos desean es mejorar su constitución políti- 
ca; buscando sólidas garantías, para el cumplimiento del derecho, en uni- 
dades políticas mayores, los Estados que han sido víctimas de una hostili- 
dad y enemiga constantes por su oposición y excesiva separación de pode- 
res; y apeteciendo mayores garantías también, para la buena y acertada rea- 
lización del fin político y mantenimiento de la libertad, las naciones cuyo 
poder está de tal modo centralizado que, en lugar de ser el órgano fuerte y 
i'obusto del Estado, es un órgano en congestión, que tiene toda la sangre y 
la vida aglomeradas en su centro, á espensas de la vida de las demás 
partes que le componen, y por cuyo aniquilamiento sistemático lleva en sí 
mismo el germen de apoplética muerte. Y podemos hacer ahora tan- 
to mejor esta afirmación última, cuanto que uno de los modelos más acaba- 
dos de la centralización en el poder ha sido el representado en Francia por ■ 
el imperio, tan fuerte y robusto en la apariencia, como débil y raquítico en la 
realidad, sin que ros principios centralizadores permitan otro resultado, 
cualquiera que sea la forma de gobierno que en ellos trate de fundarse. 

Pero los pueblos disgregados y que no han hecho todavía coincidir con 
sus unidades nacionales sus Estados políticos, se mueven y pugnan por 
constituirlos, de tal manera y con tanta fuerza, qne llegan hasta tolerar sa- 
crificios de autonomías secundarias y la anulación de poderes interiores, 
con detrimento y perjuicio de la verdadera fuerza y robustez del que tratan 
de elevar sobre ellos, siempre que el ansiado y apetecido fin se realice. Tes- 
tigos, entre los pueblos antes citados y en los últimos tiempos, Itaha y Ale- 
Jiiania. 

Las unidades políticas de estas naciones, ya casi completamente forma- 
das, subsistirán seguramente en tal concepto: las injusticias cometidas para 
subyugar poderes autonómicos interiores, en lugar de afirmarlos dentro de 
su esfera de acción respectiva, serán más ó menos pronto reparadas; per'o 
ni Italia ni Alemania dejarán ya de ser Estados políticos federales o unita- 
rios, toda vez que han dado un paso en firme, por lo que concierne á la for- 
mación de Estados nacionales, en la senda de la integración y constitución 
del Estado y poder políticos, que son unos en su esencia para toda la hu- 
manidad; y supuesto que, mediante la formación de las nacionalidades ac- 
tualmente, se prepara la unión de ellas en una Confederación europea (Es- 
tado superior á los confederados), y por consiguiente, en definitiva, la agru- 
pación política humana en el uno y total Estado. 

Escusado es repetir una vez más que tanto este, como los subordinados 
á él y por tanto los nacionales, que son los superiores hasta hoy formados, 
no niegan ni deben anular los Estados y poderes que bajo ellos existen (como 



FEDERATIVO. 45 

los provinciales y municipales), sino que, por el contrario, si han de cons- 
tituirse racional y legítimamente ha de ser sohre la robusta base de estos 
poderes, y si el Estado y el poder han de ir realizando su verdadera unidad, 
sin absorciones ni .centralizaciones monstruosas, antes bien disciplinando y 
resolviendo antagonismos injustos, oposiciones y separaciones sistemáticas, 
no puede ser de otra suerte que mediante la rica variedad y el. organismo 
interiores que en el Estado y el poder existen, como cosas al derecho y á 
la vida del hombre referentes; lo cual es indicado por Proudhon, aún á des- 
pee! lo de sus teorías. 

Si á ellas hubiera aplicado esta idea de organismo del poder, no hallara 
en su camino tantas antinomias insolubles, ni encontrara tampoco tantas 
dificultades para la explicación de ciertos hechos, que citados por él como 
resultados prácticos de su sistema, le contradicen y le niegan. Otro hubiera 
sido, en verdad, el resultado de sus investigaciones, si en vez de hablar del 
organismo del poder, como de pasada y al finalizar su libro, se hubiera fija- 
do antes en esta idea fecunda; y natural y llano le hubiera parecido enton- 
ces que Suiza, en 1848, los Estados-Unidos después, y Alemania en 1866 y 
actualmente, hayan pasado de la Confederación, ala constitución de un Es- 
tado federal más unitario que el que anteriormente cada una de dichas na- 
ciones constituía. 

En suma y para concluir: nuestro propósito no ha sido otro, y senti- 
ríamos haber molestado al lector en vano, que el de mostvar, con motivo 
del libro de Proudhon, lo siguiente: 

'1," Que el principio federativo, tal'como lo entiende dicho escritor, no 
es solución del problema político, á pesar de sus pretensiones y creencias; 
toda vez ([ue la solución política no puede hallarse en una organización 
forjnal y más ó menos acertada de los poderes públicos, sino en la cien- 
cia politica— ó del Estado, como institución de derecho,— y por tanto, en el 
conocimiento y la realización de este, mediante el poder orgánico, adecuado 
á tal objeto. 

Y 2." Que aún cuando la solución apetecida hubiera de buscarse en tan 
reducida esíefa, limitándose á meras cuestiones de uni'on ó separación de 
Estados y poderes las cuestiones y los problemas políticos, la fórmula de 
Federación politica y económica explicada por Proudhon, ni satisface á las 
primeras exigencias científicas, ni es lógica en su desenvolvimiento, ni da, 
en fin, reglas concretas y de aplicación práctica para la vida y las Constitu- 
ciones político-sociales de los pueblos. 

J'. A. García Labiano. 



LA MASÍA DE LA CARIDAD. 



LEYENDA HISTÓRICA. 

A MI QUERIDO PADRE: 

Catalán tú , nacido en la cvüta Barcelona, 
criado entre las peñas de Monserrat y el 
Brucli, en aquellas cnnas de nuestra inde- 
pendencia y libertad, en aquellos breilales 
á los que la divina justicia encargó la ven- 
ganza de la traición francesa, entre aquellos 
fuertes caniijesinos, leales españoles, fieles 
guardadores de sus hogares y hombres li- 
bres; á tí, qne naás tarde has combatido 
como soldado contra el águila francesa que 
manchando sus timbres y su nombre, vino á 
España convertida en ave de rapiña; á tí, 
pues, te dedico la presente leyenda : consér- 
vala siempre como xm vivo testimonio de 
mi amor de hijo, de mi amor patrio y como 
tributo de admiración á mi querida Catalu- 
ña y á los vencedores de Gelves, Trípoli, la 
Armenia y el Bruch. = 1868. 

A la memoria de mi querido padre (Wí). 
I. 

En el camino que conducia de Manresa á Esparraguera se elevaba el Mo- 
nasterio de monjes Benedictinos , cuya magnífica arquitectura cautivaba la 
atención del viajero: y á su lado el monasterio de la Vírge» de Monserrat. 
asentado sobre el más alto pico de la célebre montaña que le da nombre, 

En la parte opuesta se alzaba la aldea y á pocos pasos se veia una casa de 
campo conocida con el nombre de La Masía de la Caridad, y delante de 
ella una sencilla cruz de piedra en cuyos brazos se leian toscamente labra- 
dos los siguientes renglones: «Aquí murió el bravo y leal Jaime Martí á ma- 
nos de los franceses, en defensa de su patria, de su bogar y su familia; ho- 
nor al bravo catalán , gloria al leal ciudadano y bendición al buen padre, 
liijo y esposo: sus conciudadanos en muestra de .admiración y respeto.» 

Aquella cruz y aquellas letras eran todo una historia. Cuándo los an- 
cianos del país cruzaban por aquel sitio se descubrían con respeto; y seña- 



La masía de la caridad. 47 

laudóla á sus hijos hincaban la rodilla en tierra y pronunciaban una oración: 
los niños rezaban fervorosamente y preguntaban la historia de aquel á quien 
todos señalaban como modelo de ciudadanos, de hombres libres y de hon- 
rados padres. 

Nosotros vamos á referir la historia , tal como la cuentan los ancianos 
del país. 

Eran las ocho de una noche del mes de Febrero de 1808: el cielo cu- 
bierto de nubes plomizas durante todo el dia ha terminado lanzando gruesos 
copos de nieve que han cubiertp los campos , ocultado los senderos y fes- 
toneado las ramas de los desnudos árboles. 

El Bruch parece una sombra envuelta en los anchos püegues de su 
manto. 

La campana del monasterio vecino acaba de lanzar al viento a\ toque de 
oraciones. 

Los monjes Benedictinos descansan en sus celdas ó entonan á Dios 
8us preces para que tienda una mirada de compasión á la desgraciada Es- 
paña. 

En las casas de la aldea, en las chozas , en los caseríos , las mujeres re- 
zan en voz baja, para que el Dios del cielo libre á sus pobres hogares del 
saqueo y el pillaje del ejército francés. 

Apenas terminado el toque de oraciones, un hombre como de 50 á 35 
años , envuelto en una manta y con el trabuco al brazo se encamina con 
paso precipitado al monasterio: su mano aprieta convulsivaibente el alda- 
bón de la gran puerta del convento, y dos sonoros golpes resuenan en el es- 
pacio. 

Un lego se presenta á la llamada. 
—El Prior? • 
— En su celda. 
— Deseo verle. 

r-'A esta hora, dijo el lego, algo turbado, será dificil. — El hombre apartó 
de su rostro la manta dejándole descubierto. 

-— Ah, que sois vos, Jaime: pasad, pasad, que voy á decirle al Guardian 
que os halláis aquí , y si no , seguidme, es lo mejor. 

Y el embozado á quien el lego ha dado el nombre de Jaime echo á an- 
dar tras el monje. 

IL 

Un silencio sepulcral reinaba en el convento. Diriase que más que el 
albergue de seres vivientes era un cementerio. 
Los sombríos corredores estaban mudos. 
Las galerías desiertas. 



48 LA masía 

Las celdas, parecían más bien los nichos de un campo santo que no las 
habitaciones de seres humanos. 

Los pasos de los dos sonaban de un modo lúgubre. 
— ¿Qué pasa, hermano? ¿Qué significa este silencio ? 
—¿Pues qué no os han avisado á vos? 
— ¿Para qué? 

— Para... pero callemos:. tengo miedo de todo... 
— Sin duda han sabido el estado de mi pobre mujer. y... 
— Tenéis razón, ese y no otro ha podido ser el motivo.— Pero esperad... 
Hablan llegado al fin de una galería y ol lego empujó una puerta que se 
abrió al instante. 

Una sombra negra se destacaba on lo interior de aquella oscura boca. 
— ¿Quién vá? — murmuró una voz. 
— ¿Hermano ? 
—¿Cree? 
— ¡En Dios ! 
— ¿Espera? 
— En San Benito. 
— Adelante. 
El lego ihó la mano á Jaime, y ambos bajaron por una oscura escalera á 
á la iglesia. Ya en ella, el lego se encaminó resueltamente al coro , y al dé- 
bil resplandor de una lámpara pudo Jaime contar hasta cincuenla hombres 
y treinta frailas Benedictinos. 

Un murmullo de gozo acogió la llegada de Jaime. 

HL 

Jaime era el ídolo del país; el mejor cazador de la montaña. 

El hombre más honrado y caritativo: el amigo más fiel. 

Su casa era conocida en el país cpn el nombre de La Masía de laCari- 
dad, y jamás un pobre habia dejado de ser socorrido ó de haber hahado al- 
bergue. 

Su falta habia sido notada, y nada hubieran hecho sin él, cuando el 
Guardian manifestó que el estado de su mujer le habia inclinado á no avisar- 
le, pues conociendo su carácter y su decidido amor á la patria, le pondría 
en la alternativa de abandoutirla ó no asistir, y para no comprometerle ha- 
bía creído prudente no avisarle, é ir después de la reunión á noticiarle el 
resultado de ésta. 

Cuando le vio aparecer, el Prior temió alguna desgracia . 

— ¿Qué ocurre? 

— Mí pobre Micaela se muere, señor, y yo no quiero que muera sin que 
vos estéis ásu lado. 



DE LA CARIDAD. 49 

— Esta mañana parecía algo mejorada. 

— Esta mañana sí; pero las noticias que corrren; las voces de fpie los 
franceses se hallan cerca, y el temor por mi, y sobre todo por nuestro hijo, 
han hecho en ella tal efecto, que temo que sólo le quedan algunas horas de 
vida. 

— Partamos, pues, hijo mió; corramos. 

— Un instante — dijo Jaime con voz conmovida. — Micaela es mi mujer; por 
olla dada con gusto mi vida; pero aquí os hallabais tratando de la patria, 
de esa patria que hoy lanza su último y desgarrador suspiro, y yo no quie- 
ro que salgáis sin que hayáis terminado vuestra conferencia. Micaela es tan 
sólo mi esposa; la patria es mi madre: vosotros no me habéis avisado por 
respetos á su desgraciado estado, y yo doy gracias al cielo, que me ha traído 
e n tal momento. 

— Piensa, hijo mío, que Micaela, si murieracn tal momento 

— iSi muere, Dios la recibirá en su seno! 

— Pero tu hijo 

— ¡Mi hijo!.... es cierto — dijo Jaime enjugando furtivamente una lágrima 
— pero no importa. Hablad, padre, hablad, disponed; los franceses están cer- 
ca; ;,qué debemos hacer? ¿qué noticias tenéis? 

IV. 

— Esta mañana se hallaban á tres leguas de aquí y se disponían á avan- 
zar con dirección á Zaragoza, á la que intentan pasar á degüello. 

— ¡Por la Santa Virgen de Monserrat! — exclamó Jaime, — antes que tal 
suceda, habrán de pasar sobre nuestros cueri)os; ¿no es cierto, amigos? 
— ¡Si, sí!^ — gritaron todos. 
— ¿Y qué habéis pensado hacer? 

— Esta noche á las doce se reunirán todos los hermanos deS. Agustín en 
la*er]nitade Santa Ana, que domina una grai» extensión. Los jt'fis aquí 
reunidos acudirán con los suyos, y desde allí cada uno iii;iir¡i,irá ,i ocupar 
el sitio que le designen. 
— ¿Cuál es el más peligroso? 
—la Masía.del Noy. 

— Está bien; yo y los míos la guardaremos y sólo las aves podrán cruzar 
por ella. 
—¿Y tu casa? 

— ¡Oh! no temáis por ella; mi hermano .Pedro la guardará, estoy seguro 
de él. 

. —Entonces, nada hay que hablar. A las doce, en la eniiila de Santa 
Ana los hermanos de San Benito. 
-^¡Adíos, padre' — exclamaron todos, y cada uno fué alejándose, saliend 

TOMO XIX. 4 



50 LA MASÍA 

unos por las puertas principales, otros por la de la sacristía, y los últimos 
por la huerta. 

— Ahora, hijo mió, p:trtamos á verá Micaela, y que Dios nos conceda su 
gracia. 

— Marchemos. 

V. 

Un cuarto de hora después llegaban á La Masía de la Caridal. 
Una mujer de veinticinco años, á fpiien una enfermedad mortal tenia pos- 
trada hac'a tres meses, lanzaba tristes suspiros desde su lecho colocado en 
una sala baja. 

Sobre una mesa de pino, cubierta con un paño blanco, se alzaba majes- 
tuosa una imagen do talla, de Nuestra Señora de Monserrat, ahnnbracla por 
dos velas de cera. 

Un niño de cuatro años dormia sobre las rodillas de un anciano, del ]ja- 
dredc la enferma, y dos mozos de labranza se hallaban cerca, limpiando sus 
armas. 

El frió era intenso, y la enferma, con el oido atento, escuchaba el me- 
nor ruido, temiendo por su Jaime. 

De vez en cuando lanzaba una amorosa mirada; una mirada de esas que 
Ino pueden "defmirse, una mirada de madre, en fin, sobre el pobre niño; una 
igera sonrisa asomaba á sus pálidos labios, y á poco, dos lágrimas caian 
de sus hermosos ojos. 

Sufria con sus horribles dolores; gozaba con la vista de su hijo, y lloraba 
en silencio porque iba al morir á perderlo para siempre. 
Extraña mezcla de sensaciones; terrible unión del placer y del dolor. 
Por Un un silbido sonó, y Micaela fué la primera que llamó á los mozos. 
El mastín de la Masia ladró cariñosamente á su amo, que entró seguido 
del Guardian. 

VI. 

— ¡Dien venido seáis, padre mió! 

— El cielo te bendiga, hija. ¿Cómo te sientes? 

— Mal: el dolor aumenta, y ya no tengo fuerzas para resistir. 

— Piensa en Dios,- bija mía; en los dolores de su Madre Santísima; ten ít- 
y espera. 

— Tenéis razón, señor, — dijo Jaime. 

— Ten valor, Micaela, y piensa que nuestros dolores son rudas jiruebas 
por las que. el cielo hace pasar á sus elegidos. 

— ¡Oh, no siento perder la vida! ¡la vida qué me importa! ¿Poro y hii 
padre? ¿Y mi pobre hijo? A tí los recomiendo, Jaime mío; mañana no ten- 
drán más amparo, ni más apoyo que tú, 



DE LA CARIDAD. 51 

— Vamos, valor, liija mia: y pensemos sólo en vuestra salud; en que os 
pongáis completamente buena. 

— ¿Y los franceses? — exclamó de pronto con el mayor terror. 

— Lejos de aqui, y en retirada. 

— ¡Oh, no! tú me engañas, Jaime. 

— Te ha dicho la verdad; en estos momentos huyen despavoridos delante 
de nuestras tropas. — Esta mentira es forzosa, Jaime. 

^— Tomad asiento, padre, mientras que yo salgo. 

— ¿Dónde vas, Jaime? 

— A la aldea, querida mia; quiero avisar al Doctor para f(ue venga á 
verte. 

— ¿Volverás pronto? 
. — Al momento. 

— Piensa, Jaime, — exclamó el Guardian, qjieriendo detenerle, — que salir 
así, abandonando á Micaela... 

. «—Perdonad, padre, — dijo Jaime con firme acento; — pero es mi deber 
partir y partiré: pronto vuelvo. Padre, — continuó dirigiéndose al an- 
ciano, — retiraos á descansar. El Guardian queda aquí, y vos estáis rendido. 
Descansad. Hasta luego, esposa mia, hasta luego, — dijo, besando la pálida 
trente de su Micaela y de su hijo, y después de acompañar al anciano á su 
cuarto, y de encargar á los mozos mucha vigilancia, partió. 

VIL 

Con paso precipitado se dirigió á La Masía del Noy, llamó á la puerta, y 
á poco penetraba en el interior. 

Varios mozos de labranza se iiallaban jugando y bebiendo ante el hogar, 
cuando Jaime penetró; el dueño, que era Felipe el Noy del Mar, le tendió 
la mano mientras los demás se levantaban respetuosamente. 

— Quietos todos, — exclamó Jaime, — que mi presencia no venga á inter- 
rumpir vuestra alegría. 

— Bien venido seas, Jaime; pero no seria justo, que mientras tú sufres 
el dolor de ver morir á tu esposa, se siguiera jugando y bebiendo en tu 
presencia. 

—¿Sabéis la nueva? 

— Sí; los franceses se hallan á poco trecho de aquí, y esta misma noche 
seremos atacados. Sé que te has brindado á defender mi casa, pero yo no 
debo permitirlo. 

— Pues yo he jurado defenderla; ya me conoces, Felipe, y sólo la muerte 
podría impedirme cumplir mi juramento. 

— Como quieras, Jaime; no quiero que llegues á pensar soy desagradeci- 
do: me precio de ser tu amigo; soy el padrino de tu hijo, y por consiguiente 



52 LA MASÍA 

tu hermano. Antonia acaba de partir con mi hija, con tu hermano Pedro y 
dos mozos, decididos á pasar la noche á su lado. 

— Gracias, Felipe, pero la hora está cercana y nuestro deber hos llama 
fuera de aquí; y Jaime, seguido de Felipe y d<; los mozos, se encaminó por 
ocultas veredas á una altura sobre la que se hallaba situada la ermita de 
Santa Ana, punto señalado para la reunión. 

VJII. 

Cuando llegaron, ya varios grupos se hallaban en su puesto. 

Los bravos monrnfieses, desafiando al frío, se congregaban para buscar 
la muerte. 

Los franceses se hallaban cerca, y los leales catalanes, los sencillos cam- 
pesinos, se reunían para batir las aguerridas huestes del formidable ejército 
de Francia, y esperaban con tranquilo corazón verlos aparecer, para humi- 
llar sus orguUosas frentes y probar á la- águila altanera lo que puede y lo 
que vale el sencillo pájaro del monte cuando jlucha contra la infamia y la 
traición, tuertéenla causa justa de su independencia, valeroso al defender 
su hogar, la tierra en que ha nacido y que guarda los restos de su querido 
padre, la cuna en que duerme su tierno hijo^ el lecho en que descansa su 
anciana madre, la casa que los cobija, el árbol que les presta sombra en ve- 
rano y aljrigo en invierno, la iglesia en que recibió el bautismo y la tierra 
que ha de cubrir más tarde su cuerpo. 

IX. 

Santas y buenas noches, — exclamó Jaime, tendiendo las manos á aquellos 
amigos leales, que la estrecharon con efusión. 

— Que Dios te guarde, amigo Jaime, — exclamaron todos. 

— El motivo que aquí nos reúne, no es por desgracia nuevo ¡)ara nadie, 
ni mucho menos halagüeño. 

— Es cierto, — dijeron todos. 

El francés se halla cerca y ha llegado el momento de obrar; los avisos 
recibidos por los hermanos de San Benito son ciertos; los enemigos se ha- 
llan cerca, y antes del dia habrán caído quizás sobre nuestras pobres cho- 
zas, llevando á nuestros santos hogares la devastación, el saqueo y el asesi- 
nato; la madre patria peligra y deber es de todo buen hijo volar en su so- 
corro; la patria nos llama, y todos corremos en su auxilio; que la maldición de 
Dios caiga sobre aquel que en tan solemne instante no escuche á su dolori- 
da voz. 

— Así sea, — exclamaron todos con voz ahogada y resuelta. — Y que la ben- 
dición del cielo, replicó Felipe, descienda sobre aquel que como tú abandona 



DE LA CARIDAD. 53 

SU esposa iiioribunda, su padre anciano y su tierno hijo para correrlos mon- 
tes y los cerros en defensa de la oprimida patria, sacrificando por ellos los 
más sagrados deberes, los mayores cariños que en la tierra existen. 

— Al defender mi patria, hágome cuenta que á ellos defiendo, y el francés 
no cruzará el umbral de nuestras pobres chozas, no profanará nuestros san- 
tos hogares, no interrumpirá la oración de nuestras esposas é hijos, no pro- 
fanará nuestras vírgenes, ni humillará la noble frente de nuestros padres 
sino pasando sobre nuestros cadáveres, cuyos cuerpos frios colocados delan- 
te de nuestras casas impedirán que penetre en ellas el audaz extranjero. 

— ¡Es cierto, es cierto! 

— No tenemos armas, pero qué importa; un hombre hbre que pelea por 
su patria y por su hogar, vale por diez de esos viles extranjeros. 

De pronto un jay Jesús! retumbó en el espacio; un grito sordo y ahoga- 
do, un grito ronco, el último que el hombre pronuncia y que concluye con 
la vida, y algunos hombres saltaron por entre las matas gritando: 

— Nos han vendido, á las armas! 

— ¡Los franceses,' los franceses! • 

Un sordo rugido salió de los pechos de aquellos valientes. 

— Calma, — exjclamó Jaime^ — ¿qué pasa? 

— Los franceses vienen Iras nosotros: nuestros espías han sido vendidos 
y asesinados, y el extranjero se halla cerca. 

Una descarga vino á anunciar que la noticia.era cierta, y tres hombres ca- 
yeron desplomados. 

— A las armas, — gritó Jaime con voz de trueno, — á las armas; ¡viva la 
santa virgen de Monserrat, viva Cataluña! 

— Viva, — exclamaron con serena voz aquellos valientes, — y encarándose 
las armas hicieron frente al enemigo. 

Los franceses venian en número de mil hombres, y nuestros campesinos 
apenas llegarían á ciento; con todo, Jaime tomó sus disposiciones, y míen" 
tras la mitad hacia frente al extranjero, la otra mitad saltaba torrentes y va- 
llas para ir á defender la aldea. 

X. 

El combate ora horrible; el dia comenzaba á venir, y á su brillante luz 
contemplábanse los rostros de aquellos leones que disputaban el terreno 
palmo á palmo y ({ue morian primero que ceder; Jaime los animaba con su 
palabra y con su ejenqtlo, y los montañeses morian matando. 

Una hora duró la lucha; los catalanes hubieron de ceder al número y 
replegándose sobre su derecha y tomando mi atajo que daba á un precipi- 
cio, ganaron al ejército fi'ancés media legua de camino yendo á aparecer á 
la aldea antes de que sus enemigos pudiesen hacerlo. Cuando llegaron á las pri- 



o4 LA ¡masía 

meras casas se deluvieron asombrados a] mirar que el fuego cuusuuiia la 
mayor parte de la aldea; el enemigo habia asaltado el pueblo al par que la 
montaña, sabiendo que no habia en él sino ancianos y mujeres, y cuando los 
cincuenta hombres destacados por Jaime llegaron á él, ya las avanzadas 
l'rancesas penetraban por el lado opuesto, entablándose una lucha mortal. 

Jaime no se acobardó : reunió los treinta hombres que aún lo quedaban 
y dando vuelta al pueblo y saltando la huerta de la Iglesia pudo hacer llegar 
á la torre diez hombres decididos que dirigían desde ella un fuego mortí- 
fero sobre los franceses, mientras que él con el resto de la fuerza atacaba 
resueltamente á los soldados que ocupábanla calle principal de la aldea. 
Sorprendidos por un momento, ó mejor dicho, asombrados al ver a(juei 
valor sobrehumano, cejaron un momento, que Jaime aprovechó resuelta- 
mente ganando terreno y yendo á colocarse en la (esquina de la plaza, desde 
la cual se divisaba su pobre casa. 

Bien pronto los franceses vueltos de su sorpresa, atacaron á los monta- 
ñeses con ese valor que da la superioridad del número : los campesinos pa- 
recían clavados á la tierra y no cedian un paso. 

El jefe de la fuerza ordenó que las teas que hablan servido para incen- 
diar la otra parte de la aldea se empleasen nuevamente, y á poco el incendio 
era general. Entonces se presentó á la vista de aquellos leales un cuadro 
horrible, aterrador, sangriento. 

Las mujeres abandonaban sus casas; pero recordando que eran madres y 
que dentro de ellas quedaban los hijos de sus entrañas, se lanzaban nueva- 
mente al interior y penetrando por entre una lengua de fuego tornaban á sa- 
lir con los vestidos incendiados, pero con los trozos de su alma en los bra- 
zos, agitándolos en el aire como en señal de triunfo y mostrándolos á sus es 
posos é hijos como imcvo ejemplo de abnegación y heroi^mo. 

Las hijas arrastraban tras si á los infelices ancianos, y cuando la fatiga les 
impedía correr y les obligaba á hacer alto , ellas se paraban también y cu- 
briéndolos con su cuerpo cual una fuerte muralla, recibían las balas extran- 
jeras y morían con la sonrisa délos mártires. 

Los ayes, los gritos de dolor y las amenazas cruzaban el espacio. 

Un francés se dirigió con la tea encendida á la casa de Jaime; la llama iba 
á prender en la puerta cuando Jaime corriendo al escape, pudo arrancarla 
con su mano de las del feroz soldado ; ¡caro triunfo! varios tiros sonaron 
y Jaime' cayó acribillado de balazos delante de aquella misma puerta (pie 
acababa de salvar. 

— ¡Santa virgen de Monserrat, sálvalos á.ellos y perezca yo! 

— Tú acabas de invocar á la virgen, y la virgen los ha salvado, — gritij una 
voz á su espalda. 

— Gracias, virgen mia, gracias, — exclamó Jaime volviendo el rostro, pero 
sin poder ver á nadie. 



DE LA CARIDAD. 



55 



Una nueva descarga sonó, y Jaime cayó para no levantarse más. 

A poco la calma era horrible; los montañeses muertos, heridos y destro- 
zados, huian de la aldea y ayudaban á sus pobres mujeres á salvar por los 
escarpados breñales y los espesos montes, á los hijos de sus entrañas. 

El que hubiera prestado un poco de atención, hubiera escuchado el alegre 
sonido de las capanillas de un noble caballo sobre el cual caminaban la esposa 
y el padre de Jaime, conducido del ronzal por el prior de San Benito, (pie 
cubría con su tosco hábito el cuerpo de un hermoso niño. 

XI. 

Antes de pasar adelante, conviene dar á nuestros lectores algunos dela- 
lles acerca de la fuga y salvación de la familia de Jainie. 

Cuando la aldea fué asaltada por los franceses, y la tea incendiaria hacia 
cundir el fuego por todas partes, y Jaime apareció con sus treinta hom- 
bres, el Guardian, que hasta entonces habia permanecido á la puerta de 
la casa del honrado catalán, haciendo de ella una muralla impenetrable, 
secundado noblemente por Pedro el iiermano de Jaime, que cayó inorlal- 
nuuitc herido, y por sus mozos, subió de nuevo á la habitación de la en- 
ferma. 

— Micaela, — le dijo, — las antorchas incendiarias abrasan la mayor parle 
de la aldea; un esfuerzo, hija mia, un esfu(!rzo, y que tu noble esposo vea 
salvado á vuestro hijo por su noble madre, que ese anciano no muera en- 
Ire las llamas, y que pueda al morir estrechar á su hija, abrazar á JaiuKí y 
bendecir á su nieto; Jaime nos espera á la entrada del valle; Dios nos prole- 
jerá, y de ti depende la salvación de tu padre y la 'vida de tu hijo. 

Micaela hizo un esfuerzo supremo, y con una firmeza, con una voluntad 
de hierro, se cubrió con sus vestidos, y tomando en los brazos á su liijo, y 
dando la mano á su anciano padre, comenzó á bajar con paso débil, aunque 
resuelto, la escalera; llegados al patio, los tiros se oian más cerca, y los gri- 
tos de furor de los franceses, y las voces de fuego, se percibían clara y dis- 
thitamente. 

Mientras Micaela se vistió, el Guardian habia bajado á la cuadra y ensilla- 
do el caballo de Jaime, en el que colocó al anciano y á la pobre Micaela. 

— ¿Y mi hijo, señor, y mi hijo? — exclamó és^. 

— Vuestro hijo me pertenece; yo le llevaré en los brazos, y si á vos ten- 
drían valor para arrebatároslo, el Dios del cielo protejerá al ministro del 
altar que lo conduce; mi santo traje le guardará, y ninguno de esos hom- 
bres, por inhumanos que sean, osará arrancarlo del seno de un sa- 
cerdote. 

El noble caballo se paró un momento; su anchas narices se abrieron in- 
mensamente, un relincho de gozo salió de su pecho, y parecía que olfateaba 



56 LA ¡MASÍA 

cerca á su amo; el Guardian le pasó la mano cariñosamente por el cuello 
imponiéndole silencio, y sacándole fuera de la casa, y dando el ronzal á Mi- 
caela, la pecjueña cabalgata comenzó su marcha. 

El Guardian volvió á penetrar en la casa, .y por las aljcrturas de la puer- 
ta, vio á Jaime al pié de ella cuando éste pedia á la Virgen que salvara á su 
pobre familia ; ya sabemos la respuesta del noble sacerdote. 

Cuando la última descarga sonó, y Jaime quedó muerto, el Guardian cayó 
de rodillas; sus ojos derraman amargo llanto, sus labios murmuraron una 
oración, terminada la cual, alzó los brazos al cielo exclamando: 

— Señor, tu misericordia y*tu justicia son infinitas; salva á esa mujer en- 
ferma, á ese débil anciano; conserva la vida de este niño, y haz que viva 
para vengar la sangre de su padre tan inhumanamente asesinado: Señor, si 
tu misericordia es infinita, tu justicia es grande; sálvalos á ellos y perez- 
ca yo, — dijo estampando sus labios en la frente del niño que sonreía de 
júbilo. 

A poco el Guardian salia de la casa, y alcanzando la cabalgata, toma- 
ba el ramal del caballo, y cabria con el tosco paño de su hábito al hijo del 
noble cuanto desgraciado Jaime. 

El mastin de la Masía, después de haber deíeudido á Jaime, seguia tris- 
te y silencioso á su triste ama, volviendo á cada momento la cabeza. 

XII. 

lian pasado catorce años desde los sucesos anteriores; el hijo de Jaime 
es hoy un joven de veinte años, cuyo nombre es Antonio, y cuyo noble co- 
razón le ha conquistado el cariño de todos, y le ha hecho el hombre más 
(jucrido de la montaña. 

Su frente ancha y despejada, sus ojos vivos y penetrantes de cariñosa 
mirada; sus labios rojos en- los cuales brilla siempre una amarga sonrisa; su 
negro traje, y sobre todo, el recuerdo de su padre, han hecho del joven un 
ser fantástico, un héroe de los antiguos tiempos, y una providencia de los 
montañeses. 

Ha heredado el valor, la caridad, y el amor á la patria que distinguió ú 
su desgraciado padre, y cuando años después del saqueo de la aldea volvió á 
ella con su madre y con ^i abuelo, halló que los pocos amigos que hablan 
sobrevivido á ia matanza de aquel memorable cuanto desdichado dia, le ha- 
blan levantado á la puerta de su casa aquella tosca cruz, aquelrecuerdo 
santo, aquella prueba de cariño, en cuyos brazos leia toda una historia y 
ante la cual se arroihllaban los niños y se descubrían los ancianos; aquellos 
leales amigos de su noble padre, nunca pasaban por el lado del hijo sin 
descubrirse ante su enlutado traje, ante su sombría tristeza; Antonio les 
apretábalas manos, y se arrojaban en sus cariñosos brazos como si cada uno 
de ellos fuera la imagen viva de su padre muerto. 



DE LA CARIDAD. 57 

Todas las noches su abuelo, que contaba á la sazón 70 años, le relataba 
al hijo la vida de su padre, su amor á la patria, á la familia, su heroico va- 
lor y sus muchas virtudes; su pobre madre, en cuyos ojos no se habia seca- 
do el llanto que hacia diez y seis años que vertía, le contaba el grande amor 
(juc por él sentía: cómo velaba el sueño de su pequeño Antonio, cómo le 
cubría con su cuerpo cuando el frío da la noche penetraba por las anchas 
ventanas de la casa; las canciones con que le adormía en su regazo y el úl- 
timo beso que estampó en su frente: terminados estos dos relatos comenza- 
ba otro más triste y sombrío, comenzaba la historia de su desdichada muer- 
te por boca del Guardian de San Agustín, que por nada del mundo hubiese 
cedido á nadie este triste deber, y que día por día le relataba minuciosa- 
mente la sangrienta muerte de su padre y que veía brillar con un gozo inefa- 
ble, una venganza terrible en los ojos del hijo; aquellas veladas eran tristes 
y melancólicas, como el sentimiento triste que albergaban aquellos nobles 
corazones. 

XIIÍ. 

Es el amanecer elel 5 de Junio de 1825. 

Los campos cubiertos de espesos trigos, y de oloros.is llnics (¡iic enil)al- 
saman la atmósfera convidan con su grato perfume y s;i deliciosa vista, á 
la contemplación. 

El fresco viento que viene de Monserrat es aspirado con gozo en tan 
deliciosa noche. 

La hermosa luna lanza sns rayo;? de plata, é hiriendo con ellos los agu- 
dos picos de la montaña, semeja á las gotas de rocío. El cíelo cuajado de 
blancas estrellas está risueño y alegre. 

El torrente cercano lanza sus espumosas aguas, y con su vista recrea e' 
áninuí; la cuanana del monasterio tañe alegre, y á lo lejos se escucha la 
esquila del cercano rebaño, ó el ladrido del perro ó el canto del campesino. 

El hijo de Jaime seguido de dos liombres, se encaminaba por ignoradas 
ví'ivilas, al monaslcrio di- Moiisi'rra!, c! im'^ího en doiidíí ({uince años antes, 
su padre al freiile de los monliu'iescs habi^ logrado . detener á los soldados 
de la Francia. 

La noche ora hermosa y el perfume del tomillo, del jazmín y de la vio- 
leta silvestre embalsamaban el espacio. 

La iglesia se destaca silenciosa y la aguda torre de su canqiauarío pa- 
recía una encandora; á la que servía de punto la plateada luna. 

No era sólo Antonio el que se dirigía á la ermita. 

Numerosos bultos caminaban silenciosos por diferentes veredas, arras- 
trándose por la maleza, y ocultando un objeto con el mayor cuidado, ¿seria 
quizás un arma? 

Tal vez sí, que la situación era bien grave; España estaba ínnundada de 



58 LA MASÍA 

franceses, y el General Scliwarlz, se dirigía á Zaragoza con una fuerte divi- 
sion, cuando una grande tempestad le habia obligado á detenerse todo un 
dia en Manresa. 

Algunos paisanos liabian logrado abandonar el pueblo furtivamente y 
avisar á Antonio, que era el jefe reconocido de todos, el cual habia reunido 
á sus amigos de Esparreguera, Paradella, San Pedro y pueblos comarcanos, 
decididos á impedir el paso del ejército francés. 

Antonio era un bravo muchacho que habia tomado bien sus disposicio- 
nes: con el mayor silencio habia fortificado el pueblo; animado á los tími- 
dos, arengado á los valientes, dado ánimo á las mujeres, y puesto el pue- 
blo en estado de defensa: luego habia reunido á los campesinos de los .pue- 
blos cercanos y los habia citado para el Monasterio á donde les vemos diri- 
girse con resuelto paso. 

Llegados alli, Antonio tendió la mano á aquellos valientes, que la estre- 
charon con efusión; algunos, los mas viejos, los compañeros de su padre, 
que recordaban la noche de su heroica muerte, se arrojaron en sus brazos 
y gruesas lágrimas surcaron las mejillas de aquellos rudos montañeses. 

Una voz vino á poner término á esta triste escena; era la del Prior de 
los Benedictinos, él también por su parte habia hecho acopio de armas y 
nkmiciones, habia llamado á sus amigos y puesto el convento en estado de 
servir de baluarte primero, y de hospital después: con firme acento dirigi(3 
la voz á aquellos esforzados campeones, cuando un monje, colocado en una 
de las torres, vino á anunciar qué el enemigo estaba cerca: entonces se di- 
rigió á Antonio, y con rápida vgz le dijo: 

-^¿Está todo pronto? 
• — Todo, padre mió. 

— ¿El pueblo?.... 

— En defensa. 

— ¿Nuestros amigos? 

— Aqui están. 

— El francés está cerca. ¡Animo, hijo mió! tu padre te mira desde el cie- 
lo, y su sombra bendita ruega por tí, por vosotros todos, nobles corazones, 
hondjres honrados, que todo lo sacrificáis á la causa de. vuestra indej.en- 
dencia y vuestra libertad. 

— ¡Bendecidnos, padre mío! — dijeron todos, doblando una rodilla. 

— Si, hijos mios; yo os bendigo en el nombre del Dios de las núsericur- 
dias, que es también el Dios de las justicias, y que la victoria sea con vos- 
otros. 

— ¡Así sea! — exclamaron todos, blandiendo sus armas. 
El dia comenzaba á clarear; tin,tas blancas asomaban por Oriente, que 
tomaron un color rosado y violeta, luego un brillante color naranjado y ro- 
jo y poco des[iues el sol apareció en el horizonte. 



DE LA CARIDAD. 59 

- A SU brillante luz, veíanse relucir las bayonetas de los soldados france- 
ses y podia contemplarse la alegría y el valor pintado en los rostros de los 
catalanes. 

Los franceses asomaban por el camino seguros y confiados en que el 
público dormía, y pueblos y montaña estaban despiertos y alerta. 

Algunos montañeses ocnpaban las ventanas y las torres del monasterio, 
mientras el resto se ocultaba por las malezas y tras los grandes picos de la 
montaña, donde el camino está situado en un fondo y * tan estrecho, qne 
apenas daban paso á cuatro hombres, de suerte que los catalanes cogían de- 
bajo de sus armas á los franceses. 

Cuando el monje de la torre los creyó á tiro, lanzó á rebato las campa- 
nas todas; los franceses, sobrecogidos de espanto ante aquel ruido extraño, 
se pararon sorprendidos, mientras los montañeses descargaban sobre ellos 
sus armas al grito de Antonio, <íCatalaña y libertad. ^^ ■ 

Los franceses quisieron rehacerse, pero inútilmente: la estrechez del ca- 
mino no les permitía moverse, y los catalanes les dirigían sus certeros 
tiros, mientras que las balas enemigas se perdían en los picos de la monta- 
ña: la confusión de los franceses era horrible: no podían avanzar ni recibir 
órdenes; los de atrás empujaban á los primeros, y los campesinos arrojaban 
sobre ellos piedras enormes, que rodaban pprla -montaña con estrépito, y 
caían al fondo sembrando la muerte en los soldados de Francia. 

Por fin se declararon en retirada y quisieron atravesar el pueblo de Es- 
parraguera; pero el camino pasaba por medio de su calle principal, llena de 
muebles, carros y piedras, sobre las cuales caían, mientras que de todas las 
casas los hombres les hacían un fuego horroroso y las mujeres les arroja- 
ban tejas, piedras, vasijas de agua y aceite hirviendo, y toda clase de pro- 
yectiles; en tanto que la campana de la iglesia seguía tocando á rebato. 

La mortandad era horrorosa; los soldados huían como liebres, y los cam- 
pesinos de los pueblos cercanos, acudiendo al toque de somaten, cazaban á 
los soldados franceses como á una bandada* de conejos. 

Después de una horrible lucha, lograron vadear el Llobrcgat, perdiendo 
dos cañones y siendo perseguidos hasta las cercanías de Barcelona. 

Terminada la lucha, el pueblo victoreó con entusiasmo al pobre huérla- 
no; su madre lo recibió en sus brazos, y su abuelo tendió sus temblorosas 
manos sobre aquella noble frente: las mujeres lloraban; los niños se arrodi- 
llaban ante él, y los hombres le aclamaban con entusiasmo: enmedio de to- 
dos apareció el Prior, y estrechándole en sus brazos, exclamó: 

— Tu padre te sonríe desde el cíelo: has vengado su muerte y has salvado 
á tu país, puedes estar satisfecho: mucho hemos sufrido, pero la venganza 
ha sido digna déla ofensa; creedlo, hijos míos: El Dios de las misericordias 
es también el Dios de las justicias. 

Enrique Rodríguez Solís. 



FRAGMENTOS DE ECONOMÍA POLÍTICA. 



mm ACTLiAL DE LA CIENCIA ECOiSOMICA (I). 



Párrafo II.— La ciencia en sus varias secciones. 



Al eíee'lo de condensar lodo lo posible y encerrar en breves páginas la 
realización de nuestro pensamiento , procedamos por clasificación , aunque 
sintéticamente. 

Producción de las riquezas. — Cuenta Mr. Dametli , en su bien meditada 
introducción al estudio de la Economía política, que viajando por los pinto- 
rescos cantones de Suiza, tuvo el honor de encontrarse en cierta ocasión con 
una de las primeras eminencias del socialismo contemporáneo tan respetada y 
considerada por su talento como por la bonOad y nobleza de su corazón. En- 
íanlin; y que el jefe de los sanííinionianos , platicando con él sobre materias 
económicas, le significo con toda lisrira que , en su concepto, la ciencia habia 
expuesto y comprendido perfectamente el mecanismo de la producción de 
las riquezas; pero que presentaba al mismo tiempo notables vacíos y la- 
gunas en otros puntos. Prescindiendo de la' última parte de este juicio, ello 
es que los mismos socialistas reconpcen hoy franca y paladinamente , que 
la ciencia económica tiene sólidos é inmutables fundamentos y aparece con 
una exactitud casi matemática relativamente á la producción. La esencia de 
la riqueza, la variedad y nuiltiplicidad de sus formas, la potencia del trabajo 
y sus auxiliares, la inq)ürtancia de la separación de ocupacioiK^s , los varios 
agentes que concurren á la obra de la producción , las excelencias de la li- 
bertad de la industria y los perjuicios que les irrogaba la organización gre- 



(I) Véase el número 70 de La ]Ievist.\. 



FRAGMENTOS DE ECONOMÍA POLÍTICA. 61 

mial, la armonía del trabajo y el capital, la solidaridad que reina en todo el 
organismo económico, constituyen otras tantas verdades de lá ciencia, pa- 
trimonio común de sus cultivadores en todos los pueblos y países. 

Discútese todavía, es verdad, la cuestión del método y los aspccLos dis- 
tinlos bajo los cuales puede ser consideraíb la economía; pero no se con- 
trovierte ya la realidad de la ciencia. De la misma manera , aunque conti- 
núa pendiente la controversia sobre los orígenes de la propiedad, y especial- • 
mente de la llamada territorial, se tiene por inconcusa su legitimidad, como 
también que por su propia naturaleza preexiste á las leyes positivas del or- 
den social destinadas á regularizarla y delenderla. 

Entre los discípulos de Federico Bastiat y publicistas tan respetables 
como Mmghetti, Batbie y otros, se debate aun con bastante frecuencia la 
cuestión de si en las obras del malogrado economista de Bayona se prestaba 
la debida importancia á los dones de la naturaleza como elemento necesa- 
rio de la producción, ú si, por reverso , se descuidaba algún tanto esta úl- 
tima á fin de enaltecer la potencia del trabajo. Esta cuestión, sin embargo, 
se reproduce en otra sección de la econolhía política, y podemos prescindir 
aliora de ella, como también de cuanto se refiere á las asociaciones obreras 
que, según nuestra modesta opinión, tienen su lugar más oportuno y natu- 
ral al liablarse de los salarios. 

Circulación ó cambio de productos. — Las condiciones de liüu'Lado y so- 
ciable que en el hombre concurren por efecto de su naturaleza íinita hacen 
necesario el cambio ó la mutualidad de los servicios bajo la base del valor, 
relación existente entre los productos que se cambian y lo cual tiene por 
fórmula ó expresión concreta su precio. 

Buscando la ley y el elemento regulador de estos fenómenos al través- 
de las oscilaciones y diferencias que el mercado presenta, creyó Ricardo , y 
antes que él otros ilustrados economistas , que como nadie trabaja por el 
mero placer de trabajar , el punto central de los. cambios era el costo de 
producción que, pasadas efímeras perturbaciones , recobraba su nivel. La 
observación y la experiencia revelaron después que el costo de producción 
no explica por sí solo las diferencias y vicisitudes del mercado , porqne en 
muchos casos el costo se mantiene igual y los precins se ;icrec¡(Miían. Am- 
pliados los términos déla investigac"on, el problema se hizo más complejo; 
vi'ise que el precio corriente de los artículos en el mercado gravita siempi'e 
hacia su precio !i;!im'al, y en el estado presente de la ciencia puede darse co- 
mo fijada y sancionada la fórmula de que el valor, considerado como rela- 
ción ó comparación, se determina por la concurrencia, ó sea, por la oferta 
y el pedido de los objetos regulándose generalmente por el costo de pro- 
ducción. 

En cuanto al instrumento de los cambios y transacciones; obsérvanse 
también principios fijos é irrecusables. Conocida la naturaleza esencial de la 



G2 FRAGMENTOS 

moneda no hay quien ponga en tela de juicio su calidad de mercancía su- 
jeta, como todas, á continuos movimientos y oscilaciones. Desde los escri- 
tos de Say los escritores individualistas niegan al Estado la facultad de es- 
tablecer la relación entre los metales preciosos ; pero los estudios más inte- 
resantes que se han hecho recientemente sobre el problema monetario son 
los relativos á la cuestión del oro y á la manera como los descubrimientos 
modernos han influido en el fenómeno de la circulación, así como también 
la conveniencia de uniformar el sistema monetario entre las naciones de 
Europa, cuyo principio dio lugar al tratado internacional de 18G5, 

Bastante armonía reina entre los economistas sobre los fundamentos 
del crédito, y nadie, sostiene ya que sea capaz de crear nuevos capitales, ci- 
frándose su utilidad en promover y activar la circulación de los existentes y 
en hacer pasar á manos más productivas los que , de otra manera , perma- 
necerían inactivos y ociosos. No es problemática tampoco la utihdadde los 
Bancos que entregan los ahorros pai^ticulares á la corriente de la industria 
bajo la forma de préstamos y descuentos ; pero las dificultades surgen con 
respecto á la emisión fiduciaria c*e algunos desean ver templada y limitada 
por las reservas metálicas, mientras otros, y son los más, proponen que se 
abandone la emisión al principio de libertad, como todo lo relativo alas ma- 
terias bancarias. Vencidos ya en su primera posición los que confundían el 
derecho de emitir billetes con la acuñación de la moneda , la contienda se 
riñe actualmente entre los partidarios de la pluralidad de Bancos bajo con- 
diciones uniformes según la ley, cuya doctrina intermedia sostienen Che- 
valier, H. Passy, Baudrillart y algunos otros, y los economistas que defien- 
den la bandera de la libertad absoluta considerando los establecimientos 
de íimision como simples casas de. comercio. 

La economía política se fija también particularmente en el crédito terri- 
torial, nacido en Alemania durante el pasado siglo, y que desde Febrero 
de 1852 presenta una organización especialisima en la vecina Francia. Des- 
tinado á tributar á la agricultura servicios análogos á los que la industria 
recibe de los Bancos, y siendo un poderoso intermediario entre los propie- 
tarios de las tierras y los capitalistas, merece sinceros elogios de todos los 
economistas, y hasta de los Gobiernos que le franquean el paso, adoptando 
un régimen hipotecario que tenga por base y fundamento la publicidad y 
la especialidad. Las disidencias, sin embargo, existen en punto á su organi- 
zación, luchando todavía los partidarios de tres sistemas: los del Banco único 
privilegiado, los de una ley común que permita su pluralidad bajo la forma 
de asociaciones de propietarios deudores ú otra parecida, y los que defienden 
sin reserva, ni condición alguna la teoría de la libre concurrencia. 

Otra cuestión por demás controvertida y agitada en el campo económico, 
ha sido modernamente la re'ativa al hbre comercio internacional. Caídas las 
aduanas interiores y desacreditada en sus cimientos la doctrina de la balanza 



DE ECONOMÍA POLÍTICA. 6S 

de comercio, era natural que los pueblos tendieran expontáneamente á es- 
trechar sus vínculos por medio del cambio de productos, y bajo la égida de 
la solidaridad de los intereses. La libertad de comercio es, pues, á la hora 
presente, un verdadero axioma para muchos de los economistas, y señala 
la meta de sus porfiadas aspiraciones. Sin endjargo, el recuerdo del vene- 
rable Smitli, que hacia concesiones, aunque temporales, al principio pro- 
lector; el ejemplo de las naciones más aventajadas de Europa y América, 
que han' visto crecer gradualmente sus industrias á la sombra de una legis- 
lación tutelar, y que sólo han abierto sus fronteras al tráfico cuando para 
ellas e/ principio cosmopolita y el nacional fueron una misma cosa (1); 
la consideración de ser progresiva la capacidad económica del hombre, y 
permitir en un estado relativo de educación, lo que es imposible bajo condicio- 
nes diversas (2); la utilidad social que tiene para un país el llegar á reunir y 
concertar en su seno los diversos ramos de la producción, aunque para ello 
deban practicarse determinados sacrificios (5;; y, por último, la circunstan- 
cia de que no siempre es fácil imprimir una nueva dirección al trabajo del 
obrero y á los capitales empleados, mantienen viva todavía la polémica en- 
tre los campeones del sistema protector y los del libre comercio, por más 
que, en honor de la verdad, deba reconocerse que se va suavizando algún 
tanto la tirantez de sus respectivas pretensiones. Es probable que los suce- 
sivos adelantamientos de la ciencia social prestarán nuevos puntos de vista 
al hombre de Estado para resolver atinadamente este problema, y sin me- 
noscabo del alto interés moral y político que representa para las sociedades 
el fomento del trabajo. 

Distribución de las riquezas. — Teniendo en cuenta que el fin de la pro- 
ducción es el consumo, y que á éste se llega por medio de la distribución 
de las riquezas, se comprende la razón con que han dicho algunos socia- 
listas «[ue esta última es la parte más grave y peligrosa de la ciencia. Traza- 
do el círculo de la producción, se conoce de antemano quiénes son las per- 
sonas ó agentes á que por derecho propio corresponde la recompensa. Apar- 
te del sabio, que so halla en condiciones especiales y que no suele percibir 
un provecho directo cuando su invención ha pasado ya á ser patrimonio del 
mundo industrial, en todo acto de producción el primer interesado ó partí- 
cipe, es el capitalista, el cual, á cambio del servicio que presta, recoge 
un interés. Bastiat demostró cumplidamente la justicia de esta recompensa, 
y á la hora presente apenas si [)odria encontrarse un economista ilustrado 
que pusiese en tela de juicio la legitimidad de dicha remuneración. 



(1) Federico List. 

(2) Peshine Smith. 

(.3) Carey, La ckncia social, 



64 FRAGMENTOS 

No reina tan perfecto acuerdo en punto á la re/i/d de la tierra. Los econo- 
mistas suelen reconocerla en principiorpero no todos bajo la misma forma; 
asi que para unos es el precio del monopolio en las tierras superiores, aten- 
dida la fertilidad relativa que presentan comparadas entre si, mientras para 
otros no es más que el beneficio ó provecho inherente ala apropiación y pose- 
sión del suelo. Ricardo, como es sabido, la explicaba en la primera acepción, 
y partiendo del supuesto de que el cultivo empieza en la historia por las 
tierras superiores, y desciende gradualmente alas inferiores; llamaba renta 
á la diferencia entre el costo de producción de los trigos de calidad Ínfima 
y el precio corriente de todos en el mercado. De lo cual deducía que, si el 
precio corriente representa para muchos la simple recom[)ensa del trabajo 
y del capital empleados, los propietarios de tierras fecundas, recojen una di- 
ferencia, un exceso que constituye la renta. E. Carey calificó de hipotética 
la teoría de Ricardo, por cuanto, según su modo de ver, el cultivo, no se 
realiza en la historia de más á menos, sino de menos á más, en escala as- 
cendente, es decir, comenzando por terrenos montañosos y quebrados, los 
cuales pueden cultivarse casi sin capital, al paso que los valles y las llanu- 
ras, cubiertas de una vegetación lujosa y expléndida, están necesitadas de 
capitales considerables para ser entregadas al cultivo. Actuallamente no pue- 
den darse por dirimidas aún las dificultades relativas á la renta de la tierra. 
Wolowski, impugnando en su rigorismo las dos fórmulas de Ricardo y Ca- 
rey, sostiene que el problema es más complejo de lo que hasta ahora se 
había supuesto, y que el cultivo agrario no sigue una proporción, determi- 
nada. Baudrillart y otros tratadistas explican aún la renta como expresión 
de una desigualdad natural existente entre las tierras, bien así como entre 
los hombres son diferentes la intensidad y la energía de las capacidades; en 
tanto que R. Fontaney, en su obra sobre la renta territorial, levanta una 
bandera decididamente reformista, y niega la existencia de Ja mencionada 
renta, sustituyéndola por la idea de provecho inherente á la concesión y 
a])ropiaciün del suelo, y explicando por causas de diversa índole la carestía 
relativa de las subsistencias. 

Desembarazados de las cuestiones relativas al interés y á la renta, llega- 
mos á los salarios, punto capital de la ciencia económica, y de gran trascen- 
dencia en nuestro siglo, como ínLimamente enlazado con la condición mate- 
rial y moral de las clases jornaleras. Que el capital y el trabajo son en su 
fondo armónicos; que la tasa de los salarios se determina por la oferta y la 
demanda, bajando, como decia gráficamente el jefe de la Liga de Manches- 
ter, cuando dos oLreros corren tras un amo, y subiendo cuando dos amos 
corren tras un obrero; que los gastos de producción, si no expresan la ley 
del mercado, traducen una tendencia regularmente observada; que el salario 
nominal no es el real, como el numerario no es en si mismo la medida de las 
riquezas; que los salarios tienden á subir y á mejorarse y no á la declina- 



DE ECONOMÍA POLÍTICA, 65 

clon, como suponia Ricardo; todo eslo son principios de autoridad recono- 
cida en el estado presente de los estudios económicos. 

Pero brotan luego las disidencias cuando á la vista de las dificultades y 
privaciones con que lucha la familia proletaria, se quieren .indagar los me- 
dios de enaltecerla y regenerarla. Entre ellos descuella modernamente la 
asociación voluntaria, ó sea, el mismo obrero constituyéndose en artífice 
directo de su regeneraoion (1). Sobre este punto, sin embargo, conviene es- 
tablecer una diferencia importante. Hay en nuestros días dos clases de aso- 
ciaciones: las llamadas cooperativas, qiíe tienen por objeto proporcionar al 
obrero un suplemento de salario por medio del ahorro en el consumo, por 
los auxilios del crédito popular, ó haciéndole empresario de su propia in- 
dustria; y las que se han constituido recientemente como en defensa contra 
el capital [unions'trades], y promueven huelgas forzadas y artificiosas, y se 
imponen á los Gobiernos de Europa de una manera que ha llamado la aten- 
ción de augustos personajes y respetables publicistas (2). 

Decir que estas últimas son miradas con prevención y sobrecejo por los 
economistas, casi nos parece excusado; pero, en cambio, bien podemos ase- 
verar que en todos los países cultos es reconocida y ensalzada Jioy la exce- 
lencia de las cooperativas, y que no le faltan siquiera los sufragios de ilustres 
purpurados y lumbreras de la iglesia. Quien trate de conocer á fondo la or- 
ganización de esta clase de asociaciones, hallará una bibliografía completa 
de las mismas en los escritos de Julio Simón, Batbie, Schulze, Delitzsch, 
Horn y los Boletines de las Agencias centrales de Alemania y Fran- 
cia. Prácticamente han obtenido- estas sociedades un desarrollo inmenso, 
como lo patentizan los siguientes datos. En Inglaterra tienen su principal 
asiento las de consumo, entre las que sobresale la de Rochdale, fundada en 
1843, y que contaba ya en 18G6 con G.426 asociados, habiendo realizado 
ventas semanales por valor de.6.821.C00 francos, y obteniendo un beneficio 
de 928.200 francos. Además, en la Revista de Edimburgo se lee que en 
Octubre de 1864 había en el Reino-Unido unas 800 asociaciones de consu- 
mo, comprendiendo 200.000 asociados, y manejando un capital de 25 mi- 
llones de francos. Las de crédito popular, constituidas desde 1849 á 50 por 
pl Diputado prusiano Sclmlze-Delitzsch, han prosperado señaladamente en 
el suelo germánico;, y tanto, que en 1867 había en Alemania 1.700 socieda- 
de's cooperativas, de las cuales unas 1.400 lo eran de anticipo y de crédito, 
representando por junto más de 500.000 asociados, y girando un capital de 
158.000.000 de francos. Últimamente, las sociedades de producción, más 
vidriosas que las anteriores y ocasionadas á terribles contingencias, han sido 



(1) Julio Simón. 

(2) Aludimos al opiisculo del Conde de París y á la obra de Tliortoü Sobré el tra- 
bajo {on lahour.) 

TOMO XIX. 5 



66 FRAGMENTOS 

especialmente estudiadas en Francia, y, á pesar de la decepción que experi- 
mentaron cuando la catástrofe de 1848, existen todavía unas 100 de este ca- 
rácter en la nación francesa. A la vuelta de estas noticias, debemos añadir 
que en todos los Estados de Europa existe el gármen de la cooperación más 
ó menos desarrollado, y que en Francia dan opimos frutos también las so- 
ciedades encaminadas á proporcionar á la clase obrera viviendas cómodas y 
aireadas como las de Mulhouse, facilitándole medios para su adquisición á 
favor de una larga serie de años (1). 

La cuestión de los salarios tan compleja y trascendente , llevó como por 
la mano á los economistas á plantear la de subsistencias, y las demás que 
se enlazan con la caridad oficial. 

A principios deUiglo, profundamente alarmado Malthus ante el problema 
de la población, trazó su famosa teoría de las proporciones geométrica y 
aritmética, y de los obstáculos represivos y preventivos. Por una reacción, 
que es casi ley constante de todas las cosas humanas, hubo quien calific ) 
de absurdos tales temores, y el norte-americano Carey ha sostenido de^;- 
pucs principios diametralmente opuestos á los del autor inglés. 

En el estado actual de la ciencia, si bien se acepta la posibilidad de que 
en determinadas condiciones sociales el acrecentamiento de la población 
traslinde la valla de las subsistencias, y se antepone la ventaja de los medios 
preventivos sobre los represivos, no se consideran como peligro del mo- 
mento las sombrías predicciones de Malthus, atendidos particularmente los 
nuevos adelantos de las ciencias físico-químicas, la mayor facilidad de las 
comunicaciones y otras circunstancias por todo extremo favorables. 

No por esto, sin embargo, es bien que de una manera imprevisora abu- 
sen los pueblos de la caridad estimulando matrimonios prematuros y des- 
arrollando un bienestar aparente ó efímero, como que no descansa sobre los 
resultados del trabajo. La marcha progresiva de los estudios económicos ha 
suavizado en lo que tenian de exageradas ciertas apreciaciones sobre la be- 
neficencia oficial; y en principio, aunque se condenen y anatematicen toda- 
vía la ley de pobres y el derecho al trabajo, se admite como legítimo que 
el poder administrativo deje sentir su influencia bienhechora en aquellos ca- 
sos para los cuales deben considerarse insuficientes los auxilios- de la ca»i- 
dad privada. En la práctica, no obstante, las costumbres van templando el 
rigor de las teorías; la sociedad deja hacer á los particulares todo cuanto 
puede esperarse de sus generosos sentimientos, y algunas veces, como, por 
ejemplo, sucede en ciertos departamentos de Francia respecto de la niendi- 



(1) El autor tuvo ocasión de estudiar ampliamente las cuestiones que suscitan lag 
sociedades cooperativas en diez artículos que escribió sobré el crédito popular, y i>ubli 
có eu el Diario de Barcelona (1867.) 



DE ECONOMÍA POLÍTICA. 67 

ciclad (1), la influencia de la administración pública se reduce á una pura 
cuestión de iniciativa y á excitar los benéficos impulsos del vecindario, ha- 
ciendo que se pongan en contacta intimo las clases superiores con las infe- 
riores. Solución plausible y discreta á todas luces, que aprovecha y utiliza 
el gran poder del Gobierno en una sociedad centralizada, sin perjuicio délos 
intereses materiales y del presupuesto del país. 

De todos modos, lo que en esta delicada materia corresponde es que no 
se entregue el campo á las exageraciones; que sin menoscabo de la limos- 
na, siempre santa bajo el punto de vista cristiano, se comprenda que la ten- 
dencia colectiva de las sociedades modernas es, como decía Miguel Cheva- 
1 ier, al enriquecimiento por el capital, á la riqueza por los esfuerzos propios 
y la previsión de las familias. Y conviene que no lo pierdan de vista los re- 
públicos contemporáneos. El carácter de la beneficencia, con ser tan res- 
petable, es subsidiario, y aún para la economía política cristiana, el trabajo 
es la clave más importante del mejoramiento del hombre, la credencial que 
el ciudadano le entrega á la naturaleza para que le rinda dadivosasus te- 
soros. 

Consumo de las riquezas.' — En esta última parte de la economía polí- 
tica comprenden los autores tres interesantes cuestiones: la del hijo, la 
Deuda pública y la contribución. 

Desde que Federico Bastiat supo condensar en un brillante opúsculo los 
principales sofismas adoptados en el orden económico con relación al fenó- 
meno del consumo, y deslindar hábilmente lo que se ve de lo que n@ se ve, 
lia perdido grandísima importancia la teoría del lujo «por la conveniencia 
de mantener y fomentar las transacciones». Los economistas saben á la 
hora presente que lo que no se gasta de. un modo, se gasta de otro; que las 
leyes suntuarias, sobre ser injustas y vejatorias, resultarían ineficaces, ya 
que, como observó Blanquí, las mejores son las que lleva escritas cada cual 
(MI el fondo de su bolsillo; que las expresiones de necesidad facticia y gas- 
•to de lujo son puramente relativas en cada individuo, y por último, que en 
materia de gastos, la regla no es gastar poco ni mucho, sino en relación di- 
recta con los fines racionales que el hombre debe llenar acá en la tierra, y 
según la medida de sus facultades y recursos. 

Sobre lá Deuda pública nos basta coj^ignar que, relegada al olvido la 
vulgar especie de que un Estado es más rico en cuanto tiene mayores deu- 
das, y desvanecido el fosfórico explendor del interés compuesto, como lo 
aplicaban los discípulos de Price, la ciencia económica admite los emprésti- 
tos en debida proporción con los tributos, según los elementos que un Es- 
tado atesora, y contrayéndose para empresas plausibles y fines dignos de loa, 
que aprovechen, no sólo alas generaciones presentes, sino á las futuras. 



(1) Mr. Magnítot, Lettfes á une dame -sur la charHé,—l$5G 



68 FRAGMENTOS 

Menos consonancia, menos unidad de miras reina en el campo de la 
contribución. Verdad es que ha perdido su prestigio la idea de que el im- 
puesto dsba ser considerado en su esencia como improductivo y estéril, así 
como que sea la más ventajosa de las colocaciones que el contribuyente 
puede dar á su dinero. Condenado también por injusto el impuesto progre- 
sivo, siguen discutiendo los hacendistas acerca de los tributos. sobre la ren- 
ta, V. gr., el income-íax de Inglaterra; y mientras los impugnan con ener- 
gía León Fauncher, de Puynode, y la generalidad de los economistas, ha- 
llan fervientes y celosos defensores en Hipólito de Passy y el erudito autor 
del Timtadode los impueslos, Esquirou de Parieu. 

Fmalmente , la contribución única , ilusión de distinguidos publicistas 
desde Vauban hast% Emilio Girardin y algún respetable escritor español, se 
conserva en las apacibles regiones de la teoría como aspiración ideal, pero 
que no ha tenido hasta ahora realidad objetiva, á lo menos en lo que al- 
canzan nuestras investigaciones y lecturas. 

Como remate y coronamiento de los estudios económicos, se destaca hoy 
por hoy la cuestión capital de las atribuciones del Estado. Digamos sobre 
ella brevísimas palabras. 

Hablando Jeremías Bontham de la misión económica de los Gobiernos y 
com!.)atiendo en su base , en sus raices, el espíritu reglamentario; escribió 
esta sencilla frase : « En economía hay mucho que aprender y poco que lia- 
cer.» — Hoy parece esta una máxima de sentido común , una verdad trivial 
y vulgarísima ; pero para llegar ú descubrirla y afianzarla, para que lograse 
imponerse á la conciencia púbhca , ¡ qué de abusos y torpezas han debido 
consumarse! ¡Cuántos errores sobre la ley del trabajo, sobre el origen de las 
riquezas , el máximun de los precios , la tasa de los salarios, la moneda, las 
má([iftnas , la población , etc.! ¡Cuántos sofismas y logomaquias entre los 
hondjres do estudio! ¡Cuántas preocupaciones y violencias en la esfera de la 

opinión pública! 

Pero llegó un día en que hubo de comprenderse claramente todo el ab- . 
surdo de la reglamentación que agravaba las dificultades económicas'parti- 
culares so pretexto de atenuarlas ; y al caer los muros de la vieja organiza- 
ción, el jornalero, que hasta entonces había contado con elementos auxilia- 
res, se encontró inerme, abandonado á sí mismo, privado de todo patronato, 
lleno de preocupaciones-su entendimiento y no teniendo siquiera clara con- 
ciencia de los medios que podía emplear para suplir el pasado organismo. 
Momentos híin sido estos de amarga angustia, de trausicion en la vida eco- 
nómica moderna, y en los cuales se han dejado oír elegiacos acentos, voces 
plañideras acusando de materialista y despiadada á la ciencia económica. 
Pero la rotación de los tiempos, la misma marclia del progreso corrijo tales 
anomalías ; y si á la tesis organización gremial, por ejemplo , sucedió la 
antítesis de la libertad destituida de elementos positivos y eficaces que pu- 



DE ECONOMÍA POLÍTICA. G9 

diesen atenuar los rigores de la concurrencia, hoy va triunfando una siniesis 
superior que, por medio de la asociación voluntaria, por la iniciativa de los 
más inteligentes y en armonía con los- preceptos económicos , brinda á la 
clase jornalera con auxilios proporcionados á la nueva situación en que so 
encuentra colocada. Esta consideración, sin embargo, si tranquilizadora 
para el porvenir, no resuelve de plano las dificultades del momento, ni 
explica cuáles deban ser las atribuciones del Gobierno ínterin dura el perío- 
do de tránsito entre el viejo y el nuevo orden de ideas. Como es natural, se 
dividen las escuelas sobre este punto; y mientras unas sustentan que para 
crear liá])itos, dar temple y energía á los caracteres y aventar prestamente 
las sombras de la ignorancia, la única fuerza /joíiíiva es la libertad, otra^', 
considerando que la capacidad de los pueblos es relativa y educablc, pi'opo- 
nen que, aceptándose como ideal las enseñanzas de la economía política, se 
obligue á la entidad Gobierno á abdicar muchas de sus . actuales atribucio- 
nes, pero que en vez de un absoluto y descarnado laissez faire se proclame 
como verdaderamente científico el principio de que «á proporción y medida 
(pie se dilata y robustece la personalidad del individuo y la energía de los 
pueblos , deben soltarse las ligaduras del poder y ser más circunscrita la 
acción del Estado.» 

De la rápida ojeada que acabamos de echar sobre el estado presente de 
los estudios económicos, creemos que pueden deducirse tres conclusiones, 
verdadera síntesis de nuestro juicio. 

1." Que la ciencia económica aparece ya, no sólo fijada y legitimada en- 
¿;u objeto, en sus prolegómenos y en su método, sino perfectamente cons- 
truida y encadenada en sus diferentes partes. 

2.° Que, aún así, la controversia continúa animada entre los economis- 
tas sobre la libertad de Bancos y la emisión fiduciaria, la extensión que debe 
darse al comercio internacional, las asociaciones obreras (no en el sentido 
cooperativo, sino como arma de guerra contra el capital ^{u7iions'lrades), la 
renta de la tierra y sus relaciones con el principio de propiedad, las mejoras 
que pueden introducirse en el cuadro de los impuestos, el sistema ge» 
ncral de las atribuciones del Estado y otros puntos de menos impor- 
tancia. 

Y 3.' Que en el estado actual de la economía política se ve campear y pre- 
dominar en ella una tendencia armónica, así en su elaboración interna, co- 
mo en sus relaciones con los demás estudios morales; -ó, en otros términos, 
que actualmente, caídas ya en la sima del descrédito ciertas aspiraciones ex- 
trañas de otro tiempo, todo tiende á la ciencia social, edificio de soberbia 
y majestuosa traza para el porvenir, pero del cual sólo existen á la hora 
presente abiertas las zanjas y echados los cimientos. 

(Se continuará) 

J. Leopoldo Feu. 



ASTRONOMÍA. 



SATURNO, SUS SATÉLITES Y ANILLOS. 



EiiUe ol coiiíiiderabltí oúniero de pUmela.s que coiisüUiyeii nuestro í;Í: - 
tema solar, Satiu'uo es sin duda el más singular de lodos por el mecanismo 
admirable ([ue en él se advierte. Este planeta sigue después de Júpiter en el 
orden de distancia, y á i)esar de su gran magnitud , nos trasmite una luz 
débil, aplomada y constante, lo que proviene de su alejamiento de la tierra 
y de su enorme distancia del sol: por esta causa es fácil distinguirle de la§ 
estrellas fijas. Está situado á 520.000.000 de leguas del sol, en una órbita 
que describe en 30 años próximamente, cuya inclinación sobre la eclíptica 
ú órbita de la tierra es de 2" 29'o5", 7. LaA'clocidad de que está animado 
en este movimiento de traslación es de 8,000 leguas por liora, que equivale 
á 11)2.000 en un golo dia. Por las manchas sombrías que se advierten en su 
superíicie se lia determinado el movimiento de rbtacion del planeta sobre 
si mismo en 10 horas 2'J',10" el que ejecuta de Occidente á Oriente como 
el movimiento de traslación, lo mismo que los demás planetas. Esta rota- 
ción tan veloz hace que sea, como Júpiter, muy aplanado en los polos: de 
manera que el diámetro ecuatorial es al polar como 12 á 11. Observado 
con nn telescopio, ofrece su disco una serie de bandas paralelas á su ecuador, 
semejantes á las de Júpiter, aunque menos notables, las cuales son produ- 
cidas, según el sentir de' los sabios, por grandes ráfagas de nubes impelidas 
en aquella dirección por la rápida rotación de Saturno. Si este planeta es 
sólo vivificado por el sol, debe ser alli la luz muy opaca y el frió bastante 
intenso, pues únicamente recibe de aquel astro 90 veces menos luz y calor 
que nosotros; sus estaciones deben ser tan largas como cortos los dias" 
Además Saturno es 1.000 veces mayor que la tierra, y su masa ó peso no 



ASTRONOMÍA. 71 

está en proporción con su tamaño: la masa de Saturno es 101,0058 veces 
mayor que nuestro globo, y su densidad una décima parte ó diez veces 
menos denso; de suerte que los materiales que entren en la composición de 
este 'enorme planeta no deben exceder á la densidad de la madera. A las 
leyes de la gravitación universal es deudora la ciencia de este importante 
descubrimiento, pues por medio de ellas ha sido posible determinar las me- 
didas de las masas y el peso absoluto de todos los cuerpos planetarios. 

Saturno, tan notable por .sus peculiaridades. físicas, lo es mucho más 
por los satélites que le acompañan en su movimiento de traslación alrede- 
dor del sol. Estos satélites ó lunas, con su astro central, forman un sistema 
planetario en miniatura, casi análogo, en cuanto á las leyes del movimiento, 
al gran sistema solar á que pertenecen. El conocimiento de esto^ cuerpos 
data del siglo XVII, en cuya época se inventó el telescopio por el profundo 
ingenio de Galileo. Después de haber descubierto este gran hombre en 1010 
los cuatro satélites de Júpiter desde la Torre de San Marcos, en Venecia, 
observó una cosa extraña en el aspecto de Saturno que el alcance de su 
telescopio no pudo resolver. Esta apariencia era ocasionada por los satélites 
y anillos que rodean á dicho planeta. La gloria de este importante descu- 
brimiento estaba reservada al célebre Huyghens. Auxiliado este laborioso 
astrónomo por un instrumento de mas potencia óptica, descubrió en 1055 
los anillos y uno de los satélites de Saturno. Con este descubrimiento era igual 
el número de satélites al de planetas, entonces conocidos, por lo que de- 
dujo Huyghens que no se hallarían más satélites, fundándose en que esa 
previsora compensación de cuerpos en nuestro sistema planetario era indis- 
pensable para mantener su armonía. Sin embargo, esta conjetura fué bien 
pronto destruida, pues á poco en los años de 1071 á 1084, vio Cassini que 
Saturno iba acompañado de otras cuatro lunas. 

Desde esta época no se agregó ningún astro nuevo á nuestro sistema so- 
lar, basta que Guillermo Herschel, ese moderno Newton de Inglaterra, hizo 
un famoso telescopio. Con ayuda de este colosal instrumento logró desem- 
brollar el misterio de los grandes sistemas sidéreos, y estudiar la constitu- 
ción de nuestra Nebulosa con la profunda filosofía de que tan solamente él 
era capaz. Descubrió en 1789 dos satélites de Saturno. 

En 1849, M. Lassell, aficionado ala astronomía y negociante de Liver- 
pool, descubrió el octavo satélite del mismo planeta, que rueda entre el de 
Huyghens y el más lejano de los de Cassini. La misma noche que Lasell 
veía este cuerpo lo observaba en América M. Bond, director del observato- 
rio de Massachussets*. Y finalmente, en Abril de 1801 anunció El Cosmos 
el descubrimiento casi seguro del noveno satélite de Saturn» por Golsdsch- 
midt, aficionado también á la astronomía; pero desgraciadamente no se 
confirmó la noticia porque los astrónomos, tanto de Europa como de Amé- 
rica, no vieron nada que justificase tan notable descubrimiento, cuyo hecho 



72 astronomía. 

de por sí no ha perjudicado en lo más mínimo la justa celebridad de ([ue 
ha gozado Golsdschmidt en Europa por su habilidad é inteligencia como 
observador, habiendo prestado eminentes servicios á la ciencia con los des- 
cubrimientos progresivos de trece asteroides (1). El último de estos" cuerpos 
lo descubrió el 5 de Mayo de 1801, y es muy probable que á no haber ocur- 
rido su fallecim iento, hubiese encontrado más, pues así nos induce á 
creerlo, no sólo el gran número de asteroides que -deben existir en esa in- 
mensa zona, sino la idoneidad de que estaba dotado parala observación este 
activo explorador de los espacios celestes. 

La teoría de los satélites de Saturno está todavía más inexacta rpie la de 
Júpiter, á causa de la inmensa distancia á que están de nosotros estos pe- 
queños /íuerpos planetarios. Sus órbitas se hallan casi en el plano de los 
anillos, con excepción del sétimo, que en virtud de la acción del sol, se 
aparta de este plano de una manera bastante sensible. Se ha examinado de- 
tenidamente el movimiento de este satélite, y por él se comprueba que las 
leyes de Kepler se verifican en el sistema de Saturno, del mismo modo, res- 
pectivamente, que en nuestro sistema solar. Este satélite, cuyo volumen no 
es nmy inferior al del planeta Marte, ofrece cambios periódicos en su luz, 
lo cual justifica su movimiento de rotación durante el tiempo de una revo- 
lución en torno de Saturno. El segundo satélite en distancia al astro cen- 
tral, también se ve fácilmente; pero los seis restantes son muy peíiueños, ó 
lo parecen á una distancia tan considerable, y sólo pueden distinguirse cou 
telescopios de mucho alcance. Es muy verosímil que estos satélites, á se- 
mejanza del sétimo, invierten el mismo tiempo en rodar sobre sus ejes que 
en dar una vuelta alrededor de Saturno, porque esta igualdad de duración 
de ambos movimientos parece ser ley general de los planetas secundarios. 
Este respetable séquito de lunas que rueda en torno de Saturno para 
iluminar sus noches, distingue á este planeta entre los demás astros de su 
clase; pero con especialidad, lo que más le singulariza son los anillos que le 
circundan, los cuales presentan un fenómeno grandioso, único y sin aiíalo- 
gía en nuestro sistema solar. Vienen á ser dos enormes bandas situadas di- 
rectamente sobre el ecuador de Saturno, anchas, achatadas y de poco espe- 
sor, comparativamente á las otras dimensiones: son concéntricas entie sí 
y con el planeta, y están separadas tn toda su circunferencia por un estre- 



(1) Se da este nombre á un mimero todavía indeterminado de pequeños planetas 
que ruedan al rededor del sol entre las órbitas de Marte y Júpiter. Se conocen hasta 
el dia de hoy li9, y son perceptibles solamente con poderosos telescopios. El doctor 
Olbers opina que estos cuerpos formaban originalmente un solo planeta que una ex- 
plosión esi^antosa en su interior dividió en pedazos, los cuales se lanzaron al espacio á 
varias distancias del sol; animados de velocidades diferentes. Todos estos cuerpos son 
defonnes y tienen puntas angulares, lo cual corrobora mucho la citada hipótesis. 



ASTRONOMÍA. 75 

clio intervalo, y ele aquel cuerpo por un espacio más considerable, según 
demostraremos más adelante. Estas bandas ofrecen una forma más ó menos 
prolongada, según la oblicuidad bajo que son vistas, por razón de las diver- 
sas" inclinaciones que toma Saturno con relación á la tierra en su movi- 
miento orbital; pero cuando su posición es tal, que la prolongación del pllu 
no de estas bandas pasa por el sol, en el mismo instante la tierra, en virtud 
de la pequenez de su órbita., comparada con la de Saturno, no puede estar 
muy separada de este plano, y forzosamente debe'pasar por él, poco antes ó 
poco después del momento en que dicbo plano pasa exactamente por el 
centro del sol. Es este caso no se nos presenta más que el borde del anillo 
externo iluminado por el sol, bajo la forma de una linea recta muy estrecha 
al través del globo de Saturno, y saliente por ambos lados de él, aparecien- 
do los satélites, — que como dijimos anteriormente se hallan sobre el plano 
de los anillos — «como cuentas ensartadas, dice Juan ITerschel, en el hilo lu- 
minoso, casi infmitamente delgado, á que aquel se reduce en tales ocasio- 
nes, saliendo por corto tiempo hacia uno y otro lado fuera de él, para vol- 
ver en breve, y como apresuradamente, á su escondite habitual.» Este raro 
fenómeno se verifica de quince en quince años. La última vez qne tuvo lu- 
gar fué en 1862, *y, por consiguiente, su repetición inmediata será en 1877. 
Cuando se observa con telescopios de mucha amplificación, se descubren 
en la superficie de los anillos unas fajas oscuras, que parece que forman va- 
rias divisiones de muchos anillos concéntricos, según suponen Short, Que- 
telet, Heucke, el padre Vico y diferentes astrónomos más; pero otros dis- 
tinguidos observadores, auxiliados también por potentes instrumentos y en 
las circunstancias más favorables, no han visto cosa alguna que justifique 
terminantemente la existencia real de tales divisiones, porque en punto á 
observaciones tan delicadas, es muy posible padecer alguna ilusión óptica; y 
asi es que solamente los dos antiguos anillos son los mas notables, y de los 
cuales tenemos un conocimiento más exacto. Las dimensiones de estas ex- 
trañas adlierencias de Saturno son extraordinarias. Se ha calculado por las 
mediciones micrométricas de Mr. Struve, que el diámetro inferior del anillo 
más pequeño es de 42.488 leguas, y el diámetro exterior de 54.926; y que el 
diámetro interior del mayor tiene 56.223 leguas de extensión, y su diámetro 
exterior 65.880. El espesor de estos anillos, según cálciüos de Juan Ilers- 
chel, no pasa de 56 leguas, y la distancia que separa á entrambos es de 
648: la que separa al anillo interior del planeta es de 6.912. 

La naturaleza ó constitución física de estos anillos hace dos siglos es ob - 
jeto de profundos estudios para los observadores filósofos, pero ninguno de 
ellos ha podido todavía dilucidar el punto sin oposición. En la distribución 
• regular y uniforme de la masa de los anillos alrededor del centro de Saturno 
y en el plano de su ecuador, es en donde creyó hallar el gran Laplacé el se- 
creto de la formación de nuestro sistema solar; pues si, como hay funda. 



74 ASTRONOMÍA. 

mentó para creerlo, los planetas y sus satélites se han formado por la con- 
densación gradual de las zonas ó anillos, de materias gaseosas abandonadas 
sucesivamente por el ecuador de las atmósferas del sol y de los planetas pri- 
marios, al entrar estas masas en movimiento rotatorio, es indudable que los 
anillos de Saturno son testimonios irrecusables de la verdad de esta teoría del 
eminente autor de la Mecánica celeste, y pruebas subsistentes de la extensión 
primitiva de la atmósfera de Saturno, abandonados por esta en sus reconcen- 
traciones sucfesivas y condefisados con el tiempo. Los más célebres astrónomos, 
Struve, los dosHerschels, Bcssel, Smyth, y otros, los han considerado del 
mismomodo, es decir, como cuerpos sólidos constituidos de la misma materia 
y densidad que el planeta, puesto 'que proyectan sombra sobre Saturno y este 
recíprocamente sobre los anillos. Esta teoría está generalmente admitida; no 
asila que han avanzado á éste respecto JVÍr. Bond y el profesor Pierce. Sos- 
tienen estos astríjnomos que los anillos de Saturno están compuestos dé una 
materia semi-liquida, y en prueba de su aserto, dicen que cuando se obser- 
van con cuidado y detención se advierte que están sujetos á un cambio con- 
tinuo en sus apariencias telescópicas, que no puede exphcarse por ninguna 
otra teoría; y además afirman que conforme á los principios matemáticos, 
si fuesen sólidos dichos anillos no podrían mantenerse en torno del planeta 
conservando siempre un equilibrio estable. Aunque por medio de esta teo- 
ría parece que se explican más fácilmente aquellos fenómenos, que por me- 
dio de la teoría precedente, no obstante, muchos astrónomos no la han 
adoptado, prefiriendo aguardar una demoátracion de ella más comprensible 
y estética. 

Ahora bien: si los anillos de Saturno están compuestos de materia sólida 
y ponderable, ¿cómo pueden sostenerse sin desplomarse sobre el planeta? La 
causa de este fenómeno singular consiste en la fuerza centrífuga producida 
por la rápida rotación de los anillos en su mismo plano, que Guillermo Ilers- 
chel ha descubierto, merced á las manchas que ofrecen, asignándole un pe. 
ríodo igual al del planeta de 10 horas, 29 minutos, 16 segundos, que por las 
nociones que tenemos acerca de la fuerza de gravedad que reina en el siste- 
ma de Saturno, la duración de esta rotación es cabalmente el tiempo perió- 
dico de un satélite que circulase alrededor de Saturno á una distancia igua- 
á la que hay al mismo desde la circunferencia media de los anillos; y aun- 
que no ha sido posible averiguar hasta el presente si se hallan lastrados en 
alguna parte de su ciréunferencia por una diferencia de espesor ó densidad, 
es muy natural que esta diferencia exista, de manera que los mantenga sepa- 
rados uno del otro, y en un estado de constante equilibrio para evitar que se 
unan. Además, se ha descubierto por medio de medidas micrométricas muy 
exacta?, que los anillos no son rigorosamente circulares ni concéntricos, .y 
que su centro de gravedad oscila alrededor de Saturno describiendo una pe- 
queña órbita; pues si fuesen perfectamente circulares y concéntricos no po- 



ASTRONOMÍA. 75 

dian mantener su estabilidad de rotación, y al menor poder de fuerzas exte- 
riores se precipitarían sin romperse sobre la superficie del planeta. Los,sa- 
téli tes contribuyen también á mantenerla armonía de este inmenso aparato. 

Ninguno de los magníficos fenómeíios celestes que se verifican dentro de 
los límites de nuestro sistema planetario, es comparable, á nuestro modo 
de ver, en punto á espectáculo, con el que deben exhibir los anillos de Sa- 
turno desde el hemisferio del planeta que mira su faz iluminada por el sol. 
En el ecuador de Saturno el anillo exterior no es visible por ocultárselo el 
interior; pero á unos 45° de latitud aparecerán ambos anillos como vastos ar- 
cos o semicírculos de luz movibles, que dividen el cielo del horizonte oriental 
al occidental. Por el contrario, en las regiones situadas hacia la parte oscu- 
ra de los anillos, «no tendrá lugar ese bello espectáculo, porque el sol alum- 
bra alternativamente por espacio de quince años el lado septentrional de los 
anillos, y luego el meridional; de suerte que tienen un día de quince años, 
y una noche de igual duración. 

Nada sabemos acerca del objeto, uso y fin de estos anillos maravillosos; 
cuanto pudiéramos decir, se reduce á simples conjeturas que no reconocen 
causa alguna física que las explique; pero las manchas que en ellos se notan 
con frecuencia, dan un alto grado de probabilidad á la hipótesis que asegura 
que son de una naturaleza homogénea á la del planeta; por consecuencia, la 
observación y la analogía mducen á creer que deben estar habitados como la 
tierra, y quizá como todos los cuerpos celestes; pues hasta ateo y ridículo 
es creer que entre tantos mundos como pueblan los espacios, solamente la 
tierra, este átomo perdido en la oscuridad, es la única morada de la vida y 
de la inteligencia. 

Si los seres que puedan habitar los anillos están dotados de una inteligen- 
cia análoga á la nuestra, y se encuentran provistos — como supone Huy- 
ghens, que estarán todos los planetícolas — de instrumentos auxiliares coniu 
nosotros para hacer observaciones científicas, ¡qué grandioso objeto, para 
estas criaturas de investigaciones curiosas al verse circunscritas entre dos 
enormes anillos casi contiguos, al contemplar las ocho lunas que circulan á 
su alrededor, las maravillas de la bjveda celeste, y el globo de Saturno, 
que, como una lámpara luminosa, situada para ellos á una distancia ocho 
veces menor que está do nosotros la luna, excitará continuamente su admi- 
ración y su entusiasmo! Y sí, como parece, tambiejí muy probable, el globo 
de Saturno está habitado por seres animados é inteligentes, ¿qué opinarán 
sus astrónomos al percibir la tierra allá como un puntor brillante en la soh^- 
dad de nuestro sistema? ¿Creerán que está habitada? ¿formarán cálculbs se. 
mejantes á los nuestros? ¿serán célebres por sus hipótesis? «La ciencia de- 
muestra, dice Otón ülé, que las leyes á que obedece la vida de nuestro glo- 
blo conservan también su valor para los otros mundos; la unidad de la exis- 
tencia no excluye la variación en las formas.» Y siendo esto así, ¿qué razón 



76 ASTRONOMÍA 

hay para pensar que en todos esos astros que nadan en el éter, y que la 
anelogía aproxima ya á nuestro globo, no existen seres inteíigcntes adecua- 
dos en su organización al estado físico de cada cuerpo, capaces de coiíi- 
prender mejor que nosotros los fenómenos de la .naturaleza y de elevarse 
al conocimiento del Autor de tantos portentos? Ninguna, seguramente; 
pues, según la expresión de Young, por tenebroso que sea el caos, alli apa- 
rece más brillante la gloria de Dios. ¡Qué de consideraciones no asaltan á la 
imaginación con estas conjeturas! ¡Y cómo la idea sublime de la pluralidad 
de los mundos ó la población general dl4 Universo engrandece el pensa- 
miento del que puede comprenderla! 

José GeíN.\ro Monti. 



GLOBOS AEREOSTiTICOS. 



Cercada por los ejército? prusianos la gran ciudad cosmopolita y obliga- 
dos los miembros del Gobierno de la defensa nacional á viajar por los aires, 
único punto que se baila lüjre del ataque de los guerreros del Norte, cree- 
mos oportuno dar á conocer á nuestros lectores algunos detalles que les 
jionga al corriente de las vicisitudes por que ba pasado tan admirable 
invento. 

Todo cuerpo sólido sumergido en un liquido, es impelido de abajo arriba 
con una fuerza igual al peso del volumen de fluido que desaloja, y esa ley 
^ísica que á su primer descubridor, Arquímedes, liizo correr enajenado de 
gozo á través de las calles de Siracusa, gritando, \Eureka\ y á cuyas diver- 
sas é importantes consecuencias bay que referir la ascensión de los globos 
aereosláticos, ipdioada por el padre Lana en 1(>70 y M. Cavallo en 1781, se 
realizó por fin á mediados de Noviembre de 1782 por los dos bermanos 
Esteban y José Mongolfier, fabricantes de papel en Annonay. 

El punto de vista bajo el cual estos señores consideraron el gran proble- 
ma de elevar y liacer flotar en ebaire cuerpos pesados, fué el de las grandes 
masas de agua que, por causas desconocidas basta el dia, consiguen elevar- 
se y sostenerse á grande, á bastante distancia de la superficie de la tierra. 
Partiendo de este principio, trataron de imitar á la naturaleza, contrabalan- 
ceando la presión de un aire pesado, por la reacción ó elasticidad de otro 
sumamente ligero. Asegurados los inventores por medio de un experimento 
muy sencillo, de que bastaba un calor de 70" Reamur para enrarecer el aire 
á una mitad, en un espacio cerrado, concibieron la esperanza de llegar á 
obtener buenos y prontos resultados. Efectivamente, con la mayor satisfac- 
ción vio el mayor de los bermanos que un pequeño pai'alepidedo bueco, de 
tafetán, que contenia cuarenta pies cúbicos de aire, subió rápidamente al 
techo de la ba^itacion, tan pronto como por medio del calor, se enrareció 
el aire que contenia, y después de repetidos y nuevos ensayos verificados 



iS ■ GLOiBOg 

al aire lil)re, se decidieron á revelar al público su importante descubrir 
miento. 

El 4 de Junio de 1783, dia designado para realizar un ensayo en la plaza 
de aquel pueblo, agolpóse una multitud inmensa de curiosos que, con 
grandes gritos y palmadas, celebraron la subida del aparato aéreoste tico. 
Consistia este en un globo de 35 pies de diámetro, hecho de lona forrada 
de papel y con una armazón de aros de madera muy ligera. Llenósele de 
humo de poja y lana, y al cabo de tres horas, que duró esta operación, el 
globo lanzóse en el espacio con gran rapidez, llegando, según sus cálculos, 
á la respetable altura de mil toesas, y al cabo de diez minutos cayó á media 
legua de la ciudad, teniendo lugar esta ascensión á las cinco y media de la 
tarde. Los hermanos Mongolfier calcularon que el gas encerrado dentro del 
globo pesaba 1078 libras y la materia de que este estaba formado 500 
libras; pero como este gas ocupaba el lugar de 2156 libras de aire, resulta- 
ba que, aún quedaban 578, cantidad suficiente para poder arrastrar tras sí 
dos ó tres hombres. 

Los miembros de la Diputación ó Estado del Vivares, redactaron acta de 
este procedimiento, según lo hablan presenciado, y la academia de ciencias, 
hizo venir á Paris á Esteban Mongolfier, disponiendo que sin pérdida de 
tiempo se repitiese el experimento, encargándose dicha academia de sufragar 
todos los gastos. 

Paris entero esperaba con impaciencia el gozar de aquel nunca visto es- 
pectáculo, y para el efecto se abrió una suscricion que en pocos dias aseen" 
dio á 10.000 francos. 

Mientras que los hermanos Mongolfier se preparaban para construir un 
globo que á semejanza del de Annonay, demostrase á la academia de cien- 
cias, la importancia de su invento, un célebre químico y profesor de física 
llamado Mr. Charles, construyó en los talleres de Mr. Robert, un globo de 
tafetán, cubierto de una ligera capa de goma elástica, de 12 pies de diáme- 
tro y lo rellenó de aire inflamable formado por la disolución del hierro en 
el ácido vitriólico, cuerpo que hacia poco tiempo era conocido en los labora- 
torios químicos, y cuyo peso es catorce veces menor que el del aire. 

El 27 de Agosto de 1783 aquel globo de gas hidrógeno, lanzado por su 
autor en medio del jardín de las Tullerías, llegó á elevarse en menos de dos 
minutos á 1.000 metros. Los aplausos de entusiasmo de 300.000 personas 
que presenciaron aquel hermoso experimento, saludaron la ascensión del 
primer globo cargado de hidrógeno, reventando á los tres cuartos de hora 
de haber ascendido y á cinco leguas distante de Paris. 

Terminado por los hermanos Mongolfier un gobio de 70 pies de alto y 44 
de diámetro, se fijó el día 12 de Setiembre para'su ascensión en el faubourg 
Saint-Antoine; pero el viento y la lluvia lo hicieron pedazos.. Luís XVI ha- 
bía señalado el dia 19 del mismo mes, para que los hermanos Mongolfier 



AERÉOSNÁTICOS. 79 

Verificasen á su vista y en su palacio de Versalles la ascensión de su globo, 
y aunque corlo el tiempo que mediaba desde el 12 al 19, se trabajó dia y 
noclie en la confección de otro globo de forma esferoidal, de 45 pies de alto 
por 41 de diámetro. Reunida la curte en el gran patio de Versalles,' y después 
de quemadas 70 libras de paja y 10 de lana, la reina María Antonieta dio la 
señal y el globo se remontó en el espacio llevando suspendido de él, un ces- 
to de mimbres en donde se colocó, un carnero, un gallo y un pato, perma- 
neciendo en el aire diez minutos y eleviíndose unas 290 toesas, bacicndo el 
desceiiso con toda felicidad á 1.800 toesas del punto de partida. Estos son 
los primeros navegantes que ban surcado los etéreos espacios. ¡Quién ba- 
bia de decir á aquellos bombres de Estado que presenciaban aquel espectá- 
culo, que á los 87 años y dias, los bombres de Estado de la poderosa Fran- 
cia, babian de verse precisados por la fuerza de las circunstancias, á viajar 
en globo á semejanza de] carnero, el gallo y el [¡ato? Misterios de la Provi- 
dencia. 

El buen éxito de esta tentativa indujo á los bermanos Mongolfier á cons- 
truir un globo capaz de conducir bombres. Con este objeto, construyeron 
en el barrio de San Antonio, un globo de 64 pies de alto por 46 de diáme- 
tro, cuya capacidad era de 60.000 pies cúbicos y de 1.200 libras su peso 
total, pudiendo arrastrar tras si además, unas 600 libras. En su parte más 
baja, se formó de mimbres una galería circular perfectamente decorada, y 
dentro de la cual debian subir los primeros aereonautas. 

M. Pilatre de Rozier, Director del Museo de la calle de Saint-Avoye, y fí- 
sico de reconocida reputación, penetrado de un noble y valeroso entusias- 
mo por todo aquello que se rozaba con la ciencia, se brindó á subrir en q\ 
globo, para lo cual pi'dió permiso el dia 50 de Agosto á la Academia de cien, 
cias para elevarse en el aparato que se estaba construyendo. Terminados to- 
dos los preparativos, el intrépido Rozier subió en la galería, y el globo as- 
cendió 80 pies, largo de las cuerdas que lo sujetaban, y después de perma- 
necer en él por espacio de 4 minutos y 25 segilndos, el globo descendió, 
dí'mdose el ensayo por terminado aquel dia. El viernes 17 de Octubre se 
repitió la misma experiencia, pero el fuerte viento qué se levantó, impidió 
el que se efectuase la ascensión. 

El domingo 19 á las 4 y 1[2 de la tarde, se repitió la operación, llegando 
M. Rozier á la altura de 200 pies, largo de las cuerdas que lo sujetaban. 
Por tercera vez se repitió la experiencia^ acompañando á M. Rozier M. Gi- 
roud de Villette, llegando entonces á la altura de 324 metros, permanecien- 
do en perfecto estado de equilibrio par espacio de 10 minutos. 

Hasta entonces los globos babian estado cautivos por medio de cuerdas 
que no' los dejaban remontarse más que lo que ellas permitían, pero el cons- 
tante deseo del bombre de lanzarse en lo desconocido, bicieron con que se 
proyectase bacer una ascensión en globo libre. El 31 de Octubre de 1783, 



80 ' GLOBOS 

después de largas vacilaciones por parle del rey Luis XVI y Mongolfier que 
concebia temores por lo tocante á la suerte de los valerosos aereonautas, Pi- 
latre des Roziers y el marqués de Arlandes, Caballero de San Luis y Mayor 
de infantería, se lanzaron en los espacios conducidos, por el globo de aire 
dilatado, construido por Esteban Mongolfier, partiendo del palacio de la 
Muette situado en el bosque de Boulogne. Su excursión aérea fué sumamen- 
te feliz, y al volvqr á sentar sus pies en la tierra, fueron recibidos como 
unos verdaderos liéroes, siendo esta la primera vez en que el hombre, triun- 
fando de su organización, se lanzó á reconocer las regiones concedidas úni- 
camente por la naturaleza á las aves. 

El bien dirigido viaje de Pilatre des Roziers fué de allí á poco repetido por 
un globo cargado de gas hidrüg<?no, que ofrecía, por lo tocante á la excursión 
aérea, más condiciones de seguridad que el ideado por Mongolfier. El se- 
gundo experimento tuvo lugar el 1.° de Diciembre de 1785. MM. Charles y 
Robcrt, en medio de un inmenso gentío, partieron del jardín de las Tulle- 
rias, y á las dos horas de navegación aérea, descencieron á nueve leguas de 
distancia en la pradera de Nesle. Este experimento marca una fecha impor- 
tante en la historia del arte que nos ocupa, pues entonces fué cuando el 
profesor do física M. Charles, creó todos los medios que posteriormente se 
han usado en los viajes aéreos, tales como la válvula para hacer descender 
el globo por medio de la salida del gas; la barquilla que sostiene al aeronau- 
ta; el lastre para moderar la velocidad de la caída; el baño de goma elástica 
para impedir la salida del gas; y, por último, el uso del barómetro para in- 
dicar por medio de él las variaciones de altura de la columna de mercurio y 
medir, en caso necesario, la altura en que se encuentra el aereonauta. 

Blanchard, habiendo hecho con buen éxito varias ascensiones, concibió 
el atrevido proyecto, increíble en aquella época, dé atravesar de Douvres á 
Calais, franqueando el brazo de mar que separa la Francia de Inglaterra. 

El 7 de Enero de 1786, Blanchard, acompañado del doctor Jeffries, ir- 
landés, se elevó en un globo de gas hidrógeno desde Douvres, y después de 
haber tenido que lanzar al mar hasta sus mismos vestidos, por no caer en 
él, llegaron á Calais, donde fueron recibidos en triunfo y el globo deposita- 
do en la principal iglesia de la ciudad, para memoria de aquel suceso. 

Pilatre des Roziers, que tanto celo é inteligencia había desplegado en -sus 
diferentes viajes, pereció el 5 de Junio del mismo año, al querer imitar la 
audaz tentativa de Blanchard. Deseando Pilatre combinar en un solo siste- 
ma los dos medios empleados hasta entonces, esto es, el del aire dilatado 
por el calórico y el del gas hidrógeno, se lanzó en el espacio en la costa de 
Boulogne, acompañado de un físico de dicho punto llamado Romain, con 
ánimo resuelto de atravesar el estrecho; mas á poco de haber partido, se 
rompió la tela del globo de gas hidrógeno, y mientras el aereonauta tiraba de 
la válvula, vino aquella á raer sobre la que estaba cnchida de aire enrarecí- 



AÉREOS TÁTICOS. 81 

por el fuego, y abrumándola con su peso, precipitó el globo, arrastrando 
tras si á los dos atrevidos aereonautas. 

Los globos aereostáticos, sujetos por medio de cuerdas, por lo cual se les 
dio el nombre de cautivos, sirvieron como puntos de observación en las ba- 
tallas á fines del siglo pasado. En 1794 se trató de servirse de ellos en pro- 
vecho de las armas francesas, creándose con este objeto dqs compañías lla- 
madas de aereostáticos. Un joven profesor de fisica Mr. Coutelle^ obtuvo el 
mando y la dirección de la primera de estas compañías. El globo dirigido por 
el diclio Coutelle, prestó verdaderos servicios en la batalla de Fleurus, utilizán- 
dose los globos en otras campañas déla República. Colocado el capitán en la 
navecilla del globo, que se hallaba sujeto por cuerdas que sostenían los sol- 
dados de la compañía, elevábase, ó cambiaba de dirección, por medio de se- 
ñales que el jefe hacia desde lo alto con banderolas. Sin embargo de esto, los 
globos cautivos no tuvieron larga existencia en el terreno militar. El pri- 
mer Cónsul, Bonaparte, que no tenia confianza en ese nuevo recurso, licen- 
ció las dos compañías y cerró la escuela que en Meudon se había estableci- 
do, para estudiar bajo la dirección de Coutelle las aplicaciones militares de 
los globos. 

Veinte años habían de trascurrir para que el descubrimiento de Mongol- 
fier llegase á dar grandes resultados bajo el punto de vista de la ciencia. La 
primera ascensión hecha con este objeto, tuvo lugar en Hamburgo el 18 de 
Junio de 1803 por un profesor de física, llamado Roberston, ayudado de su 
compatriota l'Voest. Habiendo llegado á grande altura, tuvieron ocasión de 
hacer diversas observaciones de física. 

Gay-Lussac y Biot verificaron en Francia en 1804, una hermosa ascensión 
que facilitó diversos datos del mayor interés para la ciencia. La segunda as 
cension de Gay-Lussac, verificada por él solo, le hizo llegar á la sorprenden- 
te elevación de 7.016 metros sobre el nivel del mar. En aquellas altas regio- 
nes el barómetro descendió'desde 0,7G metros que marcaba al subir á 0,52 
metros y el termómetro que señalaba 27 grados, descendió á 9 grados bajo 
cero. La sequedad era tan notable en aquella elevación, que el papel se abar- 
quillaba como si estuviese junto al fuego, y la respiración del observador, 
se aceleró á causa de la gran rarefacción del aire, llegando la sangre á que- 
rer brotar por los poros. 

En 1850, los señores Barral y Bixio ejecutaron una ascensión científi- 
ca, que produjo pocos resultados útiles. 

G-f-andes han sido los esfuerzos hechos por los hombres de ciencia paFa 
dar dirección á los globos; pero siempre se han estrellado ante la insufi- 
ciencia de los motores de que dispone la mecánica para contrarestar la 
enorme potencia de los vientos y corrientes atmosféricas. 

Los nombres de Godard, Poitevin y Nadar son bien conocidos en nues- 
tros días para que nos ocupemos de sus diversas ascensiones, hechas única 

TOMO XIX.. 6 



8'2 GLOBOS AEREOSTATICOS. 

mente por satisfacer la curiosidad del público, y en las cuales han tenido 
ocasión de mostrar su intrepidez; y si bien poco ó nada han hecho para dar 
dirección á los globos, en cambio han sujetado, en lo posible, á reglas casi 
seguras la dirección de un globo, dada una corriente fija de aire. 

Nombrado Nadar jefe de las expediciones aéreas por él gobierno de la 
defensa nacional de Francia, no tan solo ha conseguido poner en comuni- 
cación á Paris con el resto del mundo, sino que, también fiados en su su- 
perior inteligencia, y con un valor por su parte que los honra, han podido 
salir de la ratonera en que se hallaban encerrados Gambetta y Keratry, de- 
biéndose tal tez al invento de Mongolfier el que la Francia se organice y 
rehaga bajo la voluntad de hierro del ministro del Interior, ó que una paz 
honrosa concluya con los desastres que afiijen á la nación vecina. 

M. Pérez de Castro. 



LAS COLONIAS DE AUSTRALIA. 



La mejora y aumento de las vías de comunicación y la fundación de nue- 
vas sociedades en países no poblados ó con población insuficiente, han sido 
quizás los dos hechos ciüminantes en el urden material del siglo XIX que 
tantas maravillas ha realizado. Diríase que la misión conferida á la genera- 
ción á que pertenecemos, consiste en primer término en la total ocupación 
y pleno disfrute del planeta terrestre; de tal manera hemos desde 4815 
multiplicado la sociedad europea por las regiones más apartadas de aquel 
y tomado posesión de las que en los siglos anteriores fueran descubiertas, 
poro no colonizadas. 

No trataremos aquí de las causas que han producido ó favorecido este 
gran esfuerzo de la generación contemporánea, limitándonos respecto de 
este punto á manifestar nuestra conformidad con la opinión de E. Burke, 
quien juzga que es tan. natural ver acudir á las gentes á los países en qi^e 
reinan la actividad y la riqueza, cuando, sea cUvil fuere la causa, la -pobla- 
ción de los mismos llega á ser insuficiente, como lo es ver al aire com- 
primido precipitarse en las capas de aire rarificado. Burke, al hablar así, 
tenía sin duda presente el ejemplo de las emigraciones de su tiempo, y so- 
bre todo, el de la reciente prosperidad de la Prusia por efecto de la inteli- 
gencia y del trabajo de los subditos franceses que abandonaron su patria 
después de la revocación del edicto de Nantes; mas en nuestros días, aquel 
movimiento ha tomado mayores proporciones y carácter más expontáneo 
que le distinguen de las emigraciones anteriores. En rigor, unas y otras, 
así las antiguas como las modernas, son la realización del precepto divino 
que ordenaba á nuestros primeros padres «crecer y multiplicarse,» y que 



84 LAS COLONIAS 

les daba por misión «cubrir y someter la tierra, dominar los peces de la 
mar, los pájaros del aire y todo animal que sobre la tierra se mueve,» es de- 
cir, la explotación de las riquezas del globo y la dirección y gobierno de la 
naturaleza. En esta gran empresa, la bumanidad no se halla tan adelantada 
como pudiera creerse en vista de los progresos realizados en nuestros días. 
Todavía los economistas (1) calculan en 175 millones de habitantes el dé- 
ficit de la Europa para que se halle en estado de colonización normal, esto 
es, con una densidad de población de 50 habitantes por kilómetro cuadra- 
do; en 1.53G millones de habitantes el déficit del África por el mismo con- 
cepto; en 520 el de la Oceanía; en 1.502 el del Asia, y en 2.03G millones 
de almas el de América. En- suma, según estos cálculos, las cinco sextas 
partes del globo terrestre no se hallan en estado de colonización normal, 
y la humanidad comienza apenas á cumplir dicha misión de apropiarse y 
utilizar las fuerzas naturales. 

De las cinco partes del mundo que acabamos de citar, la menos poblada 
es la Oceania aunque proporcionalmente sea mayor el déficit que ofrece 
la América; y sin embargo, aún á esas remotas regiones ha llegado la acción 
de los pueblos europeos, que han emprendido trasformarlas, 'y c|ue rápida- 
mente se van multiplicando en ellas y trocando sus vastas soledades en 
campos cultivados y en ciudades magnificas. Compóncse la Oceanía, como 
saben nuestros lectores, do innumerables islas y multitud de archipiélagos 
diseminados por el gran Océano que cubre la parte meridional del globo, 
como están las constelaciones esparcidas por el cielo. Muchas de esas islas, 
como Borneo, Java, Sumatra y Luzon son tan grandes como los mayores 
estados europeos, y eran ya conocidas y frecuentadas por los árabes, los 
portugueses y holandeses desde la edad moderna; pero la mayor de entre 
ellas, la que con justicia toma el nombre de continente, puesto que su su- 
perficie es tres veces mayor que la del Indostan, y veintiséis veces mayor 
que las de Inglaterra y Escocia reunidas, es la que en el siglo XVII se deno- 
minó Nueva Holanda, y hoy es conocida por Australia; isla ó continente 
que abarca 2.475.814 millas geográficas cuadradas, y por cuyas costas se 
hallan esparcidos 1.205.511 habitantes, en su mayor parle de origen eu- 
ropeo. 

Supónese que Australia formó en los tiempos prehistóricos, como las 
islas de la Sonda y las Filipinas, un gran archipiélago, que se convir- 
tió en continente por la retirada del mar; pero no sabemos si esta 
opinión habrá sido en algo modificada cuando se averiguó que el interior 
de Australia, entonces no explorado, no era un gran desierto, como se creía. 
Los viajes realizados á través de aquel por MM. Stuard, Ketwich, Head y 
Warburton, y singularmente aquel en que el primero de estos activos ex- 



(1) Ilktoirc de l'emiy radon au XIX siede, 2)or M. Juks Duval, París, 18G2, 



DE AUSTRALIA. 85 

dloradores, partiendo de Puerto Adelaida, caminó de S. á N. más de mi 
millas, hasta llegar al Victoria River, han desvanecido dicho error, puesto 
que describen el interior del continente australiano como un terreno de 
aluvión en su mayor parte, con excelentes pastos, abundancia de aguas y 
poblado de palmeras enanas y árboles de goma. En el centro se encuentra 
un gran lago salado. 

El mayor Warburton, por su parte ha descubierto que el lago Eyre, que 
recibe en su seno al gran rio Cooper, no es más que el curso inferior del 
Victoria River, una de las mayores corrientes de agua de la Australia, que 
posee muchas magnificas, como el Darling, el Goulbourne y el Murray, na- 
vegables en una misma época del año, mediante las cuales la Australia me- 
ridional trasporta sus trigos á más de dos mil millas de distancia, en donde 
halla un flete de lanas para el retorno. Lo que si parece demostrado es que 
dicho continente ha sido teatro de grandes erupciones volcánicas, no ajenas 
á sus ricos criaderos de oro, puesto que las venas de este metal más pro- 
ductoras, las de la colonia de Victoria, se encuentran en los terrenos de an- 
tigua formación, atravesados por rocas ígneas y bajo una capa de lava. Los 
mejores filones son los que se encuentran en las venas de cuarzo; diferen- 
ciándose la explotación de aquel mineral de la del mismo en California, en 
que aqui se halla en la superficie, mientras que en Australia hay que ex- 
traerlo por medio de minas; alli, al pié de las montañas y en el lecho délos 
rios; aquí, en terrenos llanos y sobre un fondo de arcilla. 

Nombres españoles que todavía, no obstante la ingratitud con que- nues- 
tra patria suele ser tratada por los extranjeros, figuran en los mapas de la 
Oceania, singularmente los de Torres y Quirós, atestiguan la parte que en el 
descubrimiento y exploración de esta porción del mundo cupo á España 
desde el viaje del inmortal Magallanes, que descubrió' las que entonces se 
llamaron islas de Poniente y luego Filipinas. Los vireyes de Méjico por Aca- 
pulco y los del Perú por el Callao mandaron expediciones, no sólo militares 
acompañadas de misioneros, como las que llevaron á cabo la reducción de 
aquel archipiélago, sino también con un objeto científico, las cuales hicieran 
algún modo innecesarias las posteriores de Cook y de la Perousse y dieran 
á España suma gloria, si los tiempos en que se verificaron por una parle, 
y por la otra la política entonces dominante, impidiendo la vulgarización de 
los adelantos geográficos, para excluir al extranjero, no hubiesen sido causa 
de la esterilidad relativa de dichas expediciones, y no hubieran permitido 
que ilustres navegantes de otros pueblos se atribuyeran, á veces de buena 
fe, la honra del descubrimiento. 

El del continente australiano cupo en suerte á la Holanda, cuyo gobernador 
en Batavia, Antonio Van-Diemen envió en 1642 en busca de «la tierra austral » 
en cuja existencia aún se creía á Abel Tasman que ya había navegado en los 
mares del Sud y reconocido algunos puntos del primero. Tasman descubrió 



86 LAS COLONIAS 

al cabo de tres meses de viajes, la que llamó tierra de Van-Diemeii, do que 
se posesionó á nombre de su nación, así como de la Australia que recibió y 
conservó basta fmes del siglo xvui el nombre de Nueva Holanda. En reali- 
dad los bolandeses nunca se ocuparon seriamente de estas inmensas regiones 
que permanecieron casi abandonadas durante ciento cincuenta años; jtero 
esto no evita que, juzgando conforme á los principios respetados por las 
naciones europeas, Inglaterra no tuviese derecbo á entrarse como de rondón 
y sin anuencia de nadie en el continente australiano cuando la convino ar- 
rojar en sus costas á los penados que liasta entonces deportaba á América. 
Y hé aqui el camino por donde lo que en poder de Holanda no habia sido 
más que una expresión geográfica semejante á la de ierra ignota que figu- 
raba en las cartas del África, vino á ser en poco tiempo una de las más 
prodigiosas conquistas de la familia y de la civilrzacion europea sobre los 
obstáculos materiales del espacio y la falta de población. 

n. 

Australia ba sido, en efecto, la cuarta gran fundación colonial de Ingla- 
terra, el cuarto glorioso esfuerzo realizado por este gran pueblo para, llevar 
á las más apartadas regiones del 'globo la civilización material juntamente 
con el espíritu cristiano y las instituciones libres, asi municipales como po- 
líticas peculiares de la raza anglo-sajona. La primera de esas grandes fun- 
daciones fué los Estados-Unidos, independientes desde 1787; la segunda el 
Canadá, aumentado con la única verdadera colonia fundada por emigra- 
ción francesa; la tercera la India; annque de esta ya hemos dicho con otro 
motivo que no puede ser considerada como fundación colonial, siendo más 
propiamente un pais sometido, pero en el cual la Gran-Bretaña ha sembra- 
do poderosos elementos de cultura y de prosperidad. 

A diferencia de estas tres grandes fundaciones, la colonización inglesa en 
Australia comenzó bajo los peores auspicios y con tristes caracteres, 
pues en su origen y hasta tiempos recientes fué penal y tuvo por fuente 
principal la deportación. 

Este sistema era practicado desde muy antiguo por Inglaterra, asi como 
por otras varias naciones de Europa; de tal modO;, que alguna vez las islas 
del canal de la Mancha enviaron sus penados al suelo británico; citándose 
también á tal ó cual principe alemán que pagaba el trasporte de los suyos 
á America para eximirse de gastos carcelarios. La primera indicación pre- 
cisa del mismo sistema, aplicado luego á Australia en tan gran escala no se 
encuentra, sin embargo, sino en el Acta 18, cap. III del reinado de Car- 
los II, que confiere á los jueces de la Gran-Bretaña facultad discrecional 
«para ejecutar ó deportar durante su vida» á los vagos y ladrones del Cuni- 
berland y del Nortbumberlaud; pena la última aplicada frecuentemente de 



DE AUSTRALIA. , 87 

una manera ilegal hasta el reinado de Jorge I, en cuya época se extendió su 
aplicación reglamentándola. Cuenta el historiador Lingard^ que durante el 
de Jacobo II, célebre por las hazañas de Jeffreys y las denuncias de Oatcs, 
la deportación y aún la reducción de ciudadanos ingleses á la esclavitud fué 
empleada por los partidos políticos para satisfacer su anhelo de represión y 
de venganza, y menciona una exposición en la que consta que hasta sctcnlu 
personas hablan sido detenidas con motivo del alzamiento verificado en Sa- 
lisbury por Cordón; las cuales, tras de un año de dura prisión, habían sido 
deportadas á América y vendidas en la Barbada, como esclavos, por mil y 
quinientas libras de azúcar. 

En 1718 el Parlamento votó un bilí que disponía la deportación ú la 
América septentrional de todo individuo condenado á más de tres años de 
detención; medida que sí no fué entonces mal recibida por los colonos, por 
el auxilio de brazos que les proporcionaba , se les hizo antipática cuando hi 
importación de negros africanos bastó para atender á aquella necesidad. El 
levantamiento de dichas provincias hizo de todos modos en 1784 imposible 
la continuación de este sistema en América , y como los penados se aglo- 
meraran en las prisiones de la metrópoli, esta pensó en la Australia, que no 
era suya como hemos dicho, pero á cuya exploración acababa de contribuir 
en gran manera el célebre marino inglés Cook. Por orden del Con- 
sejo de 6 de Diciembre de 1786, el capitán Arthur Philip fué nombrado sin 
otra formalidad , ni aun la de dar traslado de esta disposición al goljierno 
holandés, capitán general y gobernador jefe del territorio denominado Nue- 
va Gales del Sud; y en 13 de Mayo de 1787 se daba á la vela desde el puerto 
de Plymouth el primer convoy de deportados , compuesto de mil cuarenta 
pasajeros repartidos en once buques. En 18 de Enero del año siguiente des- 
embarcaba este triste cargamento en Bgtany Bay , nombre que sin razón 
ha servido como de lema á la colonización penal , pues en realidad , no ha- 
llándose adecuado aquel sitio para el objeto , el prhner establecimiento [)e- 
nal se fundó á diez y ocho millas de aquel púnt^ en Port Jackson, donde 
en '26 del mismo mes eran echados los cimientos de la actual ciudad de 
Sidney. Desde entonces periódicamente , de año en año , siguieron saliendo 
de los puertos de Inglaterra convoyes de hombres mayores de edad , de ni- 
ños y mujeres menores; lo cual no excluía la colonización libre, antes estaba 
enlazado con ella, consignándose por vía de auxilio á los colonos de esta úl- 
tima procedencia los penados que podían alimentar y emplear. Hasta 1792 
el número de los primeros fué sin embargo muy corto, pues en aquella fe- 
cha no existían en la Nueva Gales del Sud más que sesenta y siete colonos 
libres, que poseían 3.400 acres de tierra, de los cuales solamente 100 ha- 
bían sido roturados. 

Como no tuviese Inglaterra muy tranquila la conciencia acerca del 
titulo y del derecho con que se posesionaba del continente austral, procuró 



88 ■ LAS COLONIAS 

desde el principio con hábil política extender sus establecimientos á lo largo 
de las costas , ya para justificar la plena ocupación, ya para impedir que 
otro, con el mismo título que ella , viniera á establecerse al lado suyo; con 
cuyo objeto sucesivamente se instaló en las islas Infernales ó de Norfolk, 
en la de Van-Diemcn en ISOi , en la isla de Tasman, en Puerto Macquaric 
y en Moretón Bay, arrojando en todas estas partes sus convictos ó penados 
para ir cerrando la costa á cualquiera otra potencia europea. 

Si bien la colonización penal , ya desacreditada y juzgada en la misma 
Inglaterra, no ha influido si no en una proporción mínima en la general de 
Australia, no podemos dispensarnos de decir algo sobre ella. El cqnvklo 
ó pecado, á partir de su condena en la metrópoli, se hallaba en las siguien- 
tes situaciones: 1." En expectación de (^mbarquc en los pontones. 2.' So- 
metido á vigilancia púbhca á su arribo a la colonia. 5.' Alistado en las cuer- 
das ó expediciones al punto á que se le destinaba. 4." Asignado á un colono 
libríi en calidad de trabajador, empleado y alimentado por él sin retribución 
alguna. Si la conducta del penado era buena y daba esperanzas de su cor- 
rección, aflojaba el rigor de la ley y mejoraba paulatinamente su situación 
en los estados siguientes : 1." Autorización (^r¿c/¿eí o/" /mt^ej para contratar 
por sí mismo sus servicios con un colono libre , recibiendo parle ó el todo 
de su salario. 2.° Gracia condicional ó absoluta, o." Emancipación en la co- 
lonia, pero con prohibición siempre del regreso á la metrópoli (I . 

En ningún otro país ni en ningún tiempo se ha ensayado tan melódica 
y conslante;nente, y tan en gran escala, el sistema penal de la deportación 
como en la Australia: los criminalistas ingleses deben, por consiguiente, ser 
autoridad en la materia, como quien se halla en aptitud der juzgar de ella 
por experiencia. A primera vista, el sistema ofrece no pequeñas ventajas, 
porque parece que atiende á los tres fines de garantir Ja seguridad social de 
las empresas de criminales empedernidos, de procurar su corrección por 
medio del trabajo hasta hacerlos miembros útiles de una sociedad nueva, y 
de servirse de sus brazos nara fundar colonias ó prolongacionesde la madre 
patria en países lejanos. Parece hasta barato, puesto que el Estado ahorra 
gastos carcelarios. Esta ilusión fué la que primero perdió la Inglaterra, quien 
pudo convencerse muy pronto de que el sistema de Ja colonización penal 
era enormemente caro. Tampoco facilitaba la corrección de los convictos, 
como lo prueba la estadística criminal de Australia durante el tiempo en que 
sus colonias recibieron los convoyes de penados, la cual puede dejar blanco 
como la nieve al país europeo que en el mapa de la criminalidad ocupe el 
lugar más oscuro; y lo peor era que, sin facilitar la corrección del convicto, 
corrompía al colono libre que se hallaba en contacto con él, imprimiendo al 
mismo tiempo sobre la colonia toda una mancha que no pudo ser tolerada 



(1) " Blossevilk (le marqiús de) Histoire de la colonimtíon pénale. 



DE AUSTRALIA. 89 

cuando la emigración libre se bastó á si propia. A decir verdad, la coloniza- 
ción penal en Australia careció de un elemento que tampoco tuvo nunca la 
libre en abundancia, y sin el cual toda empresa de arpiella clase es muy di- 
fícil; el elemento esencial de la familia, por la falta relativa de la emigra- 
ción femenina, hecho que influyó en gran manera en los vicios y caracteres 
de los penados, dificultando en extremo su corrección; mas, por otra par- 
te, si al convicto le hubiera aguardado en Australia juntamente con el tra- 
bajo en libertad y la perspectiva de la emancipación, la familia, ¿hubiera 
podido llamarse propiamente penal este sistema? ¿hubiera inspirado en la 
metrópoli el efecto saludable que el nombre de «Botany Bay» inspiraba? 

líl. 

La colonización penal no ha sido más que un episodio en la historia de 
Australia, la cual no hubiera llegado aflamarla atención del munda ni á pros- 
perar tan rápidamenre como desde 18'24 ha prosperado, sin la emigración 
libre, verdadera fuente de su población y de su actual riqueza. Al princi- 
pio, cbmo hemos dicho, ambos sistemas coexistieron. El colono libre, tras- 
portado desde la metrópoli por cuenta del Estado, alimentado y vestido por 
los almacenes públicos durante diez y ocho meses, á partir del momento en 
que tomaba posesión de las tierras que le fueran concedidas, provisto del 
mismo modo de ganado, semillas é instrumentos de trabajo, recibía como 
uno de los últimos los penados que se hallaba en situación de emplear. 
Así fueron vencidos Ips grandes obstáculos que el país oponía alas primeras 
empresas de la colonización; así pudo roturarse, por ejemplo, y sanearse el 
terreno que hoy ocupa la ciudad de Sidney, luchando con tantas dificultades, 
que sin el trabajo forzado de veinticinco años no hubiera sido posible con- 
seguirlo. La colonización libre alcanzó, además, conforme al sistema de In- 
glaterra, el derecho municipal, los derechos políticos, y en general, los de . 
las sociedades regularmente constituidas. Desde entonces no era fácü que 
ambos sistemas coexistieran: y en efecto; á partir de 1824 en que, abando- 
nado el primitivo método de concesiones gratuKas de tierras y de colonización 
subvencionada la libre adquirió notable desarrollo, las provincias de Aus- 
tralia juzgaron incompatibles su decoro y su porvenir con el carácter de 
colonia penal, y pugnaron por quitarse de encima tan fea nota. No tardó 
en auxiliarlas la opinión pública en la metrópoli, y en 1858 el sistema de la 
deportación era ya condenado en el parlamento inglés por insuficiente, por 
corruptor del convicto y del colono, y como excesivamente oneroso. En 22 
de Mayo de 1840 fué prohibida la deportación á la Nueva-Gales del Sur (1), 



(1) Esta colonia, durante mucho tiempo la iinica de Australia y matriz de las de- 
más, había recibido en aquella época 83. 000 penados. 



90 LAS COLONIAS 

si bien podia continuar en las localidades en donde no existieran colonos 
libres, á condición de queja pena no liabia de durar menos de dos años, ni 
más de-quince. Penitenciarios especiales debian ser establecidos en Norfolli 
Tasmania. 

En el nuevo sistema que reemplazó al de la deportación de los pena- 
dos de todas clases, la extinción de la condena se realizaba en toda su dura- 
ción en la metrópoli en dos períodos; el celular y el del trabajo forzado en 
común, y la primera quedó reservada únicamente para los condenados á 
mucbos años y para los reincidentes. Aun así las colonias inglesas libres 
se opusieron á su continuación, singularmente la del Cabo de Buena Espe- 
ranza, que en 18i9y fundándose en los tratados dio la señal déla resisten- 
cia y de la formación de lo que se llamó Anti convict association recliazau- 
do el desembarco de un convoy de convictos que se vio obligado á volver 
al punto de partida. Su ejemplo fué seguido por las de Australia, que 
viva y constantemente representaron á la metrópoli contra el envío de 
penados ni aún dentro de las condiciones que le limitaban desde 1838. Sus 
clamores fueron al fin atendidos por Inglaterra, donde en 14 de Febrero 
de 1858 Lord John Russell manifestaba al Parlamento el propósito del go- 
bierno de renunciar á todo envío de convictos. Solamente la Australia occi- 
dental, falta de brazos por efecto del mal sistema allí aplicado en la conce- 
sión de tierras, reclamó contra aquella medida que la privaba de la emigra- 
ción forzosa y continuó recibiendo penados sin que por eso mejorase su 
suerte. 

Y todavía entre los elementos que han concurrido á la formación de la 
. Australia contemporánea, tenemos que distinguir, aún después de elimina- 
da la emigración forzosa, entre otros dos de nuiy distinta eficacia; entre la 
colonización asistida ó protegida y subvencionada por la metrópoli y la co- 
lonización libre, llevada á cabo con solos los recursos de aquella. Ya 
hemos visto que la primera se funda en la concesión gratuita de tierras, 
asi como en el trasporte gratuito del colono y en auxilios que el Estado le 
prodiga; sistema que puede ser útil en países con escasas condiciones 
para atraer la emigración voluntaria y que las naciones latinas han aplicado 
con preferencia, pero que es inferior á no dudarlo al de la venta de las 
tierras que exige en el colono la preciosa garantía de aptitud y vocación de 
un pequeño capital, que le deja en libertad respecto del Estado y le asegu- 
ra desde luego la dignidad de ciudadano. Examinando el primero de esos 
sistemas en sus condiciones más favorables, que son las de concesiones con- 
dicionales y de terrenos de no gran extensión, un economista contemporá- 
neo (1) expone las siguientes reflexiones. «Este régimen no produce mejores 
resuUados que el precedente (el de las concesiones en grande): en primer 



(1) Mr. J. Courcelle Seneuil, Traite d'economie polUique, tom. 11, 



DE AUSTRALIA. 91 

lugar, porque la autoridad que determina la exti^nsion y situación de las 
concesiones, rara vez se inspira en sanas consideraciones económicas: con- 
cede á la ventura, sin examinar antes si los colonos tendrán ó no mercado 
para sus productos,, si las tierras que caben en suerte á cada uno, se hallan 
situadas á su gusto^ proporcionadas á sus fuerzas, conformes con sus apti- 
tudes: decreta el establecimiento de aldeas y de grupos de población en 
donde las necesidades económicas no los requieren; construye casas simé- 
tricas y alineadas que desagradan á los habitantes. En segundo lugar, y 
esle es el peor inconveniente del sistema, el colono no es propietario in- 
conmutable; posee á titulo precario y no puede apartarse de las condicio- 
nes que le han sido impuestas; y como se halla siempre expuesto á ser des- 
poseido, no puede emplear sin re})aro ni cortapisa en la tierra un trabajo 
cuyos frutos pueden serle arrebatados: su situación es tanto más incierta 
cuanto que la autoridad que le impone condiciones y le hace anticipos se 
ve obligada á mantener en la colonia agentes asalariados, que la representen 

y que exijan del colono el cumplimiento del contrato lo cual facilítalos 

abusos y es obstáculo al progreso de la colonización.» 

El ejemplo de Australia comprueba la verdad de las anteriores obser- 
vaciones críticas: mientras prevaleció el sistema de concesiones gratuitas y 
de colonización subvencionada , assisted, la emigración fue escasa y más de 
individuos aislados, que de familias con algún capital y con intención de 
stiblecerse; mis cuando á aquel sistema reemplazó el americano de venta de 

las tierras y de emigración libre, unnassisted, la coloni zacion cambió de 

aspecto y progresó rápidamente. 

Faltaba algo todavía á este método para ser el de los Estados-Unidos, 
modelo de sencillez y de baratura. Desde luego, en vez de los veinticinco 
reales que allí cuesta el acre de tierra costó en Australia una libra esterlina, 
precio harto subido ; pero además se aplicó en la última la combinación 
discurrida por Mr. Wakefield, que dio nombre al sistema, según el cual, 
con el producto de las tierras vendidas , se formó un fondo permanente y 
progresivo, destinado á estimular la emigración sin pedir nada al tesoro 
de la metrópoli; fondo que una Comisión' administraba en la última. Al 
mismo fin contribuye otra combinación ingeniosa, en virtud de la cual, los 
ahorros del colono aprovechan á los ausentes, depositándolos aquel en una 
caja pública y designando los parientes ó amigos á favor de los cuales quie- 
ra que se aplique como precio del pasage : estos son advertidos por la Co- 
misión de emigración de la metrópoli, y usan de la cantidad que han ad- 
quirido. Merced á este sistema y á partir de 1824 la emigración no aubven- 
cionáda {unnassisted) se sobrepuso á la que se veriíicaba por iniciativa del 
Estado, y fué, aún antes del descubrimiento de las minas de oro en 1851, la 

principal fuente de población y de prosperidad de estas colonias. 



92 LAS COLONIAS 



IV. 



Poderoso aliciente á la inmigración encontró la Australia en 1851 en la 
minas de oro descubiertas en las cercanías de Melbourne, precisamente en 
la época en que la explotación de aquel metal en California acababa de 
producir una verdadera calentura en Europa y en la que más se sentia la 
necesidad de aumentar el numerario circulante para atender á la cons- 
trucción de los ferro-carriles, cuyo desarrollo coincidió con aquel descubri- 
miento, sin el cual no hubiera probablemente sido tan rápido. 

La influencia de la producción del oro en la suerte y progreso de las co- 
lonias de Australia se ha exagerado sin duda, pues ni todas ellas poseen 
minas de aquel precioso metal, ni el aumento de la emigración comenzó 
entonces, ni toda la que pasó á dichas provincias se estableció en, ellas, 
siendo por el contrario el carácter de este elemento de la primera una gran 
movilidad. Mas no se puede negar que la sed de oro, maldecida por el poe- 
ta, que tantas maravillas ha realizado, que llevó á Marco Polo á la India, 
que impulsó á los portugueses á doblar el Cabo de las Tempestades, 
que contribuyó al descubrimiento y trasformacion del Nuevo Muíido, ha sido 
en nuestros dias útil á la Australia, y ha servido en gran manera á su des- 
arrollo. 

Desde 1820 á 1828 aquellas colonias no recibieron más que algunos cen- 
tenares de emigrados libres ; y en 1828 y 1820 de uno á dos mil de los 
mismos; pero á partir de la última de estas fechas, la inmigración crece rá 
pidamente en la siguiente proporción: 

Total decenal. Medio decenal. 



1850 á 1851) 


• 55.274 


5.527 


1840 á 1849 


120.957 


12.695 


1850 á 1859 


498.557 


49.855 



678.748 (1) 

Estos 678.000 inmigrantes, procedían todos del Reino-Unido, y por lo 
tanto iiay que agregar á los guarismos del anterior estado los aventureros, 



(1) Completaremos estos datos tomados de la obra de M. J. Duval, ya citada, 
los siguientes relativos á fechas posteriores: 

1862 41.S43 

1863 53.054 

1864 40.943 

1865. .• 37.293 

173.122 



DE AUSTRALIA. 95 

que en número considerable acudieron de todas las partes del mundo al sa 
berse el liallazgo de las minas de oro. 

De la producción de este metal en la sola colonia de Victoria, en verdad 
mucho más rica por este concepto que todas las otras juntas, darán idea 
estos dos hechos: en la Exposición Universal de 1802 en Londres, Victoria 
habia representado su riqueza aurífera por medio de una pirámide con 
igual volumen que el que hubiese tenido la cantidad total de dicho meta} 
extraído de sus minas. En una de las caras de esta pirámide, se leía: «Oro 
extraído desde 1." de Octubre de 1851 hasta 1.° de Octubre de 18G1: 
25. 1G2. 455 onzas troy., 1.793.995 libras peso, 800 toneladas. Volumen 
1.492 li2 pies cúbicos. Valor 104.G49.728 líb. st., 2.G16.243.200francos.). 
En 18G7 la misma colonia de Victoria celebró en Milbourne otra exposición, 
y en ella la columna de 18G2 habia crecido hasta representar 10 pies cua- 
drados en su base, y 62 li2 de elevación, ó sean 2.081 pies cúbicos de oro, 
con el enorme valor de 3.G51 millones de pesetas. Algunas de las minas de 
esta colonia eran tan ricas, que el famoso Pozo de los chinos, descubierto 
por individuos de esta nación que desembarcaron en un punto poco fre- 
cuentado de la costa para eximirse del tributo impuesto á los de su raza, 
rindió en pocas horas tres mil onzas de oro. Al cabo de una semana, 
60.000 hombres estaban acampados en aquella comarca (1). 

A pesar de estas maravillas que recuerdan el país de Ofir de los antiguos, 
y el Catay y el Eldorado de los modernos, no hubiera Australia adquirido su 
actual grado de cultura y prosperidad, sí no hubiera ofrecido otros alicientes 
de rnénos brillo, pero más constantes y- positivos á la inmigración. La natu- 
ralización se consigue en aquel país después de cinco años de residencia 
mediante una suma moderada, y sin necesidad de este requisito cualquier 
extranjero puede comprar y vender bienes inmuebles. El pasaje de los emi- 
grados de Inglaterra se costea, como hemos dicho, en parte coh el produc- 
to de la venta de las tierras que se hace en pública subasta á una libra ci 
acre,- combinándola con la facultad de adquirirlas en la misma metrópoli, 
pagando á la Agencia colonial el valor de un lote entero. Por otra parte, 
el derecho de primer ocupante concedido respecto de las tierras que no han 
sido medidas y reunidas en lotes, permite á los squatters la crianza de 
numerosos ganados cuyas lanas han hecho popular el nombre de Austra- 
lia (2). 

El colono que desea hacer venir de Inglaterra á un pariente ó á un com- 
patriota, no tiene que hacer más que depositar en Australia la suma preci- 



(1) Australian facts and prospeds, by Mr. Horne, London, 1859. 

(2) El origen de este ramo principal de la riqueza y producción australiense, ftie» 
ron ocho carneros y ovejas merinas, importados á principio del siglo por un solo emi- 
grante, M. Arthur, 



94 LAS COLONIAS 

sa, y los comisarios de la emigración en la metrópoli se encargan de cum- 
plir su mandato: si se. limita á enviar alguna suma, le basta depositarla en 
las cajas públicas. El régimen municipal, basado en la elección, es concedido 
á anglo-sajones y extranjeros; la religión, la prensa, la asociación, la ense- 
ñanza, son libres: estas instituciones y prácticas son las que, todavía más 
que las minas de metales preciosos, han facilitado la inmigración europea 
en Australia, ó han retenido la que el oro atrajera á pesar de los no peque- 
ños obstáculos de la inmensa distancia, de las sequías que allí alternan 
con las inundaciones, de las calenturas, del precio exhorbilanle de las sub- 
sistencias y de las crisis mercantiles y obreras (1). 

La metrópoli coopera de muy diversos modos en esta empresa, or?i por 
medio de la Comisión de Emigración, que adelanta á los emigrantes el 
precio del pasaje, mediante un contrato en que se obliga á reembolsarla por. 
mensualidades que su futuro patrono retendrá de su salario, ora de un modo 
más eficaz aún, por medio de muchas sociedades particulares animadas de 
sentimientos filantrópicos ó de patriotismo. Algunas, como la titulada Can- 
terbury, que posee grandes propiedades en Nueva-Zelanda, auxihan á la 
emigración por interés propio. En 1851, al recibirse la noticia del descu- 
brimiento de las minas de oro, la emigración á Australia fué por mucho 
tiempo un asunto capital en Inglaterra. El Parlamento, la prensa, el público 
se ocupaban con predüeccion de aquel continente; se organizaban meetings, 
se abrían suscriciones, se formaban sociedades especiales. Para facilitar la 
emigración de los highlanders de Escocia se constituyó, bajo el patronato 
del principe Alberto y de los principales individuos de la aristocracia, una 
compañía poderosa. Los centros manufactureros fueron, sin embargo, los 
que más parte tomaron en este movimiento, por el temor que tenían de 
que cesasen las remesas de lanas de Australia. Algunas Sociedades tienen 
un objeto especial, como la que se propone reclutar jóvenes solteras, prin- 
cipalmente criadas y costureras, cuya partida, viaje y colocación en las co- 
lonias patrocina; otra se fundó en 1853 bajo el patronato de los más ricos 
israelitas de la City, para facilitar la emigración de los individuos de esta 
religión; y una mujer célebre en Oriente y en Inglaterra por su caridad, ac- 
tividad y valor, la señora Chilshom ha fundado la de los Préstamos para la 
colonización por la famiUa, después de haber creado en Sidney la del Asilo 
de las viajeras, con la que salvó de la miseria y del vicio á multitud de 
emigrantes jóvenes; y sin r.ecursos (2). 



(1) El mercantilismo es uno de los vicios y males de Australia, como de las socie' 
dades democráticas: las quiebras en la sola colonia de Victoria sumaron desde 1842 á 
1858 más de 1.200 por un capital enorme. Las huelgas de obreros son también fre 
cuentes y dañosas. 

(2) Jules Duval, en la obra citada. 



81.711 


1.252 


90.219 


2.054 


G2.752 


1.52G 


2.955 


452 


4.879 


28 


196 


» 


)) 


505 



DE AUSTRALIA. 95 

De la dirección que ha tomado aquella comente al desembocar en Aus- 
tralia y de su repartición por las diversas colonias, según estas se iban 
constituyendo, da una idea el siguiente estado, aun cuando no se refiere si- 
no á la emigración subvencionada, o sea la que se verifica por medio de la 
Comisión que reside en Inglaterra. 

1847-1858. 1859. 

Nueva Gales del Sur. 

Victoria , 

Australia meridional 

Australia occidental 

Tasmania. , 

Nueva Zelanda 

Queensland , . . . . 

251.719 5.570 

El curso natural de esta corriente y en general la existencia toda de las 
colonias de Australia fueron profundamente alteradas por efecto del descu- 
brimiento deloro. Todo orden gerárquico se trastorna rápidamente donde 
de la noche á la mañana el jornalero viene á ser más rico que el colono ó 
empresario que le emplea, y esto fué lo que sucedió en aquellas colonias, 
que vieron de repente alteradas todas las relaciones sociales. La profunda 
desorganización que aquel suceso engendró, duró, sin embargo, pocos 
años; la agricultura recobró por medio de la emigración los brazos que per- 
diera y todo volvió á su antiguo cauce, aunque hubo momentos críticos en 
que estallaron sublevaciones y en que la íuei^a pública se vio precisada á 
intervenir; pero que al cabo no dejaron otra huella más que la de cifras 
aterradoras en la estadística criminal. 

V. 

Hállase dividida la Australk en siete gobiernos ó colonias distintas, 
que son: 

En el continente: 

La Nueva Gales del Sur. 

Victoria. 

Australia meridional. 

Australia occidental. 

Queensland. 

En las islas: 

La Tasmania (Van Diemen) con la isla de Norfolk. 

La Nueva Zelanda. 



96 LAS COLONIAS 

Examinaremos rápidamente la formación y progreso de cada una de 
estas colonias. 

Con el titulo de Statistical regisler, la Nueva Gales del Sur, matriz de 
todas las continentales, publica cada año un volumen de datos oficiales que 
dan á conocer su situación. El último tomo de esta publicación ha visto la 
luz en 18G8, y se refiere al año anlerior. De sus cifras resulta: que la po- 
blación de la Nueva Gales, que en 1822 era de 50.750 liabilantcs, en 1867 
ascendía á 447.620; que sus rentas públicas, que en la primera de esas fe- 
chas no sumaban más que 45.210 libras esterlinas, en 1867 llegaban á 
2.034.490 libras, y que las tierras cultivadas eran erí 1822, 45.514 acres, y 
en 1867, 415.164. El progreso en cuanto á sus producciones no es menos 
notable, lié aqui la demostración: 

1822 1867 



Hulla (toneladas) (1) 780 770.012 

Lana (libras) (2) 172.880 21.708.902 

Sebo (quintales) (5) 883 32.711 

Oro (onzas) (4) » 060.611 

Las escuelas, que en 1822 eran solamente 54, con 87 alumnos, en*1867 
ascendían á 1.180, con 65,183. El comercio exterior de importación en la 
primera de aquellas épocas era de 500.000 libras, y en la segunda de 
6.600.000, y el de exportación de 100.000 libras y 6.881.000 libras res- 
pectivamente; aumento prodigioso, debido en su mayor parte al de la pro- 
ducción de la lana. La capital de esta colonia es Sidney, fundada, como he- 
mos dicho, en 1788. 

Aún más admirable ha sido el progreso de la colonia de Vicloria, que se 
constilayó en 1836, por desmembramiento de la Nueva Gales. Su pobla- 
ción, que en aquella fecha era solamente de 177 habitantes, se elevaba en 
31 de Diciembre de 1860 á 548.412 (5), de los que 201.422 se hallaban 
diseminados por los distritos auríferos. La emigración sigue llevando á esta 
colonia anualmente de 50 á 40.000 personas. La total extensión de los ter- 
renos vendidos o concedidos desde la fundación de Victoria era á fines de 
1865 de 6.049.705 acres, y la suma realizada por medio de estas ventas 
de 1.200 millones de reales próximamente; lo que da porcada acre menos 



(1) Tonelada. = 1.015 kilogramos. 

(2) La libra = O kilóg. , 453, 

(3) Quintal = 457 küóg., 8. 

(4) La onza tiene el valor de la española próximamente. El acre tiene 40 áreas y la 
libra esterlina 25 pesetas. 

(5) En 50 de Junio de 1866 ascendía á 633.000 habitantes, de los que más de 150.000 
corn-espondiau á Mclbourne, capital de esta colonia. 



DE AUSTRALIA. 97 

de 200 reales. De la producción del oro en esla colonia hemos tratado ya 
con alguna extensión. 

La Australia meridional no ha necesitado de aquel poderoso incentivo 
para prosperar; su agricultura la ha bastado. Constituida en provincia au- 
fpnómica en 1850, en 1801 su gobernador podiacon razón vanagloriarse de 
que poseia 57 millas de ferro-carriles, tres faros de primer orden, otros 
l-antos excelentes puertos, más de 2.000 millas de caminos ordinarios, 
400.000 acres de tierras cultivadas, 000 millas de alambre eléctrico y una 
población que en seis años había subido desde 80.000 almas- á 130.000. 
Hoy alcanza la última la cifra de 109.000 habitantes, de los que la mitad 
pertenecen al sexo femenino, circunstancia muy notable y ventajosa en 
Australia. La capital de esta colonia es Puerto Adelaida, fundada en 1838. 
La Australia occidental es de todas estas colonias la de más lento desar- 
rollo; á tal punto, que ya hemos referido que se ha visto obligada á pedir 
que se la facilitara el auxilio de la colonización penal que las otras enérgica- 
mente rechazaban. ' 

El sistema de las grandes concesiones de tierras á los primitivos colonos 
la ha sido fatal: no pudiendo estos cultivar por si sus propiedades ni arren- 
darlas, y no queriendo venderlas por la esperanza de que subiesen de precio, 
la tierra permaneció inculta; y cuando al fin se decidió venderla en cortos 
lotes, el efecto moral estaba causado y la inmigración libre y los capitales 
huiande ella. La primera no es hoy sino de 22.743 habitantes cuya prin- 
cipal industria es la agricultura. Su capital es Perth, fundada en 1829, en 
ruyas cercanías se halla establecida una floreciente colonia prusiana. 

La de Queensland, última provincia continental de Austrahase llamó pri- 
meramente de Moretón Bay y se separó de la Nueva Gales del Sud en 1859, 
fecha que marca el apogeo de las tendencias separatistas de estas colonias, 
lía progresado rápidamente, puesto que de 30.059 habitantes que contaba 
en 1801, subió en 1800 su población á 100.000. Es muy rica en ganados, 
contando más de ocho millones de carneros y un millón de reses vacunas y 
exportando seis millones y medio de kilogramos de lana por valor de 97 
millones de reales. Su capital es Brisbane, sobre el rio del mismo nombre. 
Recientemente se ha inU'oducido con muy buen éxito en esta colonia el cul- 
tivo del algodón. 

Se diferencia la Tasmania, colonia marítima de Australia, de las conti- 
nentales, en que mientras estas se hallan situadas en la zona caliente, aque- 
lla lo está en la templada, ofreciendo su clima gran analogía con el de Eu- 
ropa, lo que es un atractivo más para la emigración. Fundándose no sólo en 
su antigüedad, sino también en sus condiciones naturales, la Tasmania dis- 
pula la primacía á la Nueva Gales y á Victoria. Llamóse por mucho tiempo 
Tierra de Van-Diemen, y es su capital Hovar-ToAvn, que cuenta muy cerca 
de 100.000 habitantes. Produce más que consume, sobre todo cereales en 

TOMO XIX. 



U LAS COLONIAS 

SUS 71.000 acres do tierras cultivadas y lana¿ de cerca de dos millones de 
cabezas do ganados do esta clase. Desde 1851 posee un Parlamento inde- 
pendiente ven ninguna colonia hay más actividad administrativa y más nio- 
vinnenlo político, ni se hallan más garantidas y practicadas las libertades de 
la prensa y de asociación. 

l^a Nueva Zelanda no fué ocupada definitivamente por Inglaterra hasía 
1841, aunque desde dicha época ha adelantado mucho. Tiene un Parlamen- 
to propio que ha votado varias leyes para facilitar la venta de tierras y es" 
I ¡mular la emigración; la cual en esta colonia tropezó con el obstáculo de 
una población indígena numerosa. Inglaterra,- que si es admirable cuando 
se trata de libre y expontánea colonización, es en cambio fatal á las ra. 
zas indígenas, que ha hecho desaparecer la escasa población autóctona de 
la Australia sin que ni por un momento se la ocurriera que estaba obhgada 
á conservarla y transformarla; en la Nueva Zelanda se consideró desde lue- 
go incompatible con los primeros y tardó poco en hacerles cruda guerra, 
Aq.í, como en la India, las ' divisiones de estos facilitaron y simplifica- 
ron la tarea, peleando unos con otros y auxiliando al extranjero. In- 
glaterra los ha despojado de sus tierras y reducido su número ])or 
las jirivaciones y la guerra de una manera horrible, al paso que aumentaba 
el de la población europea que de 20.707 habitantes que contaba en 1851 
subia en Diciembre de 1804 á 172.158, sin contar 11.075 almas á que as- 
cendían los militares y sus familias. El gobierno de esta colonia es el repre" 
sontativo, con Ministerio, Consejo colonial y Cámara baja. Un cabio subma- 
rino la uno con la Australia y una red telegráfica facilita las comiuiicacio- 
nes'cnlro las dos islas principales, entro las que forman osla provincia. 

VI. 

Tienen entre sí las colonias de AusLralia grandes' analogías y algunas 
diferencias que las dan carácter propio , si bien las primeras son muchas 
más en número: la mayor parte de a([uellas no obstante su juventud, han 
pasado por todos los métodos de gobierno conocidos; desde la autocracia de 
ios primeros gobernadores responsables solamente ante el gobierno metro- 
politico hasta el sistema democrático. A medida que el número de colonos, 
en particular el de los libres aumentaba , la autoridad de los primeros fué 
templándose hasta consentir á su lado un Consejo nombrado por ellos ; lra«; 
de esta concesión viene la de los Consejos en parte nombrados y en part(í 
elegidos, hasta que sobreviniendo el Acta de 1850 y constando ya á las co- 
onias inglesas de la Oceanía que la metrópoli renuncia á intervenir en sus 
asuntos interiores y las deja en completa libertad, se fundan rápidamente y 
arraigan las instituciones representativas, con gran semejanza en sus for- 
mas y desarrollo. 



DE AUSTRALIA, 09 

En general; hay en cada colonia un gobernador nombrado por la Coro- 
na, verdadero rey holgazán , que en materia de abstención y de pasividad 
reproduce y exagera el papel que la reina Victoria representa en la metró- 
poli. Sin el prestigio que al trono da en Europa la tradición , rodeado de 
una sociedad nueva y tan dcmocrúlica (jue una porción de la misma proce- 
de de los convktos que arrojó de su seno la madre patria, no pudiendo con- 
ceder destinos , ni repartir sueldos , ni honores , y siendo él en realidad lo 
único transitorio que hay en la colonia , el gobernador en las de Australia 
viene á ser poco más que un vínculo moral entre ellas é Inglaterra. Log 
ministros tienen atribuciones especiales, una misión que cumplir; el gober- 
nador no cumple la suya sino cuando se abstiene , y los colonos le res- 
petan tanto más , cuanto menos se ocupa de ellos. En cambio disfrutan 
grandes sueldos: el de Victoria 50.000 duros , el de Nueva Gales 35.000, 
los de las otras colonias 20.000. 

Falta á las últimas para ser del todo democráticas y parecerse más á los 
Estados-Unidos que á Inglaterra una cosa muy importante, el sufragio uni- 
versal que, como sucede en la última de aquellas naciones, ha sido reempla- 
zado por el censo electoral, corto para los electores de la Asamblea ó Cá- 
mara baja y considerable para los del Consejo legislativo ó Senado. Porque 
todas estas colonias, escepto la Australia Occidental que conserva el Con- 
sejo del gobernador, tienen como la metrópoli sus lores y sus comunes, re- 
producción ó parodia de los de aqueha; su Cámara de Diputados llamada 
Asamblea, único poder real de la colonia , que hace y deshace ministerios, 
forja y discute leyes y se rige en general por las costumbres y prácticas de 
las Cámaras inglesas; y su Cámara alta (Legistativa Council) que tampoco 
puede ser disuelta por el gobernador. En algunas colonias como la Nueva 
Gales y Queensland los miembros de esta Cámara son en parte nombrados 
por el ministerio, en parte elegidos; y donde sus funciones no son vitalicias 
una porción de los titulare» se retira cada año. 

La Tasmania, Victoria y Australia Meridional se apartan de aquel método 
y sus senadores son todos elegidos por cierto número de años : esta última 
forma es la que prevalece en la opinión y está destinada á reemplazar á la 
primera en las siete colonias. 

No es todo armonía en este régimen : aparte del abuso de la facultad le- 
gisladora y de la instabilidid de las leyes y de los Ministerios que caracteri- 
za el sistema político de las colonias de Australia , las dos Cámaras alta y 
baja, se hallan á veces, como sucedió en 18G6, en disidencia acerca de al- 
gún hill, y en este caso careciendo el gobernador de la facultad que en In- 
glaterra tiene la Reina de nombrar nuevos pares, el conflicto se prolonga y 
exacerba entre la Cámara elegida por los ricos y que representa los intere- 
ses territorirles y la popular. 
Las diferencias entre las instituciones de las siete colonias son aún pocas 



loo LAS COLONIAS 

y versan principalmente sobre materias religiosas y de enseñanza relacio- 
nadas con estas. En algunas el gobierno auxilia á los diversos cultos 
con subvenciones directas, mientras que en otras, como la Nueva Galos 
y la Australia meridional, no reconoce ni paga culto alguno: en Victoria y 
Tasmania, reconoce y auxilia solameníe á las iglesias que se dirigen á él, 
]>ero en proporción del niimcro de sus adberentes. 

Respecto de la enseñanza, algunos de los datos estadislicos que en eslc 
articulo liemos insertado, babrán indicado á nuestros lectores la atención 
que á su aumento prestan las colonias australes : todas ellas votan, en 
efecto, grandes sumas para aquel objeto y en todas progresa. La diferencia 
de religiones y dosisLcaias en esta materia opone algunas dificultades; para 
abreviar las cuales so lia discurrido probibir en las escuelas toda enseñanza 
religiosa pasadas las diez de Ja mañana y exceptuar completamente déla 
misma á los niños cuyos padres la rebusen. La instrucción pública ba es- 
lado siempre y sigue en Australia secularizada. Mclbourne y Sidney tienen 
Universidades, sostenidas en parte por el gobierno, con programas parecidos 
á los de la de Londres. 

Todo esto, junto con las cuestiones relativas á la venta de las tierras, 
suministra pasto á los debates de las Cámaras, á las discusiones de la pren- 
sa y ocupa la atención pública, pero la verdadera guerra de opinión en las 
colonias australes la expresan los gritos bostiles deprotection, free-trade, y 
la bacen proteccionistas y libre-cambistas. La mayor parte de las genera- 
ciones actuales déla Australia procede de Inglaterra, ba vivido en Lon- 
dres, Mancbester, Liverpool, y ba participado quizás en la Liga contra las 
leyes de cereales; no es por lo tanto ignorancia de las doctrinas y máximas 
libre-cambistas lo que allí proporciona numerosos partidarios á la protec- 
ción, sino la idea instintiva, el sentimiento más bien que en la población obre- 
ra de Australia domina de que debe bastarse á si misma, y que faltará algo 
á las colonias para tener existencia propia en tanto que no se encuentren 
en ese caso. Otro interés muy poderoso también les guia; el de procurar 
cu la colonia trabajo á sus deudos y parientes de Inglaterra, á quienes en 
caso de tener ocupación y salarios que ofrecerles, barian venir, satisfacien- 
do al mismo tiempo la capital necesidad de Australia, que es la de brazos 
y población: «valen más, dicen los proteccionistas, los bombres, mujeres y 
niños que todas las teorías económicas.» Por una aspiración análoga, erró- 
nea, más poderosa', y que indica la rivabdad que comienza entre las colo- 
nias, la de Victoria ba establecido un impuesto anti-económico sobre el 
pan, con objeto de auxiliar á los numerosos colonos que quieran roturar 
tierras y cultivar cereales, en vez de apacentar ganados, á sostener la te- 
mible competencia de la Australia meridional. 

Por esta breve reseña vemos que la semejanza entre las instituciones 
políticas de Australia y las de la metrópoli consista más en la forma que 



DE AUSTRALIA. 101 

en Ja esencia: Australia ha tomado todo lo de Inglaterra, menos lo conser- 
vadoi , menos la traJicion y el prestigio de la Gerona, menos la aristocra- 
cia, menos la Iglesia establecida, menos la estabilidad de las leyes y de 
los gobiernos: ahora bien; Inglaterra menos lo conservador no es Inglater- 
ra, sino su hijo y sucesor los Estados-Unidos. Y en efecto; al paso que es- 
tos van avanzando por la Oceaníay estableciéndose en varias islas del Pa- 
cifico situadas en la ruta de Europa á China se aproximan á Australia, y 
que la línea de vapores transpaci fieos establecida entre la última y el istmo 
de Panamá, y la terminación del gran ferro-carril que une á Nueva- York 
con Sím Francisco facilitan las comunicaciones de ambos pueblos. Jas in- 
fluencias del primero en el último se dejan sentir cada vez más, y determi- 
nan la completa trasformacion desús instituciones políticas en democráticas, 
ó para hablar con propiedad, en republicanas. Falta muy poco á las colo- 
nias australes para ser otras tantas repúblicas, y ese paso, no oJjstaute eJ 
alborozo con que aJlí lia sido recibido el hijo de la reina Victoria, duque de 
Edimburgo, cualquier suceso, la menor ocasión puede hnpulsarlas á an- 
darlo. 

La metrópoli, por su parle, parece hallarse preparada a ese suceso des- 
de hace más de veinte años. El Estado en Inglaterra ha sido siempre res- 
pecto de Australia poco menos indiferente que lo fué Holanda en el siglo 
y medio que nominalmente dominó en los países descul)iertos por Tasman. 
El acta de 1850, que al reconocer la separación de Puerto Philip de la 
Nueva Gales y su" erección en colonia autonómica con el nombre de «Victo- 
ria,» formuló en el terreno legal la doctrina de la abstención de Inglater- 
ra en los asuntos y régimen de dichas colonias y la autonomía de las mis- 
mas, no hacia más que interpretar los hechos. En las raras ocasiones eu 
que las circunstancias, han exigido en Australia la concentración del poder, 
los goljernadorcs han recibido orden de consultar á los habitantes más no- 
taJjJes y de tener muy en cuenta su opinión: todo parece indicar que eJ go- 
bierno británico no sólo se conformará, sino que prepara y casi desea la 
emancipación de las colonias australes, á las ipie no considera más que 
como un respiradero á la poJjlacion exhuberánte de la Gran Bretaña, y como 
un mercado para sus manufacturas; caracteres ambos que la experiencia ha 
demostrado que se desenvuelven en determinadas condiciones aún más fá- 
cilmente con el auxilio déla independencia que con la sumisión ala madre 
patria. 

Inglaterra hemos dicho en otra parte puede pensar así, porque posee 
más de cinco millones de millas cuadradas de colonias, pobladas por 200 
millones de habitantes, una inmensa red estendida por todo el globo de es- 
taciones mercantiles y militares, y porque las más ricas y de mayor porve- 
nir de esas colonias han sido formadas por una reciente emigración británi- 
ca, que conserva los gustos, hábitos y aí'ectos que tenia en la metrópoli, 



102 LAS COLONIAS DE AUSTRALIA. 

y que son oíros tantos vínculos morales y materiales entre los pueblos. E 
gobierno inglés, además, nadaba liecbo por las colonias australes más que 
verter en ellas la escoria de la población europea, y en rigor nada puede pe- 
dirlas: aquellas se ban formado por sí solas, sin sacriíicios ni esfuerzos de la 
metrópoli, á la que, por el contrario, ban sido de suma utilidad. 

Su independencia estaría, pues, en algún modo justificada, no solamente 
por dicbas singulares circunstancias, sino también por otra consideración 
muy poderosa, pues cuando llegue aquel caso, las colonias australes, cuyo 
rápido desarrollo acabamos de ver, que no cesan de recibir la corriente vi- 
vificadora de la emigración de su propia raza, con sus propios idiomas, vín- 
culos y costumbres se hallarán, ó tardarán muy poco en encontrarse en 
situación de formar una nacionalidad fuerte, verdaderamente independíente, 
capaz de defenderse sin ageno auxilio y libre de enemigos exteriores por la 
posición que ocupará en el globo. 

Con esas circunstancias la emancipación es un hecho natural, como la 
del hijo que alcanza la mayor edad. Sin ellas, ni Inglaterra que ha hecho 
grandes sacrificios para conservar la India, la consentiría probablemente, ni 
la población australiense, que está dotada del buen sentido propio de la raza 
anglo-sajona, y que no da muestras de querer precipitar el momento de la 
ruptura del vinculo legal con la metrópoli, pensaría en lanzarse á una exis- 
tencia azarosa, en laque en vez de gloria y porvenir, no hallaría masque la 
tumba de su honra y de su prosperidad. 

Joaquín Maldonado Macanáz. 



DE LOS MORISCOS 



QUE PERMANECIERON 



EN ESPAÑA, DESPl'ES DE LA EXPULSIÓN DECRETADA POK FELIPE III. 



Por donde quiera que se abra el libro de nuestra historia, aparecen pá- 
{íinas brillantes 'de abnegación y de heroismo, empeñadas lides por la 
libertad y la justicia, victorias increíbles sobre enemigos poderosos, mucha 
labor y esfuerzo singularísimo para organizarse en lo interior, generosidad 
con los pueblos extraños, no perdonar desvelo para extender la cultura 
civil y la doctrina del Salvador del mundo por todos los ámbitos de la 
tierra^ el posponer la vida al interés de la patria^ los bienes mundanos á la 
honra de la religión; hechos que esmaltan la corona de nuestro glorioso 
pasado. 

Mas con ser recibido universalmente el subido precio de la historia de 
España,, todavía la deslustran con harta frecuencia, aun á los ojos de va- 
rones (jue' logran fama de entendidos, inexactitudes de bulto^ errores 
lamentables y gravísimas preocupaciones. 

Hubo un tiempo en que parecía vinculado en la patria de Luis Vives, 
de los Herreras y de los Mendozas el cetro de los destinos europeos; aspi- 
ración fué de nuestra política, no menos que de nuestra literatura y de 
nuestro arte durante la décimasesta centuria, el pasear el estandarte de la 
civilización por todo el orbe, empresa, aunque atrevida, disculpable en la 
nación que había reconocido por pnmera vez con sus bajeles la unidad de 
nuestro planeta, que medía un arco de meridiano con Nebrija y levantaba 
con Esquivelel mapa geodésico de la Península, donde tomaban aliento em- 
presas tipográficas como la una y la otra Poliglota, y artísticas como el mo- 
nasterio del Escorial. En aquellos días de gloria para España, ejercía nuestra 
patria un verdadero principado sobre el resto de las naciones del mundo, 



104 DE LOS MORISCOS. 

l,is cuales recibian é imitaban sus ideas, formas artísticas y hasta sus modas 
y Mvólidades; pero decaida de aquella grandeza, tornóse la autoridad en 
desprestigio que, engendrado á lo primero por el encono y continuado 
después con manifiesta injusticia, representó la intolerancia española cual 
océano de sangre y noche de tinieblas, en tanto que se daban al olvido 
las crueldades de Calvino con Servet, la de Sommerset con los catóhcos, 
las de Carlos IX y de Luis XIV con los míseros reformados. 

Contra el rigor de tales imputaciones depone altamente la conducta de 
Felipe II y Felipe III, de Felipe IV y de Carlos II con los idólatras ameri- 
canos y con los chinos y sangleyes, la cual bastaría á contrarestar tan 
infundadas prevenciones, sí no estuviese averiguado que, aun en el cora- 
zón de la Península la severicjad de la Inquisición española sólo se distin- 
guía de la usada ordinariamente por el mismo tribunal en otras naciones 
del Catolicismo, en cuanto á haber recibido en alto grado las aficiones, 
odios y condiciones ordinarias del carácter de nuestros españoles. 

Porque es lo cierto, que, hermanada dicha institución con las inclina- 
ciones de un pueblo que durante su largo comercio con los árabes, había 
aumentado su aversión á los deicídas hebreos, anatematizados una y otra 
vez en el Corán como matadores de profetas, hizo más adelante en ellos y 
en los herejes reformados el blanco principal de sus persecuciones, mos- 
trándose en comparación exiguo el número de islamitas en que ejercitó su 
rigor, y esto en el trance de durísima necesidad, á efectos de sobra de ar- 
rogancia ó falta imperdonable de prudencia por parte de los perseguidos. 

Ni podía ser de otra manera, dados los antecedentes de la política españo- 
la á contar desde los tiempos medios. Porque, dejada aparte la variable con- 
ducta de los cristianos en los primeros días de la reconquista, inspirados 
alternativamente hacia los muslimes, ora por el encono de sentimientos 
vengativos, ora por el temor de duras represalias, fenómeno es digno de 
no poca consideración el nacimiento de un sistema de general tolerancia en 
los momentos en que prepondera definitivamente el cristianismo en la Pe- 
nínsula, tolerancia que no puede ponerse en tela de juicio, á partir de las 
capitulaciones de Cea, otorgadas por D. Fernando I, origen histórico de la 
libertad religiosa de los muslimes en los dominios castellanos (1). Ellas, con 



(1) Eu ua trabajito, impreso poco há sobre este asunto, se nos liace cargo porque uo 
seguimos al autor anónimo designado bajo la denominación de El S 'dense, ni en la fecha 
ni en las circunstancias del mencionado suceso, al señalar su importancia en nuestra 
memoria, premiada, "Estado social y políticode los Mudejares de Castillan alirmando el 
Aristarco i)»ra justiñcar la inculpación que /os escritores todos defieren al testimonio del 
¡■iliense. Al iiropio tiempo y en virtud de inconsecuencia no muy explicable se asegura 
que la opinión sustentada por nosotros es con poca variedad la de D. José Amador de 
los Ríos, la de Mr. Circourt, la de Mariana (pudiera haber añadido las de Garibay, Zu - 
ita y aun Perreras), la de )Saudoval y el maestro Resende citado por el anterior, de 



PE LOS MORISCOS. 105 

los asientos y estipulaciones concertadas para la rendición de Toledo, los 
cuales sirvieron do patrón en la conquista de buen número de pueblos do 
la nueva Castilla, no sin que fuesen imitados por el Cid en la conquista du 



quien añrma el articulista que es frecuente én él apoyarse, "al historiar los heclios de 
los Cinco Beyes, en documentos y aún crónicas de nadie conocidas al presente, de modo 
que pueden darse por ijerdidasn aunque "no etf lícito tenerlas por ficciones del hiien 
Oh'ispo. " Con esto bastaría, para tener por invalidada aciisacion tan gratuita en lo rela- 
tivo ano haber seguido al Silense, bajo el supuesto de que todos defieren á su testimo- 
nio, si no se concluyese con notable dogmatismo que el separarse del autor anónimo 
del manuscríto hallado en el monasterio cíe Silos, ó el fallar en contra de su a\itoridad, 
más procede de inadvertencia y no ¡[tenerlo presente, que de desecharlo jior razones y ar- 
yumantos de peso.w Afirmaciones son estas, que se avienen mal con la sinceridad i^ropia 
de la crítica, dado que de nuestras citas en dicha obra (donde se muestran á la conti- 
nua acotaciones y textos del Silense) consta copiosamence que la hemos con. 
sultado y tenido á la vista, y al parecer con menos ijrecipitacion de la usada por el im- 
pugnador, en cuanto á la cita y autoridad de un libro arábigo qne denomina Drayisa> 
nombre y designación inconcebi])les en el idioma árabe, según cuya pronunciación y 
ortografía es de todo pimto imposible que una dicción comience con la sílaba Dra. Ya 
en la página 29, inmediatamente posterior á la 28, en que hablábamos de la capitula- 
ción de Cea, mencionábamos pormenores de los textos del Silense insertándolos á la 
letra en la página 159, no sin alguna corrección por nuestra parte, como que guiado di- 
cho cronista de un espíritu que sólo se concibe en un monje apartado del teatro de los 
sucesos, escritor por otra parte tan oscuro, que la posteridad desconoce su nombre, so 
, recrea en ideales de excesivo rigor y destemplada intolerancia, contradiciendo la esijc- 
cie razonabilísima de los asientos otorgados iior el primer Fernando á los vencidos sar- 
racenos, hecho atestiguado por otro escritor de la misma época, personaje de imi)or- 
tancia en la corte de D. Alfonso VI, y recibido á poco por historiadores tan ilustres 
como Rodrigo de Toledo y D. Alfonso el Sabio. Harto pudiera decirse acerca de los 
diez y seis años, que, bajo la autoridad del Silense, hanse contado como transcurridos 
entre el iirincipio del reinado de Fernando I y sus guerras con enemigos extraños, y 
más por aparecer con letra bastarda en la edición de Florez la expresión sexdecini, 
annos, en testimonio de no entenderse ó hallarse borrado en el manuscrito con lo cual 
• puede creerse que se ha coiñado dicho número de El Tudeusc, escritor no sobrada- 
mente autorizado, (juieu así lo consigna. Aun suponiendo el hueco perfectamente 
enmendado y la autoridad del escritor anónimo tan decisiva, como falta de todo va- 
lor la de los más de los historiadores, liabria que fijar de antemano el principio de la 
cuenta para 'el reinado de D. Fernando I, no siendo en modo alguno indiferente la co- 
locación de este suceso, ora en el asesinato del conde castellano D. García Sánchez 
(1029), ora en la muerte de D. Sancho el Mayor (1035), ora dos años antes de la muer- 
te de este príncipe. Lo que no admite género de duda es que la conrversion de Visocen- 
sis en Oscens'is de Hucsca,_ imaginada i)or el ilustre historiador D. Modesto Laf uente, 
para probar contra Ferreras que Viseo no estaba conquistada al celebrarse las Cortes 
de Coyanza en (1040), no es en rigor aceptable, pues prescindiendo de la naturaleza de 
la prueba, nada menos verosímil que el obispo de diócesis tan apartada, interviniese 
en las Cortes de Castilla. Por el contrario el estudio de los códices más antiguos ha 
l)uestode resalto que, sino debe leerse Gomecius Visocensis á«jemplo de Florez (Espa- 
ña Hay rada, t. XIX) <) Gómez de Visco, según traslada la antiquísima coiiia de Bene- 
viverc, es perfectamente legítima y obvia la lectura Gomecius A ucensis, esto es, el de 
Anca ú Occa, como ocurre en el libro gótico de la Iglesia de Oviedo. 



106 DE LOS MORISCOS. 

Valencia, vinieron á establecer precedentes importantísimos en lo relativo 
á la libertad civil y religiosa concedida á los mahometanos. 

Frecuentemente quedaba él gobierno de la población sarracena en po- 
der de sus aljamas, con alguna intervención de los mozárabes, donde lo^ 
habia, y bajo la presidencia ó autoridad de un alcalde, arráez ó salmedina, 
cargos que tuvieron á la continua varones muslimes, á lo menos en lo que 
tocaba á los de su raza, no sin que hayan acgado hasta nosotros memorias 
y documentos de algunos cadiazgos ilustres, como lo fueron los de Seifado- 
la Aben-Hud en Toledo, de Aben-Giahaf en Valencia, de Aben-Abdilhaqq 
en Sevilla, de Alguatsiq en Murcia y die Muhammad-ben-Abdillah en Jaén . 
Tanto en los casos mencionados arriba, como en aquellos en que lo 
considerable de la población cristiana, forzaba á establecer autoridades pri- 
vativas con apartamiento y separación de moradas por barrios ó arrabales » 
ó en los que, según ocurría con no poca frecuencia, el gobierno de una loca- 
lidad, habitada por cristianos, muslimes é israelitas, estaba representado 
por un magistrado de la ley cristiana, el ejercicio de los dos último^' 
cultos era libre, respetados con toda religiosidad los bienes de sus fun- 
daciones piadosas, las mezquitas y sinagogas abiertas y, en lo privativo 
al Islam, la facultad de llamar públicamente á la zalá desde lo alto de 
los minaretes, la de formar cofradías y asociaciones devotas y la de 
celebrar sus procesiones y romerías á los sepulcros de los santones. 
Demás de sus escuelas de primeras letras, unidíis á las mezquitas par- 
rofjfíiales, conservaron en las poblaciones de cierta importancia algunos 
estudios superiores, ora sostenidos públicamente por los muslimes, ora 
por la munificencia de reyes y proceres cristianoe, como se vio en Toledo, 
Valencia, Sevilla y Murcia, señaladamente en esta última localidad, donde el 
sabio monarca D. Alfonso X hizo labrar un edificio exclusivamente, para 
(jue explicara el doctísimo Ar-Racutí las ciencias y cultura de los árabes. 
En lo tocante á la administración de justicia, fué muy común d que 
guardasen el uso de sus tribunales apartados, con arreglo á sus leyes y pres- 
cripciones azuniticas, como quiera que en los últimos tiempos se admitía 
la alzada en las sentencias de dichos tribunales, para ante las Chancillerias 
del Monarca. Todo esto, se guardo en Castilla y Andalucía, hasta los cé- 
lebres edictos de 1501 y 1502, continuándose iguales hbertados en los Es- 
tados de la corona de Aragón, bajólos reinados de D. Fernando V y Don 
Carlos I hasta el año 1525, en que fueron compelido's por la fuerza á abrazar 
el cristianismo, tras las violencias y sangrientos desórdenes producidos por 
las llamadas germanias. Contra la opinión común, la hiquisicion se mostró 
lolcrante con ellos, prestándose á servir de mediador con el Soberano y á 
interceder por los conversos el mismo inquisidor general D.Alfonso Man- 
rique y cuando ministros subalternos del Tribunal, dieron señales de menor 
benevolencia, las Cortes de Monzón solicitaban y obtenían (1528) que no fue- 



DE LOS MORISCOS, 107 

sen perseguidos, aunque se portasen como mahometanos, mientras no es- 
tuvieran instruidos en la religión y suficientemente adoctrinados. Emulan- 
do en tolerancia las autoridades seglares y eclesiásticas, se prohibía cu 
'1535 á los inquisidores que dictasen pena de relajación contra ellos, aun- 
que fueran reincidentes; se convidaba con el perdón en 1545 á los que vol- 
viesen á España desde Fez y Marruecos; expedía un breve Paulo III para 
que los moriscos de Granada fuesen admitidos á honores civiles y beneli- 
cios eclesiásticos; y, en el reglamento formado en 1548 para el gobierno de 
la Suprema, por el inquisidor D, Fernando Valdés, se estatuía que fuesen 
reconciliados, por punto general, sin ceremonias públicas. Cerca de cuaren- 
ta y tres años liabian trascurrido desde que la Reina Doña Juana expidiera 
la famosa pragmática, prohibiendo á los moros sus trajes nacionales y v\ 
uso del idioma arábigo, cuando, encendía su renovación á deshora (1566) una 
guerra civil en el Mediodía de España, no sin que al referir los sucesos de 
aquella lucha cruentísima, un político tan discreto como D. Diego Hurtado 
de Mendoza, testigo presencial de lo ocurrido, dejara escapar de su pluma 
frases tan simpáticas á los vencidos, que, cierto, pudieran ponerle en ej 
número de sus exculpadores mas sinceros. 

Cobraba, á la sazón, imponderable brío en la poesía el género morisco, 
puesto de moda entre los cortesanos por las creaciones del Ariosto y del Tasso, 
y que juntaba en análogas aficiones á las diferentes clases de la sociedad, 
educadas todas en la Península con las leyendas mauro-crístianas de los ro- 
mances tradicionales; y como si esto fuera poco, una nueva literatura religio- 
sa patrocinada de buena fé por entusiastas, aunque irreflexivos prelados, 
alardeando erudición, disfrazando y mezclando doctrinas alcoránicas con apa- 
riencias devotas y evangélicas, se daba á ganar por el ingenio á la causa de los 
moros, una transacción de parte de los vencedores. ¡Qué mucho que el insig- 
ne manco de Lepanto, á quien graves heridas y cautividad larga é intolerable 
abonan su severidad con los mahometanos en el Diálogo de los Perros, apenado 
el corazón con el destierro de los moriscos, que no se atreve á censurar, se 
complaciese en representar con colorido patético é interesante las figuras de 
Ricote y de su hija! Tipos, ambos personajes, de una raza que debía des- 
aparecer de la Península á impulsos del acontecimiento que describe^ dejan 
vislumbrar al propio tiempo que^ á despecho de los pavorosos edictos de 22 
de Setiembre de 1609, de 10 de Julio de 1610^ de 26 de Octubre de 1615, 
de 18 de Diciembre del mismo año^ y de 4 de Enero de 1614; ello es que 
permanecieron en España multitud de moros y cristianos nuevoS;, oi'a en 
virtud de circunstancias análogas á las narradas por Cervantes como ocur- 
ridas en la casa del vire y de Barcelona^ ora merced á los innumerables me- 
dios que ha tenido siempre, para encubrir su existencia en nuestro suelo, 
todo linaje de perseguidos. 

Sin cstO;, debían quedar á tenor de los bandos, niños de corta edad pertene- 



108 DE LOS MORISCOS. 

cientes á la raza morisca, mujeres desposadas con cristianos vic^'os, y aquellos 
nuevos que hubiesen permanecido, durante los dos años inmediatamente an- 
teriores á los decretos de expulsión, fieles á las prácticas de la religión cristia- 
na y apartados de las aljamas y juntas dé los suyos^ capítulo^ que á la verdad, 
no pareció observarse muy religiosamente en vista del considerable número 
de expulsos que fueron martirizados en África. Ignoramos asimismo, si se 
cumplió escrupulosamente, aunque nos inclinamos á la afirmativa, el articu- 
lo V de lo ordenado en 22 de Setiembre de 1G09, en cuanto á que perma- 
necieran en cada lugar de cien casas, seis moriscos con las mujeres é hijos 
que tuviesen, con tal que estos no fueran casados, al propósito de que se 
conservasen las casas, ingenios de azúcar, cosechas de arroz y regadíos, y 
diesen noticia á los nuevos pobladores de la tierra, á condición siempre de 
que hubiesen dado las mejores muestras de fé inquebrantable; pero cualquie- 
ra que fuese el resultado de esta tolerancia, como de la particularidad de 
haberse levantado por el bando de 2G de Octubre de 1613, la prohibición 
que antes^tenian de pasar á otros reinos de S. M. C. fuera de España, no 
es dudoso que permanecieron algunos en la Península y á ella volvieron 
otros durante el siglo xvu, con tolerancia manifiesta de parte de la Inquisi- 
ción, y en número suficiente á llamar la atención de naturales y extranjeros. 
Acerca de este punto importantísimo es notable la inopia de datos al par 
que la contradicción de las opiniones sustentadas por escritores, en otros 
conceptos tan ilustres, como el autor de \a Historia déla Inquisición y don 
Modesto Lafuente. El primero en el capítulo XXXYIII de la obra menciona- 
da se expresa en estos términos; «La unión de la corona de Portugal con la 
española en la persona de Felipe lí. fué origen de que durante su vida y 
mucho más después de su muerte vinieran á dominar muchísimas familias 
portuguesas de origen judaico, con titulo de mercaderes, médicos y de pro- 
fesiones diferentes, de que resultó que celebrando autos de fé particulares y 
alguna vez, generales, apenas había herejes que sacar al público, sino judai- 
zantes portugueses, pues desaparecieron lus mahometanos casi totalmente 
con la expulsión de los moriscos y era corlisimo el número de los reforma- 
dos protestantes.» En cuanto al último historiador, hé aquí sus palabras 
textuales en el Libro III de la Parte III de su Historia general de España. 
«Los (moriscos) que en las poblaciones habían quedado en el concepto de 
buenos y fieles cristianos sufrieron todos los rigores del Santo O ficio, a 
cual eran frecuentemente denunciados, so pretexto de la más insignificante^ 
práctica muslímica, que á cualquiera le daba el antojo de atribuirle.» Mas s' 
invalida algún tanto esta afirmación la circunstancia de aparecer en corto 
número, en las relaciones de autos impresos con posterioridad á la expulsión 
de lo i moriscos, los relativos á mahometanos, en particular durante la 
época inmediata, siendo los más de ellos naturales de África, tunecinos, ar- 
geünos y marro(iuíes, que después de bautizados se mantenían apegados á 



DE LOS MORISCOS. 109 

las prácticas del Islamismo, consta por ctra parte, de documentos auténti- 
cos y fehacientes la permanencia en la Penmsula de considerable número de 
moriscos en los reinados de D. Felipe IV y D. Carlos II. 

Es el primero un informe elevado á S. M. el rey de España por la ciu- 
dad de Sevilla acerca de los moros que liabia en ella, por los años de 1G24 
á iG25. Refiérese este documento átres informaciones consecutivas hechas 
por la cmdad acerca de este asunto; la primera el año de 1G19 ante el asis- 
leute conde de Peñaranda; la segunda en 1020 ante el conde de la Fuente 
del Saúco; y la última en 1G23 ante D. Fernando Ramírez Fariña del Con- 
sejo y Cámara Real, por mandado de su Presidente, á consecuencia, dice 
el texto do dicho informe, de haberse reconocido «los daños grandes que 
resultaban de tan gran cantidad de moros de Berbería libres,» y cautivos 
mezclados con los moriscos del reino de Granada, resumiéndose los resul- 
tados de dichas informaciones á tenor de lo proveído por la Cámara de 
Castilla, en la que elevaba la ciudad en los términos siguientes: «Que es 
«grandísimo el número que ay en esta ciudad, de moros y moras por 
«averse venido de todas las, costas y lugares marítimos, donde por leyes de 
» estos reinos no pueden asistir, é como tienen armas cometen muchos de- 
«litos, é hacen muchos hurtos en quadrílla de día y de hoche, tratan y co- 
«munioan los moros de Berbería, con quien se corresponden y de quien el 
»dícho D. Fernando Ramírez Fariña cogió y halló en su poder muchas 
«cartas, y los moros y moras que ay cautivos no biuen en casa de sus 
samas, sí no andan ganando jornal tomando por ocasión esto, para que 
»no les puedan expeler y echar á su tierra y otros se rescatan no solo á 
»si mismos, pero á otros, haciendo bolsa pública para ello, y para este cfec- 
»lo y (sic) otros muchos moros de la costa, que los unos y los otros todos 
«andan juntos y binen en corrales de vecindad en su misma ley, guardando 
«su seta y haciendo sus ritos y ceremonias de ella como lo pudieran hacer 
«en Berbería, y llevan y hurtan de esta ciudad muchos niños, que envían á 
«tierra de moros, y que otras muchachas y muchachos, asimismo xplanos, 
«los llevan y acuestan consigo, y los procuran enseñar o instruir en la ley 
«mahometana. Y ninguno de los dichos moros y moras cautivos no biuen 
»en casa de sus amos, y andan en tal libertad, que quien jamás seaconber- 
«tido ni vuelto xpíano, y procuran que no se conbierfan á nuestra Santa 
«Fécathúiíca los otros esclavos que están en casa de sus amos, y lo que 
«mas es, que no dan lugar á que los que nacen de los moros esclavos se 
«críen entre xpíanos ni pueden alcanzar medio para ser baptizados; ya 
«que antes que paran los moros esclavos (sic), conciertan con sus amos el 
«rescate de lo que ha de nacer de manera que vienen á nacer libres y los 
«toman y crían los moros como si nacieren y se criasen en Berbería; cosa 
»de grandísimo dolor y lástima, pasar y hacerse lo tal en tierra de xpianos 
«con la misma libertad y publicidad que en la suya; demás de lo qual qui- 



MO DE LOS MORISCOS. 

stan la biuienda y sustento á la gente pobre y xitianos viejos, que de todas 
«partes- como á lugar tan grajide biencn á esta dudad, no piidiendo sus- 
» tentarse en su tierra; y no hallan ni tienen en que traunjar ni como sus- 
» tentarse por ser moros y moras la mas de la gente de trauajode esta ciu- 
"dad, y ellos son regatones públicos de frutas y verduras y otras hgum- 
»bres y mantenimientos, que compran y vuelven á vender y a menudo en 
•apuestos y por las calles^ con que demás de quitar la ganancia á los pobres 
«xpianos viejos se venden al doblo de lo que valen los géneros en que ellos 
«tratan: y por las aberiguaciones que hizo el dicho D. Fernando Ramírez 
«Fariña consta de las cartas que seles tomaron no solo que se comunican, 
«corresponden y tratan con los moros de Berueria, sino con todos los de la 
«costa de Berueria (1) y los robos y muertes que hacen con los xpianos y 
«xpianas; y las villas de Utrera, Villamartin y otras an venido a repre- 
«sentar a esta ciudad los grandes daños, que padecen con la abitacion de 
»7noros en aquellos lugares; como todo más largamente, mandará V. M. 
«ber por las dichas informaciones, y por parte de esta ciudad y cabildo de 
«jurados della se ha suplicado á Y. M. poner breve y eficaz remedio, como 
«lo pide la grandeza de la materia y el peligro conocido en que se está en 
«ella, con tanto riesgo de la ofensa de Dios Ñ. S. publicado y amonestado 
«por los predicadores en los pulpitos, etc. (2).» 

Claramente se colige por este informe: 1,° Que Sevilla contiiba entre sus 
moradores buen número .de mahometanos libres y cautivos, mezclados con 
moriscos del reino de Granada. 2." Que la licencia y desenfreno de estas 
gentes era causa de cuidados para la Real Cámara, el Cabildo de Sevilla, 
la villa de Utrera y Yillamartin. 3." Que se les aplicaban las leyes publica- 
das con anterioridad á la expulsión de los moriscos, en lo tocante á que no 
se acercasen á los puertos. 4." Que no era observada ni cumplida la prag- 
mática sobre el desarme de los moriscos. 5.° Que á semejanza de lo ocur- 
rido con los judios de Portugal, entraban en cautiverio algunos o se daban 
por cautivos para evitar la expulsión (o). G.° Que los mahometanos vivian 
en corrales de vecindad, guardando su secta con todos sus ritos y ceremo- 
nias, y ejerciendo proselilismo con los hijos de los cristianos. 7." Que usa- 
ban las industrias de regatones públicos de frutas, verduras y otros nian- 



(1) Probablemente Jos de las ciudades españolas eu África. 

(2) MS. de la Biblioteca Nacional, X, 20. 

(3) Dice á la letra: "Los moros y moras que ay cautibos no biven en casa de sus 
amos, sino que andan ganando jornal, tomando por ocasión esto para que no les piic- 
dau espeler y echar de su tierra; n mas como, supuesta la escasez de jornales á que se 
refiere el informe, nopiiede explicarse rectamente que el ganarlo los moros les libertase 
de la expulsión, se ha de entender que la frase ntomando por ocasión esto" se refiere á 
lo capital de la cláusula, á saber, el darse por cautivos, no viviendo en casa de sus 
amos. 



DE LOS MORlSCeS. lll 

lonimientos; y, 8." Que vivian, asimismo, en las posesiones españolas de la 
cosía de Berbería sectarios de su misma ley, con notables indicios de fre- 
cuente comunicación do los moros de la Península con aquellos muslimes y 
f'u general con los naturales y avecindados en los Estados berberiscos. 

Pero si la enunciación de estos hechos se presta á graves reflexiones, se 
acrece sobre manera su importancia al verlos en armonía con manifesta- 
ciones y sucesos sobre manera influyentes en la opinión y en las costum" 
bres públicas dentro y fuera de España. Tales fueron, á no dudarlo, el no 
interrumpido éxito de la poesía morisca, las últimas discusiones sobre los 
hallazgos del Sacro Monte y el estado y condición de los conversos en el 
vecino reino de Portugal; incorporado á la monarquía. 

Conservábase en la Península no amortiguada admiración por la cultura 
de aquellos vencidos, cuyos trabajos literarios fueron de eficaz estímulo á 
la empresa del Renacimiento en Europa, y aunque por ventura se hubiese 
perdido toda noticia cierta de la insigne escuela de traductores de arábigo, 
nacida bajo la protección de don Raymundo, segundo arzobispo de Toledo 
después de la reconquista, y en las cuales brillaron, al principio, el arce- 
diano Domingo González y el judío Juan de Sevilla, acudiendo á ellas á 
poco Pedro el Venerable, Roberto de Retes y Gerardo de Cremona, y más 
adelante, Miguel Scot^ y el alemán Herrmann (1), quien residió en la Penín- 
sula, reinando ya don Alfonso el Sabio; ni restasen por otra parte mnclios 
elementos de cultura arábiga, en la isla de Siciha dominada ala sazón i)or 
los españoles, con haberlos conservado muy copiosos bajo el reinado de ios 
Normandos y el imperio de los Ilohenstaufen, al punto de afirmar el Pe- 
trarca en sus Epístolas, á vueltas de alguna exageración dictada por sus 
aficiones latinas, que los autores árabes eran objeto de incesantes estudios 
y encomios por sus amigos y coetáneos (2); unidos los efectos de la con- 
templación de las obras de arte y de las costumbres poéticas y caballeres- 
cas de los moros granadinos con el asunto puesto de moda por las crea- 
ciones del Caballero Boyardo, de El Ariosto, y de El Tasso produjeron en 
la novela, en el romance y en el drama una hteratura popular é intere- 
santísima. 



(1) A los principios del reinado del conquistador de Sevilla, vivia Miguel Scoto eü 
Toledo, donde pone en 1217 la fecliade su traducción de Alpetrangi (Abu-1-Farag) y al 
decir de Rogerio Bacon dio á conocer en 12,30 las obras de Aristóteles cum exposito7'ihn'{ 
HapUntllmH y señaladamente con el comentario de Averroes. En cuanto á Herrmann 
traducía en 1256 las Glosas de la Retórica de Aristóteles, debidas á Alfarabi y el Trata- 
do de la Poética por Averroes. .De una indicación que se lee en su traslado al latin de 
Las Eticas de Aristóteles, aparece qiie fueron traducidas del arábigo en la capilla de 
la Santa Trinidad de Toledo, qiiedando tenninada la obra á 7 de Marzo de 125G. 

(2) Epístoloi ad familiares. Lib. XII, ept. 2. En el j)roemio de la misma obra se 
cita la autoridad de Dante en su tratado de Eloquio vulgari, donde afirnja qxie la 
poesía italiaua liabia nacido en Sicilia. 



112 DE LOS MORISCOS. 

Bajo las plumas de nuesíros poetaS; la historia áa las aventuras y guerras 
con los antiguos moros granadles^ rodeada de cierto aparato caballeresco y 
heroico, se renovaba y repetia en algún modo por los sucesos casi coetáneos 
<le la guerra de los moriscos, y durante las peripecias de las lides con los 
alarbes de Gelbes; frecuente asunto de la poesía en los siglos xvi y xvii. 
Fuese merecimiento justísimo del vencido ó hidalguía del vencedor^ es in- 
negable que aquellas gallardas historias de moros y cristianos, donde corrían 
parejas la nobleza y elevación de sentimientos de ambos pueblos enemigos, 
lograron tanto efeclo en el público español^ que estravió á no pocos auto- 
res^ convuliéndose al ñn, en una verdadera pesadilla de nuestra literatura, 
Asi lo muestra innumerabilidad de romances burlescos, escritos para ridicu- 
lizar esta mania^ sin que se m.inorara^ por tanto/ una afición que tenia 
raices muy profundas;, y acerca dn la cual^ expresa con cierto donaire uno 
atribuido al príncipe de nuestros poetas cordobeses^ contra cierto impugna- 
dor supuesto ó verdadero^ que rebajaba el interés de los asuntos moriscos. 

Como si fuera don Pedro 
Mas honrado que Abenamar, 

Y mejor dofia Maria 

Que la hermosa Celindaja; 

• 

Si es español don Rodrigo^ 
Español fué el fuerte Audalla, 

Y entienda el mísero pobre 
Que son blasones de España 
Ganados á fuego y sangre, 
No como él dice prestada^ 

Y que es honra de esta tierra 
Que haga sus fiestas y danzas, 
Con lo que un tiempo ganó 
Con espada^ dardo y lanza; 
JNí es culpa, si de los moros 
Los valientes hechos cantan, 
Pues tanto más resplandecen 
Nuestras célebres hazañas. 
Que el encarecer los hechos 
Del vencido en la batalla. 
Engrandece al vencedor, 
Aunque no hablen del palabra. 

Contribuyó no poco á semejante tolerancia con la gente morisca durante 
los tiempos que siguij?ron inmediatamente á la expulsión, el singular empeño 



DE LOS MORISCOS. i 13 

mostrado, á la sazón, por el arzobispo D. Pedro de Castro, quien trasladado 
á aquella sede, que rigió hasta su muerte^ acaecida en 1623 de la de 
Granada^ donde se habia mostrado patrono de los mencionados descubri- 
mientos fingidos del Sacro Monte (1)^ no se daba por vencido acerca de la 
autenticidad de aquellos documentos que esperaba ilustrar de buena fé 
con el concurso ya de conversos^ ya de cautivos árabes. 

Demás de esto^ su permanencia se explica por la facilidad que en los 
primeros momentos hallaron para establecerse en algunos dominios de Es- • 
paña, de donde no era difícil el regreso, y en el vecino reino de Portugal. 

Poco tiempo antes de que se dictara por los Reyes Católicos el decreto de 
expulsión de los mudejares de Castilla y Andalucía, habia ordenado el sobe- 
rano dé aquel reino, en 1497 la expulsión de los judios y moros libres, 
conminándoles con pena de muerte y pérdida de bienes en caso de des- 
obediencia, y obligándose el monarca á indemnizar á los dueños de las 
juderías y morenas, salvo si prefiriesen los expulsos permanecer reducidos 
á cautiverio y recibir el bautismo. 

Allanáronse á condiciones tan duras, queriendo mejor ser cautivos que 
abandonar los hogares patrios, no sin que lograsen del Rey la libertad, á 
trueco de que se obligasen á acudir en tiempo de necesidades del Estado 
con la quinta parte de sus bienes, proposición que les pareció tolerable 
y les alentó á solicitar del mismo Principe el que, en término de veinte 
años, después de su bautismo, no se pudiera inquirir contra ellos en mate- 
ria religiosa. Al ceñir la corona don Juan III, como advirtiese [que los 
cristianos nuevamente convertidos permanecían en sus errores, obtuvo de 
Paulo III en el año de 1536 una bula encaminada á promover los rigores 
del Santo Oficio. Con todo, obtuvieron los conversos cuatro grandes per- 
dones que les otorgaron los Pontífices Clemente VII en 1533, Paulo III en 
1549 y 1555, y Clemente VIII en 1604, y tres edictos de gracia publicados 
en su favor por el tribunal encargado de perseguirlos. Otorgóles don Se- 
bastian en 20 de Mayo de 1570 el salir libremente, vendiendo sus bienes 
muebles ó inmuebles, pero como se dieron á emigrar en número conside- 
rable, con enorme quiebra del comercio, hizo publicar por ley en 1577 
que ningún cristiano nuevo, de cualquier linaje que fuese, natural ó es- 
tranjero, saliese de sus estados por mar ni por tierra^ sin su beneplácito ó 
previa fianza, sometiéndolos á igual requisito para enagenar bienes raices, 
rentas, tiendas y juros. Prohibió Felipe II en 1589 que se estableciesen en 
Portugal los cristianos nuevos del reino de Granada, y aunque Felipe III 
otorgó en 1601 que pudiesen salir hbrementc los cristianos nuevos portu- 
gueses, revocó la concesión en 18 de Marzo de 1606, durando aquel estado 
excepcional al tiempo de la expulsión de los moriscos españoles, por cuyo 

(1) Godoy y Alcántara, Historia de los Falsos Cronicones, cap. III. 
TOMO XIX . 8 



114 DE LOS MORISCOS. 

citado bando de 1613 se les permitía el establecerse en dicho país, como 
también en otros estados del rey católico, orden de cosas que permaneció 
hasta 1." de Diciembre de 1629 en que D. Felipe IV concedió á los cris- 
tianos nuevos establecidos en Portugal que pudieran salir libremente de 
aquel reino y tornar á él según su voluntad, disponiendo como quisiesen 
de sus bienes; franquicias otorgadas por el soberano, mediante un servicio 
de trescientos mil ducados, ofrecidos para socorro de Flandes por la com- 
pañía de cristianos nuevos de Lisboa. 

Así quedaron las cosas en Portugal antes de su independencia^ y así du- 
raban poco más ó menos en España bajo los reinados de Felipe IV y Car- 
los II, fuera de algunos casos extraordinarios, en que alguno que otro acto 
de rigor de parte de los Inquisidores contra individuos de la grey maho- 
metana (1), recordaban que no se hallaban abrogados los decretos, promul- 
gados con tanta violencia á principios de aquel siglo. 

(Se continuará), 

Francisco Fernandez González. 



(1) En el auto celebrado en Granada el año de 1672, entre noventa penitenciados, 
los más conversos judaizantes, sólo parece que lo fueron tres por prácticas mahometa- 
nas, dos berberiscos bautizados y ¡un tal Diego Rodríguez de Santiago, natural de 
Castro de Lara, en Galicia, quien teniendo á la sazón sesenta años de edad ñu' recon- 
ciliado en forma, y condenado á cinco años de galeras. 



AL REY DE ESPAM AMADEO I. 



ODA. 



¡Principe augusto! si mi voz se atreve 
á unir el sentimiento de mi gozo 
al aplauso ferviente, al alborozo 
del sano pueblo y de la bonrada plebe, 
no temáis que yo queme en los altares 
de la lisonja, incienso: 
ni vos sois de esos príncipes vulgares 
ni yo á la baja adulación propenso. 
Ante el nuevo monarca de Castilla 
no necesita la adhesión sencilla 
para mostrar su afecto reverente 
ni deshonrarse, ni humillar la frente, 
ni doblar la rodilla. 

Siento que me acobarda la grandeza 
del arduo asunto: para mi ya extraños 
son los senderos que á tan rara alteza 
pueden llevar al vate, y mi cabeza 
se cubre con la nieve de los años. 
Mds no puedo callar: del centro estrecho 
de la duda mi espíritu se lanza 
á los espacios de la fé, y el pecho 
siento latir de gozo y esperanza. 
Proféticos murmullos, que traídos 
por las auras, alegran mis oídos, 
pueblan el aire puro 



il(; AL REY DE ESPAÑA AMADEO I. 

y del tiempo futuro 

me revelan arcanos escondidos. 

Tras noclie de dolor, luces derrama 

serena aurora de risueño dia, 

y á la voz de ese pueblo que os aclama 

siento romperse el hielo que envolvía 

de mi cansada inspiración la llama ; 

y arrebatado en las alas del deseo, 

rasgando nieblas y allanando montes, 

en torno de mi patria abrirse veo 

alegres horizontes. 

El vicio encadenado, 

vencida la ambición, muerto el perjurio, 

será vuestro reinado 

sobre incruentos triunfos levantado 

de era de larga paz dichoso augurio. 

Desde el supremo dia 
en que, con más indignación que sana, 
del trono de Pelayo lanzó España 
de Borbon la imposible dinastía, 
en medio á sus enojos 
.la siempre amada Italia, de sus ojos 
las ardientes miradas atraia. 
¿Novéis en esto del Señor la mano, 
y el cumplimiento de sus santas leyes? 
¿Por qué razón el pueblo castellano, 
que rechazaba ayer á tantos reyes, 
sólo amor tiene para el Rey hermano? 
El que los hombres entre sí conciba 
y en cadenas de amor al orbe abraza; 
el que estrecha los lazos de familia; 
el que forma los vínculos de raza, 
lo quiere así: su santa Providencia 
lo ha escrito en el fecundo 
libro de la experiencia. 

Cuando ancho asiento en las edades toma 
la era más grande que recuerda el mundo 
y en que la humanidad se llama Roma, 
á sus mismos señores 
la Bética feliz dá emperadores. 
Y los dos pueblos desde entonces juntos 
acaban hechos de la historia espanto. 



AL REY DE ESPAÑA AMADEO I. 117 

y aun hoy resuenan, de la fama asuntos,* 

los nombres de Pavía y de Lepanto. 

En revesas lo mismo que en victorias 

nuestra sangre y la vuestra van unidas 

alimentando nuestras dos historias 

en una misma historia confundidas. 

Asi corren hirvientes 

dos rápidas corrientes 

de fundido metal que en un momento 

han de formar en cóncavos ardientes 

colosal y durable monumento. 

Y el bronce no resiste 

del tiempo destructor á la cont-tancia, 

ni de las armas al progreso triste, 

ni á la mano brutal de la ignorancia; 

pero el santo recuerdo consagrado 

por cien generaciones 

y en el amor fundado, 

no puede perecer, que está encerrado 

y alienta en nuestros propios corazones. 

Un dia, nuestras huestes poderosas, 
ya el moro á sus desiertos repelido, 
hacia un mundo se lanzan, escondido 
del mar entre las brmiias vaporosas. 
Ávidas de acabar altas empresas; 
atravesando por ignotos mares, 
y reduciendo naves á pavesas, 
y derribando bárbaros altares, 
ahuyentaron sus ídolos inmundos 
y enaltecieron en región extra fia 
con los pendones de la noble España 
la redentora cVuz que unió dos numdos. 
¿Quién reveló á la atónita mirada 
del viejo continente 
la tierra tantos siglos ignorada, 
y las puertas abrió del Occidente? 
El genovés Colon. — Vagó primero 
por otros reinos demandando ayuda 
con inútil afán: era extranjero, 
y donde no la befa, halló la duda; 
pero al pisar nuestra dichosa orilla 
venció al error, encadenó al sarcasmo, 



118 AL REY DE ESPAÑA AMADEO I. 

y coiíiprendido fué: no es maravilla. 
La lengua nos habló del entusiasmo, 
que es la lengua de Italia y de Castilla. 

En la moderna edad, en tiempo breve 
que mil hechos magniíicos abarca, 
se despierta la Italia y se conmueve 
á la potente voz de un gran monarca. 
Luchó por su derecho y su justicia; 
por su gloriosa cuna, 
y España sonrió mientras propicia 
ayudó á vuestro esfuerzo la fortuna. 
«¡Sus!» gritaba este pueblo, palpitante, 
cuando el fragor del bronce fulminante 
asordaba á la Italia conmovida. 
Ha llegado el instante 
de recobrar la libertad perdida, 
¡Sus! y que ayude á tu valor el cielo: 
abran tus armas anchuroso espacio 
donde pueda tender el libre vuelo 
el águila del Lacio. 
Ansiando para tí mejor deslino 
juega tu rey su solio 
de la guerra entre el fiero torbellino. 
Busca ó abre el camino 
que debe conducirte al Capitolio. 
Y cuando, en fin, la estrella refulgente 
de vuestro padre, vencedora asoma . 
la acompaña impaciente 
hasta las puertas de la misma Roma. 

Siempre aparece, siempre, la influencia 
bajo una ú otra forma, de aquel lazo 
con que nos acercó, la Omnipotencia: 
cuando no son las armas es la ciencia; 
hoy es el corazón si ayer el brazo. 

¿Cómo no han de esforzar sus afecciones 
dos hidalgas naciones 
que por leyes idénticas se rigen; 
y cómo no han de ser buenos hermanos? 
¿Cómo dos pueblos de tan propio origen 
no han de estrecharse con amor las manos? 
De luz los bañas en la templada zona 
el mismo sol: isrual fecundo suelo 



AL PEY DE ESPAÑA AMADEO I. 110 

y el mismo alegre cielo 

les dio el que ciñe la mejor corona. 

Sus valles y montañas, de riqueza 

son veneros opimos: 

en ambos la feraz naturaleza 

haciendo ostentación de su grandeza, 

se desborda en espigas y racimos.! 

La vista en ambos con placer se pierde 

contemplando en risueña perspectiva 

campos, do el limonero siempre verde 

crece al par de la nunca seca oliva. 

Hijos son, y heredaron la pujanza 
de una madre común: tal vez por esu 
llevamos de esta rara semejanza 
en rostro y corazón el sello impreso. 
Y vos, Señor, el lazo venerando 
sois, que á mejor fortuna nos destina 
de nuestra varonil raza latina 
el generoso influjo renovando. 
El pueblo que se alzó fiero y sañudo, 
el que arrancó sediento de justicia 
las lises de Borbon de nuestro escudo, 
esperanzas sin término acaricia. 
La tradición de las discordias rota, 
bendecirá la mano que restaña 
la sangre que aun hoy brota 
de las heridas de la her^posa España. 
¿Verá por su monarca justiciero 
reavivada la paz y el odio extinto? 
Así del pueblo entero 
lo ha comprendido el generoso inslinlo. 

Partícipe también, y compañera 
en la alta empresa que tenéis por norte, 
será, no hay que dudarlo, la primera 
vuestra gentil consorte. 
Bello adorno y ejemplo 
será de vuestra corte, 
y digna de su fama y su linaje 
lo ([ue hasta aquí fué alcázar liará teiiqílo 
donde al honor se rendirá homenaje. 

Antonio García Gutiérrez. 



REVISTA POLÍTICA. 



INTERIOR 



En los momentos en que escribimos estas líneas se están verificando las 
elecciones generales. Por primera vez desde 1810 liasta acá presencia el país 
el espectáculo grandioso de unas elecciones en que todas las ideas, todas las 
escuelas, todos los intereses pueden tener legítima representación. 

Por mucho que se declame contra el orden político creado por la revolu- 
ción, por despiadadas que sean las inculpaciones que se dirijan á los partidos 
que llevaron á cabo el alzamiento de Setiembre, por abultados que se pre- 
senten los errores cometidos por los gobernantes, la historia hará justicia 
á una revolución que permite el ejercicio de todos los derechos de que 
puede disfrutar un pueblo libre; y cuando suene la hora de las grandes impar- 
cialidades; cuando la obra sejuzgfteen su conjunto; cuando amortiguadas 
las pasiones, frios los odios y marchitas las esperanzas de conseguir nuevos 
trastornos sociales, se compare este período de transformación con las revo- 
luciones más ó menos radicales por que han atravesado los pueblos que no 
han sido indiferentes al desarrollo de la civilización moderna, quedarán des- 
virtuadas de un modo irrebatible las censuras, acriminaciones y diatribas 
con que los partidos extremos combaten las instituciones vigentes. 

No disfruta ciertamente la nación española del bienestar á que deben as- 
pirar los pueblos que viven dentro de un régimen político, fortalecido por la 
aquiescencia de todas las clases sociales durante sucesivas generaciones. El 
ímpetu ciego de absolutistas, moderados y republicanos prepara nuevas 
batallas y enseña por medios de que no cabe dudar, hasta dónde llegarán 
en su despecho, convencidos de que es sueño irrealizable el pensamiento de 
destrucción que al parecer los une, y de que por la voluntad del pueblo no ha 
de llegarse jamás á la destitución constitucional de la dinastía. 

Este lema, levantado cual enseña guerrera al frente de la coalición elec- 
toral, no prepara en verdad una solución que pueda poner á salvo los inte- 



INTERIOR. 121 

reses sociales, si llegaran á destruirse las instituciones fundadas por la 
Asamblea Constituyente. 

Desearíamos encontrar un procedimiento que pusiera al alcance de todo 
el mundo la sinceridad de nuestras convicciones; que mostrara cuan lejos 
estíl nuestro espíritu de dejarse influir por los intereses de partido, por las 
simpatías personales, por ninguna otra mira ni consideración, en fin, que 
librar al país en que hemos nacido, de los trastornos y perturbaciones por 
que tendría que atravesar necesariamente, si se destruyera el actual orden 
legal, antes de encontrar una forma de Gobierno suficiente para garantir el 
orden en el estado en- que se encuentran las naciones occidentales de Europa. 

Figúrese el lector por un momento; consideren los hombres juiciosos cuál 
seria la situación de España el dia después de proclamar la jiueva Asamblea 
la destitución constitticional déla dinastía. Dejemos- aparte, como punto 
discutible, el derecho con que una' Asamblea no constituyente estarla en 
actitud de deshacer 'la forma de Gobierno que, como expresión manifiesta 
de la voluntad nacional, existe hoy. Settemos en hipótesis que al abrirse el 
nuevo Congreso, una mayoría accidental cotnpuesta de carlistas, alfonsinos, 
republicanos federales, republicanos unitarios j montpensieristas impeniten- 
tes, declaran por medio de una proposición que el monarca legítimo de Espa- 
ña Amadeo I ha dejado de remar. Admitamos en hipótesis también que el 
soberano, dándole á esta determinación de la Asamblea una fuerza legal, que 
en realidad no tiene, se ausenta de esta tierra ingrata, para volver á 
su país natal á ser recibido entre 'aclamaciones unánimes por lin pueblo 
que consideró como prenda de unión, como defensa de la idea liberal, 
como sosten de la influencia de la raza latina en la política europea, la 
exaltación al trono de España de un príncijie educado en la escuela consti- 
tucional, cuyas no comunes dotes le hablan granjeado el afecto de la nación 
en que habia nacido. 

¿Cuál seria el Gobierno, preguntamos nosotros á las oposiciones, que 
regirla los destinos del país hasta tanto que se constituyese en definitiva 
el nuevo organismo social] ¿Aceptan los tradicionalistas, aceptan los que 
creen que sólo en la dinastía de D.'' Isabel II existe la legitimidad, el 
plebiscito que establecen como fundamento de doctrina los partidarios de 
la forma republicana] iPuede compaginarse el derecho absoluto de la tradi 
clon, el derecho de la legitimidad con la soberanía del pueblo] 

La historia enseña por cierto con argumentos muy recientes que estas es- 
cuelas, mejor dicho^ que estos partidos, encomiendan siempre el planteamien- 
to de sus principios á la fuerza armada, sin que pueda evocarse el recuerdo 
de que una vez hayan subido al poder pacífica y legalmente; deque se 
hayan conservado en él por otros ardides que extirpando con el hierro y 
el fuego á sus adversarios. Una desgracia inconcebible ha puesto al frente de 
la nación vecina el Gobierno provisional que preside por abnegación y pa- 
triotismo Mr. Thiers. Impotente para resistir por más tiempo la invasión del 
pueblo alemán, Francia se ve en el triste trance de firmar una paz que 
desmiente la grandeza y poderío, que en el concepto general disfrutaba, y en 
estos momentos terribles inspiran ya más temor que los ejércitos vencedores 



122 REVISTA POLÍTICA 

las huestes demagógicas, no tan heroicas para combatir al enemigo común 
como dispuestos á encender una guerra bárbara en el seno de la patria. 

Se necesita en verdad estar ciegos por la pasión para no aterrarse ante el 
porvenir que á la nación española espera, si ha de presenciar la lucha 
que entablarían los tres partidos coaligados que forman hoy la oposición di- 
nástica, antes de que cualquiera de ellos pudiera sobreponerse á los otros 
dos, antes de que fuese posible establecer, aun momentáneamente, con- 
cordia ni armonía entre ellos. 

No se nos oculta ni hemos de negar que figuran entre los partidarios 
de D. Carlos personas que creen de buena fé que al subir al trono el que con- 
sideran rey legítimo de los españoles, le seria fácil establecer un sistema 
de gobierno moral y justo en el cual se reñejarian las virtudes cristianas del 
Evangelio, tan fielmente, que los pueblos agradecidos vendrían en su apoyo 
arrastrados por un interés común. Estos espíritus mas crédulos que ilustra- 
dos, en los que ejerce una influencia política decisiva el consejero espiritual, 
con harta frecuencia reflejo de las pasiones de los partidos, se dejan arras- 
trar por ilusiones engañosas que desmintirian bien pronto terribles y san- 
grientas catástrofes. 

No desconocemos tampoco que el espectáculo nada edificante que ha 
dado en algunos pueblos de provincia el uso indiscreto y en no pocas oca- 
siones criminal, hecho de las libertades por la Kevolucion conquistadas, 
ha impulsado á familias enteras, á clases numerosas, contra el estado social 
presente, ansiosas de volver al género de vida que hacían sus mayores, como 
si fuese posible resucitar tiempos que pasaron, pues tanto cuesta desarraigar 
en un país preocupaciones inveteradas que han merecido el asentimiento de 
muchas generaciones. 

iVquel partido, á la vez político y religioso, conserva un carácter de exa- 
geración tal, que ha declarado guerra á cuantos elementos no se amoldaban á 
sus preocupaciones ó no aparecían dispuestos á satisfacer las pasiones de sus 
adictos, contándose entre los excluidos personas pertenecientes á todas las 
categorías sociales, desde el simple ciudadano hasta el Rey, desde el cura de 
la aldea más humilde hasta el mismo Soberano Pontífice. Este partido, utili 
zando para sus fines políticos y mundanos los grandes resortes con que cuen- 
ta, ha puesto constantemente en ejercicio elementos creados para fines muy 
distintos por la voluntad divina. 

Las individualidades que en él han adquirido más renombre, que han al- 
canzado más número de prosélitos, jamás titubearon con tal de extender las 
ramificaciones de su influencia, con tal de aumentar los resortes* de su poderío, 
en premiar caracteres que inspiran repugnancia , en cubrir con el velo de un 
perdón anticipado actos que reprueba la moral menos intransigente, en favo- 
recer, si preciso fuera, la preponderancia social de seres desgraciados cuy(j 
organismo los habia llevado á ser una excepción deshonrosa de la especie 
humana. 

En la cátedra del Espíritu Santo, en el Tribunal de la penitencia , en la 
cámara de los Reyes , en los palacios de los favoritos, en el hogar doméstico, 
en el interior de la familia , en el lecho del moribundo , allí aparece ostensi- 



INTERIOR. 123 

blemente la influencia del partido, ó late oculta sin que por eso sus medios 
de acción sean menos eficaces. 

El amor de madre, los vínculos indisolubles del matrimonio, las afec- 
ciones ilícitas que la pasión levanta, las ilusiones puras de la niñez, los 
respetos que el cariño filial imponen, los celos, la superstición en que 
incurren las naturalezas místicas, la avaricia, la envidia, la petulancia, ins- 
trumentos son que se ponen en juego siempre con un mismo plan, siempre 
con un mismo fin , siempre con idéntico propósito. 

Por eso es muy común ver convertidos inconscientemente en defensores 
de una. causa política, cuya trascendencia desconocen, de cuyas tristes con- 
secuencias , si triunfara algún dia , no tienen la menor ideai personas de 
ambos sexos, que no han salido jamás del círculo de acción en que se agitan, 
y resuelven intereses y pasiones de un carácter privado y doméstico. 

Éstos elementos recolectados por manos hábiles en todas las clases que 
deploran los males presentes han entrado ciegos en un partido, del cual sal- 
drían horrorizados, estamos seguros de ello , el dia después de la victoria. 

Seducen á estas entidades dotadas de una candidez respetable las palabras 
legitimidad, derecho tradicional, partido católico, defensor de la religión de 
nuestros mayores y encarnación viva del antiguo espíritu nacional ; y arras 
trados por su encanto y seducidos, sobretodo, por consejeros expertos, han 
llegado á formar una alianza ofensiva y defensiva con los enemigos más 
encarnizados de cuanto ellas intentan defender, de cuanto se proponen re- 
presentar. 

Verdad es que si estos partidos formados por naturalezas fanáticas apa- 
recen completamente contrarios en principios y doctrinas, la inteligencia 
menos perspicaz , al analizarlos, descubre en ellos con facilidad grandes 
puntos de contacto. 

Participan ambos de los mismos errores económicos, se dejan influir por 
pasiones análogas , adulan del mismo modo á la plebe inflamable, usan como 
medio de convencimiento argumentos de igual índole, persiguen, des- 
ti erran, aprisionan y Uevan por idéntico sistema de enjuiciamiento á sus 
adversarios á la horca ó á la guillotina : teñida está en sangre roja la bandera 
en que aparecen escritas las sublimes palabras Igualdad, Libertad y Fra- 
ternidad, y el mundo recordará eternamente con horror el número fabuloso 
de seres humanos que han muerto en los calabozos, que han perecido en las 
mazmorras, que han sufrido horribles dolores en el tormento, que han sido, 
en fin, quemados en las hogueras en nombre de una religión de paz, de cari- 
dad y de mansedumbre. 

La doctrina evangélica que divulgaron por el mundo contra la voluntad 
de poderosos imperios, sencillos y humildes pescadores, necesitaba después 
para'su sostenimiento, al decir de estos flamantes apóstoles, reyes absolutos que 
la proclamaran, ejércitos vigorosos que la defendieran, tribunales especiales 
constituidos en su guarda con procedimientos jurídicos, hasta entonces des- 
conocidos, de cuya barbarie no presenta ejemplo la historia de ningún 
pueblo. 

Aquellas exageraciones levantaron pronto otras de índole menos dis- 



124 REVISTA POLÍTICA 

culpable. La exaltación religiosa armada, tuvo luego enfrente las heregías 
armadas también, tomando parte en el combate Juan de Huss, Juan de Ley- 
den, Tomás Munzer y demás dogmatizadores que proclamaban un nuevo cre- 
do religioso y reformas políticas de un carácter muy semejante á las que 
propalan hoy los modernos socialistas. 

Los restos de semejante estado social, la influencia que aún ejerce entre 
nosotros, los vicios que lia infiltrado en la organización de los poderes pú- 
blicos, hacen más difícil en un país con semejantes tradiciones, la aclimata- 
ción del Gobierno representativo y de la Libertad moderna. 

Para destruir esta libertad, van en estos momentos unidos y compactos 
á depositar en la urna el boletín que la niega, ortodoxos y heresiarcas, ab- 
solutistas y republicanos, los defensores de los errores de ayer y los sostene- 
dores de las locuras de mañana. Los eternos enemigos se han dado un ósculo 
de paz, las pasiones han sido más fuertes que los principios, los intereses más 
pujantes que las ideas, los odios más vivos que las máximas de las respectivas 
iglesias. 

El canónigo Manterola y el tribuno Castelar, el defensor apasionado del 
Dios del poder y el admirador fervoroso del Dios de la misericordia, el entu- 
siasta de San Vicente Ferrer y el enemigo implacable de las tinieblas de la 
Edad Media, marchan al frente de sus respectivas huestes, entran amigos y 
compañeros en la lucha; las damas más distinguidas y las mujeres del bajo 
pueblo los incitan con la misma pasión al combate; los salones y los clubs se 
han dado la mano; Mad. Lamballe y la cortesana Mirecourt, se estrechan eu 
púdico, noble y generoso abrazo; la Saint Bartelemy, las hogueras inquisito- 
riales, las dragonadas, los voluntarios realistas, las purificaciones, los asesina- 
tos jurídicos de 1814 y 1824 en España, han hecho alianza con los asesinatos 
de Setiembre en Francia, con la guillotina, con los rojos de 1848, con los 
reformadores de Marsella, de Lyon y Belleville, con los republicanos fedc- 
i-ales de Jerez y de Paterna. 

La historia de la humanidad registra asombrosas armonías. 

Detrás de estos elementos, y en segunda línea, con menos reahdad de 
fuerzas que apariencias de importancia, aparece el antiguo partido moderado 
del que antes de la revolución se hablan ido ya apartando muchos de sus 
hombres notables, convencidos de cuan imposible era hacerle aceptar las 
ideas modernas que se hablan abierto camino en el mundo civilizado. 

En vano alguna de sus individualidades hacia heroicos esfuerzos para 
que siguiera una marcha progresiva semejante á la que hablan adoptado 
el partido tory en Inglaterra, los amigos de Cavour en Italia, y los conserva- 
dores liberales en Francia. El propósito fué ineficaz. Las influencias teo- 
cráticas, los elementos políticos que reconocieron á la reina Isabel en el Con- 
venio de Vergara, y personalidades excépticas, dispuestas lo mismo á ca- 
larse el gorro frigio que á adular á los poderes absolutos con tal de reali- 
zar sus sueños de ambición ó de buscar un modus vivendi, se hablan apode- 
rado por completo del gobierno del Estado. 

La adulación jialaciega, y lazos de otra índole cegaron por completo á 
la persona augusta que ocupaba el Tron<i, por tal manera que, cuando habia 



INTERIOR. 125 

llegado á ser un poder aislado, sin ramificaciones en el país, condenado por 
la opinión pública, se creia aún soberana absoluta, sorprendiéndole, cual 
inesperada desgracia, la revohicion que puso fin á su reinado. 

Cayó la monarquía de Doña Isabel II porque liabia renegado de su origen y 
antecedentes; porque liabia mirado con sistemático menosprecio las formas más 
esenciales del sistema representativo; porque se habia divorciado poco á poco 
de todos los partidos; porqiie sus consejeros responsables hablan becho osten- 
siblemente añicos la Constitución del Estado, buscando apoyo moral en lo 
que llamaban por servil adulación la constitución interna del |)aw, es decir, 
las instituciones á que antes nos hemos referido, que la nación ilustrada con- 
sideraba justamente como el lecho de Procusto de su antiguo poderío y per- 
dida grandeza. 

Esa constitución interna, resucitada por hombres de origen revoluciona- 
rio, era el último sarcasmo que podia arrojarse ala frente de un pueblo opri- 
mido. Proclamar esa constitución interna equivalía á decir en pleno si- 
glo XIX que el Tribunal de la Fé era una institución respetable; la per- 
secución de los judíos acto digno de alabanza; la expulsión de los mo- 
riscos una medida benéfica, moral y económicamente considerada; la in- 
vasión de la sociedad religiosa en la sociedad civil, contra lo cual hablan cha- 
mado tanto las Cortes españolas y el Consejo de Castilla, fuente de fortuna; 
(lue en los favoritos con el Rey residirían de nuevo los poderes ejecutivo, 
legislativo y judicial; que todo género de persecuciones serian lícitas, y que 
ningún ciudadano español podia escribir sobre historia, sobre filosofía, so- 
bre política, sobre ciencias sin permiso del diocesano. Jamás, como enton- 
ces, fué reflejo fiel de la libertad intelectual que se concedía á los españoles 
el célebre monólogo que coloca Beaumarchais en boca de Fígaro. 

La monarquía se derrocó por culpa de los que hoy lloran ineficazmente su 
caida. Ellos la precipitaron con sus adulaciones; ellos la abandonaron en el día 
de la lucha; ellos la habían desacreditado, cuando todavía tenia fuerza, vigor 
y lozanía para salvarse. 

¿Quién no recuerda hoy, cuando tanto la echan de menos, cuando tanto la 
lloran, cuando con éxtasis amorosos evocan su recuerdo, cuando ostentan 
prendas de lujo como símbolo de fidelidad religiosa á su memoria, los jui- 
cios acerbos, las sátiras picantes, las quejas públicas que proferían, los planes 
de conspiración antidinástica en que entraron cuando los alejaban del 
poder las intrigas palaciegas ó la preponderancia voluble de los afectos 
privados, esos mismos que hoy se manifiestan tan entusiastas y leales defen- 
sores] 

Para los que como nosotros no han conspirado nunca; para los que como 
nosotros han aceptado la revolución, después de llevada á cabo como una ne- 
cesidad inevitable; para los que como nosotros sólo han pensado en contri- 
buir por cuantos medios estuviesen á su alcance á que las instituciones repre- 
sentativas y la monarquía se salvasen del naufragio, convencidos de que re- 
presentan la civilización de nuestro país y su honra á los ojos de Europa, ¡qué 
espectáculo tan curioso no ofrecen esos courtissans de malhetir, que ayer, como 
quien dice, nos llamaban fríos, tímidos y mogigatos porque no queríamos se- 



126 REVISTA POLÍTICA 

guir la desesperada política á que su despecho, su ambición y sus iras los arras- 
traban! 

Los partidos mismos que con más ardor combaten las soluciones legales vi- 
gentes, el organismo político que ha creado la Asamblea Constituyente, se apar- 
tan de estos elementos porque conocen su impotencia, y rechazan su concurso 
en la mayor parte de los distritos electorales, admitiéndolo tan sólo en alguna 
que otra localidad extraviada, en que por la importancia exclusivamente per- 
sonal de un hombre ilustre ó de una familia respetable, por el agradecimiento 
de favores pasados, pueden prestarle alguna ayuda. Nadie ignora que, cual- 
quiera que sea el resultado de la lucha que está verificándose en estos 
momentos, los partidarios de la monarquía derrocada serán los que tengan 
representación más escasa en el futuro Parlamento. 

Si no queremos implantar de nuevo las instituciones, si así pueden lla- 
marse, que trajeron á la nación española á la triste y vergonzosa situación en 
que estaba al morir Carlos el Hechizado; si no queremos que se levanten otra 
vez entre nosotros cual figuras respetables los Froilan Diaz, los Nithard, los 
Calomardes y Clarets; si no queremos que vuelva á comenzar el imperio, ya 
público, ya secreto de los favoritos; si no queremos ver en nuestro país el 
triunfo, no de una democracia territorial y conservadora como la de los Es- 
tados Unidos de América:4gino de una democracia utópica que aborta cons- 
tantemente de su seno, por desgracia de ella misma, todas las malas pasiones 
que caben en el corazón humano, preciso es que se unan los hombres 'de 
buena fé, los que sientan latir en su corazón verdadero patriotismo, cuantos 
abriguen simpatías por el espíritu del siglo en que han nacido, para salvar la 
monarquía constitucional de los rudos embates de sus sistemáticos adversarios. 
Pero la humanidad no realiza las más grandes empresas, como el sabio 
descubre las verdades de la ciencia en el tranquilo retiro de su laboratorio; 
la humanidad no se despoja nunca ni aún en esos sublimes esfuerzos que 
para honra suya registra la historia, de sus pasiones, de sus intereses, de 
sus susceptibilidades, y esto han de tenerlo muy presente los Gobiernos si 
no quieren encontrarse aislados y sin fuerzas para realizar aun aquello 
mismo que todo el mundo considera como lo más ventajoso para los inte- 
reses colectivos de la patria. 

El Gobierno de la Asamblea Constituyente incurrió en sU último periodo 
en el error funesto de confundir la alta misio» de dotar á un pueblo de 
instituciones permanentes con la mezquina empresa de halagar la dominación 
de un partido; y sin un grande esfuerzo de patriotismo y abnegación por parte 
de los que horas antes consideraba como adversarios, su influjo hubiera 
sido ineficaz para "constituir la monarquía, y la revolución española habría 
terminado encadenando la libertad que tanto deseó bajo los pies de un dés- 
pota, como han terminado tantas revoluciones infecundas en América y en 
Francia. 

Pero si de aquel riesgo nos salvamos, seria necesario estar dotado de 
Una hipocresía que no cabe en nuestro ánimo para no vislumbrar ya clara- 
mente que iguales, si no más exagerados jpeligros, se levantan hoy. Tengan 
presente los jefes de los partidos que si por una intransigencia indisculpable, 



EXTERIOR. 127 

las instituciones á tanto precio alcanzadas se destruyeran, asfixiados por la 
densa atmósfera de un círculo estrecho á donde no penetrasen los aires puros 
de la patria común, no se perderían las ideas políticas que forman la dife- 
rencia accidental de los partidos, que constituyen los detalles más perfectos 
de los sistemas, que son el perfil más correcto de la obra, sino que el edificio 
se desplomarla, cogiendo debajo á todos los que no hablamos podido sos- 
tenerlo, para vergüenza eterna y ludibrio perpetuo ante el mundo civilizado, 
que habia llegado á creernos capaces de formar parte de los pueblos, que 
encuentran fuerzas en sí mismos para regenerarse. 

J. L, Albaeeda. 



EXTERIOR. 



Los preliminares de la paz estipulados por Mr. Tliiers y el Conde de Bismark, han 
sido aprobados en la Asamblea francesa por la grandísima mayoría de 546 votos contra 
107. Francia cede á la Alemania toda la Alsacia menos Belfort, y una gran parte de la 
Lorena, en que están comprendidos Metzy Thionville. Se compromete á jiagar cinco 
rail millones de francos de indemnización, de los cuales mil lian de ser entregados en 
el presente año y el resto en un período de tres. Si dejara de pagarse algún i^lazo á 
su vencimiento, se aumentarán intereses á razón de cinco por ciento al año á contar 
desde la fecha de la ratificación del tratado. .Las tropas alemanas seguirán ocupando 
los deiiartamentos de que se lian apoderado durante la guerra, evacuándolos á propor- 
ción que sean satisfecbas las cantidades en que la indemnización de gastos de guerra 
se ha fijado. Además se ha comprendido entre los preliminares para la paz, la entra- 
da de los prusianos en París. 

De esta manera, han sido satisfechas todas las aspiraciones que la ambición alema- 
na ha tenido durante las hostilidades. No hay una sola de las cosas pedidas por los 
periódicos, por las sociedades políticas y por las corporaciones populares de Alema- 
nia, que no haya sido conseguida por el Conde de Bismark: cesión de dos grandes, ricas 
é industriosas provincias que formaban parte de la Francia desde hace dos siglos, y 
que no quieren dejar de ser francesas; contribución de gtierra que se eleva á una cifra 
jamás oida en la historia económica de Eurojia; ocupación militar por un largo período 
de tiempo; entrada triunfal en París, veríficada, no como un acto de guerra, sino como 
el cumplimiento de un tratado de paz, es decir, como una. humillación innecesaria im- 
puesta por los vencedores á los vencidos. 

Antes de salir Mr. Thiers de Burdeos para París y Versalles, afirmaba en la Asam» 
blea nacional, que la paz no seria, aceptada sino siendo honrosa. Pero ¿qué más le han 
pedido pedir? ¿qué más ha podido dar? Verdad es que la contribución de guerra no ha 
subido á diez mil millones de francos; que la Francia no ha cedido á Pondichery ni una 
parte de su escuadra; pero en lo relativo á la cuestión de honra lo mismo importan 
cinco mil millones de francos que doble cantidad; y el ceder á Strasburgo y á Metz, 
no paede considerarse menos triste que entregar á Pondichery. Sin embargo, la crí- 
tica no encuentra fuerzas para censurar la conducta de Mr. Thiers, porque no se ve 
qué otra cosa hubiera podido hacer. La Francia se halla en imposibilidad absoluta de 
negar nada de lo que exijan süa vencedores; y la Alemania, ebria de alegría y de or- 



128 REVISTA POLÍTICA 

jíuUo, ha exigido todo, absolutamente todo lo que se lia creido en el caso de poder 
adquirir en las excepcionales circunstancias presentes. La i>az hecha de esta manera 
no será sino una tregua más ó menos corta. 

Motivo no le falta ciertamente á la Alemania pai-a estar orguUosa por los resulta- 
dos de la guerra. Las batallas de Wcerth, Courcellefe, Vionville, Grávelo tte, Sedan, 
ileziéres, Bazoches, Chamijigny, Le Bourget, Chaugé, Le Mans; la toma de las pla- 
zas fuertes Verduu, Soissous, Montmedy, Meziéres, Pérbnne, Longwy, Strasburgo, 
Metz y París; sus sorprendentes victorias sobre el ejército de Mac-Mahon, sobre el de 
Bazaine, sobre el de Trochu y sobre el de Bourbaki que le han entregado un millón de 
prisioneros, son verdaderamente hechos á jjropósito para exaltar la vanidad alemana. 

Con razón está hoy satisfecha Prusia de su excelente organización militar, que cou 
gastos relativamente exiguos le proporciona fuerzas extraordinarias. Sus ejércitos no 
se componen de mercenarios; todos los ciudadanos indistintamente pertenecen á ellos. 
La mayoría de los soldados saben leer y escribir. Entre los oñciales es muy común 
una educación esmerada. El militarismo tiene menos desarrollo allí que en otras pai'- 
tes, porque la generalidad de los hombres son militares, y la mayoría de ellos no 
hacen de la carrera de las armas su principal profesión. Las clases del ejército están 
completamente identiñcadas con la opinión nacional. El esiiíritu de conquista no 
l)uede predominar con exceso ni inspirar expediciones lejanas ni aventureras, porque 
la iiaz es el deseo más vehemente y la necesidad más grande del soldado alemán, aún 
en sus mayores triunfos. El ' vencedor de Sadowa y de Sedan nada puede apetecer 
como regresar al seno de su familia querida y de svi industria abandonada. La mora- 
lidad i^ública padece menos que en ninguna otra jjarte por la conservación de los ejér- 
citos permanentes, porque los hombres permanecen en las filas durante menos tiem- 
po, y los matrimonios están menos- dificultados. 

También es legítimo motivo de orgullo para la Prusia la superioridad de los conoci- 
mientos estratégicos de su Estado mayor. 'Jamás se hablan movido con tanto desahogo 
y tanta precisión masas enormes de combatientes. Ni un sólo momento durante toda 
la guerra se ha notado vacilaciou, confusión ni retardo en los movimientos combinados 
de más de medio millón de hombres que marchaban por país enemigo. Algunos corres- 
l)onsales de periódicos escriben desde los Cuarteles generales de los ejércitos alemanes, 
que Molke no ha tenido nunca que dar una contraorden, que rectificar un cálculo, que 
corx'egir una equivocación; y ciertamente los franceses nada han dicho que tienda á 
desmeutir tan jactanciosa afirmación. 

N"o menos admirable que la manera del reclutamiento y los adelantos de la estrate- 
gia es el orden con que la administración militar alemana ha procedido. No se ha te- 
nido noticia deim dia de privación ó de escasez de recursos en los cuatro grandes ejér- 
citos y en los innumerables destacamentos mantenidos á doscientas leguas de la 
patria. Puede formarse idea de las dificultades de esta tarea colosal con una sencilla 
noticia de los suministros necesarios para el ejército sitiador de París. Hacen allí falta 
todos los días 148.000 panes de tres libras, 1,020 qiiintales de arroz ó de cebada. 
595 vacas í> 1.029 qiiintales de tocino, 144 quintales de sal, 9.600 quintales de avena, 
24.000 quintales de- heno, 28.000 cuartillos de aguardiente ó licores espirituosos. Con 
toda regularidad se entregan á cada cuerpo de ejército, que componen de 25 á 30.000 
hombres, para cada diez dias 1.100.000 cigarros para los soldados y 50.000 cigaiTOS 
para los oficiales. Las provisiones de boca y los forrajes para cada cuerpo de ejército 
exigen diariamente cinco trenes de camino de hieri'o, cada uno de 32 w^ones. Hay 
que notar, sin embargo, que la Administración militar alemana ha encontrado ines . 
perados auxilios en las considerables provisiones que el enemigo le ha ido entregando 
constantemente en los campamentos que abandonaba y en las plazas fuertes que se 
reudiau. 



EXTERIOR. 129 . 

Respecto de la mauera de hacer la guerra, los alemanes han sido vivamente acusa- 
dos de crueldad y de barbarie por los franceses, y este es un punto que merece ser ex- 
clarecido con cuidado, por lo que interesa consignar todo lo que se refiera al iDrogreso 
p retroceso en materia de dulzura de costumbres, qiie es, en último resultado, en lo 
que principalmente consisten las conquistas de la civilización. Los alemanes, que se 
han manifestado intratables en muchas cosas desdeñando entrar en explicaciones y dar 
satisfacciones, se han apresurado, en cuantos casos se han ofrecido, á negar los cargos 
de crueldad, de infracciones de la convención de Ginebra ó de uso de medios deslea- 
les. A la protesta del general Trochu, que suponía que varios hospitales de París ha- 
blan sido tomados como puntos de mira para las piezas de artillería que bombar- 
deaban la cai^ital, el. conde de Molke contestó protestando contra semejante suposi- 
ción, y presentando como una garantía suficiente contra toda sospecha de ese género 
la humanidad con que los alemanes han hecho la guerra en cuanto lo ha permitido el 
carácter dada á ésta por los franceses desde el dia4 de Setiembre. 

El doctor Braun, de Wiesbaden, miembro del Reiclistobg del imperio alemán, ha 
publicado un libro, en el cual trata de esta cuestión procurando justificar la con- 
ducta de sus compatriotas. De labios de una de las i^ersonas que han desempeñado 
en Versalles una misión diplomática, dice haber oído la siguiente observación del 
general anglo-americano Shéridan: "Extraña guerra en la que el vencedor es 
saqueado por el vencido! Los alemanes pagan aquí dos francos por una bujía 
de estearina, tres francos per una libra de vaca, y doce francos por una botella 
de Champagne; y todavía quedan agradecidos á los vencidos porque no piden 
más; y pagan en metálico sonante. En América nosotros procedíamos de otra 
manera. II Añade el doctor Cái-los Braun, que Jos alemanes empezaron la guerra coa 
la intención de ajvistar sus actos á las reglas humanas del derecho de gentes mo- 
derno llevadas hasta sus últimas exigencias. Se conformaron con los artículos de la 
Convención de Ginebra aún después de infringirlos los franceses, y prodigaron cuida - 
dos médicos á los heridos enemigos mientras sus advesarios dejaban sin socoito á los 
alemanes. Verdad, es, que los franceses hacían lo mismo con los suyos. En Orleans 
cometieron sobre los heridos alemanes refugiados en los hospitales, atrocidades inca- 
lificables: apresaron en otros pxmtos y saquearon muchos convoyes del¡ servicio de Sa- 
nidad militar sin que puedan pretestar ignorancia, porque arrancaron las bandera» 
blancas con la cruz roja y las llevaron consigo como otros tantos trofeos. En cuanto al 
derecho de gentes marítimo, el doctor Braun cita el testimonio del célebre escritor 
francés Mr. Chevalier para probar que loa alemanes se adelantan á los franceses en la 
aplicación de los principios de humanidad. Y respecto del derecho de la guerra en tier- 
ra, recuerda que todos los autores desde Vattel hasta H. B. Oppenheim, Bluntschli 
y Halleck, deducen el respecto debido á la población pacífica de la suposición de que 
el hombre civil se abstiene de todas las hostilidades que son un deber para el militar. 
Si el hombre civil realiza actos de gueiTa, pierde sus derechos sin adquirir los de sol- 
dado. 

"Mr. W. de Voigts-Rhetz ha dirigido al Echo du Parkment, de Bruselas, una carta 
refutando las que él llama calumnias de los periódicos franceses, relativas á la manera 
con que los prisioneros son tratados en Alemania. Segim él, son mejor alimentados, 
por regla general, que las mismas tropas del i^aís; no sólo reciben las mismas raciones 
de i)an( carne y legumbres, sino que se les distribuye dos veces por día café, que no se 
da á los soldados alemanes; se hace para los prisioneros un pan especial mucho más 
fino y blanco que el ordinario de munición y se les da cada tarde un trozo de salchi- 
chón, que no reciben los soldados del país. La cantidad de combustible es la misma, 
siendo más que suficiente. Aunque no reciben paga, propiamente dicha, se ha creado 
por medio "de la compra al por mayor de los artículos de consumo, y gracias auna sabia 

TOMOXÍX, 8 



150 REVISTA POLÍTICA 

economía, un fondo que permite ala Administración darles una pequeña gratificación 
en dinero para que puedan proporcionarse tabaco, papel, jabón, etc. Millaresde cami- 
sas, medias y zapatos han sido distribuidos á los prisioneros desde que fueron interna- 
dos en Alemania; sus vestidos usados son reemplazados por otros hechos con los géne- 
ros que se han encontrado en los almacenes de las fortalezas francesas, ó que se han to- 
mado de los depósitos militares alemanes. No se exige más que cinco horas de trabajo al 
dia al ijrisionero, como compensación de los gastos que su manutención causa al Esta- 
do; pero el excesivo número de prisioneros no permite con frecuencia ocuparlos ni aún 
ese poco de tiempo; y así se les ve siempre pasear en gran número por las ciudades, 
mezclándose con los soldados y los hombres del pueblo en las tabernas y cafés. Los que 
quieren trabajar en casas de artesanos ó de otros pai-ticulares consiguen siempre sin 
dificultad el i)ermiso de hacerlo y mejorar así notablemente su posición material. En 
Maguncia han sido 1.831 los que han encontrado un trabajo más órnenos lucrativo en 
la ciudad ó en sus cercanías. Las dos terceras partes del producto de este trabajo en- 
tran inmediatamente en poder del obrero y el resto es depositado en una caja de la 
administración militar y sirve para formar en favor del prisionero un pequeño fondo 
l)ara el dia de su regreso. Se ha visto en algunos canges de prisioneros ser jnás los 
franceses deseosos de continuar en Alemania que los que se alegraban de volver á su 
patria; y, de todos modos, es cierto que no hay en todo el país alemán una sola pobla- 
ción en donde se haya encerrado á los prisioneros de guerra en una prisión tan triste, 
tan sucia y repugnante como la que en París se les ha dado en la Roquette, lugar de 
detención de los condenados á muerte. 

Las más imiiortantes defensas de la humana conducta observada por los alemanes 
son naturalmente las hechas iior el conde de Bismark. El 27 de Diciembre dirigía á 
Mr. Washburne, ministro de los Estados-Unidos, á fin de que la comunicase á Mon- 
sieur Jules Favre, ministro de Negocios extranjeros de Francia, una nota en que se 
quejaba de los disparos de fusil hechos por soldados franceses sobre un oficial alemán 
encargado de entregar cartas en las avanzadas en el momento en que se disponía á 
abandonar el puente de Sévres y en que las banderas parlamentarias estaban desple- 
gadas de una y otra parte. "Al principio de la guerra, decía el conde de Bismark, 
nuestros oficiales y los trompetas qvie los acompañaban, han sido muchas veces, casi 
siempre, víctimas del desprecio de las tropas francesas hacia los derechos de los par- 
lamentarios; y fué preciso renunciará toda comunicación de esta clase. —Desde hacia 
al"-un tiempo parecía haberse vuelto á una observancia más extricta del derecho de 
gentes, universalmente reconocido; y ha sido ijosible mantener relaciones reculares 
con París principalmente establecidas para dar salida á los despachos de vuestra le- 
gación. El suceso del 23 demuestra que nuestros parlamentarios vuelven á no estar 

en se<niridad al alcance del fusil francés y nos veremos obligados á renunciar al cambio 
de comunicaciones con el enemigo, como no se nos den garantías seguras contra la 
repetición de tales agresiones, n 

En otro despacho del 17 de Enero dirigido al ministro de Suiza, en contestación á 
lina carta en que aquel diplomático y otros habían reclamado para los extranjeros fel 
permiso de salir de París y de sacar todos sus bienes, el conde de Bismark rechazaba 
la idea de que los alemanes hubieran faltado á las prescripciones de la convención de 
Ginebra; y echaba la culpa del sitio y bombardeo de París á los que habían convertido 
en plaza fuerte la capital de una gran nación y sus cercanías. 

El documento más extenso y en que con mayor detención ha tratado el Canciller ale- 
mán de justificar la conducta de los' invasores en Francia, es la circiüar dirigida en 9 
de Enero á los agentes diplomáticos de la Confederación germánica en el extranjero, 
contestando á una protesta enviada á los periódicos por el conde de Chaudordy, en- 
cargado de los Negocios extranjeros en la delegación de Burdeos. Comienza haciendo 



EXTERIOR. 131 

un paralelo entre los ejércitos beligerantes para recordar que es mayor en el ale- 
mán la instrucción y mayores también por lo"' mismo la cultura moral y los sen- 
timientos de humanidad. "Cuesta trabajo creer, dice, que el conde Chaudordy y las 
personas que le lian encargado su protesta puedan suponer en un gobierno, tan grande 
ignorancia de las cosas del extranjero, como la que en Francia permite formar tales 
cálciüos. En otros iiaises se ha adqiiirido la costumbre de tomar como objeto de 
estudio y observación, el estado de cultura de los pueblos extranjeros. Todo el mundo 
conoce cuál es la instrucción y cuáles siis frutos en Alemania y Francia; sabe que 
entre nosotros se halla establecida la obligación universal del servicio militar y entre 
nuestros enemigos las quintas con redención; comprende qué clase de elementos en 
los ejércitos alemanes están colocados hoy,en frente de los sustitiitos, de los turcos, de 
las compañías disciplinarias; recuerda la historia de las guerras precedentes, siendo 
miichas las comarcas que por exi^eriencia i^ropia conocen la manera con que las tropas 
francesas se conducen en país enemigo. Los representantes de la prensa europea y 
americana, álos' cuales con mucho gusto hemos permitido estar entre nosotros, han 
observado y atestiguado hasta qué juinto [el soldado alemán sabe conciliar la huma- 
nidad con el valor, hasta qué punto se vacila en nuestro ejéi-cito para ejecutar las 
medidas rigorosas pero auiorizadas jjor el derecho de gentes y el uso de la guerra que 
hay necesidad de tomar á fin de proteger á nuestras tropas contra el asesinato. Las 
más grandes y más persistentes alteraciones de la verdad no han logrado oscurecer 
el hecho de que son los franceses quienes han dado á esta guerra el carácter que va 
tomando. II Refiere después el Canciller alemán que con circunstancias, que no per- 
miten suponer de parte de las tropas francesas equivocación, habia sucedido en vein- 
tiún casos distintos desde el 9 de Agosto al 23 de Diciembre, haberse hecho fuego 
sobre i^arlamentarios alemanes, resultando muerto un trompeta en una de aquellas 
ocasiones; y en otras varias, heridos otros dos trompetas y un porta-estandarte y 
hechos prisioneros un comandante de escuadrón, im teniente y un trompeta. Según 
otra estadística adjunta también á la circular, el conde de Bismark enumeraba treinta 
y un casos de violaciones de la convención de Ginebra cometidas hasta aquel dia por 
los franceses contra los destacamentos de sanidad militar, los convoyes de heridos, y 
los hospitales de sangre; lamentables sucesos en que habían sido muertos, heridos ó 
prisioneros conductores de enfermos, médicos, emijleados de los hospitales y oficiales 
del cuerpo de sanidad. El conde de Bismark acusa á los franceses de no haber estado 
preparados para el cumi)limiento de la Convención de Ginebra, de cuyas prescripcio- 
nes comenzaron á tener conocimiento por los delegados alemanes, habiendo habido 
médicos militares franceses de la mayor categoría que hasta después de la batalla de 
Wissemburgo no se enteraron de las insignias que debían usar. 

En la batalla de Voertli, continuaba diciendo el Canciller alemán, se observó que 
las balas de fusil francesas se hundían en el suelo, y que en seguida, con un ruido 
muy claro hacían saltar la tierra á su alrededor. El coronel Bekedorff fué gravemente 
herido porima bala explosiva: un proyectil de la misma clase hirió en el.combate de 
Tours del 20 de Diciemljre á un teniente del 2." regimiento de hiüanos de Pomerania. 
Entre las municiones cogidas en Strasburgo se han visto balas explosivas. Encima 
de los prisioneros franceses se han encontrado cartuchos cuyo proyectü se compone 
de ima bala de plomo cortada en diez y seis pedazos angulosos. Uno de los mu- 
chos ejemplares que se han hallado de esta clase de balas, ha sido enviado al ministro 
de Negocios extranjeros en Berlín y puesto ala vista de los representantes de las demás 
potencias. En la guerra marítima, los franceses han faltado igualmente al derecho de 
gentes. Su vapor de guerra Desaix, en vez de conducir á un puerto de Francia tres 
buques mercantes alemanes que habia apresado, para que el tribunal de presas dictase 
sentencia respecto de ellos, los destruyó en alta mar quemándolos ó echándolos á 



152 REVISTA POLÍTICA 

pique. Los prisioneros franceses, qne en un ni\mero sin ejemplo han caido cu manos 
de los alemanes, son bien tratados, estén heridos, enfermos ó sanos; mientras que los 
prisioneros alemanes en Francia, atinqueno llegan á la décima parte, son ohjeto de 
una dureza inliimiana y carecen de toda clase de cuidados. Cerca de trescientos 
prisioneros enfermos bá varos que se encoutraban en los hospitales de Orleans, ataca • 
dos la mayor parte por el tifus ó la disentería, han sido encerrados en los calalwzos y 
corredores de la cárcel de Pan, sobre un poco de paja, no recibiendo en seis dias más 
que pan y agua, hasta que algunas señoras inglesas y alemanas, interesándose por su 
suerte, los han socorrido con sus propios recursos, y excitado á la autoridad local á 
que tuviese algún cuidado de ellos. En otros puntos, los prisioneros alemanes, parti- 
cularmente los que cayeron en manos del ejército de Faidherbe, han sido tenidos con 
un frió de 16 grados bajocero, en pajares sin fuego: no se les ha suministrado mantas 
ni un alimento caliente ó suficiente, mientras en Alemania todos los locales destinatlos 
á recibir prisioneros de guerra están provistos de braseros desde principios del invier- 
no. Las tripulaciones de los buques mercantes alemanes, no sólo han sido retenidas 
como prisioneras de guerra, sino tratadas como malhechores, atando á sus hombres 
de dos en dos con cadenas, trasportándolos de lugar en lugar, y dándoles uu alimento 
que, ni (por su calidad ni jtor su cantidad, puede considerarse como suficiente. Los 
lirisioneros trasportados á través de las ciudades, no reciben ninguna protección, ex- 
cepto en Paris, contra los indignos atropellos que contra ellos cometen las poblaciones. 
Eli Alemania no ha halñdo ejem])lo de que una población haya faltado ni aun por i^a- 
labras ofensivas al respeto que la desgracia encuentra entre los pueblos civilizados. 
A pesar de las barl)aridades cometidas por los turco?:, ninguno de ellos en Alemania 
ha sido insiütado. Las crueldades ejercidas sobre heridos por los turcos, y los árabes 
y sus horribles bestialidades, menos deben ser imputadas á ellos mismos, atendido su 
grado de civilización, que á uu gobierno europeo que trae al teatro de una guerra 
europea esas hordas africanas, cuyas costumbres conoce perfectamente. El Diarlo de 
los Debates ha conservado el sentimiento de la humanidad y de la vergüenza suficiente 
para indignarse de que los turcos hayan cometido contra heridos y prisionei-os la atro- 
cidad de hacerles saltar con el dedo iDulgar los ojos fuera de sus órbitas. Es igualmente 
cierto que los turcos cortaron las cabezas de los cadáveres y también á algimos he- 
ridos en lá aldea de Coulours, cerca de Villeneuve le'Roi, y que en la aldea de Auson, 
cerca de Troyes, y en otros puntos les han cortado la nariz y las orejas. Tal vez se 
debe atribuir á las largas relaciones con Argel y con los descendientes de los berberis- 
cos, el hecho de que las autoridades francesas permiten y hasta prescriben á sus con- 
ciudadanos actos que son la negación de las costumbres de la guerra obsei-vadas entre 
los pueblos cristianos y del sentimiento del honor militar. El Prefecto del departa- 
mento de la Cote d'or, por ejemplo, dirigía en 21 de Noviembre á los subprefectos y 
ííiaires una circiüar, en que recomienda el asesinato cometido por los que no. iisan el 
uniforme militar y lo celebra como heroico. 

1 1 La patrip,, dice aquella circular, no os pide que os reunáis en masa y que os 
oi>ougais abiertamente al enemigo; espera de vosotros que todas, las mañanas tres 
ó cuatro hombres decididos salgan de su pueblo y se sitúen en puntos designados 
por la naturaleza misma, desde los cuales puedan ofender sin peligro á T,o3 prusia- 
nos. Deben sobre todo hacer fuego á los ginetes enemigos, cuyos caballos entrega- 
rán en la capital del distrito. Les concederé un premio y haré publicar su acción he- 
roica en todos los periódicos del departamento y en el Moniteur Officiel. n En los 
actuales usurpadores del gobierno en Francia se nota una falta completa , no sólo 
del sentimiento del honor militar, sino de la honradez más viilgar, en el asunto de 
ja violación del compromiso contraído por los oficiales prisioneros franceses. No 
tanto conviene condenar á un mimero relativamiente escaso de esos oficiales que fa 



EXTERIOR. 



loo 



tan á su juramento, mediante el cual lian obtenido la libertad de sus movimien- 
tos dentro de una ciudad alemana, como apreciar con este motivo la conducta de 
un gobierno que aprueba el perjurio recibiendo en el ejército á los [que solían lic- 
clio cvüpables de él y que excita á la comisión de la falta. Un decreto del ministro 
de la Guerra de 13 de Noviembre, caido en poder de las tropas federales, desmmlo 
estimidar á los -oficiales d que se escapen de manos del enemi<jo, prometió á todo 
el que se fugase de Alemania una gratificación de 750 francos sin perjuicio de las 
indemnizaciones por pérdidas sufridas. nEl Gobierno déla defensa nacional , con- 
cluye diciendo el conde de Bismark, excítalas pasiones popiüares sin tratar por 
otra parte de detener sus efectos dentro de los límites de la civilización y del de- 
recho de gentes; no quiere la paz porque su lenguaje y su conducta le quitan toda 
probabilidad de hacerla aceptar por los ánimos sobrescitados de las masas. Ha desen- • 
cadenado fuerzas que no puede dominar ni retener dentro de los confines del de- 
recho de gentes y de los usos de la guerra europea. Si en presenciado tal conjunto 
de hechos nos vemos obligados á usar de los derechos de la guerra con im rigor que 
deploramos y que no está en el carácter del pueblo alemán, ni en nuestras tradicio- 
nes, como lo pruel)an las guerras de 1864 y de 1886, la responsabüidad corresponde á 
las personas que sin título ni legitimidad han continuado la gvierra napoleónica y la 
han impuesto á la nación francesa renegando de las tradiciones de la guerra eu- 
ropea, ti 

El mariscal Mac-Mahon se apresuró á negar el hecho de que en la batalla de 
Wan-th los franceses usaran de balas explosivas ; y el conde de Chaudordy, in-otes- 
tando también en el mismo sentido contra la acusación del Canciller alemán, decia cu 
circular de 9 del mismo mes: nJamásun soldado francés ha i)odido servirse de balas 
explosivas; si proyectiles de esta clase han sido recogidos en el campo de l^atalla, prt)- 
cederian de las filas del enemigo. " Pero el conde de Bismark, contestando al du(iuc de 
Magenta, el 11 de Febrero, en una carta que hizo publicar en su periódico oficial de 
Versalles, le enviaba una copia del informe del coronel Beckedorff respecto del hallaz- 
go en Wícrth de aíjuellas armas ilícitas, y admitiendo que el Mariscal afirma la verdad 
al decir (jue no habían sido repartidas á sus tropas, le invita á reconocer la posibilidad 
de que, á pesar de todo, las usase algún soldado. En cuanto á la absoluta negativa del 
conde de Chaudordy, Bismark opone el hecho de que el maire de París, pocos días an- 
tes, en una proclama ijviblica había dicho que en las cercanías del Hotel de ViUc se 
había hecho fuego por los alborotadores de la capital sobre el regimiento de línea nú- 
mero 101, con mucJias balas explosivas. La acusación, limitándose así á suponer abu- 
sos por parte de algunos individuos aislados, pierde casi toda su imxjortancia. Y en lo 
relativo á los ataques de que los i)ai'lamentarios, los f tmcionaríos de la Sanidad mili- 
tar, ó los individuos de la asociación internacional de socorros para los heridos hayan 
podido ser objeto, el grandísimo alcance de las modernas armas de fuego, exfdica que se 
ofenda con ellas, por ignorancia, á una distancia á que no puede distingiiirse bien la 
bandera blanca de los unos, ó la cruz roja de los otros. 

Hemos procurado, en los párrafos anteriores, hacer toda la justicia que es del)ida á 
los alemanes, reconociendo el alto grado de perfección á que han llevado la organiza- 
ción de las fuerzas militares; recordando el admirable progreso que han conseguido sus 
conocimientos en estrategia y en táctica, y los servicios administrativos de sus ejérci- 
tos, y dando noticia de las defensas que han heclio de su conducta respecto de la ma- 
nera, á menvido durísima, con que han ejercido las hostilidades. Habría también (lue 
darles la razón cuando se quejan de muchos de los actos del Gobierno establecido en 
Francia el 4 de Setiembre, y ctiando rechazan las injustificables pretensiones de los 
franceses de que no es lícito bombardear á" París ó usar de|otros semejantes dorechos 
de la guerra. Pero al examinar y juzgar las condiciones de la paz impuestas al pueblo 



134 REVISTA POLÍTICA 

vencido, no puede menos de condenarse la dureza de todas ellas y los sentimiento 
que las lian inspirado. No sabemos hasta qué líunto es cierto que el conde de Bismark, 
con ideas más moderadas y sensatas, haya cedido á las exigencias del jiartido militar, 
representado ó dirigido por el conde de Molke; y que el Príncipe imperial de Alema- 
nia, previendo con temor la eventualidad do que durante su futuro reinado los france- 
ses devuelvan á los prusianos en Postdam y en Berlin la visita que estos han hecho á 
Versalles y á Paris, procure dulcificar los rigores de la derrota de ,1a Francia. Más 
bien nos inclinamos á sospechar que el astuto Canciller del imperio alemán, jirestando 
siempre más atención que á ninguna otra cosa á la consolidación de la grande obra de 
la unidad germánica, excita las pasiones del patriotismo, así en Alemania como en 
Francia, para que unidos todos los pueblos alemanes en un sentimiento exaltado de 
odio contra un enemigo de todas suertes poderoso y temible que, desde hoy en adelante 
los ha de estar amenazando de continuo, vivan baj o la presión ineludible del régimen 
militar prusiano, que quiere fundir en una sola nacionalidad alemana compacta, la 
todavía existente muchedumbre de reinos, grandes ducados, ciudades libres, ducados 
y principados. 

Como quiera que sea, examinemos brevemente las principales condiciones de, la paz 
que se acaba de ajustar. 

La cuestión que ha sido verdadera causa, principal objeto y más considerable re- 
sultado de la guerra, no ha sido discutida en Versalles ni en Burdeos. La formación 
de la unidad alemana es lo que á los franceses había puesto las armas en la mano; lo 
que durante cuatro años los ha estado impulsando á reñir con la Prusia; lo que con 
una ocasión cualquiera los lanzó á xiña guerra de invasión en Alemania que antes de 
que ellos llegasen á poner el pié al otro lado de la frontera se convirtió en una guerra 
defensiva, desgraciadísima. No debe olvidarse esto al formar juicio respecto de la paz. 
Aunque los prusianos, con una generosidad que hubiese sido más sorprendente que su 
victoria, hubieran renunciado á toda adquisición de territorio, á toda indemnización 
I)ecuniaria, á la entrada triimfal de su ejército en Paris y á todas las ventajas que han 
estipulado en los preliminares de la jjaz, todavía las habrían obtenido inmensas como 
resultados de la reciente guerra en que han asegurado y estrechado los vínculos de la 
nacionalidad germánica. 

La adquisición de territorios por la razón ó bajo el pretesto de rectificar las fron- 
teras, se ha fundado principalmente en la consideración de que los franceses se pro- 
l>ouian conquistar la parte de las provincias ijrusianas que caen á la izquierda del 
Ilhin, siendo por tanto justa compensación de este jjremio ofrecido á la victoria fran- 
cesa, una parte de territorio semejante adjudicado á la victoria prusiana. Si la va- 
riación de las fronteras se hubiese limitado á sustituir la hnea de los Vosgos á la del 
Ilhin, es indudable que habrían quedado mejor señalada.s, porque las divisorias de las 
aguas son más á proposito que las corrientes de los ríos para separar los distintos Es- 
tados. Pero por la parte del Norte la demarcación nueva es todavía, si cabe, más 
irregular y más anómala que la anterior, habiendo obedecido únicamente los que la 
han trazado á la idea de que Metz pase al i)oder de la Prusia, que en aquella forta- 
leza inexpugnable tendrá constantemente un puesto avanzado qiie vigile de cerca y 
amenace á Paris. En el fondo de todo ello, hay un sentimiento de temor muy acen- 
tuado en la diplomacia y en los pueblos alemanes, (lue los inquieta con la previsión de 
la venganza de la Francia y los hace buscar toda clase de garantías para evitar en lo 
futuro un nuevo cambio de fortuna. De todas maneras, entre la adquisición por los 
franceses de oriUa prusiana del Rhin y la adquisición por los prusianos de la orilla 
francesa, hay algunas marcadas diferencias. No sólo Metz, sino también la Alsacia 
pertenecían á la Francia desde antes de existir el reino de Prusia. Los loreneses y los 
alsacianos repugnan con todas las fuerzas de su alma dejar de pertenecer á la nación' 



EXTERIOR. 



135 



francesa. Y la realización de los sueños de la ambición de la Francia no habría hecho 
I)enetrar su territorio dentro del alemán de una manera tan anti-geogr<áfica, tan 
amenazadora y tan humillante para los alemanes como lo es para nuestros vecinos 
la fijación permanente de los soldados prusianos en Metz. 

Y todavía hay en Alemania quienes encuentran muy débü la posición militar que 
el nuevo Imperio tendrá respecto de su odiado y temido rival. La Gaceta de la Bolsa, 
periódico deBerlin, dice así: "Mezieres, Sedan, Verdiin, Toul, Langres, Besanson son 
plazas que en su estado actual no tienen sin duda la fuerza defensiva que los in-ogrc- 
sos del arte militar moderno exijen; pero el primero y más urgente deber de todo go- 
bierno en Francia será dar á estas fortalezas la extensión y la perfección necesarias. — 
Delante de tal frente de defensa, cuya importancia podría casi ser considerada como 
una i)rovocacion permanente á tomar la ofensiva, la Alemania, que no hace la guerra 
de invasión sino para defender sus propias fronteras, debe i^rocurar que se dé á estas 
completa seguridad. Realmente la Alemania con sus nuevos límites no quedará su- 
ficientemente cubierta siuo por la parte del Sudoeste, n 

No contentos los vencedores con el aumento de territorio, han exigido una indemni- 
zación pecuniaria, elevada á una cifra que jamás se habia usado hasta ahora para 
determinar el importe de ningún pago. La prensa alemana ha intentado diferentes 
sistemas para justificarla. El más natural y razonable hvibiese sido demostrar que la 
Alemania ha hecho gastos y sufrido daños y perjuicios con ocasión de la guerra, equi- 
valentes á la suma que reclama. Acumulando números, los periódicos germánicos han 
procurado acercarse á esa demostración. La Gaceta del Wesser, que es tal vez el que 
mayor amplitud ha dado á estos cálculos, los forma de la manera siguiente. En primer 
lugar hay que contar el total nominal de los empréstitos militares contratados por la 
Alemania del Norte y los anticipos de movilización hechos por los otros Estados: la 
Gaceta fija el importe de ambas cosas en 400 millones de thalers. Para las necesidades 
anuales de los fondos de inválidos señala 100 millones. Calcula en 200 el déficit que 
ha de resultar para el trabajo nacional por haber tenido que ingresar en las filas los 
hombres de la landwehr y de las reservas y los militares con licencia, suponiendo que 
durante doscientos dias un millou de hombres han dejado de ganar un thaler diario 
cada uno. Las entregas en especie hechas por los Circuios, ayuntamientos y particula- 
res, los hace subir á otros 100 millones. Las pérdidas del material de guerra de toda 
especie á otros 100. A una cantidad igual las sufridas por el material de los caminos 
de hierro, caballos y demás medios de trasporte. Y añadiendo todavía otros 100 mi- 
llones iior los daños y perjuicios no comprendidos en la enumeración anterior, la Gaceta 
del Wesser obtiene un total de 1.100 müloues de thalers ó 4.000 mülones de francos, 
que supone debe aumentarse con otras partidas destinadas á indemnizaciones por las 
presas marítimas y por la paralización forzosa del comercio alemán. 

La Gaceta de Colonia echa las cuentas de otra manera. Toma i)or base del cálculo los 
gastos de la guerra de 1866, que duró cuando más ocho semanas, que se hizo por la Pru- 
sia con un ejército mucho menos numeroso y á una distancia más corta de sus fronte- 
ras, y después de consignar que subieron á 124 millones de thalers (próximamente 465 
millones de francos), cuadruplica estos guarismos por haber durado la guerra treinta y 
dos semanas en vez de ocho, dviplica el producto por haber sido doble el número de 
combatientes, hace un nuevo aumento por la mayor distancia, toma en cuenta gaste s 
especiales de esta campaña, entre los que figura la manutención de 400.000 prisionero 
no heridos y el enorme consumo de municiones para los sitios de una multitud de pla- 
zas fuertes. 

Más francos otros periódicos alemanes, han tratado de averiguar, para fijar la in- 
demnización de guerra, no la cuantía de los gastos, daños y perjuicios, sino la de la 
fortuna de la Francia, manifestando bien claro que los vencedores no se han pro- 



136 REVISTA POLÍTICA 

puesto obtener del vencido lo que este deba, sino sencillamente lo que i>iieda darles. 
La Gaceta nacional de BerVm.Be explica así: uLa contribución de guerra no ha de ser 
sólo una indemnización; conviene darle el carácter de nn castigo impuesto á un pueblo 
(pie rompió la paz con tan culpable frivolidad. Los estadistas calculan el valor de las 
propiedades inmuebles de la Francia en más de 120.000 millones de francos, y nosotros 
creemos muy bajo este guarismo. El producto anual de los bienes muebles é inmuebles 
y el del trabajo en Francia está calculado en 30.000 millones de francos. Por lo tanto, 
la indemnización de guerra de 2.000 millones de thalers no representa más que un 6 
por 100 de la fortuna inmueble francesa y la cuarta parte de las rentas y ijroductos 
anuales de la Francia." Este periódico, como todos los demás alemanes que tenemos á 
la vista, escribía en el supuesto de que la indemnización pactada subirla á 2.000 
millones de thalers. La Gaceta de Spener se complace en observar que la Francia no 
es menos rica que los Estados-Unidos que gastaron en su última guerra 16.000 millo- 
nes de francos. Recuerda irónicamente á los franceses que bajo los Orleans deciau: 
«iLa Francia es bastante rica para pagar su gloria;" y en tiempo de Na^joleon III pro- 
nunciaron más de una vez en la tribuna parlamentaria estas altivas palabras: "En las 
cuestiones de guerra, el dinero no debe hacer papel. " También les trae á la memoria 
que en 1868, habiendo abierto el gobierno francés una suscricion piiblica para un em- 
préstito de 450 millones de francos, el público cubrió treinta y ciiatro veces con sus 
pedidos el total de la suscricion. 

En el deseo de arrancar á Francia la mayor cantidad posible de dinero, hay por una 
XJarte codicia y por otra envidia de la gran riqueza del pueblo vencido y propósito de 
arruinarlo. Los Etyánzan'joblutler de Hildbourhausen enumeran las muchas causas 
que en su dictamen han de producir en Francia una gran miseria. Ponen en primer 
lugar, la deplorable gestión financiera del gobierno republicano durante el cual el Es- 
tado, los departamentos y los municipios han contratado innumerables empréstitos, 
y se han adoptado medidas desastrosas respecto de los efectos de comercio, prohibi- 
ciones de exportaciones y bloqueos inútiles. Otra causa de mina para la Francia os el 
espantoso abuso que la dictadura de Burdeos ha hecho de la sangre francesa: desastre 
tanto más terrible, porque ya la proporción demasiado escasa en que se aumentaba 
la población inspiraba incpiietudes por el ijorvenir dé. la Francia. Los malos hábitos 
contraidos durante la guerra le serán también fatales; pues así como en Alemania el 
servicio militar es una escuela de buenas costumbres, de orden y de regularidad, en 
Francia por el contrario fomenta y propaga la desmoralización. A esto hay que añadir 
el aumento forzoso de las contribucionas. La renta de los títulos de su deuda, ha ba- 
jado de [75 á 50 por 100. El pago de los intereses absorberá doble suma que an- 
tes de 1870. Hay por otra jiarte que cubrir el déficit de la cosecha, que ocuiiar los 
trabajadores, restaurar los puentes, los caminos y los edificios arruinados. La in- 
dustria ha recibido heridas que se tardará en cicatrizar; la fabricación francesa se em- 
l)lea principalmente en objetos de lujo y tendrá que resentirse de qiie en Francia la 
riqueza ha disminuido y de que los compradores del extranjero han tomado la costum- 
bre de proveerse en otras partes. El comercio padece naturalmente con la paralización 
general, y las perturbaciones más terribles provendrán de la crisis monetaria. Res- 
pecto del nimierario, la Francia ha descendido al nivel del Austria, de la Italia, de la 
Rusia y délos Estados-Unidos: desde principio de la guerra se ha iiroclamado el curso 
forzoso del billete de Banco; el numerario emigra, huyendo del aumento enorme de los 
valores fiduciarios y de los innumerables billetes de cinco á diez francos que han teni- 
do ipie crear los Bancos provinciales, los Ayuntamientos y los departamentos. Espere- 
mos una segunda edición de los asignados. Después de la guerra, uno de los primeros 
cuidados de los goljcrnantcs será la manutención de la clase obrera. Las ut»pias socia- 
listas ganan terreno por todas partes. L.x destrucción del ejército y del imperio, que 



EXTERIOR. 137 

ímpouianí respeto á los innovadores, la proclamación de la República que en los pue- 
blos latinos significa la abolición de todas las trabas sociales, el régimen de la bandera 
roja en Lyon, los talleres nacionales restablecidos con el nombre itle Guardia m:ls 6 
monos, móvil y en fin, el hecho de que en el extranjero sólo La Internacional ha pen- 
sado en acudir en socoi-ro de Is Francia, son sucesos que hacen prever una crisis es- 
pantosa que impedirá la pronta reparación de las pérdidas sufridas.. De todo lo cual los 
J^rgánr¿ungohlátter deduce que: "antes de la guerra la Francia era más rica que la Ale- 
mania; pero hoy los pai)eles están cambiados, n 

La Gaceta de la Bolsa, de Berlin, compara la actual contribución de guerra impues- 
ta á la Francia con las exigidas á la Prusia por Napoleón I. Desde Octubre de 180G 
hasta Julio de 1807, el Branderburgo, los tres círculos de Magdeburgo, la Pomerauia, 
la corporación de Mercaderes de Sfcettin, la Lituania y la Silesia pagaron como contri - 
buciones de guerra, requisas en especies, y saqueos, una suma de 245.091.801 thalers 
{914.094.250 francos.) Además de esta cifra, hay que contar 54.18-3.765 thalers que pa- 
gó la ciudad de Berlin ó sean 203.189.000 francos, la misma suma reclamada hoy ala 
ciudad de Paris que tiene dos millones de habitantes, mientras que Berlin en aquella 
época apenas contaba 180.000. En la paz de Tilsit, la Prusia tuvo que pagar una in" 
deinnizacion de guerra de 140.090.000 de francos, de la que le fueron perdonados más 
adelante 20.000.000; esta contribución recaía sobre un país, cuya superficie territorial 
era de 2.851 millas cuadradas (ea vez do 5.707 que tenia antes de la guerra) y sobre 
unapoblacion de 5.558.499 habitantes (en vez de 9.752.771) ■ Disminuida de esta ma- 
nera, la Prusia había perdido en ocho meses de guerra más de 1.000.000.000 de fran- 
cos y hay que tomar ea cuenta el valor del dinero en a<xuellni época comiiarativamente 
con el que tiene hoy. 

Estos mismos recuerdos y sentimientos de venganza contra los triunfos de Napo- 
león I en 1806 han inspirado sin duda la innecesaria humillación, tan tenazmente exi- 
gida de los franceses, de que los soldados alemanes dieran un paseo triunfal á lo largo 
dolos Campos Elíseos de Paris. Para justificar este suceso, los periódicos alemanes no 
han tenido otro argumento más que la copia de unoá párrafos de la Historia del Con,- 
salado y del Imperio, de Mr. Thiers, cuya lectura tiene realmente gran oportunidad 
en estos momentos, pero debiera más bien inspirar á los vencedores moderación en su 
triunfo que deseos de abusar de su victoria Hé aquí lo que dice en esos iiárrafos el 
ilustre historiador, que hoy, como jefe del Poder ejecutivo de la Francia, ha estipula- 
do con el ministro del Emperador Guillermo la entrada de los alemanes en Paris : 

"Antes de entrar en Berlin, Napoleón se detuvo en Potsdam; allí se hizo entregar la 
espada de Federico, sucinturon, su cordón del Águila Negra, y dijo al tomarlos: "Son 
un buen regalo jiaralos Inválidos, sobre todo páralos que formaron parte del ejército de 
Hannoveñ Se alegrarán, sin duda, cuando vean en nuestro poder, la espada del que los 
venció en Rosbach. n Napoleón apoderándose con tanto respecto de aquellas preciosas 
reliquias no ofendía seguramente á Federico ni á la nación prusiana; — El 28 de Octu- 
bre de 1806, Napoleón hizo su entrada en Berlin como triunfador, á la manera de Ale- 
jandro y César. — Toda la población déla ciudad acudió á aquella grande escena. — Na- 
]ioTeon entró rodeado de su guardia y seguido de los hermosos coraceros de Hautpoul 
y Nansouty. La giiardia imperial, ricamente vestida, estaba aquel día más imponente 
(pie nunca. Delante los granaderos y los cazadores de caballería, detrás los granaderos 
y los cazadores de infantería; en el centro, los mariscales Berthier, Duroc, Davoust y 
Augereau y en medio de aquel gi'upo, aislado por el respeto. Napoleón con el sencillo 
ti-aje que usaba en las Tullerías y en los campos de batalla; Napoleón, objeto de las 
miradas de una muchedumbre inmensa, silenciosa, dominada á la vez por la tristeza y 
la admiración. Tal fué el esijectáculo ofrecido en la larga y ancha caUe de Berlin que 
conduce desde la puerta de Charbttenbourg al palacio de los Reyes de Prusia. m 



138 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. 

No hay para qué discutir las comparaciones hechas por la prensa alemana entre los 
sucesos actuales y los ele 1806. No es esa la cuestión que hoy debiera plantearse. Lo 
que conviene saber es si la civilización no habia progresado en el viltimo medio siglo. 
La Europa creia que hablan terminado las guerras de conquista y la política fundada 
exclusivamente sobre odios de raza y sobre sentimientos de venganza hereditaria. S i 
los alemanes quieren hacer comparaciones de guerras y de paces, antes de retroceder 
basta 1806*debieran detener su atención en las más recientes y considerar que de todas 
ellas se habia obtenido algún resultado favorable para la mejor demarcación de las 
nacionalidades y para la emancipación de los pueblos oprimidos. Después del combate 
de Navarino, la Grecia cristiana sacudió el yugo de la mahometana Turquía: después 
del sitio de Amberes, la francesa Bélgica se hizo independiente déla Holanda: después 
de la batalla de Solferino, la italiana Lombardía dejó de ser gobernada por dominado- 
res alemanes; y aún después de la bata,lla de Sadowa, Venecia obtuvo también la de- 
seada libertad. Gloria eterna será de la Francia haber contribuido á todos los 
progresos iiolíticos como á cuantos la Europa ha realizado en todas las esferas de 
la actividad humana; y sin temor á comparaciones entre la conducta que ella observó 
en los últimos cincuenta años y la que con ella han observado hoy los vencedores que 
en la embriaguez de su triunfo la quieren destruir, y los neutrales reducidos á la impo- 
tencia por una política egoísta, puede repetir con más verdad que nunca para consue- 
lo moral de su terrible infortunio presente que la Francia es la única nación que com 
bate desinteresadamente por una idea. 

El hecho más grave y más trascendental que se debe notar en los últimos extraor- 
dinarios acontecimientos es la nulidad de la diplomacia. El equilibrio europeo está 
roto, completamente roto. El vencedor no ha tenido quien limite sus exigencias. 
Cuando la Grecia se subleyó contra la Turquía, la Francia y la Inglaterra se apresu- 
raron á intervenir para evitar la excesiva inñueucia de la Rusia. Cuando la Bél- 
gica se separó de la Holanda, la Inglaterra i>uso el veto á la monarquía del Duque 
de Nemours; las potencias occidentales lo pusieron á la de un principe ruso 
Cuando en 1840 la cuestión de Egipto estuvo á punto de i^rovocar una guerra gene- 
ral, y en todas las ocasiones en (lue se ha suscitado la gran cuestión de Oriente, la 
acción diplomática de unos gobiernos ha servido de contrapeso á la de los otros. Cuan- 
do Francia é Inglaterra lucharon contra la Rusia en Crimea, la actitud de Austria y 
la de la Prusia tuvieron una influencia decisiva en el curso de las hostilidades y en 
las condiciones de la paz. Cuando Napoleón III venció en Magenta y SoKerino, la 
Prusia prohibiéndole atravesar el Mincio, le obligó á desistir de su programa de hacer 
libre á la Italia desde los Alpes al Adriático. Cuando la Prusia destruyó en Sadowa á 
los ejércitos austríacos, tuvo sobre sí la amenaza de la espada de la Francia y no pudo 
tratar al Austria, su rival en Alemania, como trata ahora al pueblo francés. 

Pero en la actualidad no ha habido para el vencedor, limitación, veto ni contrapeso 
de ninguna clase. En el más grande trastorno que las condiciones políticas de la Euro- 
pa han sufrido en la edad moderna, la diidomacia europea no ha tenido voz ni voto. 
El Austria, la Inglaterra, la Rusia han sido meras expectadoras; en la solución no ha 
habido más influencia decisiva que la fuerza material del vencedor llevada al abuso de 
su ejercicio absoluto, ni más límite que el cálculo de la posibilidad de los recursos de 
la nación vencida. Faltando la Francia en los Congresos diplomáticos, parece que les 
ha faltado la iniciativa y el alma. Ya saben los fuertes que pueden despojar á los dé- 
biles: ya saben los débiles que no tienen amparo en el régimen internacional político de 
la Europa contra las demasías de los fuertes. Los periódicos prusianos lo dicen con cla- 
ridad como acabamos de ver: buscan las reglas de su conducta en los recuerdos de 
Napoleón I. La civilización ha retrocedido cincuenta y cinco años. No sólo la Francia 
sino la Europa toda está de duelo, 

Fernando Cos-Gayon. 



NOTICIAS LITERARIAS. 



Discurso leído ante la Academia de Ciencias Morales y Políticas en la re- 
cepción pública del Excmo. Sr. D. Manuel Alonso Martínez, el domingo 15 de 
Enero de 1871. — Madrid, imprenta de Manuel Miniiesa. 

Hace poco más de un año, el Sr. Alonso Martínez, como Presidente de la Academia 
Matritense de jurisprudencia y legislación, pronunciaba un brillante discurso encami- 
nado á rebatir los errores de los políticos y filósofos que en la prensa y en otras partes 
han defendido para los derechos individuales los caracteres de absolutos, ilimitados 
é ilegislaWes. Aquel brillante discurso produjo viva polémica. 

No ha de ocasionarla tan grande el que ha leído el misma Sr. Alonso Martínez en su 
recepción pViblica de académico de la de Ciencias morales y políticas, aunque no lo 
merece menos por el interés del asunto, por la profundidad de las ideas y por sus tras- 
cendentales consecuencias. Pero las teorías no inspiran hoy debates tan ardorosos 
como en 1869. 

En su nuevo trabajo, el Sr. Alonso Martínez se ha propuesto refutar ciertas teorías 
de moda que, falseando la noción del Estado, agitan y perturban á la Euroija. 

Poco esfuerzo ha necesitado para demostrar que los griegos y romanos, á pesar de 
sus filósofos, de sus oradores y poetas, y de las agitaciones de su vida pública en el 
Agora y en el Foro, no tenían el sentimiento de la dignidad humana. Las tres cuartas 
partes de la población eran esclavos y á sus manos estaba abandonado el cultivo de la 
tierra y el escaso comercio é industria que había á la sazón. Los ciudadanos desdeña- 
ban el trabajo y pasaban su vida en la guerra ó en la plaza pública. 

Explica después la benéfica influencia ejercida i)or el Cristianismo en la suerte de 
la humanidad, así como el papel desempeñado en la historia por los pueblos del Sep- 
tentrión, (pie invatlieron el imi^erio romano á principios del siglo V. Diseña en seguida 
á grandes rasgos el estado social de Europa bajo el régimen feudal, y posteriormente 
bajo las instituciones excesivamente centralízadoras de la monarquía absoluta, que 
desapareció vencida por los esfuerzos de los grandes filósofos que, con sus ideas, hi. 
cieron triunfar la libertad en todas las esferas de la vida. '¿\ 

iiSólo que, por una reacción muy natural y que parece ley providencial de la histo. 
ría, el individuo se enalteció hasta el punto de querer construir su regia morada sobre 
los escombros de todo lo demás. Por esto en el orden religioso el protestantismo, re- 
negando de la autoridad de la Iglesia y proclamando que el criterio individual es infa- 
lible en la interpretación de .las Santas Escrituras, ha concluido por diseminarse en 
una multitud de sectas sin prestigio, sin grandeza ni unidad; en el orden i>olítico, la 
idea liberal, pujante y majestuosa en su aparición, se debilitó más tarde, dividiendo á 



140 NOTICIAS 

sus partidarios en grandes agrupaciones para peVderse después en fracciones microscó- 
picas, que se dispersan como el polvo, al viento 'de las pasiones, y que carecen de 
fuerza jjara resistir las aspiraciones ilegítimas de las muchedumbres; y en el orden 
científico ó meramente expeculativo, una filosofía audaz, dudando de todo, menos 
del yo que duda, y asiñrando á construir la ciencia y la realidad sobre un principio 
i'inico, no demostrable, i:)or otro alguno, ba llegado en su soberbia impía á arrebatar á 
Dios su cetro y su corona para sentar sobre su trono á ese satánico yo. n 

líxpone en segiiida el Sr. Alonso Martínez la es^ieranza de que tras tantas convulsio- 
nes y tan amargos desengaños como ba ijroducido la exageración del individualismo, 
surja en los ánimos el conocimiento general de una doctrínamenos vanidosa y artística 
pero niás verdadera y más práctica, que concille, subordinándolos en su relación gerár- 
quica, la libertad con la religión, el individuo con el Estado, y el liombre con su Cria- 
dor; y adelantándose á una objeción que no podría faltar á esa esperanza de con- 
ciliación, añade: 

M¡ Eclecticismo! exclamarán desdeñosamente los espíritus superficiales que se pagan 
de i^alabras y sigxien, sin saberlo, la corriente de la moda. Sea en buen hora. Acusatl 
también, si os atrevéis, de ecléctica á la Creación, que nos ofrece á un tiempo el espec- 
táculo del espíritu y la materia, del alma y el cuerpo, del bien y el mal, de la razón y 
las pasiones, délo finito y lo eterno; términos opuestos que, toda vez que coexisten, 
necesitan resolverse en una ley de armonía, so pena de concebir á Dios como una con- 
tradicción inexplicable. Bien que la prueba de esa ley de armonía la tenemos en el 
mismo Dios, que es Padre, yes Hijo y es Espíritu santo; siendo este lazo de unión del 
Hijo y del Padre y formando estas tres Personas distintas una sola verdadera, según 
el augusto misterio de la Trinidad, uno de los más admirables y profundos de la san- 
ta religión revelada \}or e]*Redentor del mundo, n 

Entrando ya á examinar las diferentes escuelas individualistas, refuta primeramen- 
te las doctrinas de los economistas, que no ven en el gobierno de un país más (pie 
iiuna industria especial que tiene por objeto jirocurar á todos los demás ramos de la 
producción la seguridad que les es indispensable, n Según ellos, el Estado es \\\x simple 
productor de seguridad, cuya misión no es más alta ni más noble que la de un fabri- 
cante de fósforos, y que como éste está sujeto á la ley de la libre concurrencia. Sem- 
brar trigo, elaborar vinos y aceites, fabricar telas ó producir seguridad, todo es lo 
mismo. Gobernar un pueblo no es más que ejercer tina industria, yes un contrasenti- 
do y una iniquidad que cuando todas las demás son libres, pese todavía sobre ésta un 
irritante monoi^olio. Bastiat, Coíiuelin y Dunoyer, y otros economistas no se ati-even 
á aceptar estas consecuencias que lógicamente se derivan del principio por ellos sus , 
tentado; i)ero Molinari, más atento á la lógica que obediente al sentido común, no 
teme afirmar quelas funciones del gobierno deben caer bajo el dominio de la actividad 
privada, por no haber razón especial que justifique el monopolio ni exceptúe la ijroduc- 
cion de la seguridad de las leyes económicas á que están sometidas todas las indus- 
trias. 

"Las funciones del Estado, dice el Sr. Alonso Martínez, no se concretan á proveer 
de seguridad á los productores, como no está reducida á producir la misión del hom- 
bre acá en la tierra. La Sociedad no es sólo un taller, ni el ciudadano un simjtle obre- 
ro. La escuela economista mutila la sociedad y la naturaleza humana, despojándolas 
de su parte iñás noble y bella, if 

"Abramos las primeras imaginas de un Código civil cualquiera: un niño ha tenido la 
desgracia de perder á sus i)adrcs : la ley manda que se provea de tutor al pobre huér- 
fano. ¿Habrá quien tenga la osadía de negar al Estado esa función, que más que un de- 
recho es un deber imperioso é indeclinable? Pues bien, la ley del equilibrio económi- 
co no exijlica la institución de la tutela. « 



LITERARIAS. 141 

iiConaultcmos el dereclio administrativo : una jóveu iudiguameute seducida, á true- 
que de ocultar al mundo su deshonra, no se detiene ante el crimen y abandona im- 
pía, apenas acaba de nacer, al hijo de sus entrañas. El Estado le recoje y le cria eu 
una casa de lactancia . Pues bien, el cumplimiento de este deber de humanidad es 
inconciliable con el principio de la escuela economista. 

La krausista, más elevada en sus teorías, rechazando por estrecha la idea de que 
el Estado sea una mera institución de policía , le asigna como fin la aplicación y des- 
envolvimiento del derecho y la justicia. El Sr. Alonso Martínez hace á esta escuela la 
justicia de reconocer que ha analizado de una manera más completa las facultades del 
hombre y las diversas esferas de su actividad ; pero pone de^elieve los errores en que 
ha incurrido cuando, pasando bruscamente del análisis á las hipótesis, ha querido 
formar del orden religioso, del político, del moral, del industrial, del científico y del 
artístico, otras tantas instituciones', ó, más bien, otros tantos Estados distintos, fun- 
cionando á un mismo tiempo en la sociedad humana . 

II Independientemente de esta organización quimérica, añade el Sr. Alonso Martí- 
nez, sin fundamento real en la historia ni en el estado actual de la sociedad, ni en la 
naturaleza racional del hombre , hay en la escuela de Krausse algo más grave y tras- 
cendental, que toca ya al fondo de las cosas y que ha ejercido una influencia conside- 
rable en las ideas dominantes : aludo á la afirmación de que el poder político ó sea el 
Estado, no puede mezclarse en el movimiento interior de la ¡religión, de la ciencia, 
de la moral, dolarte, de la industria y el comercio, debiendo limitarse á asegurarles 
las condiciones exteriores de su lihre desenvolvimiento; afirmación que, unida á la 
de que los derechos individuales son absolutos é ileglslables, ha dado nacimiento á la 
teoría individualista, n 

Aquí entra la parte principal del discurso del Sr. Alonso Martínez. Expuestas su- 
cintamente las doctrinas de Humbolt, Laboulaye y Stuard Mili, las resume en lo 
relativo al punto especial de su trabajo eu estos términos : n Se ve', pues, que aun- 
que bajo diversas formas y desde puntos de \'ista diferentes, los individualistas pu- 
ros convienen en considerar los derechos del individuo como absolutos é incondicio- 
nales, sólo limitados y limitahles por si mismos, reduciendo la función del Estado á re- 
conocer su existencia y mantener el equilbrio entre ellos por medio de la represión, sin 
que en ningún caso le sea lícito emplear medios preventivos, n 

Stuard Mili ha dicho : n ¿Tengo el derecho de obligar á otro á que obre como yo? 
Pues si un individuo no tiene esta autoridad ¿cómo la ha de tener la sociedad que no es 
'más que una agregación de individuos, el Estado que no es más que el órgano de la 
sociedad? i Hay en la suma de estas unidades independientes una virtud mística, un 
derecho que no posea ninguna de las unidades'] i\ Sí, contesta resueltamente el señor 
Alonso Martínez ; y añade que no hay una sola atribución , un solo derecho del Es- 
tado que pertenezca á los individuos ; todos ellos resultan del hecho de la asociación, 
la cual ni siquiera es libre sino forzosa y natural. Todas las constituciones de la tierra 
escritas ó consuetudinarias, establecen y establecerán en lo futuro el poder judi- 
cial : no hay individualista que no conceda al 'Eista.á.o \a justicia ¿Y de dónde le 
viene al individuo la autoridad de juzgar á otro é imponerle la pena á que se haya 
hecho acreedor? El Estado tiene el derecho al impuesto y á la fuerza pública. ¿Pnede 
poseer estos derechos un individuo? ¿Se concibe siquiera su existencia si prescindimos 
de la sociedad? 

iiíQué idea tan mezquina se forman los individualistas de la asociación humana! 
Decir que la sociedad es simplemente una agregación de individuos y que no iniede 
haber en la suma nada que no haya en las unidades, es desconocer las ideas más ele- 
mentales de la mecánica, es negar la virtud, la fuerza y los efectos maravillosos de 
toda organización. Sumad la,s piezas que constituyen una locomotora ; agregadlas al 



142 NOTICIAS 

acaso, amontonándolas unas sobre otras de modo que no constituyan un organismo, 
y no tendréis seguramente la máquina, que, impulsada por el vapor arrastra poderosa 
formidaliles trenes ó surca veloz la inmensidad del Océano desafiando las tempestades, n 
Siqíiiera Krausse, Tiberghien y Arhens reconocen una diferencia profunda y esen- 
cial entre la filosofía del derecho y la política, y no exigen que se conviertan en leyes de 
aplicación inmediata sus ideas metafísicas exajeradas é intransigentes; pero Laboulaye, 
Moliuari, y, sobre todo, cierta secta de pensadores españoles se obstinan en convertir 
en legislación constitucional del Estado las consecuencias de siis fixlsas teorías. 

"Entre los individualistas ¡^uros franceses y españoles, más lógicos que sus maes- 
tros, poco importa qae se trate del filósofo de Kcenisberg ó del salvaje del O'liio, de la 
culta Inglaterra ó de la nueva Caledonia, cuyos habitantes se degüellan disputándose 
los restos podridos de una ballena. El salvaje tiene, lo mismo que el filósofo, la liber- 
tad de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la acción, el derecho de la 
imprenta, el del jurado y el del sufragio universal, porque estos derechos se fundan en 
la-naturaleza humana y son absolutos, de todos los tiempos y de todos los estados so- 
ciales, sin que nadie pueda limitarlos ni condicionarlos ni legislar sobre ellos. En In- 
glaterra, como en la tierra de Van -Diemen, la iniciativa del Estado es un crimen; no 
puede fundar escuelas, ni bibliotecas ni museos, ni hospicios ni hospitales; no puede 
construir carreteras ni ferro- carriles, ni puertos ni faros; es menester que se cruce de 
brazos y que lo deje todo á la acción individual, limitándose á garantir la libertad de 
los ciudadanos, i)or medio del castigo de los' atentados que se cometan contra los dere- 
chos individuales.il 

Individualistas notables por su elocuencia y vasto saber, presintiendo sin duda la 
fuerza de las objeciones que se pueden hacer á sus doctrinas, exponen una teoría del 
Estado más lata, más flexible y comi^rensiva, sin reunciar por esto á ser paladines en- 
tusiastas del hogar ó la familia, de la libertad del capital, de la libertad del taller, de 
la libertad civil, de la libertad pública, de la libertad de cultos y de la libertad de 
pensar. Ocupan entre ellos, dice el Sr. Alonso Martínez, el lugar más distinguido 
Eoetvces, uno de los hombres más célebres de la Hungría, y el conocido diputado y 
profesor *de la Universidad de París, M. Jules Simón. 

Según Jules Simón, "los derechos del Estado nacen de la necesidad social; esta es la 
medida de aquellos : de suerte, que en proporción que la necesidad disminuye por el 
Ijrogreso de la civilización, el deber del Estado es disminuir su propia acción y dejar 
más campo á la libertad. En otros ténninos, el hombre tiene derecho en teoría á la 
mayor liljertad posible; pero de hecho, en la vida real, sólo tiene derecho á aquella 
de que es capaz." 

Esta teoría, fundando la libertad en el derecho y no reconociendo la autoridad, siuo 
á condición de ser necesaria y en la medida de su necesidad, deduce que el Gobierno 
tiene dos funciones diferentes: la de constreñir á los hombres á la justicia y la de ilus- 
trarlos sobre sus intereses; y establece que la autoridad debe decrecer proporcional- 
mente á los progresos de la razón y la moralidad humanas. Si en la práctica sucede lo 
contrario, y las atenciones del Estado, lejos de disminuir se aumentan y multiplican á 
medida que la sociedad progresa, esto depende de que, según va avanzando la civili- 
zación, nacen nuevas necesidades, antes ignoradas, y se complican las relaciones 
sociales. 

Pero Jules Simón se equivoca grandemente al deducir la necesidad del Estado del 
hecho de que los hombres no son ni ilustrados ni justos; y al creer que la autoridad 
debería suprimirse si la sociedad estuviera compuesta de filósofos, fieles observadores 
de la ley moral. 

"El poder social seria necesario, 'aunque la sociedad se compusiera, no de filósofos, 
BÍuo de ángeles. Recordad lo que pasa en toda asociación voluntaria, siquiera sólo sea 



LINERARIAS. 14S 

tina reunión de sabios sin otro objeto, que poner en común su experiencia y sus luces 
para hacer progresar la ciencia, m No hay acaderiiia sin presidente y reglamento, ni 
empresa de ferro-carriles sin estatutos y un poder directivo, ni compañía colectiva sin 
escritura y una gerencia, ni universidad sin ley orgánica, claustro de profesores y 
rector. Y en las asociaciones naturales y forzosas, sucede lo mismo con mayor razón 
qiie en las voluntarias. No se concibe la familia sin el padre, la madre ó el tutor; el 
municipio sin ayuntamiento ni alcalde; el ejército sin general, jefes y oñciales. El 
poder se establece por sí mismo. La necesidad del Estado no nace de la existencia del 
mal moral, sino del hecho mismo de la asociación. Asociación y poder son dos ideas 
correlativas, solidarias. No por eso el Estado tiene derecho para absorber al hombre, 
como el consejo de administración de una compañía anónima no lo tiene i^ara apro- 
piarse y disipar los fondos de la comunidad. 

Es cierto que el poder público ni es infalible ni tampoco esencial y necesariamente 
justo; pero tampoco lo es el individuo, que, sacrificándolo todo á su interés personal, 
tiene mayores dificultades que el Estado para elevarse á la esfera de las concepcio- 
nes generales y i>ara trasladar á la legislación las ideas justas y elevadas y los progre- 
sos legítimos. 

También reconoce el Sr. Alonso Martínez que piiede alegarse contra su doctrina el 
cargo de vaguedad; pero no lo cree justo, porque tratándose de determinar la misión 
del Estado es imposible salir de una fórmula genérica y comprensiva, conforaie con. 
las leyes eternas de la moral, de la naturaleza y de la historia: toca luego á la ciencia 
aplicarla á todos los hechos sociales, á todas las esferas de la actividad humana. Por 
eso la ciencia es tan difícil y penosa. "Cualquiera que se haya ocupado en la redacción 
de un código civil, político, i^enal, administrativo, mercantil ó de otro género, sabe 
que en cada artículo se presenta el eterno problema de los límites del Estado y 
del individuo, Siendo muy difícil acertar en cada caso con la solución. Y esto es pre- 
cisamente lo que constituye el mérito de la ciencia y demuestra su.necesidad. El mundo 
moral no es menos rico en accidentes y detalles que "el mundo físico, y el estudio 
profundo del organismo del más despreciable insecto absorbe por sí solo la vida de un 
naturalista. II 

Hemos seguido paso á paso el discurso del Sr, Alonso Martinez, limitándonos á 
extractar sucintamente, ó á sólo indicar con ligereza los diversos puntos que abarca. 
Hallándonos en todo conformes con sus ideas, nada tenemos que objetarles, en 
cuanto á su fondo. En la forma, hay brillantez de estilo, buen método, abundantes 
muestras de que el ilustre escritor ha estudiado profundamente la materia. Distin- 
güese, sobre todo, este discurso, como todos los demás trabajos del Sr. Alonso Mar- 
tinez, por la fuerza vigorosa del análisis que descompone las doctrinas de los adver- 
sarios, separa en ellas lo razonable de lo que no lo es, pone al descubierto sus errores, 
y pulveriza sus sofismas. Sin dejar de ser elegante, la frase del Sr. Alonso Martinez 
sobre todo es sobria, y didáctica; su razonamiento sólido; sus demostraciones rigoro-» 
sis; su manera, en fin, de tratar el asunto, verdaderamente magistral. 

Fernando Cos-Gayon. 



boletín bibliográfico. 



LIBROS ESPAÑOLES. 

De la libertad en EspaSa : estudio filosófico-pnlítico, jwrJuan Garcin Nkto.— 
Madrid, 1870, establecimiento tipográfico de la viuda é liijos de Alvarez. 

Aunq\ie breve, este opúsculo revela uu estudio profundo y detenido . Propónese 
en él el autor principalmente definir con claridad la idea de la libertad y exi)licar la 
teoría del Estado, combatiendo sofismas y exageraciones que están muy en boga. 

iiEl obstáculo más poderoso con que ha luchado la libertad para desarrollarse entro 
nosotros deun modo pacífico y fecundo, ha sido la falta de ilustración en el pueblo, 
el profundo desconcierto de las ideas. —No es posible tener orden en las calles y anar- 
quía en las inteligencias. — La libertad no es más que un medio. ¿Qué es el medio 
para el qiie desconoce el fin y la manera de alcanzarlo? Es, pues, de toda necesidad 
que el pueblo se instruya , que aprenda sus deberes y sus derechos, si no quiere ser 
víctima de ambiciosos y charlatanes . n 

Pasa después el Sr, García Nieto á explicar la teoría filosófica de la libertad. Decla- 
ma contra el sistema preventivo . Nota las diferencias que existen entre la lil^ei-tad 
antigua y la moderna. Elogia el gran servicio prestado por la Asamblea Constituyen- 
te francesa al proclamar los derechos del hombre y del ciudadano ; pero reconoce que 
incun'ió a(piella Cámara en notoria exageración. Y añade : 

ifExiste entre nosotros una escuela que aún exagera y amplía los principios del 89, 
encontrándolos, sin duda, sobradamente moderados. Es verdad, en efecto, que la 
«Asamblea Constituyente francesa halña, con error manifiesto, llamado imjirescrip ti- 
bies á todos los derechos del hombre; pero también habia declarado que á la ley com- 
pete determinar el límite de estos derechos, y hoy son mvichos en nuestro país los 
hombres políticos que, no satisfechos con esto, les conceden, á más de aquel cai'ác- 
ter, el de ilegislahles, ilhnüables y absolutos — ¡Nueva y verdaderamente original doc- 
trina ! Yo siempre habia creído que en el hombre nada hay absoluto; que lejos de 
serlo los derechos, i^asa por axiomática su correlación con los deberes. La ley que, 
por su esencia, es la expresión del derecho y de la conveniencia pública, y por su 
forma la disposición solemne y obligatoria del iioder soberano de una nación, entien- 
do que es por su naturaleza nía norma de las acciones Ubres del hombre y, por 
consiguiente, muy al contrario de ser ilegislables las libertades y derechos del hom- 
bre, fonnan el primordial oíyVío f^e ¿r/, ley, de tal modo que, si el hombre no fuera 



BOLETÍN BIBLOGrAfICO 145 

libre, seria absurdo, y más que absurdo ridículo , pretender dictarle leyes . Siendo 
estas, por otra x>arte, y sobre todo la ley penal, esencialmente determinadoras de lo 
que es lícito jjracticar y de lo que siendo criminal é injusto debe ser castigado, no era 
fácil se me Imbiera ocurrido la pretendida iümitabilidad de los dereclios del hombre. 
Y como la pena no es más qyxQ la, privación de determinados derechos, afirmar que 
estos son imprescriptibles, me parecía echar i3or tierra el Código penal, y negar al 
Estado el derecho de castigar, n 

Y continuando ea la refutación de las doctrinas exageradamente individualistas, 
el señor García Nieto dice de sus defensores: n Es lo cierto que, entre los que las sus- 
criben, pocos son terriblemente lógicos hasta el punto de aceptar tan desoladoras con- 
secuencias de premisas á que la mayor parte sólo se adhieren por ignorancia ó ri- 
dículo alarde de radical liberalismo, por no hacer aquí mención de aquellos anarquis- 
tas y bullangueros para quienes la libertad es el derecho de hacer cuanto se les an- 
toje y convenga á sus particulares fines. Muchos son también los que dicen acep- 
tar esta doctrina; pero sin dar á las palabras o6.so?m<o, ilegislahle, etc., la significa- 
ción que realmente tienen y el uso les atribuye; y no pocos, en fin, los que cometen la 
vulgaridad insigne de aplicar estos ya famosos epítetos á los derechos en sí mismos 
y no á su ejercicio, creyendo salir del paso con suponer que la sociedad se guia por 
meras a,bstracciones. — Hay, pues, mucho de impertinente y fútil en cuestión que tan- 
ta polvai'eda ha levantado entre nosotros. Esta es, al menos, mi oiiinion, fundada en 
especiales investigaciones. ¿ Hay empeño en trastornar el diccionario , llamando ile- 
gislahle á lo que no lo es, ni puede serlo, por afán de presentar, aunque sólo sea 
en ai)ariencia, lirincipios políticos absolutos y totalmente radicales ? Pues yo respeta- 
ría tan original capricho, una vez constada la impropiedad del leng-uaje, si no estu- 
viera convencido de la cruel inconveniencia que entraña esa tori)e manía de ofuscar la 
conciencia de la parte menos ilustrada del pueblo, con utópicas ofertas y promesas 
irrealizables que, defraudadas mañana, sólo pueden dar por resultado el indiferen- 
tismo político sobrenadando en la hirviente sangre derramada en estériles mo- 
tines, n 

Defiende después el Sr. García Nieto el sistema representativo: demuestra la im- 
portancia y dificultad de la cuestión del Estado; examina la teoría individualista; 
critica el socialismo; combate las exageraciones absurdas de algunos economistas que 
no sólo niegan al Estado sus caracteres esenciales, sino hasta su existencia misma; ex- 
pone las doctrinas del partido liberal moderno; manifiesta los males de la excesiva 
centralización, esperando que sean remediados por el justo progreso de las libertades 
municipales; hace ver la importancia de las costumbres cuya influencia es má^grande 
y decisiva que la de las leyes; y concluye pidiendo que se procure en España la crea- 
ción de ese poder inmenso, que se llama opinión i)ública, y la elevación de las clases 
trabajadoras, no tanto por novedades en su condición exterior, ni por la conquista del 
poder iiolítico, como por el desarrollo de su espíritu, gracias al aumento de su ilustra- 
ción, 

Tksoro de la administración municipal y PROVINCIAL, ó Manual de organiza-' 
cion y atribuciones de los Ayuntamientos y Diputaciones provinciales, por D. José 
Marta Mañas. — Madrid, imprenta del Diario Oficial de Avisos, 1870. 

En un grueso yolíimen de más de 900 páginas, contiene con explicaciones, comen- 
tarios y formularios, toda la legislación política y administrativa vigente; la Consti- 
tución de 1869, las leyes de orden público, electoral y de Ayuntamientos, de Diputa- 
ciones, de Beneficencia, de Montes, de Presupuestos y Contabilidad, de Quintas, etc. 

TOMO XIX. 10 



14G boletín 

Manual enciclopédico teórico -práctico de los juzgados municipales, ó Tra- 
tado completo y razonado de loa deberes y atribuciones de los Jueces y fiscales mu- 
nicipales y de los Secretarios de dichos juzgados con formularios para todos los 
actos y diligencias civiles, criminales y administrativas, por D. Fermín AbeJla. — Se- 
gunda edición, 1871, Madrid. 

ElSr. Abolla, abogado y Director del- periódico titulado El Consultor de los Ayun- 
tamientos y juzgados murdcipales, ha prestado un importante servicio, con la publi- 
cación de este libro, á los juzgados municipales recientemente creados. Prueba de ello 
es que la primera edición se ha agotado en pocos meses. 

Con buen método y razonamiento, expone y comenta toda la legislación relativa á la 
organización y atribuciones de dichos juzgados; á sus reglas generales de enjuiciamien- 
to civil; á los actos de conciliación; á los juicios verbales; á la intervención de los jue- 
ces raunicix)ales en los ab-intestatos y testamentarías; en los embargos preventivos; 
en los asuntos que los jueces de primera instancia pueden encomendarles; en los que 
les están sometidos en concepto de delegados de la Hacienda pública; en el allana- 
miento de morada; en los procedimientos administrativos para hacer efectivos los de- 
leites al Tesoro nacional y á los Ayuntamientos; en las cuestiones de orden público; en 
lo relativo al consentimiento y consejo paterno para contraer matrimonio; en la cele-, 
bracion de los matrimonios civiles; en la formación del Registro civil; en la sustan- 
ciacion y fallo de las faltas; y en las diligencias preventivas en las causas criminales. 
Basta esta ligera indicación de las variadas funciones que pesan sobre los juzgados 
municipales, cuya institución, aunque conocida ya antes con otro nombre, ha recibido 
ahora un aimiento grandísimo de atribuciones y desarrollo, liara comprender la con- 
veniencia de que sus diferenies funcionarios tengan un guía como el que el Sr. Abella 
les proi)orciona con sii bien pensado y arreglado libro. 

Los MONTES y EL CUERPO DE INGENIEROS EN LAS CORTES CONSTITUYENTES, í;0)' Don 

Francisco Garda Martino, individuo del expresado cuerpo. — Madrid: estableci- 
miento tipográfico de Manuel Minuesa, 1871. 

Por más de una razón y especialmente por lo in-eparable de los estragos que el error 
ó eldescuido pueden producir, la cuestión de los montes públicos tiene una impor- 
tancia excepcional. En política, las situaciones cambian con facilidad, y ninguna pue- 
de durar mucho después de haberse desacreditado. Cabe en las facultades humanas 
reprimir los abusos que se hacen intolerables, subsanar los desaciertos, satisfacer los 
agravios, reponer lo destruido, deshacer lo hecho. Pero si se destruye en un momento 
de imprevisión ó de codicia un monte poblado de árboles de ochenta años, es casi segu- 
ro que no volverá jamás á su anterior próspero estado, y, en todo caso, es indudable 
que, por lo meaos, se necesitarán otros ochenta años para que llegue á tener árboles 
_ de esa edad. En menos período de tiempo, caben muchas revoluciones y muchas 
reacciones políticas, la caida de imperios poderosos, la formación y desarrollo de 
nuevas nacionalidades; pero la actividad del hombre no puede acelerar las condiciones 
de la vida de los grandes vegetales, 

Y á parte de la importancia que por el valor de su vuelo tiene un monte, le corres- 
ponde grandísima por sus relaciones con el suelo y con el clima de su país. 

El ilustrado y laborioso Ingeniero, D. Francisco García Martino, que ya en la publi- 
cación y dirección de La Revista Forestal, excelente periódico, que está en el tercer año 
de su existencia, ha dado pruebas de su celo por los intereses de este ramo de la Admi- 
nistración pública, así como nuevos testimonios de su competencia para ilustrar tan 
importante materia, ha formado ahora un grueso volumen con la inserción íntegi'a 
délas discusiones habidas en las Córt* Constituyentes, con motivo del voto particu- 
lar del Sr. Fernandez de las Cuevas, que proponía la supresión de los cuerpos espe- 



BIBLIOGRÁFICO. Ii7 

cíales de Ingenieros, y con ocasión del examen del presupuesto del Ministerio de 
Fomento. Además, ha añadido por su i)arte extensos comentarios, notas é impugnacio- 
nes de las doctrinas sustentadas por los diputados que se han mostrado adversarios 
del Cuerpo de Ingenieros de Montes, ó que han pedido la desamortización absoluta 
de la propiedad forestal. 

A tres i)ueden reducirse las principales cviestiones tratadas en este libro, rico en 
datos y razonamientos. ¿Debe el Estado velar por la conservación de los montes, ó 
abandonar su cuidado al interés privado? Reconocido, no sólo que la iniciativa indi- 
vidual ha sido y ha de ser siempre más funesta que favorable para los montes, sino qiie 
hay unido á estos un interés público que el Estado tiene el deber indeclinable de no 
abandonar, ¿debe el Gobierno llenar las necesidades de este servicio por medio de em- 
pleados amovibles, ó es preferible que se valga de un cuerpo facultativo, cuyos miem- 
bros estén garantidos por una sólida organización en el buen cumplimiento de los se- 
veros deberes que les son encomendados? En este iiltimo caso ¿el Cuerpo de Ingenie- 
ros de Montes ha correspondido en sus diez y siete años de existencia á lo que de él 
podia y debia exigirse? 

Una triste experiencia apenas permite la duda respecto de las dos primeras cues- 
tiones. El más somero conocimiento de lo que sucede con los montes de España tala- 
dos, con su suelo vegetal empobrecido, con sus condiciones climatológicas trastorna- 
das, basta para dar la firme convicción de que los intereses públicos se hallan grave- 
mente comprometidos en este asunto si falta la vigilancia y el cuidado directo de la 
autoridad. Y no se necesita tampoco una noticia muy detallada y muy prolija de los 
males de la Administración pública española, para saber cvián escasa fuerza alcanzan 
funcionarios amovibles y aislados para contrarestar los ataques poderosos dirigidos 
por mil medios diversos contra la riqueza forestal. 

' Respecto de la tercera cuestión, la defensa del Cuerpo de Ingenieros, hecha por 
el Sr. García Martino, no puede ser más cumi^lida. Pero sin rebajar el mérito con- 
traido por los Ingenieros, justo y necesario es añadir que el Gobierno no ha sacado dj 
ejlos el partido que debiera. Un Ingeniero de Montes, colocado en una provincia, sin 
recursos para traljajar, sin instrumentos, sin auxiliares, sin subalternos suficientes por 
el número y la instrucción, ni puede deslindar, ni fiscalizar, ni ordenar, ni guardar los 
montes, ni luchar contra las malas costumbres municipales, contra los desmanes del 
caciquismo, contra las influencias electorales, contra los abusos y las rutinas que por 
varios modos conspiran á la destrucción de los arbolados. Sólo á fuerza de laboriosidad 
y de celo, han conseguido los Ingenieros resultados, muy considerables sin duda, si se 
toma en cuenta que se ha llegado á eUos sin el auxilio y los recursos debidos; pero pe- 
queños, si se les compara con lo que se hace en otros países, que ponen los medios 
adecuados para los fines, gastando anualmente sumas muy crecidas en este ramo so- 
bremanera reproductivo. 

He aquí, tomándolo de dos párrafos del libro del Sr. García Martino, algo de lo ipie 
BUS compañeros y él han hecho ya : 

"Como trabajos ordinarios, además délos que dejamos consignados anteriormente, 
merecen recordarse, el planteamiento del servicio uniforme en todos los distritos, el 
cual comprende los aprovechamientos generales sujetos á condiciones de forma, tiem- 
po y lugar, habiéndose conseguido la extirpación de muchos abusos; las repoblaciones 
naturales á consecuencia de las cortas y rozas bien dirigidas con la determinación de 
los turnos respectivos; los deslindes, que han devuelto á los pueblos montes que te- 
nían ijerdidos; las repoblaciones artificiales llevadas á feliz término en algunas i)ro- 
vincias; la resinacion ensayada en varios puntos según el sistema moderno, que rinde 
mayores y mejores productos, al ¡jaso que asegura la conservación de los montes; la 
construcción de sequerías; la disminución de los incendios; la formación de las co- 



148 BOLETÍN 

lecciones presentadas en todas las exposiciones extranjeras, que siempre han merecido 
los primeros premios; y las estadísticas de producción, por las cnales se sabe que 
en 1860, cuando los montos púljlicos comprendian más de 10 mUlonesde hectáreas, se 
sacaron de ellas por valor de 62 millones de reales, y que seis años después, habiendo 
quedado reducida aquella superficie a monos de la mitad, sus productos representa^ 
ron 63 millones. 

itComo servicios extraordinarios, por haber sido encomendados á comisiones especia- 
les compuestas de uno ó más individuos, deben citarse : los planos y bosquejos dasográfi- 
cos publicados por la Dirección general de Estadística, trabajos que contimian hoy en 
la Comisión déla carta forestal; los trabajos sobre los alcornocales que fueron cedidos 
á España á la terminación de la guerra de África; la Memoria de la inundación del 
Júcar, libro lleno de curiosas noticias sobre los terrenas qtie forman la ciienca del rio 
citado; el estudio referente á la repoblación de la sierra de G^uadarrama; la descrip- 
ción de las principales Escuelas de montes de Alemania y Eusia; las Memorias sobro 
las exposiciones de Paris, Madrid y Londres; el estudio y proyecto para la repobla- 
ción de las cuencas de los rios Lozoya y Guadalix; los informes sobre las inspecciones 
extraordinarias de algunos distritos; los trabajos de la Flora forestal de'España, délos 
(lue se acaba de publicar últimamente una muestra, que da á conocer lo que aquellos 
serán en sii dia; y por iiltimo, multitud de infonnes y escritos sobre el ramo, n 

Arrullos, por D. Eiujenio Sánchez Fuentes. — Puerto-Paco; 1870. 
Esta pequeña colección de poesías, inspiradas por el amor paternal, son dignas del 
mayor aprecio por su candorosa sencillez, primorosa elegancia y delicado sentimiento. 
Hay en ellas verdadero fervor religioso y una ternura natural que da notable realce á 
las imágenes y gracias del estilo. Nuestra literatura, tan escasa de buenos libros para 
los niños, puede contar este como uno de los primeros. En tal concepto es sumamente 
estimable el librito del Sr. Sánchez Fuentes. 

Elementos de cosmología, por el Doctor D. José Mantells y Nadal, Catedrático de 
nociones de historia natural en el Instituto de la Universidad de Sevilla.- Sevi- 
lla, 1871. 

Esta obra, recomendable por su buen método y estilo, no se puede considerar como 
una Filosofía de la Naturaleza, como una parte de la Metafísica, como una verdadera 
Cosmología, sino más bien como un compendio de Cosmografía, como una abreviada 
descripción física del universo, doude se da cuenta de las leyes descubiertas por la ob- 
servación, sin elevarse á aquellas otras leyes y á aquellos principias superiores, propios 
de la Filosofía fundamental ó i^rimera. Limitado á esto el libro del Sr. Montells y Na- 
dal, y prescindiendo del título, en nuestro sentir más ambicioso, no se ha de negar que 
es obra útil y digna de estimación i)or encerrar en sí la idea completa del mundo, tal 
como la ciencia novísima la concibe y comprende. Es un libro como el Cosmos de 
Humboldt en resumen y miniatura, y muy adecuada para dar una itlca justa y digna 
de las cosas creadas á la juventud estudiosa y á la gente del pueblo. El libro del señor 
Mantells, si en España hubiese algima más afición á la lectura, debiera ser un libro 
mviy popular y muy leido. 

Exposición comparativa de las doctrinas de todas las principales iglesias 
cristianas: católica oriental, católica romana, anglicana y protestan- 
TE. Obra útil paroy consultar y de pronecho d todos los buenos cristianos. — Ma- 
drid, 1870- 
Este precioso librito ha sido compuesto por un sacerdote ruso, que estaba en esta 

corte como capellán de la Legación de Faisia, quien ha tenido la modestia de no dar 

su nombre. 



BIBLIOGRÁFICO. 149 

El libro está escrito en tan buen castellano que no se creerla obra de un extranjero, 
si no se supiese la aptitud y peculiar disposición (¡ue tienen para aprender idiomas los 
liombres de raza eslava. 

La exposición es un pequeño volumen, lindamente impreso, de 228 páginas, i)erotan 
nutrido de doctrina y la doctrina tan clara y metódicamente expuesta, que vale más 
que otras obras de muchos volúmenes y nada deja que desear, y nada deja por expli- 
cas, así del dogma de nuestra Iglesia cató'ica, como del dogma de la Iglesia de 
Oriente. 

Como es natural, el autor, si bien trata de conciliar ambas Iglesias, se inclina en 
favor de la suya, que es la Oriental, y le da la razón en aquellos puntos en que de la 
nuestra discrepa; pero es, con todo, bastante imparcial, hasta donde un sacci'dote 
puede serlo. Su obra está escrita con x)rof unda^ fé religiosa y con una sencillez elegan- 
te que hace su lectura tan agradable como es instructiva. — Al que desee conocer los 
dogmas del cristianismo, sin fatigarse mucho en leer libros teológicos y sin contentar- 
se con las exiguas nociones que puede darle un catecismo, le recomendamos la adqu * 
sicion de este librito. 

Academia Bibliográfica-Mariana. — Certamen lioétlco del año de 1S6S dedicado á la 
Virgen de los Desamparados. — Lérida, 18G8. — Un tomo de 344 págs. en 4.' 

Como cosa de ocho años habrán trascurrido, desde que un piadoso sacerdote de Lé- 
rida, el Sr. D. José Escola, devoto ardiente de María Santísima, tuvo la feliz idea de 
establecer, segundado luego por innumerables socios en el resto de España, la, no 
sabemos si con entei'a propiedad, denominada A cademia Bíhllográfico- Mariana, cuyo 
objeto seria y es el promover la gloria de la Madre de Dios, mediante la ciencia, la li- 
teratura y la imprenta. Muchísimos son ya los libros y los folletos que lleva publica- 
ilos, repartiéndolos gratis entre sus individuos. A dos clases pueden reducirse todos 
ellos; periódicos unos, no periódicos otros. 

De estos últimos, que pasan de treinta regulares tomos en 8.*, los hay históricos, 
poéticos, teológicos, ascéticos, etc. , parte originales, parte traducidos y concernientes 
todos á la Señora qiie forma el asunto exclusivo de las tareas de la Academia. Su mé- 
ito á la verdad, no siempre corresponde á la alteza del objeto, ni á la ferviente piedad 
que los ha inspirado. Algunos, sin embargo, lo tienen muy relevante. Citaremos como 
los mejores que han llegado á nuestras manos, \a.s Adoocadoncs, virtudes ij misterios de 
la Santísima Virgen, por el malogrado presbítero D. Felipe Velazquez Arroyo; las 
Poesías religiosas y Sermones, de D. Gaspar Bono y Serrano; las Odas y Suspiros, de 
D. Antonio Balbúena; La Virgen Madre, según San Bernardo; y, sobre todo, La Vir- 
gen María y el Plan divino, de Augusto Nicolás, obra detestablemente traducida por 
cierto, pero en la cual no sabemos qué admirar más, si lo nuevo y magnífico del plan, 
ó el rigor geométrico con que aparecen enlazadas sus diferentes partes, ó la rica erudi- 
ción teológica y filosófica, profimdidad de conceptos, vigor de raciocinio y belleza de 
estilo que en todas sus páginas resplandecen. Al lado de esta ijroduc cion figúrasenos 
bajo y mezquino cuanto se ha escrito .acerca de María Santísima. Por versión cas- 
tiza de ella, elegantemente impresa, daríamos de buen grado el 90 por 100 de las 
demás publicaciones de la Academia Bibliográfico- Mariana. 

Las 2J<i^i<^divas son tres. hosAnaleí, órgano oficial de la Academia, salen á luz men- 
sualmente y contienen, además de la historia de la misma, artículos y poesías en ho- 
nor de la Virgen, malos unos, medianos los más, excelentes algunos. De poesías, ar- 
tículos, leyendas y oraciones, al propio fin encaminados y asimismo desiguales en mé- 
rito, se compone también la segunda parte del Calendario Mariano, anualmente re. 
petido. Vienen, por viltimo, las obras premiadas en los Certámenes ámios que la Acá. 
dcmia, celebra, los cuales da á' la estampa reunidos en volúmenes como el que las per- 



150 BOLETÍN 

sentes líneas motiva. Coustituyeu el tema de estos discursos las imágenes de la Virgen 
más famosas y veneradas que existen en la Península. Asunto délos siete realizados 
liasta el dia lian sido la Virgen del Pilar, la de Montserrate, la de.Covadonga, la de 
Atocha, Nuestra Señora la Antigua de Sevilla, la Virgen de los Desamparados de 
Valencia y Nuestra Señora de las Mercedes de Barcelona, estando aun inéditas las 
composiciones laureadas en el último. La oda, la leyenda, el canto épico y la narra- 
ción histórica son las formas literarias en que los opositores luxeden vaciar sus pensa- 
mientos. 

El galardón de los vencedores consiste en laúdes, liras, rosas, jazmines, lirios, 
ramos de oliva, plumas, etc., de plata ú oro ó de ambos metales juntamente, costea- 
dos por la ^cac/emia ó regalados al efecto por personas devotas, que nunca faltan. 
Concádense, además, los accésit á que há lugar, según los casos. La entrega de los 
premios se verifica todos los años con gran solemnidad, balo la presidencia del Obis- 
po de la diócesis, asistido de las i)rincipales corporaciones de Lérida, leyendo un dis- 
curso adecuado al objeto el Director de la Academia y anunciándose el asunto sobre 
(¡ue ha de versar el concurso del año inmediato siguiente . 

En todos los certámenes, verdaderos juegos florales niarianos, se han presentado 
producciones de más que mediano, y algunas de subido mérito, como, jjor ejemplo, el 
l)Ooma La Virgen del Pilar, del Sr. Bono y Serrano, y la oda A Nuestra Señora de 
Covadonga, del Sr. Borao. No fué de los menos brillantes el de 1868, dedicado á can- 
tar las glorias de la Santísima Madre de Desamparados. Setenta y nueve comjjosicio- 
nes se recibieron dentro del plazo fijado en el programa, á saber, diez poemas, seis le- 
yendas, veintiséis odas (siete de ellas sóficas), nueve poesías de metro vario, diez y 
seis catalanas, una mallorquína, cuatro valencianas y siete obras de ijrosa. 

Adjudicóse el laúd de plata y oro, al poema en cinco cantos y en octavas reales, in- 
titulado La Perla del Turia, por D, Ensebio Anglora, y el correspondiente accésit al 
de D. José Martí y Folguera, en romance heroico y siete cantos. La Madre de los De- 
samparados, ambos recomendables por lo bien dispuesto del plan, la galanura del 
estilo y la fluidez del verso, siquier los desluzca una ú otra incorrección de lenguaje, 
ciertas imágenes poco propias, algunos rasgos prosaicos y tal cual falta de armonía, 
particularmente al primero, superior, no obstante, en otros conceptos. Las mismas 
buenas prendas y los projiios defectos notamos, aunque en grados diferentes y no 
no todos reunidos, en El Caballero de Ñapóles, de doña Isabel Cheex y Martínez, y 
Los tres Horneros, del referido Sr. Martí y Folguera, leyendas que merecieron la lira 
de platcí y oro y el accésit, respectivamente. Las odas A la Virgen de los Desamjmra,- 
dos, de D. Filiberto Abelardo Díaz, que obtuvo la lira de plata; La Perla Valenciana, 
de D. José Plá, primer accésit, y El llanto del Desamparado, de D. Francisco Cuesta 
Espino, segundo accésit, afectuosas y en general elegantes, resiéntense de difusión, ca- 
recen de aquella sobriedad y sencillez que tanto nos hechiza en Fr. Luis de León, y 
otros gi-andes maestros. Las dos últimas pecan además, si bien en raros pasajes, de 
I)rosáicas y nada cadenciosas. Son muy correctas y sentidas las décimas A María, 
Madre de los Desamparados, ijor las que D. Pedro Antonio Torres logró el lirio de 
plata, dádiva anual del limo. Sr. Obispo de Lérida. El romance endecasílabo, de ca- 
rácter lírico, debido á la pluma de D. Pedro Alcántara Peña, primer accésit, presenta 
algunas estrofas muy floridas y felices imitaciones del Cantar de los Cantares; seria ex- 
celente si el autor hubiese cuidado más del colorido y de la dicción poética. La com- 
posición en quintetos alejandrinos, que sigue á las precitadas, escrita por D. Francisco 
Bartrina de Aixemús, segundo accésit, nos parece más floja, sin que á pesar de esto, 
la reputemos despreciable, ni mucho menos. 

Vienen ahora las poesías lemosinas. En D. Francisco Pelayo Briz recayeron la rosa 
de plata, regalada por el Excmo. Ayuntamiento de Lérida para la mejor composición 



BIBLIOGRÁFICO. 151 

en catalán literario del principado ó de los antiguos reinos de Mallorca y Valencia, por 
la dedicada A la Mare delí Desamparáis, y el primer accésit, por los Stramps A la 
Verge deis Desamparáis, habiendo ganado el segundo, D. Francisco de Paula Ribas 
y Servet con su oda A la Mare de Deu deis Dasamparals. Un romance endecasílabo, 
La Mare de Deu deis Desamparáis, valióle á D. Pedro Alcántara Peña el jazmín de 
plata, ofrecido por el Secretario de la Academia. Fueron los accésit para el romance 
octosílabo E71 Ilahor de la Verge deis Desamparáis, su autor D. José Martí y Folgue- 
ra, y para la oda de D. Antonio Molins y Sirera, en cuartetos alejandrinos, A la Ver- 
ge deis Desamparáis. Otorgáronse, finalmente, á D. Juan Bautista Pastor Aicart, el 
ramo de olivo de jjlata costeado por la junta local valenciana y otros socios académi- 
cos de aquella demarcación, para el mejor romance esjrito precisamente en su propio 
dialecto, por el titulado La Joya de Valencia, y los respectivos accésit á D. Manuel 
Candela y Plá, por Les glories de Madona la Verge deis Desamparáis, y á D. Francis- 
co Pelayo Briz, por su Romans á la Verge de Valencia. Los conocedores del lemosin y 
sus modismos, ijeculiares giros y su frase poética, apreciarán las anteriores composi- 
ciones bajo el asjíecto filológico. Nosotros, que no lo somos, diremos vínicamente que, 
en ciianto nos es dado saborear sus pensamientos é imágenes, las hallamos, por punto 
general, preferibles á las antecedentes poesías líricas castellanas. Hay en ellas más 
unción, más originalidad, menos lugares comunes, menos estéril abundancia, menos 
ornato postizo. La primera del Sr. Briz y las dulcísimas liras del Sr. Piibas y Servet, 
son de las que más plenamente nos satisfacen. 

Con la,plu7na de plata, que la Junta directiva tenia designada para el mejor trabajo 
en iDrosa, fué premiado, por su Historia de la milagrosa Inuígen de Nuestra Señora 
de los Desam2jarado's, patrona de Valencia, hasta nuestros dias, el Sr. D. Julián Pas- 
tor y Rodríguez, que en todos ó en casi todos Jos concursos anteriores recabara idén- 
tica distinción con monografías análogas tan eruditas y bien redactadas como la pre- 
sento. Llevaron los accésit, D. Rafael Blasco, nai-rador de la Historia, de la Capilla de 
Nuestra Señora de los Desamparados de ' Valencia, y D. José García Bravo, que pre- 
sentó unos sencillos pero bien coordinados Apuntes históricos sobre la Imagen de Nues- 
tra Señora de los Desamparados. Creemos que el jurado procedió con justicia en la 
calificación de estos escritos. 

El éxito alcanzado por la Academia ilerdense no sorprenderá á nadie que conozca 
cuan arraigada se halla en nuestro pueblo la devoción á la Madre del Salvador. En el 
siglo XVII eran muy frecuentes, justas literarias parecidas á las suyas. Los tomos 
donde se contienen las obras premiadas en estas, siempre serán leídos con placer, no 
sólo por las personas piadosas, sino también i^or los amantes de la literatura y más 
todavía, por los aficionados al estudio de los recuerdos históricos locales y de las tra- 
diciones y leyendas populares . Por eso, aún los indiferentistas, si tienen algo desarro- 
llado el sentido estético, deben de estimar plausibles y meritorias las tareas de la 
A cademia Bibliófilo-Mariana. 

LIBROS EXTRANJEROS. 

SeLECTIOIÍS ÍROM PRIVATK JOURNALS OP TOURS IN PRANCE IíÍ 1815 AÑÜ 1818.-^2/ 
Viscoimt Palmerston. — London, Richard Benthley and Son, 1871. 

Ocupándose Sir H. Bulwer en escribir la biografía de Lord Palmefston, ha encon- 
trado, entre los papeles del célebre ministro, los fragmentos de notas ó memorias dia- 
rias que escribió cuando en 1815 y 1818 visitó la Francia. En estos momentos, la 
publicación de algunos trozos escogidos de esos fragmentos tiene un gran interés de ac- 
tualidad, porque la invasión de la Francia por los alemanes i)resta mayor im- 
portancia á los recuerdos de la que Palmerston vio en 1815. 



152 fiOLEtlN BIBLIOGRÁFIGO. 

Al atravesar la Noi'mandía, el ilustre viajero oyó en muchas partes que corria el 
rumor de que aquella jjrovincia iba á ser anexionada á la Gran Bretaña; y afirma que 
la mayor parte de los habitantes del pais, ó se mostraba indiferente al cambio, ó lo 
consideraba con alegría. 

De los i^rusianos cuenta que inspiraban un odio profundísimo á los franceses, y lo 
atribuye iirincipalmente al método que seguían para imponer contribuciones, ó hacer 
requisas. Cada comandante de tropas exigía para estas cuanto necesitaban. De aquí se 
derivaban muchos abusos. nCuando los oficiales, escribía en su diario Lord Palmers- 
ton, piden para sus soldados, adoptan la costumbre de pedir y tomar en primer lugar 
para sí; y los que hoy reclaman provisiones, mañana reclaman dinero, n Pero aun 
cuando no hiijjíese habido abuso, el sistema de las reclamaciones directas por cada 
jefe prusiano, hacia odiosos á los de esta nación para los franceses. Wellington tenia 
mandado que cada oficial, en vez de hacer por sí mismo las requisas, dirigiese las re- 
clamaciones á la Administración müitar inglesa, la cual se entendía con los agentes 
del gobierno francés. La consecuencia era que, aunque los i)rusianos y los ingleses hi- 
ciesen el mismo gasto en un pueblo, el proceder de los primeros causaba gran irrita- 
ción y el de los segundos era considerado con benevolencia. "Pero aun siendo odiados 
los i)rusianos, añade Palmerston, eran poi)ulares en comparación con losbávaros, que 
no sólo robaban y saqueaban, sino qiie usaban y alnisaban de la facultad de imponer 
castigo de palos, n Entre todos los invasores, los más estimados por el pueblo francés, 
eran incuestionablemente los rixsos. 

Estas memorias de Lord Palmerston contienen noticias ó juicios curiosos acerca de 
algunos x>6rsonajes de aquella época. Búrlase el escritor del príncipe hereditario de Ba- 
viera, que fué después el Rey Luís. Refiere los datos que acerca de los Bon apartes le 
dio Mervins Ment Bretón, que durante tres años había sido jefe de policía de Napoleón. 

No son menos curiosas, en los momentos actuales, algunas ideas manifestadas acer- 
ca del ejército prusiano. Hablando de una revista militar que presenció en París, dice 
Palmerston que los epexctadores quedaron admirados de la facilidad con que Welling- 
ton manejó 60.000 hombres en el mismo sitio donde dos días antes los prusianos ha. 
bian tenido también una revista de igual fuerza, mostrando mucha menos habilidad. 
Por otra parte, Wellington le dijo que los tropas prusianas eran muy indisciplinadas, 
y que en eUas la deserción alcanzaba tales ] )roporciones, que en pocas semanas había 
quedado su fuerza niiméríca reducida desde 120.000 hombres á la mitad. 

En los fragmentos publicados se refiere también lo sucedido en París con la ocasión 
de sacar de los museos franceses, para devolverlas á sus antiguos dueños, las obras de 
arte. Inglaterra no tenia interés directo en el asunto, y fué la potencia que gestionó 
en él con mayor empeño. Wellington inició las negociaciones, aunque en concepto de 
general en jefe del ejército de Holanda; y después, á él se debió principalmente la 
victoria sobre la resistencia que, así Luis XVII [ como el jiueblo francés, oponían ala 
devolución. Cuando se bajaron del arco de triunfo de la Estrella los famosos leones de 
Venecia, una brigada inglesa tuvo que proteger la operación; y centinelas ingleses ha- 
cían igualmente respetar el acto de descolgar los cuadros de los museos. 

Los críticos ingleses dicen que este libro demuestra en el célebre diplomático con- 
diciones de escritor, que hasta ahora no le eran conocidas. 

EnGLISH PKEMIERS, FROM SIR ROBERT WALPOLE TO SIR ROBERT PEEL.--5¿/ John 

Charles Earle. — London, Chapman etHall. — Two. vol. 

Desde el primer nombramiento de Sir Roberto Walpole en 1715, hasta el segundo 
de Peel en 1841, ha habido en Inglaten-a veintiocho primeros ministros, délos cuales 
Jonh Charles Earle ha reunido las biografías en estos dos volúmenes. Ijas administra- 
ciones ministeriales son, en rigor, algunas más en número, porque Walpole, el duque 
de Newcastle, el marqués de Rockingham, Pitt, el duque de Portland, Lord Melbourne 
y Peel fueron ministros dos veces. 



Director, D. J. L. Albareda. 



Madrid: 18ri.=Iinprenta de José Noguera, calle de Bordadores, núm. 7i 



INFORME 



(1) 



SOBRE LA OBRA 

LES MARIAGES ESPAGNOLS SOllS LE REGNE DE HERNI IV 

ET LA REGENCS DE MiRIl DE MÉDICIS 

escrita en francés por Mr. J. T. Perrens, doctor, profesor en el liceo 
Bonaparte, individuo de la Real Academia de Turin, etc., etc. 

EMITIDO Á LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA 

por su indiiíduo de número 
D. F. JAVIER DE SALAS. 



LOS MATRIMONIOS ESPAÑOLES BAJO EL REINADO DE ENRIQUE IV 
Y REGENCIA DE MARÍA DE MÉDICIS. 



Tal es el titulo de la obra escrita en francés por JMr. J. T. Perrens, y con- 
fiada tiempo há por la Academia á informe del que suscribe. Ocupaciones 
apremiantes en azarosa época, la escasísima trascendencia de mi dictamen 
y sobre todo, lo reacia que se hace la obligación cuando ha de censurar* 
han motivado la demora en el cumplimiento de encargo tan honroso 
Ruego, pues, á la Academia que acepte dichas causas como legítima excusa 
por el tiempo trascurrido. 

La obra de Mr. J. T. Perrens divídese en dos partes. Comprende la pri- 
mera desde el origen de las negociaciones mediadas entre ambas cortes 
para los enlaces de los hijos del tercer Felipe de Austria, especialmente los 
de doña Ana Mauricia con el Delfín, y príncipe D. Felipe con Madame Isa- 
bel, hasta el abandono de aquellas y muerte del rey de Francia. La segunda 
comienza en la reanudación de las notas, durante la regencia de María de 
Mediéis, y termina con la realización de los matrimonios. 

Las relaciones de los embajadores de Venecia cerca de ambas coronas. 



(1) Se publica en folleto separado por acuerdo de la Real Academia de la Historia. 
TOMO XIX. 11 



154 INFORME 

)03 despachos de los del rey de Francia en Madrid y Roma, y los reniitidoá 
1 Pontífice por sus nuncios en París, con especialidad los extensos de 
übaldini, principal negociador de estos enlaces, sirven á Mr. Perrens como 
de pilares de su obra: algunos trozos de la correspondencia entre Enri- 
que IV y su ministro Villeroy, y entre este y el presidente Janin ó embaja- 
dores, trae con frecuencia para verificar el texto; y procura reforzarlo, 
cuando conviene á su propósito, con insertos ó citas de varias obras, entre 
ellas las Economies royales de Sully, la historia titulada de la Mere el du 
fils, atribuida á Richelieu, la de Francia, de Martin, Memorias históricas, 
de d'Artigni, Hisloria del Pontificado de Paulo V, por Gouget, la de Los 
siete años de paz, por Mathieu, el periódico coetáneo Le Mercure, y otras 
producciones que seria difuso enumerar; de tal modo, que si la profusión 
de citas é insertos, sin discernir la congruencia y oportunidad de unas y 
otros, constituyese la excelencia de una obra, pocas podrían disputar el 
lauro á la que motiva este informe. 

En medio de tal concurso de autores y documentos franceses para verifi- 
car hechos que sólo por mitad atañen á Francia, se ven, como prisioneros 
en extranjera tierra, cuatro ó cinco dictámenes del Consejo de Estado de 
España, alguno poco pertinente^ sin fecha todos, y tan estropeados, que 
causarían lástima al más despiadado de sus lectores, y parecen recusar la 
competencia de quien allí los puso. 

Tal vez no encontraría Mr. Perrens ningún historiador, ó cronista, ó 
autor de relaciones é historias particulares en el siglo de oro de la literatu- 
ra española con que enriquecer sus citas; que casi esto se desprende de al- 
guno de sus comentarios; pero creo que para salir airoso en su ensayo de 
crítica, valiérale más haber escogido asunto que no se desarrollase en el 
período de los Garibay, Sandoval, Mariana, Moneada, Melo^ Ferreras, Anto- 
nio Nicolás, Miñana, Gil Dávila, Pujados, Herrera y otros, cuya memoria no 
reportará mucho daño por no haberlos conocido el autor de la obra que 
cuidadosa ó descuidadamente los omite. 

Verdad es que de otro modo no hubiera entrado en el palenque rompien- 
do lanzas, amparado por su séquito, contra la corte del tercer Felipe y su 
Consejo de Estado, contra sus diplomáticos y políticos, contra las costum- 
bres, carácter é inclinaciones de nuestros antepasados, y lo que es más 
sensible, contra la verdad histórica, desfigurada á veces en la narración y 
frecuentemente en el comentario. Pero ¡qué mucho! ¡si en su afán de bata- 
llar las rompe contra sí propio, cual acontecía al célebre hidalgo en el 
pasaje de los cueros de vino! ¡Tales son sus contradicciones! 

De España hace una especie de estafermo donde topa su airada pluma, 
revolviéndole á diestra ó siniestra, según le impulsa el humor ó cuadra á 
su propósito. No quiero decir que nunca acierte en el blanco, ¿ni cómo, 
siendo ©1 blanco tan grande y tan repetidos los golpes? Y al hacer esta 



ACADÉMICO. 155 

confesión, comprenderá la Academia que, antes de tomar la pluma, he 
procurado posponer toda idea de amor patrio al esclarecimiento de la 
verdad, revistiéndome asi del espíritu de imparcialidad que exige cualquier 
trabajo histórico. Si al mismo proceder se hubiera ajustado el autor de la 
obra que nos ocupa, ahorrariase la Academia la molestia que ha de produ- 
cirlo este desperjeñado escrito; pero su criterio, sea por convicción ó por 
naturaleza, sigue camino opuesto. 

El irritante orgullo español, lastimosamente confundido por él en mu- 
chos puntos con la dignidad, la insidia de los españoles, la falsia del Consejo 
de Estado, la ignorancia, doblez, presunción y perfidia españolas: no hay 
en suma mala cuaUdad ni vejatoria condición que no naturalice en este 
suelo, sin discurrir que, vincular en un vasto territorio todo lo malo sin 
concederle nada bueno, es tan absurdo como suponer en el orden materia^ 
sombra sin luz, ó en el moral vicio sin virtud alguna. 

Lo más donoso es que regalando á este país un epíteto por cada suceso, 
y deduciéndose en el curso de la narración idéntico proceder por parte de 
los suyos, se abstiene de calificarlos, cuando no les encuentre una disculpa 
que, retorciendo el discurso, echa á la postre sobre España: por tan inge- 
niosa manera la hace también reo de ágenos dehtos, causa de todas las fal- 
tas, origen de todas las torpezas cometidas por los franceses^ no como 
franceses, que dudo que el autor asintiera á esta aventuradísima hipótesis, 
sino como hombres constreñidos por su mala fortuna á tratar con una tan 
desventurada nación. 

¡Cualquiera diría que el tercer Felipe había mendigado estos enlaces á 
costa, no ya del decoro, sínodo la dignidad de España! Y así ni más ni me- 
nos se asevera en la obra de Mr. Perrens, y en algunos documentos que 
cita ó inserta, por mucho que de otros se deduzca lo contrario, y terminan- 
temente se compruebe esta segunda lección con los escasísimos, por desdi- 
cha, que aquí poseemos de buen origen. 

El autor siguiendo la correspondencia particular del Secretario de Estado 
del cuarto Enrique de Francia, con un tal Regnault, aventurero que duran- 
te el mes de Junio de 1602 viajaba por Castilla, supone vivos deseos en el 
duque de Lerma de dar satisfacción al Bearnés por el ultraje inferido años 
atrás á su embajador en esta corte Mr. de la Rocliepot, renovando por ello 
continuamente sus excusas al Encargado de Negocios, único representante 
á la sazón del rey de Francia, para que de nuevo viniese á Madrid un emba- 
jador, y llevando su afán de estrechar las relaciones hasta el punto de ma- 
nifestar al Nuncio del Papa que «no parecía sino que Dios había permitido 
que en el propio mes y año nacieran dos príncipes de ambae casas, varón y 
hembra, para que el matrimonio de ellos fuese lazo de unión entre ambas 
coronas.» 

El Nuncio por indiscreción calculada y probablemente convenida, añade. 



156 INFORME 

trasladj la plática al Encargado de Negocios, el cual la trasmitió al rey sin 
que en el principio obtuviese respuesta por ver Enrique IV la mano de Es- 
paña en la conspiración reciente del mariscal Biron. Pero el duque de Ler- 
ma no parecía inquietarse de ello, ni aún darse por ofendido de otras vio- 
lentas recriminaciones; antes bien, haciendo caso omiso de tales fundamen- 
tos de discordia, volvía sobre el asunto, aunque siempre por medio de tercero. 
El encargado de Negocios de Francia notició á su amo una plática habida 
sobre la propia cuestión entre Lerma y principales señores de la corte en 
la cámara de la infanta parvulita; mas los políticos franceses no creían en 
la buena fé del rey católico; el embajador de Francia en Roma Bethunes, 
suponía en los españoles el doble juego de sugerir al Papa la idea de estos 
matrimonios sin ánimo de verificarlos, y Enrique al contestar á su encarga- 
do en Madrid, Brunault, decíale, que se abusaba del Nuncio, pues no creía 
sincero el designio de España respecto á los enlaces, sino que por tal modo 
solamente pretendían vivir en paz con él. 

A pesar de esto, nombraba su embajador en Madrid á Mr. Barrault, encar- 
gándole tratara confidencialmente con el Nuncio sobre estas declaraciones, 
pero con discreción y en términos generales; «cosa, añadeMr. Perrens, que 
le fué muy difícil, porque desde las primeras audiencias prodigáronle de- 
mostraciones muy expresivas á fin de que se franqueara.» Inserta un despa- 
cho en que este refiere menudamente á su rey la entrevista con el de Espa- 
ña, y la complacencia de la corte al ver que la infantíta le echaba los bra- 
zos; tanta fué, que Lerma, aludiendo al accidente, le dijo al oído, esto es de 
hnon augurio para ambas coronas. El embajador deduce, por último, que 
todos los principales señores de la corte de Felipe deseaban el matrimonio 
con Francia, á excepción del Condestable de Castilla, y algunos más, de 
dictamen contrario, por ser la infanta hija única y por tanto heredera de es- 
tos reinos, sin que la generalidad aprobase esta razón. El autor fundado, no 
se sabe si en Brunault ó Barrauíl, expone que Lerma era el único ministro 
que no tenia como los demás resolución de envolver á Francia en guerra ci- 
vil, usando de toda suerte de artificios, y favorecer á uno de sus partidos 
logrado aquel propósito. Como prueba, añade que se acercó al duque un hom- 
bre ruin, proponiéndole cosas perjudiciales al cristianísimo rey, y que Ler- 
ma, después de reprocharle sus aviesas intenciones, lo arrojó por una ven- 
tana. De aquí que el embajador pensase aprovechar el momento en que el 
duque acompañaba al rey á misa, para manifestarle su gratitud. 

Extráñame en este punto que el minucioso Cabrera de Córdoba omita en 
su Relación de las cosas de la corte, un suceso tan grave, y no menos que 
la gratitud del embajador francés quedara encerrada en su pensamiento, lo 
cual induce á la sospecha de si la ventana á que el autor alude sería de las 
que por dar salida á la calle se llaman aquí puertas. 

Como quiera que fuese, prosigue exponiendo que el duque al fin rom- 



ACADÉMICO. 



157 



pió la reserva diciendo al embajador: «Preciso es creer que las hijas de la 
corona de España no pueden contraer buen enlace sino con hijos de la de 
Francia,» á'lo que sólo repuso el diplomático, «que verdaderamente eran las 
dos casas mejores de la cristiandad.» El Cardenal arzobispo de Toledo y 
demás señores presentes añadieron, que esperaban ver algún dia realizado 
este matrimonio, concretándose Barrault á contestar: «Será lo que Dios 
quiera.» 

En verdad que hasta aliora no tiene el autor motivo para quejarse del 
orgullo español, tan insufrible é irritante como en algunas páginas después 
expone. Lejos de ello, nos va pintando la corle del tercer Felipe de tal 
modO; que su ministro y privado más que arrogante Señor, parece cortesa- 
no humilde del embajador de Francia; y digo así, esquivando la palabra 
que vendría de molde al oficio que le hace representar. 

En la sistemática frialdad del francés, tenia sobrado motivo para desis- 
tir del papel nada decoroso que había tomado á su cargo. A pesar de ello, 
prosigue el autor, «la reserva era tan obstinada poruña parte, como persis- 
tentes las insinuaciones por la otra, y si esto no desanimó completamente á 
Lorma, inspiróle recelos sobre sus designios. Por'tal causa, añade, sin aban- 
donarlos del todo, formó el de proponer la infanta parvulita al rey de Ingla- 
terra, no obstante la diversidad de religión y de intereses.» 

El autor supone que tal fué la misión que el Condestable llevó á higla- 
terra, y de aquí toma pié para aseverar que el hábil ministro Rosny, tenia 
un motivo más de prevención contra la perfidia española. 

Lástima que Cabrera de Córdoba en sus minuciosas relaciones, Vivanco 
en su prolija historia, y la misma jornada del Condestable impresa pocos 
años después, omitan este punto importantísimo de la embajada, y mayor 
aún, que ni en el archivo de Simancas, ni en el de esta Academia, se encuen- 
tren documentos cpie comprueben la aseveración; pero aún suponiéndola 
cierta, ¿qué motivo hay para calificar de pérfido aquel acto del gobierno del 
tercer Felipe, y á mayor causa teniéndose presente los desaires que supone 
inferidos por el Bearnés? Aunque lo hubiese, ¿cómo seamphala calificación 
de un hecho aislado, no ya á la política de una nación, sino al carácter na- 
cional, que no otra cosa se desprende de la frase? Sobre todo, ¿qué concep- 
merece un historiador que, narrando de su país la propia falta, no sólo se 
abstiene de calificarla, sino que la atenúa parcialísimamente? 

Rosny había ido á Inglaterra para análogo fin respecto á su rey, que 
el supuesto por el autor en el Condestable de Castilla, sin embargo de haber 
dicho el embajador del de Francia en Madrid á Lerma que su magestad 
cristianísima estaba dispuesto á obrar en este asunto cual cumple á un rey 
cristiano, y animado de muy buena fé para conservar la paz entre ambas co- 
ronas con ventaja de las dos, y provecho de la cristiandad. Y es de advertir 
que los planes del rey de Francia, dtbian quedar en el mayor secreto hasta 



158 INFORME 

SU ejecución; lo que implica la aceptación de proposiciones de otras poten- 
cias, si asi conviniera á sus intereses. 

Se ve, pues, que la política del Bearnés era mucho más precavida y astu- 
ta que la de Lerma: no obstante, guárdase mucho de caliíicarla como á la 
española; antes bien, en su prop(3sito de mirar nuestros asuntos con diver- 
so criterio, escribe que «el Consejo de Madrid, supongo aludirá al de Esta- 
do, empleaba un refinamiento de hipocresía de que no era capaz el carácter 
abierto de Enrique, aunque para ello esforzase su deseo.» 

Cierto que muchos atribuyen tal condición al hijo de Juana d' Albret; 
pero si en vez de informe fuese este escrito refutación, atreveriame á ne- 
garle la cualidad que le regalan los que, fijándose en apariencias y no en 
hechos, han confundido la franqueza, compañera de la lealtad, con la astu- 
cia que dimana de interesables miras. Con esto lejos de amenguar, se acre- 
cen sus grandes condiciones de rey en su época, y no es difícil deducir que 
la más provechosa para su pohtica fué la habilidad que desplegó para 
desorientar á la diplomacia sobre sus planes más importantes, con una fran- 
queza, en ocasiones ruda, para que fuese mejor simulada. 

¿No comenzó por disiiTiular su religión, dado que tuviese alguna, vistién- 
dose de católico sin perjuicio de seguir subrepticiamente favoreciendo ásus 
antiguos correligionarios? ¿No usó de doblez al firmar lascivo contrato con 
la marquesa de Verneuill? ¿No la tuvo para embaucar á Cabriela? ¿No la des- 
plegó al tender sus redes á los de la liga que conceptuaba cómplices de 
Dyron? ¿No la refino en sus notas sobre la ruptura entro el Pontífice y Vé- 
ncela, yendo contra el primero cuanto pudo, sin perjuicio de jactarse á la 
terminación de haber salvado á la Santa Sede, disputando tal éxito al rey de 
España? ¿No la puso en juego hasta la indignación, favoreciendo á los re- 
beldes de Flandes? ¿No la demostró como nunca, precisamente en la cues- 
tión de los matrimonios españoles? 

Pues sin embargo de narrar el autor lo expuesto, y mucho más que so- 
bra para deducir el doble juego de Enrique y su política artera , tiene su 
criterio la elasticidad de regalar al Consejo de Madrid la calificación que en 
sana crítica cuadra mejor al gran rey. Tal vez la distancia entre las páginas 
le baria olvidar al escribir el capitulo II lo que habia consignado en el I, 
jó quien sabe si llamará franqueza á la cínica declaración de que a París 
bien valia ¡apena de una misa.^y En todo caso será la única que para des- 
gracia de la memoria del héroe le podrá reivindicar, y aun así tendría que 
exponer el disimulo que para el éxito hizo de sus creencias religiosas, dado, 
repito, que tuviese alguna. 

Pero lo más donoso en este punto es la candidez del autor en la siguien- 
te frase: «Rosny estaba en lo cierto al reprochar á los españoles de profanar 
lo que hay de más sagrado en religión y de abusar del nombre de matri- 
monio.» Conócese que al trascribir algunas frases de las Economies royales 



ACADÉMICO. 159 

quedó su mente supeditada por el estigma que SuUy lanzaba á nuestros 
antepasados. «El arlificio, dice este aludiendo al doble juego de las propo- 
siciones, parece tan malicioso como grosero: podria tratarse alguna cosa 
buena si los españoles fuesen blancos en lealtad como ángeles, y no tiznados 
de perfidia como los demonios.» 

Y como al célebre ministro, á pesar de los tratos de Rosny, no se le ocur- 
rió objetar lo mismo de la política francesa ni de su rey, es posible que el 
atitor considerase que á el tampoco se le dcbia ocurrir nada, ni siquiera 
que tal profanación era más imputable al cristianísimo que al católico rey; 
puesto que la del primero^ aunijue sin comentario, nos la da por averiguada, 
mientras que la del segundo, que nos reproclia, puédese poner en tela de 
juicio de no presentar mejores documentos. Y si los antecedentes valen, es 
seguro que en cuanto á profanaciones no lia de salir mejor librado el que 
apostataba de su religión por una corona, que el que subordinaba la suya á 
los intereses del Catolicismo; el que vendia sus creencias por poseer la ca- 
pital de un reino, que el que manifestaba con fervor que saldria de la del 
suyo de rodillas basta la del orbe católico, por conseguir que so declarase 
punto del dogma la Concepción inmaculada de la Madre de Dios; el dcs- 
[)rcocupado en materias religiosas que visiblemente protege á los calvinistas, 
que el que por motivos de religión llevados al extremo, más que por razones 
políticas, expulsa de su país á los brazos que constituían su más positiva 
ri(]ueza. Por último, ¿no era más lógico suponer asentimiento al abuso del 
nombre de matrimonio en el maride* amante de muchas mujeres, que en el 
esposo modelo de amor y de fidelidad conyugal? Nada de lo anterior obsta 
á que, visto por otro prisma, aparezca el primero gran rey y el segundo un 
príncipe poco dado á la gobernación de sus pueblos. Cierto que el autor di- 
rige el reproche á los españoles; mas como alude á las proposiciones diri- 
gidas, según él, y ij,o comprobadas, al príncipe de Gales, he debido enten- 
der que por reflexión iba contra el rey, sin cuyo asentimiento no puede su- 
ponerse que se diera un paso respecto á su hija, aunque la dirección de la 
política la tuviese de hecho su favorito. 

Si se debiera tomar la frase en su sentido recto , le diría que más fácil 
era que abusaran de un sacramento los calvinistas y aún católicos que es- 
taban en roce continuo con los sectarios del reformador que por bastardos 
íines autorizó al príncipe marido de Cristina de Sajonia ,á contraer dobles 
nupcias con Margarita de Saal, que los que á todo trance^quísieron y for- 
maron la unidad católica. 

Conócese, repito, que el autor ni ha querido molestarse en discurrir, 
ni tampoco en leer el período de nuestra historia que pretende historiar. 

En su obra sostiene que la iniciativa en el asunto de los matrimonios 
era de España , contrastando el gran deseo que aquí había de realizarlos, 
con la frialdad con que el rey cristianísimo oía las proposiciones, y el des- 



160 INFORME 

den que demostraba en el asunto. Esto, empero, no es óbice para que á 
vuelta de hoja asegure que el cardenal Aldobrandini, sobrino y secretario de 
Estado de Clemente VIII, afirmaba en alta voz que se liabia de llevar á cabo 
la alianza de las dos coronas, y que se baria por decidir á ella al rey de Es- 
paña de cualquier modo que fuese. 

Más adelante expone, que tan creido estaba el nuevo nuncio del Pontífice 
Ubaldini, que la idea é iniciativa de los matrimonios babia partido de Enri- 
que IV, que se lo confesó así en la primera audiencia, á lo cual contestóle eno- 
jado el rey cristianísimo: «No es costumbre que un padre ofrezca sus hijas; t> 
pero enseguida escribió á su embajador en Roma, asegurándole que las pro- 
posiciones habían partido del nuncio Barberini y del embajador en Madrid 
M. Barrault, á nombre del duque de Lerma; insistiendo en todas sus 
cartas, hasta lograr que el Pontífice y Barberini reconociesen que ellos 
habían dado el primer paso. Lo que temía, añade el autor, al dejar creer 
que había él tomado la iniciativa, era verse obligado á aceptar otras condi- 
ciones que las suyas, si la pohtica le constriñese á concluir estos matrimo- 
nios; pero salvados su amor propio como padre y sus intereses como sobe- 
rano, lejos de rehusar el debate sobre este asunto, se quejó al Pontífice, por 
medio de su embajador en Roma, de que Barberini no le hubiese escrito 
nada acerca de los enlaces en el espacio de seis meses. 

También confiesa Mr. Perrens que el rey de Francia recibió con júbilo a 
padre provincial de los jesuítas de Flandes, á fin de que instara al de Espa 
ña sobre la realización de los matrimonios; y atribuye al primero las si. 
guientes palabras: «Lo mucho que deseo el bien común de la cristiandad 
me ha hecho olvidar la costumbre que no autoriza á un padre á ofrecer d 
sus hijas, sino que le manda aguardar á que sean pedidas. y> Luego expone 
haber ordenado al Delfin, no obstante de hallarse aún entre el regazo de las 
damas, que escribiese á la infantita española una carta, la cual entregó al 
P. la Bastida con encargo de decir al tercer Felipe, que el rey cristianísimo 
daseaba ser su compadre y servidor, y estrechar más y más las relaciones 
entre ambas coronas, con tan sólida amistad, que se trasmitiese y perpe- 
tuase en los hijos respectivos. 

Inserta además una carta de Breves, embajador de Enrique en Roma, 
donde dice á su soberano: «lie hecho saber á Su Santidad que todas las 
cosas van bien encaminadas hacia los españoles. V. M. reconoce que no es 
posible realizar matrimonios más honrosos y útiles que los de España, siem- 
pre que sean propuestos por aquel rey, etc., etc.» 

Pues si tal cosa confiesa, ¿por qué asegura y sigue aseverando que las 
proposiciones partieron de España; que aquí había gran deseo de que se 
realizaran los matrimonios, no obstante el desden del rey de Francia, y su- 
pone al país sufriendo humillaciones en pro de tal manía, sm perjuicio de 
tildarle de orgulloso y altivo hasta la irritación? 



ACADÉMICO. 16 J 

No pretendo con esto negar la justicia de la calificación en muchos casos; 
pero en este creo que España estuvo digna, y de ninguna manera tuvo que 
sufrir humillaciones por cosa en que Francia estaba mucho más interesada. 
La contradicción sobre todo es evidente, y repito que si el autor no in- 
curriese en casi tantas como páginas tiene su libro, daria á sospechar 
su inocente confianza de que el lector habría de olvidarse en un capítulo 
de lo escrito en el anterior, sin tenerlo tampoco en cuenta para el si- 
guiente. 

Por ejemplo; sin recordar tal vez que en la pág. 26 ha dicho que el 
Consejo de Madrid desplegaba en este asunto un refinamiento de hipocresía, 
de que era incapaz el carácter abierto de Enrique IV, aunque esforzase su 
voluntad, dice en la 69: «Enrique titubeaba aún en romper con los protes- 
tantes para aproximarse á la política de España. De aquí la doblez con que 
ocultaba su perplegidad. Confesaba á sus cortesanos íntimos que la necesi- 
dad, que es la ley del tiempo, le hacia decir ahora una cosa, ahora otra; y 
nadie lo encontraba censurable porque tal era entonces en todos los países 
la regla de la política. » 

Y entonces, ¿por qué censura al Consejo de Estado de Madrid y en gene- 
ral á la política española por la doblez de que la suponía animada? 

Prosigue Mr. Perrens en estos términos: «Si por haberla practicado lo 
censuramos nosotros, es porque él la creia deshonrosa, vanagloriándose de 
jugar siempre á cartas vistas. Negociaba la tregua con los holandeses, y de- 
cía á D. Pedro de Toledo, por conducto de Ubaldini, que sólo por artificio 
les proponía buenas condiciones á fin de decidirlos á reanudar una guerra 
para la que po estaban bien preparados. El único medio de perderlos, aña- 
día, consiste en dicho tratado. Si tales palabras eran verídicas, demuestran 
que hacia traición á los holandeses; si mendaces, que engañaba á España- 
Ignoraba y temía por consecuencia el resultado de las decisiones tomadas, ó 
que pensaba tomar. Los que le rodeaban perdíanse en conjeturas sobre sus 
designios.» 

Pues si tal conocía el autor en la página 170, ¿por qué en las anterio- 
res regala al Bearnés tanta sinceridad, y sigue suponiéndosela en muchas de 
las posteriores? 

Más adelante escribe: «En Setiembre de 1608 penetraba bien el P. Cotton 
los pensamientos de su real penitente, y sin querer contradecía Ubaldini sus 
propias acusaciones, reconociendo que Enrique IV hacia depender los ma- 
trimonios de la conclusión de la tregua, á la cual, después de haberse 
opuesto, sólo se prestaba para casar á sus hijos.» 

¿Dónde está, pues, la repugnancia de dicho rey á los matrimonios, tan- 
tas veces expuesta por el autor? 

A mayor abundamiento dice en la pág. 95: «Así, pues, mientras que 
Enrique IV quería los matrimonios para consentir en la guerra (contra las 



162 INFORME 

provincias uniclas), Felipe III quería la guerra para consentir en los matri- 
monios.» 

Mayores contradicciones aún se notan en los siguientes párrafos: 

PÁGi 173. «Trasmitidas por D. Pedro de Toledo al Consejo de Madrid 
estas palabras (alude al reconocimiento que hacia Francia de la razón que 
á España asistía en la cuestión con los holandeses, y la proposición hecha 
por la primera de que modificase sus condiciones), fueron tomadas en él por 
signo de debilidad y se aumentó la arrogancia española.» 

PÁG. 174, «España, por medio de su embajador, humillóse hasta ofre- 
cer prendas de su sinceridad y de su palabra, confesando así, en cierto 
modo, que había razón para no darle crédito.» 

Al hablar del embajador del tercer Felipe, D. Pedro de Toledo le concede 
verdadero talento, por lo menos en la pág. 111; pero esta cualidad y la de 
su parentesco con María de Médicis hallábanse contrarestadas por otras de 
mucha cuantía, entre las cuales descollaba su intolerante orgullo; y añade: 
«Tales defectos, unidos á los del carácter nacional, le hacían poco á propó- 
sito para una misión conciliadora.» 

Censura el retardo del viaje del embajador que tanto contrastaba con la 
vivacidad francesa (sic), suponiéndole calculado para mortificar á Francia: en 
lo cual manifiesta no haber leído la Relación de Cabrera de Córdoba, tan in- 
dispensable para el asunto; juzga con sañudo y parcialísimo criterio á lodos 
y á cada uno de los Consejeros de Estado de Castilla, tachándolos de or- 
gullosos y sumamente ignorantes, con lo que falsea las mismas citas de las 
Relaciones de los Embajadores Venecianos en que se funda, por hacer estas 
excepciones honrosas de algunos; y severamente critica las contestaciones 
de D. Pedro de Toledo al rey Enrique en sus primeras entrevistas, cuyas 
arases califica en su mayor número de inconvenientes, de irreverentes otras, 
y alguna de brutal. 

«La primera muestra de dignidad que dio D. Pedro, dice en sentido iró- 
nico, fué hacerse esperar mucho, exagerando aún la lentitud española, en lo 

que la vivacidad francesa veía un insolente desden Su calculado retardo 

debía provocar vivo disgusto en la corte de Francia. » 

Repito que el autor, con vivacidad suma, da por cierto lo que sólo está 
en su mente, puesc[ue el retardo de D. Pedro, según la relación mencio- 
nada, cuya existencia debe ignorar Mr. Perrens, consistió en la falta de re- 
cursos para el anticipo de gastos del viaje, que al fin consiguió, merced á 
la usura de un prestamista (1). 

Hablando de su entrada en París, prosigue, que chocó desde el primer 
momento su actitud altanera y arrogante, y traslada el siguiente párrafo del 
Lestoiee: «Los que han visto á este señor, dicen que tiene talento y que sus 



(1) Véase la pág. 359 de la Rdacion de Cabrera de Córdoba. 



ACADÉMICO. 165 

«discursos son sentenciosos, aunque siempre acompañados de presunción 
«española.» ♦ 

Mr. Perrcns, conforme con esta calificación en las páginas 111 y 119, 
parece contradecirlas en la 120 al reseñar en estos términos la primera 
audiencia con Enrique IV: «Queriendo el rey, dice, desde el primer mo- 
«mento significarle su bienvenida, le dijo: «Temo, caballero, que no se os 
«haya recibido tan bien como merecéis.» «A estas graciosas palabras no 
«supo responder D. Pedro sino con una amenaza brutal. «Señor, replico, 
«lo he sido de tal modo, que estoy pesaroso de tantas inconveniencias como 
«veo, las cuales podrían obligarme á volver con un ejército,' y hacer que 
»yo no fuese tan deseado.» iiVeníre Saint-gris, repuso vivamente el rey; 
«venid cuando plazca á vuestro amo, que no por ello dejarla de ser bien re- 
«cibida vuestra persona; y en cuanto al hecho de que me habláis, vuestro 
«amo mismo, con todas sus fuerzas, se encontrarla bastante embarazado 
«desde la frontera, la cual es posible que no le diera yo el gusto de ver.» 

«Lección merecida, añade el autor, que no aprovechó al español arro- 
gante.» Y en verdad que si hubieran pasado asi las cosas seria merecida la 
lección del rey, y no podríamos quejarnos; pero ¿se concibe tal contestación 
en una persona á quien se supone verdadero talento y sentenciosa palabra, 
sin que mediase algún antecedente, si no para justificarla, para atenuar al 
menos su aspereza? (1) 

No diré lo mismo de las demás que el autor tanto le censura: á saber; la 
que dio á la reina al enviarle persona que le cumplimentara y le recordara 
los lazos de parentesco que le unian á ella. «Los reyes y reinas no tienen 
parientes sino subditos.» «Palabras, dice el autor, que aunque entrañen ver- 
dad, la más simple conveniencia hubiera debido retener en sus labios.» 

¡Lo que es la diversidad de criíerios! Yo hubiera vuelto la frase del revés, 
exclamando. Palabras que aunque no entrañan verdad, la más simple con- 
veniencia las aconsejaba entonces como deferentes y oportunas. 

Al hablar más adelante del duque de Pastrana, á quien llama D. Iñigo de 
Selva, le reprueba el haberse atrevido á bailar con la prometida esposa de 
su rey, contrariando el uso de su pais. Si hubiera rehusado, ¿no puede infe- 
rirse que por ello merecerla igual censura? No sale mejor librado D. Iñigo 
de Cárdenas, de quien dice que era mal cortesano porque ofendía á la reina 
con galanterías demasiado hbres^ como ü. Pedro de Toledo habia irritado 



(1) Tal vez se infiera algo de las siguientes palabras cíe Cabrera de Córdoba, que se 
leen en su carta fecha en Madrid á 10 de Octubre de 1608. (Pág. 351 de las Relaciones. 

iiDe París lia venido el marqués de Tabara, que fué con D. Pedro de Toledo, el cua) 
viene con mucho descontento de allá, por no haber hecho el acogimiento que se acos- 
tumbra en las cortes de los príncipes á los caballeros que van á ellas, y más enviados 
por S. M.j publica qiie D. Pedro de Toledo verná mal desimchado, «te, etc. 



I 04 INFORME 

íil (lií'iinto rey con sus insolencias. Sin embargo, cuando estos embajadores 
deíendian puntos en que por cualquier motivo halagaban á la nación fran" 
cesa, eran hombres razonables; y hasta de verdadero talento si el halago 
era sostenido, cesando, empero, estas cualidades al terminar la Hsonja. Asi 
que no es de extrañar que D. Iñigo, tan mal parado en su primera califica- 
ción, mereciese en páginas posteriores estas líneas: «Tenia todo el espíritu 
de conciliación que es permitido á una cabeza castellana;» ni que dijese 
estas otras del embajador de España en Roma: «El embajador deEspañaen 
Roma, que pertenecía á la ilustre casa de Moneada, tema el mérito, raro en 
su nación, de estar exento de vanidad, y aparte de la fidelidad á su rey, no 
habia nada que no hiciera en servicio del de Francia. » Y se me ocurre: ¿ten- 
dría aquella cualidad sin esta última condición? Tal es el criterio que pre- 
side á toda la obra; Francia sobre todo y antes que todo, inclusas la justicia 
y la verdad; y esto aun cuando se atropelle las autoridades que cita en el 
texto. En todo hace á su nación superior á España, hasta en la extensión 
de dominios, que no de otro modo se consideraba entonces la grandeza de 
los Estados. 

En este como en otros puntos pudiera citársele á M. Perrens los mismos 
autores en quien se apoya para deprimir á los españoles. 

Simón Contarini dice en su Relación correspondiente al año de 1005. 
«El rey de quien vengo á tratar es tan grande, que abraza del mundo lo 
que hasta hoy nadie ha poseído,» 

Girolamo Soranzo, en la suya de lósanos 1608 y 1011, pág. 477, confir- 
ma lo anterior con estas palabras. «Es cosa indudable que la mayor parte 
del mundo está dividida entre el rey de España y el gran Turco.» 

Pietro Gritti, en la de su embajada de 1C16 á 1620 se expresa de este 
modo: «S. M., alude al tercer Felipe, posee un imperio el más vasto y rico 
que desde la decadencia del imperio romano ha poscido príncipe alguno; 
porque extendiéndose, según el cómputo de los cosmógrafos, en un espacio 
de veinte mil millas, se esparce por las cuatro partes de la tierra y cir- 
cunda todo el mundo.» 

Tales párrafos que el autor debe haber leído, puesto que cita estas rela- 
ciones y aún inserta los trozos desfavorables para España, no le impiden 
anteponer á su país, al expresar que Francia y España eran las dos nacio- 
nes más grandes del mundo; si bien la segunda había perdido considerable- 
mente desde la paz de Vervíns. 

No le negaré lo último: España había perdido ante la opinión, pero no 
de su territorio, que es de lo que se trata: aún en este caso siempre aveír 
tajaría á Francia, y nunca podía considerar á su nación ni tan pujante ni 
tan extensa como el imperio del gran Turco, del cual hace caso omiso. Tam- 
poco debe ignorar que los embajadores citados escribieron años después de 
1 a paz de Vervinfc., ni mucho menos que el mencionado Soranzo termina 



ACADÉMICO. 1G5 

SU relación diciendo, que «España estaba llena de hombres docíísimos cu 
tudas letras y facultades, particularmente en literatura y leyes, cosa digna do 
alabanza y aplauso que deseaba para otras provincias. » Y sin embargo, el 
autor no tiene por conveniente seguirle en este punto; antes moteja á esta 
misma nación de ignorante, precisamente en el siglo de oro de una litera- 
tura afamada en el mundo, y aún estudiada hoy por las gentes que más 
presumen de eruditas, aunque el autor no tenga noticia de ello, que esto 
no es delito, ó procure cuidadosamente velar una noticia que saben los 
estudiantes de cualquier mediana universidad. 

Largo y harto enojoso seria el reseñar todas las contradicciones en que 
incurre, y aunque no lo es menos el ocuparse de los errores que cómele, 
debo añadir algunos .que por completo desfiguran la historia. Consiste uno 
en atribuir al rey de Francia el arreglo de las diferencias trascendentales 
habidas entre la Santa Sede y la república de Venecia, censurando al de 
España que se atribuyera el éxito, y no menos al Pontífice por reconocerlo 
así; y añade: «Los españoles no habían visto sin celos á Enrique IV arreglar 
las diferencias entre Venecia y la Santa Sede.» 

La Academia sabe los esfuerzos hechos por el gobierno del tercer Felipe 
para el arreglo de tan espinosa cuestión; las tropas reunidas en Italia á dicho 
íin; lo que la diplomacia'española tuvo que trabajar; por último, lo que ins- 
tó al rey de Francia para que, dejando su fría y más que reservada indife- 
rente actitud, hiciera ver al Pontífice que su conversión al catolicismo no 
era objeto de interesables miras, levantando algunas tropas, siquiera hasta 
el número de cinco mil hombres, que aún cuando fuera aparentemente 
auxiliaran á los treinta mil empleados por España para llegar al arreglo. En 
esto convienen todos los historiadores; y si se consulta al minucioso Vi- 
vanco, nos dirá en su obra inédita que exclusivamente á España se debió 
el buen resultado de este difícil y trascendental suceso. 

Aunque de tal modo no constase en documentos fehacientes , ¿cómo no 
inferirlo de un príncipe tan desapegado al gobierno de su país, como celoso 
en todo lo que tendía al bien del catolicismo, y deferente en extremo á 
la corte de Roma? Este fué el punto primordial y único de su política, en el 
rual obraba personalmente, y de viva voz dictaba sus disposicíon&s dejando 
lo demás á la inspiración ó capricho de Lerma; y á dicho fin subordinó por 
completo la cuestión de matrimonios, como puede verse en las cartas que 
por apéndice inserto íntegas unas, y extractadas otras. 

Si el autor las hubiera visto, como parecía de rigor, tratándose de un 
asunto de España que detalladamente pretente historiar, es posible, aun- 
que no seguro, que hubiese rectificado muchas páginas, y entre ellas las 
126 y siguientes hasta la 151, en las que expone que Vílleroy estuvo acer- 
tado al creer que la verdadera misión de D. Pedro de Toledo consistía en 
proponer los matrimonios con cierta diplomacia. «No debía esperarse, dice, 



166 INFORME 

que el rey de Francia abandonase la alianza con los holandeses para obte- 
ner la de España por medio de matrimomos que él no habia jamás solici- 
tado, ni hecho que los solicitara persona alguna.» 

Sin embargo, su propia narración nos enseña que Enrique IV introdujo 
la cuestión de los matrimonios en la primera audiencia de D. Pedro, el cual 
le contestó que antes de pasar á otra cosa se debia resolver á abandonar á 
los holandeses, añadiendo secamente y con altanería, que él no tenia en- 
cargo de proponer ningún matrimonio. 

Así era verdad, si sojuzga por las cartas mencionadas; pero el autor es- 
tablece la siguiente disyuntiva: «Si era verdad, no habia nada que másenlo 
profundo pudiera herir á Enrique, porque él sabia por los despachos de su 
embajador en España, como por los de Ubaldini, que el Soberano Pontífice 
habia propuesto los matrimonios á S. M. Católica.» Cúmpleme notar, por 
vía de paréntesis, la contradicción cometida en este punto respecto ,á otros 
en que asegura que la proposición de matrimonios partió de España, pu- 
diendo inferirse de las lincas acabadas de leer, que el autor reconoce que el 
rey sabíalo que él en otras páginas ha tenido por conveniente if/nomr. 

Siguiendo el párrafo, continúa: «Si el castellano mentía, ypodia creerse 
así.» Mas, ¿por qué? ¿Ha visto el autor las instrucciones ni ningún otro pa- 
pel de España de donde pueda inferirlo? Lejos de ello, el único que 
inserta es el estropeado de que á la letra tomo la parte congruente y 
más clara: «Y habiendo pasado á otras pláticas y asegurado D. Pedro que no 
tenia comisión ni poder para tratar casamientos se (por sí) bien avia daño 
(por dado) grata audiencia en España á los propuestos por el Papa y el va- 
ron (sic) de Barrault se despidió del rey, etc., etc. » 

Este inserto, cuya ¡ rocedencia no se indica más que por papeles de Es- 
paña, prueban precisamente lo contrario de lo que el autor dice. Si son 
relaciones del Consejo de Estado, como parece desprenderse de la conclu- 
sión, ¿no es más lógico suponer que el autor está en mal terreno al sentar 
gratuitamente aquella hipótesis? Infiérese que la funda en una carta de Vi- 
lleroy á Janin; pero, ¿por qué dar más crédito á una carta, donde á lo 
sumo no se ve más que una sospecha, que al dictamen de un Consejo, 
en que para nada tenia que jugar la diplomacia, por no deber salir de la 
nación? 

Prosigue el autor que el rey replicó á D. Pedro con palabras tan duras, 
que si este hubiera dado cuenta de ellas á su amo, podrían ocasionar un 
rompimiento, según se lee en un despacho de Ubaldini. 

Y hé aquí, digo yo, un rey irritado porque no le hablaban de lo que él 
quería, sin embargo del desden que aparentaba. ¿Cómo aquel embajador 
tan grosero y adusto, tan altivo é imprudente, según lo califica Mr. Perrens, 
tuvo más sensatez y comedimiento que el franco, amable y conciliador 
monarca? 



ACADÉMICO. 167 

Conociendo el autor que estuvo muy inconveniente, y no queriendo esle 
papel para el rey do un país donde dos centurias más tarde habría él de 
nacer, se apresura á escribir: íí Estas palabras imprudentes que no se hallan 
en ninguna parte, y que Enrique las sentiría sin duda.y> 

Pues si en ninguna pártese hallan, ¿á qué hacer mención de ellas? Y si 
estampa literalmente el despacho de Ubaldini que así lo expresa, ¿qué im- 
porta el ignorar las palabras, puesto que existieron y han merecido aquella 
calificación? No es, sin embargo, la ambigüedad lo más donoso del caso, sino 
que el autor se identifica con el personaje historiado por él, y tal cariño 
le toma, que responde de sus intenciones en el hecho de suponer que el rey 
sentiría sin duda el haberlas dichO;, por omitirlas en la relación que hizo á 
Breves de esta entrevista. ¡No podría haberlo disculpado con mejor iíiten- 
cion el más adicto de sus cortesanos! 

En realidad, continúa, D.Pedro debía obtener de Enrique que sin dila- 
ción abandonase la alianza de los holandeses para merecer la de España. La 
de España^ dice; pero en el documento en que se apoya se lee: «para 
merecer los matrimonios;» lo cual es muy distinto, porque echa por tierra 
cuanto el autor ha aseverado sobre la iniciativa y afán de la corte española 
en la cuestión, así como el desden del rey de Francia, y presta veracidad á 
las palabras de D. Pedro, dando por el pié á la sospecha de Yilleroy y á la 
gratuita afirmación del mismo que inserta el documento. 

Al hablar de la entrada en Madrid del duque de Mayenne, embajador ex- 
traordinario de María de Médicis para la reaUzacion de los matrimonios, 
expone la miseria y la parsimonia de España, ya en los presentes que le hi- 
cieron, ya en la mezquindad del mantenimiento y pobreza de los trajes es- 
pañoles, «que tan humillados se veian en todo y por todo al compararse con 
los bravos, ricos y apuestos caballeros franceses del séquito del embajador.» 
Viendo, dice, la suntuosidad de los franceses, que en un mes habían cam- 
biado por tres ocasiones las libreas de sus lacayos, y prodigaban el dinero 
en su camino, tuvieron los españoles vergüenza de su vergüenza, se rubori- 
zaron de sus viejos atavíos, y ni aún á los criados de Mayenne osaron dar 
las cadenas que habian recibido para este fin, porque conocieron que los 
franceses eran gente demasiado lucida y sagaz para hacer caso de tales re- 
galos. (^Por miseria y vanidad aparecieron, pues, más estúpidos é indolentes 
de lo que eran, n 

Varias de estas frases las escribe entrecomadas citando las cartas de Vau- 
celas á VíUerroy: y motiva la última el retraimiento que la grandeza mos- 
tró respecto al embajador francés. 

Extráñame que tantas ocasiones aproveche para tildar á esta nación de 
mezquma, el mismo autor que inserta un trozo de carta de Vaucelas á Puy- 
sieux donde consta que D. Iñigo de Cárdenas entregó en nombre del ter- 
cer Felipe á Madame Elisabeth, una joya con los retratos de esta y del 



168 INFORME 

príncipe español, que tenia engarzado un brillante, la cual se estimaba en 
cien mil escudos. 

Verdad es que, siguiendo su sistema de prevención contra lo que pudie- 
ra favorecer á España, añade: «Si no hay exageración en el precio, preciso 
es confesar que en esta ocasión no hubo mucho estímulo por parte de 
Francia.» Asi dice por qué el regalo del Delfm á la infanta de España era 
un brazalete que no vaha más de quince mil escudos. 

Seguramente que al hablar de la miseria y mezquindad de los españoles 
en trajes y en todo, no recuerda que él mismo ha escrito en la pág. 589, á 
propósito de los festejos celebrados en París á la publicación de los matrimo- 
nios, «que se hicieron enormes gastos, ó como suele decirse, que se quiso 
echar el resto, recibiendo orden los encargados de sobrepujar aún el fausto 
de los españoles.» 

¡Vea la Academia la excasa memoria del autor! Tan poca es, que en la 
misma página en que censura la mezquindad española, inserta una relación 
del recibimiento al duque de Mayenne en el castillo de Lerma, donde des- 
pués de ponderar las viandas y aparato con que se las presentaron, exclama 
en tono festivo: Fué aquello un verdadero triunfo sobre la cuaresma, ó más 
bien una de las procesiones que los gastrónomos de Ravalais hacen á su dios 
venlri -potente. » Cosa análoga dice acerca de los perfumes y lujo de las ha- 
bitaciones. 

A pesar de todo y contra el inserto que estampa de carta del embajador, 
supone que se fué disgustado de Madrid, si bien sumamente complacido de 
las señoras, tanto, que según relación de Puysieux, su hombre de negocios, 
llegaron á producirle una indisposición de estómago, v-Los mensajes, añade^ 
que diariamente recibía, debidos al atrevimiento, avaricia y lujuria de 
las señoras del país, le empeñaron al combate de tal nianfíra, que yo no sé 
cómo se habrá podido zafar. » 

El autor por su parte, dice: «Las señoras paraban sus carruajes delante 
de la morada del embajador, le Uamaban á las ventanas, le daban música por 
si mismas, enviábanle guantes, perfumes, aguas olorosas, dulces y toda clase 
de regalos; y en alta voz publicaban que nunca habían visto hombre, ni más 
galante, ni tan buen mozo. Admiraban su librea, su vajilla de plata, etc., 
asistían á sus comidas, y por tales modos le provocaban á galanterías de 
que no se podía abstener. » 

¡Dichoso mortal que, sin ser mahometano, gozó en vida del paraíso pro- 
metido por el profeta á los que mueren fieles á su ley! 

¿Pero no sena posible que el autor hubiese cometido alguna inexatitud, 
quizá por inspirarse para escribir sobre este punto de la época de Felipe III, 
en un libro contemporáneo de un compatriota suyo, donde dice este, que 
las damas españolas acostumbraban llevar una navaja en la liga? Deduciría, 
no sin fundamento, que tales damas debían ser zaf adotas , y teniendo en 



ACADÉMICO. 169 

cuenta que el carácter y costumbres de los pueblos no varían tan fácilmente, 
podia inferir que las abuelas de las visabuelas de dichas damas legaron 
á las actuales aquella condición, y de aquí que un mozo del garbo, donaire y 
atavío del duque de Mayenne, o de Uména, como en Madrid se le llamaba, 
habría de dar al traste con el resto de simulado pudor de las señoras de la 
corte del tercer Felipe. 

No es esto negar la esencia del hecho; ¡ni cómo, siendo Mayenne tan 
rumboso y rico! sino inferir que lasque le importunaban con tantas citas y 
piropos, debían ser las legítimas ascendientes de las que hoy, por tales há- 
bitos, llamamos de navaja en liga, aunque no usen ninguna de estas prendas. 

Nada tendría que oponer si se concretase á decir que la gallardía, donaire 
y gentileza del embajador fué celebrada por las damas de la corte, hasta 
el punto de tenerle por el más galán y mejor parecido de todos los de su 
acompañamiento. Así poco más ó menos se lee en la verídica y detalladísima 
relación de Cabrera de Córdoba, y no ya el criterio, sino el buen sentido, 
basta para rechazar todo lo que de esto pasase. 

Que el autor inserta la carta de un testigo como Puysieux, cierto; pero 
para qué íirve el criterio? ¿Qué diría si un autor español refiriéndose á 
Francia expusiese, apoyado en la relación de un viajero, que las señoras 
francesas acostumbraban asediar á los españoles en las principales calles y 
cafés, usando de expresiones y modales algo libres; ó que solían bailar dan- 
zas en posturas algo más que descompuestas? Diría, con mucha razón, que 
tal viajero no había salido de los que en París llaman boulevares, ni asistido 
á otros bailes que á los celebrados en Mabille ó Chateau rouge, y que tal 
autor había cometido la ligereza de apoyar su historia, sin el menor discer- 
nimiento, en lo narrado por un cualquier transeúnte, y la mayor aún de, 
con tales datos, ó ampliando alguna aventura, calificar al núcleo de las 
señoras de una Nación. Y no es mucho que de aquí se deduzca culpa de li- 
jereza contra el autor y contra Puysieux. ¿No conocemos todos al del libro 
antes mencionado sobre costumbres de España? ¿ No sabemos también de 
otro, y de ilustre apellido, que desde alta mar, como pasajero de un buque 
en viaje de circumnavegacion, decía que con sus anteojos habían podido ver á 
las bellas catalanas paseándose en la Rambla de Barcelona del brazo de sus 
jóvenes é indulgentes confesores, lo cual, aparte délo raro- de la visión, es 
algo menos verosímil que distinguir desde el Manzanares una cosa situada 
en la Puerta del Sol nunca vista por los habitantes de Madrid? (1) ¿No ha- 
bló otro renombrado autor con ligereza sobre las Canarias, aunque nunca 
tan desatinadamente como el del mencionado viaje? 

Lo extraño es que al hablar Mr. Perrens de la miseria española, perjudica 



(1) M. Arago (Santiago) en su Viaje al rededor del mundo escribe la frase sin ha- 
ber siquiera fondeado en la rada su buqxie, pero aiin cuando así fuese, no se podia ver 

TOMO XIX. 12 



170 INFORME 

muclio á su habilidad la circunstancia de insertar escritos que lo contradi- 
cen, y de añadir: «Tal gasto por desigual que fuese (respecto al de Francia) 
acabó de arruinar á los españoles. Para cubrirlo tuvieron que echar mano 
de pequeñas sumas destinadas á los infantes y á las viudas de los antiguos 
servidores de Carlos V y de Felipe II. 

Después de la partida de Mayenne encarecieron en algunos maravedís la 
libra de carne, como único recurso de volver á llenar su exhausto tesoro.» 

Si se tiene en cuenta la carne y demás comestibles regalados diariamente 
á la embajada de Francia, cuya relación, que el autor no debe conocer, 
detalla Cabrera de Córdoba, no es extraño que aquel artículo alcanzase ma- 
yor precio en razón al excesivo consumo; pero subir la carne para volver á 
llenar un tesoro exhausto, presupone en primer lugar la idea de que el te- 
soro estaba repleto, en segundo, la de que todo él se invirtió en la recep- 
ción mezquina á que el autor alude, y en tercero, la de que unos cuantos 
maravedís bastaban para repletar el tesoro de la nación cuyos dominios 
eran, materialmente por lo menos, los más ricos y extensos de ambos 
mundos (1). 

Oigamos á Cabrera de Córdoba en este punto: 

itPor la calle del Sordo (dice en la pág. 486), que es detrás del hospital 
de los Italianos, hay en esta calle, á donde sale, una puerta que á las tres de la 
tarde se abre, y tiene una llave un criado del duque de Uména que abriendo 
entra á tomar la vianda que hoy meten para mañana, y esto sin verse el que 
lo deja alH, que es un guarda mangel, que se llama Felipe de Arellanos; en 
metiendo la vianda cierra y se va hasta otro dia á las tres. 

Dia de carne es esto. 

Ocho pavos.— Vélente y seis capones cebados de leche.— Setenta gallinas.— 
Cien pares de pichones. — Cien pares de tórtolas.— Cien conejos y liebres. — 
Veinte y cuatro carneros. — Dos cuartos traseros de vaca. — Cuarenta libras de 
cañas de vaca. —Dos temeras.-Doce lenguas. —Doce libras de chorizos. — 
Doce pemiles de Garrovillas. — Tres tocinos.— Una tinajuela de cuatro arrobas 
de manteca de puerco. — Cuatro fanegas de panecillos deboca.— Ocho arro- 
bas de fruta; cuatro frutas á dos arrobas de cada género.— Seis cueros de vino 
de cinco arrobas cada cuero y cada cuero diferente. 



la Rambla desde aquella, ni aún desde el mismo puerto, ni en la época á que alude ni 
en otra posterior, hasta estos últimos años en que se derribaron las Atarazanas. 

Mayores ligerezas expone sobre las Canarias, que fueron refutadas por un excelente 
escrito , tan bien razonado como sentido , del publicista de marina D. Ignacio de 
Negrin. 

(1) No quiero decir que la nación fuese inmensamente rica; lejos de ello, en otro li- 
bro procuro demostrar que la miseria del oro habia muerto aquí á la riqueza del tra- 
bajo, y que España sucumbía por la pesadumbre de su grandeza. Solamente noto la 
contradicción entre la mezquindad aseverada y la ruina de un tesoro ]ior lo* gastos 
Terificados para el recibimiento. 



ACADÉMICO. 171 



Dia de pescado. 



Cien libras de truchas.— Cincuenta de anguilas. — Cincuenta de otro pes- 
cado fresco.— Cien libras de barbos. — Cien de peces.— Cuadro modos de esca- 
beches de pescados, y de cada género cincuenta libras. — Cincuenta libras de 
atún.— Cien de sardinillas en escabeche. — Cien libras de pescado cecial muy 
bueno.— Mil huevos.— Veinticuatro empanadas de pescados diferentes. — 
Cien libras de manteca fresca. — Un cuero de aceite. — Fruta, vino, pan y otros 
regalos extraordinarios, como en el dia de carne se dice. 

Esto es cada dia sin otras cosas extraordinarias de regalos más ó menos. 

Para esto hay dedicadas cuatro acémilas con sus cajones que traen este 
recado, y lo ponen en el aposento sobre unas mesas y cierran, y no parece 
otro dia sino las cestas vacías, y no quien las vacia, n 

En resumen; por cálculo nada exagerado, resulta que el embajador y su 
comitiva consumían diariamente unas tres mil seiscientas libras de carne^ 
que casi montan á dos toneladas desleidas en treinta arrobas de vino^ acom- 
pañadas de cuatro fanegas de panecillos de boca, y endulzadas con ocho ar- 
robas de fruta (1). 

Otra de las inexactitudes que comete^ es asegurar que el rey de España 
consideraba ligereza muy reprocliable que su hija, ya reina de Francia, 
adoptase algunas modas francesas, y sobre todo que bailara. 

Permítame la Academia que en este punto le recuerde algunos trozos 
de las cartas del tercer Felipe á su hija, por ser la mejor refutación contra 
lo que asevera Mr. Perrens. 

En una que lleva la fecha de 6 de Junio de 1618 le dice...: «Me hu- 
hiera holgado de ver el bailete que hecistes, que todos los que le vieron es- 
crevieron maravillas del, y de quan linda salistes, y quan bien danzastes: 
acá también se hizo la mascara.» En otra de 5 de Abril del mismo añO; 
«Me holgué mucho con las nuevas que truxo el último correo, aunque sin 
carta vuestra; pero yo lo doy por bien á trueco de que no os cansasedes en 
escrevirme pues lo estaredes desde el bailete y todos escriven quan bueno 
fué, y quan bien lo hicisteis vos: hasta envidia tuve á los que lo vieron, y 
mas á vos que diz que estabades muy hnda, y esto debe de ser cada dia 
mas, según habéis embarnecido y crecido, etc., etc.» 

Ignoro, pues, el fundamento que haya tenido el autor para suponer que 
el tercer Felipe reprochaba duramente á su hija el baile, como no sea una 



(1) iiDicen que todo el tiempo que el duque se detuviere aquí, se le proveerá de la 
misma manera este regalo, y si se entendiese que fuese necesaria proveer con máa 
larga mano, se liarla de la misma manera, según es grande la voluntad con que se 
hace.i> (Cabrera de Córdoba, pág. 482.) Véase lo que contrasta esta buena voluntad 
con lo que el autor dice. 



172 INFORME 

de las peregrinas invenciones del Mercurio, de cuyo papel hace un documento 
fehaciente para su historia. Si hubiese consultado estas cartas, quizá no 
incurriría en este ni en otros muchos errores, y digo quizá por ser también 
posible que rehusase la prueba en vista de no decir en ellas baile sino 
baikte. 

Respecto al otro extremo, pudiera trascribir muchos trozos de otras car- 
tas anteriores en que siempre le recomienda la obediencia á su marido, en 
gracia á la buena armonía que debe existir en los matrimonios. Todas re- 
bosan en paternal sohcitud, y tanto que á veces descienden á preguntas un 
tanto enojosas y de difícil contestación para una niña, no obstante su cam- 
bio de estado. 

«Me he holgado mucho, dice en una de 16 de Enero de 1616, por saber 
quedabades buena, y el Uey mejor del mal que habia tenido, de que os po- 
demos dar la enhorabuena como muger tan bien casada; y me ha parescido 
muy bien lo que me decís de las visitas que le habéis hecho y lo que habéis 
madrugado á las purgas y'sangrias, etc., etc., me ha dado cuydado el de- 
cirme que no tenéis buenos los ojos: espero en Dios que lo estarán presto 
y ya quema que acabasedes de ser muger, que para esso y para que me 
diessedes presto un nieto podría servir; y responded á lo que otras veces os 
lie preguntado de sí el Rey quando está bueno duerme siempre en vuestro 
aposento ó algunas veces, y no os corráis de decirlo á un padre que os 
(juiere tanto como sabéis, etc.» 

Sigue congratulándose de la buena armonía que existe entre ella, ol rey 
y la reina madre, y continúa: 

«El bailete que hicisteis debió de ser muy bueno, y yo holgara harto de 
veros, que la de la Torre me escrive maravillas de como ibades.» 

Sigue hablando de que le envía un chapín de seis dedos más de largo 
como le pedía, y concluye: «Os confieso que quisiera, aunque os pongáis 
colorada, que como efRey está muchos ratos del día en vuestro aposento 
estuviera algu no s noche. » 

En casi todas sus cartas le habla de bailes, y lejos de reprobarlos, envidia 
á los que la vieron. ¿Y cómo no, si aquel príncipe tan buen padre y esposo 
como rey deslucido, despuntaba precisamente en el baile hasta merecer el 
dictado de primer bailarín de su corte? 

Quizá Mr. Perrens ignore también este particular por no haber tenido á 
la vista ni la crónica, ni ninguna de las historias particulares, ni las relacio- 
nes que corren impresas sobre este reinado. Y en verdad que es omisión 
de alguna monta en quien narra asuntos que lo abarcan de lleno. 

Pues error más de bulto contienen las siguientes líneas: «La corte de 
España creía tan próximo el éxito (habla de los matrimonios) que desde los 
primeros días de Diciembre de 1613 anunció su designio de establecerse en 
ValladoUd.» 



ACADÉMICO. 175 

¡Véase cómo al fin se descubren todos los secretos! Asi exclamarán segu 
ramente, si pudiéramos oirles, Cabrera de Córdoba, Vivanco, León Pineco 
y demás autores de relaciones, cronistas é historiadores de aquella época, 
y testigos oculares de los sucesos, al leer en esta singular historia uno que 
que todos ellos vieron realizado por motivos muy diferente en fecha ante- 
rior, y es seguro que no menos habia de sorprender la noticia al tercer Fe- 
hpe, á Lerma, al Consejo de Estado y á los alcaldes de Valladolid en aquel 
tiempo. 

Durante mucho he molestado la atención de la Academia exponiendo 
todas las contradicciones que se notan en este hbro; pero no puedo menos 
de cerrar el examen con una, como norma del criterio que ha presidido á su 
redacción. 

Dicho está (pie la corte de Madrid usaba de doblez y perfidia, al propo- 
ner subrepticiamente al rey de Inglaterra la infanta española al principe de 
Gales, á fin de precaverse contra la derrota que, á juzgar por el desden de 
Enrique lY, iba á sufrir en las presentadas á Francia. Pues vea la Academia 
lo que en la pág. 451 hablando del doble juego de la corte de María de 
Médicis, sobre el matrimonio de Madame Chrctiene con el mismo principe, 
de Gales, dice de Villerroy, autor de las negociaciones: 

«Así, pues, con una habilidad que no puede desconocerse entretenía 
Villerroy el matrimonio con el Inglés, y contaba utilizarlo para reparar la 
derrota que habia sufrido en el terreno de los enlaces españoles.» 

Lo cual enseña, atrévome á añadir, que la perfidia tratándose de Espa- 
ña es habilidad cuando á Francia se refiere. 

De propósito he dejado para fin de fiesta la traducción de un escrito 
anónimo que inserta el autor, publicado en París al arribo de la embajada de 
Don Pedro de Toledo. Dice así: «Asomaos á las ventanas y mirad cual 
vienen los galantes. En primer término, se ven los bagajes del modo que 
sigue; tres carros tirados por búfalos y cargados de patrañas cultivadas y 
cogidas en el jardín del Escorial: otros tres por dromedarios cargados de 
galimatías: tres más por mulos de Auvergne: otros tres por pécoras arcádi- 
cos (1) cargados de eléboros y de gomorra extractada en Ñapóles hasta la 
quintuple esencia; tres amadrinados en parejes, tirados por diez y ocho 
elefantes, llevando la carta de los Países Bajos pintada en claro oscuro, 
sobre un lienzo de veinte y cinco toesas: un carromato soberbiamente ata- 
lajado con doce africanos tigres, conduciendo en un tiesto roto de tierra de 
Navarra, el contrato matrimonial entre el Señor Delfín y la infanta españo- 
la, extendido en romance sobre pergamino de cordero nonnato, y escrito 
profélicamente por el buen patriarca Ignacio de Loyola, según la revelación 



(1) Quizá aluda á los Guardias del rey por el epíteto que se dio durante el bajo 
imperio á los del Emperador Arcadio, 



174 INFORME 

en sueño que, tres dias después de su muerte, le habia hecho Santiago de 
Galicia; todo el en caracteres tan diminutos, que se necesitaba buena vista 
para poderlo leer. Veíase luego sobre dos angarillas llevadas á espaldas de 
dos esclavos como la caza de Santa Genoveva, una almohada de terciopelo 
carmesí; soportando la gorgnera de Don Pedro que medía en redondo ca- 
torce varas y media, y media cuarta (2). Después marchaban sus pajes, ca- 
balleros en animales de piel gris y largas orejas parecidos á los burros, 
toda gente joven con barbas canas, cantando á la entrada de la corte acom- 
pañados de las melodiosas voces de sus cabalgaduras. Seguían los oficiales 
de la casa de Don Pedro con toda clase de utensilios de casa: el primero 
con la marmita, el segundo con las parrillas, el tercero con la cadena del 
caldero y así consecutivamente los demás con lo restante de la cocina. Más 
atrás el Mayordomo en noble arreo llevando por peto una cazuela, un tarro 
de manteca por casco, una pringosa rodilla á guisa de banda y empuñando 
un largo asador. Después la sumíUería con tazas, cubiletes, potes, viandas, 
botellas y cuarenta mulos cargados de nieve, que no derretía el sol por hallar- 
se polvoreada de catolicón (5) castellano. Seguían los gentiles hombres de su 
casa montados en mulos, vestidos de tela vieja de cáñamo, botas de perga- 
mino, en una palabra con traje acomodado á la estación, es decir, camiso- 
las de escarlata, justillos de terciopelo negro, á causa del polvo, sobre otros 
jubones de Ja misma tela y color, cinchados como mulos por el vientre, 
apretados de tal modo que sacaban medio pié de lengua, mitrados cual 
obispos de Calcuta, con gorgneras de pié y medio que no habían olido el 
almidón desde la salida de España, golillas de terliz blanco, tan tiesas que 
parecían de porcelana, rasuradas las cabezas á lo monge, los bigotes como 
colas de mulos, y con mucha gravidad (sic) van tocando la guítarríta y can- 
tando á coro, cada uno diferente canción, todo ello por supuesto muy cató- 
licamente. 

«Se ve detrás una carroza de figura de pentágono á semejanza de la ciu- 
dad de Amberes, hecha de cartón fino y papel de estraza y uncidos á ella 
diez y ocho toros de Granada. Van dentro tres marqueses y tres condes 



(2) En carta fecha en Madrid á 19 de Enero de 1608 dice Cabrera de Córdoba (pá- 
gina 323). 

iiAntes de Pascua mandó S. M. qne se guardase la premática de las lechuguillas 
pareciéndole que habia de tener su mandamiento para la ejecución más fuerza que el 
rigor de los alguaciles, y sobre la medida se replicó por los de su Cámara, y ha que- 
dado en sétima de vara; y conforme á esto toda la corte ha reformado los cuellos y obe- 
decido á la voluntad de S. M.; por ser demasiado el exceso que en esto habia." 

Don Pedro de Toledo salió para su embajada algunos meses después. Si obedeció la 
pragmática debia ser su gorguei-a de cuatro y media pulgadas próximamente. Sin em- 
bargo es muy cierto que en esto del vestir habia mucha exageración. ¡Pluguiera Dios 
que todos los defectos de vuestros mayores, fuesen tan cr'nninalesl 

(3) Especie de electuario purgante, compuesto de sen y ruibarbo. 



ACADÉMICO. 175 

levando un palio á la alemana, tarareando un nuevo aire en honor de la 
iníanüta, y tocando todos un manicordio sin cigüeñal. D. Pedro de Toledo 
venia el último como un cura de regreso de precisión, conservando la gra- 
vedad de un vendedor de pajuelas, dentro de un aparador de tela encerada 
bien cerrado para evitar las moscas, tirado por dos caballos indios, y con 
traje de abrigo cual requeria la grandeza de su casa.» 

«A la mañana siguiente tuvo lugar la audiencia. En la antecámara, donde 
S8 preparaban para presentarse al rey más grande del mundo, cepilláronse 
mutuamente, por caridad, todo el polvo recogido en el camino desde su en- 
trada en territorio francés, de tal manera que oscureciendo la cámara obli- 
garon á salir al aire libre á los gentiles hombres y demás de la nobleza que 
en orden gerárqüico hallábanse en ella apostados. Pasaron en seguida á 
otra llena de marqueses nobles y plebeyos, hicieron segunda parada, co- 
menzando á alechugarse, á despiojarse unos á otros, y unos á otros á so- 
narse las narices por caridad, cosa que cada uno por si no hubiera podido 
verificar sin estropear sus gorgneras, y exponerse á volver á España para 
lavarlas; pues no se hubieran atrevido á darlas en Francia, temerosos de 
que cayendo en manos heréticas incurriesen en excomunión mayor, ó lo 
que peor seria, en las reclamaciones del Santo Oficio de la Inquisición.» 

«Mondos ya y Undamente zurrados, diéronse á marchar con tanta furia, y 
á echar con tal brio los pies por el aire, que hubieran dejado tuerto, ó roto 
los dientes á alguno, si á los primeros pasos no les hubiese dicho un ugier 
que olió como á queso de Auvergne, — Señores, no levantéis tanto los pies 
que al rey no agrada este olor. — Asi pues, moderándolos, acercáronse has- 
ta arrodillarse ante S. M.; dijéronle en cifra su embajada, se les contestó 
en solfa, hablaron en español corrompido y se les dio respuesta en buen 
francés (1).» 

«Bajo esta forma ligera, añade el autor, se demuestra la antipatía y des- 
confianza que inspiraban los españoles.» 

No trato ni de afirmar^ ni de de refutar esta antipatía, aunque pudiera 
encontrar en la misma obra muchos otros insertos que contradicen al ante- 
rior; pero ¿se podrá ocultar á Mr. Perrens que el sabor calvinista del escri- 
to es lo que manifiesta antipatía, no ya entre franceses y españoles , sino 
entre reformados y católicos? No ha reparado que el artificio del papel bur- 
lesco, consiste en involucrar la diferencia de religiones con la de naciona- 
lidades? Y aún así, no creo yo que el autor ó autores anónimos consiguieran 
sus fines. Movería el escrito ciertamente á risa, pero risa trivial que, pasa- 
dos los primeros instantes, despierta por lo menos indiferencia, cuando no 
desden, contra el libelista, no solo en los católicos, sino aún en los de su 



(1) Recueil d' ambassado et de plusiciirs lettres misives concernant les affaires 
de r Etat de France depuis 1525 jusquéa en IGÜG. Bib. Imp. ms, fr. uúm. 29 4, 



176 INFORME 

misma secta, y después únicamente podrán utilizarlo los representantes de 
farsas ó entremeses de corral, como medio de sacar algunas monedas de 
cobre al vulgo rústico y sencillo, que en su ignorancia propende á ridicu- 
lizar y deprimir todo lo que pertenece al extranjero. 

He procurado exponer el espíritu de parcialidad que de relieve sale en 
la obra. Quizá sea ageno á la voluntad de su autor, ó tal vez reconociendo 
en él tal propensión irresistible, y no ocultándosele que constituía un dcfec- 
lillo para tratar de historia, creyó cohonestarlo con la siguiente protesta es- 
tampada en su prólogo: 

«Debo notar con qué escrúpulo me abstengo de conjeturas y aserciones 
aventuradas, como asimismo de reproducir algunos despachos verdadera- 
mente picantes que escribían nuíístros diplomáticos menos conocidos, en 
desaliñado é incorrecto lenguaje, pero vivo y ya muy francés, en los cuales 
la originalidad eclipsa á veces las de las cartas tan bellas y ponderadas del 
cardenal D'Ossat.» 

Tal promete el autor, pero la Academia discernirá hasta el punto que lo 
ha cumplido. En cuanto á que el público note los despachos que dice se 
abstiene de reproducir, paréceme asunto imposible, y expresado de tal modo 
que todas las palabras huelgan en la frase, á no ser que se dirija á una pe- 
(lueñísima parte del público que fué en la época historiada, ó sea á las gen- 
tes nacidas dos siglos antes que el autor. Todo pudiera ser según el criterio 
de los espiritistas. 

Mr. Perrens, por último, dirige su obra con una carta en que después de 
manifestar modestamente la gran aprobación que aquella ha obtenido, y el 
honor que ha merecido de ser insertada integra en el Diario de Sesiones y 
trabajos de la Academia de ciencias morales y políticas de su nación , ex- 
presa el deseo de que esta, á quien se dirige , y califica de una de las mas 
célebres y respetables de Europa, le asocie con cualquier titulo á su com- 
pañía, para signiíicarle asi la satisfacción conque veia un trabajo , (pie llena 
una lagima en la historia de ambos países. 

Si en vez de convertirla en pantano la luibiera saneado con los instru- 
mentos que la verdad, madre de la historia, proporciona, entiendo que sería 
pertinente la petición que dirige á la Academia guardadora de aquella, mo- 
lestara poco ó mucho al espíritu de patria. Sin embargo, siendo la Acade- 
mia el único juez para decidir con el criterio levantado é íniparcíal que cor- 
responde, resolverá en este caso lo más oportuno, si bien el autor debe 
darse por satisfecho con que haya tocado este informe al menos autorizado 
y perspicaz de sus individuos. 

Madrid 24 de Febrero de 1871. 

Javier de Salas. 



ACADÉMICO. 177 

DOCUMENTOS. 



Carta del Rey al Marqués de Aitona, en San Lorenzo, 6 de Abril de 1608. 
(Archivo general de Simancas.— Estado.— Legajo núm. 1860.) 

i.Por una carta vuestra de los 5 de Febrero próximo pasado se ha entendi- 
do que el Papa os liabia dicho que el Eey de Francia deseaba el casamiento 
del Principe mi hijo con su hija mayor y que se le diese á la infanta Doña 
María mi segunda hija para éí Delfín su hijo y que también os habia dicho 
Su Santidad que el mismo Pv,ey dijo al Provincial de los Jesuítas de Flandes 
para que ello dijese al Embajador del Archiduque mitio residenteen Paris 
que haciéndose el casamiento del infante D. Carlos mi segundo hijo con su 
segunda hija y dándole yo los Paises-Bajos en dote para él y para los que 
deste matrimonio descendieren después de los dias de la Infanta Doña Isa- 
bel mi hermana pues no tiene hijos, se ofrece de hacer que aquellas Provin- 
cias queden sujetas al Archiduque mi tio como los Paises ovedientes, y que 
se establezca en ellos la religión católica. Esto mismo me ha dicho el Nuncio 
que aquí reside de parte de Su Santidad y lo ha acordado segunda y tercera 
vez y viltimamente lo ha hecho en virtud de cartas que dice ha tenido del mes 
pasado de Marzo haciendo mucha instancia sobre la resolución y es bien que 
sepáis que há muchos dias que el Barón de Barrault que aquí reside por Em- 
bajador del Rey de Francia movió la plática de los casamientos del Príncipe 
mi hijo con la Infanta mayor de Francia y de la Infanta Doña María con él 
Delfín de Francia y después acá ha hablado diversas veces al Duque de Ler- 
ma mostrando muchos deseos de que estos casamientos se concluyesen y se 
estrechase mas la amistad y hermandad entre las dos coronas, y también de- 
veis saver como él Rey de Francia ha procurado que de nuestra parte le me- 
tiesen en el tratado de la paz con los rebeldes, ofreciendo hacer muy buenos 
ofizios para facilitar la conclusión della y en particular ayudixr mucho al es- 
tablecimiento de la religión católica y que mi tio hizo ofizio con él en ésta 
conformidad y yo lo aprové; pues estando las cosas en éste estado y habiendo 
el Duque de Lerma respondido al Embajador de Francia lo mucho que yo 
deseaba estrecharme en deudo y amistad con su Rey y que para tratar desto 
era necesario que él se apartase de socorrer y ayudar á mis rebeldes como lo 
habia hecho por lo pasado, se ha entendido que en lugar de corresponder 4 
lo que habia prometido en benefício y aumento de nuestra santa fé, procu- 
rando que las Provincias rebeldes se redujesen á recevirla y consentir el ejer- 
cicio público della no solamente no lo ha hecho pero ha concluido con ellos la 
liga cuya copia se os embia con esta; y lo que es peor es que no falta quien 
dice que há persuadido á los rebeldes que no admitan la religión católica por- 
que haciéndolo á instancia mia y de mis hermanos irán creciendo los cató- 
licos y estando á nuestra devoción como obligados al benefício que habrán 
recevido por nuestro medio, j)odrémos hacer después lo que quisiéremos sin 
que lo puedan remediar, de todo lo cual he querido avisaros para que lo re- 
presentéis al Papa y le digáis la novedad y sentimiento que me ha causado 
entender que al mismo tiempo que el Rey de Francia se ofreció por mediane- 
ro de aquella paz y de apoyar mucho la causa católica y metió á Su Santidad 
en pláticas de casamientos para estrecharle mas conmigo aya salido con co- 
sas tan derechamente contrarias, en que no és menor el tiro que hace á Su 
Beatitud que á mí por el poco respeto que muestra á su Santa persona y al 
lugar que tiene aviendole puesto por medianero, y no es la menor causa de 



1 78 INFORME 

mi sentimiento ver que por este camino se me quitan los medios de poder 
acudir á Su Santidad como lo hice la vez pasada pues si se vuelve á la guerra 
con los rebeldes será cosa imposible poderlo hacer, que yo me he conniovido 
de esta sin razón, que á no estar Su Santidad de por medio pasara mucho mas 
adetante; pei'o con todo eso como quiera que mi intención ha sido, és y siem- 
pre será de preferir el bien público y universal de la cristiandad y augmento 
de nuestra santa fé al particular mió, no he podido acabar conmigo de dejar 
de embiar persona al rey de Francia que se resienta de éste agravio ni tam- 
poco suspender la ida hasta tener respuesta de Su Santidad, mas por el res- 
peto que le tengo se lo he querido hacer saber al mismo tiempo para que todo 
corra á un paso. Representareis á Su Beatitud que á no estar Su Santidad de 
por medio fuera de diferente forma él resentimiento que embio á hacer con 
el Rey de Francia pero atento el respeto que yo tengo á su Santidad se le dirá 
solamente cuan maravillado me tiene él aviso de ésta liga, y que apenas la 
puedo creer por más que se califique por ser acción tan indigna de Rey cris- 
tianísimo que le pido me haga saber lo que en esto ha pasado y si lo piensa 
remediar, pues se halla á tiempo si quiere, atento que aun no esta prendado 
pues la liga presupone que es para la observancia de la paz y ésta no está 
hecha y aviendo el mismo pedido le tomen por medianero y teniendo tanta 
mano, como dice, con Olandeses, de la demostración que hubiere se conocerá 
si quiere mas mi amistad que la suya. 

Y aclarando á su Santidad mi pecho como es justo le diréis que mi intento 
es apurar esta verdad, porque si el Rey cristianísimo hace en esto lo que pide 
la razon no solo holgaré de tener y conservar con el buena amistad y herinan- 
dad pero de estrecharla mas si á su Santidad así pareciere, mas si debajo de 
decir que es mi amigo me ha de hacer obras tan contrarias, mejor me será 
saber que es mi enemigo declarado que no que debajo de capa de amigo me 
haga obras de enemistad. 

Diréis más á Su Santidad que la persona que embio á Francia llevará or- 
den de <;omunicar con el nuncio de Su Santidad en aquella Corte la comisión 
que lleva y todo lo que hiciere confidente y llanamente, que si su Beatitud 
quisiere ordenar algo á su nuncio á este propósito lo podrá mandar hacer luego, 
aunque lo que principalmente deseo que le ordene es que penetre la intención 
de aquel Rey y le haga hacer la prueba della en lo que se trata con olandeses, 
pues tal podría ser él efecto que en ello hiciese en beneficio de la religión, que 
es lo que yo principalmente deseo, y en los demás requisitos de la paz que fuese 
justo admitirse y estrecharse mas su amistad por los medios y pláticas de ca- 
samientos movida por su Santidad y por el mismo Rey; pero no precediendo 
ésto su Santidad verá claro que él seria él que cerraría la puerta á lo que 
tanto ha mostrado desear, pues en tal caso si por una parte lo ha pedido por 
otra desobligaría dello. Añadiréis á lo dicho que su Santidad y yo somos 
igualmente interesados en no dejarnos engañar debajo de tantos artificios como 
el Rey de Francia usa con quiebra de nuestra reputación y dando que decir 
á las gentes, y que así le suplico ordene á su nuncio diga claro lo cierto de lo 
que siente de la intención del dicho Rey á la persona que embio, i)ara que con 
la verdad que apurase de verdadera amistad ó falta della, pueda yo luego to- 
mar la resolución que mas convendrá á mis cosas. 

Y por que la persona que embio lleva como queda dicho orden de comuni- 
car con él nuncio de su Santidad su comisión y lo demás que en estos negocios 
se ofreciere y tener con él muy particular conformidad y buena corresponden- 
cia, será bien que su Santidad le ordene que haga lo mismo con él y procura- 
reis que él despacho que le hubiere de embiar sea luego sin perder hora de 
tiempo para que habiendo hecho los ofizios que ha de hacer co)i el Rey de 
Francia, pueda cuando llegue la persona que de acá vá, que partirá luego, ad- 
vertirle muy en particular de lo que se ofreciere para que tanto mejor pueda 
cumplir con lo que lleva á cargo, y ireisme dando cuenta de lo que en todo se 
hiciere. II 



ACADÉMICO, 179 



II. 



El Marqués de Aitona al Rey Felipe III en 5 de Julio de 1608. 
(Archivo general de Simancas. — Estado.— Legajo 988.) 

Extracto. "Que ha sabido por resolución cierta que él Rey de Francia es- 
pera con mucho gusto á D. Pedro de Toledo y desea él efecto de los parentes- 
cos; que decia Villeroy su gran privado que si quisiera el Rey de Francia ha 
tenido ocasiones grandes para intentar novedades; que el mismo VilleRpy 
dijo que no hay que apartar al Duque de Saboyade V. M. por lo que está in- 
teresado y por la mucha merced que V. M le hace pero que estarla cauto sin 
inclinarse mas á la una parte que á la otra. Que el Rey aimque desea mucho 
los parentescos quiere dar á entender que es mas el interés de España que el 
de Francia, con el propósito sin duda de tratar este asunto con mayores venta- 
jas; y dice "que faltando su hija segunda la que querría casar con él Sr. In- 
fante después de algunos años de concertado el casamiento quedaría V. M. 
con los estados de Flandes pacíficos por Jo que él ayudará á ello y que el no 
tendría entonces ningún interés sino á V. M. mas poderoso contra él, y dice 
queáV. M. le están mejor estos casamientos por que teniendo los dichos Es- 
tados de Flandes pacíficos se ahorrará V. M. todo lo que gasta en la guerra. El 
encarece que á V. M. le está bien por asegurar mas lo que desea que és dejar á 
su hijo de tan poca edad, en muy estrecha amistad con V. M. y á V. M. obli- 
gado á hacérsela, n 

El Marqués de Aitona en 27 Abril acusó á su Magostad el recibo del despa- 
cho de 6 del mismo (1608), en que se le mandaba representar al Papa el senti- 
miento contra el Rey de Francia por que al mismo tiempo que se ofrecía por 
medianero de la paz y pedia para estrechar las relaciones los casamientos por 
conducto del mismo Papa, favorecía en causa de olandeses haciendo liga con 
ellos. Que habia mostrado el Papa sentir este proceder del Rey de Francia y 
se manifestaba cansado de su conducta en esto y en otras muchas mas cosas. 
Que él correo con orden del Papa para que el nuncio trate con la persona que 
iva á París á penetrar la inteligencia del Rey partiría inmediatamente. 

El Obispo de Montepulchiano nuncio de su Santidad en Francia escribió 
al Papa en 28 de Mayo de 1608 la conferencia que habia tenido con Villeroy 
sobre los asuntos de España. Dice que por haber estado ftl Rey en Fontene- 
bló, á caza, no habia podido tener audiencia de su Magestad pero que habia 
conferenciado con Villeroy en lo de la liga con olandeses, liga celebrada sin 
conocimiento del Rey de España á lo que contestó Villeroy que el Rey de 
Españn. hizo la paz y se acordó con él de Inglaterra sin dar parte de ello al de 
Francia, que la liga habia sido en palabra con los olandeses y que el oficio 
fué de ceremonia, pero que si los españoles caminaban con serenidad y están 
resueltos á estrecharse con Francia no debían tener sombras desta materia, 
pues las sospechas entre los dos reyes cuando sean unidos con parentescos y 
separada Flandes de España no tendría su Magestad cristianísima que desear 
otra cosa que ver unido á la obediencia de la hija y del hierno á los olan- 
deses. 

Que la querella de los españoles no podia argumentar sino tibieza de in- 
clinación á ésta plática, la cual le obligaba á creerlo tanto mas no viendo lle- 
gar la persona de España según la promesa que él Sr. Duque de Lerma habia 
hecho al Embajador de su Magestad cristianísima. Respondió el nuncio que 
de los españoles se podia argumentar buena disposición pues decían libre- 
mente sus dudas y que todavía trataban de enviar persona á Francia donde 
sino era llegada procedía del maduro consejo que se acostumbra tomar en 
cosas tan graves. 

Que habiéndole obligado á dar alguna respuesta al Papa le dijo que escri- 
biese al Papa que su Magestad estaba dispuesto y pronto á hacer el uno ú el 



180 INFORME 

otro pcarentesco con la investidura de Flandes, pues el rey se inclinaba mas 
por el rey de España que por olandeses cuando serán parieMtes y se tratará del 
interés de su liicrno. Que Toly y el canciller participantes y sabidores liavian 
podido colegir que eran de una misma voluntad como verdaderamente los ha 
hallado. 

Que el Embajador de Flandes le ha dicho haberle sido comunicado en 
confianza por el Sr. Zaraetto que el rey le ha hablado en esta materia con niu- 
cha alegría como de cosa casi hecha, y que habiendo de embiar á criar la hija 
á manos del Archiduque y de la Sra. Infanta tendría gusto de llegarse la vuel- 
ta de Cales y pasar alguna vez disfrazado á Bruselas. 

Y añade : 

Che per lettere particolari di Spagna si intende cheD.n Pietro di Toledo 
sará la persona che andará in Francia in compagnia di D.n Baldasare di Zu- 
ñiga. Ma ne TArabasatore di Spagna ne di Jiandrane sanno cosa alcuna per 
via di Corte, che andando eglí trattará con essi con la sólita confidenza che 
tratta con l'Ambassatore dé Fiandra, il quale ha ordine dall' Arciduca di 
comraunicar seco con gran liberta et procurerá che da tutte le parti si partí 
con ogai chiarezza et sinceritá. " 



III. 

Carta cid lley al Marqués de Aitona.=De Madjrid á 22 de Noviembre 1608. 
(Archivo general de Simancas.— Estado. — Legajo núm. 1860.) 

Por vuestra carta de los 26 de Agosto queda entendido lo que os dijo él 
Papa de lo que deseaba el Rey de Francia tubiesen efecto los casamientos que 
se han puesto en platica y que habiéndole de tener por su mano como lo pide 
el mismo Rey no puede ser sino cometiéndolo ahí á quien lo trate con su San- 
tidad con todo lo demás que acerca desto apimtais, y lo que se os puede res- 
ponder es que tuvistes harto buena ocasión para representar á su Santidad 
que el embiar yo á D.n Pedro de Toledo á Francia nació de haberme hecho 
decir por medio de su nuncio la proposición que á su Santidad se le habia he- 
cho de parte de aquel rey en materias de casamientos, y que al mismo tiempo 
que trataba desto hizo liga con los rebeldes, cosa tan contraria que me obligó 
á embiar á D.n Pedro á resentirme con él dicho rey y que supiese las causas 
que le habia movido á una resolución tan contraria á lo que habia propuesto 
íl su Beatitud, pues no le habia yo dado ninguna como vos lo habéis visto 
])or la copia que os embio de la comisión de D.n Pedro (1) el cual cuando haya 
apurado lo que á esto toca, y visto lo que responde el Rey de Francia respon- 
deré á lo que agora me proponéis de pai-te de su Santidad sobre la misma ma- 
teria; y pues por lo que D.n Pedro os ha avisado habéis visto que aquel Rey 
ha negado lo que primero habia diclio á el nuncio de su Santidad fuera bien 
que se lo representaredes y a lo que ésta manera de proceder le obligaba y 
qiie no debia su Beatitud dejarse engañar de hombre que lo que dice un dia 
niega otro, y cuando os hablaren en estas materias justificando mi causa des- 
cubriréis á su Santidad las marañas del Francés para que vea lo poco que se 
I)uede fiar de su modo de proceder, que en esto os pudierades haber alargado 
mas estando enterado de cuan doblado és, y avisareisme de todo lo demás que 
acerca destas pláticas piísaredes con su Santidad." 



(1) No está. 



ACADÉMICO. 481 



IV. 



Estado.— Legíy o 1860. 

Por otra carta del Rey al Marqués de Aitona de igual fecha que la anterior 
se le dice "que el Marqués D. Pedro de Toledo habia escrito diciendo que 
allá (en Francia) se niega haber ofrecido el Eey que si se concluyese el casa- 
miento del Infante D. Carlos con su hija segunda cediéndole los Estados de 
Flan des, el haria que los rebeldes se redujesen á la obediencia de nuestra san- 
ta madre Iglesia y de sus Príncipes. Que conforme estas noticias con las 
indicadas por el nuncio cómbenla que apurase esta verdad basta saber de po- 
sitivo lo que el dicho Rey ofreció acerca desto. Que advirtiese á su Santidad 
que la ida de D. Pedro á Francia se fimdó en lo que su Beatitud dijo pot me 
dio de su nuncio y que caminando en esta plática en conformidad de lo que 
el Rey de Francia ofreció de religión y obediencia por el casamiento y cesión 
de los dichos estados holgaría que se haga y daria la seguridad que convi- 
niere de su parte para el cumplimiento de ello, como también el Rey de Fran- 
cia debia dar la suya; y que para ello procurase con la instancia que el caso 
pide que el Papa lleve adelante lo que en esta materia comenzó avisando de 
lo que hubiere y á D. Pedro de Toledo, n 

V. 

Archivo general de Simancas. — Estado. — Legajo 1860. 

En despacho del Rey Felipe III al Marqués de Aitona, embajador en 
Roma de IG de Noviembre de 1608 hay el párrafo siguiente. ="Tambien he 
visto lo que él Papa os dijo de que con todo lo que él dicho Rey lel de Fran- 
cia) ha negado á D. Pedro de Toledo, en materia de casamientos le habia ase- 
gurado su embajador que su amo ayudarla las paces de Flandes con veras y 
que deseaba mucho los casamientos, y con ésta ocasión fuera justo que leres- 
pondierades, pues sabiades todo lo que habia pasado, que la habia tenido su 
Santidad muy buena para resentirse de que habiéndole puesto el Rey de 
Francia por medianero para tratar de matrimonios entre mis hijos y los suyos, 
negase después todo lo que habia dicho mostrando en ésto, como lo habia 
hecho en otras cosas, el poco respeto que le tiene, y así será bien se lo digáis 
y le advirtáis que al mismo tiempo que su embajador le habló en ésto estaba 
embiando gente escogida á los rebeldes (como se os avisa en otra) para que 
vea lo que se puede fiar de tal modo de proceder, que pues su Santidad lo di- 
simula y sufre no es mucho que se le atreva... 

VI. 
Estado. — Inglaterra. — Legajo núra. 2513. 

El Embajador de Inglaterra, D. Pedro de Zúñiga en 30 de Julio de 1608 
decia al Rey Felipe III "que habia entendido las platicas y juntas que él Em- 
bajador de Francia que allí residía tubo con el para manifestarle que su amo 
le encargaba diese cuenta al Rey de Inglaterra de la embajada que habia lle- 
vado D. Pedro de Toledo para tratar de casamientos de sus hijos que aunque 
le podian estar bien, todavía deseaba correr su fortuna con él, y saber si se po- 
día asegurar de que en Inglaterra ayudarían vivamente á los rebeldes de ma- 
nera que con esfuerzo pudiesen volver á las armas y holgara de tratar allí de 
cammientos de sus hijos jxira cícando tengan edad y que convenia luego dalle 
respuesta para poderla el dar á D. Pedro de Toledo, y í\ este propósito dice 



182 INFORME 

que aquel Key hizo poca instancia en ello. El consejo fué de parecer que se 
escribiese á D. Pedro de Zúñiga que podia responder que D. Pedro de Toledo 
no llevó orden de tratar de casamientos sino en caso que le hablaran de ellos 
por haberse movido ésta platica de parte del Rey de Francia por medio del 
Papa aunque agora lo niega por que va en todo sobre falso y con intento de 
engañar, ir 

En otra de 17 de Diciembre de 1609 D. Pedro de Zúñiga manifiesta al Rey 
Felipe III "que el Embajador de Inglaterra residente en Francia al despe- 
dirse de aquel Rey le pidió le dijese lo que habia en materia de casamientos 
para decirlo á su amo, porqué habia rumor de que se trataba uno con España 
y otro con Saboya. Que el Rey le respondió que era verdad que en esta mate- 
ria se tenian discursos, pero sin conclusión alguna; que confesaba que estaba 
su corazón muy inclinado a estos parentescos por ser los mas honrados y po- 
derosos de toda la cristiandad y que el que pudiera hacer con Inglaterra no 
habia lugar por qué su amo con este nuevo libro (1) habia desviado mucho de 
sí los corazones de todos los Príncipes católicos y que aunque él por él amor 
que le tenia, habia procurado mitigar el ánimo del Papa, habian Uegado las 
cosas A tal término que ni él ni otros podiau continuar estos oficios (2).it 

VII. 

Las emhaxadas célebres de los Duques de Rtimena, y de Pa^tr ana, para la con- 
clusión de los casamientos del Rey de Francia Luys XIII y del Frinciiie de 
España Felipe I V. 

(Códice n. 50 Ms de la Biblioteca Nacional, pág. 51.) 

Tratando etc. 

Para este dia (22 Agosto segunda audiencia) dexo el duelo la Corte de Es- 
paña (fuera del Rey) haziendo lo mismo el de Humena, y los de su compañía. 

Entre los acuerdos se expressaua: Que la Infanta renunciaua poder suceder, 
ni sus hijos, ni descendientes en ningún Estado de España, sino en dos casos 
solamente: quedando ella viuda de Luys XIII boluiendo á España, y también 
si por razón de Estado, por el bien público de los Reynos de España, y por 
justíis consideraciones se cassase con voluntad del Católico Rey su Padre, ó 
del Principe su hermano. Finalmente concluydo el acto, y pedida licencia en 
otra audiencia, se partió el Duque para Francia muy acariciado y los suyos 
, con la magnilicencia del Rey: y el agrado de la mucha cortesía y benevolen- 
cia de España. Escriuió el Príncipe á Madama Isabel, y el secretario de la 
primera carta fue Don Juan Idiaquez, que dize assí: Señora embidia tengo á 
Don Iñigo de Cárdenas, y que á de verá V. Alteza primero que yo: pagúe- 
melo en tenerme muy en su memoria, que selo meresco por tenerla á V. Alteza 
en la mia. Espero en Dios, muy breue se certificara á V. Alteza deste amor, 
y verdad mia, yo deseo que sea luego. 

Hizo su vistosa entrada (Pastrana) por la puerta de San Jaques con este 
orden, los clarines españoles con cotas de armas de tela de oro, y encarnado 
con las armas del Duque Embaxador; ochenta y ocho azemilas con reposteros 
de tapizeria, y armas del i'uque y las de su compañía: los Caualleros y cria- 



(1) XJn libro que publicó contra el Papa llamándole el ante-cristo. 

(2) Debo estos documentos con sus extractos á la diligencia é ilustración de mi 
de mi distinguido amigo D. Francisco Diaz, archivero interino del general de Siman- 
cas. Con las anteriores cartas paréceme que queda clara la cuestión de matrimonies y 
doblez de Enrique IV, así como que de él xiartieron las projiosiciones de matrimonios. 
También cae por tierra lo aseverado por Mr. Perrens sobre las instrucciones de don 
Pedro de Toledo y sobre otras muchas cosas expuestas por dicho autor hasta el punto 
de constituir por sí solas la mejor refutación de su libro. 



ACADÉMICO. 1 85 

dos costosissimamente vestidos, siete azemilas con reposteros de terciopelo 
carmesí, bordados de ©ro y plata; diez correos, treinta y ocho azemilas con los 
guarda joyas, sesenta y ocho personas con los oficios de su cámara en postas; 
luego en su segiiimiento dos clarines, y catorce pages del Duque de Neuers 
en cauallos españoles, y la librea española, después doze clarines del Rey con 
casacas de terciopelo blanco, veinte caualleros españoles, vestidos de tela de 
oro y plata, cada vno en medio de dos Señores Franceses, y los principales 
eran los dos hermanos del de Pastrana, Don Francisco, y Don Diego de Silua, 
el Conde de Galue, dos Marqueses, dos" deudos del Duque Don Antonio y 
Don Pedro de Silua, Don Sancho de Leyua, Don Juan Maldonado, Don An- 
tonio del Águila, el Adelantado del Rio de la Plata, Don Manuel de Meneses, 
Don Rodrigo Herrera, Don Alonso de Luna, Don Gabriel de Chaues, y Don 
Fernando de Leiua, y otros Caualleros. Después el Duque de Pastrana bi-i- 
llante de oro y pedrería sobre vn brioso y bien enjaezado cauallo, y el Duque 
de Neuers á mano izquierda. Con esta Magestad entró en Paris, y fué hospe- 
dado en la Rúa de San Antonio en la casa de Rochelaura. 

VIII. 

La Emhaxada que hizo a Francia el Duque de Pastrana imra la conclusión 
del casamienio del Príncipe de España Feliqn I V. 

(Códice n. Ms. de la Biblioteca Nacional, pág. 55.) 

Tres dias antes que llegasse a Paris el Duque de Pastrana, fue la Reyna 
auer la composición, y aderezo de la casa de Rochelaura. La misma tarde que 
llegó ala posada, visito al Duque de parte del Rey Mos el Grande (que es 
cauallerizo mayor) acompañado de mucha Nobleza, y cantidad de hachas 
blancas por ser de noche. El Jueues a IG de Agosto alas dos después de medio 
dia embio Mos el Grande de parte de sus Magestades al de Pastrana treinta 
cauallos con gualdrapas de terciopelo negro, y seis carrozas, las dos a seis caua- 
llos, las otras dos a quatro y las vltimas a dos. Después salió a acompañar al 
de Pastrana el Duque de Guisa con sus dos hermanos el Principe de Zoinville, 
y el cauallero de Guisa, su primo el Duque de Elbeiif, los Marqueses de Ner- 
moustier, de Nesle, y de la Valeta, los Señores de Crequi, de San Luc, de 
Bassompierre, y de Termes, y mucha Nobleza, todos con costosissimas ga- 
las. Halló al de Pastrana con la Nobleza Española, todos acanallo, y mucha 
vizarría, y con gallardo orden llegaron a Loure, llenando el de Guisa la mano 
izquierda. Estañan en la puerta del Palacio con buen orden el Capitán de la 
Guarda con sus Archeros en dos hileras, el gran Preuoste, sus Lugartenientes 
con los demás Archeros, y la compañía ordinaria de los Suyzos. En la gran 
Sala hizieron la misma assistencia el Capitán de las Guardas, sus Tenientes y 
Archeros y fue receñido el Duque del Conde de Suisons, estando los pages de 
la pequeña, y grande cauallería tendido a lo largo de aquella sala con hachas 
de cera blanca encendidas: y entro por la Cámara del Rey en la Galería, en 
donde la esperaua. En los dos lados desta Galería auia vn palenque vestido 
de alfombras y por el contorno los pages de los Reyes también con hachas 
encendidas. De frente auia vna tarima bien leuantada, cubierta de vna 
alfombra de terciopelo violado, sembrado de flor de lises de oro, y vn dosel de 
la misma forma, y arrimadas dos sillas, la del Rey de terciopelo azul, y la de 
la Reyna de terciopelo negro, a mano izquierda con muchas Princesas y Da- 
mas. Estando el Duque en la Galería, y los suyos arrimados alos Palenques 
con plaga para los Caualleros, se detuuo vn poco hasta que el Mariscal de 
Bois Daufin le hizo passar adelante. Hechas sus cortesías presentó al Rey ym, 
carta, diziendole: Que el Rey su Señor le auia embiado para assegurar a su 
Magestad de su afición y estimación que liazia de la suya. Entonces el Rey le 
abrago y le respondió: Yo agradesco al Rey de España mi hermano su buena 
voluntad, la mia estava siempre dispuesta a honrrarle como a padre y amarle 



184 INFORME 

como a hermano. Puede assegurarse bien la infanta de mi entera afición a su 
seruicio, y de que la amare perfectamente. Y también se assegure Mos el 
Principe de España que le tengo de amar con toda afición como a hermano 
proprio. Haziendo el Duque vna cortes reuerencia, boluiose ala Keyna, y con 
grandes sumissiones le presentó otra carta. Después de muchas razones y cor- 
tesías x^idió el Duque licencia para besar la mano a Madama la infanta. Lle- 
ude el de Guisa por otra Galería ala antecámara, donde le reciuieron los 
quatro Mayordomos, y le acompañaron hasta donde estaña Madama assentada 
en vna silla baxa debajo de vn dozel de terciopelo carmesí, con franjas de oro, 
vestida con ropa encarnada, bordada de oro, y mucha pedrería, pendiente al 
pocho vna cruz de inestimable valor, con vna sarta de perlas gruessas, con el 
aderec^o de la cabeca vistoso y rico, dando estimación a todo esto su rara her- 
mosura. Haziendo el Duque tres reuerencias la besó la mano, y entretanto 
que hazian lo mismo los Caballeros Españoles, hizo vna cumplida visita a su 
hermano y hermanas, y acabados los cumplimientos se boluió asu casa con el 
mismo acompañamiento que salió della. 

El sábado il 25 de Agosto dia de San Luys Rey de Francia le señalaron al 
Duque para darle la segunda audiencia, en que se aula de leer y firmar el 
contrato del Matrimonio. Tomó á su cargo el Príncipe de Conty acompañar al 
Duque á Palacio, y assi alas cinco de la tarde fue por el, y dentro de la car- 
roza del Rey y el Embaxador ordinario con Mos de Bonneuil hizieron su ca- 
mino, siguiéndoles veinte y cinco carrozas llenas de Caualleros Españoles y 
Franceses, todos con nueuas y vistosas galas y quarenta pages del Duque, 
todos con libreas costosissimas. Llegando á Loure, entró »n la galería, donde 
le esperauan el Rey con la Reyna su madre, la Reyna Margarita, Roberto 
Obispo de Montepulciano, Nuncio de su Santidad, el Marques de Boti Em- 
oaxador de Florencia, los Príncipes déla Sangre, y otros Señores con las 
Damas déla Corte. Después de auer hecho el Duque sus reverencias, y to- 
mado su puesto, mandó la Reyna á Villeroy leyesse los acuerdos del casa- 
miento de Isabel con el Principe de España, firmados por el Rey, el Duque 
do Pastrana y la Reyna madre, recibió al acto el Señor de Seaux Secretario de 
instado; boluiendolo á entregar al Señor de Villeroy; y con esto se boluió el 
Du.que á su casa con el mismo acompañamiento. Al otro dia Domingo á 26 de 
Agosto celebró el sarao la Reyna Margarita Real y magestuosamente assis- 
tiendo a el sus Magostados, Madama Isabel, las Princesas y Grandes del Rey- 
no. Los primeros que danzaron fue el Rey con su hermana Isabtl, después 
el Cauallero de Luisa con la Duquesa de Vendosme. Madama Isabel daugó 
vn canario con el Duque de Elbeuf. Mos de Bressieux la gallarda con la Du- 
quesa de Aumalla: y con la misma el Duque de Pastrana: y el después con la 
Princesa de Conty, y la Princesa con el segundo hermano del Duque: este con 
la Duquesa de Guisa, y su Excelencia con el otro hermano, que dan9Ó des- 
pués con la de Vendosme, y su Excelencia con el caballero de Guisa. Y la 
Reyna madre mandó al Duque de Pastrana sacasse á danzar á Madama la 
Princesa de España, que se reuzó, diziendo: que en España no acostumbraban 
los Grandes y Señores dangar con las Princesas, e Infantas: y la Reyna ma- 
dre, por escusar porfías, mandó ala Princesa sacasse al Duque, como lo hizo. 
Y finalmente se acabó el dangar con vna folia, en la qual entraron Madama 
Isabel, el de Pastrana, la condesa de Soissons, el Principe de Jonuille, y los 
demás con las demás Princesas. Diose remate al sarao con vna colación ex- 
plendidissima. Boluiendo las visitas el de Pastrana, y haziendo otras cumpli- 
das alas Princesas, despidióse délos Reyes, de Madama Isabel, y de sus her- 
manos: y después auiendo embiado delante la mayor parte de su compañía a 
Orleans, se partió de Paris con quatro carrozas del Rey. Comió en Corbéil, y 
durmió en Fontaineblau, passo por Orleans á 25 de Setiembre llego a Bur- 
deas, donde hallo al Duque de Humena, que se visitaron. Al otro dia de ma- 
ñana se partió el de Pastrana para la corte de su Rey, y el de Humena tomó 
la posta para Paris á donde llegó primero de Octubre y fue recibido de todos 
los de la casa de Lcrena y otros Principes con mucha alegría. 



INFORME 185 



IX. 



Relación del Desposorio que se celebró en, la Ciiidad de Burgos entre la Serenisi- 
ma Princessa de España Doña Ana y el Ghristianissimo Principe Luis 
de Francia. 

(CódiceH. 50. Ms. de la Bibli ot. Nacional, pág. 385.) 

Domingo dia de San Lucas 18 de Octubre de 1615 años a las once del dia 
salieron de su Palacio que es la cassa del Condestable de Castilla tiene en la 
Ciudad de Burgos. Iba la Real Magestad del Rey Don Phelipe 3.° acompaña- 
do de sus bijos, y Príncipes, y Grandes de su Corte en esta manera. Toda la 
guarda española, y Alemanes con sus capitanes, que eran el de Camarassa, y 
el de siete Iglesias y sus Tini entes Alférez y demás ministros y todos con li- 
breas nueuas y muy ricamente aderezados, y acabada la guarda yban los Ata- 
bales trompetas, y menestriles, y luego 4 Reyes de Armas. Tras ellos comen- 
zaron los Caualleros Duques, Condes, y Marqueses y embajadores que serian 
en todo hasta ciento ricamente aderezados sus personas , y cauallos con vesti- 
dos vordados, y llenos de muy ricas joyas, y pedrería, de tal manera que al- 
gunos señores como era el Almirante de Castilla, el de Velada , Saldaña, Pe- 
ñafiel, el de los Arcos, el de Mirabel, y otros, era necesario yríes ayudando a 
tiempos a leuantarles las capas por el mucho peso (|ue tenian. Los cauallos 
yban con sus gualdrapas cabezadas y colas bordadas sobre terciopelo negro 
de la mesma manera que las capas y muy largas y cumplidas las gualdrapas, y 
demás aderezo que parecía que los cauallos tenian harto que llenarlos con sus 
dueños enzima, y los que yban en esta forma serian hasta 24. Sin los demás 
que yban ricamente aderezados, que por todos serian los ciento que esta dicho. 

Todos estos señores lleuauan a ocho, y a doce Paxes, y otros tantos lacayos 
con muy ricas libreas de diferentes sedas y colores, con mucho oro y bordadas 
algunas y con cadenas, y otros aderezos de oro que huuo mucho que ver. Es- 
tos Señores yban por su orden hasta llegar a la Carroza de la Reyna, tras 
ellos yba la Catholica Real Magestad del Rey Don Phelipe en vn cauallo ri- 
camente aderezado, yba vestido calza, y coleto de Rasso blanco, y capa de 
terciopelo negro guarnecida con votones de oro y lo mismo la gorra con su 
tusón al cuello, y a sus lados junto a los estribos sus cuatro cauallerizos. Y 
luego yba vna carroza muy rica de brocado por dentro , y fuera bordada con 
grande pedrería, y clauos, y ruedas, y toda la madera por dentro, y fuera bor- 
dada muy ricamente, la qual lleuauan seis cauallos alazanes Napolitanos muy 
grandes con ricos aderezos bordados, de terciopelo carmesí sobre que estaua lo 
bordado: esta carroza lleuaua dos cocheros, y dos mozos de coche vestidos de 
terciopelo carmesí bordado de oro muy cumplidamente. En ella yba el Serení- 
simo Principe Don Phelipe 4 y su hermana la Princesa Doña Ana Reyna de 
Francia a la cabecera y enfrente los Infantes Don Carlos, y Don Fernando , y 
en medio la Infanta Doña Margarita ricamente aderezados, como para tal oca- 
sión. 

Su Magestad déla Reyna yba vestida de nacarado vordado y lo mismo el 
Principe y Infantes junto a esta carroza, yba el Marques de Velada mayordo- 
mo mayor y el Duque de üceda, ayo del Principe y alderredor della muchos 
caualleros, y Señores y quatro maceros con cetros Reales. Luego el Embaja- 
dor de Francia ricamente aderezado en vn cauallo muy galán como los 
grandes. 

Luego yba el Duque de Lerma en vna siUa muy ricamente aderezada y 
era de brocado bordada por dentro y fuera acompañado de muchos caualleros 
a pie, y a cauallo, yba por esta forma por estar indispuesto de tercianas. Luego 
yba la camarera mayor de la Reyna, y la muger del Embajador de Francia. 
Tras esto yba en vna carroza el Padre Confesor de Su Magestad y sus compa- 

TOMO XIX. 



186 INFORME ACADÉMICO. 

ñeros. Y otras carrozas de Damas y mugeres de Grandes, ricamente adereza- 
das que serian hasta doce coches, y en cada vna dellas dos y quatro señores 
de titulo ricamente aderezados como los de adelante. 

Con este acompañamiento y f auorecidos del buen dia que les hizo llegaron 
Sus Magestades a la Sancta Iglesia metropolitana de la Ciudad de Burgos 
donde estaua el Arzobispo y Nuncio, y el Cabildo, y Capellán Real y Cape- 
líajies de la Capilla Real y otros muchos señores esperando sus personas Rea- 
les, fueron con mucha música a la Capilla mayor adonde estaua hecho vn ta - 
blado muy grande que tomaua toda la Capilla donde estaua la cortina, como 
suele ponerse. Sentóse el Rey el primero en su silla, y luego la Reyna, y luego 
el Principe y los Infantes y Infantas en Almoadas de terciopelo. Dijo el Arzo- 
bispo la missa, y acabada celebraron los despossorios entre el Duque de Ler- 
ma en nombre del christianissimo rey de Francia con la serenissima Princessa 
de España. 

El Arzobispo fue el Cura, y acabados, y auiendose cantado mucho , y he- 
chos muchos regocijos por los músicos se salieron todos, y se pusieron en sus 
cauallos y carrozas, como auian venido. Su Magestad honró mucho al Arzo- 
bispo porque al salir de la Iglesia, le echó los brazos, y se rió con el con mu- 
cho gusto mostrando el mucho que tenia en esta ocasión. Bolbieron por las 
mismas calles por do se auian ydo que son la Plaza, y Cerrajería, y Saomental, 
las quales estaban muy ricamente aderezadas con grandes colgaduras de grande 
valor, como para semejante ocasión. 

Comió Su Magestad en público con la Reyna, y el Príncipe gustando mu- 
cho de que la gente le viesse, y con auer alguna licencia en las Puertas, en- 
traron mas de 600 personas averíos, sin los Grandes, y demás señores que ser- 
uian ala mesa. Las Damas estañan á la mano derecha, todas en pie arrimadas 
ala pared, y con ellas algunos señores hablando. El Arzobispo hecho la ben- 
dición ala messa, el qual, y el Nuncio, y el Embajador de Francia, y todos los 
Grandes estuuieron en pie mientras duró la comida y el de Velada, como ma- 
yordomo mayor estaua junto ala silla del Rey, y el de Uceda como ayo junto 
ala del Príncipe arrimados ala pared debaxo del dosel de los Reyes auia qua- 
tro músicos. Menestriles, Cantores, Vigüelas de arco. Vigüelas guitarras, Ra- 
beles, y arpas, y cantauan algunas letras muy buenas en alabanza de la Reyna 
que parecía cosa del cielo. 

A la tarde huuo sarao publico que fue mucho de ver, ala noche luminarias 
y muchas inuenciones de fuego. El sábado antes auia auido vna mascara de 
treinta y seis caualleros todos de Burgos con ricas libreas bordadas de tela de 
oro y con gran música corrieron delante de Palacio y del Embajador de Fran- 
cia, y otras partes, yban en quatro quadrillas vestidos la vna Española, y otra 
francesa, y otra Alemana, y otra Portuguesa, y todos muy al proprio como si 
de las naciones dichas fueran. Lunes huuo toros, y juego de cañas con capa, y 
gorra muy bien corridas, que las fiestas Reales se guardaron para la vuelta. 



RECUERDOS DEL CASTILLO DE NOREM. 



I. 



Si los restos de antiguos monumentos en un país pueden formar el me- 
jor índice cronológico de su historia, ninguno es más digno que Asturias 
del estudio preferente de los cronistas. En sus templos y en sus castillos; 
en lo profundo de sus valles y sobre la cumbre de sus montañas , encuén- 
trase gravada con caracteres indelebles la existencia del pueblo asturiano 
en todas sus grandes vicisitudes; en sus glorias y en sus infortunios; con su 
heroísmo ejemplar y su servidumbre. AUi unidas se ostentan la grandiosi- 
dad de sus hechos y la humildad de sus costumbres. Allí se leen la tradi- 
ción y la conseja, la epopeya y el idilio. 

Agigantados sus monumentos por la óptica de los siglos, destácanse 
entre las obras de modernas generaciones, como columnas de granito ro- 
deadas de chozas. A su aspecto, el indiferente se detiene absorto, y si no 
acierta á leer en las ruinas, si no comprende lo que revelan y predicen, bus- 
cará ansiosamente al hombre observador, querrá escuchar la voz austera de 
la ciencia y el eco vibrante de la inspiración: invocará tal vez al sabio y al 
trovador. Tal sucede delante de Noreña. 

Todo el que se haya encontrado con los informes cuanto excasos restos 
situados á dos leguas de la ciudad de Oviedo, en la parte Sur de la villa que 
se conoce con el propio nombre de Noreña, por más que hubiere de consi- 
derar con asombro la fortaleza que habrán sustentado aquellos muros, en 
los remotos tiempos de su existencia, á juzgar por el espesor de sus ci- 
mientos, el cual pasa de diez pies , y por la fortísima trabazón de sus pie- 
dras, seguramente no se aproximará en su juicio al limite de lo cierto, res- 
pecto á la importancia inmensa de dicho castillo, desde la época de su fun- 
dación hasta la de su ruina. 

Es un monumento ante el que se apaga la voz misteriosa de la tradición 
para que con toda claridad se perciba el resonante acento de la historia. 



188 RECUERDOS 

La creencia más general atribuye su fundación á D. Rodrigo Alvarez de 
las Asturias, de la casa de Nava, durante el reinado de Alfonso VII, no pre- 
cisando el año del hecho ni los cronistas de entonces, ni los historiadores 
sucesivos. Este caballero era descendiente de otro del mismo nombre, abue- 
lo del Cid Campeador; y era además padre del famosísimo que tantas hon- 
ras mereció del rey D. Fernando el Santo, á causa de la extraordinaria bi- 
zarría que demostró en el célebre cerco de Sevilla. 

En cuanto al nonabre de Noreña, asegúrase que tiene su procedencia en 
el de la antigua Nanlimium, cuidad que Tholomeo comprende entre las 
veintidós que formaban la Asíúrica-Augusía; aunque algunos dan por cier- 
to que proviene de Noraco, rey de la comarca, allá en los tiempos míthicos. 
Pero con mayor fundamento discurren, según mi entender, los que atribu- 
yen su origen al riachuelo que serpea por la colina, sobre la cual se asienta 
la villa, y va á desaguar en el Norario. 

Si del polvo de los viejos cronicones han salido á la luz soberana de la 
Historia preciosidades sin cuento, innumeírables estrellas cuyos vividos ra- 
yos no ha podido ofuscar el sol, también con harta frecuencia fueron en- 
terrados bajo aquel polvo venerable, tesoros de no menor valía , y secadas 
para siempre fuentes de riquezas tradicionales, que habían sido inagotables. 

He indagado en los archivos; he escudriñado en las bibliotecas; he com- 
pulsado; he comparado los datos más contradictorios para acercarme á la 
verdad, como la balanza se aproxima al fiel; y á punto estuve de arrojar 
desesperadamente la pluma, dejando á otro investigador de mejor fortuna 
la improba tarea de decir algo acerca del castillo de Noreña, haciendo un 
boceto histórico con las excasas y pálidas tintas que me ha sido posible en- 
contrar, con las palabras suficientes á la relación exacta de los hechos, ó 
como suele decirse, á la vida y milagros del castillo. 

H. 

No acostumbrado á detenerme, después de haber andado la mitad de un 
camino, y como quiera que el de mis investigaciones hubiese cedido no 
poco de su aspereza, después de algunos afanes que no he de ponderar, poj 
ser míos; habiendo salvado lo pehgroso de las conjeturas, y casi en plena 
posesión de lo cierto, hé aquí que me revisto de toda la autoridad de un 
auténtico cronista, ó para mayor propiedad, de la de un historiador con- 
cienzudo. 

Nadase cuenta de particular acerca de los tres primeros Rodrigos que 
fueron poseedores del castillo, al menos en cuanto á la importancia de su 
dominio. Sucedió á Rodrigo III Pedro Alvarez, quien ya usó el apellido de 
Noreña, juntamente con el de las Asturias; y fué tan notable por la privan- 
za de qué disfrutó, al iado dft Fernando IV el Emplazado, como lo habiasi- 



DEL CASTILLO DE NOREÑA. 189 

do SU abuelo con Fernando el Santo. Y entonces, por rara excepción , el fa- 
voritismo que usábanlos reyes solia redundar en beneficio de los pueblos. 
Lograron los de la provincia, por medio de los señores de Noreña, consi- 
deraciones, franquicias y preferencias en gran provecho de su agricultura é 
industria, y sin detrimento de sus vecinos. 

Después de Pedro Alvarez vemos sucediéndole á Rodrigo IV , su hijo, 
hereaando asimismo la protección del rey^ y ganando luego la de Alfonso XI, 
que, entre otras mercedes que le prodigó, hizole su mayordomo y Adelan- 
tado Mayor de Asturias y León. Y no contento el generoso monarca con 
darle tan señaladas pruebas de afecto, confirióle el titulo de conde de No- 
reña; honor que estimó D. Rodrigo en más que todas las referidas merce- 
des, imitándole en ello sus descendientes. De entonces data el uso que hi- 
cieron los Alvarez de Asturias de dicho título. 

Como Rodrigo IV no tuviese sucesor legitimo á quien trasmitir el casti- 
llo y señorío de su nomljre, otorgó testamento en que instituía por herede- 
ro de ambos dominios, en unión con la hacienda de Siero, á Fernán Rodrí- 
guez de Villalobos, y además el derecho de usar de sus armas y apellido. Mas 
á poco de haberle otorgado hubo de revocarle, á fin de otorgarle nuevamen- 
te á favor del infante D. Enrique, conde de Trastamara, de Lemus y de Sa- 
nabría, y á quien adoptara por hijo. Y en este punto principia la importan- 
cia, el interés de la hjatoria del castillo de Noreña; historia terrible, como 
intimamente unida al sangriento drama de Montiel. 

Según una inscripción, que se conserva en la iglesia de San Vicente de 
Oviedo sobre su sepulcro, Rodrigo IV acabó sus días el año de 1370, con la 
buena suerte de no haber presenciado los trágicos sucesos de que tan seve- 
ramente acusa la historia á su hijo adoptivo. 

III. 

¡Noreña!... ¡Montiel!... El uno sombrío como las nieblas que empañan 
el cielo del Norte; el otro contrastando en lo siniestro de su aspecto con el 
límpido dosel que eternamente desplega el Mediodía sobre su frente, por el 
tiempo humillada.... Restos carcomidos de dos esqueletos titánicos, cuyos 
fantasmas reciben de la imaginación proporciones monstruosas; proporcio- 
nes que la aterran y la atraen...,. ¡La atrac^cion del abismo; el horror del 
crimen! 

Yo miro la imponente sombra del rey Justiciero vagar latídicamente en- 
tre las ruinas do Noreña, como en Montiel la contemplo. Y sin embargo, 
D. Pedro no llegó jamás bajo los formidables muros del castillo asturiano- 
Historiemos, pues. 

Habíase encendido en Castilla la fratricida luclia que por tanto tieíupo 
fué escándalo del mundo, por más que en aquellas e4a4es (Je Jiievro se hu- 



190 RECUERDOS 

biesen todos los pueblos acostumbrado á los salvajes expectáculos de las 
guerras de exterminio; pero no conservaban memoria, ni después ha habido 
ejemplo del feroz encarnizamiento con que dos hermanos, dos hijos de re- 
yes, principiaron por destrozar el corazón de su pueblo, y concluyeron por 
despedazar el uno el corazón del otro; por el fratricidio. 

■ El bastardo se habia refugiado dentro del castillo de Noreña, huyendo 
del furor de D. Pedro, y experimentaba la vehemente satisfacción de su se- 
guro asilo, considerando al propio tiempo la inapreciable merced de que por 
su donación era deudor á D. Rodrigo. 

El rey habia mandado para sitiarle á algunas huestes aguerridas, y éstas 
hablan sido diezmadas por las ballestas de los soldados de D. Enrique; por- 
que al abrigo de las inexpugnables almenas, cada arma era un rayo certero, 
cada brazo podia fulminar cien muertes. 

Juraban, enfurecíanse y se desesperaban los atléticos hombres de armas 
de D. Pedro, los terribles vencedores de Nájera, ante la imposibilidad de pe- 
netrar un muro de diez pies de espesor, detrás del cual latian corazones 
iguales á los suyos, corazones de leones, puesto que en pechos españoles 
alentaban. Asi era que el desaliento no habia nacido en ellos, adquiriendo, al 
contrario, su bravura las proporciones asombrosas del heroísmo. 

Llegó todo esto á noticia de D. Pedro, y no queriendo sacrificar inútil- 
mente nuevos campeones, de que tanta necesidad tenia, dio orden de que se 
levantase el cerco del castillo, encargando al portador de ella de un mensaje 
para su hermano. Retiráronse los sitiadores, y el mensajero penetró 
dentro de aquellos muros [formidables, recibiéndole D. Enrique rodeado de 
los señores de pendón y caldera y de los capitanes aventureros que de Fran- 
cia y Navarra vinieran á su servicio. 

Era el mensajero del rey un hombre alto, de] miembros hercúleos y de 
continente feroz. Ceñida la armadura de las batallas, más bien parecía «n 
nuncio belicoso que un portador de oliva. 

Al verle, los cortesanos de D. Enrique no pudieron reprimir un movi- 
miento agresivo, dirigiendo rápidamente la mano á la empuñadura de la es- 
pada. Pero el bastardo les contuvo con una mirada. Era demasiado valiente 
para dar acceso al temor. 

— Acercaos sin miedo— dijo á aquel hombre, viendo que vacilaba ante el 
movimiento contenido de los cortesanos. — No tengáis que decir a mi hermano 
vuestro señor, que al recibir á sus heraldos he imitado la manera con que él 
recibe á los mios. 

Esta alusión á las traiciones del rey encendió en ira el rostro del extraño 
heraldo, y avanzando resuelto, contestó con voz de trueno: 

— El rey D. Pedro de Castilla, mi señor y señor vuestro, combate siem- 
pre frente á frente á sus enemigos, y frente á frente me envia, á dar cum- 
plimiento á su alta justicia. 



DEL CASTILLO DE NOREÑA. 191 

Y una daga brilló instantáneamente en su mano; y un golpe terrible so- 
bre el pecho de D. Enrique heló la sangre en las venas de todos los circuns- 
tantes. Pero bien pronto recobraro nsu serenidad, á excepción de su señor, 
quien, como no la habia perdido, no tuvo necesidad de reacbrarla. Con lo 
cual dicho queda que el homicida golpe quedó sin efecto. La acerada punta 
se dobló al tropezar con la finísima cota de malla q:i resguardaba el pecho 
del Conde. 

Cien aceros brillaron entonces fuera de sus vainas, y se fulminaron cen- 
tellantes de venganza sobre el pecho del asesino, quien, habiéndose cruzadD 
de brazos, después de arrojar con desprecio la daga á sus pies, los contem- 
plaba con sonrisa siniestra y con la indiferencia glacial de quien nada tenia 
que esperar, y que ni deseaba compasión, ni tampoco la admitirla. 

Mas no llegó á herirle ninguno de aquellos aceros. A una seña impei'iosa 
del bastardo, volvieron á sus vainas, no sin rudos juramentos y enérgicas 
protestas de sus dueños contra una compasión tan inusitada. 

Aquel heraldo extraño, aquel audaz mensajero de venganza, negándose 
obstinadamente á contestar á las preguntas que se le hicieron, ni á dar otras 
explicaciones d^su conducta que lasque precedieron al atentado, y de quien 
se supo con posterioridad que era uno de los famosos maceros ejecutores 
íidelisimos de los sangrientos fallos del rey D. Pedro, fué preso y aher- 
rojado. 

Momentos después, cu presencia del mismo D. Enrique, el hacha del ver- 
dugo cortó la mano alevosa, sin oírsele exhalar una queja, sin que lanzara 
un solo gemido. 

Aquel hombre era un Mucio Scévola del crimen; crimen velado por el 
deber. Si hubiese sido inspirado por la virtud, habría aparecido tan grande 
como el héroe romano, ante la admiración del mundo. 

D. Enrique, lleno de asombro, mandó ponerle en libertad inmediata- 
mente, considerando con desaliento, que si eran numerosos los servidores 
que, como aquel, tenia su hermano, habia de ser imposible el cumplimiento 
de sus ambiciosas cuanto fratricidas aspiraciones. Ya bajo los muros de No- 
reña, venían á turbar su sueño fatídicas imágenes que acaso le anunciaban 
el drama deMontíel. 

IV." 

Cuando llegó á empuñar el cetro de Castilla, hizo donación D. Enrique 
del Condado de Noreña, juntamente con el de Gijon, y sus respectivos cas- 
tillos, á su hijo bastardo Alonso Henriquez, quien nombró Merino suyo á 
Gonzalo Suarez de Argiielles. Como este impusiera una gravosa contribu- 
ción, tratando de hacerla extensiva á todo el principado de Asturias, reunióse 
en Aviles una junta de contribuyentes, con objeto de ver lo que en tal 



192 RECUERDOS 

circunstancia fuera oportuno, pues no querían pagar un subsidio tan injus- 
tamente repartido; y al efecto acordaron levantar el pais en masa para re- 
sistirle. 

Reunieron los concejos sus pendones; juntáronse las mesnadas, y no le 
quedó al Merino otro recurso que acogerse al amparo de los muros del cas- 
tillo, sin poder aumentar su reducida guarnición con otro refuerzo que el de 
algunos aventureros, gentes allegadizas que no faltaban nunca entonces en- 
tre nuestros disturbios civiles, atraidas sólo por el cebo del botin, si no por 
el de señaladas mercedes. Testigo de ello el famoso Beltran Duguesclin, á 
cuyas traiciones, no menos que á su valor, debió D. Enrique el trono. 

Apurado se vio Gonzalo Suarez de Arguelles dentro de Noreña, á pesar 
de lo inexpugnable de sus defensas y del arrojo de sus gentes, porque era 
tan grande el esfuerzo como el número de los que le sitiaban. 

Además, entre estos, contábanse no pocos que eran excelentes prácticos 
en su belicosa faena, puesto que hablan formado parte de la guarnición de^ 
castillo, cuando la heroica defensa del de Trastamara, conociendo los pun- 
tos vulnerables mejor que los soldados del Merino, y dirigiendo, por consi- 
guiente, sus tiros contra ellos con una seguridad de acierto que casi nunca 
salia fallida. 

Conforme se acrecía la rudeza del ataque, redoblábase la tenacidad de la 
defensa. Y pasaron dias y meses. Los víveres excasearon á la guarnición, 
diezmada por las fiebres malignas y por las ballestas. El castillo poderoso 
de Noreña estaba á punto de rendirse, á tiempo que los sitiadores recibieron 
aviso de que el rey les condonaba el subsidio, disponiendo que hubiesen de 
pagarle sólo en una mitad los Condados de Gijon y de Noreña, como los 
únicos que pertenecían al señorío de D. Alonso, al cual amonestó severa- 
mente por haber tratado con tan poca consideración á unos pueblos tan 
leales á su persona, y cuyo cariñoso recuerdo preferentemente vivia en su 
memoria. 

Algo podría ponerse en duda el caríño de un monarca que aguardaba 
para contentar á sus pueblos predilectos á que sangrientas discordias se en- 
señoreasen de su suelo, en virtud de sus reales complacencias respecto á 
alguno de sus servidores y amigos, y á que esos pueblos, triunfantes en su 
justificada rebelión, llegasen á alcanzar inesperadamente y tan pronto lo 
que tan tarde se acordaban de concederíes. Mas como quiera que lograron 
su objeto, aunque no de un modo cumplido, preciso es que el cronista haya 
de reservarse sus dudas, siguiendo la narración sin comentarios. 

En el año 1581 alzó Don Alonso el estandarte de la rebehon contra sU 
hermano y rey Don Juan I. Todo el país asturiano se puso en armas; pero 
Csta vez, al presentarse las tropas reales, hicieron resistencia únicamente las 
mesnadas de Gijon y de Noreña, poderosos elementos aún, y que no supo 
utilizar Don Alonso, cometiendo la torpeza de librar con ellos combates caní- 



DEL CASTILLO DE NOREÑA. 1^ 

pales, en lugar de haberlos dedicado exclusivamente á la defensa de ambos 
castillos y no dejarlos casi en desamparo, con particularidad el de Gijon. 

No podia ser, en tales condiciones, dudoso el resultado de la lucha. El 
ejército real derrotó al rebelde en cuantos encuentros ocurrieron, y debili- 
tadas considerablemente las reducidas huestes de Don Alonso, llegaron al 
extremo de rendirse á discreción, fiándose á la clemencia del vencedor. Una 
por una se posesionaron los capitanes del rey de todas sus fortalezas, entro 
las cuales se contaban principalmente, según expresa la crónica, «las casas 
y torres fuertes de Noreña. » 

El monarca se mostró clemente con los rebeldes soldados de su hermano, 
pero al mismo tiempo no anduvo descuidado en quitarles todo pretexto de 
nueva sublevación, haciéndoles ingresar en las filas de su ejército propio, 
mientras donaba las referidas casas y torres fuertes de Noreña, con la mitad 
del concejo de Tudela, al Obispo de Oviedo Don Gutierre. 

Entonces tuvo origen el muy popular refrán de aquellas comarcas, que 
dice; Con mal vá á Noreña, que pendón y caldera es hecho tierra de Iglesia, 

Movido posteriormente Don Juan I por las quejas y protestas de su bas- 
tardo hermano, revocó la donación que habia hecho al obispo, recobrando 
en su virtud Don Alonso los condados de Noreña y de Gijon. Increíble pa- 
recería que, á la generosidad de este acto, no correspondiera el infante, re- 
gulando su conducta sucesiva en la medida del agradecimiento. Sin embar- 
go, el año de 1394 volvió á rebelarse, y resuelto ya el rey á no perdonar su 
alevosía, envió un numeroso ejército á Asturias, y en menos de dos meses 
despojó al ingrato de todos sus dominios, después de una resistencia san- 
grienta. 

La historia menciona con asombro en este punto, siguiendo fielmente á 
los viejos anales del país, el heroísmo de la condesa de Gijon al defender e' 
castillo del mismo nombre, con un puñado de valientes, contra todo el ejér- 
cito real. La condesa hizo reducir á escombros el castillo, y de entre ellos 
no sahó ni uno sólo de sus heroicos defensores. 



A consecuencia de los desastres producidos por la última rebelión, Don 
Juan I volvió á hacer donación al obispo Don Gutierre del condado y casti" 
lo de Noreña, en la creencia de que, tremolando en sus almenas la enseña 
de paz de la iglesia, habrían de evitarse por completo los sangrientos desór- 
denes. Don Juan, en su desprendimiento, no debió haber parado mientes 
en las contingencias del porvenir, ni adivinar el gravísimo ultraje que habia 
de inferirse, andando el tiempo á sus humanitarios propósitos. 

El hecho, en cuestión, constituye la última página notable de la historia 
de Noreña. Hele aquí. 



194 RECUERDOS 

Corría el año de 1516, y era á la sazón corregidor do Asturias Don Diego 
Manrique de Lara. Desde épocas lejanas habian solido suscitarse competen- 
cias entre las autoridades superiores que á los reyes representaban, tales 
como la del cargo que Don Diego ejercia y el de Adelantado, y los prelados, 
no menos prepotentes por su sagrada investidura y jurisdicción que por su 
señorial poderío. Y no era lo peor que se suscitasen, por razones harto pro- 
fanas las más veces, sino que cada una de las indicadas competencias era 
un manantial perenne de desgracias para los pueblos, víctimas siempre, ya 
de la rapacidad de unos, ya del enojo de otros. 

Pero nunca ocurriera el caso escandaloso que suscitó el referido D. Die- 
go Manrique. Había condenado á muerte á un reo acusado y convicto de 
robo en sus dominios particulares, y se le conducía al suplicio en Oviedo, 
no tan perfectamente custodiado que no pudiese, como pudo, tomar asilo en 
la iglesia de San Vicente, casi extramuros de la ciudad. 

Sí en todos tiempos ha sido el derecho de asilo altamente sagrado en los 
pueblos que se precian de católicos, lo era en aquellos mucho más, si cabe, 
])orque no había potestad alguna que dejara de reconocerse inferior al pre- 
dominio eclesiástico; y de igual manera que los reyes se humillaban ante los 
papas, inspirándose en sus consejos para el mejor cumpUmiento de sus 
mandatos, así se evidenciaba la supremacía de los prelados respecto á los 
señores, lo mismo en una que en otra jurisdicción. 

Sin embargo, D. Diego Manrique , impío ó descreído, sin obedecer t* 
otros móviles que al violentísimo impulso de su carácter despótico y ven- 
gativo, hizo sacar al reo de la iglesia, por medio de perros de presa , arras- 
trándole ferozmente hasta la horca, donde enseguida fué ejecutado, sin dar 
oídos á las súplicas de la aterrada muchedumbre ni á las fervientes amones- 
taciones del obispo. 

Imagínese el lector el efecto que causaría tan escandalosa é inaudita 
profanación, tal conculcación de las leyes divinas y humanas en el clero y 
en la población de Oviedo, en los descendientes de los héroes de Covadon- 
ga, de los padres de nuestra regeneración; aquellos hombres que les legaran 
incólume el tesoro de sus puras creencias religiosas, el de su respeto y ve- 
neración. 

El obispo excomulgó al corregidor , y éste, irritado por el gran conten- 
tamiento que el anatema produjo en el pueblo, resolvió vengarse, dester- 
rando al obispo del territorio de su mando. 

Y no faltaron al prelado, en tamaño conflicto, poderosos auxiliares en- 
tre los indignados pecheros, y aún entre los mismos señores, siendo los her- 
manos Fernando y Pedro Cortés de Pares los que con mayor decisión le 
ayudaron, aprestándose de la manera más belicosa á una lucha desigual 
con el despótico corregidor, con esa abnegación heroica que no se detiene 
jamás á medir las fuerzas del adversario. 



DEL CASTILLO DE NOREÑA. 195 

Y era, desgraciadamente, demasiado temible este adversario. Pasaba por 
uno de los magnates más poderosos de aquella época , y la real confianza se 
bailaba en él depositada en tanto grado que bien podia asegurarse regia al 
pueblo asturiano con las prerogativas y omnímodas atribuciones que uno 
de nuestros vireyes del Nuevo Mundo. Bastará á dar una idea de su poder 
consignando que, sólo para el cerco del castillo de Noreña , en donde el 
obispo se hizo fuerte con los hermanos Cortés, destinó 5.500 hombres 
aguerridos y perfectamente pertrechados, y otros tantos, por lo menos, á 
invadir los dominios de sus contrarios; recibiendo paga todos ellos de sus 
rentas propias. * 

El formidable castillo no pudo resistir á los esfuerzos combinados de la 
artillería y de la arcabucería, y abierta la brecha en el más robusto de los 
torreones, el que miraba á la parte de Occidente, según una crónica que 
parece muy verídica, cayó en poder de D. Diego Manrique de Lara. 

El animoso obispo hubo de refugiarse en León, gracias al eficacísimo 
auxilio que le prestaron en su huida los hermanos anteriormente citados: 
habiendo sido tales el esfuerzo y serenidad que durante el sitio mostró, que 
todavía hoy corre de boca en boca en aquellas comarcas cierto recuerdo tra- 
dicional que habré de trascribir, como complemento á esta página postre- 
ra de la historia del castillo. 

Quejábanse los defensores del torreón donde se abría la brecha, del gran 
daño causado por la artillería que , sin tregua alguna , y con tenacidad es- 
pantosa, asestaba contra él sus tiros. La queja llegó á oidos del prelado, 
que en el patio se encontraba exhortando con preces á los moribundos y 
curando con sus manos á los heridos; y sin escucharlos ruegos de sus ami- 
gos, que pugnaban por detenerle, encaminóse resueltamente al peligrosísimo 
puesto. 

A su aspecto, los defensores recobraron su intrepidez, y sus pechos la- 
tieron reanimados por lafé y por la esperanza. Intentaron lanzarse á la bre- 
cha; pero el obispo, diciéndoles, «¡Dejadme á mí, que á mí me toca; yo soy 
el enviado de Dios, y aquí voy á erigirle un altar!» se arrojó en medio del 
peligro, con un crucifijo en la mano. 

Instantes después, la sacrosanta enseña aparecía sobre el torreón, entre 
los escombros que se desmoronaban. 

Llenos de asombro los soldados enemigos, negáronse á dirigir sus dis- 
paros contra la bandera de la Cruz, y fué necesario que hubiesen de conmi- 
narlos con terribles castigos los jefes más adictos al Corregidor, para que 
consintieran en la prosecución de su destructora faena. 

Y seguro es que á no haberles faltado los víveres á los partidarios del 
obispo, ni la gruesa artillería, ni los certeros arcabuces, habrían conseguido 
rendir á una fortaleza donde la Cruz tremolaba anatematizando á la impie- 
dad. Harto fué que pudieron aprovecharse sus amigos de la tregua produci- 



196 tlECÜERDOS 

da porel suceso, conduciéndole á salvo contra su voluntad — así al menos lo 
refiere la tradición — á ta frontera portuguesa. 

VI. 

Se ha dicho que es la anterior la página postrera memorable del castillo, 
porque en lo sucesivo, aún cuando su importancia no quedó reducida á la 
nulidad, como quedó medio destruido y las rentas anexas á su posesión su- 
frieron una merma considerable, y la ignorancia y el abandono concurrieron 
eíicacísimamente á su destrucción, no dio lugar á sucesos que dignos sean 
de una especial mención en este trabajo histórico. Lo que las devastaciones 
de la guerra suelen dejar en pié, lo derriban sin misericordia los satélites de 
la ignorancia. 

Los reyes de Castilla, teniendo en cuenta honrosos antecedentes del do- 
minio de los obispos sobre el monumento de que se trata, legaron á todos 
sus sucesores en la diócesis de Oviedo el título de condes de Noreña, que 
en eldia conservan, no olvidándose nunca de mencionarlo en sus pastorales 
ni en cuantas prescripciones se publican en la provincia relativas al régimen 
eclesiástico. Es una rara reminiscencia de su antiguo poderío. Parece una 
protesta contra la nulidad y el abandono en que yace. Es un nombre cuya 
memoria, por muy digna que sea de respeto, no ha de compensar la pérdi- 
da de cuantiosos beneficios. 

El siglo es positivista, y mira, encogiéndose de hombros, desde lo alto 
de su desden el pulverizado esqueleto de Noreña. 

Reprobemos su desden. Abominemos su positivismo una y mil veces. 
Sí; yo no he de concluir este breve estudio, sin lamentarme profundamente 
de que la incuria de los hombres haya sido mucho más terrible que la saña 
de los tiempos para hundir en el polvo los últimos restos de un monumento 
tan acreedor á su estima y 'veneración. Y no solamente la incuria de los que 
le abandonaron al olvido sin poner una mano cariñosa sobre las tremendas 
heridas que abatieron sus miembros de gigante, sino también la incuria de 
los cronistas al contentarse con consignará la ligera, y como de pasada, los 
hechos más culminantes de su historia, no habiéndonos dejado ni una pin- 
celada siquiera para el intento de retratarle; no habiéndonos trasmitido una 
palabra relativa á la descripción del monumento. 

Perfectamente inútiles han sido mis indagaciones acerca de este objeto. 
El artista que se obstinara en realizarle, tendría que basar su obra en cálcu- 
los erróneos; tendría que idearla demasiado aventuradamente para que el 
expectador hubiese de aproximarse á lo verdadero; porque entre la comple- 
ta ruina del castillo no es posible distinguir claramente, ni aun el área que 
ocuparía, teniendo necesidad de atender á la construcción que se observa 
en otros cífetílios^de la misma época más respetados por los siglos en el pro- 



'del castillo de noreSía. 197 

pió país asturiano; pues se sabe que no diferían de un modo esencial las for- 
mas de unos y otros, y únicamente se hacia notar el de Noreña por la ex- 
traordinaria fortaleza de sus muros, cual es de observar en medio de la 
triste elocuencia con que muestran sus escombros á las actuales descreídas 
generaciones. 

Yo puedo asegurar que me han enseñado mucho aquellos informes des- 
pojos, ante los cuales enmudece la idea avasallada por el sentimiento, se hu- 
milla la cabeza, enardeciéndose el corazón. Llegan entonces los recuerdos 
con apresuramiento maravilloso, alegando cada uno justísimos derechos de 
preferencia, y es preciso despedirse de las ruinas prometiendo á su soledad 
otras visitas, para que haya lugar á coordinarlos, para haber de exhibirlos á 
la luz, librándolos del tenaz dominio de las tinieblas. 

Luciano García del Real. 



RUSIA. 

sus TENDENCIAS Y ASPIRACÍONES. 



ESTUDIO HISTORICO-DIPLOMATICO. 



Saludable enseñanza es la que ofrece al escritor como al filósofo la histo- 
ria diplomática de un Estado que, desconocido hasta el siglo xvi por los 
pueblos civilizados de Occidente, y en el que atravesamos el más vasto de 
nuestro hemisferio, comprende el antiguo reino de Mitrídates, terror en le- 
janos tiempos de la soberbia Roma, y hoy insignificante porción de tan in- 
menso territorio; con una diferencia desde la isla de Dago al Occidente de la 
Livonia de ciento setenta grados próximamente, cuya temperatura gla- 
cial y mortífera, junto á los círculos polares, es apacible y bella en la costa 
de Crimea, cuajada de elegantes Kutors (1), y teatro un día de las desven- 
turas de Orestes é Ifigenia; que oprime á la Europa por el Norte, por el 
Centro y por el Sud; cuyos subditos tanto difteren en origen é idioma, en 
usos y costumbres desde el pigmeo Lapon, antiguo troglodita que, sobrado 
expléndido, ofrece al extranjero su esposa y su hija con la esperanza de 
mejorar su raza, al idiota samoyedo, sin vicios ni virtudes; desde el feroz 
cosaco, mezcla del rojelano, del Sármata y del tártaro, cuya sumisión há- 
bilmente ha conseguido el gobierno ruso al darle por aííaman ó jefe al he- 
redero del trono (2), lisonjeando así el orgullo de tan temibles hordas, al 
supersticioso ostiako, que se prosterna ante la piel de un oso por ser la que 
más conserva el calor en aquel helado clima, donde cuenta por nevadas, 
siempre copiosas, lósanos de su existencia, y desde el vagabundo tsigano, 
de dulce y expresivo semblante, qne á la sombra de su abigarrada tienda 



(1) Casas de camioo de la aristocracia rusa. 

(2) Viajes del príncipe Demidoff. 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. i 99 

seca las auríferas arenas de sus caudalosos ríos, hasta el habitante de Kam- 
tchatka, á quien su religión prohibe afilar el hacha durante el viaje y socor- 
rer al hombre que se ahoga (1). 

La actitud de la Rusia en la época presente, sus negociaciones diplomá- 
ticas, y más que nada sus formidables aprestos, con la lógica inflexible de 
los hechos, vienen á probarnos cuánto se equivoca el distinguido historia- 
dor (2) que dice «no estar prontas las armas sino para dar fuerza á la ra- 
zón y seguridad á la moral,» sosteniendo, «que cuando una nación amenaza 
por capricho, las demás se ponen de acuerdo para hacer pedazos su carro,» 
y á rebatir al propio tiempo un halagüeño error, que supone inmediato el 
dia en que, abolidas las guerras, haya sólo entre las naciones una noble 
emulación para avasallar la naturaleza. 

¡Pluguiera al cielo que tal aurora luciese, y que cual se deshacen á im- 
pulsos do una brisa estival densos y encapotados nubarrones, un soplo de 
justicia desvaneciera la tempestad que en el Oriente se prepara, y á la luz 
de cuyos relámpagos, como un segundo Mane, Tliecel, Fliares, distinguimos 
6stas palabras de Agesilao: <(Las fronteras de la Laconia se hallan donde 
nuestras lanzas llegan. ^> 

El sultán Mahmoud, príncipe tolerante y entusiasta por los adelantos 
europeos, derramando abundantes lágrimas al saber el incendio de Navari- 
no por la Rusia, «mirad, decía á un diplomático que se excusaba de la par- 
ticipación de su país en tan punible atentado, la Europa, á la que sólo yo 
defiendo contra el desbordamiento y las rapiñas moscovitas, está con ellos 
para aniquilarme. ¡Funesta obcecación la suya, no permitiéndole ver que á 
la mia seguirá de cerca su caída!» (3). 

Diez y ocho años más tarde, el Occidente, comprendiendo su torpeza, 
quemaba los navios rusos á la vista de Sebastopol, y la revisión del tratado 
que puso término á tan reñida contienda, exigida por el gobierno del Czar, 
hace que de nuevo aparezcan los intereses de aquella comprometidos y su 
tranquilidad amenazada. 

Ante acontecimientos tan pavorosos como inmediatos, ¿es que acaso, 
preguntamos, por un decreto de la Providencia, como la Macedonia anti- 
gua absorbió, aunque con una cultura muy superior á la suya, á los peque- 
ños Estados de la Grecia, que á su vez fueron presa de los romanos, siervos 
luego de los bárbaros, debe desaparecer Europa y alzarse sobre sus ruinas 
una nueva diferente civilización, un nuevo ciclo humanitario? ¿Es que los 
sacudimientos que con tanta frecuencia se vienen en ella sucediendo, y que 
las modernas tendencias que con su radicalismo alarman á la sociedad, 



(1) Voltaire, Ilistoire de VEmpire de Bussic 

(2) César Cantil. 

(.3) Lamartine, Hisiotla de Turquía, 



200 RVSIA. 

hacen necesaria una fuerza protectora, cualquiera que esta sea, y por más 
que pueda un dia aplastarla con su peso, ó es, por último, que á la raza la- 
tina, muelle y corrompida, le falta la savia viril y poderosa del primero de 
los pueblos eslavos? 

Insondable problema, puesto que á nuestra limitada inteligencia le están 
vedados los arcanos del porvenir. Sin embargo, estudiemos, aunque some- 
ramente y muy á lalijera, la historia de esa gran nación, y quizá después de 
conocida se calmen nuestros temores, ó quizá, por el contrario, adquieran 
más consistencia, y recordando al historiador de £/ consulado y elimpeiio, di- 
gamos: «Cuando el coloso ruso apoye uno de sus pies en los Dardonelos y el 
otro en el Sund, el viejo mundo llorará esclavo y la libertad irá á refugiarse 
á los impenetrables bosques de la América. Vana aprensión todavía para 
cierta clase de gentes; llegará el instante en que tan tristes predicciones 
por desgracia se realicen, puesto que á la Europa, torpemente dividida como 
ias ciudades de la Grecia frente á los reyes de Macedonia, le está reservada 
la misma suerte.» 

I. 

ligia habia reunido y concentrado sus fuer- 
zas en un profundo y formidable silencio; 
preparaba en el reposo un acontecimiento 
de que el xiorvenir debía asombrarse. — Pasan 
treinta años; ligia se levanta de su asiento y 
"dame un caballo, oh padre (dice); bastante 
he permanecido sentado, quiero correr el j)ais. 
= E1 caballo es viejo y achacoso. ligia lo ba- 
ña con el rocío de la mañana, lo frota con la 
yerba Immeda, y el caballo recobra su vigor. 
= ligia se vuelve hacia los cuatro puntos 
cardinales, ruega, y después, lanzándose con 
bizarría sobre el caballo, se va. 

{Canto e.slavo.) 

La alianza de los rojelanos, fundadores de Kieff, á orillas del Boristene, 
con los eslavos, acerca de cuyo carácter tanto difiere la historia, presentán- 
doles, ya inofensivos é industriosos, y hasta tal punto hospitalarios que, 
«cuando cualquiera de ellos emprendía un viaje dejaba abierta la puerta, 
leña en el hogar y una despensa bien abastecida,» ya crueles y sanguinarios, 
recreándose en la agonía del vencido, á quien imponían tormén tos horribles, 
y dejando impune el asesinato de la mujer, mirada sólo como un bello ins- 
trumento de sus brutales instintos, la unión de estos pueblos, decimos, 
produjo á Novogorod, primer eslabón del imperio moscovita, de cuya ciu- 
dad, y en prueba de la importancia que ya en aquellos remotos tiempos al- 
canzaba, ¿quién se atreverá á hacer la guerra á Dios y á Novogorod la Gran- 
de? se decia. 

Lo heterogéneo de sus elementos, que dificultaba la marcha regular de 
toda sociedad bien ordenada, y las continuas asechanzas de los jineses, de- 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. íól 

cidieron al anciano Postemislao á solicitar el amparo de los varaigos, que 
habitando las costas del Báltico se entregaban á la piratería bajo la direc- 
ción de sus jefes. Nombráronse diputados con esto objeto, que fueron muy 
bien recibidos en la Ingria, y aceptadas por Rurik las proposiciones hechas 
por los enviados, trasladóse al país con sus hermanos Cinaf y Tronvor, 
apresurándose aquel á darle en memoria de su patria el nombre de Rosland, 
y asignando á sus parciales pingües y dilatadas posesiones. 

En un prmcipio, el triunvirato surtió buenos efectos: pero á la muerte 
de Cinaf y de Tronvor, ocurrida al poco tiempo de su llegada, Rurik atacó 
los privilegios de los novogordianos, y olvidando las cláusulas bajo las cua- 
les le habían otorgado el poder supremo, se convirtió en su tirano. 

Achaque es de favoritos el no creer nunca sus servicios bien recompen- 
sados; y Askold y Dir, unidos desde mucho tiempo á la suerte de aquel, ya 
fuese por algún resentimiento particular, ó porque sinceramente desapro- 
basen la conducta del déspota, prescindieron de la fé jurada, dedicándose á 
disciplinar é instruir tropas, con las que meditaban una incursión por la 
Polonia y el país de los cosacos. Fehces en sus primeras correrías, formaron 
el audaz proyecto de llegar hasta el centro del imperio; y habiendo equipado 
en Kieff (de la que el czar se posesionara), doscientas naves, atravesaron ol 
Ponto Euxino y entraron en el estrecho, presentándose frente á Constanli- 
nopla, por Miguel el Beodo á la sazón gobernada. 

La noticia de los atropellos que los rusos cometían en las islas vecinas 
le llamó á la capital, de la que se hallaba lejos, é implorando la ayuda del 
cíelo, cuenta la tradición que al salir de la iglesia de Blagsiernas, donde á 
este fin había ido procesíonalmente, acompañado del patriarca Focio y del 
pueblo, una violenta tempestad sumergió la flota enemiga, pereciendo casi 
todos sus tripulantes. 

El primer cuidado de Oleg al encargarse de la tutela de Igor, hijo de 
Rurik, que á la muerte de este contaba cuatro años de edad, fué apoderarse 
de Kieff, que por su situación juzgaba como la llave de vastas y atrevidas 
empresas; pero de nada servia la fuerza contra una plaza de todo punto 
inexpugnable, por lo cual el astuto regente, dejando tras sí la mayor parte 
de sus fuerzas, se aventuró con las restantes en unas miserables lanchas, lo- 
grando llegar á las inmediaciones de Kieff, y desde allí, fingiéndose un mer- 
cader á quien Oleg é Igor, ya unidos á los griegos por el comercio, autoriza- 
ban, despidió un emisario con el encargo de manifestar á sus soberanos 
que una penosa enfermedad no le permitía pasar á saludarles personal- 
mente. 

Debía ser la de Kieff una monarquía en extremo democrática, pues es 
histórico que Askold y Dir, sin sospechar el lazo que se les tendía, fueron á 
visitar á Oleg que, en el pleno goce de su salud, recibiólos llevando en sus 
brazos á Igor, y diciéndoles: «iVo sois, ni principes, ni de extirpe real, y 

TOMO XIX. M 



202 RUSIA. 

aquí está el hijo de Rurik, único soberano de Rusia, » mandó que á su pre- 
sencia fuesen degollados. 

El nuevo señor de Kieff, después de declararla capital de sus dominios, 
hizo tributarios suyos á los dreolianos, severianos, radimitchosy oíros; pero 
esto era sólo el prólogo délos ambiciosos designios de Oleg, que se cifraban 
especialmente en la ciudad de los cesares, y resuelto á apoderarse de ella en 
904, con dos mil naves que llevaban ochenta mil combatientes, forzó la en- 
trada del puerto, á pesar de las gruesas cadenas que la defendían, esparció 
el terror por las inmediaciones, y León VI el Filósofo vióse obligado á com- 
prar una paz humillante al precio que el vencedor quiso imponerle. 

Véase qué mal juzgan los que fundándose en una inscripción que gra- 
bada por orden de Catalina entre Teodosia y Cherson, decia : «Este es el 
camino de Constantinopla,» suponen que sólo desde Pedro el Grande datan 
las ambiciosas tendencias de la Rusia con respecto al imperio de Bjzancio. 

Ocupadas en 941 las fuerzas navales de los griegos en sus encuentros con 
los sarracenos, y dividido el imperio por las rivalidades entre Constan- 
tino VII y el general Lecapenus, la ocasión no podia ser más favorable para 
que los rusos intentasen un nuevo golpe; y comprendiéndolo así Igor, 
marcha sobre la ciudad imperial á pretexto de reclamar el tributo, á su 
tutor ofrecido, y cuando la conqiusta era segura, por una prudencia difícil 
de comprender en tan esforzado caudillo, cede á las reflexiones de los 
ancianos. 

Más avaro Sviatoslaff, su sucesor, trata de establecerse en aquel codiciado 
país donde hacían grata la existencia los más ricos dones de la naturaleza: 
dehcados vinos y exquisitas frutas de la Grecia, briosos caballos de la Hun- 
gría, y cual la del Himetto rica miel de fértiles comarcas por laboriosas 
abejas trabajada. 

Sólo el perseverante valor de Juan Zimisces y los titánicos esfuerzos de la 
tribu de los Petchenegos sitiando á Kieff, pudieron conseguir que Sviatos- 
laff que por espacio de más de veinte años habia sido el azote de Constanti- 
nopla, regresase al Norte; y cuando en la primavera del año 973, después de 
haberse visto precisado á invernar á las orillas del Boristenes, trataba 
de abrirse paso por entre sus encarnizados enemigos, fué hecho por ellos 
prisionero, cortáronle la cabeza y su cráneo guarnecido de un cerco de oro 
y adornado de piedras, sirvió de copa á las desenfrenadas bacanales del 
príncipe de los Petchenegos. 

A la manera qne la Macedonia (siguiendo el paralelo que al comenzar es- 
tablecimos), apropiándosela civilización de los helenos, fascinaba, por de- 
cirlo así, á los que pretendía dominar logrando de este modo el derecho 
de ciudadanía y la naturalización que repetidas veces le habia sido negada, 
Rusia con su hábil política se prometía un resultado análogo; y atendido á 
que nada une á los hombres tanto como las afinidades religiosas, el culto dg 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. 205 

Perun, temida divinidad á la que se ofrecian cruentos sacrificios, siendo 
el más notable el de una esclava, que en medio de las danzas y actitudes 
más obscenas era degollada por una vieja, á la que llamaban el ángel de la 
muerte, fué abolido porWlademiro el Grande, mandando que en su lugar 
se adoptara el rito griego identificándose más y más con los que ya creia sus 
vasallos. 

Sin embargo, en asunto de tanta trascendencia no podia obrarse de ligero; 
de nada sirven las leyes contra las ideas (1), y para que el pueblo abjurase 
de las que hasta entonces habia profesado, acatando la voluntad del mo- 
narca, era preciso que algo le demostrase la conveniencia de este paso. 
El numeroso ejército llevado por Wlademiro al Querspneso y reunido 
junto á los muros de Teodosia (hoy Kafa) después de seis meses de una 
lucha estéril y diezmado por los combates y la peste, había perdido el entu- 
siasmo: urgia pues levantar el sitio; pero cuando de esto se trataba, un bi- 
llete sujeto á una flecha que desde las murallas habia sido arrojado (2), dio 
á conocer á los rusos la fuente que por conductos subterráneos enviaba el 
agua á la ciudad. Cortados por los sitiadores, tuvo esta que rendirse y el 
éxito fué tan lisonjero como inesperado. 

El momento era oportuno y el vencedor podia sacar gran partido de su 
victoria. El prestigio que con ella habia obtenido permitíale solicitar de los 
señores de Bizancio la mano de la princesa Ana, acordado por sus herma- 
nos Basilio y Constantino á condición de que abrazara el cristianismo, y 
como de este enlace esperaba la Rusia obtener grandes beneficios, de aquí 
que el cambio de religión como razón de Estado no podia menos de ser 
obedecido. 

Algún tiempo antes y movido de igual deseo, Othon el Grande habia tam- 
bién pedido para su hijo la mano de la princesa Teofania (3), 

El mundo germánico aspiraba como el eslavo respresentado por la Rusia 
á la posesión de Constanlinopla, y esto era lógico; destructores del imperio 
de Occidente, debia complacerles que el de Oriente á ellos se sometiera. 
Los rusos, no obstante su desmedida y tradicional ambición, veian que por 
un cúmulo de circunstancias, fatales todas ellas, su fuerza iba decreciendo; 
el gran ducado de Kieff, que con su unidad perdiera también su influencia, 
debía pasar á otros dueños, y á este primer paso dado en su decadencia, 
siguieron muy luego las correrías por el Volga de los émulos de Kengis- 
Kan, exigiendo onerosos tributos, los ataques de los Paleólogos, los cho- 
ques con los Genoveses, y como digno coronamiento la pérdida de la Ru ■ 
sia roja;, la Podolía y la Volhynia por la Polonia arrebatadas. 



(1) Montesquieu, Esprit des lois. 

(2) Levesque, Hist. de Busia. 

(3) Formación del equilibrio europeo por el tratado de West/alia: artículos publi- 
cados por el autor eu Jíll Boletín Diplomático, núms. 17 al 21. 



204 RUSIA. 

Sucede á las naciones como á los individuos, que, respetados y temidos 
cuando la opulencia les otorga sus favores, son el ludibrio y escarnio de los 
que cortesanos del poder, vce vichis les gritan cuando la fatalidad visita sus 
hogares, y asi todas las que con la Rusia confinaban, muchas, aimque en- 
vidiosas en los dias de su gloria, trataban de reducirla á la menor expresión 
cuando á su ocaso caminaba. 

Precedido en sus tentativas por los francos, que con mejor fortuna á 
principios del siglo xui supieron imponer su yugo á los abatidos griegos, 
mofándose en las calles de Constantinopla de sus afeminadas costumbres, y 
liostigado por sus vecinos que de antemano se disputaban sus despojos ¿qué 
podia ya esperar aquel estado agonizante? 

El pueblo á quien el arquitecto Calínico habia dotado de un fuego mági- 
co, inapagable, secreto, que ni el agua, ni todos los demás medios que con • 
tra tan terrible agente se emplean bastaban á extinguir (1), y el cual habia 
consumido entre otras flotas enemigas las de los árabes llegadas del África y 
de la Siria, el arbitro del comercio y soberano un tiempo de los mares, di- 
vidido por las luchas religiosas con motivo del culto de las imágenes, á 
merced de un clero tan corrompido como recto era el latino, y entre ten- 
dencias opuestas colocado, ofrecía un triste y doloroso expectáculo. Los 
emperadores en oposición con los patriarcas, estos en frecuente hostilidad 
dando lugar con sus rencillas á sangrientas coaliciones entre sus ciegos 
partidarios, como lo prueba el antagonismo de Arsenio y José, y de lle- 
no entregado á las disputas teológicas, como no supo impedir el triunfo de 
Cantacuceno, no acertó tampoco á escuchar, atento sólo al concilio de Flo- 
rencia, el marcial estrépito de los seides de Mahomet que en considerable 
número llegaban. 

La ciudad, bello ideal de los ensueños moscovitas, la de las verdes coli- 
nas, rica perla entre dos mares engastada, la émula de Roma por su fausto, 
de Babilonia por sus tesoros, de Jerusalen por sus santuarios, esclava es ya 
de los hijos del Profeta. La sangre de sus defensores enrojece los mármo- 
les de la grandiosa basílica de la que Justiniano dijera: Te he vencido, Salo- 
man, y la cabeza de su heroico emperador sirve de adorno á la columna de 
pikfido erigida por el primer Constantino á la memoria de su madre, no lejos 
del regio alcázar cuya devastación y maravillas hacen que Mahomet excla- 
me: Laarañaha tejido su tela en el palacio imperial y la lechuza ha canta- 
do por la noche en los techos de Afrasiab. 

¡Notable acontecimiento la caida del imperio griego, que, sepultan- 
do entre sus escombros las esperanzas de la Rusia, daba por resultado 
a intrusión de un estado bárbaro junto á los estados europeos! 

Por medio de las armas nadapodian ya intentarlos descendientes deRu- 



(1) Historia de los benedictinos. 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. 205 

rik, á los que se oponía en adelante un pueblo unido y celoso guardador 
de sus conquistas; pero no era fácil que se aviniesen con el sedentario pa- 
pel que la suerte les habia deparado; por lo que, dando á sus maqui- 
naciones un nuevo giro, procuraron fijarlas sobre una base más sólida y 
legal. 

Entre los muchos refugiados que por entonces en Roma pululaban, con- 
tábase una princesa llamada Maria, sobrina del último emperador griego 
Constantino Drugases, y que con su mano podia ofrecer incuestionables dere- 
chos al imperio de sus padres. Llamábase el de María Tomás Paleólogo y 
era el ídolo de los que á fuerza de atenciones trataban de arrancarle la ce- 
sión desús preciados títulos, que fueron á recaer en Ivan III, pues el Papa 
Pablo II á quien interesaba atraer los rusos á su causa, accediendo á la pe- 
tición de aquel, se la concedió en matrimonio, de lo que pronto debió ar- 
repentirse, pues no sólo no abjuró Ivan el cisma, sino que por el contrario 
su esposa, cambiando su nombre por el de Sofía, la abrazó también y en 
él persistieron sus descendientes sin que jamás pudieran disuadirles las ex- 
citaciones de Gregorio XIII, ni las del jesuíta Possevino. 

Llama en alto grado la atención de cuantos al estudio de la historia se 
consagran, la gran parte que á la mujer ha cabido en el desarrollo y en- 
grandecimiento de la Rusia. Ya hemos visto que, mermada y abatida, apenas 
podia defenderse de sus numerosos enemigos, cuanto' menos intentar nada 
en el terreno de las conquistas al parecer vedado para ella. Sólo un prodi- 
gio podia sacarla de su postración, despertando de su mal dormida codicia, 
y este prodigio (que no otro nombre merece) estaba reservado á la prince- 
sa María, que con su talento puso á Ivan III en relaciones con la Europa ci- 
vilizada, indicándole las mejoras que debía adoptar y los hombres de quie- 
nes debía valerse en provecho de su imperio, y para el mejor resultado en 
la guerra contra los Mongoles, á que sin cesar le inducía y en la que estri- 
baba el esplendor de su corona. 

Estas comunicaciones debían ser más activas y tomar un carácter más 
[)olítico durante el reinado de Ivan IV, muy superior á sus predecesores al 
decir del P. Possevino, si bien este religioso se muestra muy parcial aplau- 
diendo las grandes cualidades de aquel soberano, y callando sus monstruo- 
sos atentados y sus crueles vejaciones, que dejan muy atrás las de Jermak 
Timofoovv, el conquistador de la Siberia. 

Partidario acérrimo del cisma, brindaba Ivan franco y cordial asilo á los 
fugitivos helenos, que junto á los grandes duques, únicos representantes y 
denodados apóstoles de su fé, hallaban costumbres que les eran familiares y 
un gobierno que iiacia con sus bondades más llevadero su destierro, sin que 
nada alarmase la conciencia del proscripto, á menudo herida y desgarrada 
por los turcos otomanos, cuya religión, una guerra de ochocientos arios ha- 
cia irreconciliable con el Evangelio. El fanatismo habia servido de poderoso 



206 RUSIA. 

auxiliar á todas las victorias del nuevo imperio, y este era el secreto de su 
fuerza y el que ha hecho que en Europa se tenga á los turcos por extranje- 
ros sólo tolerados en beneficio de una idea ó quizá en interés del equilibrio 
europeo (1). 

No obstante su marcada predilección por el cisma, Ivan IV admitía en 
sus dominios á los que profesaban distíntas religiones, abriendo ampliamen- 
te y sin trabas de ningún género al comercio del mundo los puertos todos 
de la Rusia, llegando á ellos buques de Inglaterra, de Holanda y de Ham- 
burgo en busca de pescado seco, de aceite de ballena y maderas de cons- 
trucción; introducia visibles adelantos, y llamaba á los sabios de todas 
partes colmándoles de beneficios en cambio de sus conocimientos, de los 
que tanto esperaba utilizarse. 

Con la vista fija en el Occidente, la situación por que este atravesaba, le 
hacia formar las combinaciones más halagüeñas, que en cierto moíjo justífi- 
caban los disturbios de Alemania á causa del luteranismo, las contíendas de 
los Paises-Bajos, el levantamiento de los Hugonotes y el de los parciales de 
Zwingle en la Suiza. 

Además prestaba mayor fuerza á estos cálculos su marcha progresiva y 
floreciente. La ruina de los tártaros de Saren, de Kasan, de Astrakan y de 
Siberia, le habian enriquecido con posesiones en el Volga, abriéndole el 
mar Caspio: por la parte superior del Asia, se extendia allende los Trales, 
límites trazados por la naturaleza y con la reincorporación de las repúblicas 
independientes de Novogorod, Pscoff y Kehlgnof, y de los principados feu- 
dales de Riaizan y otros, la Rusia habia recuperado con creces su antigua 
unidad. 

Natural era que la Europa, á la que protegían contra tan asolador tor- 
rente los lituanios en el Dniéper y los caballeros teutones en el Báltíco, rece- 
losa se mostrase: y si á lo dicho se agrega la cooperación de los derrotados 
en Mulhberg con los excluidos de Ausburgo y un ejército admirablemente 
armado y fuerte de doscientos mil hombres, con harta razón podia temer 
que pretendiera llegar hasta ella por la Livonia, logrando al paso la adqui- 
sición de esta provincia, que por su feracidad y riqueza el granero del Nor- 
te era apellidada. 

Fué su primer invasor en 1502 Ivan III; pero el maestre provincial Wal- 
ter de Plettenberg, secundado por Alejandro, gran duque de Lituania, as- 
cendido al trono de Polonia el mismo año en que la guerra comenzaba, y 
ávido de vengar la paz de Moscow por la que tuvo que devolver á la Rusia 
todo lo que á favor de la opresión de los Mongoles y del desmembramiento 
del gran ducado de Moscow le habia arrebatado, batió en Maholm á cua- 
renta mil rusos, y en una segunda refriega habida en Pscoff, deshizo con 



(1) M. Combes. 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. 207 

catorce mil soldados á más de cien mil moscovitas, viéndose Ivan en el 
caso de ajustar una tregua por seis años, que luego se hizo extensiva á 
cincuenta. 

Miguel Glinski, cuyos talentos habían sido tan favorables á la Polonia, 
como funestos á los tártaros, sus compatriotas, disgustado con motivo de 
ciertos desaires, ofreció sus servicios á los rusos, y Basilio IV, fuerte con la 
ayuda de tan esclarecido general, pudo declarar la guerra á su eterna ene- 
miga, apoderándose en 1514 de Esmolensko, y concluyendo en 1517 con el 
rey de Dinamarca una alianza por la que se obligaba á sostenerle contra la 
Suecia, y una liga contra la Polonia con Alberto de Brandeburgo, gran 
maestre de la orden teutónica, que recién convertido al luteranismo, aspira- 
ba á secularizar la Prusia, declarándose en ella independiente, lo que no po- 
dia verificarse sin el beneplácito del rey de Polonia, soberano de la orden 
desde el tratado de Torn en 1466. 

Para eludir esta humillación, convino Alberto con Basilio IV el marchar 
sobre Cracovia, dando lugar al tratado de este nombre celebrado entre 
aquel y Segismundo I el 8 de Abril de 1525, y por el cual se comprometía 
al fin á prestar homenaje al rey de Polonia, que á su vez le cedia la Prusia 
teutónica con el título de ducado y feudo hereditario para sí y sus descen- 
dientes varones, como para sus hermanos de la rama de Brandeburgo y Fran- 
conia con sus herederos, volviendo al dominio de la Polonia en el caso de 
que la descendencia masculina de Alberto se extinguiese. 

Lo convenido en este tratado, halagaba á los poloneses que, además de la 
supremacía sobre la orden teutónica, eran siempre los soberanos de la 
Prusia. 

Ivan IV, sucesor deBasiho IV, intentó igualmente apoderarse de la Livo- 
nia, y no obstante su victoria de Ermes en 1558, y aunque la reforma ha- 
bía disuelto las órdenes militares en las costas del Báltico, los estados de 
aquella, cedidos á la Polonia por el tratado de V^ilna en 1561, estaban 
bajo su inmediata protección, y por tanto su conquista por la Rusia era im- 
posible. 

Derrotado Ivan por Esteban Bathory que le arrojó de la Livonia arreba- 
tándole en el gran ducado de Moscou las plazas de Polotsk, Kholm y Pscoff, 
ofreció al Papa Gregorio XIII adherirse á la unión de Florencia á condición 
de que influyera con aquel para la reunión de un Congreso, único medio de 
evitar una paz bochornosa á la que irremediablemente le empujaban sus 
derrotas y las simpatías siempre crecientes de su rival en las ciudades de 
la Livonia. 

Abierto en Kiverova-Horka el 13 de Diciembre de 1581, fueron los ple- 
nipotenciarios poloneses Zbaraski palatino de Braclase, Alberto Radrivil 
gran mariscal de la Lituania y Miguel Adaburdo; y los rusos Pmitrípetrovitz. 
— Yeletzi y Wassilievitz — Offerieff guarda-sellos, con los secretarios Nikita- 



208 RUSIA. 

Basouka y Zacarías Suiaseva, habiendo obtenido por el ascendiente que so- 
bre Polonia ejercía la Iglesia romana, que se admitiese como mediador al 
P. Possevino y véase lo que acerca de esta Asamblea dice Mr. Schoell en 
su obra Les traites de paix: 

«Todas las dificultades hablan sido allanadas y vencidas , cuando los 
embajadores rusos presentaron dos proposiciones, amenazando deshacer lo 
acordado. Pedían que se colocara entre las cesiones hechas por la Rusia á la 
Polonia;, la Curlandia y la ciudad de Riga, y como los rusos jamás hablan 
poseído ni esta ciudad ni aquel ducado, la extraña demanda de los embaja- 
dores parecía ocultar una segunda intención. Creyóse que no debiendo ser 
obligatorio el tratado más que por diez años, pues así lo habían querido los 
rusos, su intención era la de reservar á su soberano algún derecho sobre la 
Livonia aparentando renunciar á ella sólo por su corto plazo. Desechada esta 
proposición por los ministros de la repúbUca de Polonia, conformáronse los 
rusos; pero exigieron en compensación que al nombrar las plazas y fortale- 
zas cedidas por el Czar, se dijese que siendo una parte de sus dominios la 
(pie enagenaba, podía seguir llamándose rey de Livonia, cuya petición tuvo 
igual suerte que la anterior y la misma que una última exigencia reclaman- 
do que en el acto se le diera el título de Czar.» 

Al cabo de muchas y enojosas discusiones llegóse á una avenencia el 15 
de Enero de 1582, firmándose un tratado en el que se consignaba: 1." Que 
el Czar cedia al rey de Polonia todas sus posesiones en la Livonia y además 
Witepsk y Wiclítsk en el Dwina: 2." Que el rey de Polonia restituía á aquel 
Welíki-Louki, Newel, Sawolocki, Kholm y algunos puntos de la provincia 
de Pscoff de los que se había posesionado: Y 3." Que la ciudad de Polotsk, 
que no se nombraba, debía pertenecer á los poloneses para indemnizarles de 
Esmolemko que habían perdido (1). 

Estas negociaciones por su índole especial, por los subterfugios de una 
de las partes reservándose derechos no existentes y creando imaginarias pre- 
rogativas, y principalmente por el corto tiempo que á las potencias signata- 
rias obligaba, recuerda aquellos tratados en los que el pueblo romano, cre- 
yéndose llamado á la conquista del mundo, aun(|ue no siempre seguro del 
liiunfu, dictaba las más absurdas condiciones por las que se imponía una 
más imprescindible necesidad de vencer (2), y que más que tratados podían 
llamarse suspensiones de hostilidades, protegido por las cuales preparaba el 
total exterminio de su contendiente. 

La Polonia quedaba en posesión de la Livonia; su aliado Cotardo Ketler 
del ducado hereditario de Curlandia; Magnus de las islas de Osel y de Pil- 
en, y todos ellos garantidos, sí no por la fé de un convenio, por el respeto á 



(1) Mr. Combes. Histoire díplomatique de la Russie. 
(2) Montesquieu, Cfrandeur et decadence des Bomaim. 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. 209 

Estevan Bathory profesado, eran un grave inconveniente para la Rusia; pero 
ya hemos tenido lugar de ver en la excursión que á vista de pájaro por su 
historia venimos haciendo, que forma el carácter particular de esta nación 
una perseverancia que no desmaya por fuertes é insuperables obstáculos que 
á su paso se presenten. 

Llegar hasta el Báltico era su intento; y si por la parte de la Livonia se 
alzaba contra él un dique que toda su tenacidad no bastaba á salvar, que- 
dábanle la Ingria y Carelia, logrando por el tratado de Tensin en 1595 la 
inmediata cuanto deseada comunicación con el Mediterráneo del Norte, per- 
dida juntamente con otras no pequeñas ventajas por el de Wibourgo en 1(509, 
al cual tuvo que sucumbir Choniski, que, al ser elegido czar, no podia en 
manera alguna, dadas las facciones que trabajaban á la Rusia desde la ex- 
tinción de la dinastía Rurik, aventurarse á las contingencias de una guerra 
extranjera. 

A la muerte de Choniski fué ascendido al trono de Rusia un polonés lla- 
mado Uladislao, hijo de Segismundo III, Rey de Polonia, quedando por 
tanto aquella como humilde feudataria, de cuyo estado pudo salir mediante 
los esfuerzos de Miguel Romanoff, fundador en 1613 de la dinastía que 
lleva su nombre, el cual, por la mediación de la Inglaterra, gobernada por 
Jacobo I el Estuardo, y de las Provincias Unidas, á Mauricio de Nassau obe- 
dientes, consiguió que la Suecia aceptase la paz de Stolbova en 1617, seguida 
de la tregua de Dixiiina en 1618, y confirmada por el tratado de Viazma 
en 1654, que permitía á Romanoff dar estabiUdad y cohesión á un país tan 
fraccionado y dividido, sin alarmarse de los trabajos de la Suecia para for- 
mar un vasto imperio del Norte, apoyándose, no como la Dinamarca en un 
débil principio federal, sino en una misma fé rehgiosa, en el luteranismo, 
que excluido de Inglaterra por los Estuardos, era, sin embargo, aceptado 
con entusiasmo en la Estonia, la Ingria y la Carelia, y á favor de cuya je- 
fatura esperaba la Suecia medirse con la casa de Austria, ardiente defen- 
sora del catohcismo, pudiendc utilizar en favor suyo las turbulencias de la 
Polonia y la guerra de los treinta años que con Alemania amenazaba envol- 
ver á la Europa entera. 

Gustavo Adolfo había dilatado considerablemente las bases del imperio 
en la costa eslava del Bállico, y merced á la inacción en que el período ¡¡a- 
latino colocara á los emperadores austríacos, permitiéndole llevar sus armas 
á la Livonia, y á que una parle de la Polonia ganada á la reforma se aleja- 
Ija de Segismundo IIL pudo conquistar aquella provincia con la Prusía de 
Dantzig, y la tregua de Altmark concluida por la Polonia á instancias de 
Richelíeu, llevado del interés que le indujo á mezclarse en los asuntos de 
Italia y los Países Bajos, y que, según él mismo asegura en su Testamento 
político, no era otro que el de salvarlos de la opresión española y de la tira- 
nía de la caca de Austria, cuya insaciable ambición la hacia temible, con- 



210 RUSIA. 

virtiéndola en enemiga del reposo de la cristiandad, » le autorizaba á retener 
por diez años todo lo que habia conquistado; pero su fin se aproximaba y 
las brillantes victorias de Leipsig y de Lutzen debian hacer más sensible la 
falta de aquella superior inteligencia, que prematuramente segada, dejaba 
incompleta una obra bajo tan risueños auspicios emprendida. 

Carlos X Gustavo pretendió realizarla, y por ende humillar á la Dinamar- 
ca, cuya guerra ya acjuel tenia prevista. No le faltaban capacidad ni energía 
para lo primero: en lo segundo la casualidad le deparó la adhesión del di- 
plomático danés conde de ülefeld, quien habiendo indicado el dificilísimo 
cuanto arriesgado paso del Pequeño Belt por el ejército, el 12 de Febrero 
de 1658 (1), pudo este acampar frente á Copenhague. «Consecuencia inme- 
diata de la conquista de Dinamarca será la de Noruega, decia el joven hé- 
roe, y una vez terminada, los príncipes y los Estados, temerosos por el res- 
tablecimiento del comercio, dóciles acatarán mis órdenes. La Suecia será 
respetada hasta por los soberanos más distantes y, en fin, jefe de un for- 
midable ejército, marcharé á Italia, cual otro Alarico, y Roma se verá de . 
nuevo á los godos sometida. » 

Los tratados de Copenhague y de OKva concluidos el 6 de Junio de 1660, 
son á la Suecia, lo que ala Europa Occidental los de Munster y de Osna- 
bruk: y el de Kardis en 1661 firmado por el rey de Suecia Carlos X, y el 
czar Alejo Romanoff terminaba la pacificación del Norte, obligándose el 
czar á restituir á aquel todas las plazas que ocupaba en la Livonia, hasta el 
mismo Mariemburgo^ quince dias después del cambio de ratificaciones, 
pudiendo los negociantes suecos comerciar libremente en Rusia y ejercer 
su culto con el derecho de conservar los moscovitas su iglesia de Revel. 

Compuesta de estados acá y allá esparcidos, y sólo á la Suecia sujetos 
por los lazos siempre odiosos de la fuerza, vacilante su gobierno y sin po- 
der, á causa del alejamiento de aquellos y de los principios un tanto anár- 
quicos que en este dominaban, formar un todo homogéneo, regular y fuerte, 
su situación era doblemente crítica, pues sus muchos enemigos no descono- 
cian los lados vulnerables por donde podían atacarla, sin que el socorro de 
su fiel aliada la Francia les intimidase, pues para aproximarse á la Suecia 
tenia que pasar por entre dos potencias temibles y á ella contrarias, cuales 
eran la Inglaterra y la Holanda, además de que muy pronto las guerras de 
Luis XIV absorberían todas sus fuerzas sin que pudiera ocuparse de lo que 
en el exterior se efectuaba. 

Dinamarca, su rival, estaba en el caso de apreciarensujusto valor cuanto 
queda dicho: hallábase en mejores con,diciones, pues la unión alU era por lo 
antigua inquebrantable, y sobre todo, colocada entre el Báltico y el mar 
del Norte, ayudada de la Inglaterra, las provincias Unidas y los Estados 



(1) Mr. Combes, Hist, dip. de la Btissie. 



sus TENDENCIAS Y ASPIRACIONES. 211 

alemanes, y enriquecida con el lucrativo paso del Sund, podia muy bien opo- 
nerse á la Suecia: con tanta más razón, cuanto que por la reforma monár- 
quica, introducida casi á raiz del tratado de Copenhague, el poder ejecutivo, 
que antes por elección radicaba en un senado revoltoso y en tumultuosas 
dietas, declarado hereditario, reuníase omnímodo en manos de Federico III. 

Desenvolvíanse tales gérmenes de prosperidad con gran contentamiento 
de los adversarios de la Suecia, que impotentes por sí solos, unidos á Dina- 
marca formaban un núcleo respetable, y aunque su impaciencia por arro- 
jarse sobre el naciente imperio era extremada, sólo cuando. la guerra entre 
los Holandeses y la Francia había sublevado contra esta á casi toda Europa, 
consintió en atacarle, siendo Cristian V hijo y sucesor de Federico III 
quien batió á Carlos X en Olang y en Kidge: pero el año anterior Luis XIV 
por la paz de Nimega había triunfado de la Europa, y por la de Lund en 
1679, de Dinamarca debia triunfar el execrado imperio, que vencido por 
último en una suprema lucha, cedía el puesto á los poloneses firmando estos 
en recompensa de la ahanza de los rusos contra los turcos (tan ventajosa á 
los unos como á los otros) por la paz de Moscow en 1086 su sentencia de 
muerte, pues concedía á perpetuidad á la Rusia dilatados territorios, plazas 
fuertes, y lo que importaba más que todo la obediencia de los cosacos, raza 
tan feroz como indomable. 

Risueño se ofrecía el porvenir para una nación que cuando tantas con 
varia fortuna se habían disputado el monopolio del Norte^ el destino al 
través de mil vicisitudes le reservaba la realización de esta epopeya. 

La organización interior respondía á lo mucho que en esta obra los pri- 
meros Romamoff habían trabajado, pues por el Código civil llamado ouloje- 
nia debido á Alejo en 1640, se trazaban á todas las clases sociales nuevos 
derroteros, al sacerdocio, á la nobleza, á los desheredados de la suerte que 
no podían constítuij?se en servidumbre antes de los veinte años, y al infe- 
liz que condenado á perder la vida podia disponer de seis semanas para 
reclamar contra el juez nunca infalible. 

La escena era digna del personaje que iba á aparecer en ella, y del cual 
nos ocuparemos en el artículo siguiente. 

Emilio Borso. 



(Se continuará. 



Madrid, 1871. 



RECUERDOS DE VIAJE. 



APUNTES PARA LA DESCRIPCIÓN B HISTORIA DE GALICIA. 



PEIMEEA PARTE, 
I. 



Orense, ciudad antes poco menos que olvidada, y á Ja cual sólo se podia 
ir desde Madrid dando vuelta por la Corufia, y á costa, por consiguiente, de 
cinco ó seis dias, es hoy acaso lo más céntrico de Galicia. De Orense salen 
carreteras concluidas la mayor parte, ó en construcción, á Ponterrada, á 
Lugo por Monforte de Lemos, á Santiago, á Zamora por las Portillas, á Pon- 
tevedra y á Vigo. 

Ya no es Galicia aquella región de la que podia decir el cronista francés 
Froissart, que era: i<Pas chuce ierre, ni aimabh; u chevaucher ni á travai- 
llcr. » No sé si siempre habrá razón para repetir aquello de « Oh dura tellus 
IbericB,» pero no hay duda que si Froissart reviviese, fuera grande su sor- 
presa en ver que Galicia es ya al presente tierra más apacible y amable para 
viajar por ella á pié y á caballo, de lo que nunca pudo imaginar. 

La española Erin como que empieza á mostrar los tesoros que en su seno 
encierra, y quien halla al presente carreteras para todas partes, cuando ha- 
ce pocos años apenas liabia malas trochas y temibles despeñaderos, experi- 
menta verdadero anhelo por ver comarcas cuya hermosura conoce de oidas, 
pero cuyo camino estaba vedado á casi todos. 

Ya no es punto menos que imposible ver como las [aureanas lavan las 
arenas del Sil buscando en ellas el oro que todavía acarrean las aguas del 
caudaloso rio; á propósito del cual se ha dicho con razón: El Sil lleva el 
agua y el Miño la fama. Por todos lados cruzan diligencias que conducen á 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 215 

Santiago, Jerusalem de Occidente para los Cristianos, Kaaba de los Nazare- 
nos para los Musulmanes; y á Lugo ó la Coruña. Gran tentación es para mí 
emprender de nuevo el viaje de Santiago de Compostela. Y luego de allá, 
puedo tomar el camino de Lugo, para ver de nuevo también sus Thermae. 
su muralla romana, la catedral ó el precioso mosaico de la calle de Batita- 
les. ¿Y quién, ya en la región boreal de Galicia, no pone los pies en la ale- 
gre Coruña y va embarcado un poco más de una hora al Ferrol, ó bien por 
tierra, torna á contemplar aquella deleitosa Marina, que en fertilidad y ri- 
queza compite con las nunca bien alabadas Rias de Abajo? 

No siempre la voluntad del hombre se ve satisfecha, y desde Orense, lo 
más fácil para encaminarse pronto al mar, es emprender el camino de Vi- 
go, si no el de Pontevedra. Bien que ambos forman triángulo, cuya basa 
corre á lo largo de la costa, y encierra una de las comarcas más hermosas 
y dignas de atención por sus históricos recuerdos. Entre el verdor perenne 
de aquellos campos, de la umbría de sus arboledas, ó en los recuestos de sus 
montañas, es fácil ir hojeando buena parte de la historia de Galicia y aun 
de toda la Península Ibérica. Esta región de España, un tiempo frontera 
mal comprendida y respetada de Portugal, vio nacer el vecino reino, en 
mal hora fundado por un hijo de extranjero, incapaz de amar ala nueva pa- 
tria que despedazaba. Hablo de Alfonso Enriquez, apellidado por los Mu- 
sulmanes Rey do Coimbra, y á quien los portugueses miran por fundador de 
su monarquía, si ya no fuera cosa de atribuir la creación del reino al gran 
rey Alfonso YI, que fué quienotorgó en feudo al conde Borgoñés Don En- 
rique, padre del primer rey de Portugal, lo que por esta parte de la Penín- 
sula poseía, al propio tiempo que le daba su hija Doña Teresa por esposa. 
Creo haber dicho la verdad en la Crónica de Pontevedra, al asegurar que 
Alfonso «daba en dote á su hija bastarda la incapacidad en que había de 
quedar por siglos y siglos la Península ibérica de formar un gran pueblo.» 

Mas, no hay que apurarse en tratándose de absurda y necia política, 
siempre que de la provincia de Pontevedra se trate, que bueno es tener pre- 
sente con cuánta facihdad daba el marqués de la Ensenada buena parte de 
este hermosísimo territorio en trueco de la Colonia del Sacramento en las 
costas de America meridional!... Quien no sabe estimar lo bueno que po- 
see, bien merece perderlo. 

IL 

Es de noche, y, como ya han pasado, no sólo los grandes fríos del in- 
vierno, pero los grandes calores del verano de Í870, insoportables en casi 
toda Europa, cierto airecillo restaurador da vida á los pulmones fatigados 
del reseco estío, que aun en Galicia lo ha sido hasta el punto de hallarse pa- 
rado casi todos os muiños. Con esto padecen los moradores no poco, pues 
no andando los molinos, por haberse secado ó llevar poquísima agua la ma- 



214 RECUERDOS DE VIAJE. 

yor parte de .os arroyos, es imposible moler el grano, cosa que , bien pue- 
de decirse, equivale á no tenerle. 

No es frecuente lo que digo, aún la provincia de Orense, que en la par- 
te Sur es lo menos húmedo de Galicia; pero este año casi hay hambre 
por la razón ó sinrazón de faltar agua á los molinos. Esto deberia hacer ver 
á los Gallegos, en especial de ciertas regiones, cuan útiles fueran para ellos 
los molinos de viento, motor de que fácilmente y á menudo se puede dispo- 
ner por las alturas, en la costa ó en tierra llana. Ya en la peninsula tienen el 
ejemplo de los molinos manchegos, eternizados por Cervantes; y más cerca, 
en la costa de Portugal hay también muchos molinos de viento casi orillas 
del mar^ como puede verse, por ejemplo, en las cercanías de Oporto. Desde 
luego, en muchas partes de GaUcia serian muy útiles, ahorrándose el agua 
que tanta falta suele hacer para el riego. 

Serán ya las ocho de la noche; arranca el tiro, parte la diligencia no, con 

gran priesa, y después de cruzar el Miño por su famosa puente hay que 

hablar de los muiños, ó cosa tal, porque nada se ve. Con todo, á quien ya 
conoce el terreno, bien se le puede consentir recuerde que, en los 26 kiló- 
metros de Vigo á Rivadavia, es todo el camino hermosísima alameda de co- 
pados árboles que, á derecha é izquierda, asombran el camino. Cierto que 
todos los de Galicia podrían á bien poca costa hallarse de igual manera, 
pues no exige la sequía perenne de aire y suelo, como en Castilla ó Anda- 
lucía, una noria ó pozo para cada medio centenar de árboles. 

A Rivadavia acudían los Ingleses, como ya he dicho antes, en busca del 
famoso Tostado, excelente vino en verdad. No siempre lo hicieron por bue- 
nas, pues en 1585 se presentó sir Thomas Percy, á la cabeza de sus hom- 
bres de armas, aclamando al duque de Alencastre, esposo de la hija de don 
Pedro I, por rey de Galicia. Resistieron su entrada los hijos de Rivadavia, y 
durante un mes, llenaron de asombro con su valora los Ingleses, quien, se- 
gún Froissart, se admiraban de tanto esfuerzo en hombres «que eran me- 
ramente ¡misarios, 6 más bien plebeyos, sin que hubiere un solo caballero 
en la población.» 

Dispusieron los partidarios del de Alencastre un ingenio para dar batería 
á los muros, y entonces los ciudadanos ofrecieron rendirse, más los de 
Percy, burlándose, contestaron: «No entendemos vuestro gallego, hablad- 
nos en francés ó castellano.» Ello fué que la valerosa Rivadavia se vio 
ruinmente saqueada, pagando, sobre todo, los Judíos, que eran muy ricos; 
y los Ingleses se hartaron de vino y cerdo, permaneciendo varios días 
en estado no muy diferente de aquel en que tan á su sabor ronca y engorda 
este sabrosísimo, mantecoso y mentecato animal. 

Dejemos á los hijos de Albion complacerse en el poco honroso recuerdo 
de sus vinosas fazañas por la cuenca del Miño y el Ribero de Avia, lugar 
este último donde se receje el mejor mosto, y dejando atrás, aquellas her- 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 215 

mosas laderas, cubiertas de viñedo, subamos por entre descomunales peñas- 
cos á cruzar los ramales que del Monte Faro descienden á Portugal. De esta 
suerte, y dejando atrás el pueblo de Melón, con su antiguo monasterio, lle- 
gamos á la Cañiza, 44 kilómetros de Orense. 

El terreno es alto y desigual, el clima fresco, pero en mucbos dias 
de verano molesta el calor sobre manera, bien que lo mismo sucede en San 
Petersburgo. Demás que el calor en ciertas regiones de la provincia do 
Orense suele ser muy grande. 

Valles bay entre aquellas asperezas, pintorescos y fértiles, cuyo verdor 
aumenta conforme se va uno acercando al mar. En la frondosidad hay verda- 
dera gradación desde las Portillas hasta las playas del Océano. El valle de 
Verin ó Monterey, y las alturas que le rodean, tienen poco arbolado. Algo más 
abunda este, siguiendo hacia Orense, en cuya región, así como por el Ribe- 
ro de Aira, ponen los naturales su mayor cuidado en el viñedo. El clima 
por allí no es tan excesivamente húmedo, que obligue á disponer la vid en 
parras, como por la costa, si bien tampoco resistiría aquella el yacer por el 
suelo como en Castilla, de suerte que la sostienen^ poniendo para cada cepa 
una caña ó palo, en torno de la cual se retuercen y trepan los sarmien- 
tos. Sigamos adelante. ¿Qué ruinas son aquellas que señorean á la derecha 
del camino gran parte de este tan ameno territorio? 

En el Monte Landin, feligresía de San Martin de la Pórtela, ayunta- 
miento de Puentearéas, de cuya población dista aquella más de un cuarto de 
legua, yace el antiguo castillo de Sobroso, morada del noble señor que dispo- 
nia de la antigua jurisdicción del propio nombre, compartiéndole, entre otros, 
con el conde de San Román y el marqués de Valladares. Aún hoy se conserva 
en la casa de los duques de Hijar el marquesado de Salvatierra, al cual va 
unido el del Sobroso. 

Una legua, y aún más, antes de llegar á Puentearéas, ya se divisan en lo 
alto las ruinas de la antigua fortaleza que antaño era entre las muchas man- 
siones feudales de las más señaladas de Galicia, y hoy yace abandonada, 
desierta, sin techos, lleno su recinto de zarzas, revestidos de yedra los ás- 
peros sillares de sus muros, y por ventura sirviendo de abrigo á dañosas 
alimañas. 

Ya que el castillo del Sobroso he mencionado, como que me hace señas 
otro que no está muy lejos, y al cuaL en efecto, he de ir á parar en cuanto 
me sea posible, porque en él, lejos de ver las ruinas abandonadas que el 
presente, hallaré canteros y albañiles restaurándolas. Hablo del Castillo de 
Sotomayor, cuyo propietario actual, el Marqués de la Vega de Armijo y de 
Mos, ha juzgado, y se funda, que no en balde heredaron nuestros ricos-hom- 
bres, preciosos monumentos dignos de conservarse para el arte y la histo- 
ria, y pues en sus manos se hallan, obligación tienen de mirar por ellos, en 
vez de olvidar los recintos — que para su familia deberían ser siempre sa- 



216 RECUERDOS DE VIAJE. 

grados — donde sus antecesores nacieron y lograron mantener ilesa la honra 
heredada. 

Tiene el castillo del Sobroso, desde la carretera, diversos puntos de 
vista por extremo notables; y en él, como en otras muchas fortalezas feuda- 
les de Galicia, se advierte que no está en la cumbre más alta, sino que, 
naciendo en verdad, á grande altura, todavía parece como que se ha bus- 
cado lugar al abrigo de otra que le señorea. Lo mismo sucede con el Castillo 
de Pena, que ya mencioné al cruzar la Limia y lo propio con el castillo de 
Sotomayor, como más adelante veremos. En resolución, se ha buscado para 
estos castillos notable eminencia, que, vista desde algunos puntos parece 
aislada ó poco menos, pero dando la vuelta en torno, se ve que son más 
bien un rellano que llega á cierta parte tan sólo de la altura principal. En 
pocos lugares se ve lo que digo, como siguiendo el camino de la Cañiza á 
Puentearéas. 

III. 

No entra la diligencia en Puentearéas, con lo que el viajero no puede 
ver la hermosa plaza de la villa, si no tiene ánimo para dar una carrera, 
mientras mudan el tiro. Es por la mañana temprano; el cielo nubloso es- 
torba e] paso á los rayos del sol; esmalta el rocío praderas y maizales, cae 
de hoja en hoja por los copados castaños^ y sienta el polvo del camino. Ma- 
ñanas de estío tan deleitosas no las tiene á su disposición el Español en su 
tierra sino en la apacible región boreal de la Península, especialmente en 
Galicia, donde los horizontes no son tan estrechos y aún ahogados como 
por el resto de la costa cantábrica. 

Con pena se apartan los ojos de Puentearéas, rodeado de tan hermosos 
campos, pero diez kilómetros más allá entradnos en Porrino, emporio de los 
zapateros y uno de los pueblos más transitados durante el verano. Nada 
más fácil que ver en su plaza coches de Bayona, Tuy, Vigo, Orense y Ponte- 
vedra; y si los viajeros tienen la fortuna de que tal suceda, no hay sino 
pedir á Dios paciencia, porque es muy probable ocurra algún choque, en- 
redo de tiro ó cosa tal. 

Vamos cruzando los ramales que de los montes de Barcia descienden al 
Miño. Andamos diez kilómetros más, pero antes de llegar, ya se percibe 
en el aire algo nuevo, extraño y que produce agradable sensación á nuestros 
sentidos. 

De pronto, una gran extensión de agua, un brazo de mar, el mismo 
Atlántico ondea ante mis ojos, mientras á las rizadas olas envía, como 
para besarlas, su vivido centelleo el sol poniente. Ecco aparir! 

¿Puede darse asiento más deleitoso que el de Vigo? Mas para compren- 
derle bien, es preciso asomarse á sus ventanas, y luego no hay sino ben- 



APUNTES P\RA LA HISTORIA DE GALICIA. 217 

decir á Dios. A Dios, que no al hombre, que tan poco ha hecho hasta 
ahora en aquellos lugares. 

Es la ña de Vigo á un tiempo gloria y afrenta de España. Ver aquella 
mmensa bahía, que tan hermosas y fértiles costas rodean, y contemplar 
desiertas sus aguas, sin que apenas tal cual barco llegue á la orilla, dando 
vida al comercio, causa, primero admiración, después vergüenza. 

A las puertas de un reino, extranjero para mal suyo y nuestro; en clima 
por extremo apacible, con facilísima salida para los productos de la Penín- 
sula Ibérica, con la mejor entrada que puede imajinarse para toda clase 
de embarcaciones, ¿qué hemos hecho nosotros en pro de aquel don que el 
cielo puso en nuestras manos? 

Prueba de lo bien que sabemos estimar aquella joya es lo que sucedió 
por los años de 1751. Anhelaba España poseer la colonia del Sacramento, 
foco de contrabando á las puertas de nuestras más ricas colonias america- 
nas. El marqués de la Ensenada , uno de nuestros mejores ministros, ce- 
diendo al ardentísimo deseo de acabar con el comercio ilegal que tanto nos 
dañaba, llegó á ofrecer, en trueco de la referida colonia, parte de la provin- 
cia de Tuy. Sin duda no bastaba á España con desprenderse de tan hermoso 
y fértil territorio, y ofreció las siete misiones, orillas del Uruguay. Tamaña 
mengua, por ventura, ni siquiera advertida, no cayó sobre nosotros porque 
Pombal, ministro portugués, no quiso. Hizo Dios que el soberbio Carballo 
prefiriese también la lejana colonia del Sacramento á entrambas riberas del 
Miño , las cuales por eso no son hoy portuguesas, desde tiempos del rey 
José I. Ni se diga que Ensenada no hizo de su parte cuanto pudo, para que 
España perdiese la más bella región que baña el Miño, en trueco de la leja- 
na y funesta colonia del Sacramento. Tal es el recuerdo que la provincia 
de Pontevedra conserva de un buen ministro! De esa manera, mientras En- 
senada era el verdadero creador del arsenal del Ferrol, estuvo á punto de 
mancillar su buen nombre de estadístico y administrador, cercenando á Es- 
paña una de sus más hermosas regiones. 

Y es triste decir que mientras nuestros Gallegos se dejaban _, sin resis- 
tencia, traer y llevar, los Indios de América negáranse con toda energía, y 
aun acudieran alas armas, antes que pertenecer á Portugal. Con razón po- 
dría asegurarse, que de buena parte de los daños que padecen los Gallegos, 
son ellos, ante todo, responsables. No son únicamente los gobiernos los cul- 
pados, cuando los pueblos no hacen nada para sacudir su apatía. 

El gobierno hizo bien en elejir á Ferrol para puerto de guerra. Para el 
comercio del mundo está el de Vigo. Pero está como Dios le ha hecho, y 
aún por ventura maleado con algún muelle ruinmente construido ó cosa pa- 
recida, único bien que aquel hermoso puerto debe á la torpe mano del hom- 
bre. Como no se alegue que basta para dar vida á la más hermosa bahía de 
Europa la población de Vigo, en el estado en que al presente se halla! 

TOMO XIX. 16 



218 RECUERDOS DE VIAJE. 

A decir verdad, como buen español creo que la honra de mi patria exige 
cuanto antes un nuevo Vigo, para que así no pueda repetirse, con sobrada 
razón, que aquella bahía es á un tiempo afrenta y gloria de España. 

No dudo deje de haber hombres sensatos que , prefiriendo lo malo pre- 
sente al cambio que el decoro de la nación exige, se atengan al Vigo actual, 
sin advertir cuan vergonzoso aspecto presenta, en especial por donde se 
extendían sus antiguas fortificaciones y, sobre todo , la puerta de la Gam- 
boa, que aun aislada ó en la forma que mejor pareciese, siempre debió per- 
manecer en pié, mudo testimonio de la gratitud de un pueblo á los que en 
tiempo de la guerra de la Independencia le libraron con su esfuerzo de ma- 
nos de los soldados franceses. En tal estado, un hijo adoptivo de Vigo, el 
Sr. D. Emilio de Olloqui, leyó en el ayuntamiento en la sesión del 
dia 15 de Febrero de 1869 una Memoria importantísima. En ella se 
proponía abastecer de aguas á la ciudad, alumbrarla como era debido, 
terraplenar el espacio que hay entre el murallon del puerto y la alameda; 
hacer muelles, construir una plaza, rival del hermoso Terreiro do Pazo, de 
Lisboa, labrar otra de abastos, en reemplazo de los vergonzosos mercados 
que hoy existen, reformar del todo el infecto barrio de pescadores de la 
Ribera, añadiendo teatro con fachada monumental y arcadas, en el que pu- 
diesen estar el Casino, Biblioteca y Conservatorio, y además paseo, coin- 
prendíendo jardín Botánico; palacio para exposiciones, alameda y campo de 
ferias. También proponía una plazuela y calle de circunvalación al Noroeste 
de la ciudad, colegios de primera enseñanza para ambos sexos, aduana y 
otros edificios. 

Tales eran las obras, apenas indicadas por quien esto escribe, en el pro- 
yecto de ensanche y mejora de la ciudad do Vigo, expuesto por el Sr. Ollo- 
qui, en nombre de la compañía que representaba. Mucho pareció y aun 
excesivo lo que se proponía , pero nobleza obliga, y aquella población no 
puede seguir como se halla. 

Si, há poco tiempo, podía alegar el verse rodeada de fortificaciones, al 
presente, sin ellas y con el feísimo aspecto que la ciudad presenta, sobre 
todo por donde aquellas corrían, obliga, en verdad, á los vigneses á sacudir 
la ibérica apatía, y en vez de quedarse á un lado , dejando solos á quien 
les señalan el camino que es preciso seguir, ó lo que es peor, consintiendo á 
gente desocupada y de no buena intención poner á esta de por medio para 
que sirva de estorbo á toda mejora , ayudar de buena voluntad y en prove- 
cho propio, para que Vigo sea lo que debe, que harto habrá que hacer pa- 
ra ello. 

No ha sido pequeño el paso dado en la última mitad de Setiembre de 
este año en favor de lo que vamos diciendo. El ayuntamiento de Vigo, asis- 
tido de algunos vecinos de representación, aprobó los trabajos hechos por e) 
Sr. Olloqui y por la comisión nombrada con objeto de lograr avenencia de 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 219 

intereses entre la empresa que dicho señor representa y los de Vigo. El ob- 
jeto era presentar el acta de convenio al gobernador de la provincia para 
que la trasmitiese al gobierno, el cual es de creer haya acogido favorable- 
mente la solicitud del ayuntamiento, á cuyo nombre se quedó en hacer la 
concesión de las lagunas que, bien puede decirse, infestan el Arenal. 

El Sr. Olloqui, cediendo al ayuntamiento el puesto que le correspondía 
como concesionario, ha servido nuevamente á su patria, ya que aquel creia 
interesada su honra en que la cesión de las lagunas por el Estado se hiciese 
en su nombre, después de lo cual se proponía tratar con la empresa. ¡Plegué 
á Dios qne, allanado tanto estorbo como el bien de Vigo ha ido encontrando, 
se logre al fin llevar á cabo buena parte, íil menos, de las mejoras indicadas! 
¡Plegué á Dios que los dos años pasados sin ventaja para nadie, y con gran 
daño de la población y de su higiene y exterior aspecto, hayan servido de 
enseñanza á todos, para que los muchos viajeros que tanto anhelan y temen 
llegar á aquellas hermosas playas de Galicia, no padezcan amarguísimo des- 
engaño en ver la mezquina ciudad que hoy ocupa el lugar donde deberla te- 
ner asiento la más hermosa de España! ' 

Para ello se necesita firmeza, amor al suelo que nos ha visto nacer, y... 
una palabra que apenas me atrevo ¿pronunciar, tratándose de Galicia.... 
¡Union! 

No por amigo del Sr. Olloqui, que lo soy, teniendo semejante honra en 
grande estima, mas por amigo de Galicia é hijo de padres nacidos en aquella 
hermosa tierra, deseo que cuanto antes brote la nueva población de Vigo de 
los infectos fangales que tanto afean la vista del Arenal, y cundiendo la vida 
por el glorioso y estrecho recinto de la noble ciudad, surja esta hermosa y 
regenerada, mirándose en las azules aguas de su deleitosa bahía, llamando 
á los viajeros que de todas partes acudan á respirar su blando ambiente y 
á pasar horas y horas con los ojos clavados en aquella región de paz y 
bienandanza. Ya llegan á sus puertas los carriles por donde no tardará en 
asomar con su penacho de humo la locomotora, signo de vida en la edad 
presente. La vía férrea, cruzando valles, hendiendo montañas y llamando á 
Galicia á la comunidad europea, impone grandes deberes; pero á ninguna 
población tanto como á Vigo. No lo olviden jamás sus moradores; y si por 
ventura, todavía alguno entre ellos se atiene á lo presente, por mezquino que 
sea, que mire entorno y tiemble en ver cómo llora Galicia entera lágrimas 
de sangre por su apatía y aún desvío, cuando, años hace, pudo también ha- 
ber tenido, á la par que otras regiones de España menos importantes, po- 
bladas y ricas, los ferro-carriles que hoy echa de menos y pide agonizando 
al tiempo y á los capitales, que tan lentamente acuden. 

El asiento de Vigo, su puerto y la prosperidad que está obligado á te. 
ner, son causa de que España enterase interese en las mejoras que el señor 
Olloqui propone á la que, no sin razón, llama su patria. Por ventura es en 



220 RKCUERDOS DE VIAJE. 

Galicia, cual en ninguna otra parte, tener sangre gallega en las venas sam- 
benilo que á todo el que en semejante caso se halle, antes sirve de estorbo 
que de ayuda. Pero cuando la ventaja es tan patente, aún suponiendo no se 
pueda llevar á cabo por el pronto sino parte del proyecto, cierto estoy de 
de que los hijos de Vigo comprenden mejor que nadie el bien que á todos 
espera con la mejora y ensanche de la población, en lugar del abatnniento 
y somnolencia en que al presente yace. 

Todas las poblaciones de Galicia, incluso las de lo interior, han mejo- 
rado notablemente, siendo de ese modo más doloroso el contraste entre 
ellas y Vigo. El interés de esta, á la par de su honra, quieren que desde 
luego se acepte el concurso da cuanto á mejorar el estado presente con- 
tribuya. Cesen ya sus dos principales entradas de ser lo que son, esto es, 
por la parte de mar, un muelle tan mal construido, que á los pocos años 
de labrado, parecen sus piedras, separadas y hundidas, las de antiquísimo 
puerto de alguna, ya olvidada, Cartago; y por donde estuvo la puerta de 
la Gamboa, vergonzoso derrumbadero. 

Si á esto se añade el feísimo aspecto de los terrenos comprendidos en- 
tre el murallon y el Arenal, digan todos los vigueses y aún España entera, 
que también está obligada á tenerlo en cuenta, si es posible consentir lo 
que sucede por más tiempo y sin mengua. 

Nobleza obliga, y pues un hombre activo y resuelto como el Sr. Olloqui, 
que bien puede llamarse hijo de Gahcia, llevando también, como lleva, 
sangre de aquel honrado solar en sus venas, se propone, á costa de todo 
género de sacrificios, llegue á ser Vigo, en vez de más que modestísima 
población, noble y hermoso ingreso á la Península ibérica, justo es que 
reciba ayuda de cuantos puedan darla, de todos aliento, y de las autorida- 
des amparo; no sea que la malevolencia -^longa nuevos estorbos al bien de 
Vigo, de Galicia y de España. 

IV. 

La hermosura y grandeza del paisaje que desde Vigo se abarca son tan 
grandes, que no tienen sino un defecto, y es la imposibilidad en que se 
hallará siempre el arte de reproducirlos como fuera debido, ora emplee el 
pincel, ora la pluma. 

La raza que puebla esta región tiene sello especial en el rostro y confor- 
mación del cuerpo, que la distingue sobremanera de la que mora tierra 
adentro. No suelen tener los hijos de estas costas la robustez de los mari- 
neros que pueblan las que siguen más al Norte, hasta Ferrol, y luego dan 
vuelta, hasta el desagüe del Eo, cuya corriente separa Asturias de Galicia. 

Es frecuente hallar por aquí hombres más esbeltos, si bien no tan forni- 
dos como los otros Gallegos, y acaso un anticuario benévolo pudiera ver en 
os hijos de las orillas del Miño y de las rias de Vigo y Pontevedra, aque- 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 221 

Has proporciones del cuerpo y aquel noble perfil que los hijos de Grecia 
han legado á la posteridad en sus hermosas estatuas. Lo que digo se ob- 
serva más bien en los hombres que en las mujeres. 

Sin perder el tiempo en citar á Diomedes, Rey de Etolia, hijo de Tideo 
y de Deiphila, y no olvidando lo mucho que se ha confundido á nuestros 
Iberos con los de Asia, ello es que en el antiguo Convento Jurídico, cual 
si dijéramos, Chancilleria de Braga, Plinio {Nat. Hist. L. 46. 20,) habla de 
Cilenos, Helenos, Gravios, Castellum Tigde (Tuy), y á todos los tiene por 
hijos de griegos [Grcecorum sobilis omniá). Desde luego no pueden menos 
de llamar la atención los nombres, griegos sin duda la mayor parte, cuando 
no todos. Que la raza de los marineros tiene calidades físicas que la dis- 
tingue de los moradores de las aldeas ó casas y lugares de lo interior, basta 
verlo. Ahora bien, el Convento ó Chancilleria de Braga tenia sus límites 
hacia Pontevedra, quedando abarcado el territorio de que hablo. 

Si ya no bastara el testimonio de antiguos é ilustres escritores, el nombre 
confirma con su apellido lo que tan atinadamente repite el msigne portu- 
gués Herculano, en la introducción de su historia. Después de referir c(3mo 
los Fenicios habían tenido por suya la mayor parte de España en tiempos an- 
teriores á Homero, sigue diciendo: «unquanto pequennas colonias griegas se 
estabelecian em diversos pontos marítimos, nomeadamente (en especial 
ñas márgens do Minho edo Douro, subindo pelas suas focas.» 

En efecto, lo verosímil confirma la verdad histórica, y se comprende que 
los Griegos, al poner el pié en las costas occidentales de la Península, en- 
traran y subieran por los embocaderos de dos tan importantes y caudalo- 
sos ríos como Duero y Miño. Semejante navegación, facilísima para las pe- 
queñas embarcaciones, en que aventuraban la vida los antiguos, lo fué asi- 
mismo por igual causa, para los Normandos, que también vinieron frecuen- 
temente á estas costas, permaneciendo en ellas no poco tiempo. 

Mas, ¿cuándo vinieron aquellos Welsch, Welsh, Wallici, Gallicir, Galos 
cuyos innumerables enjambres poblaron gran parte del Occidente de Euro- 
pa? Es singular, que, mientras el Galo de Francia perdió su nombre trocán- 
dole por el de sus conquistadores Germanos los Francos, le conservaran 
casi intacto nuestros Gallegos y la tierra de Gales en la Gran Bretaña. 

Cierto que si en el mundo hay algún nombre de pueblo que refiera su 
historia bien á las claras, es el de los Franceses, pues permaneciendo Galos 
en su carácter y afición á mudanzas y toda suerte de trastornos, hubieron de 
llamarse como los pueblos de raza germánica, sus señores. El Galo vencido 
y sojuzgado por el Franco recibió de éste, á la par del freno y coyunda im- 
puestos por la fuerza, un orden y estado sociales, cuya tradición más ó me- 
nos debilitada, llegó hasta el mismo día en que Luis XYI fué guillotinado. 

Aquel día, el Galo rompió, después de siglos y siglos, el último eslabón de 
la que llamaba su cadena. Cayó la Bastilla, borráronse los privilegios nobi- 



222 RECUERDOS DE VIAJE. 

liarios que — fuera este ó aquel su origen — de la conquista germánica arran. 
caban; siendo menester un acuerdo de la Convención para que los gallardí- 
simos templos de arte "románico y ojival y los hermosos castillos feudales 
no quedaran todos raidos de la liaz de Francia. Quisieron los hijos de esta 
ser libres é iguales, lograron al cabo lo último, jamás lo primero; hubo en 
aquellos horrorosos nueve meses de miedo disimulado, digámoslo, si ya no 
se le quiso poetizar con el nombre de Terror, quien propusiese — y en ello 
era más lógico que todos los revolucionarios juntos — que los Franceses, 
Francos ya sólo en el nombre, recobraran el antiguo de Galos... Y Francia, 
después de raer cuanto la recordaba antiguos privilegios, guillotinó reyes, 
nobles, sacerdotes, y no teniendo ya en qué emplear su actividad carnicera, 
se guillotinó á sí propia. Aquel día el Galo, sin el impulso ya de raza más 
enérgica y varonil, después de avergonzarse de haber gritado hasta enton- 
ces, ¡Viva el Rey! no quiso de él ni aún la libertad, prefiriendo, sin duda, 
temblar de pavor ante Carrier y Fouquier-Thinville; y empuñando las ar- 
mas, fué al cabo á morir por todos los campos de Europa, al grito de ¡Viva 
el Emperador! 

Hé aquí la historia de los Galos más poderosos y de mayor renombre. Sus 
actuales desventuras, no poco parecidas á las que padecieron sus padres 
cuando la caída de Roma, vienen nuevamente acompañadas de la presencia 
y aún de las armas vencedoras y conquista de los Germanos. De nuevo lle- 
gan éstos, irresistibles, como los que empuñaban la espada francisca ó la 
(rámea de tiempos de Clodoveo. El Galo por sí solo, no tiene ya las calida- 
des que á sus padres, mezclados con los conquistadores, adornaban. El Ga- 
lo sabe morir, como valiente que es, pero no sabe creer El Germano sí. 

Al Germano corresponde, no el imperio material del mundo que, en ver- 
dad, poco vale, sino aquel legítimo influjo y aun supremacía que los pueblos, 
creyentes en Dios, y, por lo tanto en la ciencia y el arte, lograrán siempre 
sobre pueblos incapaces de tener fé, para lo cual y sin renegar un solo ins- 
tante del libre albedrío, cierto, se necesita el mayor y más noble esfuerzo 
de la humanidad. 

V. 

No dirá quien haya tenido paciencia para seguirme, trasponiendo las cum- 
bres de Piedrafita, cuando no las de Padornelo y la Canda, ó bien los rau- 
dales del Miño, que ha sido larga la liistoria de los Galos de allende el Piri- 
neo. De los de aquende, como se ha tomado más á espacio, bueno será ir 
conociendo su tierra y algunos pormenores curiosos de tiempos antiguos. 
Demás, que estos no son conocidos ni contados como deberían, aun en 
nuestros mejores libros históricos. 

Bien quisiera traer á cuenta, pues de la historia de nuestros Gallegos se 
trata, el nombre de lugar, Célticos, repetido como unas seis veces; mas 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA- 223 

pues no se halla sino en las provincias de Lugo y Coruña^ mejor será dejar- 
lo para cuando Dios quiera llevarme por la región del Norte. Entretanto, 
fuerza es tener presente, que el referido nombre, no es sino el de Celtici, 
modificado por el uso y por el idioma gallego. ¿Y los Iberos, que hablaban 
en Euskara, como claramente lo indican tantos nombres de lugar en Gali- 
cia? ¿Y las razas prehistóricas?.... De esto y otras muchas cosas más ha- 
llará en Gahcia quien tenga deseos de trabajar, tanto, que bien puede me- 
ter en ello hasta los codos. 

Non esl hic locus. No hay espacio, y en verdad que lo lloro, pero ya que 
de tiempos antiguos se trata^ acerquémonos unos cuantos siglos más acá y 
aceptemos cuantos venimos por el nacimiento ó lasangrp, de Galicia; acepte- 
mos, repito, con noble entereza el epiteto de Beoda, dado por ignorantes y 
mal intencionados al que, más leal y generosamente, llamó Tirso de Mo- 
lina: 

Reino famoso, del Inglés estrago. 

¿Quién llevó á Beocia, de donde la tomó el resto de Grecia, la escritura 
que reemplazó á la que usaban los Pelasgos, sino Cadmo, venido de 
Fenicia, y muy probablemente de Egipto? ¿Quién sino aquel verdadero ci- 
vilizador de los Griegos hizo á Tebas, acaso fundándola también, verdadera 
rival de la ciudad egipcia del propio nombre, instituyendo en ella orácu- 
los, de donde vino la tradición de que ambas ciudades presumían, de haber 
visto á Júpiter Aramon y á Osiris Baco, y de poseer además el sepulcro de 
este? 

En Beocia se cultivó la viña antes que en las otras regiones griegas. Tro- 
fonio y Agamedo, hayan existido ó fueran personificaciones de instintos 
rehgiosos, erigieron catorce siglos antes de Jesucristo el templo de Apolo en 
Levadea (Beocia), y el de Belfos, famosísimo entre todos los de Grecia. La 
insigne Heraclea, era colonia de Beocia. Rica era esta nación en trigo, uno 
de los artículos más importantes del comercio griego. 

Aquella Beocia, tan maltratada por la ligereza de los hijos de Ática y el 
Peloponeso^ tenia en pequeñísimo espacio más ciudades que ninguna otra 
región de Grecia, sin contar á Tebas, hermosísima población, llena de so- 
berbias esculturas, donde en especial causaba la admiración de todo el mun- 
do los trípodes que había en el templo de Hércules. Burlábanse los demás 
Griegos de los Beocios, á quien motejaban de lentos y torpes sobremanera 
en comprender no menos que por su apostura poco elegante. Motejaban á 
los hijos de Tanagra, por envidiosos; á los de Oropos, por avaros; á los de 
Thespis, por amigos de quimeras; á los de Tebas, por insolentes; á los de 
Cheronca, por pérfidos en la amistad; á los de Platea, por baladrones; y á 
los de Haliarta, por necios. Después de esta relación de ciego, no habrá 
quien, hecho á oir los mil dislates que el vulgo atribuye á los Gallegos, 



224 RECUERDOS DE VIAJE. 

deje de maravillarse ante la semejanza de los cargos que ciertos Españoles 
inventan al presente, con los que propalaban los habladores hijos de 
Atenas. 

Otra semejanza con los descendientes de Celta y Suevos, consiste en 
que, á pesar de tener bastantes costas, preferían la agricultura á la navega- 
ción y comercio. No eran, según parece, de presencia tan llena de atracti- 
vo como, por ejemplo, los Atenienses. Sin duda no sabian cruzarse el manto 
con igual gracia, o eran menos pulidos en su peinado y adornos. Con todo, 
no cedian en verdadero ingenio á nadie. Hijos de Beocia, fueron los histo- 
riadores Anaxido, Dionisidoro y Plutarco; los poetas Píndaro, Corinna y 
Ilesiodo, y los capitanes Pclópidas y Epaminondas, maestro el último de los 
más insignes guerreros, desde Alejandro Magno hasta Federico de Rusia. 

Vivian, sí, los Beocios poco unidos, como nuestros Gallegos también, y á 
ellos únicamente debieron el no tener en toda Grecia el influjo que de otra 
suerte habrían ejercido. En sus pechos generosos se estrelló más de una 
vez la tan ponderada valentía espartana. Id á los campos de Leuctra, y allá 
veréis el lugar donde 6.400 Tcbanos vencieron á 25.600 hijos de Esparta y 
sus aliados; la más sangrienta y vergonzosa derrota padecida por Lacede- 
monia, y que apenas se comprende, siquiera fuera Epaminondas el capitán 
de los Beocios, verdadero inventor del orden oblicuo, después imitado por 
Alejandro en la batalla del Gránico, por César en Farsalia, por Federico 
de Rusia en Hohen-Friedberg, y no pocas veces al presente, acaso hoy mis- 
mo, por los Alemanes en Francia. Honor de Beocia fué aquel hombre in- 
signe, á cuyo nivel pocos ciudadanos y capitanes prodrá presentar la hu- 
manidad entera; que vencedor en Mantinea, defendiendo á Atenas contra 
Esparta, pero herido de muerte, se hizo sacar el hierro homicida, dando el 
último suspiro, satisfecho con no haber padecido jamás derrota alguna, y 
sobretodo, quedando Tebas triunfante, vencida Esparta, y Grecia hbre. 

Por último, cuando Atenas, sólo tenia por verdadero antemural contra 
Filipo las elocuentes frases y cobarde conducta de Demóstenes, Tebas se 
alzó degollando á la guarnición macedónica, siendo luego arrasada por el 
enemigo, quien puso en venta treinta mil ciudadanos, exceptuando sólo á 
los sacerdotes y á los descendientes de Píndaro, el primer poeta lírico de 
Grecia. Ya anteriormente, en la batalla de Cheronea, habían dado los 
Beocios hasta el último de los cuatrocientos guerreros del batallón sagrado 
de Epaminondas, muertos todos en defensa de la patria, mientras Demós- 
tenes, la gloria de Atenas, arrojaba el escudo para huir con más desem- 
barazo. 

No hay que buscar en España justicia para los Gallegos, ni aún entre ellos 
mismos; mas, pues, he concluido con la gloria militar de Beocia, traiga de 
nuevo España á la memoria las palabras del único capitán á quien jamás las 
armas de Napoleón pudieron vencer, y teniendo presente que la mayor parte 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 225 

de los cuerpos que combatieron en San Marcial, provenían de Galicia, véase 
lo que Wellington dijo después de la victoria. No se asuste el lector, que 
citaré solamente unas cuantas palabras escritas en el cuartel general de Le- 
saca el dia 4 de Setiembre de 1813: 

«Guerreros del mundo civilizado: aprended á serlo de los individuos del 
cuarto ejército, que tengo el honor de mandar: cada soldado de él merece 
con más justicia que yo el bastón que empuño.» 

Aquí no sé qué cara pondrán algunos Españoles. Prosigue Wellington: 
«Españoles, dedicaos todos á imitar á los inimitables Gallegos: distinguidos 
sean hasta el fin de los siglos, por haber llegado su denuedo á donde nadie 
llegó. Nación española, premia la sangre vertida por tantos Cides...» 

Pero la nación española tenia otra porción de cosas mejores que hacer, 
como lo prueba nuestra historia desde el año de 1815 hasta el presente; 
por eso, sin duda, se ha estado la carretera de Zamora á Galicia por las 
Portillas sin puentes hasta el año de 1870. 

En letras, desde Macías y Rodríguez del Prado hasta Feijóo y Pastor 
Díaz; en artes, desde el maestro Mateo hasta Francisco deMoure y Gregorio 
Hernández, bien puede Galicia mantener su glorioso renombre y con él dar 
en el rostro á quien imagine ofenderla, llamándola Beocia española. 

VI. 

Estamos en el castillo de Vigo, llamado, no sin redundancia, el Castro, 
bien que castros hay en Galicia casi tantos como razones tiene quien esto 
escribe para hablar — y nunca lo suficiente — de aquella hermosa región de 
esmeralda llamada, con fundamento, por Mr. Thiers, uno de los grandes 
centros del poder español. 

Agradezca el lector que le haya evitado la molestia, no escasa, de trepar 
desde Vigo hasta su principal castillo. Desde aquellas murallas, poco á pro- 
pósito, en verdad, para resistir á la moderna artillería, se extiende la vista 
por una de las comarcas más admirables del mundo. Sin ser yo parte á es- 
torbarlo, corren mis ojos hacia el mar, y, desde luego se admiran de aquel 
verdadero rompe-olas de las Cíes, puesto á la entrada de la más grande 
y segura ría de la península. Quedara la entrada, sin ellas, desguarnecida, 
pero los empinados montes que las forman, surjen á tiempo del abismo, 
como para decir al Océano Atlántico: «De aquí no pasarán tus olas desco- 
munales.» 

La disposición de aquellas islas es tal, que mientras vienen á ocupar, digá- 
moslo, el centro de la entrada, dejan paso por uno y otro extremo á toda 
suerte de embarcaciones, con todo viento y en cualquier estado en que se 
halle la marea. También entre las dos islas se vé un paso llamado la Porta, 
que tiene de ancho, como un tercio de cable, y por fondo de 36 á 42 pies. 



226 RECUERDOS DE VIAJE. 

Para comprender la extensión de la liermofa ria, basta decir que las Cíes, 
que tan cercanas parecen, se hallan tres leguas de Vigo. Bien que de esta 
ciudad hasta el ülló, que es lo más interior, inmediato al puente de San 
Payo, no dejará de haber igual distancia. 

Allá lejos centellea el sol en las olas que se van empujando unas á otras, 
hasta romper en la costa, desde la isla Toralla á cabo Silleiro, entre los 
cuales, y más cerca de esta, yace el puerto de Bayona, Estrechan el paso, 
dejándole, con todo, ancho de sobra, para que por él puedan entrar de 
frente y á un liempo todos los barcos déla más poderosa escuadra, la 
jmnta de la Bonieira y cabo de Mar. 

Al abrigo de aquella se vé el puerto de Cangas, cuya población es de las 
mayores y de más agradable asiento de aquellas riberas. A su derecha, siem- 
pre en la costa boreal de la Ria, se ve el santuario de Nuestra Señora de los 
Remedios, luego el Con y después Domayo, los cuales yacen al abrigo de 
escuetas montañas. Sale de estas una punta, donde en otro tiempo hubo un 
Castillo, y há más de siglo y medio sangrientísimo combate. 

Mas tórnanse los ojos, que no es posible contenerlos, hacia la izquierda de 
la costa Sur, por donde entra en la Ria la lengua de tierra que sirve de asien- 
to á Bouzas. Desde Vigo, la punta del referido nombre, con su igle'sia y 
dos ó tres corpulentos olivos que la rodean, ofrecen el más bello punto de 
vista que imaginarse puede. 

Bañada do luz se muestra aquella población, más allá de otra pequeña 
punta que hay en Coya, llamada de San Gregorio. En primer término se ven 
los arenales, y á su raya medran árboles y plantas, cuyo verdor contrasta, 
cuando la baja marea, con la blancura de las lavadas conchas y pedrezuelas; 
y si es pleamar, llegan troncos de álamos y cañas del maíz casi á la lengua 
del agua. Alzase después el ya citado pequeño promontorio allende el arena^ 
de Coya, y luego, pasada otra extensión de arena, qne en la baja mar ofrece 
ancho y agradable paso, por donde en breves minutos se llega á Vigo, se 
halla Bouzas, orilla del mar, de suerte que á la espalda de sus casas llega el 
mar, y aún rompen las olas cuando la tempestad tiene fuerza para trasponer 
Jas Cíes, lo que solo de vez en cuando sucede. 

Poniendo después los ojos en Vigo, ¿quién no se maravilla de ver la 
pequeña y alegre población, cuyas casas van como cayendo desde lo alto á 
la ría? Pocas son las que no tienen alguna ventana, al menos, de donde, se 
pueden contemplar las hermosas vistas que semejante comarca ofrece, delei- 
te de los ojos y solaz del alma. A decir verdad, tiene el paisajepor allí notable 
inconveniente, y es que, como ya he dicho antes, apenas le podrá abarcar 
jamás el hombre con el pincel ni la pluma. Doble razón para que cuantos 
amamos á la naturaleza y al arte, procuremos llamar hacia aquellas costas 
á todo el que tenga ingenio, y voluntad de emplearle. 

Por todas estas rías y valles, donde la felicidad sonríe entre flores, como 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 227 

en tiempo de Silio Itálico (III, 545.) y Claudiano (Laur. Ser. 71) ha queda- 
do para desmentir la vulgar opinión que moteja á Galicia por pobre, aquel 
cantar que expresa la riqueza de esta región, si bien ya no es cosa, y mucho 
menos hoy, de mentar al abad: 

El abad de Redondela 
Cómese la mejor cena. 

El nombre del pueblo que acabo de mencionar lleva mis ojos hacia Teis, 
nombre, en verdad, griego por todos sus cuatro costados, y lugar donde aún 
tieneu casa parientes de quien esto escribe. Por alli se alza el enhiesto peñón 
de la Guia, tan conocido y buscado de los navegantes para entrar en Vigo. 

Luego se ve el castillo de Rande, frente al de Corbeiro, donde interrumpí 
la descripción de la costa boreal de la ria. Estréchase ésta de tal suerte 
en aquel punto, que desde ambas fortalezas, ó más bien sus ruinas, se for- 
ma abrigadísimo seno, donde yacen las islas y lazareto de San Simón. Cuan- 
do el alzamiento de 18G8 gritó la ciudad de Vigo, por no ser menos que las 
otras, ¡Abajo todo lo existente! en virtud de lo cual cayeron en desuso las le- 
yes de cuarentena. Desde luego perdió la desventurada ciudad de 90.000 á 
100.000 duros que anualmente dejaban en ella los buques, cuya patente sucia 
les obligaba á permanecer más ó menos dias en el lazareto. Por lo demás, yá 
pesar de todas las teorías y abstracciones del mundo, ha sido forzoso resta- 
blecer las cuarentenas, si bien después de los desastres causados por la fie- 
bre amarilla á nuestra población y comercio en Barcelona y Alicante. 

VIL 

Aquí llegamos á uno de aquellos asuntos que más de un escritor moder- 
no, de los que todavía presumen de hablar en español sin fundamentos para 
ello, llamara palpitante. 

Nadie ignora que el desastre acaecido por estas aguas el día 23 de Octu- 
bre de 1702á nuestra flota de América, ha despertado más de una vez des- 
de entonces acá la codicia, en especial de los extranjeros. Al presente hay 
una compañía por acciones, formada en París, la cual ha enviado á las aguas 
de Redondela, y no lejos del lugar llamado Regasende, un buque con buzos 
y aparatos para el caso. Hasta ahora no es mucho lo que se ha encontrado; y 
en cuanto á dhiero, nada ha parecido. No sin cierto reparo habré de citar 
nuevamente un escrito mió; pero como todos ellos, ó la mayor parle, son 
relativos á Galicia, no tengo otro remedio sino pedir al lector me pase la 
cita, y traerla á cuento enseguida, por ser forzoso hacerlo así. 

En la Crónica de Pontevedra, uno de los pecados histórico-literarios que 
extendió con más amore el autor de los renglones presentes, tuvo éste la for- 
tuna de poder publicar un documento, á todas luces escrito por un testigo 



228 RECUERDOS DE VIAJE. 

presencial, del que, cierto, antes deberla llamarse combate de Redondela 
que de Vigo. 

El dia 22, esto es, el anterior al de la pelea, se presentó á la vista la es- 
cuadra de los aliados, que en realidad, no era sino inglesa , de cuya nación 
eran todos ó la mayor parte de los buques. Bien se temia ya el suceso, 
con lo que se habia pedido permiso para que la flota, que liabia buscado 
amparo en las aguas de la ria de Vigo, pudiese en aquel mismo lugar po- 
ner en tierra su cargamento. Abora bien, y aunque no deje de baber cierta 
crueldad en los datos bistóricos, no hay sino ir exponiéndoles, para com- 
prender cuan difícil es bailar boy debajo de las aguas cosa que resarza los 
gastos bechos en su busca. 

Con la noticia de que la armada enemiga estaba á la vista , nuestra flota, 
cuyo jefe era D. Mauuel Velasco de Tejada, Caballero del bábito de Santia- 
go, natural de Sevilla, y á la cual iban guardando buques franceses , man- 
dados por el conde de Cbateau-Renaud, buscó abrigo en el seno de Redon- 
dela, y el amparo de los castillejos de Corbeiro y Rande. De uno á otro 
cerraron el paso con cadenas, cables y maderas, disponiendo al mismo tiem- 
po gruesa artillería en ambas puntas. 

Con el enemigo ya encima, y viendo que la casa de contratación de Cá- 
diz se negaba á todo desembarque, sin que, al propio tiempo, determinase, 
como era debido el Consejo de Indias, dice nuestro testigo , que era vecino 
de Redondela, y se bailó en todo: que se trató de desembarcar la plata y 
llevarla á SJadrid por Lugo, lo cual asegura se hizo en l.fiOO carros 6 car- 
retas de la tierra, llevando cada una cuatro cajones. Emprendió la marcha 
el convoy, y ya habla llegado al Vadron, cuando se presentó la poderosa 
armada inglesa, holandesa y del imperio, que según el bijo de Redondela, 
llegaba á 300 navios. A tal número les bacia subir el temor con que se les 
miraba. 

Los enemigos pasaron acercándose á Cangas, para evitar cuanto fuese 
posible el fuego de la plaza de A^igo, y torciendo luego á Teis sin gastar ti- 
ros de pólvora, se apercibieron al combate. Por la nocbe, enviaron unas 17 
lancbas, como para forzar las defensas que estorbaban el paso, ó bien reco- 
nocerlas, mas bubieron de retroceder ante el fuego de los castillos. 

El lunes 23, de once á doce del dia, siendo ya casi pleamar (1), desem- 
barcaron por la parte de Teis basta 4.000 Ingleses, encaminándose al cas- 
tillo de Rande. Triste es decir que los nuestros, gente allegadiza sin duda, 



(1) La relación que sigo, como ya he dicho, de testigo presencial, que debia de ser 
carpintero de ribera y pequeño propietario de Redondela, se copió después, y concluye 
de este modo: es así la verdad y lo firmo de mi nombre en Redondela, á 20 de Noviem- 
bre de 1802. — Domingo Martínez. — Un siglo cabal después. — Véase la Crónica de 
Pontevedra, de la Crónica general de España. 



APUNTES PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 229 

no les hicieron cara, á pesar de hallarse á la vista el principe de Barhanzon, 
gohernador del reino de Galicia, con buena parte de la nobleza, muciía gen- 
te de milicia y ocho compañías de á caballo. El vecino de Redondela da ta- 
les pormenores, que no se puede, en verdad, dejar de tener en cuenta su 
relación. 

A tiempo que los Ingleses llegaban á Rande; castillejo que , como el de 
enfrente, siempre debia de valer poco; sus navios, aprovechando un torbe- 
llino de agua, de aquellos que tan bien saben enviar las nubes al hermoso 
suelo de Galicia, embistieron á toda vela, con las proas armadas de espolo- 
nes, y, rompiendo la cadena y estorbos, forzaron el paso. Al punto comenzó 
el combate, especialmente entre Ingleses y Franceses , pues los buques de 
nuestra flota, podian mas bien considerarse como naves de comercio. Mas 
como eran la presa que estos anhelaban arrebatar y aquellos defender, no 
podia menos de encenderse el combate con el mayor encono en su alrededor. 
Ardieron nuestros bajeles, á impulso del fuego enemigo unos, y otros, de 
nuestras propias manos. Los franceses fueron aquel dia buenos soldados, 
peleando noblemente, aunque con desventaja, combatiendo dos de sus na- 
vios, uno inmediato á Rande, y otro á Corbeiro, hasta que se fueron á pi- 
que. Muchos Españoles é hijos de Francia murieron, siendo también en 
gran número los Ingleses que perdieron la vida , mas ganaron la victoria, 
quedando en su poder las embarcaciones que no se habían sumergido. 

Vlil. 

Veamos ahora, si es posible, qué fué del rico cargamento de nuestra 
flota. «Y en la marea, añade el autor de la Relación, de la batalla, se ha- 
bían desembarcado muchas cosas en el muelle donde todo pereció, gitc ase- 
guran muchos y el general , se perdieron de plata , oro, grana, añil, cam- 
peche, tabaco, chocolate, vainilla, cacao, corambre y mil zarandajas que de 
aquella tierra se traen, mas de cuatro millones. 

¿Qué era en tanto de los 1.600 carros ó carretas que ya llegaban al 
Padrón, cuando se presentó el enemigo? ¿Llegaron los cuatro cajones, que 
cada uno llevaba, á manos del gobierno español? ¿Era lo que se perdió en 
el muelle parte de lo que habia de ir en los carros? En estos no iba sino 
plata, la mayor parte acaso de cuanto habia traido la flota. Que se desem- 
barcó, no hay duda, pues las carretas comenzaron á andar con su carga , y 
ya hablan llegado al Padrón, cuando se mostró á la vista la escuadra ene- 
miga. Entonces, aún tuvieron las carretas espacio de adelantar más , y si 
bien el paso que llevaban no podia ser muy apresurado, y sobre todo 1.600 
vehículos de este género, por pequeños que sean los^de Gahcia , como en 
efecto lo son, tienen que ocupar mucho terreno, ello es que tuvieron como 
veinticuatro horas para llegar al Padrón, desde que la escuadra enemiga en- 



250 UECUERDOS DE VIAJE. 

Lró en la ria, y mucho más tiempo, sí, como asegura el vecino de Redon- 
dela, se habia desembarcado antes la plata para llevarla á Madrid. 

Bien se comprende, que, siendo, en especial, la plata lo que el enemigo 
buscaba, se tratase, ante todo^ de ponerla á salvo, como la cosa más impor- 
tante y de fácil manejo que en la flota venia. No hay duda que á la torpe 
codicia de la casa de contratación de Cádiz, se debe el que todo aquello se 
perdiera. ¿Mas cómo y por qué se perdió, cuando ya estaban los cajones dis- 
puestos en los carros , y el que podríamos llamar convoy , habia llegado al 
Padrón, andando nueve ó mas leguas, que no eran entonces los caminos 
de Galicia, ni fueron mucho tiempo después lo que son al presente? 

En primer lugar, el vecino de Redondela refiere con toda exactitud 
cuanto vio y oyó. Lo primero, bien se le puede creer, y aun por eso , será 
siempre necesario tener presente su relación. Sin duda , viendo que la con- 
tratación gaditana se negaba á toda determinación juiciosa, y el Consejo de 
Indias nada resolvía, determinaron los jefes Francés y Español de las na- 
ves, de acuerdo, si ya no por mandato del mismo principe de Barbanzon, 
gobernador de Galicia, allí presente, desembarcar la plata sin más esperas 
ni rodeos. Que así se hiciera^ buscándose al propio tiempo por todo aquel 
tan poblado territorio cuantos carros pudieran hallarse, se comprende tam- 
bién; pero 1.600 en tan poco tiempo, nos parecen excesivos, aun para Gali- 
cia, donde tanto abundan. 

Desde luego puede asegurarse que no hacia falta semejante número; pe- 
ro que se reunieran por orden de la autoridad, cuantos vehículos se halla- 
ran á mano, es cosa que se comprende fácilmente. Demos pues, al convoy, 
ó buena parte de él por puesto en salvo... del enemigo. 

Ya desembarcada la plata, y mientras el enemigo forzaba el paso, se 
trató de poner en tierra, además de aquella, las mercancías de la flota. 
También se hizo, en parte, aunque muchas fueron arrojadas al agua por 
los mismos Españoles, y otras quedaron perdidas á bordo de las naves 
echadas á pique. 

Entretanto, y mientras el enemigo y los nuestros, no contentos con va- 
lerse de la artillería, empleaban toda suerte de medios para dañarse , juz- 
gúese cuáles serian la confusión y espanto , viendo volar de unos navios á 
otros, camisas embreadas, ollas de betún incendiario, ayudando á la par los 
cañones, como si nada bastase para satisfacer la codicia y encono de los 
combatientes. 

Ahora bien, las pocas tropas del ejército regular que el de Barbanzon 
tenia en los fuertes ó hacia Redondela, debían de hallarse peleando. ¿Quién 
custodiaba la plata que en las carretas iba camino del Padrón? Nadie. 

¿Qué no sucederia'en lo interior, cuando en el mismo muelle de Redon- 
dela, nos refiere su vecino , que en la marea de la batalla perecieron las pre- 
ciosas mercancías y mil zarandajas que de aquella se traen? Y es lo cierto 



APUNTES "PARA LA HISTORIA DE GALICIA. 251 

(jiie no todo lo robado cayo en manos de los Ingleses, ni mucho menos. Estos 
no empezaron á salir de la ria, sino hasta eldia 30, empleando los anteriores, 
después del combate, en echar buzos, á los cuales hadan cuanto daño era 
posible los cañones de Vigo (Descrip. Topográfíco-Histórica de la ciudad 
de Vigo, etc., por D. Nicolás Tabeada Leal), que no seria mucho. Al pro- 
pio tiempo entraban por lo interior, en busca , especialmente de ganado, y 
no sin causar grandes daños á los nueslros, y ofensas á la religión católica. 

Confesaron los Ingleses haber apresado cuatro millones de pesos, y dícese 
perdió el comercio de Cádiz más de ocho. ¿Se hallan estos en el fango del 
seno de Redondela? Bien puede asegurarse que la mayor parte no. Desde 
luego, y mientras los enemigos hacian de las suyas, los campesinos de las' 
cercanías, en compañía de otros malvados, entraron en las casas de Redon- 
dela, cuyos vecinos hablan huido á los montes, y aprovechando la lluvia y la 
noche, robaron cuanto pudieron; «y en la villa, añade el autor de la rela- 
ción, después de retirado el Inglés á su armada, los vecinos acometieron á 
hurtar las alhajas que hablan quedado en cada casa y portearlas á las suyas ; 
y mi casa no fué la que menos padeció, porque me hurtaron los vecinos 
gran cantidad de centeno, diez y ocho frascos, dos redondos, mucha Tala- 
vera (loza), aderezo de cocina, espejo, escoba, mucha herramienta de mi 
oficio, hacha y formón, un Santo Domingo de madera, etc.» Y sigue di- 
ciendo el desventurado Redondeles que, «en muchos años no levantaron 
muchos, como yo, uno de ellos, que ni una camisa me dejaron, ni ropa, 
sino la que me quedó á cuestas, é igualmente la de mi mujer é hijos.» 

Este era el porte de ciertos vecinos y el de los moradores del campo; 
veamos qué tal lo hacian las tropas del Rey. Mientras el autor de la rela- 
ción se curaba en Pontevedra dos balazos que el jueves 2G le hablan dado 
siete imperiales (enemigos), hacia San Martin de Castiñeira, en el lugar lla- 
mado Honra d'a Mosaa, de donde le llevaron los suyos por muerto, «una 
compañía de caballos que existia en la villa de Redondela (idos ya los Ingle- 
ses), esa fué la que hurló casi todo lo que había quedado del despojo del 
inglés,» el cual fué llamado de repente y dejó muchas alhajas por llevar, ó 
por no poder llevarlas. Después llegaron seis compañías de milicia del con- 
dado de Salvatierra, y cesaron los desmanes. 

Ahora bien; teniendo en cuenta la codicia que no podía menos de des- 
pertar en muchos el tener la plata á mano, mientras los soldados comba- 
tían, y aun la propia indisciplina de estos, según acabamos de ver en lo de 
Redondela, vemos que los datos históricos, muchos de ellos contemporá- 
neos, confirman la opinión de que la mayor parte de la plata que en la flota 
venia, desapareció robada por unos y por otros. 

¿Tuvieron parte en el vergonzoso hecho los jefes? Nada hay que lo asegure, 
como no sea la mala intención con que los Ingleses afirman que el conde 
de Chateau-Renaud murió inmensamente (inmensily) rico, por lo cual se 



232 RECUERDOS DE VIAJE. 

adliiere Ford en su Manual del viajero por España, á la conjetura de 
que lio todos los tesoros españoles se ptrdieron y quedaron sumerjidos en la 
bahiade Vigo. 

Sin calumniar á nadie, y más bien echando el tanto de culpa á cada uno, 
hubiera negligencia, mala fé, ó ambas cosas á un tiempo, el verdadero culpado 
y merecedor de los daños padecidos, fué el comercio de^Cádiz. De nuestros 
jefes, nadie ha dicho la menor cosa ofensiva á su honra. En cuanto á los 
moradores de esta parte de Galicia, mucha plata quedó, sin duda, el mes 
de Octubre de 1702 en sus manos, en lo cual, cierto, no dejarían de tj'u- 
darles algunos soldados del ejército. En resolución, cuando hay mucha plata 
punto menos que por los suelos y abandonada, y gente dispuesta á quedarse 
con ella, ¿fuera pecado decir que la plata — semejante en ello harto á me- 
nudo al aceite, — manchó las manos de muchos que por allí había? 

Aquellos sucesos nos traen á la memoria el epitafio puesto por los France- 
ses al conde de Chateau-Renaud, quien peleó esforzadamente, mas no con 
la fortuna que supone la inscripción, y dice así: 

CTy git kplus sage des Héros: 
II vainquit sur la ierre, il vainquü sur les eaux. 

Bien que, para decir verdades históricas, ahí está Mr. Ollívíer Merson^ el 
cual, en su Guia del Viajero á Lisboa, dice «que en 1702 dieron los an- 
glo-holandeses ruda batalla á una flota española, que liabia buscado el 
abrigo de los fuertes de Vigo. Los aliados — añade M. Merson — hicieron hor- 
rible carnicería de hombres é inmensa fiesta de pólvora {feu dejóle) con los 
buques. El desastre de los Españoles — siempre M. Merson — fué completo. 
Cogidos como en ratonera, quedaron todos presos ó muertos, y ni uno, di- 
gámoslo, sobrevivió á la catástrofe.» De los Franceses no sabe ó no dice pa- 
labra. Al cabo, al cabo^ si algunos quedaron ricos inmensamente, como los 
Ingleses afirman, no merecía para ellos, en verdad, nombre de catástrofe el 
mal suceso del combate de Vigo. Leídos á la par el epitafio de Ciíateau- 
Renaud y las palabras de M. Merson, ¿quién no exclamará con los paisanos 
de aquellos señores: Et voilá done comme l'hon écrit l'histoire? 

Duerma, en tanto, la ría de Vigo, ceñida de franjas de esmeralda y nidos 
de paloma, que no otra cosa semejan sus campos, villas y aldehuelas. 
¡Duerma á la par GaUcia, mientras llegan el Tirteo que la despierte, el 
O'Connell que la infunda ahento^ el Walter Scott que la describa! Hermosa 
y apacible cual ninguna otra región del mundo, ¿dónde hallarla más des- 
venturada, si sus hijos enmudecen, y los que llevamos sangre gallega en las 
venas apenas tenemos fuerzas ni ahento para narrar su gloría? 

Fernando Fulgosio. 
(Se concluirá.) 



FILOSOFÍA Y CIENCIAS POSITIVAS 

EN VARIAS DE SUS RELACIONES, 

DEMOSTRADAS POR TRABAJOS RECIENTES. 



I. 

La palabra Filosofía tiene dos acepciones: la que significa la Ciencia una. 
fundamental, general y conjuntiva, comprendiendo la lógica, metafísica, etc., 
y la que designa especialmente el concepto y conocimiento del todo orde- 
nado de la Naturaleza, reducido á un sistema, es decir, la teoría del uni- 
verso. Esto último equivale á lo que se entiende por Filosofía natural, pa- 
labras que aqui usaremos, junto con el significado de la voz Filosofía puesto 
al principio, al considerarla en cierta relación con algunas de las ciencias 
particulares empíricas ó positivas (1). Estas se arraigan enteramente en la 
experiencia, es decir, que se fundan en la observación directa y en las con- 
secuencias que de ella se sacan; mientras que la Filosofía, en el segundo 
sentido indicado, traspásala experiencia, es trascendente; y así, todo lomas 
que puede valer es tanto como una aspiración á ciencia positiva. Tratadistas 
autorizados designan como aspiración semejante á la metafísica, cuando in- 
tenta el desenvolvimiento de la expresada teoría del universo. Lo mismo 
hacen respecto á la filosofía de la historia, que colocan en la metafísica, 
donde pertenece, al menos, según sus principios; aunque varios de los sis- 
temas filosóficos más importantes y recientes evitan el empleo de la voz 
• melafisica y exponen sus doctrinas trascendentales con otras palabras y con 
diversas combinaciones de términos que ú igual fin equivalen y corres- 
ponden. 



(1) De acuerdo con varios autores, llamamos positivas á las ciencias cuyas conclu- 
siones se comprueban por experimentos que directamente pueden observar nuestros 
sentidos. El sistema de dichas ciencias es distinto del positivismo. 

TOMO XIX. 16 



234 filosofía 

Existen, empero, puntos de vista que acercan la metafísica á las ciencias 
positivas. Alúdese á los que consideran sus proposiciones como hipótesis en 
la indagación del universo. Tales hipótesis son ensayos provisionales para 
explicar las leyes de los fenómenos que todavía desconocemos, son fórmulas 
fundadas sobre el terreno de las verdades conocidas, basadas según la ley 
de la probabilidad, que después la experiencia y la indagación han de con- 
firmar ó de contradecir. 

Hipótesis semejantes se establecen, asi en las ciencias naturales, como 
en la historia de la humanidad, sacando y desenvolviendo consecuencias 
de las mismas, poniéndolas frente á los hechos suministrados por la expe- 
riencia, con lo que se confirma su certeza; se modifican ó resultan por 
completo inadmisibles, y en este ultime caso, otras hipótesis vienen á reem- 
plazarlas, hasta conseguirse una armonia completa y exacta con la expe- 
riencia y la realidad. Por ejemplo, si en la filosofía de la historia colocamos 
por punto de arranque y elevadísimo principio la hipótesis relativa á que la 
humanidad por todos lados camina constante, aunque, interrumpidamente, 
á la realización de sus planes ideales, sacaremos consecuencias de varios 
géneros. Aquella hipótesis, por otro cabo, también puede considerarse como 
consecuencia de la proposición más comprensiva, respecto á que todo en el 
universo está fundado en lo ideal ó espiritual, y desde semejante punto de 
vista tendremos aquí una hipótesis metafísica. 

En tal aserto, seguramente hay algo de verdad; pero respecto al mismo 
no se pueden omitir las siguientes preguntas: ¿Qué es lo que nos mueve 
á establecer semejantes hipótesis universales, que tan lejísimas están de la 
experiencia? ¿No habrían de facilitarse primero, muchos prin cipios especia- 
les antes de llegar á los más generales de la teoría del universo? ¿De dónde 
procede el calor y la confianza con que abrazamos y conservamos aquellas 
hipótesis metafísicas, sin exigir sus pruebas empíricas? En una palabra, 
¿por qué admitimos las últimas sin violencia y no hacemos lo propio con 
las hipótesis astronómicas y geológicas? 

La contestación está en que las primeras son al mismo tiem po proposi- 
ciones de la fé, y lo que á ellas nos impulsa es la facultad cognoscente reli- 
giosa. Por eso precede forzosamente siempre la experiencia con la fé, de 
modo que creemos lo que todavía esté por probar, á condición, empero, 
que no resulte contradictorio con lo ya demostrado; y por la inversa, nada 
podemos creer opuesto á la experiencia. Por lo común se llaman científicas 
en sentido eminentemente positivo á las proposiciones metafísicas, y no se 
les aplica su verdadera y exclusiva calificación de teoremas, tesis de fé, é 
hipótesis (1). Tales proposiciones metafísicas, no obstante, pueden ser ri« 

(1) Los catedráticos Eeuschle, von Hartmann y otros alemanes autorizados, así 
como varios autores doctos de Inglaterra, protestan enérgicamente perqué se llamen 
científicas á las proposiciones metafísicas. 



Y CIENCIAS POSITIVAS» 235 

gorosamente científicas estando comprendidas en la categoría de negativas ó 
criticas, esto es, si se reducen á probar lo insostenible de una teoría, como 
la del universo, por ejemplo, demostrando la contradicción en que puedi 
hallarse con las ciencias positivas. 

Así, cuando Hegel coloca la Filosofía junto á la Religión, pero uij grado 
más alto, en la esfera del espíritu absoluto, entonces debe darse al primer 
término el segundo sentido que al principio hemos concretado. Las propo- 
siciones metafísicas, cuando están reducidas á exponer la contemplación del 
universo mundo ordenada y trascendentalmente, más que teoremas cientí 
fieos son, según opinión de algunos sabios, tesis de la fé, dogmas de la re 
ligion racional, sólo revistiendo formas científicas y aspirando á la armonía 
con los resultados de las ciencias positivas. Tales proposiciones, pueden 
considerarse, de acuerdo con los autores aludidos, como si se hallaran 
aguardando á que, por consecuencia de nuevos adelantos científicos, fueran 
á pertenecer verdaderamente á la esfera de las ciencias positivas. Así, aque- 
llos comparan el gran conjunto de ciencias particulares positivas , con los 
Estados, y á las proposiciones metafísicas con territorios que, según las cir- 
cunstancias, son perfectamente susceptibles de convertirse en Estados. 

Hay, empero, también autores acreditadísimos que sostienen que la me- 
tafísica, independiente del empirismo y sólo ajn'iori, puede hallar la ver- 
dad, fundándose en esto la división de las ciencias en dos clases, á saber: 
las que siguen el método empírico, aposteriori, y las que proceden según 
el método a priori. Pero esto también lo combaten Stuart Mili y otros, que 
no admiten más que ciencias predominantemente deductivas, y empíricas 
ó inductivas, calificando los últimos principios de aquellas de naturaleza 
empírica, no comprendidos en los que entendemos por a priori, y de los 
cuales todo se deduce ó se saca por conclusiones. 

No añadiremos á las que preceden otras observaciones análogas, pues 
basta consignar aquí que, como saben cuantos conocen el moderno movi- 
miento científico, es grandísimo el número de los que tienen opiniones ad- 
versas á la Filosofía, los cuales piden la supresión total de la metafísica, des- 
preciando todo pensamiento abstracto ó especulativo, y sin admitir más que 
los datos empíricos del estudio de la naturaleza, dan por verificado, absolu- 
ta é irrevocablemente, el divorcio entre el espíritu filosófico y las ciencias 
positivas (1). Que semejante opinión es inadmisible puede probarse con*clari- 



(1) La repugnancia enemiga contra la Füosofía y el modo de pensar filosófico, son 
muy pronunciados hoyen dia: los profesan muchos, casi los más. Así lo escribió Sanz 
del Rio en su.artículo publicado en el niimero del 10 de Febrero de 1870, del Boletín 
Revista de la Universidad de Madrid. También confirma esto Dressel en el tomo XVI, 
p. 158; de Naturund O ffcnbarung {Münster, 1870); Riehleu sus Freie Vortrdge; pu' 
blicados hace poco, manifiesta lo mismo; así como muchísimos escritores modernos 
cuya enumeración aquí seria prolija. 



236 ' FILOSOFÍA 

dad, bien señalando respectivamente los límites é índole de la Filosofía y de 
dichas ciencias, ó bien presentando otro género de consideraciones. En 
estos rápidos apuntes inténtase demostrar con resultados de publicaciones 
recientes una exigua parte de tal asunto, limitándolo á muy pocas de las 
ciencias naturales y especialmente á la geología. 

II. 

La Filosofía, como nadie ignora, ha precedido con grandísima antelación 
en el estudio de la naturaleza, y diversos sistemas filosóficos antiguos tienen 
establecidas teorías del universo, en las que se presentan doctrinas que ac- 
tualmente forman parte de las ciencias positivas (1). 

En dichos sistemas comprendíase, como parte subalterna de la metafí- 
sica, á la cosmología, cuyo objeto era tratar de indagaciones metafísicas, 
dentro de la esfera de lo existente, tanto respecto á su encadenamiento in- 
terno y general, según lo perciben nuestros sentidos, como también inme- 
diatamente con relación á lo espiritual. Mas desde que se determinó, mer- 
ced al crecimiento de la metafísica, limitarla á la esfera ontológica pura, 
dióse á la cosmología el nombre de filosofía natural, como rama separada 
que se ha plantado cultivándose y extendiendo ahora sus raices en el dilata • 
disimo campo situado entre el de las ciencias naturales y el de las severas 
indagaciones metafísicas. Dsconocidos en la antigüedad, así el método em- 
pírico délas ciencias naturales, como el opuesto de la metafísica pura, las 
fres divisiones indicadas no existían, y reunidas formaban lo que entonces 
se designaba con el nombre general de Física. Pero la separación hubo de 
establecerse desde que, por un cabo las ciencias positivas, y por otro la 
metafísica, llegaron á fijar sus métodos especiales y fecundos. 

Varios han intentado hacer desaparecer la división aludida, tan conveniente 
y necesaria. La escuela de Schelling — no citando más que un ejemplo — ensayó 
aquella unificación; pero los resultados han sido frustáneos, tanto por la 
carencia de claridad que revestían, como por otras causas. 

Es ciertamente muy grande y levantado el pensamiento de penetrar y 
comprender al universo entero en un solo é inmenso total sistemático de cuanto 
existe; pero las indagaciones modernas han patentizado que es imposible se- 
mejante propósito si no establecemos la división antes referida. Para acer- 



(1) No ponemos citas que confirmen la afirmación del texto, porque ocuparían de- 
masiado espacio, y porque nadie negará diclio aserto si conoce las doctrinas de los an- 
tiguos filósofos. Apuntaremos vínicamente que Aristóteles en su Physicce Auscultatío- 
ne$ (libro II, cap. VIII, s. 2) indica con vaguedad, y hasta cierto punto, la doctrina tan 
en boga lioy en dia de Darwin. También Kant, en el siglo pasado, esquicio algo de las 
teorías que actualmente predominan sobre el origen de los organismos. Véase su Kritik 
ilertdeoloymhm Urtheilskraft, 2." edición, pág, 365. 



Y CIENCIAS POSITIVAS. 237 

carse y llegar alguna vez á dicho resultado, no podemos prescindir de la Filo- 
sofía, porque sin esta nuestros conocimientos de la naturaleza quedarian 
encerrados dentro de esa esfera de tan escasísima magnitud que abrazan 
nuestros sentidos, pues las ciencias positivas nunca abandonan el terreno 
firme, aunque estrecho, del empirismo, ioque sin duda produce sus porten- 
tosos progresos y grandes conquistas en los tiempos modernos. 

El fundir en un molde único la idea completa y total de la naturaleza es 
obra de la Filosofía, y cuando se desconocen sus métodos metafísicos , ni 
siquiera cabe intentar la resolución de semejante problema. En Inglaterra, 
por ejemplo, donde generalmente no admiten la metafísica, como colocada 
frente al método empírico de las ciencias positivas, entienden por filosofía 
natural la física matemática, término, que como es sabido, primero um 
Newton. Pero la filosofía natural propia y efectiva tiene por objeto enlazar 
los resultados de cada ciencia positiva especial, formando grandes totales 
para determinar las líneas y trazar el plan del universo entero, y se ocupa 
además principalmente de poner en armonía las observaciones de dichas 
ciencias con los hechos internos generales de la facultad espiritual ó cog- 
noscente. Asi ps que aquella filosofía está estrechamente relacionada, de 
un cabo con las ciencias particulares positivas, y de otro, con la psicolo- 
gía y la filosofía de la rehgion. La psicología, considerada como ciencia 
empírica del alma, suministra una base especial para la teoría del universo, 
porque fuera de las ciencias naturales, añade un punto de apoyo interno 
para el fundamento externo y empírico de dichas ciencias. 

Esto configúrala relación de la psicología ala filosofía natural, de manera, 
que dicha psicología empírica aparece como ciencia auxiliar de las naturales 
sin las cuales absolutamente podría subsistir; pero no sucede lo mismo res- 
pecto á la filosofía de la religión , la que, si bien descansa esencialmente sobro 
fundamentos éticos, necesita para determinar y concretar sus doctrinas el 
apoyo de la filosofía natural. 

Mas lo anterior, de que tratan la psicoleología y la teleología, no 
forma parte de las breves indicaciones contenidas en estos rápidos apun- 
tes (1), reducidos á ensayar una ligerísima demostración relativa á que 
las ciencias positivas, no obstante sus grandes progresos y su ambi- 
ción todavía mayor, ni pueden reemplazar, ni mucho menos suprimir la 
Filosofía. Para dicho propósito nuestro, conviene ahora decir breve- 
mente algo sobre el contenido, método y objeto de unas pocas ote tales 
ciencias. Haciendo esto, se pondrán de manifiesto los graves errores y las 



(1) Sobre la relación de la Filosofía de la naturaleza á la de la religión, véase la im- 
portante obra de Schaller, en dos tomos, intitulada: Historia de la ülosofia natural 
desde Bacon hasta nuestros dios (Geschichte der NaturpMlosophie von Baco bis auf 
unsere Zeit. ) 



238 FILOSOFÍA 

injustificadas exajeraciones en que suelen incurrir cuantos colocan las cien- 
cias positivas en una esfera que no les corresponde, los que no toman en 
cuenta sino una parte de sus hechos y sin comprender su Índole, ni las 
relaciones que las eslabonan, corren inconscientemente peligro de convertir 
dichas ciencias en fuego fatuo, que en vez de ser luz y faro para guiar, des- 
lumhra y extravía. 

III. 



Las ciencias naturales comprendiendo el conocimiento de los cuerpos 
que en la tierra existen, abrazan una inmensa extensión, y como es sabido, 
sus diversas partes, que todavía siguen edificándose, estriban sobre los pri- 
meros fundamentos construidos por Haug y Mohs para la mineralogía; por 
Werner y von Buch, sabios ambos de la Academia freibergense, para la 
geología; por Cuvier para la paleontología, por Lineo y los Jussieu para la 
botánica; por Lineo, Cuvier y Geoffroy-Saint-Hílaire para la zoología; por 
Karl Ernst von Baer para la embriología, y para la fisiología por Harvey, 
Haller y Miiller, 

Los grados del desenvolvimiento de cada ciencia natural corresponden á 
dos clases. En la primera se observan, nombran y clasifican los cuerpos, y 
hechos que presenta la naturaleza, y en la segunda se intenta hallar leyes 
naturales y probar su certeza. A fin de realizar este propósito nos valemos 
de dos grandes auxiliares, que son la ejecución de experimentos y la aplica- 
ción de las matemáticas. Los experimentos, mediante los cuales reproduci- 
mos artificialmente ciertos fenómenos naturales bajo condiciones exacta- 
mente conocidas, obligan á la naturaleza á contestar las preguntas del in- 
vestigador. Así se aislan los fenómenos y se determinan sus elementos : los 
hechos complicados que resultan, se logran simplificar, purificándolos y con- 
cretándolos exactamente. La experimentación consigue que se pueda medir 
la magnitud de lo que la vista abraza en cada fenómeno. Dicha experimen- 
tación, la simple observación y el estudio dan á conocer fórmulas generales, 
ó sean leyes que los fenómenos obedecen. 

Asi, aún dentro del estado imperfecto de nuestro total saber, se han lle- 
gado á determinar puntos fijos é invariables, cuyo número va en constante 
aumento; pero cuya unión para formar un todo, está sujeta á continuas va- 
riaciones. Aquellos puntos fijos de las ciencias positivas excluyen las causas 
y únicamente comprenden las leyes naturales. Son por ejemplo, tales pun- 
tos en la geología: la forma de la tierra; la composición consistente en varios 
agregados de minerales de su parte sólida; la posibilidad de determinar la 
edad relativa de las rocas según sus relaciones de estratificación; la confor- 
midad general de la estructura del globo terráqueo en todos los países cono- 
cidos; la diferencia de los restos orgánicos dentro de las formaciones de di- 



Y CIENCIAS POSITIVAS. 239 

versas épocas; las variaciones así en la estructura interna como en la super- 
ficie de la parte sólida del globo, etc. 

Establecidos en las diversas ciencias positivas el mayor número posible 
de tales puntos fijos, se logran descubrir las leyes naturales, las cuales como 
es sabido son muy diversas de las jurídicas. Estas, no todas las veces se 
cumplen; mientras que las leyes naturales fundadas en la esencia de las co- 
sas siempre rigen y son perfecta y constantemente ineluctables. El descu- 
brir las leyes naturales, como dice Humboldt (1) , es el último fin de las in- 
dagaciones de las ciencias positivas. 

IV. 

Lo concreto y abstracto en cada ciencia natural , ó sean las dos clases 
en que se dividen los grados de su desenvolvimiento, exigen la luz déla Filo- 
sofía, que síes necesaria, á fin de hacer observaciones con acierto, practicar 
y conducir experimentos y analizar datos, no es menos indispensable para 
ordenar, combinar y comparar resultados, descubrir leyes donde se basen 
los fenómenos, reducir lo complicado á elementos simples y establecer so- 
bre las conclusiones halladas, los verdaderos principios generales y funda- 
mentales. 

La naturaleza seria un arcano si la Filosofía no iluminase al humano pen- 
sar y le enseñara á descifrar é interpretar sus misteriosos símbolos. Las 
ciencias naturales necesitan los materiales que la realidad suministra; pero 
para hallarlos, labrarlos y construir el edificio de dichas ciencias, es indis- 
pensable el auxilio de la Filosofía. Cierto es que no existirían aquellas cien- 
cias sin experimentos y observaciones ; pero tampoco formarían su sistema 
peculiar si al humano pensar y conocer no los guiara la Filosofía que dá luz 
conveniente á la oscura reaUdad de los hechos para asignarles su significa- 
ción propia y su recto sentido. 

Naturalistas cuya opinión tiene grandísima autoridad, merced á sus des- 
cubrimientos notables y profundos trabajos, aseveran lo que arriba se de- 
clara, señalando en las adquisiciones científicas, la parte del pensamiento 
distinta de lo físico-sensible como acción propia de la facultad humana es- 
piritual ó cognoscente. En testimonio de esto citaremos un par de autori- 
dades cuyos escritos son bastante conocidos. 

M. E. Chevreul (2) establece, que únicamente por lo abstracto que la in- 



(1) Kosmos, tomo I, pág. 31. 

(2) En su obra reciente intitulada: De la Methódea posteriori expérimentak . (Pa- 
lís 1870). 

Tyndall y Huxley, anglicanos de talla científica de primer orden, y ambos de gran 
nombradla, abogan por el idealismo en las ciencias positivas. Huxley, en un libro que 
hace poco ha dado á la estampa, intitulado La;/ Sermons, etc., dice pág. 374 lo si- 



240 FILOSOFÍA 

teligencia separa de las cosas materiales, conocemos lo que aquel llama 
concreto, esto es, la realidad sensible. Dice así: Los cuerpos, sólo nos son 
conocidos por sus propiedades, cualidades, atributos y relaciones recipro- 
cas; ó en otros términos, por abstracciones, puesto que tales propiedades, 
cualidades, atributos y relaciones, son, en definitiva, las partes aisladas por 
el pensamiento de un conjunto, ó de un todo. Llámanse abstracciones, por- 
que cuanto es atributo de cualquier cuerpo, cosa, objeto ó ser, coexiste 
siempre junto con otras propiedades, y para conocer bien aquel atri- 
buto, es forzoso separarlo exclusivamente de los demás por la acción 
del pensamiento. Considerándolo asi aislado, el atributo se ha conver- 
tido en una abstracción. No conocemos, pues, la materia, ni, los cuerpos 
sino por sus atributos ó propiedades. Éstas son hechos, y la palabra 
hecho significa lo que es, ha sido y será, esto es, la idea de lo real, ó de 
lo cierto. 

Ahora bien, según el principio de que no conocemos los cuerpos más 
que por sus atributos, y siendo éstos hechos, los cuales á su vez, son abs- 
tracciones, resulta, en consecuencia, que sólo conocemos lo concreto por 
lo abstracto. 

La anterior proposición confiere á la acción intelectual ó del pensar una 
idea muy distinta de la admitida generalmente acerca del conocimiento de 
lo concreto, deducido por medios inmediatos y directos de lo físico-sensible. 
Según Chevreul, la parte del pensar es inmensa desde que tratamos de cono- 
cer un objeto concreto cualquiera. Conforme á la doctrina indicada, cuanto 
es del dominio de los sentidos queda reducido á abstracciones, ó sea, á ac- 
tos intelectuales y por consiguiente las ciencias naturales, cuya esfera total 
comprende la materia entera orgánica é inorgánica, y todo lo concreto cor- 
responde á la Filosofía. Esta abraza, pues^, no sólo la indagación de los últi- 
mos principios fundamentales de todas las cosas é ideas, sino además 
cuanto atañe á observar, experimentar, dominar los hechos y á averiguar 
las causas secundarias. 



guíente: La reconciliación de las ciencias naturales con la metafísica estriba en que 
ambas reconozcan sus faltas; en que aquellas confiesen que todos los fenómenos natu- 
rales, en su último análisis nos son conocidos únicamente como hecbos metafísicos, y 
en que la segunda admita, que estos sólo pueden interijretarse de un modo práctico 
por los métodos y fórmulas de las ciencias naturales. 

TyndaU en su reciente discurso sobre el uso científico y límites de la imaginación 
( Use and Limit ofthe Imaginatioii in Science) declara el gran auxilio que la metafísica 
presta á las ciencias positivas. 

Calderwood, catedrático de filosofía moral de la universidad de Edimburgo, en las 
lecciones que acaba de publicar, insiste en probar cuanto exponemos en el texto. 

Otros libros recientes, que por no faltar á la brevedad callamos, confirman la gran 
importancia de la Filosofía en las indagaciones de las ciencias positivas. 



Y CIENCIAS POSITIVAS. 241 

La otra autoridad que ahora ponemos, M. C. Bernard también confiere (1) 
á la Filosofía, aunque implícitamente, grandísima importancia dentro de 
la esfera de las ciencias positivas, pudiéndose deducir de cuanto aquel sa- 
bio declara, que su doctrina presenta algo de común con la metafísica es- 
colástica. Ese algo es la idea a priovi; pero con una gran diferencia, á sa- 
ber, que la escolástica impone su idea como la expresión de la verdad abso- 
luta, que ha hallado, y asevera que la realidad tiene que presentarse con- 
forme con los conceptos de su pensar, sin más pruebas que el orgullo de su 
razón, mientras que Bernard sólo considera la idea a priori en su sistema, 
como punto de arranque. Para aquel, dicha idea precede al experimento, al 
que provoca y fecunda; pero en definitiva la experiencia es el juez, quien 
condena á semejante idea si no está de acuerdo con los hechos, ó la tras- 
forma en teoría si resulta comprobada por el estudio de los fenómenos. 

En la antigua metafísica la idea a priori, lejos de observar la natu- 
raleza, inventaba un sistema casi siempre en contradicción abierta y vio- 
lenta con los hechos. Mas aquella idea, según la emplean Bernard y otros en 
el día, es únicamente una pregunta que dirigen á la naturaleza, resueltos á 
aceptar la contestación cualquiera que sea, y sacrificar las creaciones idea- 
les del pensar si á estas fuese contraria la respuesta. 

Cierto es que Bernard asevera que las ideas a priori no son nativas, 
puesto que no surgen espontáneamente, sino que necesitan una ocasión, ó 
un excitante externo; mas aunque esto se conceda, nadie negará que la 
facultad que las produce es innata, encarnada en el vigor natural del hu- 
mano pensar, en su virtud inventiva y en sus propiedades espirituales. 

Así resulta un notable desacuerdo con el empirismo que nada admite 
fuera de la experiencia pura, y que no consiente que el humano pensar, ni 
por su propia é íntima energía, ni tampoco en virtud de su razón, dirija y 
regule los experimentos y edifique los sistemas científicos. El empirismo 
rechaza por completo toda idea a priori, la que juzga innecesaria para reunir 
hechos, analizarlos y coordinarlos. 

Por la inversa, según Bernard, dicha idea representa un papel importan- 
tísimo en el método experimental, y á la dirección de aquellas — alma verda- 
dera de las ciencias positivas — son debidas todas las invenciones y descu- 
brimientos. 

Los elementos de cualquier investigación experimental se fundan en lo 
ideal. Según el autor, de quien ahora tratamos, dichos elementos aparecen 
por el orden siguiente y son los que se expresan aquí: 
1." La observación — á menudo casual — de un hecho ó fenómeno. 



(1) Véase sus lecciones publicadas en el número del 19 de Marzo de 1870 y siguien- 
tes de la Reviie des Cours scientiiques. Además, del mismo autor, la Introdudion á la 
Médecine expériviejitalf. 



242 FILOSOFÍA 

2." Una idea preconcebida ó una anticipación del pensar que se forma 
instantáneamente y que se resuelve en una hipótesis sobre la causa del fe- 
nómeno observado. 

5." Un razonamiento engendrado por la idea preconcebida y de la cual 
se deducen los experimentos adecuados á confirmar su certeza, 

4.° Los mismos experimentos acompañados de procedimientos más ó 
menos complicados para que produzcan resultados seguros (1). 

Los hechos, según Bernarda son materiales indispensables, mas su elabo- 
ración por el razonamiento experimental, esto es, por la teoría, es lo que los 
iiace adecuados á que sirvan para construir el edificio científico. La idea 
formulada por los hechos representa la ciencia. La hipótesis experimental 
no es más que la idea científica preconcebida ó anticipada. La teoría es 
sólo la idea científica comprobada por la experiencia. El razonamiento úni- 
camente sirve para dar una forma á nuestras ideas, de suerte que todo se 
reduce primitiva y finalmente á la idea. Esto es lo que constituye el punto 
de arranque ó el prlmum movens de todo razonamiento científico, y ella 
igualmente es el fin que se propone la facultad intelectual cuando aspira á 
lo desconocido. 

En vista de las precedentes opiniones de autoridades^ cuya gran compe 
tencia nadie niega, no cabe duda que la idea es origen de la experimen- 
tación, y esta, fundamento de las ciencias positivas. Por consiguiente, como 
la resolución completa de cuanto se refiere á la idealidad está dentro de la 
esfera de los principios metafísicos, nunca debe prescindirse de ellos, para 
indagar en el campo de aquellas ciencias y menos aún de la Filosofía que 
los abraza todos y además cuanto atañe al racional pensar y conocer. 



Las novísimas ciencias positivas, en su estado actual se fundan sobre 
un conjunto de conceptos ideales, que traspasan la esfera de la observación 
directa de los sentidos. Sobre ciertas cuestiones muéstranseá veces aquellas 
ciencias más atrevidas y más avanzadas que ninguno do los sistemas filosó- 
ficos. Sabios hay que implícitamente vuelven á la metafísica, indagando las 



(1) Antes que Bernard publicase lo (lue señala como elemeutos en la investigación 
experimental, varios sabios alemanes tenian dadas á luz obras donde se expresa lo mis- 
mo, casi con iguales palabras. Véase la pág. 20 del escrito de Schleiden: Sobre el ma- 
terialismo de la ciencia natural moderna alemana, su esencia y su historia. ( Ueber den 
Materialismus der nearn deutschen Naturwmemcha/t, seiii Wesen imd seine Ges- 
ddclite. Leipzig, 1863.) Compárese también la pág. 21 del escrito de Miclielis: El Ma- 
terialismo como Fé del Carbonero. (Der MaterialUmus ais Kóhlerglavhe. Müns- 
ter, 1856). La brevedad que debemos observar, impide que se añadan otras refe- 
rencias, 



Y CIENCIAS POSITIVAS. 245 

mismas ciencias particulares, con cuyo desenvolvimiento esperaban matarla. 
Esto demuestra que no satisface la sed del saber, ni los tesoros de la 
observación, ni la belleza de las leyes naturales recientemente descubiertas, 
y que es necesaria la Filosofía. Pruebas abundan de cuanto precede indica- 
do, mas aqui sólo ponemos un ejemplo en testimonio de tales asertos. 

La física y la quimica enseñan que todos los cuerpos están compues- 
tos de átomos, los cuales son invisibles, imponderables, intangibles, ó lo 
que es lo mismo, de todo punto imperceptibles para nuestros sentidos. 
Dichas ciencias tienen que admitir la doctrina atomistica; porque de lo con- 
trario seria imposible darse cuenta de muchos fenómenos, que de ese modo 
se esclarecen y explican, concordando perfectamente estos y aquella. Cierto 
es que tal doctrina se distingue de la de Leukippo, Demócrito ó Epicuro; 
puesto que la aceptamos á consecuencia de observaciones practicadas, ó 
como un medio auxiliar para explicarlas y no a priori, según verificaron los 
antiguos. 

Varios filósofos, empero, han combatido en odio al empirismo y sin pe- 
netrarse de la importancia pecuhar del método de las ciencias positivas, el que 
estas admitiesen la doctrina atomistica. Tampoco escasean las refutaciones 
á ese género de ataques, entre las que figuran diversas irrebatibles y bri- 
llantes, siendo notabilísima, la escrita por G. F. Fechner (1) donde expone 
maestramente la doctrina aludida y su relación con la Filosofía. Al libro de 
Fechner confieren todos gran importancia y autoridad; porque dicho autor 
es notable filosofo y posee además profundamente la física y la quimica. 

Los químicos han pasado de la atomicidad á la estructura molecular, y 
tanto la una como lo otro, son aplicaciones importantes del método filosó- 
fico. La base del sistema de los conocimientos químicos en su actual estado, 
la componen dos manifestaciones de la fuerza residente en los átomos, á 
saber: afinidad y atomicidad. Semejante hipótesis es en el fondo una verda- 
dera teoría metafísica de la materia. Arrancando del átomo, á la vez, invi- 
sible ó indivisible el célebre Faraday, llegó á idealizar la materia hasta tal 
punto, que casi la suprimía, pues confesaba que á su entender, la materia 
no era más que una reunión de los centros de la fuerzas. 

El atomismo químico individualiza las partes constitutivas de la materia 
y restringe el principio demasiado absoluto de su inercia , fundándose en 
que cualquiera, ejercitado en trabajos de laboratorios químicos, se figura 
ver que los átomos buscan, corren y se precipitan sobre otros átomos por 
los que tienen poderosa afinidad. Así es que, tomando al pié de la letra pa- 
labras del poeta Emerson, dice el catedrático Tyndall, que «los átomos ca- 
minan con cadencia. » 



(1) Physikund ph'dos. Atojnhhre {2.^ eéA.G\on\júi^z\g 1864). (Doctrina atomística; 
fisica y filosófica. ) 



244 FILOSOFÍA Y CIENCIAS POSITIVAS. 

Es indudable que varios químicos no profesan el atomismo , mas entre 
estos hay algunos notables que también por su parte tienen un idealismo 
especial. Berthelot (1), por ejemplo, no emplea la voz átomo; pero usa la 
de molécula, y habla de fuerzas moleculares. Tampoco suprime de la es- 
fera á que aludimos en manera alguna las cuestiones metafísicas, sino que 
al contrario, traza y levanta el edificio de una ciencia ideal y filosófica sobre 
el conjunto de los hechos averiguados por las ciencias positivas. Aquel emi- 
nente químico admite también la ciencia de las pritneras causas hasta tal 
punto, que escribe estas palabras: la química ha realizado bajo una forma 
concreta la mayor parte de las fórmulas de la antigua metafísica. 

Las anteriores sumarias observaciones permiten aseverar que cuantos quí- 
micos preconizan la teoría de los átomos, dotados de energía activa y de 
fuerzas electivas convergen á atribuir á la materia un grado de idealidad y 
de potencia mayor que el de todos los sistemas filosóficos. Los químicos 
antes referidos siguen, consciente ó involuntariamente una metafísica idea- 
lista, que en la actualidad también aplican varios profesores á otras ramas 
de las ciencias naturales. No estando tales ramas dentro de los límites de 
estos ligerísimos apuntes, omitimos citar autoridades que aquel aserto con- 
firmen. 

Los ejemplos puestos demuestran que en las indagaciones de ciencias po- 
sitivas no es posible prescindir de la metafísica ni hay manera de reemplazar 
los principios filosóficos. La experiencia, a'unque poderosa, si no está auxi- 
liada por la idea que la razón forma, es ciega y nmda, y no puede ver, ni 
explicar satisfactoriamente cuanto comprende la esfera de la observación. 
La Filosofía es la que derrama raudales de clarísima luz sobre la realidad 
confusa: ella dilucida los resultados de la experiencia y determina las in- 
numerables leyes que al universo rigen. 

Emilio Huelin. 
(Se continuará.) 



(1) Véase sii trabajo: La Science positivc et la Science idéale. 



ESTUDIO HISTÓRICO. 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA 

Y 

SüS DOCTRINAS POLÍTICAS Y MORALES- 



ARTÍCULO PMMEEO. 

I. 

En la mañana del 2 de Junio de 1453 era degollado en la Plaza Mayor 
de Valladolid el Gran Condestable de Castilla, D. Alvaro de Luna. Colgada 
su cabeza, por espacio de nueve dias, de una escarpia, y expuesto su cuer- 
po sobre el cadalso, por otros tres, eran al cabo recogidos sus restos mor- 
tales por la caridad pública y enterrados de limosna en el cementerio de 
los ajusticiados. Hondo terror imponía en toda España la nueva de aquella 
inesperada catástrofe, cuya grandeza arrancaba muy doloridos y contra- 
dictorios cantos á la musa castellana, la cual parecía poner el sello á su 
admiración y su sorpresa, cuando, por boca del discreto Jorge Manrique, 

exclamaba: 

Pues aquel Gran Condestable, 

maestre que conocimos 

tan privado. 

Non cumple que de él ser fable, 

smón que sólo le vimos 

degollado. 

Más digna de admirarse que de discutirse, era en concepto del poeta, vein- 
titrés años después de consumada, la desastrosa caida de aquel procer, que 
habia gobernado á Castilla por el espacio de treinta y tres: las extrañas cir- 
cunslancias que la rodearon, los peregrinos antecedentes que la precedie- 
ron, las intrigas y lucbas cortesanas, las sangrientas jornadas que en es- 



246 ESTUDIO HISTÓRICO. 

candalosa ahernativa la fueron preparando , las prendas personales .del 
Gran Condestable y de sus irreconciliables enemigos, la ingenua flaqueza y 
temerosa irresolución del rey D. Juan, que en medio de aquel perpetuo tu- 
multo contrastaban grandemente con la enérgica actividad y resoluta codi- 
cia de sus primos, los infantes de Aragón, la astucia y hasta la ingratitud 
de las reinas doña María y doña Isabel, la prematura doblez é irrespetuosa 
osadía del príncipe D, Enrique... todo contribuía á dar al drama que se 
desenlaza en la Plaza Mayor de Valladolid, vivo, picante, extraordinario 
efecto y colorido, excitando el interés, no ya al pié del suplicio, sino con ma- 
yor fuerza todavía en las generaciones futuras. — Y ¿cómo nó, cuando la deca- 
pitación de D. Alvaro de Luna era el más ambicionado y decisivo triunfo, 
que había logrado la aristocracia señorial castellana en toda la Edad Media, 
auxiliada ahora por los príncipes de Navarra y de Aragón, mezclados desde 
el advenimiento del rey D. Juan, más de lo justo, en las cosas públicas de 
Castilla?.... Por lo que tenia en sí de patético y de trágico, por el interés 
que inspiraba, como lección histórica, por lo que representaba en el gran 
proceso de las contradicciones sociales y políticas, dentro de la cultura es- 
pañola; la sangrienta catástrofe del Condestable D. Alvaro no pudo ser 
condenada al olvido, en ninguna de las esferas, donde vive, se purifica y 
crece la memoria de los grandes hombres. 

Cuatro largos siglos han trascurrido, en efecto, desde que lloraron los 
moradores de Valladolid el terrible expectáculo del 2 de Junio de 1453; y 
primero los cronistas^ así vulgares como latinos, del siglo xv, ya trazando 
la narración de los hechos referentes á la corona, ya la particular de los 
que al mismo procer y sus coetáneos tocaban; después los historiadores ge- 
nerales de España, que acuden en los siglos xvi y xvn á bosquejar el gran 
cuadro de la reconquista, y aún de la civilización española; y más adelante 
los escritores de todos géneros, inclusos los autores dramáticos, que han 
buscado en la historia de la Edad Media levantados modelos y útiles ense- 
ñanzas, no han podido menos de fijar sus miradas en el desafortunado 
magnate, cuya cabeza rodaba en el cadalso, levantado por la indolente in- 
gratitud de D. Juan II y la insaciable sed de venganza de los grandes de 
Castilla. Ni dejó tampoco de llamar la atención de los reyes de España 
aquel cruel y atropellado mandamiento de muerte, dictado por un tribunal, 
para cuyos miembros demandaba el mismo D. Juan II al Sumo Pontífice 
especial absolución, á poco de haberlo aconsejado: revocado era una y otra 
vez por el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo de Castilla aquel fallo 
injusto y farisaico, cuya ejecución había sido horrible pesadilla del príncipe, 
que tan apocadamente consintió en ella. 

La reputación de D. Alvaro de Luna se acrisolaba, pues, ante los tribuna- 
les de justicia, que no vacilaron en rehabilitar legalmente su memoria; con 
gran regocijo de sus descendientes y herederos: su fama de repúblico y 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA. '247 

hombre de Estado fluctuaba, sin embargo, ante el tribunal de la historia, 
cuando Salió á luz en 1865, con título de Juicio critico y significación poli- 
tica de D. Alvaro de Luna y bajo los auspicios de la Real Academia, que 
tiene por instituto la ilustración de los anales patrios, una muy notable me- 
moria, destinada á fijarla...— Para su laureado autor, D. Juan Rizzo y Ramí- 
rez, hallan no sólo explicación, sino fácil disculpa, cuantos cargos lanzaron 
tan á deshora sus enemigos contra el Condestable, comprendida la muerte 
de Alfonso Pérez de Vivero que olvidaron aquellos en el capítulo de culpas, 
si bien no vacila en calificarla de «atroz delito.» — D. Alvaro ha recobrado en 
verdad, merced al desarrollo ([ue logran actualmente los estudios históricos 
en nuestro suelo, la estimación de hábil y resuelto hombre de Estado y 
de experto caudillo, reconocidos los grandes servicios que hace á la corona 
en el primer concepto, aún á pesar del mismo rey, y los que presta 
á la patria en el segundo, reanudando la guerra de la Reconquista, de que 
dio insigne ejemplo con el triunfo de la Higueruela. Pero ¿se ha pronun- 
ciado ya la última palabra en el juicio histórico de D. Alvaro de Luna? ¿Es 
por ventura tan perfecta y plenamente conocido este insigne varón que de- 
ban reputarse ociosos ó estériles los trabajos, que á este fin se encaminen? 
Porque es para nosotros axiomático que jamás ha de pronunciarse la última 
palabra en este linaje de juicios históricos, y porque á pesar de los postreros 
aciertos de la crítica, sólo se ha fijado esta en los hechos externos al tratar 
de D. Alvaro de Luna, sin curarse todavía de averiguar lo que el Gran Con- 
destable pensaba y escribía sobre moral y sobre política, estudio á que con- 
vidábamos á los amantes de la historia patria, cuando há ya algunos años, 
examinábamos el precioso Libro de las Claras é virtuosas muyeres del mis- 
mo procer (1); — por todas y cada una de estas razones nos hemos resuelto 
di fin á verificar el propuesto ensayo, para que sirva de estímulo á más 
formal trabajo, y dominados por la imperiosa necesidad de encerrarnos en 
los estrechos límites de una Revista. Único es, no obstante, el Libro de las 
Claras é virtuosas mugeres, como obra de ingenio, que ofreció al combatido 
Condestable ocasión de mostrar, en medio de los repetidos conflictos que 
de 1420 á 1453 le rodean, cuanto sentía, pensaba y creía respecto de las 
más arduas cuestiones morales y políticas, que iban á rozarse con la terrible 
acusación que debía costarle la cabeza: su importancia y su estima crecen 
al compás de la rudeza y del encono de aquella tenaz lucha, que renacía á 
cada paso bajo más terrible forma, y más aún sí se considera que lo aza- 
roso y lo arrebatado de los momentos en que fué escrito, no alcanzaron á 
torcer en D. Alvaro el sentido moral que lo dictaba, como no ofuscaban su 
sana razón, al pronunciar con filosófica entereza el noble fallo de tan difí- 
ciles cuestiones. 



(1) Historia Crítica d« la Literatura Española, t. VI, cap, XI, pág. 276. 



248 ESTUDIO HISTÓRICO. 

Fué el Libro de las Claras é virtuosas mugeres compuesto efectivamente 
en medio de los azares de «la gobernación de la cosa pública» y de los con- 
tratiempos de su odiada privanza. Comprendiendo D. Alvaro que no era 
aquella angustiosa situación la más á propósito para exponer sus ideas tan 
sobria ó ampliamente, como deseaba, sobre las materias por él tratadas, al 
quilatar las virtudes de sus heroínas, disculpábase ante la posteridad con 
estas notables palabras: — «Si algunas cosas fallescieren ó demasiadas en esta 
»obra se fallaren, justas causas damos á la desculpacion, cómo toda la ma- 
»yor parte deste nuestro Libro ayamos conpuesto, andando en los reales, é 
«teniendo cerco contraías fortalezas de los rebeldes, puesto entre los orribles 
«estruendos de los instrumentos de la guerra. Pues ¿quién puede ser aquel 
»de tan reposado ingenio, nin quién se sabrá assi enseñorear de su enten- 
» dimiento que sabiamente pueda ministrar la pluma, quando de la una 
»parte los peligros demandan el remedio, é de la otra la yra cobdicia la 
«venganza, é la justicia amonesta la execucion é el rigor enciende la bata- 
»lla, é la cosa pública demanda el administración, en tal manera, que todas 
«cosas privan el reposo quanto para esto era nescesario, tanto que muchas 
«veces nos acaeció dexar la pluma por tomar las armas, sin que ninguna 
»vez dexásemos las armas por tomar la pluma? — Pues quando, cansado é 
«trabajado, algunas veces volviéssemos á la obra que comenzada dexávamos, 
«cómo el ingenio nuestro se podría fallar, tú, lector, lo considera.» 

Temerario sería, pues, ó por lo menos poco ajustado á las leyes de la 
equidad y de la prudencia, el negar á D. Alvaro la ingenuidad, que brilla en 
esta manera de confesión, con que al terminar su Libro, solicita la benevo- 
lencia de los lectores, y no más raóional por cierto el suponer que las 
máximas y sentencias, los principios y juicios, ya propios, ya adoptados por 
él, que dan extraordinario valor y realce á su obra, no le fueran habituales 
V como privativos, constituyendo el fondo de sus doctrinas morales y políti- 
cas. — ¿Cómo, pues (se apresurarán tal vez á preguntarnos los que todavía 
califiquen de ominoso tirano al gran Condestable), si esas doctrinas mo- 
rales y políticas, son realmente admisibles, no ajustó á ellas su conducta 
política y moral D. Alvaro de Luna? Ni esas doctrinas, á ser conformes con 
la verdadera filosofía é inspirarse en el espíritu evangélico (proseguirán), 
pudieron imponerle la ardiente ambición de mando y poderío que le devo- 
ra, ni excitar en él la sed de oro, de que tan agriamente le acusaron sus 
coetáneos. ¿No argüiría en contrario la existencia de tales principios ciert;» 
contradicción, altamente censurable en todo personaje histórico, y más vi- 
tuperable todavía en quien, como el gran Condestable de Castilla, estaba 
obligado á obrar siempre con toda ingenuidad é hidalguía, anteponiendo el 
bien público á todo engrandecimiento privado?.... 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA. 249 

II. 

Existe en el hombre, cualesquiera que sean su condición y estado, su dig- 
nidad y su poderlo, una invencible dualidad, que le trae á la continua en 
lucha pertinaz consigo mismo. Hácese esta ineludible lucha tanto más recia 
y porfiada cuanto mayores son en él y de más subidos quilates las dotes y 
virtudes, que forman individualmente su carácter, más altos, severos y 
trascendentales, compromisos y deberes, en que le ponen y constituyen las 
obhgaciones de su clase y de su cuna, y más distinguida su educación, ó 
más cultivada su inteligencia, respecto de la sociedad y del tiempo en que 
vive. — Obra el hombre, en virtud de estas superiores leyes, como quien 
gira fatalmente en dos distintas y á veces contrapuestas órbitas, gozando al 
parecer de dos contrarias existencias, que rara vez se funden y unifican: 
tales son, en verdad, su vida interior y su vida pública. 

Dueño de sí mismo, aconsejado exclusivamente de su propia conciencia, 
ya proceda como repúblico, ya cual magistrado ú gobernante, obedece de 
buen grado y sigue en el primer concepto las más puras, nobles > y desinte- 
resadas inspiraciones de su alma, regocijándose con la idea del bien y de la 
verdad, cuyo logro y posesión aparecen á su vista como la mayor felicidad 
propia y la más cumplida bienandanza agena. Libre su inteligencia de todo 
interesable error, exenta su razón de todo extraño yugo, rechaza y condena 
con hidalga energía, cuanto ofende y se opone en él á la realización del 
bien, cuanto conspira y tiende al triunfo de las malas pasiones, cuanto sirve 
de estímulo á la bastarda ambición, ó de incentivo al crimen. Es el hombre 
en tal situación, discreto y leal consejero, íntegro é inexorable juez de sí 
mismo; y ya medite sobre su propia vida, ya fije sus miradas en las de sus 
coetáneos, ya las tienda á contemplar, merced á las enseñanzas históricas, 
l'i vida de sus mayores, ó de otros hombres de más remotas edades, le es 
dado siempre, apoyado en la religión, en la moral y en la historia, juzgar sin 
torcidas prevenciones y pronunciar, sin más odio que el inspirado por el 
mal, ni más amor que el engendrado por el bien, los más justos y cabales 
fallos. No de otra manera se siente y conoce el hombre dentro de sí, seño- 
reando al par sus ideas, sus sentimientos y sus obras, é imponiendo la liber- 
tad y la independencia de su espíritu á las obras, los sentimientos y las ideas 
de los demás hombres. 

Mas luego que, abandonada la serena región, en que se contempla frente 
á frente de su conciencia, se pone en relación inmediata con la sociedad; 
luego que se muestra en el teatro de la vida pública, parecen eclipsarse, 
cambiar ó desvanecerse, como por encanto, esas peregrinas virtudes, con- 
servándose apenas rasgo alguno fundamental de aquellas que más le enalte- 
cían á sus propios ojos y que constituian realmente la integridad, la inde- 

TOMO XIX. 17 



250 ESTUDIO HISTÓRICO. 

pendencia y la justicia de sus razonamientos y de sus juicios. El hombre 
no está solo ni es ya dueño de sí mismo: solicitado al par de mil contrarios 
afectos; seducido por deslumbradores é irresistibles halagos; alraido por la 
sed de riquezas, é instigado por el irreflexivo instinto de la dominación, 
que excitan y exasperan de continuo rudas y vigorosas contradicciones, — 
déjase llevar insensible é indeliberadamente á las más terribles luchas, con 
lodo lo que en algún modo le ofende ó coniradice, acabando por acallar y 
sofocar dentro de su alma toda idea de bien y de justicia, y lanzándose con 
resuelto afán al logro de la disputada grandeza y del contrastado poderío. 
Fijado el blanco de su ambición, que tal vez le descubrieron y mostraron, 
temerarios ó imprudentes sus más encarnizados enemigos, nada hay ya que 
pueda ser tenido por él como legitimo obstáculo, nada que alcance á re- 
traerlo del camino resueltamente emprendido: la lucha tal vez le fatiga, 
tal vez le infunde desconfianza en la consecución de los fines á que sin tre- 
gua aspira; pero reanimado por las mismas dificultades, y engrandecido su 
espíritu por la mayor rudeza de las contradicciones; álzase una y otra vez 
con nuevos y desusados bríos, desbaratando y avasallando cuanto servia de 
estorbo y freno á los antojos de su ambición, y corriendo acaso desatentado 
y ciego á su ruina. 

No impide, sin embargo, al hond)re este empeño en tan desapoderada 
bicha el entrar de nuevo en sí, el llamar ajuicio todas sus aviesas pasiones, 
ni el condenar resuelta y generosamente todos sus reprobados actos. Con el 
testimonio, pocas veces falaz, de su propia conciencia; con la evocación de 
las sanas máximas y salvadores principios de la moral y de la religión, re- 
prueba y abomina en efecto la soberbia, la vanidad, la codicia, que con el 
ejemplo ó la contradicción de otros hombres, le arrastraron al error ó le pre- 
cipitaron en el crimen; y deseoso déla enmienda, busca, no sm mortificadora 
ansiedad, los caminos por donde salga del inextricable laberinto que le ame- 
naza con espantoso despeñadero. Pero ¡vano propósito! Vuelto una y otra vez 
al mundo de la ambición y de las contradicciones, enciéndese repetida- 
mente su alma en la devoradora sed del oro, del poderío y aún de la gloria, 
y renunciando con dolorosa frecuencia al nobilísimo ejercicio de su libre al- 
bedrío, déjase arrebatar, por último, de un modo fatal é irrevocable por las 
oleadas del mal, que le precipitan en el abismo. 

lié aquí la perpetua enseñanza, que la atenta contemplación y estudio del 
hombre nos ministra, ora le veamos en la sociedad y á nuestro lado, ora le 
consideremos obrando en la historia; y no á otras leyes debía sujetarse el 
Gran Condestable de Castilla, al ser considerado bajo este doble concepto. 
Como repúblico, como primer ministro ó vahdo de D. Juan II, rey nacido 
para vivir en eterna tutela, D. Alvaro de Luna tenia siempre la pelea á la 
puerta, no sin que penetraran á veces ó nacieran sus enemigos, merced á la 
ingratitud y á la traición, en lo más recóndito y reservado de su morada. 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA. 251 

Formaban aquellos numerosísima y muy poderosa cohorte, en que, según 
va indicado, se filiaban al par los proceres de Castilla y los infantes de 
Aragón, sin que fueran obstáculo al logro de su ambición y de su codicia, 
ni el allanamiento del palacio real, ni el secuestro y asedio de la persona 
del monarca, una y otra vez constituida en humillante tutela, ni la profa- 
nación sacrilega de los sacramentos, ni las torpes y degradantes consulta- 
ciones de magas y hechiceras, encendida de continuo la tea de la rebelión, 
que ponian con escándalo de los buenos y más de una vez, en la mal se- 
gura diestra del príncipe heredero. Todos estos elementos, todas estas vo- 
luntades estaban congregados y tenazmente decididos á labrar la ruina del 
gran Condestable: sólo en la creciente brecha, abierta á los repetidos golpes 
de tantos y tan encarnizados enemigos, ni aún le era dado contar, para sos- 
tenerse, con la flaca y tornadiza voluntad de D. Juan II, por quien tan á 
menudo ponian en grave riesgo y contingencia su honra y su vida. ¿Qué 
mucho, pues, si en tan perpetua contradicción y en lid tan ardiente, sa- 
liendo de si mismo, mientras los grandes peligros que le rodeaban sin tregua, 
demandaban el remedio, codiciara su ira la venganza y le amonestase la jus- 
ticia el rigor en la ejecución del castigo? 

Los biógrafos de D. Alvaro de Luna, ya adictos á su privanza, ya par- 
ciales de sus enemigos, esméranse en pintarle compuesto y reposado; atento 
en el examinar á los' hombres y las cosas, «que miraba más que otroome;» 
de aspecto jovial y frente y mirar levantado; pronto en el honesto reír; 
gracioso y bien razonado; medido é compasado en las costumbres; diestro 
en la música y poesía, y admirador de la elocuencia, en cuyo cultivo se ex- 
tremó, aunque «dudaba un poco en la fabla»; esmerado en sus traeres y 
apuesto galanteador; muy inventivo y muy dado, en fin, á «fallar invencio- 
nes é sacar entremeses en fiestas ó en justas ó en guerras, en las quales in- 
venciones muy agudamente significaba lo que quería.» Mas al lado de estas 
dotes físicas y morales, á que se unían también cuantas formaban y enalte- 
cían á la sazón un cumplido caballero, tal como le bosquejaba por aquellos 
días en su famoso Vidorial el muy entendido Gutierre Diez Gamez, sobre- 
salía, como efecto de una viveza y sensibilidad exquisitas, cierta impresio- 
nabilidad no menos extremada, que degenerando fácilmente en arrebatada 
exaltación á vista de los desacatos contra él y contra el rey con tanta fre- 
cuencia cometidos, arrastrábale tal vez á la violencia y comprometíale cada 
momento en el camino de su perdición y de su ruina. 

No podía, pues, racionalmente esperarse que, dada por una parte la vio- 
lenta situación de las cosas, cada día más tirante y abocada á nuevos des- 
manes y mayores crímenes, y considerada por otra la inflamable genialidad 
de D. Alvaro, mostrase este siempre y por igual aquellas dotes, que le hi- 
cieron estimable en la corte de D. Juan II, y que le ganaron, ya en paz, ya 
en guerra, la admiración de damas y caballeros. Lo notable, lo que le pre- 



252 ESTUDIO HISTÓRICO. 

senta á la consideración del historiador y del filósofo bajo muy singular 
concepto, lo que no han sospechado todavía cuantos procuraron vindicarle 
de las amañadas acusaciones que le subieron al cadalso de Valladolid, lo 
que no ha tenido tampoco en cuenta su laureado defensor, tal vez porcfue no 
habia llegado á sus manos la invitación pública hecha por nosotros para 
considerar al Gran Condestable bajo este especial punto de vista, es por 
cierto que en medio del fragor de las batallas y del horrible estruendo de 
las máquinas, que combatían bajo su conducta las fortalezas rebeldes, cuando 
se veia forzado por continuos rebatos á dejar la pluma para tomar la espada, 
sin que le fuera nunca dado arrimar la espada para tomar la pluma, ejer- 
ciera tal señorío sobro su entendimierto y avasallara de tal modo su volun- 
tad, que se entregara con reposado ingenio al culto de la historia y á las me- 
dilaciones tranquilas y profundas de la filosofía moral y de las ciencias poli- 
licas. D. Alvaro ponía término al peregrino Libro de las Clai as é virtuosas 
muíjcres, donde esto realiza, «en el real de sobre Atícnza,» entrada ya esta 
villa, durante cuyo cerco había recibido muy peligrosa herida en la cabeza: 
el asalto tenía lugar el 14 de Agosto de 1440, un año después del primer es- 
cándalo de Olmedo, donde la grandeza de Castilla, puesto el principe here- 
dero á su cabeza, peleaba contra el pendón real, que sacaba por fortuna 
suya, vencedor el Gran Condestable, elevado á poco á la ambicionada digni- 
dad de Gran Maestre de Santiago (1). 

Veamos ya hasta qué punto llevó D. Alvaro este señorío de su persona al 
remontarse en medio de tantos confiictos á la esfera de las abstracciones de 
la ciencia, para que sea dado á todos el comparar con provecho de los es- 
tudios históricos la doctrina moral adoptada por él, como escritor, y la 
moral práctica, á que pareció reglar todos los actos de su ruidosa vida, cual 
ministro deD. Juan II. 

III. 

Conocido es ya de cuantos se consagran al maduro estudio de las letras 
españolas que, si no se eclipsó del todo, como se ha propalado con tanta 



(1) Tenemos á la vista uu precioso documento, de todo desconocido hasta 
ahora, que da abundante hiz sobre este punto de la vida de D. Alvaro de Luna. Es el 
documento expresado la formal y solemne pretexta que bajo el título de Síiplicacion, 
6 requisición é prottsUiúon hicieron en 1430 ante el infante D. Enrique los ijriores, los 
comendadores mayores, los trezes y todo el Capítulo de Santiago, celebrado en Madrid 
contra el Condestable D . Alvaro, á quien acusaron de haber empleado coacción y fuer- 
za en 1429 para obligarlos á despojar al infante del Maestrazgo y elegir al mismo en su 
lugar. Sentimos que la extensión de este singular documento nos impida el trasladarlo 
á este sitio: de él se desprende que, desposeído ya el infante de la administración del 
Maestrazgo, que tenia el Condestable, ambicionaba este quitarle también la dignidad, 
tomándola para sí: diez y seis años y la muerte de D. Enrique hubo menester D. Al- 
varo para ver logrado este deseo. 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA. 255 

ignorancia cual insistencia, la luz de la antigüedad clásica en nuestro suelo 
durante la Edad Media, fué la primera mitad del siglo xv la verdadera época 
en que se operó sustancialmente aquella poderosa evolución intelectual, 
que llegaba á su colmo con nombre de Renacimiento, bajo el reinado de Car- 
los V. No lograban, en verdad, los ingenios españoles hacerse dueños de 
las formas literarias cultivadas por el arte clásico, cuyas bellezas sentían, 
sin embargo, y admiraban: «contentos de las materias,» según la oportuna 
frase del docto marqués de Santillana (1), apresurábanse á traer al lenguaje 
vulgar todos los tesoros históricos, filosóficos y literarios, de antiguo descu- 
biertos ó sacados á la sazón de las tinieblas por los más eruditos y prestan- 
tes varones de Italia^ echando en tal manera los firmes cimientos á una 
época de más granada cultura y fortificando sobre todo su varonil espíritu 
con las nuevas enseñanzas de la filosofía y de la historia. 

Congeniaban nuestros eruditos, al realizar esta noble empresa, cuya fe- 
cundidad hemos quilatado antes de ahora (2), más principalmente con todo 
linaje de filósofos que ya hubieran profesado en la antigüedad la doctrina 
estítica, ya se hubiesen inclinado á su adopción y cultivo en los primeros 
siglos de la Iglesia, hermanándola en cierto modo con la cristiana. Para el 
rey D. Juan II habia puesto en lengua vulgar el docto obispo de Burgos, don 
Alfonso de Cartagena, no solamente los libros auténticos de los filósofos 
cordobeses Marco Lucio, Anneo y Séneca, sino también los que se atribuían 
al segundo, debidos á San Martin Bracarense y á otros insignes varones de 
los tiempos medios. — Arraigaba y cundía esta doctrina, no desemejante ni 
contraria á los austeros preceptos, ni á las prácticas del cristianismo, entre 
los más granados ingenios, como prueban las obras poéticas del marqués 
de Santillana, de Fernán Pereí de Guzman y de Juan de Mena. Imprimiendo 
cierta severidad y entereza al espíritu de aquellos mismos proceres, para 
quienes era, por singular antítesis, sobrado frecuente el olvido de sus más 
altos deberes,labraba también en la doble esfera de la especulación moral y 
política, sometiendo las más claras inteligencias á muy racional disciplina, 
cuyos frutos debían florecer en plazo no lejano. 

Llegaba, en tal situación, D. Alvaro de Luna al revuelto palenque de la 
política militante, y al noble gimnasio de la idea. Como repúblíco, concebía 
cabal é integramente que no era posible la existencia del Estado, ni menos 
la [irospei'idad de los españoles, sin lograr el triunfo de la unidad del po- 
der real, ruda y desesperadamente combatido por anárquica cuanto formi- 
dable nobleza, en el trascurso de largos siglos: como hombro de estudio y 
pensador nada vulgar, en quien se hermanaban y fundían el ilustrado 



(1) Obras de D. Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, carta á su hijo 
D. Pedro González de Mendoza, pág. 482. 

(2) Historia Crítica de la Literatura Española, t. VI, cap. VII. 



254 ESTUDIO HISTÓRICO. 

anhelo de la ciencia y el generoso intento de hacerla fecunda en las esferas 
déla vida, dejábase llevar de buen grado al cultivo de la fdosofía moral; 
y ambicionando sin duda que no fuesen estériles sus vigilias, mientras com- 
bada con fuerte mano y reprimía una y otra vez la desapoderada ambición 
délos magnates castellanos, consignaba, no sin claridad y tal vez con enér- 
gica elocuencia, el fruto de sus especulaciones, encaminadas de continuo 
á labrar en el ánimo de las gentes. Dada su alta significación política y co- 
nocido perfectamente el empeño de aquellos treinta y tres años de lucha, 
que caracterizan su privanza (1420-1453), lo que pudiera en cualquiera 
otro escritor de su tiempo ser considerado y tenido como una simple 
abstracción, cobraba bajo su pluma no indiferente sello y valor de actua- 
lidad, llevándonos boy al más cabal concepto de aquella su respetable per- 
sonalidad, aún reconocidas buenamente las contradicciones dolorosas, que 
entre la doctrina por él proclamada y la práctica de su gobernación alguna 
vez resaltan. 

Notable es en verdad, fijando ya nuestras miradas en las doctrinas políti- 
cas profesadas por el Gran Condestable de Castilla, cómo partiendo del 
generoso principio de que «la gloria non es otra cosa, salvo muy noble fa- 
ma de grandes merescimientos» (1), llevábase luego á la consideración fun- 
damental del deber, que todo hombre tiene para con la patria, en cuyas 
aras está forzado á rendir la más pura y noble ofrenda; y narrado el he- 
roico empeño de Judith, que hizo á la libertad de su pueblo el sacri- 
ficio de su vida, exclama: «El que pelea por salud de la cosa pública é non 
»por sus provechos, non diremos que non face la virtud de justicia; porque 
«ninguna justicia es mayor que cada uno ponerse á muerte por la salud de 
»su tierra» (2). Hallaba esta doctrina, que pareció ser como raíz y perpetuo 
aguijón de las grandes hazañas personales de D. Alvaro, frecuente í^mplia- 
cion en todo el Libro de las Claras mugercs; porque, como decia repetida- 
mente, «ninguna cosa era tan honesta, ni había virtud más cumplida en el 
hombre que la de ponerse en grandes peligros y trabajos para librar á la 
patria de la servidumbre, restituyéndola á la libertad y á la gloria». Ni le 
parecía menor la obligación en que todo ciudadano, ya grande, ya pequeño, 
estaba de acatar y servir á su rey: era éste espejo y símbolo de todo bien, 
cuando se mostraba, como guardador de la ley; y nadie había en la 
república, que no debiera rendirle el homenaje de su lealtad y aún de 
su vida. 

Pero si acomodándose en esto, no ya sólo á la idea que respecto de la 
autoridad y persona del monarca había asentado el Rey Sabio en el código 
de las Partidas, sino también á las nociones una y otra vez recogidas en 



(1) Libro de las Claras é virtuosas mugeres. Preámbulo quinto. 

(2) ídem, id. Libro 1, cap. V. 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA. 255 

los Doctrinales políticos de los siglos precedentes, ofrecía el Maestre de 
Santiago la norma de su invariable conducta respecto de D. Juan II, no le 
faltaban aquella energía y varonil independencia que se habían menester 
para declarar indigno de todo amor y obediencia y aún merecedor de 
la muerte al príncipe tirano : «¿Qual cosa (decía) puede ser más onesta 
que matar al tirano, por la libertad de la tierra? La qual libertad es á nos 
muy amada: tanto que el buen varón non dubda de anteponer el provecho 
de la tierra á su propio interese» (1). Tan radical doctrina, que teniendo 
aplicación de igual modo al príncipe usurpador que al príncipe desprecia- 
dor de las leyes, estaba llamada á fructificar bajo la pluma del severo Ma- 
riana, siglo y medio adelante (2); tenia saludable correctivo en la alta idea 
de la justicia, base y cimiento para D. Alvaro de Luna de toda virtud y 
grandeza. «Justicia es (observaba) una virtud señora de todas y reyna de 
las virtudes: si la justicia debidamente se face (añadía), non solamente 
reposará por ella el Estado pacífico é sereno, con la bienaventurada paz, 
mas reposará la casa del imperio» (3). 

Proclamados estos principios fundamentales, respecto de los deberes de 
todo hombre constituido en sociedad, y delineado así el edificio político á 
que servia de clave y corona la idea, siempre luminosa para D. Alvaro , de 
la justicia, — no podían faltar en su libro las relaciones secundarias del refe- 
rido orden político , á pesar de no haber abrigado este especial propósito 
al trazarlo. El gran Condestable daba, en efecto, no dudosa razón de cuanlo 
se le alcanzaba y creía en orden á los deberes de las clases sociales respec- 
to del Estado, tropezando á cada paso con la milicia. Virtud levantada era 
para todo caballero ó solapado (milite) la «grandeza de corazón:» dignos 
de loanza para siempre los que, como en Roma Publio Scipion, el Africano, 
con grande heroicidad «la cosa pública exaltaron» y á «la guarda della de 
todo en todo» consagraron sus vidas, sin curarse de otro premio, ni mayor 
recompensa que la noble satisfacción de haber labrado el bien de su pa- 
tria (4): de muy subidos quilates eran también, y muy continuos , los sa- 
crificios que la estrecha religión de la milicia exigia á cuantos la profesa- 
ban; pero ni aquella fortaleza de corazón, que viendo «la muerte al ojo, se 
ofrece á ella» sin vacilar (5), ni aquella hidalga abnegación, que menos- 



(1) Primera parte, cap. XII de las Claras Mugí-rets. 

(2) De Rege et Reg'is Institutione. Esta doctrina dio á Mariana título de republica- 
no; pero sin duda lo hubiera llevado D. Alvaro de Luna no con menos razón, á ser 
conocidas estas sus máximas políticas: el Condestable no vacila en declarar, refirién- 
dose á la muerte de Julio César que nBruto libró la tierra, n al cometer el parricidio 
que puso en labios del dictador aquella famosa frase: ii¿Tu quoque, ñlii mii?ii 

(3) Claras Miujeres, 1." parte, cap. VII. 

(4) Libro ó Parte 1.% cap. VI; Parte 2.», cap. XXVII. 

(5) Primera parte, cap. XV. 



256 ESTUDIO HISTÓRICO. 

precia y tiene en poco honras y riquezas, pagada sólo de la nobleza y san- 
tidad del fin, á que aspira (1), — alcanzarían á labrar la seguridad y bienan- 
danza del Estado, haciéndose de todo punto estériles y frustráneas, si fue- 
ran desconocidos ó desdeñados el orden y la disciplina de los ejércitos. 
«Roma, común patria y tierra de todo el mundo» (2) jamás hujjiera suljido 
á la cumbre del poder en que la pusieron sus hijos, sin el austero ejemplo 
de Manilo Torquato, ni liabria podido dar la paz al universo, sin los triun- 
fos de sus legiones, ni logrado en fin «el defendimiento y ejecución de la 
justicia,') ideal supremo del Maestre, sin hermanar, en el arte de la guerra, 
la disciplina y el orden, «poniendo las manos en las batallas con victorioso 
corazón» (3). «La sabidoría de la caballería (observaba al fin D. Alvaro) dá 
«ciertamente osadía de batallar: ca non dubda ninguno faser lo que confia 
«que aprendió bien. De aquí vemos (proseguía) que en todas las batallas 
«están prestos para vencer los pocos que son usados á las armas, élosinu- 
»chos que nunca las usaron, son dispuestos á muerte» (4). 

Pero esta doctrina, invocada hoy tardía y dolorosamente en medio de 
las grandes catástrofes que ofrecen á nuestra contemplación las más pode- 
rosas naciones de Europa, sobre fundarse, dentro del siglo xv, en la cons- 
tante necesidad de los pueblos cristianos de la Península, en lid eterna con 
los mahometanos, situación que los había constituido en Estados conquis- 
tadores, revelaba desde luego que el Gran Condestable de Castilla, jefe su- 
perior de los ejércitos, tiraba de continuo al blanco de la unidad ; pensa- 
miento de extremada importancia política en una época y en un pueblo, en 
que proceres, villas y ciudades, maestres de las Ordenes, obispos y abades 
gozaban aun del inestimable cuanto anárquico privilegio, de levantar pen- 
dones y de erigirse en caudillos , con escarnio y menoscabo á veces de la 
corona. — En aquel estado de guerra exterior y de interna lucha , eran en 
concepto de D. Alvaro, fuente de salud para la república, el orden y la dis- 
ciplina de las huestes reales, como lo eran de universal bienandanza y per- 
sonal engrandecimiento las virtudcj béUcas del caballero y del soldado. — 
Heredero de la doctrina popular^ á que había dado plaza el Rey Sabio en las 
Partidas y acogido y proclamado sin tregua , como cierta y salvadora , los 
más doctos varones de toda la Península, D. Alvaro sostenía, no sin propio 
interés, que eran la «nobleza de esfuerzo y la nobleza de ingenio» de más 
subido precio que la heredada, si bien lograban todas no pocas veces fun- 
dirse en una, «por quanto si los varones ílorescientes por nobleza de inge- 



(1) Segunda parte, cap. XXVII citado. 

(2) Primera parte, cap. ITI. 

(3) Segunda parte, cap. V. 

(4) Id., id., id. 



EL CONDESTABLE DON ALVARO DE LUNA. 257 

)>nio, non menos florescian por nobleza de corazón» (1), jamás era para ellos 
estéril el alto ejemplo de sus mayores. 

En tal manera comprendía y anunciaba el Gran Condestable de Castilla 
las ideas capitales, que sirvieron sin duda de norma y fundamento á su lar- 
ga y contrariada gobernación. — El ciudadano tenia para D. Alvaro la obli- 
gación indeclinable de sacrificarse en aras del bien común, «por que non 
era nascido para si solo» (2) : formando parte del Estado , debia respeto, 
acatamiento y obediencia al rey, porque este representaba la ley, de que era 
fiel guardador. Sobre el rey y sobre el Estado estaba , sin embargo , la idea 
de la justicia, reina de todas las virtudes : por eso, cuando el rey no obraba 
en justicia, cuando arrebataba la libertad á la tierra, mereciendo nombre de 
tirano, demás de ser indigno del amor y de la obediencia de su pueblo, era 
merecedor de muerte, y acción alta y meritoria en el varón esforzado el con- 
Iribuir á su exterminio, «anteponiendo el provecho é salud de la patria á 
su propio interese.» 

La seguridad del Estado , su engrandecimiento , su prosperidad , bello 
ideal de todo repúblico y anhelo indubitable de D. Alvaro de Luna, exigían 
([ue fuese aquel temido de los extraños y respetado de los propios: en me- 
dio de la anarquía señorial, que le arrebataba con harta frecuencia la pluma 
(le la mano, forzándole á empuñar la espada para combatirla, veía acercarse, 
el Condestable los tiempos en que había de ser dado á los reyes realizar 
a(|iicl desiderátum , por medio de los ejércitos; pero rio bastaban las muche- 
dumbres armadas para lograr el triunfo, como no lo alcanzaban tampoco los 
sacriiicios individuales: los ejércitos vivían por el orden, la disciplina y la 
sabiduría de su organización; y sólo á estos títulos, que acrisolan el valor per- 
sonal y la abnegación del guerrero, eran debidos los laureles inmarcesibles: 
sólo bajo este titulo «el pueblo romano (exclamaba D. Alvaro) sojuzgó todo 
el mundo» (3;. Encaminada* á este fin, cuyo logro podía conquistar á su 
patria extraordinaria grandeza, todas las fuerzas de sus hijos, sobresalían y 
dominaban, como extremadas vir-tudesla «nobleza del corazón» y la «noble- 
za del ingenio:» D. Alvaro, al poner de relieve esta doctrina , que era esen- 
cialmente española (4), pretendía sin duda justificar en 144G su elevación 
propia y la de sus multiplicadas hechuras. 



(1) Claras é Virtuosas Mugere-f, primera parte, cap. VIH. 

(2) Id., id. cap. V. 

(3) Parte II,' cap. V. 

(4) Siendo base capital de la organización guerrera, que recibe el pueblo de Pelayo, 
donde están constantemente reservados al valor y mérito personal la supremacía de 
las liuestes, y el galardón de la victoria, toma esta fecunda doctrina asiento y repre- 
sentación en todos los cuerpos elementarios del dereclio, elevándose natural y necesa- 
riamente á la consideración de principio general, en el concepto de los legisladores. 
Así sucedió realmente respecto de las Partidas, cuya segunda parte refleja viva é in- 



258 ESTUDIO HISTÓRICO. 

Hé aquí la enseñanza que respecto de las más fundamentales doctrinas 
;íOÍí¿¿m5, profesadas por "el Gran Condestable de Castilla, nos ministra su 
precioso Libro de las Claras é virtuosas mugeres: su entidad moral , su re- 
presentación como hombre de Estado, y su significación personal, cual mi- 
nistro de D. Juan II, cobran mayor luz y se completan , por decirlo así, de 
un modo extraordinario, al examinar sus doctrinas morales. Asunto será 
pues, este trabajo, no acometido todavía ni sospechado siquiera, del siguiente 
artículo. 

José Amador de los Ríos. 
Febrero de 1871. 



mediatamente la orgraiiíaciou y la vida toda cutera del pueblo español hasta m.edia- 
doa del siglo XIII. En la época de T). Alvaro de Luna liabia trascendido á las esferas 
del arte; y Fernán Pérez deGuzman, el infante D. Pedro de Portugal, D. Iñigo López 
deí^Icndoza, etc., no vacilaron eu anteponer, aunque era todos nobles y magnates por 
herencia, la nobleza adquirkla á la heredcula. 



DE RE CULINARIA. 



epístola Á don MARIANO ENRIQUE DE LA BARRERA 



La tarea que Vd. me encomienda, querido amigo, es en eslos momentos 
superior á mis fuerzas, porque á pesar del amor con que he cultivado el ame- 
nísimo trato de los autores latinos, por espacio de muchos años, y de la 
afición que tengo al decaído estudia de la lengua del Lacio y las costum- 
bres délos antiguos romanos, me faltan tiempo y salud para refrescar re- 
cuerdos, revolver libros y sobre todo para escribir sobre la materia, que 
por haber sido objeto más de una vez de nuestras conversaciones, desea 
usted examine con algún detenimiento y cuidado. 

Hónrame en extremo la inmerecida confianza que deposita Vd. en mi, y 
salga lo que saliere, en esta carta procuraré complacerle, apuntando las ideas 
que vayan ocurriéndome ya sobre el sistema de alimentación de los roma- 
nos, ya sobre sus usos y costumbres en lo que concierne á la comida, y ya 
en fm sobre los varones que más se distinguieron por el lujo (pie desplega- 
ron en sus banquetes, por sus conocimientos culinarios y por sus extraor- 
dinarias disipaciones. Allá va, pues, una lluvia de noticias y datos sueltos, 
expuestos sin orden cronológico y sin la pretensión de que no ha de quedar 
mucho por decir, pero si con la seguridad de que cuanto refiera será noto- 
riamente cierto y ha de tener en su apoyo la irreprochable autoridad de los 
escritores más graves, coetáneos la mayor parte de ellos de los hechos que 
intento describir. 

No me parece inútil é impertinente esta advertencia, porque cuando nos 
engolfamos en ciertas averiguaciones históricas, encontramos en las obras de 
aquellos, narraciones y detalles de tal naturaleza, que más que reales y po- 
sitivos parecen fábulas y parto de imaginaciones calenturientas; y ni el cé- 



260 PE RE CULINARIA. 

lebre gourmand Barón de Brize, que tan buenos ratos daba á los lectores de 
la Liberté, insertando diariamente un mc7)u siempre delicioso y variado en 
la tercera plana del periódico de Emilio Girardin, ni el erudito gastrónomo 
Brillat-Savarin, autor de la fisiología del gusto, ni el jesuíta Fabi, ni el más 
opulento Lord inglés podrían acaso comprender en estos nuestros tiempos 
la opulencia, el fausto y la prodigalidad ciue poco á poco fueron introdu- 
ciéndose en la sociedad romana, sobria y frugal antes: César, Cicerón y Vir- 
gilio se libraron del general contagio; poro no tuvieron igual suerte muclios 
emperadores, tribunos, caballeros y poetas, de los cuales unos han dejado 
honrosa memoria de sus preclaros servicios ala república y otros tristísimos 
recuerdos de sus vicios y de sus abominables maldades. 

El arte culinaria fué desconocida entre los romanos en los primeros 
tiempos, y apenas dieron importancia á los placeres de la mesa basta que, 
extendiendo sus conquistas por el mundo, y refinando su gusto, comenzaron 
á imitar lo que veian en otros pueblos, á seguir las huellas de Crecia, á 
crearse nuevas necesidades y á experimentar los deleites de la molicie in- 
compatibles con sus primitivas virtudes; los buenos cocineros, amigo mió, 
son contemporáneos de los fdósofos, de los oradores y de los hijos predi- 
lectos de las musas, con ellos vinieron á la soberbia Roma y tal vez contribu- 
yeron con ellos á la caida de aquel colosal imperio. 

¿Quién no ha oido hablar de los banquetes de Lúculo, de las aberracio- 
nes de Heliogábalo, de los escritos de Apicio, de las riquezas de Craso y de 
los festines de Lucio Cejonio Commodo? La vida de cada uno de ellos mere- 
ce un libro y me ha de perdonar Vd., amigo Barrera, si no les dedico más 
que algunos renglones, que aún siendo pocos temo den á mi carta propor- 
ciones molestas y exageradas. 

Lucinio Lúculo^ uno de los más grandes capitanes y célebre orador ro- 
mano, se distinguió por su valor en la guerra contra Mítridates y por la 
elocuencja en la acusación que fulminó contra el augur Servilio; debiéronle 
Sila y Roma la conquista del Helesponto y de muchas ciudades y provincias, 
y edil, pretor, honrado administrador en África ó cónsul, sirvió siempre á la 
[)atria con nobleza y heroísmo; á estas cualidades, que ningún historiador 
ha puesto en duda, á un talento fecundo y flexible y á las más dulces pren- 
das de carácter, unia el gusto artístico, el amor á las letras y la proverbial 
hberalidad de que fueron digno fruto, la magnífica biblioteca que formó é 
hizo pública, los suntuosos palacios que enriquecieron con cuadros y esta- 
tuas los artistas de más fama, los encantadores jardines de Tiisculurn creados 
á costa de dispendiosos gastos y en los cuales aclimataba las flores y las 
frutas (1) más delicadas; y por último, los banquetes quehan hecho popular 
su nombre y causaron admiración á Pompeyo y Cicerón; en uno de estos 



(1) Entre estas la cereza importada por él de Cesáronte, en el Ponto. 



DE RE CULINARIA. 261 

banquetes servido en la Sala de Apolo, de su explendida morada invirtió 
cincuenta mil sextercios, y refieren sus contemporáneos que tenia diversos 
salones para comer, de modo que la riqueza de cada uno de ellos corres- 
pondía á la riqueza del festin y á la posición social de los convidados. 

La época de Heliogábalo marca el último grado del lujo, del fausto é 
igualmente de la decadencia del imperio romano, de aquel pueblo que des- 
pués de liaber sometido á sus armas y á sus leyes la mayor parte del mundo 
civilizado, vendió la libertad y trocó sus glorias por los juegos del Circo y 
por las prodigalidades de sus principes: Heliogábalo, á quien sus coetáneos 
designaron con el mfamante nombre de Varius, para expresar que le supo- 
nían fruto y engendro de la varia Venus, á que se entregaba su impúdica 
madre, Julia Semia, es la personificación más repugnante de todos los vi- 
cios, impurezas, aberraciones é infamias que produjo la corrupción de cos- 
tumbres, precursora y causa eficiente del desmoronamiento y ruina de 
aquel imperio, corrupción de costumbres que dejó muy atrás las enormida- 
des de las CRidades de Pentápolis, destruidas por el celeste fuego, y que no 
es posible vuelva con su repetición á escandalizar y á afligir á la bumanidad. 

Al consultar, mi buen amigo, los libros que ban llegado basta nuestros 
(lias, los escritos de Lampridio, de Dion Casio, de Aurelio Víctor, de Julio 
Capitolino, etc., creo le liabrá admirado el perfecto refinamiento á que se 
llevó entonces el goce de todos los placeres, el de los menos nobles singu- 
larmente, la excentricidad moral, la relajación de bonrados hábitos que fue- 
ron patrimonio de aquel mismo pueblo en mejores tiempos, la ostentación 
y el lujo; y como no cabe dudar de la veracidad de escritores tan autoriza- 
dos y graves, habrá pensado, como pienso yo, que tamaños desórdenes cor- 
responden á otro desorden en las facultades intelectuales del extravagante 
tirano, resumen viviente de todas las pasiones y maldades ; habrá creido, 
repito, como creo yo, que aquel monstruo padecía esa enfermedad apyrética 
que se llema demencia, único fenómeno que puede explicar tantos y tan 
horribles extravíos, aunque no explique cómo hubo un pueblo que consin- 
tiera y sufriera resignado su depresiva autoridad por espacio de cerca de 
cuatro años. 

Entre sus aficiones, fué tal vez la menos desordenada la que tenia á los 
placeres de la mesa, y sin embargo, no puede calcularse lo que debió gastar 
en los dispendiosos festines con que favorecía á sus cínicos aduladores y á 
los parásitos que le rodeaban, en cuyos banquetes comenzaba regalándoles 
literas magníficas, carros adornados con oro y plata, eunucos, esclavos, 
quadrigas y objetos de todas clases; tenia el singular capricho de comer, ya 
con ocho sordos ó con ocho calvos, ya con otros tantos gibosos, tuertos, ó 
con las personas más obesas que habia en la ciudad, sin que escaseara medio 
ni diligencia para dar realce á las fiestas culinarias; reclinábanse los convi- 
dados en literas de plata maciza, cubiertas con blandos cojines rellenos de 



262 DE RE CULINARIA. 

las finísimas plumas que tienen las perdices debajo del ala y de plumas de 
cisne de la Germania, que eran muy estimadas entonces; cubríase la mesa 
con frutas y flores exóticas mezcladas con esmeraldas, rubíes y granates, y 
con vajillas de oro guarnecidas de preciosas piedras; y entre los manjares 
raros y suculentos alternaban con carnes, aves y pescados, traídos do regio- 
nes y mares remotos, las crestas arrancadas á gallos vivos, lenguas de pavo 
real y de bermosos fenicópteros, sesos de faisanes espolvoreados con perlas 
molidas, tetas de jabalinas y guisantes preparados con granos de oro; caía 
del techo una lluvia de violetas, jacintos , narcisos y hojas de rosa, y según 
Lampridio, alimentaba á los oficíales de su palacio, á los perros y leones 
con las sustancias más peregrinas (1). 

No todos eran deleites para los comensales de Ilelíogábalo, pues aconte- 
cía frecuentemente que cuando se hallaban más á su gusto y entregados á 
á la satisfacción de sus apetitos, á la dulce molicie, á la gula y á 
la lascivia, en que tomaban parte las Lesbias, Mesalínas, Lais, Megílas ú 
otras encantadoras cortesanas de las que Luciano ha retratado en su famoso 
Diálogo, apareciesen y se lanzasen furiosos en la perfumada estancia, previa 
una seña del anfitrión, varios tigres, leones y tal cual oso, que ponía es- 
panto y terror en el ánimo de aquellos que ignoraban estuvieran encadena- 
dos los feroces huéspedes; también le complacía presentar á sus amigos 
viandas contrahechas, imitadas en piedra, cera ó barro cocido, mientras se 
repartían las condimentadas con esmero, entre el imbécil populacho que se 
agitaba gritando debajo de las ventanas de palacio. 

No hay hipérbole que pueda expresar fielmente el aparato, superior á 
toda ponderación, con que se celebraron las bodas del emperador con Julia 
Cornelia Paula, que pertenecía á una de las más ilustres familias de la aris- 
tocracia, ni la imaginación más fértil podría producir nada que se parezca á 
lo que en tan solemne ocasión presenció la decadente Roma, pues sí hemos 
de dar crédito á un severo escritor, llegó á tal extremidad la largueza de He- 
liogábalo, que mandó llenar de exquisito vino el ancho canal que separaba 
en el circo la arena de las gradíis en que tomaban asiento los expectadores, 
por el cual es sabido que corría agua ordinariamente; Juba, á pesar de su 
belleza y de sus timbres, fué repudiada, privándola hasta del titulo de aw^w^/a 
por su marido, que contrajo un nuevo y sacrilego enlace con la vestal Julia 
Aquilina Severa, escándalo sin ejemplo en los fastos romanos, y esta no 



(1) Exihuit palatínis ingente diqyfís extis mullorum referías, et cerebellis phaniicopte- 
rum, et perdicum ovis, et cerebellis tiirdorum, et cajñtibus psittacorum et fasianorum ct 
pavomim. 

Canes jecinoribus anserun j)avit. Miñtet uvas apcimenas in prcesepia equis suis. Et 
psittacvi atque phasianis lewies pavit. {JElii. Lamprid, Hist. Aug. Vit. Heliogab, i>A- 
gina 108, Parisiis, 1620.) 



DE RE CULINARIA. ^3 

tardó en ceder su puesto en el tálamo imperial á Annia Faustina, después 
de sufrir violenta muerte su legítimo esposo el senador Bassus. 

Los nefandos crímenes de Ileliogábalo, de los que no he indicado los 
más groseros y repugnantes, sus desórdenes y disipaciones debían alcanzar 
un fin trágico; Ileliogábalo no podía morir tranquilamente en su lecho, 
ni mucho menos con gloría combatiendo á los enemigos de su patria; 
murió como había vivido, Siciit vita finís ita; terminaron sus días, 
dice Lamprídio, á manos de los pretorianos, in lairina ad quam confugeral 
occiossus. 

El nombre de Apicio es celebérrimo en los anales del arte culinaria; le 
llevaron tres varones romanos versadísimos en los secretos de aquella; el 
primero, del cual ríos habla Atheneo, se hizo notable por su intemperancia: 
el segundo, Marco Gabio Apicio, inventó diversas preparaciones y salsas, 
que s^ llamaron apicianas, elevó á grande altura los conocimientos gastro- 
nómicos y empleó cuantiosas sumas en trasportar á Roma desde remotísi- 
mas tierras los manjares más delicados; hablan de él Apion el Gramático, 
Séneca, Dion Casio y nuestro compatriota Marcial; el tercero escribió un 
libro titulado «Deopsoniis el condimeniis, siveiJe re culinaria, libri decem,» 
que no es más que una colección de recetas de cocina; poseo un ejemplar 
de esta obra curiosa, que descubrió Enoch Ascoli en 1454; pero no he lo- 
grado ver ninguno de la edición prince¡)s que lleva la data de 1498. De 
este Apicio dan noticia Atheneo y Suidas por el hecho de haber enviado al 
emperador Trajano durante la guerra de los Partlios, ostras conservadas por 
medio de un procedimiento de su invención, y cuéntase de él que pasaba 
aargas temporadas en Minturno disfrutando los deliciosos langostines de 
aquella costa, por cuyo marisco debía sentir especial preddeccion, porque 
no sólo iiacia esto, sino que habiendo oido que se pescaban otros de mejor 
sabor en Lybia, dispuso probarlos, y emprendió el viaje sin perder momento 
y sin llevar más que aquel objeto como término de su expedición; los pes- 
cadores de este país que supieron que venia Apicio, no se descuidaron en sa- 
hr al encuentro de la nave que le conducía y en presentarle los mejores ma- 
riscos de la citada especie; mas habiéndole parecido que su calidad no corres- 
pondía alas noticias llevadas por la vocinglera fama, volvió inmediatamente, 
y sin desembarcar, á Minturno; es decir, mi querido amigo, que á un libro de 
cocina, á unas ostras y á unos langostines debe Apicio su celebridad y laín- 
mortahdad de su nombre; también en épocas que no distan siglos de la 
nuestra, se han hecho memorables ilustres personajes por la musa culi- 
naria: ahí tiene Vd. á la más grande de las soberanas de la Gran-Bretaña, 
á Ana de Inglaterra, cuyo reinado goza el renombre de verdadero siglo de 
Augusto [true awjuslan age), que fué devotísima de los placeres de la mesa, 
y aún se distinguen en su país muchos platos con el calificativo de aflm 
quea's Aun fashion, de modo que no sólo dejó fama imperecedera por su 



264 DE RE CULINARIA. 

glorioso gobierno y buena administración, por la conquista de Gibraltar y la 
anexión de Escocia á Inglaterra, sino por su sabiduría culinaria. 

Justo me parece recordar otros insignes varones que apuraron todos los 
goces y comodidades que ofrecía la cultura romana en el alto grado de ex- 
piendorosa riqueza y elegante civilización á que aquella liabia llegado aún 
antes de lamina de Cartago y de su esforzado capitán Annibal: el eminente 
jurisconsulto Craso poseia en el monte Palatino una morada soberbia, en 
la que se admiraban las más ricas columnas de mármol de Hymeta, vasos 
primorosos y cuantas maravillas puede el arte crear; alli babia hecho cons- 
truir vastos viveros para los pescados, entre los que tenia un número fabu- 
loso de murenas, que eran los más estimados entre los romanos, y á cuya 
conservación y reproducción sacrificaban cuantiosas sumas, llegando su locura 
basta el grado de adornarlas con vistosas alhajas; de Polion se cuenta que 
alimentaba sus murenas con los esclavos que las arrojaba para su cebo. 

Son verdaderamente interesantes las noticias que encontramos en los 
escritores antiguos, y sobre todos en Varron, acerca de los viveros de agua 
dulce y de agua salada en que los romanos conservaban con prolijo esmero 
sus pescados, noticias que hoy nos parecerían increíbles si no respondiese 
de su exactitud el testimonio de autores que no incurrieron en ligerezas, ni 
hablan de oidas, sino que describen lo que vieron y acontecía en su tiempo: 
es necesario tener en cuenta la acumulación de riquezas en pocas manos, 
la extraordinaria concentración de medios de fortuna en ciertas familias 
privilegiadas, lo cual conslituia el estado social de aquel pueblo de esclavos 
y de mendigos, en el que los ricos poseían rentas de ocho y diez millones de 
reales, y la infeliz plebe, los no exceptuados, apagaban el hambre con el 
trigo que la administración pública repartía gratis ó á precios ínfimos dia- 
riamente; es necesario no perder de vista ese estado social, esa desigualdad 
de condiciones, para comprender que Ilirrio aplicase doce millones de sex- 
tercios (doce millones de reales próximamente) á la aUmentacion de sus 
pescados, de los cuales llegó á reunir tantos, que en cierta ocasión dio á 
César nada menos que seis mil murenas; se necesita pesar aquellos datos 
para creer que el famoso orador Q. Ilortensio poseyese en Baulos varias de 
estas suntuosas piscinas, en cuya construcción gastó sumas de la mayor 
consideración, y en cuyo entretenimiento y repoblación empleaba muchos 
esclavos y pescadores, encargados estos de hacerle remesas de pececillos 
para cebar sus pescados, de cuya salud no se ocupaba menos que de la de 
sus esclavos; se necesita, en fin, un gran esfuerzo de imaginación para apre- 
ciar lo que serian los viveros de Marco Lúcido, hermano del vencedor de 
Mitrídates, que consumió la mayor parte de su fortuna en hacer y poblar las 
monumentales piscinas de agua salada, preparadas con tal arte, que se re- 
novaba el agua del mar dos veces al dia, pues estaban dispuestas de suerte 
que alcanzaba hasta ellas la marea. 



DE RE CULINARIA. 265 

Ha llegado también hasta nosotros el nombre de Lucio Cejonio Commo- 
do Vero, que vivió en el siglo ix de Roma; fué conocido por su sibaritismo 
y porque se le atribuye la invención de algunos platos ó condimentos lla- 
mados tetrapharmacos aderezados con huevas de trucha, carne de faisán, de 
pavo real y de jabalí. 

El célebre actor Esopo, que floreció por el año 670 de la ciudad, era 
tan expléndido como el más ilustre ciudadano, y de él se cuenta que hizo 
servir en una comida un plato de aves tan raras, que cada una valia cin- 
cuenta talentos, y su hijo obsequiaba á los amigos que honraban su mesa 
con deliciosos vinos mezclados con perlas disueltas. 

Yerres, célebre no sólo por sus enormes depredaciones en Sicilia, sino 
también por la magnifica acusación que contra él lanzó el principe de los 
oradores, Cicerón, en dos discursos (in Verrem actio prima et actio secun- 
da), tenia siempre en Roma, y en sus palacios de los alrededores, treinta 
mesas suntuosamente preparadas con primososas vagillas de oro, en cuya 
ejecución trabajaron por espacio de ocho meses los mejores plateros, cin- 
celadores, escultores y grabadores, niagnam liominum multitudinem, y com- 
petían con ellas ricos bronces, pieles de inestimable valor, tapices, telas de 
púrpura, bordados y cuanto la industria es capaz de producir. 

El triumviro Marco Antonio debió á su amor á los placeres y particu- 
larmente á los gastronómicos, la amistad con que le distinguió César, que 
hablando de él decia, (^^no temo á estas gentes que no se ocupan más que de 
sus deleites, sus manos vecojen Jlores y no aguzan puñales. y> Parece que 
Marco Antonio mostró su agradecimiento á un cocinero que le habia sor- 
prendido con una cena suculenta regalándole una villa, rasgo de generosi- 
dad propio del hombre que según cuentan los historiadores, podia saciar 
perfectamente el apetito de mil personas con las provisiones que se hacian 
para cualquiera de sus banquetes. 

Claudio Domicio Aurelio, que es uno de los emperadores que goberna- 
ron con más cordura y prudencia, Plinio el joven y otros mil y mil varo- 
nes que estimo no debo ya citar, porque no tendrían fin estos apuntes 
biográficos si hubiera de hacer mención de todos ellos, fueron excelentes 
gastrónomos; PUnio el joven merece que los españoles que cultivan la cien- 
cia de Apicio y de Brillat-Savarin le agradezcan su preferente inclinación á 
las aceitunas sevillanas y á los bailes de la poética Andalucía, de lo que nos 
ha dejado un elocuentísimo testimonio en su epístola XV del lib. I, dirigida 
á Septicio Claro (1). 



(1) Parata erant lactucce singuloe, cochleoe temoe, ova bina, alica, cuín mulsó et nive 
(nam hanc quoque computahis, immo hanc in primis, quca perit inferculo), olivce Bceti- 
cae, cucurhitce, bulbi, alia mille non ^ minus lauta; Audiesses comaedum, vel lectorem, 
vel, lyristen, vel, quoe mea liberalitas, ommes. At tua wd nescio quem, ostrea, vulvas, 
echinos, gaditanas, Tualuisíi, 

TOMO XIX. 18 



266 DE RE CLLINAUIA. 

Nada he aventurado al llamar ciencia á la que fué arte culinaria y en la 
que tan fecundos progresos hicieron los romanos, pues la gastronomía ha 
conquistado ya los honores de que gozan las ciencias y es una de las más im- 
portantes entre las que pueden ser ohjeto délas especulaciones del humano 
entendimiento, como que tiene por fin dirigir las funciones del organismo 
del hombre y cuanto se relaciona activa y directamente con la vida por me- 
dio de la alimentación; las consecuencias de esta, la digestión, la obesidad, 
la delgadez, los sueños, los efectos de la gula, los del ayuno y tantas otras 
cosas no menos trascendentales é interesantes caen de lleno dentro de la 
jurisdicción de esta ciencia, y por lo mismo el verdadero gastrónomo debe 
poseer una instrucción variada y profunda; yo no me atrevería á dar aquel 
nombre al que no esté versado en la historia natural para clasificar juiciosa 
y discretamente las sustancias ahmenticias que cria la próbida naturaleza; 
en la física para examinar sus elementos componentes y sus cualidades, en 
la química para analizarlas y descomponerlas, en el comercio y economía 
política y en otras no pocas materias que el buen sentido nos dice que son 
sus auxiliares; pero sobretodo el gastrónomo debe estar dotado de un gran 
instinto crítico que le evite cometer errores graves y le sirva por el contrario 
de guia para apreciar la sazón que requiere cada uno de los alimentos, cuá- 
les deben consumirse en la primera edad, cuáles en todo su desarrollo físi- 
co y cuáles como el faisán y las chochas cuando comienzan á descompo- 
nerse. El alimento lo componen las sustancias fungiblcs que, sometidas á la 
acción del estómago, pueden asimilarse al organismo animal y reparar las 
pérdidas que experimenta el cuerpo por los diversos movimientos de su ac- 
tividad, por las funciones de la vida; esta definición basta para conocer y 
apreciar en su justo valor la importancia de la ciencia culinaria. 

Se ha dicho, no sé por quién y tal vez con razón, que los españoles 
se alimentan pero no comen; en efecto, nuestra característica flugalidad nos 
aleja de la ciencia que tanto brilla en otras partes y más que en ninguna 
en Francia y en Inglaterra, donde ha llegado al último grado de desenvol- 
vimiento y perfección; sin embargo, algo vamos aprendiendo y ya no es 
raro encontrar en nuestro país quien sepa hacer un menú ajustado alas 
reglas científicas que rigen en la materia y dirigir con acierto una comida. 
Como en las artes imitativas nada tenemos que envidiar ni á las razas de 
los cuadrumanos más listos, empezamos á tomar de otros pueblos de Eu- 
ropa, y tal vez á exagerarla, la costumbre ae tratar en banquetes frecuentes 
los negocios de todas clases, particularmente los políticos; por fortuna 
todavía se distinguen por su modestia y no alcanzan la fama que disfrutan 
los del virey de Irlanda, por ejemplo, ó los del lord corregidor de Londres, 
ni han dado los resultados prácticos que obtuvieron los que en Francia sir- 
vieron de pretexto en 1848 á Odilon Barrot para defender el derecho de 
reunión y precedieron al radical movimiento revolucionario de 24 de Fe- 



DE RE CULINARIA. 267 

brero que expulsó del trono á la rama segunda de los Borbones; pero todo 
es empezar y ya completarán el sistema nuestros gastrónomos políticos. 

Mas dejando á un lado digresiones, que me llevarían muy lejos, volva- 
mos de nuevo la vista al método de alimentación que usaban los romanos en 
el apogeo de la civilización de aquel] imperio. 

Así como los griegos hacían diariariamente tres comidas llamadas acra- 
iismos, arist()n,y dorpos, los romanos tenían el jentaculum, el prandium y 
la ccena que era la principal, y alguna vez interpolaban el commesaíio con 
las dos últimas: bañábanse antes de irá la mesa y dejando el traje ordinario 
vestían el denominado synthesis; en los banquetes de aparato se coronaban 
con guirnaldas y flores^ cuyo cultivo estaba muy adelantado. 

No conocieron el uso del ajenjo, del byter, del vermouth, ni de ninguno 
de los estimulantes que ahora empleamos para despertar el apetito, pero se 
preparaban con cigarras y otros animalejos que há muchos años viven en 
paz y sin peligro de hallar sepultura en el estómago de los glotones; por 
supuesto que estos insectos poseían cualidades no menos incitantes que las 
que desarrollan nuestros gratos apetitivos. 

Su cocina era más rica, abundante y variada en manjares que la nuestra; 
no sólo formaban parte de ella casi ; todos los que nosotros consumimos, 
aunque los aderezaban de diferente manera y con otros codimentos que los 
que emplean los cocineros modernos, sino que devoraban mil producciones 
del reino vegetal y del animal, que después quedaron desterradas de las 
mesas de todas las naciones, como los papagayos, los avestruces y los liro- 
nes, y las sazonaban con salsas en que entraba el asafétida, el zumaque y 
otros ingredientes á cual más estraños. 

Comian tordos, hortolanos y codornices cebados cuidadosamente con 
bolillas amasadas con harina de diferentes semillas, y guardaban las aves, 
sin luz, en grandes pajareras por las que corria un arroyo para que se ba- 
ñaran y bebiesen, y las mataban en otro departamento, evitando que sus 
compañeros de prisión presenciasen el cruento sacrificio. Aunque no gus- 
taron la suculenta carne del pavo común, pues no fué importado en Europa 
hasta fines del siglo xvii, que lo trajeron los jesuítas de la América Septen- 
trional, abundaba en los festines el pavo real, alimentado con cebada, el 
cual, según Plinio, tampoco vino á Italia hasta la guerra con los piratas y 
añade que se velan bandadas salvajes de aquellas aves en la isla de Samos y 
en la de Planasia; se atribuye al orador Hortensio la gloria de haber sido 
el primero que las hizo servir en un convite dado en honor del colegio de 
los augures. 

También abundaban en sus comidas los pichones y las palomas tor- 
caces, zoritas y domesticadas, columba livia, columba paliimbiiis; tenian la 
crueldad de romperles las piernas cuando eran muy pequeños, y los deja- 
ban en el nido de sus palomares procurando que la madre tuviera comida 



268 DE RE CULINARIA. 

con exceso para sí y para llevar á sus pequeñuelos, con cuyo procedimiento 
engordaban mucho y alcanzaban tales precios, que el caballero L. Axio 
lio quiso vender en dos mil sextercios un par de ellos. Presentaban con 
igual profusión á sus comensales, tórtolas, pintadas, ruiseñores, cabritos de 
Ambrasia, gallinas de Guinea^ caracoles de varias clases, grullas, rodaba- 
llos, lampreas, lobos marinos, ánades, zarcetas, patos, perdices de mar, 
liebres, conejos, javalíes, ciervos, corzos, lirones, palmípedos como el bosci 
del Columela y el qucrqucilida de Varron etc., etc. 

Entre las pintadas (numida meleagris) indica ya Columela dos especies, 
la gallina africana y la meleagris; y de sus palabras se colije que era estima- 
dísima este ave, que desapareció de Europa durante toda la Edad Media, y 
fué de nuevo aclimatada aquí, cuando los europeos comenzaron á explorar 
la costa occidental de África, en sus viajes á la India por el cabo de Buena- 
Esperanza; la cebadura del pato y de otros anfibios se hacia por el piismo 
método que se sigue ahora en las comarcas en que con más esmero é in- 
teligencia se dedican á esta lucrativa especulación, y sabían engordar el 
hígado de los mismos haciendo que aquella viscera se desarrollase y tomase 
gran volumen, ni más ni menos que se practica en nuestros dias para re- 
galo de los gourmands y de los apasionados por el paté de foie gras. Sin 
duda se daba á la operación una ímportacia suprema, porque escritores 
tan sesudos como Plinío discuten sobre si fué Scipion Mételo el inventor 
del procedimiento para engordar el hígado de los patos, ó Marco Seyo el 
que enriqueció la ciencia culinaria con tan trascendental adelanto; y Marcial 
dicelo siguiente: Aspicc quam tumeat magno jécur anscre maius. 

No se solicitaban menos las perdices pintadas, que son indudablemente 
nuestras perdices rojas ó de las Azores, el faisán y las grullas, de que hablan 
Horacio (1) y Plutarco (2). Apicio ha escrito sobre la manera de guisarlas. 

Los romanos opulentos tenían su leporarium que era un terreno cer- 
cado con buenos muros, inmediato á sus grandiosas posesiones campestres 
y mañosamente dispuesto, en el que, como su nombre indica, criaban 
liebres en los primeros siglos de la República, y andando el tiempo todo 
género de caza; conejos, jabalíes, ciervos, corzos y carneros salvajes; tres 
especies de liebres solían reunir en estos parques, la vermeja de Italia, la 
común de España y la blanca de los Alpes. 

Dice Varron que la educación y multiplicación de los caracoles no es 
tan sencilla como generalmente se cree, y da diversas reglas para el cuidado 
de estos moluscos; nadie rechaza en Francia un buen plato de escargots de 
Bretagne; en España apenas toleran este sabroso alimento, más que las 
personas de ínfima condición ó el pueblo de las grandes ciudades, pero en 



(1) Serm. II, VIII, v. 86. 

(2) De usu carnium, disp. lí» 



DE RE CULINARIA. 269 

Roma, los caracoles constituian un plato delicado y les dedicaban parques 
y pastos especiales; los más codiciados eran los muy pequeños y blancos 
de Rieti, los grandes de Iliria y los medianos de África: Varron nos ha con- 
servado el nombre de Julio Hirpino, que fué el primero que estableció par- 
ques para la explotación de los referidos moluscos en sus propiedades de 
Tarquinia, poco tiempo antes de la guerra civil de César y Pom[eyo: con 
igual afán cebaban los lirones con bellotas, nueces y castañas, teniéndoles 
encerrados en la oscuridad de vasos voluminosos hechos de barro cocido 
para esta ingeniosa función. 

Todas las regiones del mundo conocido contribuían con sus productos 
comestibles al abastecimiento de la dispensa romana: España la proveía de 
jamones, carneros, conejos, aceitunas y vino; Grecia enviaba sus faisanes; 
Asia los pavos reales; África las gallinazas y las trufas; aunque no llegaron 
á conocer las de Perigord y las provenzales, que todos saben son las mejo- 
res y que en el mismo Paris se consideraban raras hace 78 ú 80 años, reci- 
bían este precioso tubérculo de diversas provincias de África, y las más 
aromáticas de Lybia (1). 

Para las carnes y los pescados confeccionaban salsas equivalentes á las 
que, como la de Worcestershire y la de anchoas, se ven en nuestras mesas; 
ya el garum que no sé de qué se componía, ya la miiria que se obtenía del 
atún y otras muchas muy estimulantes. 

Como es natural que sucediese, el ramo de vinos correspondía y estaba 
en perfecta armonía con la abundancia y lujo de los manjares, y la industria 
vinícola nada dejaba que desear; los vinos de Piceno, de la Sabina, de Fa- 
lerno, de Sarrento y de Aminea, el hidromel de Frigia, el oximel, el aigleu- 
cos de los griegos y otros en infinito número acompañados de la espumosa 
cerveza que ellos llamaban cerevisia, y que según Floro la extraían del trigo, 
completaban los deleites de aquellos fantásticos banquetes, en los que solían 
ponerse hasta veinte servicios y era elegantísimo y de buen tono, como ahora 
decimos, procurar vomitar entre uno y otro y continuar comiendo con noble 
ardimiento. Construían hábilmente las bodegas (2); conservábanlos vinos en 
toneles, que llamabanrfoíiM?)^, ó en basijas de barro como nuestras toboseñas 
tinajas [nihil novumsuh solem), y los clasificaban con escrupulosa concien- 
cia por edades, calidad y procedencias rotulando las ánforas que contenían 
los que eran dignos de tamaño honor, y si bien desconocieron el alcohol ni 
los aparatos destilatorios, que han producido una verdadera revolución en 
las artes, en el comercio y en la industria, daban fuerza y perfume á sus 
vinos con la infusión de flores y aromas, hasta el punto de fabricar líqui- 
dos ardientes y espirituosos, ó dulces como la ambrosía. 



(1) Libidhüs alimenta 2}cr oninla qiuvntnt — Juvenal, 

(2) Pliuio (la curiosas uoticias sobre esto. 



270 DE RE CULINARIA. 

Se ha dicho por varios escritores que los romanos no hicieron uso del 
azúcar como dulcificante de sus manjares y de sus licores, error crasísimo 
que conviene desvanecer; es cierto que no habiendo alcanzado esta sustan- 
cia del Nuevo Mundo, descubierto tantos siglos después de haber desapa- 
recido el imperio romano, la reemplazaban ordinariamente con miel, como 
sucedía en toda Europa hasta hace cien años, que empezó á generalizarse el 
consumo de este dulce, que apenas se encontraba más que en las boticas; 
pero es igualmente exacto que acertaron á extraer azúcar de algunas plantas, 
como se ve por las palabras de Lucano. «.Quidque bihunt teñera dulces ab 
arujidim suecos, » y que la importaron de Arabia y de otros puntos donde 
según Plinio se producía in arnndibus coltecta. 

En cuanto á las frutas, creo inútil decir que nada perdonaron para lograr 
cuanto la rica naturaleza y el fértil suelo de Italia pueden dar de sí; con 
estos hábitos de lujo y con una agricultura que sacrificaba las más feraces 
tierras al cultivo délas flores que perfumaban ios mejores palacios ^'villas 
del mundo, y de las frutas más codiciadas, no es de extrañar que abunda- 
sen como abundaban en los magníficos jardines, además de las conocidas 
de muy antiguo, como las manzanas, peras, higos, etc., aquellas que la in- 
dustria se complacía en aclimatar, trayéndolas de todas partes, la frambuesa 
del monte Ida, los abridores de Persía, los albaricoques de Armenia, los 
membrillos de Cydou y tantas otras que seria prolijo enumerar. 

Tampoco descuidaron la fabricación de los quesos con leche de oveja, 
de vaca y de cabra; para cuajarla empleaban comunmente los líquidos con- 
tenidos en el estómago de los terneros, y Varron asegura que el mejor coa- 
guhun consiste en los líquidos contenidos en el estómago de las liebres, de 
los cabritillos y de los corderos: usaban para salar los quesos la sal fósil con 
preferencia á la de mar; y por los elogios que les consagran los que debían 
saber apreciarlos, hay que creer que eran excelentes y podrían sostener 
airosamente la competencia con los afamados Stillon, gruyere, sept-mowcel, 
brie, chester y roquefort. 

En los buenos tiempos de la república comían sentados, mas poco á poco 
fué introduciéndose la costumbre ateniense de comer reclinados, ó me^"or 
dicho, acostados sobre el lado izquierdo en unas hieras á modo de banque- 
tas, en lasque apoyaban el codo, dejando descansar la cabeza sobre la 
mano y quedando Hbre la derecha para tomar los alimentos con los dedos, 
con el cuchillo ó con la cuchara; porque, á pesar de tanto refinamiento, aún 
no se había introducido el uso del tenedor; cada uno de estos escaños ó lec- 
tisternium, servia casi siempre para tres personas, no del mismo sexo; tar'dó 
poco en generahzarse el uso del nuevo mueble, y así como se habia desar- 
rollado un gran lujo en las vajillas, así también se emplearon en la cons- 
trucción del lectisternium maderas peregrinas, metales ricos cuajados de 
piedras preciosas, pieles, cojines y tapices .magníficos; así y todo, se me 



DE RE CULINARIA. 271 

figura que sólo la costumbre podría conseguir que se encontrara comodidad 
en la casi horizontal postura. 

Grande era el número de los criados dedicados á servir la mesa, el 
sli'uctor hacia las veces de nuestros mayordomos y dirigía á los demás cu- 
bicularios y esclavos; el captor trinchaba, unos llenaban las copas escan- 
ciando en las mayores los vinos de primera calidad, y otros ahuyentaban 
las moscas ó renovaban y resfrescaban el aire con grandes abanicos. No 
llamaba la atención que si un esclavo se descuidaba en el desempeño de 
su obligación, purgase la falta con trescientos latigazos. 

Para que nada faltase en aquellos mágicos festines, en alguno de los 
cuales se exhibió un plato en el que entraron los sesos de quinientos aves- 
truces y otro compuesto con las lenguas de cien mil papagayos, mirlos y 
ruiseñores, amenizábanlos las armenias de la música, la voluptuosa danza, 
los degradados bufones^ los hercúleos gladiadores y alguna vez muy rara 
por desgracia, la instructiva lectura. 

¿No es verdad, mi querido amigo, que con tales elementos, y con la li- 
beralidad que se introdujo en la costumbre de los romanos, nos es impo- 
sible á los hombres del siglo xix, no ya competir con los ohgarcas de la 
ciudad, reina del mundo, en lujo, en artes y en fausto, sino que ni apenas 
concebir lo que entre ellos era común, ordinario y frecuente? ¿No es ver- 
dad que todo lo que voy apuntando á la lijera en esta carta parecería una 
fábula oriental, un cuento de las Mil y Una Noches, si no estuviera auto- 
rizado con el testimonio de los autores más circunspectos, clásicos y sin 
tacha de exageración en sus graves narraciones? Compare Vd., amigo mió, 
compare la más explendida de nuestras fiestas con las que se celebran en 
Roma desde que cayeron en desuso las leyes licinianas y comenzaron á 
labrarse las grandes fortunas, y las costumbres perdieron su primitiva sen- 
cillez para arrojarse en el hondo precipicio de la disipación y del exhube- 
rante lujo que tímidamente he descrito; compare, repito, aquella civiliza- 
ción con la nuestra, y no tema deducir las consecuencias de semejante pa- 
ralelo» pues no han de redundar en menosprecio de la última. 

No envidiemos la de aquel pueblo decrépito y corrompido, á cuyas 
puertas llamaba otro de bárbaros que carecía de sus vicios, de su atildada 
cultura y de sus pasiones; no envidiemos tampoco la de este que también 
poseia riquezas fabulosas y tesoros que contenían alhajas como el célebre 
missorium, que era un plato de oro de quinientas libras de peso, primoro- 
samente cincelado (1), y la famosa mesa formada de una sola esmeralda 
con tres filas de perlas y sostenida en sesenta y cinco pies de oro cubiertos 



(1) ín kujus heneficü repenss'miem missorum aurem nóbÜmmum ex thesaurls Ooto- 
rum... Dagoherto clare promisit, pensantem miri pondus qiúngentos. Fredeg. Chron. 
cap. LXXIII. 



272 DE RE CULINARIA. 

de piedras; que si los despojos del imperio pasaron á los bárbaros del 
Norte y la Roma de los Césares fué su presa, y el Capitolio, cuartel de los 
soldados de Genserico, del polvo que levantaban tantas ruinas y de los tor- 
bellinos de humo que producían tantos incendios, salió una civilización 
menos fastuosa, pero más pura, más noble y generosa, más digna de los 
santos y eternos destinos de la humanidad. 

Román Goicoerrotea. 
Madrid 25 de Febrero de 1871. 



¿ESTABA LOCO?... 



TRADUOOION I>E FlAYiVtOND STHA.!». 



(Para ver bien hay que cerrar loa ojos. ) 



— Y eso ¿se puede hacer? 

— Pues ¿no crees en los espíritus? 

— ¿Y qué tienen que ver estos con lo que tú me dices? 

— Vamos, ¡no seas tonto! Tú que puedes evocar á Julio César para que 
te diga sandeces, á Felipe II de España para escucharle heregias , á Juana 
de Arco para oirle decir que nunca fué la Pucelle de Orleans, y todolo crees 
á pies juntillos; ¿te negarás á las evidencias mecánico-animales? 

— Pero, si lo que tú me cuentas fuera exacto, quien poseyera el secreto 
¡seria dueño del mundo! 

— O un pohre mendigo, como yo. 

— Sea verdad ó mentira, yo quiero ver si todo eso es posible. 

— Bien; pero tienes que resignarte á morir, mejor dicho, á vivir, sin tú 
saberlo, durante medio año. Por si acaso sucumbes en la experiencia... 

— ¿A eso me espongo? 

— No: mi tratamiento es seguro; pero durante él puedes morir de 
muerte natural. Aunque insensible al mundo exterior por consecuencia de 
mis artes, pueden tus dias estar contados para dentro de ese término y 
morir. La experiencia no puede realizarse más que sobre un ser viviente. 

— Bueno, pues explícame tu teoría . 

— Oye. Alma no hay, en el sentido que para todos expresa la palabra. No 
hay más que fuerzas desenvueltas, dentro de medios puramente materiales. 



274 ¿ESTABA LOCO? 

Esta idea, que prueba el inmenso genio de nuestro Newton, y que él vio 
en grande escala, es toda la base de mi teoría, aplicada á cosas pequeñas. 
Las fuerzas que regulan el movimiento general de los astros, perfecto y to- 
tal, son asimismo las que dan forma á los cuerpos, basta el punto que la 
hipótesis molecular, sin esta explicación, seria el mayor de los absurdos. 
¿Qué son las reacciones químicas? ¿Qué las cristalizaciones? Fenómenos de 
fuerzas que se verifican en un momento dado, y de las que el hombre úni- 
camente ve los efectos. La química ha llegado á adivinar qué cuerpos ori- 
ginan ciertas fuerzas, puestos al contacto con otros, y de ahí las reacciones; 
pero ignora por completo el por qué de estas reglas empíricas. Tú sabes 
que el ácido nítrico da lugar á un nitrato siempre que ataque á un metal 
puro, y que el nuevo producto, á su vez, da un precipitado blanco al mez- 
clarse á su cloruro, y esto luego te sirve para hallar el metal ó el cloro donde 
se encuentre. Ahora bien; con las cosas que las gmles llaman espirituales, 
pasa exactamente lo mismo; pero hasta el presente, los filósofos, como los 
antiguos alquimistas, girando dentro de un mundo ignorado, ó distraídos 
con la idea de otra piedra filosofal, ó séase el alma, no han notado su error 
ni aprovechádose de sus experimentos para llegar á la síntesis , bien pri- 
mordial, de toda ciencia analítica. 

— Es decir, que para tí pueden existir una física y una química comple- 
tamente nuevas; la de los espíritus. 

— Mientras pronuncies esa palabra girarás en un círculo vicioso y no me 
entenderás nunca. No hay espíritus. Sólo existen materias que en casos 
dados originan ciertos fenómenos. Si yo tuviera como con la electricidad^ 
los medios de desarrollar en un punto dado del espacio la fuerza ó las fuer- 
zas productoras de un mundo, indudablemente que lo edificaría. ¿A qué 
obedece si no la generación de los seres espontáneos? ¿Y crees tú que la 
escala animal, mineral ó vegetal puede ser sorprendida con la aparición 
brusca de un ser de la misma especie, sin que esto no pueda hacerse des- 
pués con todo lo que nos rodea? 

— No te comprendo. 

— Me explicaré más claro. Inspecciona la escala animal, desde el molusco 
al hombre, con la misma paciencia que Cuvier. Cualquiera que sea el géne- 
ro, la familia ó la especie, los verás continuarse físicamente unos á otros, por 
más que entre sí no tengan relaciones de comunidad, de instintos ó de pro- 
creación. Hasta llegar al esqueleto humano, va la armazón de todos los 
vivientes variando de forma, de volumen, y de usos, pero conteniendo los 
mismos caracteres. Empezada la fuerza del vivir, continúa desarrollándose 
en la materia, y del cuadrúpedo pasa al cuadrumano, de éste al hombre, y 
al mismo tiempo que la materia se perfecciona, vase perfeccionando el pun- 
to á que se dirigen los huesos, músculos, las entrañas y los nervios. ¿Y 
cuándo ves el espíritu ó el alma en su asombrosa explosión? Cuando ya la 



TRADUCCIÓN DE RAYMOND STRAP. 275 

materia lo permite, cuando sus fuerzas combinándose y perfeccionándose, 
vuelven amor lo que era lujuria, economía lo que fué rapiña, amistad 
y fraternidad lo que sólo instinto y ceguedad de [especies liabia venido 
siendo. Pero, así como á caza de la piedra filosofal, crearon los alquimistas 
la química moderna, así los filósofos, al correr tras del alma, han encontra- 
do ya algunos elementos, de que yo me he aprovechado, para conseguir 
lo que tanto te asombra y saber deseas. Además, hoy no se sabe dónde 
empiezan ni dónde acaban los reinos de la naturaleza. La esponja y el coral 
llevan en sí la sospecha de los vegetales y minerales como la cola de los 
cometas el porvenir de nuevos mundos. Todo es vario y todo es uno. Todo 
se separa y todo está atado en la naturaleza. Sobre la materia, y obedecien- 
do á múltiples polos magnéticos, las fuerzas de la creación ejercen su influ- 
jo. ¡Desviarlas, dirigirlas, sorprenderlas, ese es el porvenir, esa es la gloria, 
esa será la eternidad! . . . 

— ¡Me asustas, hombre, me asustas! 

— ¡Eso será cumplirse la promesa de los santos libros, de todas las reli- 
giones. Entonces al mortal, es decir, al ignorante, le será permitido con- 
templar cara á cara la majestad divina, ó lo que es lo mismo, la fuerza de 
las fuerzas, el centro de lo infinito, y allí, en ese lugar estable y perpe- 
tuamente fijo, podrá el hombre ser todopoderoso, eterno, infahble, como 
esa idea santa, que en su pecho abriga, de una cosa dotada de todas estas 
cuahdades. 

— ¡Vamos, tú estás loco!! 

— Eso, eso mismo he creído durante mucho tiempo; pero ¡oye! Ya tengo 
la seguridad de que mi juicio está sano; porque puedo volver locos á los 
demás... ¿Quieres ver mi cfinica? Allí verás séres'fehces, que obedecen á 
una fuerza sola. La máquina que forma su materia dirige todas sus fuerzas 
hacia el punto objetivo que ellos deseaban. El que quería amor, no tiene 
más que amor; el que oro, oro; el que gloria, gloría, ¡Oh! Si yo pudiera 
encontrar las fuerzas que forman la materia; hombre, cuan pronto y cuan 
fácilmente modelaría yo su alma! Sin embargo, cuando tenga un hijo... 
quién sabe... quién sabe. 

Pero no. Yo no hago más que analizar lo que nadie ha analizado. Otro 
se encargará de la síntesis. Cuando se construyan los metales simples por 
medio de corrientes de fuerzas, entonces quizá podrá hacerse la materia. 
Ahora sólo me limito á observarla. En mi poder no está el aumentar las 
perfecciones de cualquier ser naciente, pero sí disminuirlas. Por ejemplo. 
Yo no puedo dar al cuadrumano las facultades del hombre; pero sí puedo, 
en la materia hombre, suprimir ó paralizar los nervios productores de sus 
fuerzas respectivas, y dejarle solos aquellos que funcionaron en el cuadru- 
mano. Estoy en el período del mal, y ya tú sabes que este es el principio del 
bien. Anda... ven á mi clínica. 



276 ¿ESTABA LOCO? 

Pero hasta ahora no he dicho al lector quién era este personaje tan ex- 
traño. Llamábase Leather, y fuimos juntos á Oxford, donde él siguió la 
carrera de medicina y yo la de leyes, cuando aún nuestros padres tenian 
poca seguridad en los catedráticos de Boston, mejores, y en esto no me 
ciega el patriotismo, que los que á mi me enseñaron, ó más adecuados, por 
lo menos, á la sociedad en que han de ser hombres prácticos sus discípulos. 
Leather estudió después en Alemania, y yo no habia vuelto á saber de él 
hasta hace tres dias, encontrándolo en el Tatersallo de New- York, donde se 
hallaba pujando un magnifico potro del Canadá, estampa, según él, del or- 
gullo, y á propósito para sus experiencias. 

Desde aquel dia no se separó de mí, gracias al brandy que consumi- 
mos; y como, según me dijo él, hallábase por casualidad en New- York, 
mandó poner una cama en mi mismo cuarto y se hizo mi compañero, que 
quise, que no quise, abusando soberbiamente de mi debilidad por las bebi- 
das espirituosas, única cualidad que yo tenia de común con Edgard Poe, á 
pesar de figurárseme aventajarle en muchas. Era mi amigo alto, como un 
palo de telégrafo, y descuidado en el vestir, como todo hombre que no sabe 
para qué ni á qué hora lo hace. 

Su mirada franca y leal radiaba un no sé qué de luminoso y extraño, y 
parecía tener siempre miedo de alguien que lo siguiera, según volvia la ca- 
beza atrás cuando hablaba ó gesticulaba. 

Tres dias iban ya pasados no bebiendo más que poiier en vez de agua, 
y brandy en lugar de vino, y era el sabio tan fuerte, que al acostarme yo 
beodo, él salia por Broad-vay á dar paseos, despertándome con un pedazo 
de roastbeaf entre dientes y con el vaso de brandy en la mano, fortaleza de 
bebedor que picaba mi amor propio hasta el punto de volver á comenzar en 
aquel acto la borrachera, apenas dormida. 

Habíale dicho yo que queria ser el mejor de los poetas, y que por con- 
seguirlo y dejar mi nombre á cien codos sobre los de Milton y Byrón seria 
capaz de vender, como Fausto, mi alma á Mefistófeles. 

Entonces, y tirando bajo de la mesa la quinta botella de brandy de 
aquel dia, es decir, cinco horas después de haberme levantado, exclamó 
con aire despreciativo: 
— Si no fueras cobarde, lo podrías ser en seis meses. 
— ¿Cómo? 

— Siguiendo mi tratamiento. Tu cualidad superior es lo de poeta, pero 
está limitada en tu naturaleza por otras fuerzas, á la manera que la luz del 
dia no deja ver la claridad de una antorcha. Ahora bien; yo poseo el secre- 
to de suprimir en cualquier hombre las cuahdades mentales que le estorban 



TPADUCCION DE RAYMOND STRAP. 277 

para que luzca una sobre todas, operación que da lugar á que suceda artifi- 
cialmente lo que al genio de una manera natural y espontánea. 

Entonces principió el diálogo en el punto donde esta narración comienza 
de un modo tan extravagante. 

— Y dónde está tu clínica? le pregunté. 

— A diez leguas de aquí, respondió. Esta noche podré enseñarte mis 
sanos. 

— Bueno, pero antes acompáñame á la Bolsa. Allí se reúnen hoy los lea- 
ders de mi partido, y voy á ponerme de acuerdo con ellos para las eleccio- 
nes. ¡Verás nuestro futuro presidente! 

Oliendo algo á rom, él con el paso firme, y yo tambaleándome, llega- 
mos á la Bolsa, en un rincón de la cual iban á decidirse los destinos de la 
patria de Washington. 

Presenté á mi amigo Leather á la reunión, en la que se encontraba 
también el futuro ministro de Hacienda de la república, y generalizóse el 
diálogo. 

Leather no despegaba sus labios, sino para hacerme al oído estas ó pa- 
recidas observaciones: 

— Si" puedes traerte á mi clínica el candidato á la presidencia, hazfo. 
Tengo que corregir en él la protuberancia de la vanidad. 

— Mira, tu ministro de Hacienda no me lo traigas. El cálculo no brilla 
en sus temporales. 

Yo sonreía á sus secreteos; y como lo percibiesen los señores respeta- 
bles que formaban el corro, y yo notase la curiosidad que les dominaba 
por conocer á mi amigo, les di cuenta de su profesión, y él comenzó á ex- 
poner las ideas de que ya tienen conocimiento mis lectores, pero con mu- 
cho mayor calor y observaciones más brillantes que aquellas que delante 
de mi había expuesto. 

IH. 

Tenia yo fama de poeta. Joven publiqué mis poesías, y aunque de al- 
guna instrucción y apto para la vida práctica, desde que obtuve mi primer 
triunfo literario no había podido hacer creer á nadie que yo podría ser- 
vir para otra cosa que para hacer versos. 

Había redactado una vez, sin mi firma, algunos artículos sobre arance- 
les, otros sobre derecho de gentes, y algunos sobre la administración en ge- 
neral, que llamaron la atención de todos. 

Al ver que eran aplaudidos, declaré ser su autor y entonces se me probó 
que mis escritos eran copiados de no se qué libros, y que no debia salir de 
hacer coplas, pues era para lo único que servia. Rechazado de las primeras 
filas de la política, habíame dedicado á servir á los demás, que bien por no 
haber escrito versos, ó mejor, por no haber hecho nada, no tenían contra 



278 ¿ESTABA LOCO? 

SÍ ninguna reputación conquistada en género determinado de literatura, 
ciencias ó artes. Gracias á eso pude recabar algunos modestos destinos, y 
llegué á otros más elevados, no sin que se censurase por el público mi re- 
pentina elevación, mientras aquellos que yo habia ensalzado con la pluma o 
sacado adelante en las elecciones, eran ministros, sin baber hecho por con- 
seguirlo más que dejarse guiar por mi toda su vida. Convertido en satélite 
de planetas que, ó no tenían luz, ó á mí me la debían, era llegado ya el caso 
de subirlos á jefes del Estado, si yo quería colocarme en alguna importante 
posición, tal como una embajada ó cosa por el estilo. Este era el secreto de 
mi viaje al Estado de New-York, después de haber dejado asegurada la elec- 
ción del presidente, mí jefe, en los demás de la República. 

Pero había contado sin la huéspeda. Al oír á mi amigo Leather y escu- 
char de su boca que yo, tan listo según ellos decían, me prestaba á sufrir 
durante seis meses el tratamiento que había de trasformar las cualidades 
de mí inteligencia, comenzaron á distinguirle y á considerarle, y quedándo- 
se, por consiguiente, para otro día nuestro viaje á Blakwell Island, sitio 
donde mi amigo tenia su famosa clínica. 

Era el candidato ala presidencia uno de esos hombres que, perfectamen- 
te considerados en la sociedad, y no habiendo nunca dado que decir á las 
gentes por su conducta, arreglada á los principios más severos, se habia 
conquistado el calificativo de serio y grave. Jamás daba su opinión de pron- 
to sobre ninguna clase de asuntos; cuando se atrevía á despegar los labios 
era en un tono axiomático y breve; nunca se entregaba á un movimiento es- 
pontáneo, é inmensamente rico desde su infancia siempre se halló en con- 
diciones de ese bienestar supremo cuya falta en los primeros pasos de la 
juventud ó al principio de cualquier carrera obliga á muchos á contraer re- 
laciones, hábitos y costumbres que forman, luego, un capitulo de culpas y 
recriminaciones en boca de sus detractores ó envidiosos. 

Al acabar mi amigo Leather, después de los primeros agasajos, la exposi- 
ción de su sistema, los labios de los circunstantes se dilataron, unos expre- 
sando la duda, y otros prontos á soltar la risa pero Mr. ***, (llamaremos 
así al candidato), con su gravedad aplastadora y su tono axiomático 

— Este señor es un sabio verdadero — dijo — y el coro de aduladores, 
cambiando de actitud y postura, como los cristales de un kaléidóscopo, 
trocó en signos de admiración y respeto la burla incipiente en el fondo de 
las conciencias. 

— Mal habéis hecho, Mr. Leather, — añadió — presentándoos bajo los aus- 
picios de un hombre tan ligero como Strap; pero este chico, á pesar de su 
poco peso, suele dar algunas veces en el clavo, y supuesto que está Vd. aquí 
y sin ocupación ninguna, quiero que hablemos solos esta noche. Vamonos 
á comer. Adiós, Strap; adiós, señores. 

Y apoyándose en el brazo de Leather, se lo llevó casi á la fuerza y sin 



TRADUCCIÓN DE RAYMOND STRAP. 279 

dejar tiempo á que mi amigo pudiera despedirse de mi más que con un 
saludo afectuoso. 

IV. 

Tres dias habia pasado con mi amigo Leather en una continua borra- 
chera, y al despertarme al cuarto, parecióme como que habia estado á punto 
de volverme loco. Cerca del mió estaba su lecho, con las sábanas vírgenes 
de todo contacto, y sobre la mesa se hallaban las copas de brandy, á medio 
llenar, y los vasos de agua, con el cristal todavía empañado por las huellas 
de sus largos dedos. Aún me parecía escuchar su extraña filosofía y sus ter- 
ribles deducciones, y no pude menos de volver los ojos con terror hacia la 
puerta, temiéndole ver entrar, como en los dias anteriores, á abrumarme 
con el magnetismo de sus miradas, tan bien auxiliado por su fortaleza de 
bebedor. Sin embargo, posesionado ya de mi razón creí era sueño todo lo 
ocurrido, y no pudieron menos de abrírseme las carnes, al pensar que habia 
estado á punto de ponerme en sus manos, con el objeto de que ensayase en 
mí sus misteriosos descubrimientos. 

Reflexionando en que nada habia hecho aún de mi cometido, redacté la 
circular del meei'mg preparatorio para las elecciones, que fué perfectamente 
acogida en el circulo de la Bolsa, al cual no asistieron aquel dia ni 
Mr. W., ni Leather, del cual ya comenzaban á tener celos el ministro de 
Hacienda futuro y demás importantes hombres públicos de la próxima 
situación; celos que hasta mí no llegaban, porque, aunque mi ambición era 
mucha, ya sabían que á un hombre ligero como yo no le ,habian de adju- 
dicar los altos destinos que sólo se confieren á varones graves y cachazudos, 
y tan sabios como mi amigo Leather. 

Asi pasó una semana, en que el trabajo electoral fué rudo, hasta el punto 
de no permitirme siquiera el placer de gustar un poco de guindas en aguar- 
diente, de miedo á que la salsa perturbase mis funciones intelectuales. 



— Arriba, perezoso, y vístete. ¡Toma, toma antes para'meterte en calor, 
que hace frío! Abrí los ojos, y delante de mí, amoratado, con dos vasos lle- 
nos de brandy, encontré á mi amigo Leather. 

— No quiero beber, respondí algo amoscado — y... ¡déjame! 

— ¡Ingrato! Después que abandono por tí la mullida alfombra, la sun- 
tuosa mesa y el exquisito vino del Presidente de la República, para venir á 
cumplirte mí palabra, ¡á tí, la naturaleza de las naturalezas! ¿me rechazas? 

— Pero... ¿dónde has estado? 

— Yo creo que preso por Mr. W... Ese, ese sí que es un hombre for- 
mal. Acepta mis teorías. Jamás me contradice, y... ¡Mira!... No me pongas 



280 ¿ESTABA LOCO? 

esa cara de displicente, porque tienes delante nada menos que al futuro 
embajador en Londres de nuestra República. 

— ¡Tú embajador! 

— ^^Sí, yo; que he prometido, en cambio, á Mr. W... hacerle orador en 
tres semanas: pero como hombre prudente, quiere que te lleve antes á mi 
clínica, y después de ver en tí los efectos de tu tratamiento, se pondrá él 
en cura. ¡Lee esta carta y sigúeme!... Pero antes... ¡bebe! 

Confieso que todo aquello me pareció extraño. Vestime y. aunque sin 
muchas intenciones de seguir los deseos de Mr. W... emprendimos el ca- 
mino de Blakwell Island, después de haber tomado la mañana. 

Un bote nos condujo á la preciosa isleta, y á pocos pasos que dimos por 
una magnífica calle de árboles alzóse ante mi vista un edificio de aspecto 
bastante extraño, pues más esperaba encontrar una quinta risueña, que las 
altas paredes y cerradas ventanas de un caserón, que todo lo tenia de 
cárcel y no de sitio de recreo. 

Leather llamó á la puerta. Alguien abrió el ventanillo, que volvió á cer- 
rarse con precipitación, mientras mi acompañante decía: 

— Pobrecillos... ¡Si me habrán echado de menos! 
Trascurrido largo espacio de tiempo , abrióse la puerta de par en par y 
un caballero, de aspecto respetable, se presentó en el dintel. 

— Hola, Dr. Fellow, exclamó Leaíher, ¿qué tal mi gente? 

— Todos marchan bien , contestó el interpelado mirándome fijamente y 
como queriendo expresar algo que yo no entendía. 

— Aquí traigo otro. Mi amigo Strap. ¡Vea usted, doctor, que frente! ¡Pues 
tiéntele usted el coronal ! 

¡Gran naturaleza! Muy equihbrada , muy equilibrada. Pero el principal 
órgano es el de la fantasía ! Hay que deprimir los demás. ¡ En seis meses, 
cosa hecha!... 

— ¿Cree usted ? ■ 

— ¿Quién lo duda? Pasen ustedes adelante. 

Entramos^ y la puerta se cerró á nuestras espaldas con precipitación y es- 
trépito. 

— Vamos á verlos, dijo Leather. 

— Vamos , respondió el doctor. 
Penetramos en un patio , en donde un hombre paseaba distraído. 

' — ¡ Ah! dijo Leather. — ¡Mira, Strap ! Este sí que es un buen caso. Cual- 
quiera al oírle dirá que está loco. Se le figura que es el sol y que le salen 
manchas , y es que , gracias á mi tratamiento, la absoluta disposición para 
la astrología se va desenvolviendo en él. Dentro de dos meses, como en 
las aguas agitadas de un lago, desaparecerá esa excitación nerviosa , y ese 
hombre no servirá más que para seguir paso á paso el movimiento celeste 
como Kopérnico, como Galileo y tantos otros, que por una coincidencia de 



TRADUCCIÓN DE RAYMOND STRAP. 281 

la creación han logrado lo que yo consigo por medio de la ciencia. Este 
pobre doctor Fellow me sostiene que está loco. Es un buen profesor. Como 
todos no ha pasado de Hipócrates, y yo le sufro que me tenga por demente, 
porque al fin y al cabo , me ayuda. 

En esto se oyó una algazara horrible, y cien hombres se precipitan en el 
patio levantando en triunfo á mi amigo. 

El doctor Fellow me agarra por el brazo, y diciéndome al oido: — 
¡Yenga usted por Dios! me lleva casi á rastras. 

Yo no sabia lo que me pasaba, y atravesando un pasadizo me dejé lle- 
var por el doctor, que al fin, empujando una puerta me introduce en su des- 
pacho. 
— ¡Hombre de Dios! exclamó, ¿quién es usted? 
— Pero antes, ¿me quiere usted explicar todo esto? 
— Pues qué, ¿aún no ha caido usted en que se halla en una casa de locos? 
— ¡Demonio! 
— Pues ¿y Leather? 

— Este es el número 1. — Lo tengo ya hace siete años. 
— ¡ Lástima de hombre ! 

Cal en una silla, anonadado. ¡Todo me lo expliqué en un momento! 
— Sí señor, continuó el médico. Loco rematado, él , que tantas obras ha 
escrito sobre la demencia; él , mi antecesor en esta casa. Como á nadie hace 
daño, disfruta de alguna libertad y suele escapárseme algunas veces. Yo 
siempre estoy seguro deque volverá, por eso no lo anuncio; pero siempre 
lo hace conduciendo á alguien... ¡ Si usted supiera ! 
— Con que, es decir, que yo he sido más loco que él. 
— ¡Oh! No se avergüence usted. Sobre que puede usted contar con mi 
absoluta reserva, nada tiene de extraño lo que á usted le ha pasado. Yo 
mismo algunas veces, al oírle narrar sus extrañas teorías, al ver, sobre todo, 
la seguridad con que asiste, receta y cura en muchos casos, creyendo darles 
alguna cualidad absoluta, á sus compañeros, dudo á dónde termina el juicio 
y en dónde comienza la locura. Como él dice, Colon estaba loco y si hubie- 
ra encontrado á un doctor Fellow, como yo, estaría en Blakwell Island, 
como él! ¡Ve usted ese hombre loco tan pacífico! Pues suspéndale usted el 
uso de las bebidas espirituosas, y le verá convertirse en una fiera. ¡Por eso 
hago que Heve dinero siempre en el bolsillo, por si se me escapa! En cuan- 
to deja de beber, se dispara por completo. 

No fué flojo el susto que me entraba al escuchar aquello, y, dando gra- 
cias á Dios por mi amor al brandy, pregunté al doctor si me seria posible 
venir á visitar á mi amigo, y al contestarme que sí, despedime y salí de 
aquella casa, temiendo tener que volver á ella, y no de visita, como yo es- 
peraba. 

TOMO XIX. ' 19 



282 ¿ESTABA LOCO? 

VI. 

En el bote no pude menos de acordarme del bueno y grave Mr. W... 
y un proyecto diabólico atravesó por mi frente. 

Su carta rogándome me pusiera en manos de Leather, á quien admira- 
ba y prometía una gran posición en la República, iba dentro de una cartera, 
y publicada en el New- York Healld, al mismo tiempo que la historia, podía 
hacer fracasar la candidatura del presidente. El objeto de mi ambición es- 
taba ú punto de lograrse. 

Aquel día hallé en la Bolsa á Mr. W... y comí con él en su casa. 

Al mes era el presidente of the United States. 

Yo, como todo el mundo sabe, embajador en Londres. 

Mr. W... siempre acompañaba sus despachos con una carta confiden- 
cial, que decía lo siguiente: 

«Por Dios, no sea usted ligero. Acuérdese usted de Leather y no me 
meta usted en otro lío semejante.» 

VIL 

Al volver de mi embajada, fui á visitar al pobre loco á Blakwell Island. 
Había muerto. 

Otro médico se hallaba encargado del manicomio; pero al visitar éste 
hallé en una jaula al doctor Fellow, que no sólo me reconoció, sino queme 
dijo: 
— Strap, Leather me ha dejado su secreto. ¡Estaba tan loco como yo! 
Mi conductor, discípulo suyo, murmuró por lo bajo, y con los ojos ar- 
rasados de lágrimas. 
— ¡Pobre maestro mío!... ¿Estará loco? 

No he vuelto á Blakwell Island; pero siempre que veo á un avaro, á un 
exclusivista en ciencias, á un poUtíco absoluto, á un general triunfante so- 
bre un campo de batalla atestado de muertos, ó á un empeñado en casarse, 
me acuerdo de Leather, de Fellow y de su discípulo, y exclamo como ellos: 
— ¿Estarán locos? 



FIN. 



REVISTA POLÍTICA. 



INTERIOR 

¡Triste misión la nuestra, obligados por la rectitud de nuestras doctrinas á 
combatir sin tregua ni descanso contra todas las exageraciones que desnatu- 
ralizan la idea liberal ó comprometen .la noble causa del progreso humano I 
Hace pocos dias, ante la repetición de esos odiosos atentados cometidos im- 
punemente en la oscuridad del misterio y que tan honda , tan dolorosa sen- 
sación han producido en todas las almas honradas, nuestra pluma trazaba el 
cuadro sombrío, pero verdadero, de ese fermento impuro que turba, desorga- 
niza y entorpece el desenvolvimiento pacífico y ordenado de las sociedades 
europeas. Hoy en presencia de la actitud de los elementos teocráticos que han 
roto todos los respetos; de la intervención que una parte considerable del clero 
— hagamos justicia á los que han permanecido ágenos al escándalo— ha to- 
mado en las pasadas elecciones haciendo pesar en los comicios la influencia de 
sus medios materiales y espirituales; de las pasiones que ha sobreexcitado ; de 
las sacrilegas alianzas que ha contraído; del afán con que un gran número de 
obispos, dignidades eclesiásticas, canónigos y simples presbíteros se han lan- 
zado á la arena del combate, disputando con armas reprobadas á los hombres 
de otras ideas la posesión de los distritos, como hubieran podido disputar á 
Satanás h, entrada en el cielo ; ante este expectáculo , nunca bastantemente 
sentido y deplorado, no podemos menos de alzar nuestra voz con toda la 
energía de que somos capaces, contra esa aspiración insidiosa, tenaz é incan- 
sable que desde el fondo de las conciencias donde se parapeta y oculta, tiende 
su ávida mano , llena de maldiciones, sobre las potestades del mundo. 

La sociedad española oscila entre dos barbaries que desgraciadamente 
comparten el imperio de las muchedumbres ; la barbarie que las precipita 
hacia lo desconocido y la que las empuja hacia lo pasado. La misma noción 
del Estado monstruosa y confusa es el ídolo de ambas tendencias extremas 
sólo que el vulgo extraviado le corona con el gorro frigio y el neo-cato- 
licismo con el solideo. ¡Qué semejanza tan pavorosa! Todos los sueños de or- 
ganización social que enardecen los ánimos de la multitud contemporánea 
han sido expuestos y calorosamente defendidos en otros tiempos por los par- 



284 REVISTA POLÍTICA 

tidarios de la preponderancia sacerdotal, y no hay utopia ni absurdo , desde 
la comunidad de bienes basta la absorción y anulamiento de la familia por el 
Estado ó por la Iglesia, que no haya tenido entre los escritores clericales an- 
tiguos ó modernos, activos propagadores. ¿Qué mas? El mundo civilizado se 
ha extremecido de espanto ante el brutal llamamiento al regicidio y el asesi- 
nato que surge, por el conducto de la prensa, como un grito desesperado del 
fondo de todas las cloacas sociales, y sin embargo, este grito no es más que el 
eco prolongado á través de los siglos de las perniciosas doctrinas sostenidas 
por el Padre Mariana, por el Padre Cotton y los más eminentes teólogos del 
siglo XVI ; doctrinas que iniciaron con un fraile siniestro la triste serie de los 
regicidas de Europa. 

Natural temor nos inspiran las turbas demagógicas; pero no nos le infun- 
den menor las turbas fanáticas. Unas y otras devoradas por la calentura, 
arrebatadas por el vértigo 'son capaces de los mayores excesos , y el olor de la 
sangre parece como que estimula la ferocidad de sus instintos . Ningún cri- 
men las es extraño; ninguna violencia desconocida. La historia es el gran se- 
pulcro de sus víctimas y ya no caben en ella; no es bastante profunda ni bas- 
tante ancha para contenerlas sin que se desborden. Las matanzas de los albi- 
genses, las matanzas de los judíos, las matanzas del Santo oficio, las matan- 
zas de la noche de San Bartolomé, las dragonadas de Luis XIV, i son por 
ventura, menos crueles é inhumanas que \^s matanzas de la Convención? 
Nada tienen que echarse en cara esas turbas frenéticas que la idea social ó la 
idea religiosa mueve y exaspera; todo en ellas es idéntico menos los acciden- 
tes del drama en que intervienen. En nuestra patria misma, y en la edad pre- 
sente se han amotinado las unas al grito de libertad en las ciudades, y se han 
sublevado las otras al grito de religión en los campos; han asesinado las unas 
al representante de la autoridad en Tarragona , acorralándole á la puerta de 
una taberna y han despedazado las otras al gobernador de Burgos á la entrada 
de un templo. Los lugares han cambiado, han sido diversos los resortesj pero 
el hecho ha sido el mismo y el expectáculo igualmente horrible y oprobioso 
para la naturaleza humana. 

Existe, sin embargo, una diferencia capitalísima entre la demagogia y la 
teocracia, que importa dejar consignada. La demagogia no es un sistema; es 
un sacudimiento, una explosión. Todo sistema necesita tener algo de inmuta- 
ble: y en la demagogia todo es esencialmente movible. Jamás la plebe, entrega- 
da á sí misma, ha fundado nada. En cambio, la teocracia es una organización 
artificiosa, y por eso es más temible. Halaga, es verdad, los gustos externos del 
vulgo, al cual domina, pero no le entrega el poder; le adula, pero no le obe- 
dece. Da á la actividad bulliciosa del pueblo pábulo y alimento vario con sus 
procesiones y sus ejecuciones, con sus jubileos y sus cofradías, y para sujetar 
á los hombres se apodera de las mujeres, cuyos irreflexivos sentimientos pia- 
dosos reaviva y explota. La teocracia no es un viento malsano que hiere y 
se disipa; es una enfermedad social larga y penosa que mata con lentitud y 
destruye insensiblemente, como la sombra de esos árboles de la India bajo 
los cuales el viajero ignorante busca descanso, se duerme y no despierta. S 
áe levantaran de sus tumbas las desdichadas generaciones de la España regida 



INTERIOR. 285 

por los reyes de la casa de Austria; de aquella España que empieza en Car- 
los V, y acaba en Carlos II, harapienta , corrompida, extenuada, que pierde 
en dos siglos sus libertades, su supremacía, sus dominios, sus ciencias, sus 
artes, su literatura, su genio y su gloria; de aquella España despoblada, sa- 
queada por el fisco y comida por el diezmo, pero llena de conventos, herman- 
dades, congregaciones y capellanías, poseedoras de la tercera parte de la pro- 
piedad territorial; de aquella España, en ñn, alumbrada por las hogueras de la 
Santa Inquisición, que persigue á los judíos, quema á los luteranos y expulsa 
á los moriscos con tan frió encono, que aún no ha podido arrancar de la 
conciencia del mundo ni el recuerdo ni el perdón de estos trágicos horrores; 
si se levantaran dé sus tumbas, repetimos, las desdichadas generaciones de 
aquellos siglos, engrandecidos quizás por la distancia y hermoseados por la 
poesía, podrían decir á esas infelices almas que se entusiasman con la me- 
moria de lo pasado, lo que es la teocracia y con qué abrumadora y mortal pe- 
sadumbre gravita sobre las naciones. Es una garra que nunca suelta su presa. 
Por tanto, bajo el punto de vista de la duración de su vida, ó lo que es lo 
mismo, de la duración del tormento, la teocracia es todavía más temible que 
la demagogia, aun cuando el espíritu de los tiempos que alcanzamos dificulte 
su resurrección definitiva. Pero ante la desusada audacia con que sus torpes 
adoradores se han lanzado á la lucha, haciendo ostentoso alarde de sus fuer 
zas y llevando la perturbación religiosa á todas partes, á los palacios y á las 
cabanas, es menester dar la voz de alerta y estar preparados para no permitir 
que salga á la superficie esa escrescencia moral y política; ese residuo infecto 
y pestilente de las viejas sociedades paganas. 

Hay, con todo, un fenómeno en este movimiento de la teocracia que me- 
rece Uamar la atención de los hombres de gobierno, y es el crecimiento in- 
esperado, casi fabuloso, de sus huestes militantes. No se nos oculta que una 
exageración llama á otra exageración, que hay corrientes misteriosas entre 
todos los antagonismos sociales, que á la violencia en un sentido responde 
siempre la violencia en sentido contrario, como responde el eco á la voz y el 
dolor al golpe. Abissus ahissum invocat. El desarrollo desgraciado que ha te- 
nido en nuestra patria la demagogia, ha contribuido indudablemente al des- 
envolvimiento del carlismo clerical ; los delirios han despertado á los recuerdos ; 
la España febril á la España petrificada. Pero esto no explica suficientemente 
el hecho que consignamos, y es preciso buscar otro motivo, otra razón, otro orí- 
gen á esa fuerza de atracción que inopinadamente ha desplegado la teocracia. 
Es seguro que algunas reformas útiles, pero con poca habilidad realizadas y 
por desgracia mal comprendidas, han sobreexcitado el sentimiento religioso, y 
no puede tampoco ponerse en duda que el estado de abandono y miseria en 
que por los ahogos del Tesoro viven ciertas clases, ha dado pretexto, si no 
disculpa, á su rebeldía. ¿Pueden y deben cicatrizarse estas heridasl ¿Conviene 
atender á su curación, ó ahondarlas? Esta es la cuestión: cuestión para nos- 
otros que no ofrece la menor duda, y que hemos resuelto en nuestro fuero in- 
terno con el criterio de la justicia y de la prudencia. Es necesario apartar de 
la teocracia activa, antes de que el despecho los aglutine y funda en una sola 
masa., en cuyo caso la separación seria más difícil y quizás imposible, á esos au- 



286 REVISTA POLÍTICA 

xiliares efímeros que la alarma de las conciencias, el resentimiento más ó menos 
justificado, el hambre quizás, han agrupado en torno de una bandera de odio 
y venganza. Reducir las fuerzas del enemigo, aislarle, quitarle la razón y los 
medios^ son principios rudimentarios de la política y de la guerra. La energía 
apoyada en la equidad, la firmeza sostenida por la templanza, el espíritu de 
concordia, que no consiste en transigir siempre, sino en transigir á tiempo, 
conseguirán, en nuestro concepto, si el gobierno no se impacienta, que la teo- 
cracia y el carlismo, es decir, la forma religiosa y la forma política de la re- 
acción pasen, se deshagan y desvanezcan como nubes de verano. 

Si la política española no tropezara con otras dificiiltades, poco ó nada 
significarla la hostilidad de esos elementos que se creen potentísimos porque es- 
tán airados; pero abundan demasiado los gérmenes de perturbación en el seno 
de nuestra sociedad para que no sea oportuno debilitarlos, desorganizarlos y 
restablecer la línea divisoria que realmente existe , entre los fanáticos y los 
ofendidos, entre los adictos por convencimiento y los partidarios de ocasión. 
En la inteligencia de que si, después de todo, tienen la loca osadía de lanzarse 
al terreno de la lucha material, no hemos de ser nosotros los que intentemos 
detener, con una compasión mal entendida, la espada inexorable de la ley, ni 
quienes se opongan á que el gobierno, cuando haya agotado la fuerza de la 
razón, emplee contra los trastornadores impenitentes la 'razón de la fuerza. 

Fácil es que la hipocresía ponga en duda nuestra sinceridad religiosa y 
denuncie á las almas raogigatas nuestra herética pravedad porque conde- 
namos la d,ominacion del Estado por la Iglesia, y esa especie de solidari- 
dad impía que quiere establecerse entre la causa eternamente viva de 
Cristo y la causa perdida de un pretendiente á la corona de España. Nos im- 
porta poco esta acusación, sobre la cual muéstrase erguida nuestra fé, que no 
ha desmayado nunca, que conservamos en el santuario de nuestra conciencia, 
como lámpara encendida ante el altar, y que jamás nos ha servido para alum- 
brar los tenebrosos senderos de la ambición mundana. Este invencible senti- 
miento de repulsión que nos inspira la teocracia invasora, descomedida y ava- 
riciosa, nace precisamente del profundo respeto que profesamos á la santa re- 
ligión que nos enseñó á amar nuestra madre en las horas prósperas y en las 
horas de infortunio. Mezclarla con las cosas terrenas, arrastrarla por el fango 
de nuestras discordias, atizar con ella la hoguera de las disensiones públicas, 
convertirla en oráculo del carlismo ó de otra opinión política cualquiera, va- 
lerse de ella como de unas tenazas de hierro candente para sujetar el progreso 
providencial del género humano, nos parece que es profanarla y desconocer 
la salvadora misión de Aquel que vino á redimirnos, pero no á esclavizarnos. 
En medio de las pasiones ensoberbecidas, llega á nuestros oidos el sordo rumor 
de la duda filosófica que avanza y se infiltra en el corazón del pueblo de las ciu- 
dades. No opongamos la religión como un obstáculo insuperable á la emancipa- 
ción de los oprimidos, ni hagamos de ella una cadena demasiado pesada en el 
orden público y social, porque podría suceder- no lo permita el cielo— que la 
duda se trasformase en rebelión. Podría suceder que tomando cuerpo las 
doctrinas que han resonado ya en las reuniones públicas de Paris y en las 
conferencias de artesanos celebradas en Madrid últimamente, la multitud in- 



INTERIOR. 



287 



curriese en el error gravísimo y trascendental de considerar la religión como 
una institución puramente humana y de contestar á las imprudentes agre- 
siones del carlismo místico con la protesta de su ateísmo republicano . El pe- 
ligro se presiente, y no es por cierto el mejor medio de evitarlo el de apartar 
al clero del ara, donde debería permanecer extraño á las luchas políticas, 
para hacerle int ervenir con todo el peso de su influencia en las contiendas de 
los partidos y en las tempestuosas discusiones de la tribuna. 

Porque oyéndole un día y otro defender desde lo alto las soluciones más 
reaccionarias y aspirar á la resurrecion de un pasado imposible, se expone á 
que el pueblo confunda en un mismo anatema lo que es eterno y lo que es 
transitorio, el dogma y la política, la verdad revelada y las aspiraciones terre- 
nales del sacerdocio. 

Las Cortes próximas ofrecerán, por desgracia, este expectáculo desconsola- 
dor y poco edificante. El clero tendrá en el Senado y el Congreso, merced á 
la actividad electoral que ha desplegado, y álos esfuerzos de la coalición, una 
representación peligrosa para él mismo. Bajo la enseña carlista-católica que 
ha desplegado al viento, levantará acaso su voz, pública y solemnemente, con- 
tra las conquistas del siglo, si es que arrebatado por el ardor que le domina 
no prolonga en el parlamento la alianza nefanda que contrajo con los parti- 
darios del Sr. Suñer y Capdevila en los comicios. Esta actitud, que bajo el 
punto de vista religioso nos lastima y aflige, puede producir en el orden polí- 
tico ventajosos resultados. Combatidas, hostigadas, atormentadas por opinio- 
nes irreconciliables y extremas, es seguro que se verificará en las huestes de 
la mayoría un movimiento de concentración irresistible : empeñadas las 
fracciones que la constituyen en la común defensa , no tendrán tiempo 
de volver la vista atrás ni de recordar historias pasadas. La oposición será su 
gran fundente. Por otra parte, ¿con qué elementos cuentan nuestros enemigos? 
Una oposición que no afirma es infecunda. Puede llenar el espacio con sus 
desaforados gritos, pero no satisfacer las exigencias públicas; ejercer la crítica, 
pero no el poder; destruir, pero no edificar; y la sociedad española está ya has- 
tiada de ruinas. ¿Es para ella una esperanza el carlismo teocrático? ¿Es para 
ella una ilusión la república democrática y social, que tan tristes ejemplos está 
dando al mundo en la vecina Francia? ¿Qué nos ofrecen las oposiciones radi- 
cales? ¿Qué soluciones posibles agitan? ¿Cómo y con qué podrían reemplazar 
lo existente? 

Supongamos por un momento que la monarquía constitucional se desplo- 
ma, esta monarquía de las clases medias, garantía de la libertad, del orden y 
del trabajo en todas las naciones donde existe. Al día siguiente de su desapa- 
rición, España seria ancho campo de batalla, y los coligados de la víspera 
implacables competidores, ¿qué decimos al dia siguiente? en el momento mismo 
del triunfo. Antes de que se hubiese apagado el estruendo producido por la 
caida de la institución real, la sangre correría á torrentes en las ciudades y 
en las aldeas, en los clubs y en los templos. La confusión seria indescrip- 
tible. ¿Quién recojeria la herencia de la catástrofe? ¿La reacción? ¿La demago- 
gia? Este es el problema, el misterio y la amenaza. 

Por mucho que la ira política, la más brutal de todas las iras, extravíe y 



288 REVISTA POLÍTICA 

revuelva los ánimos, jamás se oscurece por completo el instinto de la propia 
conservación que reside en las colectividades como en los individuos. Parti- 
dos y clases sociales hay que invocan la tormenta, y sin embargo, si estuviera 
en sus manos el rayo, no le fulminarían. Son como el blasfemo que desafía á 
Dios, porque sabe que Dios no lia de admitir el reto. iCómo es posible sino 
que ciertos elementos esencialmente conservadores arrojasen leña á una ho- 
guera que puede consumirlos y devorarlos^ Pero ¡ay! de ellos si se engañan. 
¡Ay! si como aquella frivola é imprudente aristocracia francesa, cortesana de 
Voltaire, que antes de la revolución del pasado siglo halagaba por moda á los 
apóstoles del descreimiento, tienen que llorar algún dia su insensata imprevi- 
sión en el destierro, en el cadalso, á la siniestra luz de sus castillos incendia- 
dos reflejando sobre sus propiedades repartidas. Auxiliares de la revolución 
que los acecha, de la anarquía que los solicita, una y otra aplauden sus de- 
mostraciones, reciben el voto de sus lacayos en las urnas, y se dejan que- 
rer mansamente. ¡Desventurados de ellos si creen que han domesticado á la 
fiera, ó que después de haberla soltado podrán encerrarla de nuevo en la jaula! 
¡Y más desventurados aún si, cuando no han tenido fuerzas para sostener 
un minuto más la dinastía borbónica que se derrumbal^a, imaginan que han 
de tenerla para imponernos su restauración! Hace algún tiempo (luelos reyes 
que se van no vuelven; desde Carlos X, ninguno ha vuelto todavía ; pero 
aunque así no fuera íqué son las restauraciones? ¿Cuántas se han- asegurado? 
¿Cuánto han vivido en la historia? El árbol desarraigado no reverdece. Recu- 
peran los Estuardos el trono de Inglaterra, y le pierden en seguida. Diez y 
seis años resístela dinastía borbónica en Francia á su segundo renacimiento; 
después pasa, desaparece y se extingue como la luz indecisa del crespúsculo en 
las sombras nocturnas. Las restauraciones son una nueva agonía del derecho 
tradicional, roto y quebrantado. No prevalecen nunca. 

Convencidos de esta verdad, no damos importancia á esas manifestacio- 
nes indiscretas de algunos restauradores mas irreflexivos que temerarios. El 
cuadro general de la política, incierta y embrollada, atrae tenazmente nuestra 
atención; pero esos inocentes desahogos de almas débiles y afeminadas, ni si- 
quiera nuestra curiosidad excitan. Sólo nos permitiremos recordar un dato: 
Isabel II salió de España triste y desamparada ; pocas adhesiones consolaron 
su infortunio; el silencio, más cruel que la desgracia misma, recogió única- 
mente su adiós de despedida. ¿ Dónde estaban entonces esos defensores ardo- 
rosos que no tuvieron valor para hacer ostentación de sus sentimientos en fa- 
vor de una mujer desventurada, y le tienen hoy para hacer alardes públicos 
de descortesía ante una dama qite no les ha ofendido? Hay algo que está so- 
bre la política y es la educación ; los enemigos mortales que exponen su vida 
en el trance de un duelo, se saludan antes con las armas. ¿Son estos los gran- 
des recursos con los cuales piensan restablecer en el trono de sus mayores al 
príncipe Alfonso? ¿Son estos h'S medios con que cuentan para oponerse á 
la demagogia cuando llame á sus puertas, derribe sus escudos, y atente á 
sus propiedades? ¿Es así como se lucha y como se consigue la victoria ? 
Afortunadamente no se ha acabado en España la hidalguía, y hemos 
oído condenar en todas las esferas, esos inofensivos actos de despecho rus. 



INTERIOR. 289 

tico, tan contrarios á la característica urbanidad de nuestras costumbres. 
Sólo pueden apreciarse estos hechos como un síntoma más del desquicia- 
miento moral de esta sociedad, donde todos parecen haber perdido el juicio 
y hasta la conciencia. Los carlistasjauxiliando á los republicanos; los republi- 
r canos apoyando á los carlistas; una parte del clero aliándose con los incré- 
dulos y materialistas de la demagogia; una oposición parlamentaria incon- 
gruente, contradictoria; los elementos conservadores y monárquicos divididos; 
las clases superiores descendiendo voluntariamente al nivel de las más infe- 
riores; la guerra de peinetas amanoladas, de diges simbólicos, de flores de ¡lis 
y margaritas coincidiendo con los mas arduos problemas planteados aquí y en 
toda Europa; la confusión en todo; tal es el conjunto que ofrece á la conside- 
ración del hombre imparcial nuestra España contemporánea. El fenómeno, sin 
embargo, se explica; la sacudida ha sido tan violenta que aún no hemos podido 
recobrar el equilibrio ; esta ponderación armónica de las fuerzas sociales será 
obra del tiempo,, de la prudencia y de la constancia. Si los que han contribui- 
do á alzar las nuevas instituciones se mantienen firmes, unidos y tranquilos en 
medio de esta turbación general; si no se marean, ni se precipitan, ni se des- 
bandan, el triunfo será suyo. Lentamente irán apaciguándose todas las rebelio- 
nes por el cansancio ó el castigo ; la necesidad de orden es tan imperiosa que 
se impone por sí misma, y la ley de la gravedad que rige á todos los cuerpos 
alcanza también á las sociedades. Pero si, por desdicha, los partidarios del ré- 
gimen vigente, no comprenden su deber, descuidan su cumplimiento, se asus- 
tan de su responsabilidad ó se dejan dominar por mezquinos rencores, enton- 
ces todo estará perdido y la confusión se agrandará hasta tomar las propor- 
ciones de un cataclismo. íío desmayemos, pues, en nuestra empresa, y salva- 
remos la libertad y la patria. 

Gaspak Nuñez de Arce. 



EXTERIOR 



Graves cuestiones de política interior ocupan á los franceses en estos crí- 
ticos momentos en que parece que la desastrosa guerra y la terrible paz que 
acaban de hacer deberían llamar toda su atención. 

Bipartido de agitadores revoltosos para quienes todas las situaciones son 
iguales y que promueven constantemente el motin sin más fin ni otro ideal 
que el motin mismo, da más que hacer al poder ejecutivo y á la Asamblea 
francesa, que los prusianos. La actitud de los republicanos rojos y socialistas 
de París, que se han apoderado de los cañones de la guardia nacional y se 
han atrincherado en Montmartre, si hubiera de ser juzgada sólo como una ame- 
naza á las fuerzas militares de la Alemania, sería sencillamente cómica y ri- 
dicula: de seguro los vencedores de Sadowa y de Sedan no tiemblan delante 
de los cañones de Montmatre. Pero todo el mundo comprende muy bien que 



290 REVISTA POLÍTICA 

aquel movimiento demagógico no se dirige contra los enemigos de la patria, 
sino contra los ciudadanos; ni renovará la guerra extranjera, ni mejorará las 
condiciones de la paz, ni restablecerá las fuerzas militares de la Francia; pero 
pudiera ofrecer al mundo un expectáculo parecido al que presenció Tetuan 
cuando sus autoridades tuvieron que suplicar al general O'Donnell que el 
ejército español penetrase en la ciudad para salvarla de los horrores que sus 
propios habitantes cometiandentro deella. 

Los desórdenes del 26 de Febrero dan una idea de lo que podría ser el 
triunfo de los alborotadores de Montmartre. Una muchedumbre inmensa vio 
tranquila á un grupo de cuatrocientos ó quinientos desalmados asesinar á 
sangre fria con una crueldad feroz á un pobre funcionario de policía, á quien 
concluyeron por echar al rio después de tomar las precauciones más odiosas 
para que no pudiera escaparse de la muerte. Durante muchos dias, sin em- 
bargo, á excepción de este triste suceso, todo se ha reducido á gritos, proce- 
siones, coronas de siemprevivas puestas en el monumento de la plaza de la 
Revolución, banderas rojas, himnos, construcción de barricadas y manejo de 
piezas de artillería por hombres que no saben hacer uso de ellas. 

Al mismo tiempo, en la Asamblea nacional de Burdeos los republicanos 
rojos intentaban promover toda clase de cuestiones peligrosas: así proponían 
la guerra á todo trance en condiciones imposibles, como exigían la más estre- 
cha responsabilidad á los gobiernos franceses; sus proposi clones contra el 
Emperador y sus ministros alternaban con sus violentos ataques á los miem- 
bros de la defensa nacional y del poder ejecutivo. Prusia nos y compatriotas, 
Guillermo y Napoleón, Jules Favre y Thiers eran igualmente objeto de sus 
diatribas. La firme actitud de la mayoría de la Asamblea y el clamor general 
de la opinión pública, profundamente desengañada respecto de la posibi- 
lidad de la continuación de la guerra, redujeron á la nulidad los esfuerzos 
de la minoría parlamentaria demagógica, que, decidida siempre á adoptar los 
medios violentos, ha ido abandonando sus puestos de la Cámara. Comenzaron 
las dimisiones por la de Garibaldi, aunque de este no constaba con certeza 
que fuera diputado, ni siquiera ciudadano francés. Siguieron las de Rochefort 
y otros diputados por París, á quienes la conciencia prohibía seguir formando 
parte un dia más de la Asamblea desde que ésta, por su voto del 1." de 
Marzo, desmembró la Francia, entregando dos provincias al enemigo. Pro- 
testando como los anteriores contra los actos de la representación nacional, 
y negando su validez, Félix Pyat declaró también que dejaba de tomar parte 
en las sesiones, pero reservándose su derecho de volver á ellas cuando lo 
tenga por conveniente. Víctor Hugo, que no había dimitido al mismo tiempo 
que sus compañeros de la Diputación por París, por su conocida afición á dar 
á su conducta un carácter personalís ímo, dimitió una semana después en 
vista del grande desagrado con que la Asamblea le oyó deprimir á los gene" 
rales franceses para ensalzar á Garibaldi. 

La prudencia de Thiers logró evitar que continuasen las discusiones y vo- 
taciones respecto del caido Imperio; que se entrara precipitadamente en el 
examen de los actos del gobierno de la defensa nacional y de la delegación 
de Burdeos; y que el Orleanismo planteara por su parte la cuestión de la reor- 



EXTERIOR. 291 

ganizacion política del poder con motivo de las actas electorales de algunos 
príncipes. Resultó de todo, que un mes después de abiertas las sesiones de la 
Asamblea, se hablan invertido dos ó tres en votar á toda prisa el estableci- 
miento del poder ejecutivo y la aprobación de los preliminares para la paz, 
perdiéndose todo el tiempo restante en lamentables recriminaciones. Ni la 
cuestión constitucional, ni la de Hacienda, ni la administrativa, ni la de reor- 
ganización del ejército, ni tantas otras urgentes y apremiantes en estas calami- 
tosas circunstancias, hablan 'adelantado un paso. "Mientras seamos una na- 
ción de declamadores nada podremos, n ha dicho M. Thiers á los diputados. 
Y este sentimiento es ya universal entre los franceses, como lo ha demostrado 
la gran resistencia opuesta al regreso de los poderes supremos á Paris . 

La idea de degradar á Paris quitándole la capitalidad es de lo más dispa- 
ratado que puede concebirse. Por mucho que se haya declamado contra los ex- 
cesos de la centralización, y por grande que sea el sentimiento de rivalidad y 
de envidia de los departamentos, la ciudad de Paris, que los franceses han de- 
clarado tantas veces capital del mundo civilizado, es, no sólo para ellos, sino 
para todo el mundo, la personificación de las grandezas y las glorias de la 
Francia. Aun cuando el poder ejecutivo y el legislativo residiesen en otra 
parte, no solamente Paris con sus monumentos, con sus museos, con sus pa- 
lacios, con sus paseos, con sus teatros, con su población, seria el pueblo más 
importante de toda la nación, sino que conservarla su influencia política. 
Mr. Thiers ha dicho muy bien, que si hay un prefecto capaz de administrar 
bien á Paris cuando allí no puedan funcionar los altos poderes del Estado, 
ese prefecto debe ser declarado en seguida jefe del Poder ejecutivo. En efecto, 
el prefecto que residiera en las TuUerías, al mismo tiempo que en una pobla- 
ción de provincia se arreglara un palacio viejo para el monarca, un ex-con- . 
vento para los ministerios, una iglesia ó un teatro para las cámaras, y se alo- 
jara á los soldados en las casas de los particulares ó se les hiciera acampar, 
eclipsarla con su importancia personal el brillo de la monarquía, de la admi- 
nistración piiblica y de la representación nacional. El ejemplo de Washington 
no es aplicable á la Francia, nación cuya fuerza principal consiste en ser uní - 
taria, y que ahora menos que nunca puede abandonar las ventajas de la cohe- 
sión por los flojos lazos federales. Los Estados-Unidos son una nación sin 
cuestiones de fronteras, casi sin ejército y sin marina militar, que viVe en 
condiciones completamente distintas de las que imponen á la Francia, así su 
larga historia como sus necesidades presentes y sus justas aspiraciones¿para el 
porvenir. Además en la actualidad Paris puede reivindicar con más razón que 
nunca sus derechos de supremacía, porque lejos de haber sido una dificultad 
para las operaciones de la guerra, su resistencia ha superado á todas las espe- 
ranzas y en ella ha constituido el mayor obstáculo opuesto á la marcha vic- 
toriosa del invasor extranjero. 

Pero al mismo tiempo es también cierto que entre la actitud patriótica de 
Paris y la del resto de la Francia hay un antagonismo permanente que sub- 
siste á través de las revoluciones más trascendentales en la política interior y 
de las catástrofes más grandes en la exterior. Cuando hace un año toda la 
Francia votaba en favor del imperio, París proclamaba su adhesión á las ideas 



292 REVISTA POLÍTICA 

republicanas. Cuando toda Francia pide la paz, París exige la continuación de 
la guerra. Cuando en todos los departamentos triunfan las ideas de modera- 
ción y de orden, y son elegidos para la Asamblea los hombres que ofrecen 
mayores garantías de seguir una política prudente y sensata, en el del Sena 
obtienen la victoria los tribunos que sólo predican violencias y locuras. La 
Francia nc quiere ser dirigida por Víctor Hugo, el gran poeta que se ha pre- 
sentado vestido con la blusa roja en la Asamblea de Burdeos á pronunciar con 
voz escasa las retumbantes hipérboles y las extravagantes paradojas á que 
ha consagrado su talento; ni por Eochefort, que en su periódico ensalza el 
regicidio como la mejor y casi como la única buena política; ni p or Félix 
Pyat, que emula en el suyo los excesos de lenguaje de la época del terror: y 
estos hombres son los favorecidos por Paris en los comicios electorales, y los 
proclamados como jefes por los cien mil hombres que en Belleville están 
siempre dispuestos á levantar la bandera de los motines. 

Como muestra de las furiosas locuras de los rojos, baste decir que Félix 
Pyat, en un artículo destinado á reseñar la sesión de la Asamblea en (jue sa 
votaron los preliminares parala paz, llama áMr. Thiers horroroso viejecillo, 
zampamuertos, gangoso, fístula lacrimal que intercala entre dos muecas un 
chiste, cascabel, arrapiezo, mono de cabellos blancos, autor de bufonadas, 
apologista del imperio, insultador de la vil multitud, promotor de los grandes 
ejércitos y de los presupuestos crecidos, compadre de la mejor de las repú- 
blica?, y de la matanza de Trasnonain, despojo de todos los naufragios monár- 
quicos, viejo huero que paraliza todas las sendas del progreso, rana pidiendo 
rey, hombre de Estado que niega la utilidad de los caminos de hierro, la or- 
ganización del ejército prusiano y el derecho de la unidad alemana, con- 
ciencia de tres pisos con entresuelo y boardilla, amigo de la familia y del in- 
cesto, digno socio de un bigamo, embustero, charlatán, cómplice de los falsa- 
rios y otras lindezas por el estilo. 

Verdad es que no es preciso salir de la prensa francesa para encontrar 
quien ponga correctivo en términos no mucho más dulces á estas locuras de los 
periodistas demagogos. Mr. Louis Veuillot, que no cede á nadie la palma en 
materia de violencias de lenguaje, se burla así de los profesores de regicidio 
parisienses: "Hay una escuela de matadores de reyes. Su jefe es Mazzini; 
entre los maestros se distingue Mr. Pyat, y Mr. Hugo alcanza una buena po- 
sición. Ninguno ha hecho nada por su mano; todos están más ó menos am- 
nistiados, pues parece que los reyes mismos no han querido reprimir dema- 
siado la manía charlatana de estos teóricos, personalmente muy inofensivos. 
En cuanto á los ejecutores, han sido torpes y han parecido poco recomenda- 
bles. Harmodio, Aristogiton, Bruto, etc, hacen tal cual figura en griego y en 
latin; pero en los tiempos modernos, ¡qué pobres diablos y qué trastos! Los 
ha habido tontos, tunantes, miedosos, melancólicos, borrachos, espiasen gran 
mimero, y miserables de todas clases. Excepto sua Excellenza el conde Or- 
sini, que marró como los demás, y que acaso habría podido ser un prefecto 
mediano, nada se ha visto que exceda de la talla intelectual y moral necesaria 
para revender billetes de teatros ó para pregonar periódicos, i Y" con esto quie- 
re Mr. Eochefort constituir el imperio de la virtud en el género humano !h 



EXTERIOR. 293 

Cuando en la sesión del dia 10 de Marzo tomó 'la palabra Mr. Thiers para 
terciar en la discusión relativa á la futura residencia de la Asamblea nacional, 
tres fueron las cuestiones que se propuso resolver; la de capitalidad interina ó 
definitiva de la Francia; la de si han de comenzar desde luego las tareas cons- 
tituyentes, y la déla guerra civil con que amenazan los rojos, y más especial" 
mente los sublevados de Montmartre. El jefe del poder ejecutivo dio la razón 
respecto de las dos primeras á la minoría republicana. Resistiendo con todas 
sus fuerzas el movimiento de las pasiones de la mayoría, proclamó como ver- 
dad incuestionable que sólo París puede ser la capital de Francia y la resi- 
dencia de sus poderes públicos, y propuso la inmediata traslación de la Asam- 
blea á Versalles como única concesión á las circunstancias transitorias en que 
los agitadores del motin tienen á París. En cuanto al trabajo constituyente, 
reconociendo á la Asamblea su derecho soberano de obrar como tenga por 
oportuno, pidió que sea por ahora aplazado, á fin de que no desuniéndose los 
diferentes partidos políticos, se pueda concluir la paz con el extranjero, reor- 
ganizar el ejército, rehacer la Hacienda y constituir de nuevo la administra- 
ción del Estado, la de las provincias y la municipal, tan prof undam ente tras- 
tornadas por la guerra y la anarquía. Este aplazamiento no es claramente 
ventajoso sino para los defensores del imperio caido, únicos que en los mo- 
mentos actuales no pueden esperar el triunfo de sus ideas; pero para los or- 
Jeanistas, que tanta preponderancia numérica alcanzan en la Asamblea y 
sienten la natural impaciencia de los partidos que ven próxima la pose sion 
del poder, el suspender los trabajos constituyentes es poco agradable; y para 
los republicanos, que forcejean por conservar á la Francia su forma predilecta 
de gobierno, que en ella rige desde el 4 de Setiembre, también es violento 
aguardar á que escoja el momento oportuno de decidir la cuestión constitu- 
cional el jefe del poder ejecutivo, su adversario político. Mr. Thiers odia el im- 
perio, desprecia los proyectos de restaurarlo y no abriga temor alguno de que 
la demora en restablecer la monarquía pueda favorecer á los imperialistas. De 
la causa del orleanismo nadie puede disputaiie la más alta y legítima repre- 
sentación, y cree sin duda que el mayor servicio que puede prestar á los 
príncipes cuya impaciencia contiene, es el de evitarles que presidan desde ei 
trono la conclusión de la paz y la reorganización de la Francia en estas cir- 
cunstancias calamitosas. A los republicanos ha dado en los términos más ex- 
plícitos las mayores seguridades de que conservará íntegra la cuestión consti- 
tuyente hasta el momento oportuno de que sea decidida por el voto nacional 
de la Francia, legítima y ubérrimamente emitido, y les ha presentado la posi; 
bilidad de que, trascurriendo la actual crisis bajo el imperio de la forma repu! 
blicaua, pueda esta perpetuarse si se concilla con la tranquilidad y el orden. 
En este punto, las promesas de Mr. Thiers, ni halagan á los republicanos, ni 
desalientan á los monárquicos. Los primeros quieren la república para los re- 
publicanos; y los segundos saben muy bien cuan utópico es el proyecto de lo 
que se llamó después de 1848 la república lionnéte et moderée. 

De todas maneras, el programa de Mr. Thiers no podia ser rechazado por 
los partidarios de la República; y era asimismo aceptable para los del resta 
blecimiento de la Monarquía, sobre todo por el anuncio de la resolución de re- 



294 REVISTA POLÍTICA 

primir con mano fuerte los desórdenes de Montmartre. Pasaron, sin embargo, 
algunos dias sin que se adoptasen medidas eficaces contra los alborotadores. 
Solamente el general en jefe del ejército de Paris, haciendo uso de las faculta- 
des que le concede el estado de sitio, suspendió el dia 11 de Marzo, inmediata- 
mente después de tener noticia del discurso de Mr. Thiers y la votación de la 
Asamblea del dia anterior, la publicación de los periódicos titulados Le Ven- 
geur, Le Cri du Peii2)le,Le Mot d'ordre, LeFéi'e £>uchéne, LaCarícañirejLa 
Bouche defer.. Pero al mismo tiempo que estos periódicos eran obligados á 
suspender su publicación, los insurrectoscontinuaban fortificándose alrededor 
de sus cañones y fijando en todas las paredes de Paris proclamas en que exci- 
taban al ejército á la indisciplina y sublevación. Acaso el gobierno aguardaba 
á que llegase de Alemania una parte considerable de las tropas prisioneras, 
encontrándose entre tanto sin fuerzas para obrar. Tal vez tenia la esperanza 
de que la insurrección de Montmartre se deshiciese por sí misma, sin necesi- 
dad de recurrir á dolorosas medidas. En los momentos en que escribimos 
estas líneas, la lucha ha comenzado, sus primeros resultados han sido favora- 
bles para los insurrectos y reciben una triste realización los temores de que 
la guerra civil aumente en Francia los estragos causados por la guerra ex- 
tranjera. 

Continúa y continuará sin duda, durante algún tiempo, la publicación de 
nuevos datos y documentos acerca de los antecedentes y sucesos de la guerra 
franco prusiana. Por una parte, el gobierno inglés ha presentado á las Cáma- 
ras multitud de despachos diplomáticos; y por otra, los periódicos alemanes 
insertan en sus columnas muchos de los papeles secretos de Napoleón III, 
cogidos por los vencedores. Los despachos de las Cancillerías diplomáticas 
ofrecen muy escaso interés, sirviendo sólo para demostrar la apatía y falta de 
vigor, conocidos ya de todo el mundo, con que los gabinetes europeos han 
asistido á la espantosa lucha que en breve tiempo ha trastornado las condi- 
ciones del equilibrio político. Entre las correspondencias y notas que perte- 
necían á Napoleón III, las hay, en cambio, muy notables, no siendo las me- 
recedoras de menor atención algunas que muestran claramente cuan bien in- 
formado estaba el gobierno imperial de los peligros que amenazaban á la 
Francia por razón del progreso militar de la Prusia. He aqut, por ejemplo, 
las conclusiones generales de un informe muy largo y muy detallado que el 
agrogado militar á la Embajada francesa en Berlín enviaba directamente 
hace ya años al Emperador; n Resumiendo lo que antecede, voy á exponer los 
diferentes elementos de superioridad que deben reconocerse en el ejército 
prusiano.— Sentimiento profundo y saludable, que el principio del servicio 
militar obligatorio difunde en el ejército, el cual contiene toda la parte viril, 
todas las fuerzas vivas del país, y se considera como la nación armada. — El 
nivel intelectual del ejército más elevado que en ningún país, gracias á una 
instrucción general más vasta, esparcida por todas las clases del pueblo. — En 
todos los grados de la gerarquía, el sentimiento del deber más desarrollado 
que en Francia. — Servicios especiales (compañías de caminos de hierro, com- 
pañías de conductores de heridos, telégrafos), organizados con el más prolijo 
cuidado y sin disminución del número de combatientes.— Fuego de infante- 



EXTERIOR. 295 

ría más temible, gracias al temperamento particular de los alemanes del 
Norte y al mucho cuidado puesto en la instrucción del tiro. — Material de ar- 
tillería de campaña muy superior al nuestro en cuanto á precisión , alcance y 
rapidez de los tiros.— Pero de todos los elementos de superioridad que darian 
ventajas á la Prusia en una guerra próxima, el más grande, el más incontes- 
table, sin duda alguna, consiste en la composición de su cuerpo de oficiales 
de Estado Mayor. — Es necesario proclamarlo muy alto, como una verdad in- 
negable: el Estado Mayor prusiano es el primero de Europa; el nuestro no 
puede serle comparado. No lie cesado de insistir sobre esto desde mis prime- 
ros informes de 1866 y de manifestar la urgencia de pensar en los medios de 
poner nuestro Cuerpo de Estado Mayor á la altura del prusiano. Convencido 
de que en una guerra próxima el ejército de la Alemania del Norte sacarla 
de la composición de su Estado Mayor grandes ventajas y de que tendríamos 
acaso que arrepentimos cruelmente de nuestra inferioridad, insisto en esta 
cuestión, que, en mi dictamen, es la más grave de todas. He tenido ocasión 
cuando estuve en Bohemia, y después, de conocer muchos hechos que por su 
carácter individual, no pueden tener lugar en las relaciones oficiales de la 
guerra de 1866. De lo cual ha resultado para mí esta verdad incontestable: 
que los ejércitos prusianos debieron una gran parte de sus victorias á los 
oficiales de Estado Mayor. No se exagerarla diciendo que estos oficiales son 
los únicos que dirigieron la campaña de 1866. Podría citar muchos hechos en 
que los oficiales que componían ya los grandes Estados Mayores generales, 
ya los Estados Mayores de los diferentes cuerpos de ejército, dieron las mayo- 
res pruebas de un juicio recto, de un verdadero conocimiento de la guerra, 
de un celo extremado. Sin hablar del general de Molke, jquién es el gene- 
ral en jefe que no considerarla como una felicidad tener por jefe de Estado 
Mayor al general Voigts-Ehetz y al general Blumenthal, que desempeñaban 
estas funciones durante la campaña, el uno en el primer ejército, el otro en 
el segundo*? i Y cuan preciosas cualidades, cuan vastos conocimientos de toda 
clase en los oficiales de Estado Mayor, coroneles, comandantes, capitanes, 
que servían á sus órdenes! No conozco uno sólo que cualquier general no tu- 
viese á dicha emplearlo en la guerra. ¡Qué garantía, qué casi seguridad, qué 
tranquilidad no dan á un general en jefe Estados Mayores así compuestos, 
con oficiales inteligentes, instruidos y consagrados á sus deberes! n 

La lectura de tales documentos destruye una de las más razonables expli- 
caciones hasta ahora dadas á la confianza con que los franceses se lanzaron á 
la guerra. Suponíase que los agregados militares á las embajadas del im- 
perio en Alemania, descuidando su deber, hablan omitido dar oportuna 
noticia délos grandes progresos militares realizados por la Prusia. Esto, como 
se vé, no es verdad; y el ánimo se confunde al investigar las causas de la in- 
concebible inferioridad con que se ha presentado á la lucha la Francia, á pesar 
de las innegables cualidades de sus soldados, de su gran riqueza, de su espí- 
ritu patriótico y de lo bien informado que se hallaba su gobierno de los peli- 
gros que la guerra podía traer. 

Más fácilmente se comprende la posibilidad de que se engañen mucho loa 
alemíines al considerar como definitiva é irrevocable la gran ventaja conse- 



296 REVISTA POLÍTICA. 

guida en esta campaña por sus ejércitos. La Gaceta de Spener declara ya im- 
posible toda revancha que las generaciones venideras francesas quisieran ob- 
tener. nEl primer obstáculo, dice, es la superioridad militar de la Alemania, 
superioridad evidente, á pesar del armamento, en algunas cosas mejor, de 
nuestros adversarios. Tenemos la fuerza física, una organización modelo, una 
disciplina de bierro y cualidades morales que faltan ú los franceses ó que están 
en ellos menos desarrolladas. Estas ventajas no se las podrían apropiar los 
franceses; el carácter nacional se opone. El servicio obligatorio para todos es 
allí una utopia porque es una institución eminentemente democrática fun- 
dada sobre la conciencia del deber. La población de Francia aumenta menos 
rápidamente que la nuestra. El aniquilamiento físico toma allí proporciones 
alarmantes; con gran trabajo se han podido reunir nuevos ejércitos, mientras 
que la Alemania habrá casi doblado sus fuerzas cuando la o rganizacion mili- 
tar prusiana esté adoptada por completo en los Estados pequeños.— Otro obs- 
táculo son nuestras nuevas fronteras y la nueva unión alemana. Hoy la Ale- 
mania está cubierta del lado del Oeste y forma una unidad perf ect a enfrente 
del extranjero. Los franceses no conocen todavía lo que esto quiere decir. El 
tercer obstáculo está en la Hacienda. El 24 por 100 del presupuesto francés 
de 1870 era absorbido por los intereses de la deuda y el 28 por 100 por ejér- 
cito. La guerra cuesta á la Francia, por lo menos, ocho mil quinientos millo- 
nes de francos, lo cual al 5 por 100 significa cuatrocientos cincuenta millones 
de intereses anuales. Habrá, pues, que resignarse á una reducción de los gas- 
tos militares, siendo de notar que en nuestro cálculo no están comprendidas 
las sumas enormes que costará el restablecimiento de las comunicaciones y 
del material." 

Si estuvieran bien fundadas estas reflexiones de la Gaceta de Sjiener, Fe- 
derico el Grande no habría podido resistir con buen éxito á la coalición de 
las mayores potencias europeas pocos años después de haber sido casi privado 
de todos sus Estados, ni los prusianos hubieran podido vencer en Waterlóo 
después de su desastre de Jena. La fuerza física no falta ciertamente á los 
que vencieron á la Rusia en Sebastopol^ al Austria en S olf erino y al árabe 
en la Argelia. Si la disciplina de sus ejércitos no ha sido tal como les hubiera 
hecho falta, el escarmiento ha sido demasiado duro para que no sea aprove- 
chado. Si para adoptar la organización militar prusiana no hay otro obstáculo 
que el de necesitar esta un gran desarrollo del sentimiento democrático, la 
dificultad no será muy grande, porque, diga lo que quiera la Gaceta de Spener^ 
a Francia es mucho mas democrática que la Prusia. El argumento relativo 
al crecimiento de la población no es decisiva y actualmente tiene menos opor- 
tunidad que antes, porque acabamos de ver á la Prusia vencer en el espacio 
de cuatro años al Austria, á la mayoría de los Estados de Alemania y á la 
Francia, que sumaban entre todas una población cinco veces mayor que la 
suya. En punto á unidad nacional seguirá siendo por mucho tiempo más 
compacta la francesa que la alemana. En Francia no hay provincias que 
deseen dejar de ser francesas , como en Alemania las hay que desean de- 
jar de ser alemanas. En Francia no hay, como en el imperio moderno ale- 
mán, diferencias de constituciones políticas, tres reyes, grandes duques 



EXTERIOR. 297 

soberanos y otros príncipes independientes y ciudades libres, veinte Parla- 
mentos representando nacionalidades distintas y partidos poderosos que en 
cada Estado se esfuerzan por conservar su antigaa autonomía. Si la Hacienda 
se encontrase en tan calamitoso estado como la Gaceta de Spener supone-, no 
sucedería que hoy mismo, bajo la presión de circunstancias extraordinarias y 
excepcionales, la Francia vencida y obligada á pagar una indemnización de 
guerra tan grande como jamás se había visto ni sospechado que llegara á verse, 
tenga mas crédito en todas las Bolsas de Europa que la mayor parte de los 
Estados europeos. Y todavía se le ha olvidado al periódico militar alemán^ 
que una de las grandes fuerzas para la guerra consiste en las alianzas inter- 
nacionales y que no han de ser en adelante muchas ni muy seguras las que 
tenga la Alemania para continuar sus proyectos ambiciosos que tan terribles 
agravios han inferido ya al Austria, á la Francia, ú la Dinamarca y tan formi- 
dables amenazas dirigen al Luxemburgo, á la Holanda, á la Suiza, no pudiendo 
ser tampoco agradables á la Inglaterra ni á la Rusia. 

Cuatro causas de debilidad para la obra hasta ahora tan afortunada de 
Guillermo de Prusia y de Bismark están presentándose ya á la consideración 
de los hombres pensadores. Consiste la primera en los resultados desastrosos 
producidos en la sociedad alemana por esa misma organización militar á que 
ha debido sus asombrosos triunfos. Por primera vez la universalidad de los 
ciudadanos ha tenido que soportar los rigores de la guerra. Ya en 1866 se ha- 
bía observado que la breve campaña de Bohemia había cubierto de luto mu- 
chísimas familias de Prusia, siendo mayores los duelos, ó por lo menos más 
aparentes y más sentidos entre los vencedores que entre los derrotados; pero 
entonces apenas tomó parte en las fatigas y peligros de la guerra más que el 
ejército que estaba ya. sobre las armas. Ahora, medio año de guerra, en que han 
tenido que intervenir con sus esfuerzos personales todos los hombres capaces 
de sostener las armas, ha aniquilado una generación entera, y de todas las 
partes de Alemania se levanta un grito unánime para pedir que no vuelva 
jamás á exigirse semejante sacrificio. Que esta guerra sea la última: tal es el 
deseo que domina en todos los espíritus dentro de la nación germánica, y tal 
es la idea y la aspiración en donde está el secreto de las rudas y exhorbitan- 
tes condiciones impuestas á la Francia con el manifiesto objeto de dejarla 
completamente arruinada para que no pueda volver á pelear. Pero en vez de 
reducirla á semejante imposibilidad, lo que sucederá es que el sentimiento de 
la venganza ha de dar á la Francia nuevas fuerzas, al mismo tiempo que para 
la Alemania sea cada vez más doloroso y difícil repetir esfuerzos tan grandes. 

Otra causa de debilidad está en los celos y rivalidades que el reparto del 
botín empieza ya á despertar. Se hacen cálculos de todas clases para compa- 
rar los diferentes méritos contraídos. Mientras en Munich y Stutgard se ob- 
serva que los bávaros y wurtembergueses se han batido mayor número de 
veces y han sufrido más pérdidas de lo que proporcionalmente les correspon- 
día, en Berlín se repite á cada momento que los Estados del Sur no han con- 
tribuido á la guerra en tanta proporción como los del Norte, por no estar to- 
davía establecido en ellos el régimen militar prusiano. En la distribución de 
las cantidades cobradas en metálico á la Francia será más fácil llegar á una 
TOMO XIX. ^ 



298 REVISTA política 

avenencia; pero la anexión á la Prusia de la Alsacia y de Mez ha de causar 
vivo disgusto y dar grandes fuerzas á los partidos particularistas de los 
diferentes Estados. 

También han de tener considerable crecimiento las ideas revolucionarias en 
cuanto se disminuya el prestigio de la reciente gloria militar. El suelo germá- 
nico es muy fecundo para el desarrollo de las teorías socialistas y demagó- 
gicas; acaso la organización federativa era el mayor obstáculo que podia opo- 
nérseles, y la formación de la unidad ha de serles favorable. La cuestión 
social, la más grave, sin duda alguna, de cuantas hay pendientes sobre la 
Europa, en ninguna parte ha encontrado utopistas tan numerosos y tan atre- 
vidos como en Alemania. Allí está el principal centro de la famosa Internacio- 
nal, cuyos actos se han hecho sentir en casi todas las agitaciones sociales de 
las diferentes naciones europeas desde hace algunos años. Ahora mismo, 
cuando el partido militar está en el apogeo de su fortuna, el general Molke 
acaba de ser derrotado en las elecciones de Berlin. 

Por último, las simpatías de !a Europa se forman apresuradamente en 
favor de la Francia vencida; y en Inglaterra, sobre todo, el movimiento de la 
opinión en este sentido es irresistible. Haciéndose eco de él el Times, en uno 
de sus últimos números dice: "Si el gobierno británico, cediendo á influencias 
de familia, se ha dejado ultrajar sin protestar, si hoy se inclina bajo el peso 
de las recriminaciones que provocan justamente los acontecimientos y perma- 
nece inactivo, no hay que olvidar que el gabinete de Saint James no es 
eterno. Nosotros consideramos próxima una alianza que los alemanes no sos- 
pechaban. La Francia está debilitada seguramente por heridas recientes y 
brutales; pero su nombre sólo, es todavía un talismán. Su alianza no es letra 
muerta; y si el emperador-rey no sabe pararse á tiempo,, él y sus cómplices 
aprenderán lo que puede hacer la Inglaterra bajo la bandera franco-inglesa. m 
La parte más importante de la prensa alemana, lejos de procm'ar para su 
patria las alianzas exteriores, acomete con furor á todos los pueblos extran- 
jeros. Muéstrase furiosa contra los suizos por la amistosa hospitalidad que han 
dado á los soldados del ejército de Bourbaki. Increpa violentamente á los Es- 
tados-Unidos porque durante esta guerra han vendido á la Francia armas y 
municiones por valor de más de doscientos millones de reales. Y se burla en 
los términos más acres de los periódicos y del gobierno de Inglaterra. Hé 
aquí, como muestra de esto último, algo de lo que la Gaceta de Spener dice: 
"En Inglaterra es donde principalmente se levantan reclamaciones contra los 
preliminares de paz hechos en Versalles, y estas protestas no tienen nada de 
sorprendentes, porque el Gabinete de Saint James ha hecho un brillante yja^co 
en sus tentativas de intervención. La Inglaterra ha empleado repetidos es- 
fuerzos para impedir el bombardeo de Paris, para conservar Metz ala Francia 
para disminuir la contribución de guerra. Pero el canciller del imperio ha sa- 
bido resistir á estas veleidades de inmixtión del gobierno inglés. Estando ar- 
regladas ya en los preliminares todas las cuestiones importantes, la Inglaterra 
nada tiene que hacer en Bruselas. — Es verdad que la paz actual es más dura 
que las de 1814 y de 1815; pero aquellas fueron concluidas á despecho de toda 
justicia y sin ningún miramiento para Alemania. Entonces los políticos ruaos é 



EXTERIOR, 299 

ingleses predominaban; hasta puede decirse quelanacion vencida desempeña- 
ba el principal papel, y esto con el consentimiento de las naciones no alemanas. 
— En vano la Alemania demostró la justicia de sus exigencias; la política ruso- 
inglesa queria favorecer á la Francia y conservar la Prusia en una situación 
inferior. — Para nosotros los alemanes, que nos acordamos de aquella paz mi- 
serable, y de las intrigas del Congreso de Viena, la historia no ha hablado en 
vano. Durante toda la guerra no hemos deseado más que una cosa: vencer á 
la Francia con nuestras propias fuerzas, á fin de concluir solos la paz. Nues- 
tros deseos están ya satisfechos, y la paz conseguida no se parece en nada á 
las que la precedieron. Cuanto más la condenen los ingleses, más nos agrada. « 
En cambio de las amenazas de alianzas futuras con la Francia, la Prensa 
de Viena ofrece á los prusianos la amistad del Austria, que cree no sólo po- 
sible, sino natural y necesaria. "La esfera de acción de la amistad austro- 
alemana es, en nuestra opinión, mucho más extensa de lo que se cree en 
ciertas regiones. El mundo entero, bajo la impresión inmediata de la última 
guerra, está hoy de acuerdo en pedir garantías para la paz de la Europa. Los 
pareceres se dividen en la cuestión de saber en dónde y cuándo esas garan 
tías podrán encontrarse; pero de esta confusión de ideas resulta siempre que 
la alianza de dos ó más Estados de primer orden seria el medio más á propó- 
sito para asegurar el reposo general, ó á lo menos para disminuir los peligros 
de una nueva guerra. Pues bien; creemos que en toda Europa no hay dos Es- 
tados, que pueden entenderse y unirse con tanta facilidad como el Austria y 
la Alemania. Su situación respectiva nos recuerda relaciones análogas entre 
la Francia y la Inglaterra, que fueron llamadas Entente cordiale; con la dife 
rencia de que la nueva inteligencia austro-alemana deberá ser más sincera y 
más permanente que aquella. La comunidad de interés que debe haber entre 
dos Estados para que su política se una, existe en mucho mayor grado entre 
la Alemania y el Austria que existió jamás entre la Francia y la Inglaterra. 
Estos dos últimos países no tenian en reali<lad otra cosa común que su po- 
lítica en Oriente , y aun esta por parte de la Francia no estuvo exenta de 
ciertas oscilaciones y deslealtades, propias del bonapartismo. Entre la Alema- 
nia y el Austria lo que sucede es muy distinto. Los dos paises y los dos 
pueblos, sobre cualquier terreno á que dirijamos nuestras miradas, pueden 
encontrarse y entenderse sin estorbarse el uno al otro, y por medio de esta 
unión darán á la paz una garantía mejor que podrían darla los otros Es- 
tados, n 

El pobre Imperio Austríaco, cuya integiádad nacional ha sido disminuida 
y continúa amenazada por el desarrollo de las grandes unidades italiana, ale- 
mana y slava, no está en el caso de resolver grandes cuestiones con su inter- 
vención activa. Aunque la Prensa de Viena crea tan sencillo y seguro y fe- 
cundo en resultados el estrechar las relaciones del Austria con la Alemania, 
el hecho culminante en la actual situación política del Austria-Hungría, es 
que no se pueden allí hoy formar alianzas muy firmes, no ya con países 
extranjeros, pero ni aun entre las provincias propias . Basta que una cosa 
agrade en la región cislheitana para que sea recibida con disgusto en la 
trasleithana. En Hungría, si hay unanimidad para rechazar el germanismo, 



300 REVISTA POLÍTICA EXTERIOR. 

todo lo que el magyar adopta es rechazado por el croata. En la Bohemia, si 
se rivaliza con la Hungría en las pretensiones para emanciparse de la prepon- 
derancia de Viena, los Tchecos no logran ponerse de acuerdo con las demás 
razas. Los slavos del Sud discrepan de los del 'Norte en sus aspiraciones; no 
sólo cada provincia tiene diversas tendencias, sino que dentro de ella no lo- 
gra prevalecer ninguna determinada. Entre las soluciones del porvenir , la 
menos probable y en otro caso la menos eficaz, es sin duda la alianza austro- 
alemana. 

Para fijar bien el enorme é injustificable exceso de la cuantía señalada á 
la contribución de guerra, bastarían los siguientes párrafos de la Corresjjon- 
dencia de Berlin, que procura defenderla, contestando á un periódico aus- 
tríaco: "¿a Gaceta de Silesia ha calculado que la tercera izarte de los cinco 
mil millones de francos (1.300 millones de thalers) exigidos á la Francia, bas- 
taría para reembolsar toda la Deuda pública de Prusia (450 millones de 
thalers); y el mismo periódico dice también que esos cinco' mil millones de 
francos son una suma superior á todo lo que la Prusia ha gastado desde 1815 
para su organización militar. Esos cálculos son inexactos; la Deuda pública 
de Prusia se eleva, no á 450 millones, sino á 479.462.000 thalers; y hay que 
añadir á este guarismo el capital de otras deudas del Estado que no corres- 
ponden á la Administración de la Deuda pública propiamente dicha (rentas 
é indemnizaciones por supresiones de derechos ó propiedades; pensiones, fun- 
daciones, deudas del país de Hollenzollern, etc.) En segundo lugar' el pre 
supuesto militar de Prusia que era anualmente de 42 millones de thalers ' 
hasta la época de la reorganización del ejército (1862) daría ya para solo ese 
período (1815 á 1862) una cifra total de cerca de dos mil millones de thalers, 
excediendo por lo tanto en un tercio de los cinco mil millones de francos de 
indemnización. En cuanto á los ocho últimos años del, presupuesto militar 
de Prusia, representan juntos más de 400 millones de thalers; que reunidos ¿ 
las sumas de los presupuestos anteriores, componen un total de cerca de 
nueve mil millones de francos, n 

Eesulta, pues, por la propia confesión de los interesados, que la llamada 
indemnización de guerra es más crecida que la suma de todas las deudas de 
todos los países alemanes; y que los gastos militares de la Prusia desde antes 
de la guerra de Dinamarca, añadidos al capital nominal de su deuda no 
llegan á un guarismo equivalente al efectivo de la contribución impuesta al 
país vencido. 

Las grandes sjuerras, en medio de sus desastres horribles habían solido 
producir, por lo menos desde hace medio siglo, la solución de cuestiones com- 
plicadas. La última plantea muchos más ploblemas de los que ha resuelto, y 
lega al porvenir con un aumento de sus estragos inmediatos, dificultades ma- 
yores que las anteriormente conocidas. 

Fernando Cos-Gayon 



CRÓNICA DE TEATROS. 



EL TEATRO DE LA RÚA DOS CONDES. 



I Desemboca en la calle lateral derecha del Paseo público de Lisboa, una calleja corta, 
(Estrecha, mal empedrada, de no muy buen aspecto, nada ai-tística y poco limpia, de ■ 
/nominada rúa dos Condes. Para ser de condes la calle, no se distingue ciertamente ni 
I por su belleza, ni por su comodidad; designios altos de la sabia Providencia. En el ex- 
' tremo izquierdo, denegi-ido por eltiem-po, y por él bastante ajado, levántase un case- 
ron de dos j^isos, sembrada la fachada de ventanas estrechas, á guisa de hospital, en 
cuya puerta principal ostenta orgulloso dos limpios y enormísimos faroles. El género 
artístico áque elediñcio pertenece, imposible es de definir con acierto; yá buen seguro 
que si tbdos los más grandes arquitectos del viejo y del nuevo mundo, presentes y pa- 
sados, hubieran de reunirse para dar dictamen acerca de este asunto, paréceme indu- 
dable que después de largas cavilaciones y debates empeñados, verianse obligados á 
convenir en que jamás, griegos ni romanos, turcos ni alabares, imaginaron tii^o alguno 
de belleza, al que referir el monumento en cuestión. 

El frontis no ostenta columnas corintias, con su canasto de flores, y sus hojas de 
acanto; los extremos no se distinguen por su simetría, ni resulta de todas sus par- 
tes ese armonioso conjunto que, como himno en loor de la belleza, despréndese siempre 
de palacios babilónicos, ó Parthenones y San Pedros. Pero si nada de esto hay, si las 
goteras esclavizan sus techos, las berrugas afean su frente, y la huella del tiempo des- 
asara sus carnes de cal y canto, con tal cual joroba aquí, y allá uno ú otro remiendo de 
efecto igual al que produce en una capa sucia y vieja, un zurcido con tela nueva y de 
otro color para más disimular; en cambio, grandes cartelones de letras tamañas, pega- 
dos á los costados de su enorme y pesada puerta, se encargan de hacer comprender al 
ignorante que tras de aquellos mal pergeñados paredones, sacerdotes de Apolo rinden 
culto á las musas; cosa no ijara creída, pero no i)or eso menos cierta. Si hay valor que 
al humano exceda, es el del que, llevado por su amor al arte, sin acorrerse á Pegaso, 
tiene suficiente ánimo para trasponer el temeroso umbral, y con un billete en la mano, 
dispónese á tomar por asalto el primer asiento que dentro de la sala su fortuna le de- 
pare. Porque si el exterior no encanta, el interior no es para agradar con demasía. 

Sin fijarse en la entrada, regular portal de un mesón legendario, ni en los mal lla- 
mados corredores, por donde seria imposible pasase un hombre de algunas dimensio- 



502 CRÓNICA 

nes, entremos eu la sala, y á fé que la perspectiva que presenta no es para seducir e 
ánimo ni halagar la fantasía. Una herradura de tres pisos, estrecha y larga, enclaván- 
dose en un escenario ruin y mezquino, con el techo bajo y mal pintado, de cuyo cen- 
tro pende una diminuta lucerna, con unos palcos á manera de tablas de estantes de 
botica, cajones por su apariencia, y separados unos de otros por paredes completas, 
forradas con un papel de aquellos que á principios del siglo en las salas de estrado 
colocaban orgullosos nuestros abuelos, con sus cenefas azules y sus rayas trasversales 
del mismo color, sin más adornos que una descascarada pintura blanca, tiñendo los 
antealtos con el obligado oro en el centro, figurando un mascaron de proa, que tanto 
jjuede servir de sileno, ó grifo de puente, como de máscara de comedia; tal es, en resu- 
men, el conjunto del salón del teatro de la ruados Condes. Mas en los detalles no tiene 
desperdicio, particularmente en el patio. Tres filas de bancos, divididos por travese- 
ros ó brazos de madera, dejando de unos en otros corto espacio liara enclavarse ima 
persona, constituyen las cadeiras (butacas). De estas hasta el semicírculo déla herra- 
dura, extiéndese una larga falanje de bancos con asiento de regilla y respaldo en su 
parte posterior de un peludo de lana con una chapa de aguador en el centro, expre- 
sando el mimero, que si no sirve para indicar á cada prójimo su asiento, porquje en los 
teatros de Lisboa cada cual ocupa el primero que coge, sirve, y á maravilla, para mar- 
tirizar sin rejwso las inocentes espaldas del afortunado mortal que en él se apoya. Y 
como si esto no bastara, debajo de los palcos, del fondo semi- circular, sin luz, síq aire, 
sin espacio, ábrese un enorme hervidero, donde los menos favorecidos por Mercurio se 
hacen la ilusión de que están sentados sobre no muy bien pulidas tablas, y de que 
contemplan el expeotáculo. Antro- cazuela, M\\\e\ es el sitio de la gente que, ni de su 
asiento se queja, ni se molesta por cosa alguna, que á otra martirizaría en extremo. 

Tal es, pues, el templo de Aijolo, que describir intentamos. Pero si esos son los ca- 
racteres que le distinguen, y tales las bellezas que le adornan, ¿por qué, se preguntará 
el lector, hacer tan minuciosa y detallada descripción de lo que nada vale, ni cosa 
alguna significa? Pues ahí verá Vd., contestaré como los bonachones castellanos viejos. 
En cuanto á lo de que nada valga, ni signifique nada, hay mucho que hablar, y por 
lo mismo que el teatro de la 7'ua dos Condes, es el representante del pueblo,' y á él 
con predilección el pueblo concurre, justo es darle á conocer física y moralmente, ó 
mejor dicho, arciuitectónica y literariamente. Es el único que tiene carácter propio, 
y el que revela espontaneidad y vida: es el iinico, como diria un hijo de Lisboa, por- 
tug ilesísimo. • 

Es el teatro portugués pobre de suyo, y como si la inspiración éi)ica con (jamoens hu- 
biera absorbido todo otro género poético, y en especial el -que al arte dramático dice re- 
lación, en crítica, que no existe, como en filosofía, en i)intura, como en estatuaria, po- 
cos son los nombres quela historia literaria conserve con justicia y encomio. El teatro 
portiigués, hasta Almeida Garret, no tiene historia. Gil Vicente, el dicípulo de Juan de 
la Encina, graii hablista castellano, es el único nombre, el solo autor dramático: en él 
empieza y concluye el teatro, porque ni Castillo, ni Ferreira, á pesar de su celebrada 
tr&geáia. Doíia Inés de Castro, ni después de la restauración la de Miranda, con su 
aplaudidísima Doña María Tellez, ni Simón Machado, ni el popular Antonio José da 
Silva, ingenio cómico de nada viügares condiciones, supieron imi^rimir carácter, y es- 
píritu nacional, creando un teatro verdaderamente portugués. Almeida Garret en 
nuestros dias, continúo la obra de Gil Vicente, y así como los autos á lo divino, y los 
entremeses y pasos de este son la única y completa expresión del arte dramático por- 
tugués en el siglo xvi; Fray Luis de Soiiza y Fillipa de Villena, son las obras de arte 
que en el siglo XIX, representan el teatro nacional. De ésta carencia de obras dramá- 
ticas, nacen la afición extrema de los ijortugueses por el teatro francés; su predilección 
por Hugo, Dumaa y Sardón, su entusiasmo por el Vaudeville, y la ópera offembanes- 



DE TEATROS. 303 

ca, su gusto decidido aunque no delicado, por las comedias de magia, evidente signo de 
falta del estético que tanto distingue á los pueblos que tienen una literatura nacio- 
nal, y el afán con que en los sucesos coetáneos buscan argumento vi ocasión para pro- 
ducir alguna que otra obra que despierte el interós, saliéndose de las condiciones vul- 
gares ya expresadas. Por eso, en los teatros de Lisboa, hoy por boy, todo lo que se 
hace, ó es francés, ó es de actualidad; por eso en dos de ellos, el Príncipe Real y el de 
que nos ocupamos con especialidad, i)reparan El Cerco de París, como anteriormente 
este último habia presentado con general contentamiento, un drama titulado El 
abanderado dd noventa y nueve de infantería de línea, compiiesto de retazos de anécdo 
tas de la guerra: por eso en el Gimnasio se da con éxito un apropósito que por nom- 
bre lleva A las armas por Francia, y en el que el protagonista es el insigne autor de 
Nuestra Señora de París; por eso anteriormente, Troppman fué el personaje obligado 
de composiciones aplaudidas con furor, y de esperar es que el dia menos pensado, los 
expectadores asistan en cualquiera de los coliseos de Lisboa, á una sesión del cuerpo 
legislativo, ó á una conferencia entre Jules Favre y Bismark. 

De todo esto dedúcese claramente, que sin autores, sin teatro, es imposible exista 
público. El leti'ado ama la literatura francesa con pasión, elogia al teatro francés con 
delirio; habla, comenta y aplaude á Racine y Moliere; y siempre presenta como el non 
'plus ultra de la literatura dramática, por \ofilosóñ.co y vioral de su fondo, y por la in- 
tención social qae les inspirara cuando Le Demi-Monde, ininteligible fuera de París, 
cuando Les Vieux Gar^ons, que dicho sea de paso, es una de las obras en que más se 
distingue el inimitable actor portugués José Carlos dos Santos. 

El iletrado, bullicioso y poco dado á bachillerías, se emboba admirando las decora- 
ciones de La Gata Borralhera y de Apelle do Burcho, celebradísimas comedias de 
magia, notables únicamente jjor lo desgraciadas é interminables, ó frenético aplaude 
las cancanescas melodías de La Gran Duquesa ó Barba Azul. 

Mas el i^úblico especial que llama preferentemente mi atención, es el que llena todas 
las noches el iiobre y nada hermoso teatro de la rúa dos Condes. Como que no hay tea- 
tro nacional, mal puede asemejarse á aquel levantisco de nuestro corral de la Pacheca, 
bachiller, entrometido, gran apreciador de la belleza, y de finísimo y depurado gusto; 
que así descifraba hipérboles, como celebraba sales, y adivinaba conceptos sutiles, in- 
terpretando á maravilla, las grandes y nunca bien ponderadas y gigantescas creacio- 
nes de tantos y tantos genios, como la española escena abrillantaron. Alegre, aunque 
no bullicioso, el iiúblico que asiste á este templo del arte (en otro tiempo teatro nor- 
mal, donde en el de doña Maña I la Piadosa, los hombres se encargaban de desem- 
peñar los papeles de mujeres, dándose el caso de encomendarles el desempeño del de 
doña Liés de Castro, la hermosísima favorita de D. Pedro de Portugal, cosa muy con- 
forme con los escrúpulos monjiles, y los hipócritas instintos de aquella reina tan tira- 
na como beata), vá al teatro no para saborear bellezas, ni con el interés que la obra 
dramática despierte, sino á pasar un buen rato, y descansar de las cuotidianas tareas. 
Con sólo esto, se comprende bien sii carácter y tendencias. 

Antes de la hora marcada por el cartel, axDÍñase á las puertas del coliseo, multitud 
de hombres, niños y mujeres del pueblo, con sus chaquetas y sombreros gachos aque- 
llos, con variantes de gorras de lana y calza ajustada, con faja negra, distintivo de los 
fadistas, vulgo chulos entre nosotros, y con su capa de paño, desafio á lluvias y frios, 
y su pañuelo blanco, terminado en pronunciada punta, estas. Al entrar, y posesionar- 
se de su asiento salúdanse ruidosamente unos á otros los conocidos, haciendo acoijío de 
lági-imas ó risas, según la función que se haya de representar, sea comiwesta de saínete 
y frases picarescas, ó de comedias serias y dramas patibiúarios. Ocupan á seguida sus 
asientos con no ijequeño bullicio; y no bien el director de la murga, armado de su 
correspondiente violin, dala señal á los eje<nitantes, para comenzarlas dulces melodía^ 



504 



CRÓNICA 



es de ver el silencio, la inmovilidad, el estupor curioso que reinan de improviso sobre 
aquellas muchedumbres alegres, como si pretendieran no perder ni una nota, ni un 
detalle, por insignificante y desapercibido. Mas en el instante en que sin majestad al- 
guna, alzase el telón de boca, todos los pescuezos se estiran, las bocas se abren, los 
ojos pretenden saltarse de sus órbitas, los oidos se ensanchan, la respiración se com- 
prime y todos los cueriws inmóviles, helados, quédanse rígidos, y en contracción vio- 
lenta: que hasta tal punto despierta interés en las almas de ellos poseedoras todo 
cuanto se dice, hace, canta, baila y representa, sobre aquel mal pergeñado y estrecho 
andamiento, ó escenario, esclavo de mil bufonei-ías, y de terribles ataques al arte, 
cómplice de bellaquerías, protector extremado, y mal avenido comijañero del sentido 
común, y no pocas veces hasta de la ordinaria decencia. Y así como es el silencio el 
lúgubre pi-ecursor de la tormenta, y así como en sus grandes manifestaciones, al si- 
lencio se sigue un continuado y doloroso concierto de gritos, voces y temerosos ruidos, 
por nadie interpretados, y todos ellos tremendos, y á estos el temblar de los seres de 
la naturaleza, el crugir tenebroso, y allá en el cielo el avanzar pausado y temible de 
la negra nube preñada de espanto, y el violentísimo impulso del viento embravecido, 
y en pos, el seco estampido del trueno, el rebramar de los huracanes, el oleaje tem- 
pestuoso, el fulgor del rayo, y el rompimiento estruenduoso de cataratas de lluvia que 
se desploman gigantescas sobre la amedrentada tierra, del mismo modo, al silencio 
del primer instante sigúese el murmullo lento del agrado, y el chichear curioso de los 
unos, haciendo observaciones halagüeñas, ó el susurro inquietador de los otros, presa- 
gio cierto del mal humor y de disgiisto, reflejándose sobre aquellos rostros la satisfac- 
ción ó el tedio, hasta que impelidos por el desarrollo de la acción dramática, estrellan - 
se contra las tablas de la escena, como ondas bravias contra escuetas rocas, voces en- 
tusiastas, palmadas frenéticas, risas sonoras, carcajadas bulliciosísimas, bravos espan- 
tosos, cuando no retiembla el pavimento, magullado, herido, casi roto, bajo mulares 
de pies, ni pequeños, ni ligeros, á quienes el mal prevenido genio del desagrado, hace 
sobre él caer robustamente, y con rítmica lentitud, produciéndose sin igual estré - 
pito, y confusión bastante á ensordecer los cielos y detener atemorizados en su bri- 
llante curso lo mismo á satélites que á planetas. 

Las composiciones en dicho teatro representadas, no pertenecen á género alguno, ni 
revisten carácter especial y determinado. No tiene Portugal im D. Ramón de la Cruz, 
á quien de derecho debia pertenecer la soberanía en aquel teatro; por eso farsas, en- 
tremeses, saínetes, tragi- comedias, melo-dramas, magias, todo cuanto en él se repre- 
senta, no obedece á tijpo alguno, ni á especial género, y tan pronto es importación 
francesa, como reminiscencia nacional, y así los expectadores de los iialcos, en cada 
uno de los que suele acomodarse una familia, cesan por un instante en su cena, y en 
sus frecuentes cortesías á la bota, instrumento de placer, nunca olvidado, movidos por 
el interés que en ellos despierta un desafio entre un francés y im prusiano, como dester- 
níllanse de risa con chisies vaudevillescos, ó hacen repetir entre aplausos ruidosos, 
los alegres compases de un can -can. Aquel público que con tal fuerza siente, y asi 
patea y se mesa los cabellos ii-ritado contra el traidor del drama, como celebra con 
grandes carcajadas escenas enteras consagradas en algunas farsas, al cuarto trasero 
de un burro, y con la misma facilidad derrama lágrimas, que lanza gritos de alegría, 
y canta, y se mueve, y codea, y asiste con entera buena f é á los expectáculos, olvidán- 
dose de sí propio, para metamorfosearse con cuerpo y alma en la acción dramática, 
hasta el punto de confundirse con los personajes de ella, prestándose ya á amparar 
al desvalido, ya á acometer al tirano,, dando claras muestras de su honradez de con- 
ciencia, y su elevación y la moralidad de sus sentimientos, no es de continuo excitado 
por el de la propia nacionalidad, ni tiene un teatro á ella consagrado, y sí que conten • 
tarae con hacer profesión de odio á Castilla, ante las iniquidades de Miguel Vascoa" 



DE TEATROS. 505 

cellos, y la tiranía de los Felipes, iinico asunto nacional á que se rinde culto en el mes 
de Diciembre, recordando la dominación austríaca, con motivo de la redención glo- 
riosa de 1640. A tan pequeña muestra de la dramática portuguesa, está reducido el 
teatro que suele representarse, en el de la rúa dos Condes, sólo ijopular porque á él 
concurre el pueblo, no jsorque en él se cultive el sentimiento de la patria, por medio 
de composiciones puramente portuguesas. 

Si es ima verdad axiomática que sólo en nacionalidades sólidamente ccnstituidas, y 
á prueba de reveses y conquistas fundadas, existe el teatro, y que sólo en los momentos 
de la más alta expresión de su fuerza, y de su prestigio, nacen Menandro y Sófocles, 
Shakspeare y Victor Hugo, Lope y Calderón, graves y nada tranquilizadoras reflexiones 
podría sugerir á un espíritu fdosófico é imparcial, el liecbo característico tantas veces 
consignado, de que ni aún en los tiempos gloriosos de D. Manuel, la literatura portu- 
guesa cuente con un nombre dramático imperecedero, si bien tamaña falta se compen- 
sa con la colosal figiira del ilustre cantor de Vasco de Gama, poeta eminentísimo, y el 
más grande de los tribunos de la patria. 

Ctonzalo Calvo Asensio. 
21 de Enero de 1871. 



boletín bibliográfico. 



LIBROS ESPAÑOLES, 



Expropiación forzosa por causa di; utilidad pública, ó sea exposición de las fór- 
mulas para tasar las fincas urbanas en renta y venta, y de la parte legal relativa 
á esta materia; por el Sr. D. Fernando de Madraza, antiguo juez de primera ins- 
tancia de Madrid, y Consultor que fué del Ministerio de Fomento. = Madrid, 1871, 
librería de la viuda é hijos de Don José Cuesta. 

Publicó el Sr. Madrazo en 1861 un Manual de Expropiación forzosa por causa de 
utilidad pública, que el público lia acojido con muclio favor, habiéndose agotado hace 
ya tiempo sus dos primeras ediciones. Cuando el autor se preparaba á la tercera, 
sobrevinieron los sucesos políticos de Setiembre de 1868, que hicieron prever desde 
luego novedades importantes en esta parte de la legislación. En efecto, un decreto del 
poder ejecutivo, de 11 de Agosto de 1869, introdujo reformas de interés en lo decreta- 
do por la ley de 17 de Julio de 1836, y el reglamento dictado para su aplicación 
en 23 de Julio de 1853. Después, en 7 de Octubre de 1869, el Ministerio de Fomento 
presentó á las Cortes Constituyentes un proyecto de ley sobre expropiaciones forzosas 
por causa de utilidad piiblica. 

Esperando el resultado de la discusión y votaciones de las Cortes, el Sr. Madrazo 
no se ha atrevido á proceder á la tercera impresión de su Manual; pero, instado 
vivamente i>or muchos arquitectos, maestros de obras, propietarios, ingenieros, abo- 
gados y juzgados de primera instancia, que necesitan con frecuencia un guia en esta 
delicada materia de las expropiaciones, se ha decidido á redactar y publicar en un 
tomito de 166 páginas, la exposición de las fórmulas para tasar las fincas urbanas en 
renta j venta, y de la parte legal relativa á esta materia. 



BIBLIOGRÁFICO. 307 

Memoria sobre las bibliotecas populares, presentada al Excmo. Sr. D. José 
Echegaray, Ministro de Fomento, por Don Felipe Picatoste, Jefe del Negociado 
primero de Instrucción pública. = Madrid, imprenta nacional, 1870. 

En 18 de Euero de 1869, dispuso el ministerio de Fomento que, en las Escuelas pii- 
blicas que hubiesen de construirse desde entonces de nueva planta se destinase necesa- 
riamente un local para las bibliotecas i^opulares. En orden de 18 de Setiembre siguiente 
ammció en la Gaceta que iba á proceder al establecimiento de veinte de esas biblio- 
tecas, dos por cada distrito universitario. Pero el gran niimero de donativos de libros 
que muchos particulares se apresuraron á hacer al ministerio, permitieron desarrollar 
en seguida muy considerablemente el pensamiento primitivo. Además, el ministerio, 
en 7 de Octubre, decretó pedir á las Bibliotecas que de él dependen, las obras tripli- 
cadas que poseyeran y que fuesen iitiles jjara el objeto; reunir los libros elementales 
de educación que existian en los diversos Negociados de la Dirección de Instrucción 
pública; oficiar á las Academias y corporaciones, dependientes también del mismo 
ministerio, para que destinasen á las Bibliotecas populares, alguna parte de los libros 
de fondo que poseen, y fueran á projiósito; invitar á las corporaciones provinciales ó 
municipales á fundar ó aumentar establecimientos de este género; é invitar, por 
último, á los autores y editores de obras y á las personas ilustradas A que hiciese i 
donativos de libros. 

Las obras regaladas iior los particulares y las Academias, ó recogidas de los dife- 
rentes negociados del ministerio, hasta el 31 de Enero de 1870, eran 15.202, con 
16.054 volúmenes, y 1.466 hojas sueltas. Con ellas se han formado, hasta 30 de Janio, 
93 colecciones, cada ima de las cuales tienen un número de libros, que varió en un 
principio desde 128 hasta 199, y que después ha sido, por regla general, de 155. 

De esta manera se hadado ijrincipio á la realización de una mejora, que es muy co- 
nocida en las naciones extranjeras. En Bélgica fueron organizadas en 1862 las bibliote- 
cas populares, con carácter exclusivamente municipal. En Alemania lo han sido princi- 
palmente por asociaciones voluntarias. Sólo en Berlin hay más de veinte compañías, 
alguna de ellas compuesta de 3.000 individuos, que se ocupan en propagar las biblio- 
tecas populares . Las hay también en Inglaterra. En Francia, las Bibliotecas cantona- 
les sostenidas por el Estado llegaban en 1.» de Enero de 1867 al mimero de 147, con 
40.835 obras en 49.913 voliimenes; y las escolares, destinadas á prestar libros de 
texto á los niños pobres, y mantenidas con los fondos de los ayuntamientos, según las 
disposiciones de la ley de 31 de Mayo de 1860, y reglamento 'de 1.° de Junio de 1862, 
han llegado en pocos años á ser 11.000, con un total de 1.200.000 volúmenes. A parte 
de esto, la sociedad Franklin, desde el 31 de Marzo de 1865 al mismo dia de 1866 
fundó 124 bibliotecas, con 14.548 volúmenes. 

Como producto de donativos diversos, las colecciones formadas por el ministerio de 
Fomento se resentían de falta de unidad, ó, más bien, de especialidad en el conjunto, 
lío se habian hecho con lo que pudiera haberse creido más útil para las Bibliotecas 
populares, sino con lo que se habia tenido disponible. Con el fin de mejorar esto en lo 



508 BOLETÍN BIBLIOGRÁFICO. 

venidero, la Dirección General de Instrucción pública se dirigió á varios literatos, ex- 
citando sil patriotismo, é invitándoles á escribir tratados elementales, cuya projjiedad 
cederían al ministerio. Respondieron desde luego apresurándose á aceptar los señores 
D. Cayetano Rosell, D. Ventura Ruiz Aguilera, D. Juan de la Rosa González, don 
Francisco Bañares, D. Juan de Dios de la Rada y Delgado, D. Manuel Pérez Teran, 
D. Francisco Javier Moya, D. José María Escudero, D. Domingo Fernandez Arrea y 
otros, que se comprometieron á escribir tratados de Historia de España, de literatura 
española, de Legislación, de Derecho, de Hacienda, de Higiene, de Cronología, de Ar- 
queología y otros conocimientos. 

La Memoria del Sr. Picatoste, en que se da cuenta de todo lo liecho en esca mate- 
ria, ha sido publicada en la Gaceta, y ahora impresa por separado. En ella se refiere 
, el principio y desarrollo de la idea de las Bibliotecas populares, y se inserta una lista 
completa de los donat ivos de libros, délas peticiones dirigidas al ministerio solici- 
tando colecciones, y de las obras que respectivamente comprenden las novesnta y tres 
ya destinadas . 



Director, D. J. L. Albareda. 



Madrid: 1871.=Imprenta de José Noguera, calle de Bordadores, núm. 7. 



ANÁLISIS ESPECTRAL. 



(1) 



Un mundo relativamente pequeño y miserable se agita á nuestros pies; 
un mundo infinito, ó infinitos mundos, para emplear una frase más exacta, 
giran sobre nuestra cabeza, se pierden y ocultan bajo nuestro horizonte, y 
rodean en torbellino admirable al pobre globo que habitamos, átomo per- 
dido entre confusa muchedumbre de planetas, satélites, soles y nebulosas. 

Si fijamos nuestra vista en,los objetos próximos, y procuramos pene- 
trar su esencia propia, de esta curiosidad de abajo nacen la Mecánica, la 
Física, la Química, la Historia natural, la Geología y todas las ciencias que 
podemos llamar, en su grado inferior, terrenas: si levantamos nuestra mi- 
rada á la bóveda azul de los cielos é interrogamos á las profundidades del 
espacio sobre Jas maravillas del cosmos, esta curiosidad de arriba, orde- 
nada en principios, da origen á las ciencias astronónicas: y en estos dos 
grupos de conocimientos humanos, forzoso es confesar que siempre han 
gozado de mágico prestigio los fenómenos celestes; que más atraen á todo 
espíritu superior los remotos arcanos del mundo sideral, que las maravillas 
próximas y tangibles de esta vulgar y prosaica tierra nuestra; que lo lejano 
nos fascina, como nos fascinan el recuerdo y la esperanza; que el presente 
nos abruma y nos cansa, como cansa y hastía la triste realidad de la vida. 

Mas la curiosidad científica, cuando se aplica 4 los fenómenos terrestres, 
apenas tiene limite; la materia está á nuestro alcance; podemos tocarla con 
nuestras propias manos; verla de cerca con nuestro propios ojos; interro- 
garla en todos los momentos; torturarla en todos los instantes y con todas 
las torturas; hundirla en retortas, crisoles y alambiques; tostarla á fuego 



(1) Senme permitido emplear esta palabra á falta de otra. 

TOMO XIX. • 21 



510 ANÁLISIS 

lento, ni más ni menos que á un hereje, en el horno de reverbero; escudri- 
ñar con el microscopio sus senos intermoleculares; lanzar por su masa la 
corriente galvánica, y contar una por una sus palpitaciones; iluminarla con 
la luz eléctrica y desvanecer sus sombras; y no es extraño que, cediendo 
al fin la naturaleza á tanta obstinación, y á persecución tan despiadada, nos 
entregue á pedazos su secreto. Si en esta eterna lucha del espíritu con la 
materia vence el primero, díganlo la Física y la Química con sus portento- 
sos descubrimientos; la Anatomía y la Fisiología con sus adivinaciones; con 
sus asombros la Geología. 

Pero al llegar al mundo astronómico que á millones de leguas nos rodea^, 
impotentes son en gran parte nuestros deseos, y nuestros esfuerzos impo- 
tentes: ni retortas, ni alambiques bastan; ni hay yunque en que pulverizar 
JOS mundos; ni líquido que los disuelva; ni reactivo que los analice; ni horno 
de reverbero en que se tueste el sol, que á ser posible, tostado le hubieran, 
como miserable cómplice de Galileo, los sabios inquisidores de Urbano VIU. 
Podemos analizar la tierra que pisamos molécula por molécula, átomo por 
átomo, palpitación por palpitación: sólo mirar nos es dado á lo que allá 
arriba con ritmo maravilloso marcha trazando líneas de oro en fondo de za- 
fir: ver sus movimientos, determinar sus velocidades, medir sus distancias, 
adivinar sus formas, calcular sus volúmenes, y por un último y soberano 
esfuerzo obtener sus pesos; pero no más. ¡Formas, trayectorias, movimien- 
tos! Estudio puramente externo: leyes puramente geométricas. Ver lo que 
se ve, es poca cosa: la razón humana á más altas esferas remonta su am- 
bición. 

¿Qué son los infinitos soles del espacio? ¿Qué sustancias contienen? ¿Con 
qué fuego arden? ¿Qué atmósferas envuelven á sus planetas? ¿Qué materias 
distintas de las nuestras, ó á las nuestras iguales forman las osamentas de 
los mundos? ¿Qué cuerpos simples se agitan dentro de aquellas nebulosas 
que en el azul del cielo aparecen como blancas neblinas levantadas del caos 
a! fecundo calor de los soles? 

Todo esto quisiéramos saber, y sin embargo, ante lo imposible se es- 
trella la voluntad. 

Pero no decimos bien; lo que ayer era imposible no lo es hoy: la nega- 
ción, en afirmación se trocó al fin: sabemos lo que há poco ignorábamos: 
el «hasta ^quí» se ha borrado, y en su lugar ha escrito la ciencia un mo- 
vible «más allá,» que cada vez va más lejos, atraído misteriosamente por 
lo infinito, empujado sin reposo por la fuerza explosiva de la humanidad. 
Hay un análisis de los astros, como hay un anáhsis química ; existen 
reactivos para las nebulosas, como para las sustancias terrestres; podemos 
demostrar que en las profundidades del espacio hay hidrógeno, como en el 
agua de nuestros mares; hierro como en las entrañas de nuestros montes, 
ó en los glóbulos misteriosos de nuestra sangre; quizá ázoe como en la at- 



ESPECTRAL. 5H 

mósfera que nos rodea y en la fibra animal; calcio quizá como en la huma- 
na osamenta de nuestro pobre cuerpo. 

Esta nueva Química del espacio, y á millones de leguas, esta Química as- 
tronómica se llama A^iáUsis espectral. 

Dar una idea de este prodigioso descubrimiento; relatar su historia; ex- 
plicar sus métodos y sus consecuencias; poner en claro los fundamentos ra- 
cionales en que estriba, tales son los varios fines á que los presentes artícu- 
los se encaminan. 

11. • ' 

Antes de entrar plenamente en el asunto, seanos permitido traer aquí el 
recuerdo de varias ideas, ya otra vez, y en esta misma pubHcacion, des- 
arrolladas. Digamos algo del éter, de la luz, de la dispersión y del espectro 
luminoso como preliminares de nuestro trabajo. 

Que el espacio que rodea á nuestro .globo, y en el cual nuestro globo se 
mueve no está vacío, cosa es averiguada. Que el éter existe, que todo lo lle- 
na, que todo lo anima, que todo lo penetra, es un postulado de la Física- 
matemática; y aunque pruebas no faltan, imposible es que en este momento 
las presentemos: el autor de estos artículos es incapaz de engañar á nadie 
y bajo palabra de honor lo afirma, con lo que bien harán en creerle los res- 
petables lectores de La Revista d^ España. 

Y es el éter, segun la ciencia nos dice, un sutilísimo gas; un inconcebi- 
ble vapor; un semi-espiritual fluido; materia en último grado de expansión, 
y cuyos átomos se repelen fuertemente; resorte de tres dimensiones, que 
llena el espacio infinito y trasmite de unos á otros globos celestes la vibra- 
ción; océano etéreo que con sus impalpables oleadas golpea las opuestas 
riberas de los remotos mundos. Tal es el éter por donde la luz circula. 

«En efecto, la Física moderna ha demostrado por la experiencia, y ha com- 
probado por el cálculo, que los fenómenos luminosos son idénticos en un 
todo á los fenómenos acústicos. 

La vibración del aire es el sonido: la vibración del éter es la luz. 

Pulsa la mano del arpista la cuerda del arpa, y el estremecimiento de la 
tendida cuerda se comunica al aire, por el aire circula la onda sonora como 
la onda acuosa por lo:, mares, y al fin llega al nervio acústico, y despierta la 
sensación musical que al espíritu por ignorados medios se trasmite. 

Agita de igual modo la mano invisible de Dios la materia hirviente de los 
soles, el titánico estremecimiento pasa al éter» por el éter circula la onda 
luminosa, como el sonido circulaba por el aire, como en el Océano se dila- 
taba la ola, y al fin llega al nervio óptico, que pOr desconocido mecanismo 
trasmite al espíritu la nueva sensación, mensajera de fenómenos que á mi- 
llones do legua? SI' realizan < 



312 ANÁLISIS 

Tres términos se distinguen en el sonido: el instrumento musical que lo 
origina; el aire que lo trasmite; el nervio acústico, su último receptor. 

Tres otros términos distinguimos también en la luz: el cuerpo luminoso 
que vibra, el éter que trasmite la vibración; el nervio óptico que la recibe. 
Imposible es hasta aquí hallar más exacta correspondencia entre la luz. 
y el sonido; pero continuemos nuestro interrumpido análisis. 

Los sonidos difieren entre si esencialmente por el tono, el cual sabido 
es que consiste en el número de vibraciones que el instrumento músico, ó 
el aire como vehículo, ó el nervio acústico como receptor, ejecutan en la 
unidad de fiempo. 

Así, el do equivale á G5 vibraciones por'segundo; el do¡^ á 130; y en el 
intervalo de la octava hallamos: que el re es igual á 75 vibraciones; el mi á 
81; el fa á 86; el sol á 97; el la á 108, y el «i á 127. Hechos son estos de- 
mostrados una y mil veces por la experiencia, en mil principios fecundos 
desarrollados por el cálculo; vulgares en nacÍQnes como la gran nación 
alemana, y hasta con admirable é ingeniosísimo lujo de experimentos, com- 
probados por los primeros físicos de Inglaterra en conferencias públicas, á 
fl,uc asisten las más bellas y elegantes señoras de la aristocracia británica: 
ejemplo digno de imitación. 

Y hechos análogos, con idéntico carácter, con igual forma, y obede- 
ciendo alas mismas leyes, se reproducen en la luz. También la luz tiene sus 
notas musicales, su escala de etéreos sonidos, y su maravilloso pentagra- 
ma; pero á la nota de la vibración etérea, que es inapreciable al oido, que 
sólo percibe la vista, se le da el nombre de color. 

Notas, en la escala musical; colores, en la escala luminosa, son cosas 
idénticas en el fondo: los colores son las notas de la luz; las notas musicales 
son los colores del sonido: sobre el pentagrama extienden Mozart, Belhni, 
Donizzelti, el arco iris de sus divinas combinaciones; sobre el azul del cielo, 
maravilloso pentagrama que dibujan con líneas d§ oro los astros, extiende 
Dios, el Mozart de la armonía eterna é infinita, las nubes de grana, los cela- 
jes de fuego, la expléndida escala de los colores. 

Así es como la ciencia ha demostrado que cuando un cuerpo luminoso 
vibra 470 billones de veces por segundo, el color que se produce es el rojo; 
que si este número de movimientos oscilatorios es de 730 billones, el coloc 
que pinta el éter en el nervio óptico es el violado; y que entre estos dos 
límites, corresponde, próximamente, al amarillo, 540; al verde, 380; 
y al azul 680 billones de esos estremecimientos infinitesimales á que 
hemos llamado vibración. Y por imposible que parezca contar estas palpi- 
taciones de la molécula etérea, el tísico, en su gabinete, las cuenta, y las 
dibuja y ve, y arranca al mundo de lo infinitamente pequeño sus arcanos, 
como arranca al mundo de los astros el secreto de soberana grandeza. 

El fenómeno óptico y el fenómeno acústico son, pues, idénticos en 



ESPECTRAL. 515 

SU esencia: la ley numérica es su ley: los números crecen, si, en propor- 
ción prodigiosa, y de decenas, centenas, ó millares, pasan á billones; pero 
siempre es el mismo principio. Podemos decir, abreviada y simbólica- 
mente: 

Sonido 65 vibraciones por segundo. 

Luz. . . 470.000.000,000.000 de movimientos oscilatorios en igual 

tiempo. 

Números como el primero sólo conmueven el aire y engendran las no- 
tas musicales: números como el segundo conmueven el éter y engendran 
la luz. 

¿Con qué números vibrará el cerebro cuando el espíritu infunda en él la 
sublime agitación del pensamiento? 

¿Con qué números vibrará el corazón al terrible impulso de las pa- 
siones? 

III. 

Hasta aquí todas son analogías y concordancias entre el sonido y la 
luZ; entre el nervio acústico y el nervio óptico; pero una diferencia liay no- 
table entre ambas sensaciones, que cumple á nuestro propósito señalar, 
porque es la base del gran descubrimiento á que venimos consagrando este 
artículo (1). 

Cuando en la superficie tranquila del mar parten de diferentes puntos 
olas diversas, estas olas siguen su marcba propia, sin que á cada una de 
ellas perturben en modo alguno las demás: á la vez, y como si aisladas estu- 
vieran, caminan, se dilatan, se cortan, se separan y se extienden: hay per- 
fecta coexistencia de individualidades: puede la vista fijarse en una de estas 
olas, y seguirla en su marcha y en sus accidentes, prescindiendo de las res- 
tantes, y la misma será su marcha y sus accidentes idénticos al caso en que 
sobre la superficie limpia de oleaje se desarrollara. Pero entiéndase que su- 
ponemos siempre olas de pequeña altura y movimientos acompasados; no 
la tempestuosa agitación del Océano, que asi se diferencia de una rizada y 
tranquila superficie, como se diferencia el molesto ruido de la dulce vibra- 
ción musical. 

Esto que en el agua sucede con las olas, sucede en el aire con los soni- 
dos simultáneos: cada punto de vibración da origen auna onda esférica que 
camina por el aire como si fuese única en él, y las de-más ondas sonoras no 
existiesen. Hay, pues, como en aquel caso coexistencia de sonidos, simple 
superposición, no confusa mezcla de unos con otros, no anulación de unos 



(I) No podemos estudiar á fondo esta diferencia, y algo liabria que modificar en 
todo lo que sigue si á ello se prestasen las condiciones de este artículo. 



514 ANÁLISIS 

por otros movimientos: constituyen, por decirlo asi, una tan admirable so- 
ciedad, que cada individuo, ni de los demás aisladamente, ni de los demás 
en conjunto, sufre ataque, violencia, ni presión: es el ideal del derecho 
democrático dibujado en el espacio en armonías. Pero no sólo cada esfera 
vibrante conserva su carácter propio, sino lo que es más, cuando á la vez 
llegan varios sonidos al nervio acústico, este los reconoce, los an^diza, los 
separa, é individualmente los juzga. Asi es como toda persona de oido 
ejercitado sigue con el pensamiento, en una pieza concertante, la voz lim- 
pia y elevada de la tiple, la dulce y pastosa del tenor, la más enérgica- del 
barítono, la severa y grave del bajo, y cada canto en particular, y cada me- 
lodía aislada, y cada instrumento de la orquesta desde la aguda flauta hasta 
el majestuoso contrabajo. Y con distinguir y separar cada elemento, no deja 
de gozarse en la armonía del conjunto, en aquel todo maravilloso que en- 
vuelve y contiene las individualidades, antes analizadas, en aquella unidad 
suprema, que se llama armonía. 

Diríase que el ideal de la Metafísica se realiza; que la eterna antinomia 
entre el todo y las partes, entre lo particular y lo general, viene á recibir en 
un problema subalterno cumplida y armónica solución. 

Pero esta facultad analizadora del nervio acústico no la posee el nervio 
óptico, y hé aquí una diferencia profunda entre los dos órdenes de sensa- 
ciones que venimos estudiando. En el éter, como en el aire, las ondas vi- 
brantes coexisten: son al propio tiempo varios colores, como diversas me- 
lodías son; pero si el oido distingue estas últimas separadamente, no dis- 
tingue la vista aquellos sino en conjunto. Donde hay varios colores super- 
puestos, donde agitan al éter vibraciones diversas, donde coinciden muchas 
notas .luminosas, la vista pobre y menguada ve el todo, aprecia la resultan- 
te, no ve las partes, ni apreciíi los componentes. El oido, en cada molécula 
de aire que vibra á la vez por la acción combinada de dos vibraciones sim- 
ples, las diferencia y separa y afirma que hay dos sonidos: la vista en cada 
molécula de éter que se agita á impulso de dos movimientos, sólo ve el 
movimiento final, y sólo afirma un color; para distinguir, jnies, dos colores, 
necesita que oeupen distintos puntos del espacio. 

Hay, pues, en los sentidos, si esta comparación es permitida, escuelas 
filosóficas diversas: el tacto es esencialmente sensualista y atómico; com- 
prende las partes, nunca abarca el conjunto: el nervio óptico, respecto al 
fenómeno que estudiamos, es panfeista; comprende el todo, no las partes: 
el oido es armónico, aprecia á la vez los sonidos aislados y la armonía del 
conjunto. 

Mas nótese, para no incurir en grave error, que esta diferencia es úni- 
camente subjetiva; reside en el órgano, no- en los fenómenos en sí: conside- 
rado > en la realidad idénticos son, y por idénticas leyes se rigen la marcha 
de las olas en el mar, la de las ondas acústicas en el aire, la de las ondas 



ESPECTRAL. 515 

luminosas en el éter. La inferioridad del nervio óptico es puramente or- 
gánica. 

Asi, para presentar un ejemplo que nos interesa, podemos decir que la 
luz blanca del sol no es un color simple: lo blanco no existe. Es decir, no 
hay ningún número de vibraciones sencillas que corresponda al color 
blanco, y no podríamos escribir en forma de símbolo: 

color blanco igual á tantas vibraciones, 
como podemos escribir 

color rojo igual á 470 billones de movimientos vibratorios; 
amarillo iguala 548 billones; 
verde igual á 580; 

azul igual á 680; 

violado igual á 750. 

Empeñarse en descubrir un tal número de movimientos sencillos que 
enjendre el color blanco, es cosa tan insensata como querer buscar una 
cuerda en el arpa que por sí sola pueda reproducir la pieza concertante de 
la Lucía; y en efecto, lo blanco es una verdadera pieza concertante, es la 
combinación de los siete colores del iris, es vibración compleja resultado de 
nuichas vibraciones sencillas. Y, sin embargo, lo blanco es blanco y nada 
más que blanco para la vista, pobre sentido que no puede penetrar en el 
fondo de las armonías. 

Pero á donde no llega la sensación, llega el conocimiento científico, y 
descompone lo compuesto, y separa las partes, y analiza el conjunto, como 
el calor descompone y separa y analiza los cuerpos de la Química. El ana- 
lizador de la luz, su verdadero reactivo, es el prisma de cristal, y hablando 
en términos generales, todo cuerpo trasparente de caras no paralelas: deten- 
gámonos en este punto para que nuestros lectores comprendan el fenó- 
meno de la dispersión, base del análisis espectral. 

Todo rayo de luz blanca es la superposición de siete rayos de luz, ó de 
siete colores: el rojo, el anaranjado, el amarillo, el verde, el azul, el índigo y 
ei violado (Ij. Cuando caminan juntos, y ^sí superpuestos, y coincidiendo 
en el espacio, llegan al nervio óptico, dice el nervio óptico en su lenguaje 
propio, luz blanca, y no dice más: como dice armonia el oído inesperto 
sin distinguir los cantos componentes: como dice agua el vulgo sin dife- 
renciar el oxígeno del hidrógeno. Pero cfüando este rayo de luz blanca; pasa 
del vacío al aire, del aire al cristal, ó dicho en términos generales, de un 
cuerpo transparente ó atmósfera, á otra atmósfera ó á otro cuerpo traspa- 



(1) Para no abrumar al lector con detalles relativamente secundarios, suponemos 
que seau 7 ios colores del iris, y tanto en este punto como en todo el artículo, sacrifi- 
camos la severa exactitud de los hechos á la claridad de la idea. 



316 ANÁLISIS 

rente, es ley que la experiencia comprueba, y que a priori el cálculo adi- 
vina, que estos siete colores ó estos siete rayos no pueden marchar unidos. 
No. pueden, repetimos, seguir la misma dirección en el nuevo cuerpo que 
atraviesan, ni marchar con idéntica velocidad: son viajeros que hasta cierto 
instante vinieron unidos, pero qne al atravesar las fronteras que dividen al 
nuevo estado de aquel por donde caminaban, toman rumbos diversos: y 
aún pudiéramos decir, si esta imagen fuese permitida, que son coaliciones 
políticas que se deshacen al pasar del vacio de sus aspiraciones á la realidad 
de la vida, marchando por sendas distintas el intransigente rojo, que forma 
un extremo, el sacerdotal morado que al otro extremo se halla, y todos los 
caprichosos colores intermedios en este monstruoso paréntesis compren- 
didos. 

A este fenómeno notabilísimo de dividirse la luz compuesta en sus 
colores elementales, de abrirse el rayo blanco y rectilíneo en primoroso 
abanico de siete colores, es al que se da el nombre de dispersión; y dis- 
persión es en efecto, en el vulgar sentido de la palabra, el acto de marchar 
á distintos lugares personas ó cosas que estaban juntas. Ahora bien, cuando 
un rayo de luz blanca atraviesa un cuerpo trasparente de caras paralelas, 
hay dos efectos inversos que matemáticamente se compensan: los rayos 
elementales, que al pasar del aire al cristal se dispersaron, vuelven á unirse 
al salir del cristal al aire; pero si las caras del cuerpo, ó mejor dicho si la 
cara por donde la luz penetra y aquella por donde sale, no son paralelas, la 
compensación no se reahza, subsiste la dispersión, y recogiendo la nueva 
luz, asi desarrollada, sobre una superficie blanca ó sobre nuestra propia 
etina, aparecen los siete purísimos colores del iris. 

A la luz así analizada, descompuesta, extendida; al conjunto de estas 
notas elementales del éter; á la faja luminosa y expléndida que por esta 
sencilla operación resulta, es á lo que la Física llama espectro luminoso. 
Antes de continuar, resumamos los hechos hasta aquí consignados. 

1." ' La luz es la vibración del éter, como el sonido es la vibración del aire, 
y el cuerpo luminoso es el instrumento musical de este nuevo género de 
admirables armonías. 

2." Todo rayo de luz blanca es el conjunto de siete colores simples; 
pero el nervio óptico sólo distingue el color resultante. 

3.° Cuando un rayo de luz blanca atraviesa una masa de cristal entrando 
y saliendo por caras no paralelas, los siete colores se separan, el rayo se' 
divide y abre en abanico, y aparece una faja pintada con siete colores, faja 
á que se dá el nombre de espectro luminoso. 

4.° El orden en que aparecen los colores es el siguiente: el rojo, el ana- 
ranjado, el amarillo, el verde, el azul, el Índigo y el violado. 



ESPECTRAL. 317 

IV. 

El ser la luz blanca resultado y no más que resultado de superponer en 
un mismo punto del espacio siete colores, y el hecho de la dispersión de 
estos al pasar por cuerpos transparentes, explican el fenómeno del' arco iris 
por medios naturales y sencillos. Esa bóveda fantástica suspensa en los, 
aires, destacándose sobre el cielo y entre nubes que se. deshacen en agua, 
no es en el fondo otra cosa que un magnifico espectro luminoso como el 
que obtiene el físico al presentar al sol un prisma de cristal; que prismas do 
cristal son al cabo las gotas de agua por donae los rayos solares atraviesan. 
Tal es físicamente considerado ese que por mucho tiempo fué un divino 
misterio: no es ya misterio para nuestra generación, pero siempre es divino. 
Y en verdad que el sentido poético de los primeros pueblos orientales ni 
pudo ser más sublime, ni pudo ser más exacto: lazo de unión entre el cielo 
y la tierra le llamaron, prenda de alianza entre los hombre y Dios era, y 
prenda de alianza es el espectro luminoso y lazo de unión entre los hom- 
bres de nuestro pobre globo y lo infinito que poV doquier nos rodea. La luz 
es lo único que materialmente nos une al mundo sideral, y el espectro lu- 
minoso es la sublime página en que hoy los hombres leen las maravillas de 
otros mundos; él nos dice de qué se componen los soles, qué atmósferas 
rodean á los planetas, qué sustancias se agitan en los caóticos senos de las 
nebulosas, y gracias á él se realiza lo imposible, y como á través de flotante 
gasa, dibújanse los divinos contornos de la verdad eterna. 

Aquí, como en todas las etapas de la ciencia, aparece un nombre inmor- 
tal: el nombre de Newton. Él fué el primero que fructuosamente observó 
•el poder dispersivo (1) de los cristales prismáticos, y quien estudió con pro- 
cedimientos regulares la descomposición de la luz,. así como los varios me- 
dios de reconstituirla; pero Newton sólo vio el espectro continuo: ciertos 
misteriosos jeroglíficos que en el espectro solar existen, cierta escritura ex- 
traña por él extendida, y en la que hoy se lee la composición química de 
los astros, fueron accidentes que pasaron desapercibidos para el gran geó- 
metra: que al fin la inteligencia de un hombre es finita, por grande que 
sea, y no todo puede abarcarlo, por mucho que abarque. Wollaston, em- 
pleando ciertas precauciones, que es inútil reseñar aquí, vio el mismo es- 
pectro, solar estudiado por Newton; pero más feliz en este punto que el gran 
físico, pudo notar que el espectro luminoso no es contííiiio; que los varios 
matices de que consta no llegan á fundirse unos en otros; que ciertas rayas 
negras dividen, como trazos de tinta, los bellos colores del iris; y que por 



(1) Perdónesenos esta palabra que, como tantas otras, hay que crear en la ciencia 
moderna; ¿cuál lia de .ser, en efecto, el adj&tivo que expresa la facultad de dispersar? 



# 



318 ANÁLISIS 

toda la íaja coloreada desde el rojo al violado, se extienden, formando gru- 
pos diversos, de posición fija, y de constante distribución. Diriase que tales 
rayas son como misteriosa escritura que, á manera de celestial lenguaje, 
viene del sol y de los astros. 

En pirámides, templos, esfinges y sepulcros, conserva la tierra de Egipto 
sus extraños jeroglíficos, que al fin la ciencia ha descifrado; lenguaje silen- 
cioso, escritura momificada, páginas de piedra y de metal abiertas por do- 
quier al curioso viajero. Pues de igual suerte podemos decir que el espectro 
luminoso es una página arrancada al gran libro del cosmos; y en esa bella 
página de colores, sobre ese fondo expléndido é irisado, una multitud de 
trazos negros y finísimos escriben grandes leyes físicas del universo, y revé 
lan misterios de los mundos. 

Quince años pasaron desde el descubrimiento de WoUaston; y Fraünlio- 
fer, célebre óptico de Munich, experimentador habilísimo, y físico distinguido 
además, volvió á ver las ya olvidadas rayas del espectro, siempre las mis- 
mas, siempre en igual posición, siempre formando los mismos grupos; pero 
más tenaz que sus predecesores, poseedor de mejores instrumentos, y libre 
para reconcentrar toda su atención en este fenómeno, halló nuevas rayas, 
hasta entonces desconocidas. Contó Fraünhoer hasta 600, fijando como 
principales, y de referencia para las demás, diez de ellas, que designó por 
las letras A, a, B, C, D, E, b, F, G, H, y que aún hoy se conocen con el 
nombre de aquel célebre alemán. 

Brewster encontró hasta 2.000 rayas; trabajos más recientes han eleva- 
do esta cifra á 5.000; y los nombres de Becquerel, Draper, Stokes, Wheas- 
tone, Foucault, Masson, Amgstroen, Plucker y Talbot señalan nuevos descu- 
brimientos en esta rama importantísima de la ciencia física. 

Por último, Kirchhof y Bunsen, aplicando el estudio de las rayas al aná- 
lisis químico, abrieron ahcho campo á los más admirables y atrevidos des- 
cubrimientos. 

lié aquí el principio fundamental de este nuevo anáfisis: 

Las rayas del espectro dependen de la naturaleza química del cuerpo de 
donde la luz procede, del estado de dicho cuerpo, y de la atmósfera que 
la luz atraviesa antes de llegar al prisma analizador. 

Cada cuerpo, en cada estado particular, tiene su espectro propio, y en 
él escribe con ciertas lineas, de cierto modo agrupadas, su nombre quími- 
co, su manera de ser, sus condiciones de temperatura y presión; y pues á 
cada cuerpo corresponde un espectro y un grupo especial de rayas, claro es 
que analizando el químico las sustancias terrestres por el prisma, determi- 
nando sus espectros, y coleccionándolos en forma de libro, tendrá como un 
maravilloso diccionario para entender el lenguaje de los astros. 

Supongamos qne se recibe al través del prisma la luz de una nebulosa. 



ESPECTRAL. 319 

de una lejana estrella, de una protuberancia del sol, y que se encuentra un 
espectro oscuro y sólo compuesto de cuatro rayas, distribuidas en el rojo, 
en el azul, y en el violado. Supongamos aún que abrimos nuestro nuevo 
diccionario, y que entre los espectros de cuatro rayas hay uno compuesto de 
las C y i*" de Fraünhofer y de las 38 y 47 de Van-der-Willingen, c[ue es pre- 
cisamente el espectro del hidrógeno. Admitamos, por último, que juxta- 
poniendo ambos espectros, el de los cielos, y el del laboratorio, .coinciden 
exactamente las rayas de uno y otro. Pues si tal sucede, bien podemos aíir- 
mar que en aquella blanca nebulosa, en aquella remota estrella, en la roja 
protuberancia solar, hay hidrógeno. ¡Nada más sencillo; nada más elemen- 
tal; nada más fácil de comprender! ¡Y sin embargo, nada más sublime! 

Esta colección de espectros terrestres es como un gran libro talonario 
en que se comprueban los espectros luminosos que vienen del cielo: escomo 
un léxico en que se lee el idioma sideral: es como la clave del jeroglífico, 
que con sus inmensos labios de sombra murmura la csíinge que habita las 
negras profundidades del espacio infinito. 

V. 

Conocemos el hecho, ignoramos todavía la razón de este hecho. Existen 
en los espectros luminosos grupos de rayas negras que dependen principal- 
mente del carácter químico del foco luminoso; mas ¿por qué? ¿Y qué repre- 
sentan esas líneas sombrías, letras simbólicas de misteriosa escritura? Para 
contestar á esta pregunta consignemos ante todo nuevos y curiosisinios fe- 
nómenos. 

Cada foco de luz da origen á un espectro, y no todos son iguales; pero 
todos ellos pueden clasificarse en tres grandes grupos. 

Primer grupo. Si el cuerpo luminoso es sólido ó líquido, como por 
ejemplo, los carbones de una pila ó un alambre enrojecido, el espectro que 
se halla haciendo pasar directamente su luz por el prisma de cristal es con- 
tinuo; las rayas negras del iris no existen; se funden los colores unos en 
otros; y la banda luminosa llega del rojo al violado sin la más ligera inter- 
rupción. 

No aparece aquella misteriosa escritura de que antes hablamos: el espec- 
tro es, no una página en blanco, porque bellos colores la iluminan, pero sí 
una página miida. 

Segundo grupo. Si, por el contrario, el cuerpo luminoso es un gas, po- 
demos decir en términos generales, y prescindiendo de ciertas cuestiones 
delicadas, á que no se presta la índole de este artículo, que el espectro lumi- 
noso no existe, y que sólo aparecen unas cuantas líneas con los colores del 
iris sobre el fondo negro de la banda. El espectro solar resulta, pues, in- 
vertido cuando emana de cuerpos gaseosos incandescentes: la faja de co- 



320 ANÁLISIS 

lores desaparece, y en su lugar se extiende una cinta negra; desaparecen 
las rayas negras, y por rayas de colores son sustituidas: sombra donde 
antes luz, luz donde atites sombra. ¡Caprichos tipográficos del gran libro de 
la naturaleza! 

Pero este sombrío espectro es harto elocuente, porque esas rayas de co- 
lores, como las rayas negras del espectro solar, determinan el nombre quí- 
mico del cuerpo que las engendra, y entre las líneas sombrías del espectro 
luminoso, y las líneas de colores de este negro espectro hay, no sólo íntima 
relación, sino completa identidad, como más adelante demostraremos. 

Tercer grupo. Cuando el cuerpo luminoso es sólido ó líquido, pero la 
luz que engendra, antes de llegar al prisma analizador, atraviesa una gran 
atmósfera gaseosa, el espectro es luminoso, pero no continuo, y en él apa- 
recen ciertos grupos de rayas negras que sólo dependen de la naturaleza 
quimica de la masa gaseosa que entre el foc'o de luz y el prisma' hemos su- 
puesto. 

A este grupo pertenece el espectro solar. 

Hay, pues, tres clases de espectros: espectros de colores continuos sin 
rayas: espectros oscuros con rayas de color: espectros luminosos con rayas 
negras. Los primeros proceden de sólidos ó líquidos en ignición; los se- 
gundos de gases en incandescencia; los terceros de sólidos ó hquidos cuya 
luz pasa al través de masas absorbentes. 

La explicación de esta triple categoría de espectros es sencillísima. 

¿Qué es un cuerpo luminoso? preguntamos al comenzar este artículo; y 
con el testimonio del cálculo, y con la comprobación de la experiencia, de- 
cíamos: todo cuerpo luminoso es un sistema de moléculas que vibran: es 
como la cuerda de un arpa, como el metal de un cornetín, como el aire de 
un órgano. Pero si el cuerpo es sólido ó líquido, la atracción de sus ele- 
mentos es grande, las moléculas están aprisionadas en los lazos de la cohe- 
sión, unas á otras se estorban al vibrar, no hay en cada partecilla de la 
masa la libertad de acción que si estuviese aislada, no dá cada elemento la 
nota que mejor cuadra á su forma, sino aquella á que los elementos pró- 
ximos la obligan; y de aquí una mezcla de vibraciones, una variedad de 
tonos, una serie de indecisos términos medios que recorren toda la escala 
luminosa. 

El cuerpo vibra con todas las velocidades, emite todos los colores , mo- 
dula todas las notas etéreas, y lié aquí por qué el espectro es continuo, por 
qué contiene todos los matices del iris, por qué no falta ningún sonido lumi- 
noso desde el rojo, base de la escala, al violado, nota sobre aguda del penta- 
grama celeste. Pudiéramos decir que los cuerpos s(jUdos ó líquidos no son 
un instrumento musical sencillo, capaz de una sola nota, sino infmitas or- 
questas confundidas, que no una, sino muchas veces, reproducen la escala 
completa. 



ESPECTRAL. 321 

En resumen, en el espectro luminoso de los cuerpos sólidos ó líquidos 
no falta ningún color, no hay rayos que con su tinte oscuro indiquen 
la carencia de una nota etérea, porque el foco de luz emite rayos de todos 
los colores. 

Si el cuerpo que luce es por el contrario un gas incandescente, la atrac- 
ción de las moléculas es nula, los lazos de la cohesión se han roto, cada 
partecilla infmetisimal es completamente libre, puede vibrar como si estu- 
viese aislada, obedeciendo no más que á su forma geométrica y á su inter- 
na composición atómica, y sólo una nota, ó un número finito de notas 
emite. líé gquí por qu^ el espectro luminoso de los gases sólo contiene ra- 
yos de colores y no bandas continuas é irisadas; sólo las notas que el gas 
modula, sólo aquellos colores que por decirlo así más en armonía están con 
su naturaleza. 

Si un cuerpo sólido es la reunión de infinitos instrumentos musicales, 
un gas es la repetición indefinida de uno mismo; la molécula libre. Aquí el 
carácter vibratorio del cuerpo aparece en toda su pureza , sin perturbaciones 
extrañas, ni influencias exteriores. Cada partecilla es como un individuo 
abandonado á su espontaneidad, que dibuja en las rayas del espectro su ca- 
rácter propio, y su manera de ser. Y ahora se comprenderá fácilmente por 
qué este espectro, el más oscuro de todos, es el más claro; por qué es el que 
con más elocuencia nos dice la naturaleza del cuerpo luminoso de donde 
procede. 

Resumiendo: en el espectro de los cuerpos gaseosos no hay bandas lu- 
minosas, hay tan sólo rayas de color , porque nunca los gases emiten toda 
una escala etérea, sino notas aisladas. 

Nos queda, para concluir , la última categoría de espectros luminosos: 
el espectro continuo con rayas negras. 

Vibra un cuerpo en que la cohesión es grande, es decir, un sólido ó un 
líf[uido, y vibra de todas las maneras posibles á la vez y engendrando todos 
los colores; pero esta luz compuesta, esta superposición de rayos , esta ar- 
monía en movimiento, llega á una masa gaseosa, en ella penetra, y por ella 
intenta atravesar. ¿Y cómo consigue atravesarla? ¿Por ventura íntegra, com- 
pleta, como emanó del cuerpo, como llegó al gas? No ciertamente: algunos 
de los rayos luminoáos allí, en la masa gaseosa, quedan; parte de la luz en 
aquella atmósfera absorbente se extingue; varias de las notas etéreas 
en el gas espiran. Y de este modo sólo llegan al prisma analizador, 
y sólo aparecen en el espectro, los rayos.de luz no absorbidos, las. 
notas que no espiraron, los colores que no se extinguieron en el gas. En 
una |2al!ii)rn, llega al prisma la luz filtrada, pero en el filtro queda una parle 
de la luz , y esta es precisamente la que en el espectro se pinta con rayas 
negras. 

Así, pues, toda raya negra del espectro representa im rayo de luz que 



522 ANÁLISIS 

partió del cuerpo luminoso , pero que fué absorbido en el tránsito por una 
masa gaseosa interpuesta. 

Y aquí aparece un hecho singularísimo, una admirable coincidencia: 
faltan en el espectro luminoso precisamente los colores propios del gas que 
la luz ha atravesado en su marcha: ó dicho de otro modo, un gas no incan- 
descente absorbe el mismo color y extingue el mismo rayo que él emitiría 
si llegara á ser luminoso ; si un gas que luce engendra un espectro oscuro 
con una sola raya verde, cuando no luzca apagará el rayo verde de toda luz 
que por su interior camine. 

Y el por qué de este fenómeno , conocido con §1 nombre ¿e inversión 
del espectro, es natural y sencillo* Imaginemos la cuerda tendida de un arpa: 
resuenan varios instrumentos á su alrededor, llegan á ella multitud de notas, 
y si ninguna corresponde á su sonido propio, la cuerda permanece inmóvil 
y silenciosa; pero si entre la multitud de vibraciones que la cercan, y con 
que el aire la solicita, hay una simpática á su naturaleza , una nota que con 
la suya propia se armonice, sale la cuerda de su inmovilidad y al fin se agita 
respohdiendo con dulce vibración al canto que la estremece. 

Pues esto mismo sucede con las masas absorbentes de gas; el espec- 
tro luminoso completo, con todos sus matices, con todas las notas de la 
escala llega á la masa gaseosa; y sin embargo, las moléculas de esta per- 
manecen inmóviles, desdeñosas, indiferentes para todos los colores que no 
simpatizan con su propia vibración, es decir, con aquella de que la molé- 
cula es capaz; pero en cambio detiene y absorbe todos los rayos armónicos 
con su manera de vibrar, y sufre, por decirlo así, influencia de la luz amiga, 
como el arpa sufría la influencia de las vibraciones aéreas á ella simpáticas. 
Supongamos, para fijar las ideas, que las moléculas gaseosas son capaces de 
vibrar engendrando el color rojo, y sólo este color: cuando los siete rayos del 
espectro lleguen á la masa absorbente, ni el amarillo, ni el azul, ni el viola- 
do podran agitar las moléculas; en cambio el rayo rojo las hará estremecer- 
se, las sacará de su anterior quietud, y vibrarán al fin; pero es ley de lo 
finito que cuanto se dá se pierde, que la fuerza viva que el éter comunica, 
esa misma fuerza viva le falta, y si el rayo rojo del espectro pone en movi- 
íniento las moléculas del gas, él pierde en cambio el movimiento que traía: 
allí muerci allí consume su acción, allí se extingue, y su falta se traduce en 
el iris por una raya negra en el sitio que al color rojo corresponde^ 

Y podrá preguntarnos el lector de este artículo, si acaso tiene alguno: 
.«¿Y la vibración de las moléculas? ¿y el color rojo que esta vibración en- 
«gendra? Se estinguió el rayo rojo que la luz blanca traia, pero en cambio 
«vibra el gas, y engendra ese mismo color; tras algo que muere hay algo 
»que nace, ;,y dónde está la nueva nota etérea por la agitación del gas 
)) engendrada? 

La respuesta á tan oportuna objeción es por desgracia fácil: la densidad 



ESPECTRAL. 323 

del éter es débil, la del gas es grande, y el movimiento que pasa del éter al 
gas si en aquel era rápido conjunto de vibraciones, sólo es en este lenta osci- 
lación; allí engendraba luz, aquí cuando más engendra calor; y así la masa 
gaseosa potente para oscurecer la luz aijena, es incapaz de lucir con brillo 
propio; ¡ley tristísima que no pocas veces se repite en la vida social! 

Del estudio de los tres espectros indicados, y de su aplicación á los pla- 
netas, á la luna, al sol, á las estrellas y á las nebulosas se deducen admira- 
bles consecuencias, que procuraremos reseñar en el próximo artículo. 

José Echegaray, 



ESTUDIOS COSMOGÓNICOS. 



ARTÍCULO VI. 

DEL ARCHIPIÉLAGO DE LAS ANTILLAS, Y DE SI CUBA 

ESTUVO IMDA O NO A AQIEL CONTINENTE. 



Origen hipotético del Archipiélago en que Cuba se levanta. — Sistema de Mr. Snidei*. 
— Opinión de otro escritor cubano y sus objeciones. — Mi pensar sobre lo [mismo y 
sus fundamentos. — Origen de Cuba en particular como izarte de aquel todo. — Prue- 
bas geológicas. — Otras orográficas. — Causas extraordinarias que determinaron su 
separación. — Efectos de unas y otras;— Conclusión. 

La cosmogonía y arqueología cubanas, ramos tan importantes para la 
historia de este país, apenas han merecido todavía atención alguna cientí- 
fica. Pueblo casi ignorado á poco de su conquista, cuando contaba España 
por provincias, vanados reinos, en aquel propio continente; la isla de Cuba 
apenas figuraba como productora cuando aquellos dominios se pierden al 
principiar el siglo, y sólo al finalizar el anterior, es cuando aparecen algunos 
de sus hijos cultivando la historia y la poesía, como en nuestros días tanto 
por aquellos, como por otros peninsulares y extraños,. los estudios sociales 
y las "ciencias físicas. Nadie, empero, que yo sepa, se ha acordado hasta 
aquí de su cosmogonía y arqueología, no tomando por trabajo gério alguna 
aislada observación, noticia ó artículo tradicional que han visto la luz en 
sus periódicos (1). Entro, pues, en un terreno demasiado virgen para poder 



(1) Cuando este artículo principió á extenderse, todavia no hablan aparecido los 
^preciosos, aunque aislados trabajos geológicos del ingeniero de minas ya difunto Sr. Cia, 
üi los más concretos y paleológicos del de igual clase de >Sr. Fernandez de Castro, úni- 
cos con los que es posible decidir la contienda, sobre si Cuba estuvo unida ó no á 
aquel continente, cual lo hago ya á la conclusión de este artículo, mediante la nueva 
luz que ambos me han prestado. 



ESTUDIOS COSMOGÓNICOS. 525 

seguir anterior huella, y espero que el lector me dispensará el arrojo, en 
gracia del afán y voluntad firme con que me dediqué un día á explorar tan 
lejanas tierras, esQudriñar su suelo, recojer objetos (1), comparar datos, 
aplicar principios y desbrozar, al menos, tan olvidados campos. Otros ven- 
drán en pos que, con más medios y ya trazada mi humilde senda, podrán 
mejor cultivarlos y descubrir y aclarar sus horizontes. Pero si yo desbrozo 
el terreno, repito, á mis sucesores ya toca explotarlo, y con esta salvedad 
entro en materia. 

¿El Archipiélago en que Cuba se levanta, ha debido su ser á un paula- 
tino levantamiento por entre las aguas en cada una de sus partes, ó han 
formado estas un todo ó continente, aunque ya en parte sumergido? 

No se puede negar lo primero á muchas de sus pequeñas islas, promon- 
torios, bajos y arrecifes que este Archipiélago bordan. En la propia Isla de 
Cuba, como vamos á ver más adelante, al hablar de su constitución geog- 
nóstica, se hace preciso distinguir tres formaciones de calizas: compacta y 
resistente una, áspera y porosa otra, de que casi se compone el armazón 
principal de toda ella; y una tercera, de un aglomerado de fósiles de varias 
formas y dimensiones, que todos, ó casi todos, viven hoyen sus correspon- 
dientes (2), y do otros depósitos aún más recientes de detritus dé conchas y 
corales que tanto he observado en sus costas y playas, y cuya agregación 
sigue verificándose hoy bien rápidamente (3); pues no tienen otro origen, 
el arrecife coralífero que desde Maternillos, cerca de Nuevitas, llega muy 
próximo á Matanzas; los más de los multiplicados cayos que rodean á esta 
costa del Norte, y los numerosos que se notan en la del Sur, desde Punta- 
Cruz, al Oeste de la Sierra-Maestra hasta Punta de Mangles, en una exten- 
sión de muchas leguas. «Toda esta roca caHza, dice Humboldt, de que se 
«compone la Isla de Cuba, es efecto de una operación no interrumpida de la 
"naturaleza, de ía acción de las fuerzas orgánicas productivas y de des- 
«trucciones parciales, y la cual prosigue en nuestro tiempo en el seno de 
"Océano.» Y hablando el mismo de estos hacinamientos calizos que no sel 
escaparon á su gran mirada científica cuando recorrió la costa que se en- 
cuentra desde Batabanóá Cienfuegos, agrega: «Por la sonda se ve que son ro- 
ncas que se levantan precipitadamente sobre un f^ndo de 20 á 30 brazas. Los 



(1) Muchos de estos han sido donados por mí, como se verá en sus respectivos ar^ 
tículos á los gabinetes científicos de la Haban? y de esta corte. 

(2) Observaciones hechas en el fondo meridional de la bahía de la Habana, en eí 
corte del ferro-carril de Regla á Guanabacoa, y en otros puntos donde todos su 
fósiles son vivientes. 

(3) El Sr. Cia habla de un banco de corales cuaternario, que en el embarcadero é in- 
mediaciones de Jurapia cerca de Santiago de Cuba, se levanta á más de 9 metros SO' 
bre una base de granito, en período bien reciente. Este propio banco lo advertí en mis 
excursiones por esta parte de la Isla. 

TOMO XIX. 22 



52G ESTUDIOS COSMOGÓNICOS. 

»unos se liallan á flor de agua y los otros exceden la superficie V4 ó 1/5 de 
toesa.» Pero si estos últimos depósitos margosos y calizos continúan su movi- 
miento ascensional al pié de las costas y sobre el nivel del mar, estos depó- 
sitos ya recaen sobre otros muy remotos en la serie geológica de [que se 
compone esta grandiosa isla, y á estos archivos de lejanos periodos tendré 
necesidad de ocurrir, porque sólo en estas páginas pétreas de la cronología 
de nuestro planeta, es donde podemos más ó menos rastrear la antigüedad 
de los continentes ó islas que forman hoy su corteza, y sólo sobre estas pá- 
ginas pueden y deben sentarse ciertas hipótesis más ó menos felices; por- 
que, como Newton decia, y repite cierto escritor cubano que paso á com- 
batir, cuando no nos es permitido llegar á otro grado de certeza, se debe 
tolerarlas siquiera, mientras no se alcancen otras más probables. Piso, 
pues, á presentar las agcnas para oponer las propias, siquiera se funden 
estas además en científicas observaciones y hasta en visibles pruebas. 

Mr. Snider, en su obra La Creation et ses mystéres dévoiles, después de 
remontarse al quinto dja ó época de la creación, y de explicar sus pecu- 
liares cataclismos producidos por el mayor enfriamiento de la costra ter- 
restre, y las fuerzas ígneas é interiores que la dislocaban al buscar el equi- 
librio de su acción interna, dice, que estas partes se separaron más por el 
diluvio universal hasta producir los actuales continentes, y llega á nombrar 
á Cuba, expresándose de este modo: «Con el mapa á la vista tenemos la 
«prueba de que la América se separó del antiguo mundo, y de que toda su 
«extensión corresponde perfectamente á la parte Oeste de nuestro contí- 
«nente (escribía en Europa), por las costas de la Europa y del África. Si la 
«correspondencia es más visible á partir del 30" de latitud Norte, hasta el 
«cabo de Magallanes, es porque el espacio ó el mar que separa los dos 
«continentes, está menos sembrado de esas islas diseminadas á causa del 
«catachsmo. Basta notarla parte saliente del África, de§cle el Cabo Verde 
«hasta el Sud de Liberia: entrada muy bien en el mar de las Antillas y el 
«Golfo de Méjico; que han quedado frente á frente en América; esta parte 
«del continente americano ha perdido fragmentos que son las Islas de Cabo 
«Verde;, las Azores, las Antillas, Haití, Cuba, etc.. Al contrario, la parte 
«sahente del Brasil en América corresponde al Golfo de Guinea en África, 
""en el que se acomodaría perfectamente... « 

Cómo aquí se ve, supónese que los dos continentes estaban unidos por 
África y América, aserto que aún antes de Mr. Snider lo había emitido en 
Cuba mismo D. Fernando Valdés y Aguírre, suplente de Geografía é Histo- 
ria de aquella Universidad (1). Pero, respetando la brillantez del uno, y el 
saber j erudición del otro, ambos escritores parten, sin duda, comoBacon, 



(1) Ajmntes para la historia de Giéa primitiva — Un cuaderno im]ireso en París, 
y en 1859. 



EST15M0S COSMOGÓNICOS. 327 

de estas simUitudines phisiccs in configuratione mnndi, y toman de un modo 
absoluto sus consecuencias para aplicarlo á las correspondencias que 
no hay duda parecen encontrarse en el trazado del África y sus costas 
con las de la Australia y América del Sud, partiendo del meridiano de Te- 
nerife hacia el Este, siendo aún más notables los puntos salientes del con- 
tinente para corresponderse con sus opuestos. Mas los mismos no toman en 
cuenta otros contrastes y diferencias no menos singulares, que por igual si- 
militud de razonar, nos llevarían á lo contrario; entre ellas, la configuración 
general y la diferente dirección de los ejes de los dos continentes de que se 
hace cargo el gran Humboldt en su última obra del Cosmos (1), y por las 
que sienta no ser dable todavía á la ciencia señalar las leyes que presidieron 
á la forma que ha tenido la tierra firme, agregando una idea que se opone 
aún más ala hipótesis de Mr. Snider, y es, que la tierra se haya formado 
de un solo impulso, y sí sólo, que su aparecimiento se ha debido á grandes 
fuerzas subterráneas que, arrancando de la primera época de los terrenos 
paleozoicos, siguió los períodos de su formación hasta los terrenos terciarios, 
pero poco á poco, y al través de una prolongada serie de levantamientos y 
hundimientos sucesivos,' llegando á complementarse por la aglutinación de 
pequeños continentes, hasta entonces aislados, para presentar la figura ac- 
tual, que es su producto (2). Y en efecto: si de analogía se trata, mayor que 
la de África es la que ofrece la Australia con la América del Sud, cuyas 
tierras tienen, según el propio sabio, una gran semejanza, y no tanto por los 
animales que hoy sostienen una y otra, sino por la que presentan sus espe- 
cies ya extinguidas, según la paleontología. 

Pero aún hay una objeción más seria que hacer, al sistema de Mr. Sni, 
der y á la hipótesis africana del Sr. Valdés, con relación á la Is